Hasta yo me río de la vida normal que tenía.

Hmp. Pero eran buenos tiempos.

—Una vergüenza, denigrante, usted es una indignación total para el colegio, ¡¿se ha dado cuenta de eso, señor Russell?!

Estaba siendo regañado por la mismísima ddirectora del colegio, demo el muchacho no podía evitar fijarse en los barros que surcaban los labios de la mujer. Uno, dos, tres... en serio, ¿Cómo podía esa señora hablar decentemente con semejantes montañas en la cara? ¿CÓMO?

— ¡Escúcheme, señor Russell!

Aquel grito distrajo la atención del chico y se centró en las palabras de su directora. A cualquier alumno más le valía asentir sumisamente y aceptar su castigo. Al muchacho llamado Rick Russell le importaba más demostrar su inocencia, por lo cual miró a la directora con un dejo de rebeldía.

—Pero no fue mi culpa…—alegó él.

— ¡Esos modales, señor Russel! —al parecer, ella no podía dirigirse a él sin gritar.

Rick suspiró, intentando calmarse.

En su infancia Rick había hecho cosas divertidas (peligrosas en definición de los adultos), como desconectar cables o apachurrar botones que no debía, más ningún adulto lo había descubierto. Ahora que él NO ERA CULPABLE de incendiar tres carros alegóricos del desfile escolar, todos los dedos señalaban a Rick como culpable.

No era justo. Rick sólo había estado en el lugar y momento equivocados. La culpa la tenía una suicida tipa pelirroja y psicópata que Rick encontró casualmente en la calle; ella primeramente lo insultó en un idioma extraño y luego… todo resultó confuso. Lo único que Rick recordaba es que ella prendió unos fuegos artificiales potentes, apuntando a Rick como si esperara matarlo. Lo que salvó a Rick de la muerte o al menos de unas quemaduras graves, fue otro chico de sexto grado a quien Rick no le hablaba, él lo apartó del camino y los fuegos se estamparon en los carros alegóricos, provocando un pequeño incendio que acabó con tales carros. Después de eso… Rick perdió la conciencia y despertó rodeado por sus compañeros.

Pero claro, no le creían a Rick. Primero porque nadie más había visto a la psicópata; segundo porque en el colegio no había fuegos artificiales y en tercera, porque la directora necesitaba capturar a un culpable para no quedar mal frente a sus alumnos y Rick era su conejillo de indias favorito.

—Bien—escupió Rick malhumorado—. Si no me cree, no es mi culpa—y se cruzó de brazos a la espera de su castigo. Aunque esa postura solía desesperara a Russell, lo hizo para demostrar seguridad.

—Tendrá que quedarse todo el año a reparar los daños en la escuela—sentenció la directora con un dejo de suficiencia e ira—. Lo expulsaría, pero ya es suficiente con pasar tres días detenido en la delegación.

A Rick se le cayó el alma a los pies. Mierda, la policía.

—Lo siento mucho, señor Russell—parecía que no—, pero una vecina que lo vio, lo ha denunciado por daños a propiedad pública. Así que… —la directora se levantó y caminó hacia la puerta para abrirla—. Tendrá que acompañar a los policías a la deleg…

— ¡No!—Rick se levantó paniqueado de su silla —. Señora directora, lo siento, lo siento muchísimo, lo siento. Fue un accidente, discúlpeme muchísimo. Hago lo que quiera pero no deje que me lleven…

—No puedo impedirlo—la directora se encogió de hombros.

Rick se sintió humillado pero más que nada lleno de pánico. Él no era un delincuente, no lo era, no lo era y no lo era. Nunca había estado en una delegación pero ¡estar detenido! Ni en sueños… ¡¿Y si lo multaban?! Diosito santo, él no tenía dinero, no quería llegar por nada del mundo a casa y decirle a su madre que tenía que pagar una maldita multa, si apenas tenían dinero para comprar el desayuno del día… y lo peor sería darle la cara a su padre.

Intentando no imaginarse el furibundo rostro de su padre de cuando se enterara, Rick trató de calmarse. Los policías lo miraban desde la puerta pensando que el muchacho se iba a fugar.

"Hum, no" pensó Rick; "si huyo empeoraré las cosas; tal vez la policía investigue y descubra que soy inocente."

—Está bien, señora, usted gana—suspiró—. Pero sepa que hay un dios que todo lo ve y todo lo oye.

Así que los policías se llevaron a Rick a la patrulla.

A pesar de que no opuso resistencia, el muchacho no podía dejar de rechinar los dientes y amenazar a todo el mundo.

La patrulla se puso en marcha; Rick se asomó por la ventana con cara de pocos amigos, mientras veía el viejo edificio de la secundaria alejarse.

—Espero que mi sentencia sea corta—decía Rick—. Tengo que regresar a casa para hacer mi tarea.

Uno de los policías, el que manejaba y al que Rick llamó mentalmente Gruñón, se giró hacia él para fulminarlo con la mirada.

—Está bien—murmuró Rick, agitando sus manos esposadas—. Ya sé que tengo derecho a guardar silencio, todo lo que diga será usado en mi contra… pero por favor, no digan que rompí un jarrón de la dirección cuando salí… okey sí, díganlo pero sepan que fue sin querer queriendo…

— ¡Mierda!—el otro policía bautizado como Feo por Rick, miró al espejo retrovisor.

—Creí que nuestro honorable sistema de justicia de la nación no era grosero…

— ¡Cállate, mocoso!

— ¡No soy un mocoso!—a Rick le indignaba que aún lo tacharan de niño—. Cumpliré los quince en un mes y no los invitaré… ¿Ya llegamos?

La patrulla se había detenido.

—Cuanto antes, mejor—escupió el policía Gruñón.

Entonces el policía Feo se giró hacia Rick con aire amenazador. Por instinto, Rick se echó para atrás todo lo que pudo dado que Feo hacía un GRAN honor a su nombre, sujetó a Rick del pecho con inesperada fuerza y abrió la boca como si quisiera almorzarse al muchacho.

—Tengo derechos…—farfulló Rick. Entonces la boca de Feo se hizo más grande, imposible que aquél fuera un cuerpo humano—. ¡Eh!

Esa boca no podía tener veinte centímetros de diámetro, era imposible ¡Pero los tenía! La mente del muchacho se quedó en blanco durante unos segundos. Imposible. Luego… simplemente se dio cuenta de que estaba en peligro.

Rick forcejeó. No sabía qué era esa cosa pero de algo estaba seguro: no era humano. Y él, Rick, no se iba a dejar dominar por el miedo, no iba a ser comida de extraterrestres horribles que por cierto, necesitaban un buen lavado de dientes.

El chico trató de golpear a Feo con aún esposadas sus manos, pero lo único que logró fue sacar un gruñido de Gruñón, quien sólo seguía sentado como si nada.

—Puft, demasiado fácil—se quejó Gruñón—, no sabe ni defenderse. ¿No que los mestizos son los más fieros?

¿Mestizos? ¿Acaso esa cosa también era un racista? El chico ya había sido llamado así en una ocasión, nada más que por ser hijo de un norteamericano y una mujer latinoamericana. Era molesto tener que convivir con gente que lo encasillara tan sólo por su origen, era patético, pero Rick aún tenía que vivirlo.

Entonces… una bayoneta cruzó la ventana e hirió a Feo en el pecho. ¿Qué había pasado? ¿De dónde había salido esa bayoneta? Rick no tuvo tiempo de encontrar respuestas porque un segundo después, esa cosa llamada Feo se hizo polvo frente a Rick.

El muchacho no sabía qué sucedía, estaba desorientado. No todos los días un policía mutante lo atacaba porque sí ¡Y luego moría pulverizado!

Mas el alivio no duró ni un segundo porque el otro policía Gruñón ya se estaba transformando también.

Gruñón se movió tan rápidamente que aunque estuviera en shock, a Rick le sorprendió el haber percibido el movimiento: el monstruo se giró hacia él con la misma expresión hambrienta que Feo. Al mismo tiempo, y también se sorprendió de reaccionar rápidamente, Rick se alejó lo más posible que podía de Gruñón. Hubiera abierto la puerta si sus manos no estuvieran esposadas. Russell estaba atrapado.

Entonces el cerebro le funcionó.

Rick intentó golpear a Gruñón con sus puños juntos y, como esperaba, Gruñón lo detuvo con sus manos sonriendo malignamente, burlándose de aquél chiquillo que intentaba defenderse patéticamente. Pero Rick aprovechó la cercanía de sus puños con el rostro del monstruo, así que se impulsó a sí mismo y le dio un codazo al monstruo en la cara con todas sus fuerzas. Debido a eso Gruñón se atontó unos segundos, tiempo que Rick aprovechó para recostarse sobre el asiento e intentar romper el vidrio con sus puños. No lo logró. Gruñón se estaba recuperando rápidamente, así que Rick jugó su última carta y pateó el estómago de su atacante. No obstante, Gruñón se enojó y sujetó el pie con el que Rick lo pateó, para llevárselo a la boca.

— ¡Ah...!—gritó alguien allá afuera—. ¡Eh, no...!

En ese momento otra bayoneta cruzó la ventana abierta del copiloto y atravesó la cabeza de Gruñón y el pie de Rick.

¿Qué…? ¡Dios, dolía!

— ¡AHHHH… puta madre!

El cuerpo de Gruñón se disolvió en volutas de polvo al igual que Feo, pero eso no le importaba a Rick. Su pie izquierdo estaba herido.

Rick bajó su pie y se lo acercó lo más lenta y cuidadosamente que pudo, hasta acomodarlo sobre su rodilla derecha. Por suerte la bayoneta sólo había traspasado su dedo gordo, lo cual no era algo gratificante para Rick.

Alguien abrió las puertas delanteras, haciendo mucho ruido. Rick alzó la mirada, irritado.

Dos niños, uno a cada lado, subieron a los asientos delanteros, haciendo alboroto.

— ¡Te dije que no disparas, Luke!—gritó una chica punk de pelo negro.

—Perdóname por querer salvarle la vida al amigo, Talía—se quejó un adolescente rubio, el chico llamado Luke—. ¿Estás bien?

—Sí, está el detalle de mis manos esposadas y mi dedito pero descuida, estoy de maravilla—musitó Rick con sarcasmo, intentando no moverse pues el pie le dolía mucho.

— Ah yo arreglo eso— una niñita en la que Rick no se había fijado, se adelantó a los demás, trepó sobre las piernas de la otra chica Talía, y jaló la bayoneta con todas su fuerzas. El arma salió… pero Rick gritó como nunca antes lo había hecho.

— ¡AH...LA JODIDA…! ¡¿No pudiste hacerlo más doloroso?!

—Perdón...—la niña puso cara de asustada.

—Ya, no te quejes—Luke recargó su cabeza encima del respaldo del copiloto. Al mismo tiempo, Talía se puso a jugar con el volante de la patrulla—. Pareces niñita.

—Búrlate—Rick se acercó más el dedo, examinándolo—. Tú no tienes el dedo rajado.

— "Gracias, Luke por salvarme de los monstruos a los que yo temía".

—Puft.

—Ese dedo no se ve bien—señaló Talía mientras buscaba las llaves del auto en la ropa de los monstruos que habían vaporizado—. ¿Ambrosía?—sugirió.

—Provisiones agotadas—señaló la niña—. En el refugio tenemos. El padre de Luke nos dio...

— ¿Quieres transporte gratis?—interrumpió Luke.

Talía sonrió y arrancó el auto. Para ser una chica prepúber... manejaba muy mal. Pisó el acelerador primero y un instante después se detuvo pero el mal ya estaba hecho. Luke se golpeó la cabeza, la niñita golpeó con su espalda el estéreo y Rick se cayó de asiento trasero.

—Mi pie…

— ¿Por qué no manejo yo?—jadeó Luke.

—Porque yo tengo las llaves—replicó Talía.

—Ah, bueno—Luke se sobó la frente, se volvió a Rick y añadió en tono serio—: ¿Quién eres?

Rick intentó ignorarlo. Se estaba levantando del suelo con mucho esfuerzo.

— ¿A dónde vamos?—preguntó.

Talía arrancó el auto otra vez. En esta ocasión con demasiada lentitud.

—A nuestro refugio, por ambrosía—contestó Luke—. ¿Quién eres?

—Debo ir a casa—Rick ignoró a Luke.

— ¿A que tu mami te cuide? Repito ¿Quién eres?

—No necesito su ambrosía—Rick ignoró a Luke. No le gustaba que se burlaran de él—. Mi casa está a unas cuadras de aquí, ahí tengo lo necesario para curarme. Gira a la izquierda y vete derecho.

—Pero...—Talía iba a replicar.

—Por favor—pidió Rick—. Yo puedo curarme solo.

Talía se encogió de hombros pero giró a la izquierda. Luke bufó, contrariado y la niñita puso mala cara.

No es que a Rick le desagradaran esos chicos, pero le habían atravesado el dedito gordo, su favorito.

Y también le habían salvado la vida.

—Varick Russell—respondió casi a la fuerza. Su dedo ya no le dolía tanto—. Soy Rick para los amigos. Métete en la calle del dentista.

—Mucho gusto, Rick—la niñita le sonrió tan emocionada que Rick estuvo a punto de corresponderle—. Soy Annabeth.

—No, me refería a...—Luke titubeó.

—Tú eres como nosotros—escupió Talía sin mirar a nadie.

—¿Como nosotr...? Espera—Rick frunció el ceño—. ¿Qué eran esas cosas?

—No tenemos idea—Luke se encogió de hombros—. Sólo sé que eran monstruos.

—Oh, no lo había notado—Rick miró a su alrededor. No era por nada, pero la nenita Anabeth lo miraba con tal entusiasmo que lo chiveaba.

—Acostúmbrate—Talía se detuvo y silbó para que los autos de enfrente se movieran—. Les encanta perseguir a chicos como nosotros.

—¿Chicos como nosotros?

— Mestizos.

—Dime, Rick—Talía aceleró una vez que los demás coches avanzaron—. ¿Qué tanto sabes de mitología griega?

— ¿Zeus, Poseidón y Hades?—Rick no le veía el caso, pero la charla lo distraía del dolor—. ¿Esos qué tienen que ver aquí? Da vuelta en el semáforo.

—Todo—Había amargura en la voz de Luke mientras revisaba los cajones de la patrulla—. Esa... Mitología es real. Existen los dioses, los monstruos y...

—Claro, y yo soy Michael Jackson ¿Algún autógrafo?—Rick bufó.

— ¿Y esos monstruos eran de mentira?

—La mitología sólo explicaba cosas que la gente no comprendía. Hoy existe la ciencia.

—Sigue viviendo en tu mundito—escupió Talía—. No cambia el hecho de que seas un mestizo.

— ¿Y por qué mierda me dices eso? ¿Es un insulto?

—Mestizo, tonto—enfatizó Luke—. Hijo de un dios y un mortal. Por eso los monstruos nos persiguen y porque somos su platillo favorito.

— ¿Y por qué me dicen eso a mí? Yo no soy... Especial—Rick se encogió de hombros.

—Ya no nos llamas mentirosos—observó Annabeth—. Entonces ya nos crees.

—¿No eres especial?—repitió Talía con impaciencia—. Adivino: chico problemático, te cuesta poner atención, hiperactivo y las letras te parecen jeroglíficos.

Rick frunció el ceño. ¿Cómo lo sabían?

—Me estás diciendo que soy un mestizo—murmuró lentamente.

—Ajá—asintió Talía, contenta de que Rick captara la información.

—Hijo de un dios y un mortal.

—Exacto.

—Ustedes están locos.

— ¿En serio?—terció Luke con indiferencia pues percibía que Rick vacilaba en su afán de no creer.

—Pues...—Rick dudó—. No les termino de creer porque mis dos padres están conmigo. Si no fuera así tal vez...—distraído, Rick soltó su pie. Se arrepintió cuando su dedo comenzó a dolerle—. Ow... Iré a mi casa... Con mi familia.

Luke, Annabeth y Talía se miraron entre sí.

—Mi casa—insistió Rick—. Métete en esa calle. Es la casa del pino.

—Sí, sí—escupió Talía de malas—. Allá vamos.

— ¿Y cómo les vas a explicar esto?—preguntó Luke con petulancia.

Rick se fijó en sus manos, esposadas y su dedito atravesado.

—Annabeth, tu cuchillo por favor—pidió Luke sin dejar de sonreír.

— ¿Qué vas a...? ¡Espera, mis manos!

Pero Luke ya había cortado las esposas de Rick.

— Eh...—Rick dudó. Los monstruos eran una cosa, estos chicos raros eran otra, pero ¿Un cuchillo corta metal?

En ese momento Talía se detuvo frente a la casa de Rick.

—Bonito barrio—señaló Luke sonriente.

Rick se ruborizó.

El barrio Santa Fe era uno de los tantos barrios pobres que había en la ciudad de Richmond, Virginia. Casas no terminadas y descoloridas, grafittis donde sea, basura, vagabundos, niños delincuentes. La casa de Rick era de un piso, estaba apretujada entre otras casas pero lo extraño es que enfrente de ella había un pino alto y delgado. La puerta estaba desgastada y medio enterrada entre la pared y la banqueta.

—De todos modos se ve mejor que mi casa—reconoció Luke con el ceño fruncido.

—Tu casa está con nosotras, tonto—terció Talía.

—¿Con ustedes? ¿No hay adultos que los cuiden?—preguntó Rick asombrado.

—No los necesitamos—zanjó Luke—. Nosotros tres somos una familia, sabemos luchar y tenemos un refugio increíble en Río Grande. Con eso basta.

—Ah.

Rick abrió la puerta.

—De nada—dijo Luke.

—Gracias por el viaje—Rick puso los ojos en blanco.

— ¿Nada más?

—Y me debes un dedo.

Rick se bajó lo más rápido que pudo.

No tenía ni idea de lo que había sucedido exactamente con los policías, pero quería volver a casa. Debía.

— Oye—Luke se asomó por la ventana—. Eso que atacó ahorita no es nada. Siempre vendrán sólo por ti, más y más fuertes.

Rick no le creyó.

—Vas a casa—añadió Talía que intentaba arrancar la patrulla—. Pero cuando ellos vean lo que te persigue... Te van a echar. Como a nosotros.

Rick decidió omitir eso.

—Cuando lo hagan, búscanos—gritó Annabeth.

—Ah sí, claro. Eh... Gracias—dijo Rick a la fuerza—. Adiós.

—Vete—dijo Luke, molesto—. Ojalá te maten.

—Ojalá los detengan—replicó Rick de mal humor—. ¿Tres niños conduciendo una patrulla cuyos policías fueron asesinados? Mucha suerte.

Y cojeando, Rick se dirigió a su casa. A su espalda, una patrulla arrancó aceleradamente.

Rick sonrió. A pesar de todo, deseaba que no les pasara nada. Talía, Luke y Annabeth lo habían salvado. Ellos le debían un dedo. Él les debía su vida.

Cuando entró en su casa, Rick se encontró con algo inesperado.

El chico de sexto año, el que había ayudado a Rick con la psicópata incendia carros alegóricos de la escuela, discutía en la sala con la madre de Rick, Estela Russell. El chico, cuyo nombre Rick no recordaba, parecía desesperado. La madre de Rick estaba enfadada.

— ¡Ya dije que no!—dijo Estela.

El chico de sexto año estaba muy afectado, con la palabra en la boca. Luego se enderezó y se giró con rapidez.

— ¡Rick!—exclamó con alivio y alegría.

Entonces la señora Russell vio a Rick recargado en el marco de la puerta y se puso más roja.

— ¡Tú!—gritó—. ¡Varick Daniel Russell!—agitó un sobre de aspecto oficial que tenía en la mano—. ¡Explotar tres carros alegóricos! ¡Y FUGARTE CAMINO A LA DELEGACIÓN! ¡Acaba de llegar un citatorio de la delegación! Te quieren ahí mañana temprano.

Rick frunció el ceño.

—Mamá, yo no hice nada—farfulló porque el dedo de su pie le dolía mucho—. Los carros alegóricos los incendió una loca. Aquí mi amigo...—miró al chico de sexto grado.

—Grover—respondió él nerviosamente—. Me llamo Grover Underwood. Sí señora, yo vi todo. Su hijo es inocente.

La señora Russell dudó. Quería mucho a su hijo, pero no podía negar que Rick tenía un historial negro sobre "accidentes en el colegio, hogar y calle".

—Y si no hiciste nada—dijo ella calmadamente—. ¿Por qué huiste de la patrulla?—levantó el sobre.

—Porque los policías me atacaron.

Grover se tensó.

—Es cierto—asintió Rick apretando los dientes. El dedo de su pie comenzó a dolerle más.

— ¡Dioses!—exclamó Grover fijándose en su herida—. Estás herido.

—A tu habitación—ordenó la señora Russell cuando se dio cuenta de la herida—. Yo... te curaré.

Rick gimió. Ella era su mamá, pero de medicina ella no tenía idea.

—Yo sé de enfermería—saltó Grover—. Mi papá trabaja en un hospital—desvió la mirada.

—Ah—suspiró la señora Russell aliviada—. Ayúdalo por favor mientras yo... les preparo la cena. Mañana iremos a la delegación—añadió mirando severamente a Rick.

El chico gimió.

El cuarto de Rick en realidad era medio cuarto. La habitación estaba dividida por una sábana. La mitad sur estaba organizada, llena de pósters de grupos de moda, una cama individual rosa y un ropero descuidado. La otra mitad estaba muy desordenada, la cama destendida, los zapatos y la ropa tirada, y el ropero abierto; había grandes carteles en las paredes con dibujos hechos a mano.

— ¿Tuyos?—preguntó Grover como quien no quiere la cosa, señalando los dibujos.

—Míos—afirmó Rick con un dejo de orgullo.

- ¿Será hijo de Apolo?-se preguntó Grover en voz tan baja que Rick no le escuchó.

Entonces Grover ayudó a Rick a acostarse en la cama del lado desordenado, luego se sentó a su lado, sacó una flautilla de su bolsillo y comenzó a tocar.

— ¿Qué haces?—preguntó Rick. Grover no contestó.

Poco a poco, con el son de la melodía Rick se fue sintiendo tranquilo. La herida le fue doliendo menos y menos hasta que Rick sonrió.

— ¡Desapareció!—exclamó al ver que su dedo ya estaba bien—. Demonios, Grover ¿Eres mago?

Grover abrió la boca.

La señora Russell entró con una bandeja repleta de enchiladas con queso que olían muy bien.

—Comida—farfulló Grover—. Comida mortal...

Rick le frunció el ceño. ¿Había dicho mortal? Ni que estuviera envenenada.

—Ah... ¿Dónde me lavo las manos, señora Russell?—preguntó Grover como si repentinamente se hubiera acordado de algo.

—El baño está allá en el patio. Puerta azul.

Grover salió murmurando cosas como "hablar con Quirón" y "Campamento". Rick aprovechó su ausencia para comer la mitad del platón.

—Así que te atacaron—dijo la señora. Rick asintió—. ¿Igual que el tendero, la consejera estudiantil, el conserje y los vagabundos?

—No me crees—murmuró Rick.

—Hijo—la señora Russell tomó aire con tristeza—. Si estás metiéndote en drogas dímelo por f...

— ¡No! ¿Pero qué estás...?—Rick hizo una mueca despectiva—. Yo no le entro a eso. De verdad, los policías me atacaron. Ellos...—dudó. No sabía si su madre le creería todo—. Se transformaron en... cosas.

— ¿Cosas?—Estela Russellvolvió a suspirar—. Hijo, las drogas son cosas serias. Por favor, sabes que tu padre y yo no tenemos dinero pero buscaremos la forma de...

— ¡Mamá!

— ¡Alguien siempre se mete contigo!—susurró ella preocupada—. ¡Ves cosas que nadie más! Si estás metido en drogas...

—Ah y a los seis años me drogaba ¿no?—Rick se removió con inquietud—. ¿Recuerdas al conserje?

—Dijiste que se transformó en un perro enorme—comentó la madre con pesadez—. Y te mandaron medio año al psicólogo.

—Estos eran monstruos.

— ¡Por favor hijo, no vayas a decir eso mañana, que te mandarán al manicomio!

—Mejor eso que regresar a la secundaria—murmuró Rick—. Mamá ¿De verdad no me crees?

La señora dudó.

—Confío en ti, hijo.

Grover regresó del baño en ese momento. Estaba tan perturbado que Rick pensó que estaba estreñido.

—Debo irme—anunció con pesadez.

—Ah bueno...gracias por... bueno, por todo—dijo Rick, confundido.

Grover le tendió una tarjeta al muchacho.

—Cuando estés en problemas, llámame. No dejes que los monstruos te atrapen otra vez.

Rick no se movió. ¿Cómo sabía Grover de los monstruos?

— ¿Cómo sabes...?

—Señora Russell—Grover ya estaba en la puerta—. El lugar que le dije es una buena opción para estos casos.

La madre de Rick ni se inmutó. Grover salió de la casa apresuradamente.

— ¿Qué...?—empezó a preguntar Rick.

—Nada, hijo.

Cinco minutos después, la señora hizo que su hijo se acostara en la cama para que durmiera, a pesar de que era mediodía.

No pasó eso.

Rick estaba demasiado ofuscado, pensando que aquél día había sido el más raro de toda su vida.

Entonces escuchó que un coche se detenía Frente a su casa. Como estaba demasiado energético, Rick se levantó, abrió discretamente la ventanita de la pared y asomó media cara. Era una patrulla, pero no eran Talía, Luke y Annabeth. Eran dos policías con expresiones de homicidas. Pero eso no fue lo que asustó a Rick. Fue... El horrible olor lo que lo alertó. Apestaban horrible, como a cadáveres de putrefacción.

De repente, Rick sintió muchas ganas de correr.

Uno de los policías se dirigió a tocar la puerta. El otro vio a Rick y sonrió pero... ¿Los policías tenían colmillos afilados?

Rick retrocedió. No podía explicar cómo, pero percibía que esas dos cosas eran de todo menos policías. Como Feo y Gruñón.

"Vendrán sólo por ti" recordó que había dicho Luke. "Más y más fuertes". Y Rick le creyó.

Tenía que irse.

Cuando llegó al pasillo, su madre estaba a punto de abrir la puerta.

— ¡No abras!

La señora obedeció, confundida.

—Es la policía—anunció una voz grave en la calle—. Venimos a arrestar a Varick Daniel Russell. Está acusado por la desaparición de dos compañeros nuestros y por robar una patrulla.

La señora abrió mucho los ojos.

Rick pensó rápido. Esas cosas no eran humanos, lo percibía. Si sólo venían por él, no tocarían a su familia. Entonces...

Corrió hacia el patio y subió las escaleras hasta el techo. Mientras tanto, la señora abrió la puerta y los oficiales entraron.

— ¿Dónde está?

—No sé—contestó la señora Russell con descaro—. No ha regresado de la secundaria.

Rick recorrió el techo con sigilo. Vio que abajo, en la carretera, estaba estacionada la patrulla. Cuando miró bien hacia abajo, recordó que tenía miedo a las alturas.

— ¡El patio!—gritó un policía.

Rick tragó saliva. Se movió, inquieto. Ya no podía regresar al patio. Su única salida era saltar.

Cerró los ojos, pensó en su madre y saltó. Cayó sobre sus pies, que se doblaron un poco por el peso. Eso no le importó a Rick. Observó rápidamente a su alrededor.

Vaya par de monstruos idiotas. Habían dejado las llaves puestas en el contacto. Estúpidos monstruos. Rick no se lo pensó dos veces, subió y arrancó el auto.

Tenía que librarse de esos dos a como diera lugar.

Luego iría por Luke y Talía porque tenían que aclararle muchas cosas.