Cuando me vuelvo a despertar ya ha amanecido, pero sigue siendo pronto. Abro las ventanas y el frío aire de Noviembre me envuelve y, aunque tirito por unos segundos, ayuda a despejarme. Otro día ha comenzado. Bostezando, me dirijo hacia el baño en busca de una ducha caliente que relaje mis agarrotados músculos, y después me visto con una camiseta blanca de algodón y unos vaqueros, lo más cómodo posible. En menos de 15 minutos estoy listo para empezar la jornada. "La jornada rutinaria de los conformistas" -pienso, con una mueca de desagrado mientras echo un último vistazo al espejo.

Bajo a la cocina y rebusco en la despensa los ingredientes necesarios para hacer el pan y los pedidos del día. Mientras lo preparo todo, como cada mañana, enciendo la radio y esta vez una estridente voz femenina sale de los altavoces destrozando una bonita canción. Ella lo hacía mucho mejor -pienso- y, al recordarla vuelvo la vista hacia la ventana, desde donde se ve su casa, como si con ese simple gesto pudiera asegurarme de que todo está bien allí.

Pero lo que veo esta vez me deja desconcertado: de su chimenea sale una gran columna de humo negro y muy denso, como si algo estuviese ardiendo sin control. Me tenso en un instante y todos mi cuerpo se ponen en alerta -supongo que el aprender a reaccionar tan rápido es algo que aprendes en la Arena-, tengo una mala corazonada y, cuando me quiero dar cuenta ya estoy en marcha. Salgo disparado de casa y en unos cuantos segundos ya estoy en el porche de la suya.

Grito su nombre y aporreo la puerta sin respuesta. Mi nerviosismo aumenta sin saber por qué, pero me detengo un par de segundos para pensar la situación: pensándolo mejor, ha sido una reacción un tanto desproporcionada, tan solo es humo y podría no significar nada anormal… sin embargo, algo en el interior de mi pecho se agita dolorosamente, acentuando la sensación de peligro. Siento la necesidad de entrar y cerciorarme, así que no me queda otra opción, ya habrá tiempo para explicaciones; coloco mi hombro izquierdo por delante de mí y doy un fuerte empujón a la puerta, que se abre con un fuerte estruendo, y sin apenas oponer resistencia.

Bien, ya estoy dentro, y, aunque aturdido por el impacto, me doy cuenta de varias cosas: en primer lugar, la casa no esta ardiendo (cosa que me tranquiliza), pero es más, hace un frío helador dentro, no debe de haber más de doce grados, lo cual tampoco es bueno. Definitivamente estaba en lo cierto, algo extraño está pasando aquí.

A tientas tuerzo hacia la derecha, donde está el salón, presidido por la gran chimenea colonial y allí la encuentro, aunque mi vista tarda unos segundos en acostumbrarse a esta penumbra. Fuera la mañana es clara y soleada, pero esta casa parece ajena a toda la energía que desprende el día. Aquí dentro se respira la tristeza y la soledad, y la única fuente de luz que la habita proviene del fuego, y de los finos chorros de luz que consiguen colarse a través de las persianas semibajadas que atrapan diminutas motas de polvo.

Efectivamente Katniss está en el salón pero verla sólo hace que me sienta más confuso aún. Está empapada, como si acabase de darse un baño, con el pelo y la ropa chorreando. Vestida únicamente con una blusa de lino blanco, no deja de tiritar. Me acerco un poco más pero ella no nota -o ignora- mi presencia, está como en trance, sentada en la alfombra con los brazos rodeando sus rodillas y la cabeza sobre el sofá de cuero marrón, mirando al fuego fijamente y sumida en sus propios pensamientos.

- Katniss…- Consigo decir con un hilo de voz.

Ya estoy frente a ella y puedo observar su cara, curiosamente carente de expresión, y con los ojos prácticamente sin vida (aunque igual de bellos que siempre) rojos e hinchados de llorar, supongo.

Me agacho para ponerme a su altura y en su rostro, el gris de sus iris se ilumina de manera casi imperceptible para mostrar una chispa de esperanza que en seguida vuelve a la desazón anterior, y con un murmullo apenas audible tan solo me dice:

- Peeta… me he quedado sola.

Esas simples palabras calan hondo en mi corazón. La situación me deja completamente descolocado, pienso en algo que decir o hacer pero nada. Miro a mi alrededor en busca de unas respuestas que no encuentro. No veo a Marie por ningún lado, y, a juzgar por el estado de la casa -descuidada, cuadros torcidos, sillas y demás mobiliario roto o tirado por el suelo...- parece ser que no ha estado aquí en mucho tiempo.

Tengo que hacer algo, tengo que hacerla saber que estoy aquí, que estoy para ella, pero no encuentro las palabras adecuadas para una situación como ésta. tan solo soy capaz de quitarme la cazadora de ante que había sacado conmigo y pasársela por los hombros, ya que veo que no deja de tiritar, no parece muy saludable.

Ella tan solo vuelve sus penetrantes ojos hacia mí durante un segundo, pero puedo percibir una palabra de agradecimiento escrita en ellos. Con la misma rapidez, como avergonzada de haber mantenido el contacto visual, vuelve a desviar la mirada.

Y yo dejo de pensar en qué decir, porque asumo que en este momento sobran las palabras. Tan solo la tomo en mis brazos como a una niña pequeña y la estrecho contra mi pecho. Oh, Katnis… ¿Qué te ha pasado?, ella se deja abrazar, lo cual me alivia. Compruebo, con una mueca de dolor que levantarla no me cuesta nada, está incluso más delgada que el día en que le tiré el pan. Puedo notar fácilmente sus costillas a través de la blusa y los pronunciados huecos de su clavícula. Se la ve tan pequeña y destrozada que me parte el corazón. Sé que no es buen momento para preguntar, así que guardo silencio y, con ella en brazos la estrecho fuertemente como llevo meses soñando hacer, y tomo el camino hacia mi casa.