Okay, no estoy segura de que esto haya gustado x'DDU... pero bueh xD, de todos modos seguiré ocupando espacio xDDD.
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"A aquella maldita planta, siempre la odié."
Era realmente extraña, con un tallo muy delgado y extremadamente largo, que podía llegar a medir incluso más de un metro; el cáliz, es decir, aquello en forma de copa que precedía los pétalos de la flor, era realmente ancha y gorda, mucho más llamativa de lo que podía ser cualquier otra, y quitándole atractivo a los coloridos pétalos de la planta. El cáliz era verde, y los pétalos variaban su color de violeta, a fucsia, a blanco. Descripta de una forma más grotesca, una vez que terminaba el tallo se veía una bola gorda y verdosa, con pequeños pétalos del mismo color que posibilitaban el nacimiento de los otros; los de colores y mayor tamaño.
Ése era el opio.
"I-increíble… esas personas tienen… cabellos de sol…" Escondido detrás de uno de los soportes del muelle pesquero de su territorio, el pequeño niño observaba sorprendido como tres mercantes acababan de bajar de un barco, entregándoles a otros dos, que eran de los suyos, chinos, dos cajas bastante grandes de las cuales una estaba cerrada y la otra entreabierta. De aquella caja abierta una de las personas con cabellos de sol tomó algo del interior, dejando verse una especie de forma verde y circular parecida a un balón chico, con flores de diferentes colores en ella. Xian se extrañó. ¿Vendían flores acaso?
Aunque no era eso lo que más captaba su atención… esas personas, ¿de dónde serían? Había una que incluso tenía ojos de cielo, otro, de pradera, tan diferentes esos caracteres a los cabellos oscuros o castaños y los ojos amarronados, negros y ámbar que él acostumbraba ver en sus hermanos asiáticos. Los ojos más claros que él había visto eran los suyos propios, y los de Yao.
Estaba en las costas del sur de Hong Kong; sus costas, y él se quedó espiando hasta que los otros tres hombres, luego de que les pagaran una cantidad cuantiosa que el chico no podía siquiera idealizar, se fueran en el mismo barco en que vinieron, y los suyos, emocionados, dieran media vuelta para retirarse en unas carrozas que tenían. Rápidamente, corrió a la carroza antes de que se pusiera del todo en movimiento y logró sacar una de las figuras de las cajas de allí dentro, aunque tuvo que tirarse del vehículo cuando aún estaba en movimiento, rodando con la planta en brazos y protestando algo adolorido por los raspones que logró.
- Uhm… qué planta más extraña…-susurró el menor una vez de pie, observando el gran tamaño mientras se pasaba las mangas de la túnica por el rostro, intentando quitarse el exceso de polvo. Corría el año 1830, y él partió para encontrarse con China y entregarle la flor; esperaba con ansias que le gustase y más que nada, que le dijese cómo se llamaba y para qué podía servir.
Pero en ese entonces y últimamente, Yao estaba más cansado y, dentro de lo posible, con aún más trabajo del usual; ya le habían dado pruebas, reportes e incluso le habían mostrado en vivo y en directo cómo el consumo del opio iba en aumento día a día, a causa de las ventas indiscriminadas (y en cierto modo ilegales) que los diferentes mercantes británicos ejercían en sus costas. Sobre todo, le molestaba enormemente que la principal entrada y salida de aquellas plantas a las que su gente se hacía cada vez más adicta estuviese radicada en Hong Kong. ¿Quién les había dado el derecho de traficar aquellas cosas a través de un territorio tan pequeño, y cuyo representante no era más que un niño? Por supuesto, su Emperador estaba histérico; mucho más de lo que él podía estarlo.
- ¡¿D-de dónde sacaste eso, Hong Kong?! –el chino se quedó duro cuando, estando en Shangai, él y Xian se encontraron en el camino, habiendo ido a buscarse mutuamente (él pretendía encontrarlo en Hong Kong, y éste en Beijing) y encontrándose con la mayor sorpresa de ver esa maldita cosa en brazos del menor. Se le vio enseguida alarmado, quitándole la planta instantáneamente.
- Ah… ¿no te gusta? –preguntó el más chico, mirándole serio y con la vista nublada pero viéndose algo arrepentido, confuso por la reacción del mayor y más sintiendo como si lo hubiese regañado.- Unas personas con cabellos de sol se las vendieron a dos de los nuestros; había varias dentro de las cajas –le explicó lo que le pedía a modo de disculpa, mirando nuevamente la planta.- ¿Acaso son malas…? No sabía…–
El mayor puso no muy buena cara al escucharle, frunciendo el ceño y frunciendo el rostro en una mueca de molestia; sabía que se traficaba por Hong Kong, peor no esperó que ahora lo hiciesen tan despreocupadamente que lo hacían a plena luz del día, y aún así nadie dijese nada. Suspiró cansado; realmente su gente era parte de ese complot…- No…no te preocupes Xian, no es tu culpa –sonrió levemente, agachándose e intentando calmar al menor.- Pero, es muy muy peligroso que te acerques a estas cosas, ¿de acuerdo? Y sobre todo, NO son comestibles –levanto el dedo índice cuando le dijo eso; había en China varias plantas y sobretodo tipos de moras, y no sería muy agradable si su hermano llegaba a intentar morder una de esas plantas. Un niño drogado con opio debería ser algo bastante difícil de ver…
Pero eso ya era demasiado. Y sólo bastaba con dar un vistazo a la población en general; más del 80 % de la población china estaba tan sumida en el opio que gastaban sus recursos únicamente en comprarlos, en vez de mantener a sus familias, y eso estaba llevando a que progresivamente se causasen enfermedades de desnutrición, incluso muertes. Y la misma droga en sí, tampoco era muy buena al causar alucinaciones.
- N-no iba a intentar morderla –el chico protestó y se sonrojó un poco.- No soy tan tonto, Yao –torciendo la boca en un puchero, el otro sólo rió suavemente y le acarició la cabecita, notando algunos de los rasguños de éste.
- Sí, sí… bueno, vayamos a casa por ahora –le tomó de la mano y partieron, conservando Yao la planta bajo uno de sus brazos y quedándose cabizbajo mientras caminaban. Suspiraba cada tanto, cansado de verse casi obligado a pensar en cosas tan complicadas pero que, por desgracia, lo estaban saturando; no sabía cuánto más podría continuar esa situación sin que nadie hiciese algo al respecto. Después de todo, que no soliese preocuparse por esas cosas, no significaba para nada que tuviese sus años en balde.
- Esto es inadmisible, China. Esos extranjeros están burlándose de nosotros bajo nuestras propias narices – su Emperador estaba molesto, y eso que no había hecho mención del incidente con Xian, prefiriendo quemar la planta. Por eso él siempre preferiría a su primer y original jefe; aquel Dragón oriental que tenía una autoridad siempre por encima de los demás, aunque solo él supiera de su existencia.
- Lo sé, Señor…-hablaba entre suspiros; no le gustaban mucho esos tratos tan formales, especialmente si él era el subordinado. Pero aún así estaba parado, con el rostro bajo y reverenciándolo.- ¿Y que sugiere que hagamos? –preguntó, volviendo a formar una mueca, disgustado por escuchar de parte de ese Emperador siempre lo mismo. 'Hay problemas, esto es malo, esto también'… pero nunca proponía soluciones, y cuando lo hacía, peor era el remedio que la enfermedad.
- Primero mandaré a destruir por completo la próxima carga de opio que venga, y luego enviaremos un reclamo a su Reina. No podemos tolerar más esto; lo único que Europa busca es que abramos el comercio exterior, pero ninguno produce cosas de utilidad- miró con seriedad a su longevo país que en eso estaba de acuerdo; principalmente el Reino Unido y Francia, ambos compraban todo tipo de productos hechos por él y su gente: porcelana, té, condimentos… pero ninguno de los dos podía pagarles con otra cosa que no fuese plata, puesto que ninguno tenía algo de valor que a él le interesase.
Y así se hizo, aunque Yao no estaba muy seguro de que eso sirviese para algo. La destrucción de una carga de 20.000 cajas de opio se efectuó en 1839 y acto seguido, un enviado del Emperador se encargó de que una polémica carta le llegase a la Reina Victoria; más que pidiendo, exigiendo el cese del comercio con el opio. Yao no conocía aún a aquel país pues los involucrados en las ventas eran la gente de cada uno pero… algo le decía que, para ser un Imperio, no debía de ser alguien precisamente pacífico.
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"Sus palabras fueron Ley. El Imperio más grande."
- Arthur… creo que deberías de ver esto – la ceja de la Reina se encontraba alzada con altivez, seriedad y una mezcla de sorna e indignación; ¿qué pretendían esos, los de raza inferior, al ordenarla a la Reina del Imperio Británico lo que debía hacer o dejar de hacer? Podría reírse de su ignorancia, pero su solemnidad era mucha como para hacerlo. Y ahora le entregaba un papel desdoblado, de color blanco y escrito en tinta, aunque evidentemente escrito por un traductor del Emperador de China, a su ya no tan joven Imperio que entraba por la puerta ante su llamado.
Su casaca hondeaba levemente ante su movimiento recto, destacándose vistoso el rojo escarlata que ésta poseía y la forma en que delimitaba con los bordes blancos, haciendo resaltar al pantalón de mismo color. Las Manos enguantadas de blanco y las piernas con largas botas color negro, que se flexionaron cuando las piernas de su dueño lo hicieron, apoyando la rodilla en el suelo, frente al gran asiento que su Reina tenía en la habitación. Esbozó una sonrisa que se vio caballerosa, cerrando sus ojos con confianza y entrega, mostrando el verdadero gusto que eso le causaba.- Buenos días mi Señora, ¿qué es lo que quería mostrarme? –
- Es una carta del Emperador Daoguang para mi persona. Levántate por favor –le entregó la carta haciéndole un gesto de permiso para que se levantase. Y él así lo hizo, tomando el papel entre manos y observando con una mezcla de curiosidad y sorpresa la carta; al final, una sonrisa burlesca e incrédula se formó, también bastante arrogante.
- Jah, ¿pero quién se creerán ellos que son para ordenarle a Usted que deje de vender algo que nos beneficia tanto? Tienen una visión muy errada de la realidad, Milady. ¿Cuál es su orden? –
- No será necesaria una respuesta escrita. Responderemos con la Armada Británica, y por supuesto comandarás a la Royal Navy en el viaje; confiare en tu buen juicio también para lo que ganaremos. –con completa confianza, la joven mujer habló a su Reino con una mezcla de frialdad habitual y confianza profunda; no solo confianza en que ganarían la batalla (lo que se le hacía inadmisible de otra manera), sino también de lo que se negociase como beneficio para ellos. Especialmente, porque su Imperio era aún más codicioso que ella.
- ¡Por supuesto! Usted sabe que puede confiar en mí –golpeó levemente su pecho y llevó una de sus manos a la cintura, sonriendo burlesco.- Ese China y su Emperador se arrepentirán de oponérsenos. Bien, haré que den el aviso al ejército y partiré en cuanto pueda a primera hora; llegaré en aproximadamente un mes, Majesty –anunció el rubio, y luego de una reverencia pensó en retirarse, deteniéndose a un paso de salir por las puertas, luego de abrirlas, cuando la mujer volvió a llamarlo por su nombre humano. Se volteó y la miró, esperando curioso.- ¿Sí? –
- Una cosa más… ten cuidado, Arthur. Piensa lo que haces antes de hacerlo –aquello más que un 'cuídate' parecía un regaño, pero luego de años con ella como Reina, y antes como Princesa, la conocía de sobra. El rubio se sorprendió pero al final sonrió, apenándose un tanto mientras asentía.
- Como siempre, my Queen – Finalmente se retiró, peor cuando lo hizo su actitud cambió un poco, adoptando una expresión de molestia y una mueca, aunque no dejaba cierto tinte de soberbia y burlesca superioridad.- Pero hablando en serio… ahh, vaya, ¿qué clase de idiota se opone al Imperio Británico? No he conocido a China aún pero… sea viejo o no, es un idiota… ahh…-suspiró, estirándose para desperezarse un poco y relajarse antes de tener que comenzar otra tonta e inútil guerra en la que, estando seguro y para no variar, él ganaría.
- ¡Señor! Ya hemos buscado la información que nos pidió –Desde la orden de su Reina había pasado tan solo un día, y ahora estaba en su habitación, sin su casaca pero sí con camisa y corbata, recibiendo un informe.
- Oh, tan eficientes como siempre…-el rubio sonrió de medio lado y luego adoptó una mirada curiosa, pensativa.- Entonces, déjenme ver…-pidió, entregándosele un mapa que abarcaba toda Asia y algunos papeles llenos de información.- Mhh… China es realmente grande, ¿verdad? Jeh, nuestra prioridad luego de ganar es buscar algún territorio que nos sirva de punto final en las redes comerciales; ya tenemos a la India, así que…-su dedo iba marcando las zonas hasta llegar a China.- ¿Cuáles son las zonas más convenientes? –
- Bueno, señor, la más conveniente en verdad es Macau, aquel pequeño puerto del Sur…-
- No, olvídenlo –cerró sus ojos, encogiéndose de hombros y sin casi dejarles terminar.- Esa zona es de Portugal, recuerden los Lazos de Amistad, además, él va a ayudarme… ah, ¿y qué hay de estas? Se llaman Corea… y Taiwán, aunque están algo más lejos, habría que bordear todo el límite fronterizo de China para llegar…-pensativo, su dedo terminó dirigiéndose a una isla más alargada y al Este, mirándola con curiosidad; pero antes que dijese algo uno de sus hombres lo interrumpió.
- Señor, ese es Japón; un país independiente de China, es aquel que…-
- ¡Oh sí! El chico al que USA obligó a abrir su comercio recientemente, uhm, está creciendo muy rápido… lo mejor será o conseguir su ayuda o su neutralidad… ¡Bien! Me quedaré con el mapa, buen trabajo –sonriendo, les devolvió el resto de los papeles, ante los ojos confusos y atónitos de los otros.
- Pero, señor… ¿qué hay del territorio? –
- No hay que preocuparnos por eso…- Arthur dobló sus piernas una sobre la otra, apoyando sus manos en los apoyabrazos y sonriendo de forma altanera.- Si el mejor lugar es Macau, solo hay que buscar un lugar cercano a ese –les señaló el puerto que Macau tenía casi en frente.- Cuando gane, arreglaré cuentas con China sobre esa ciudad y… por cierto, ¿consiguieron algo sobre cómo es China…? Es decir, el país, ¿cómo se ve físicamente? –
- Fue…difícil señor, las fotografías permanentes han surgido hace muy poco tiempo… pero logramos conseguir una, mírela –el británico sacó de una pequeña maleta una fotografía en blanco y negro que aunque no tenía muchos detalles, mostraba a Yao con su actual Emperador, y a tres oficiales.
- ¡Ahh! Pero qué bajito es…-sonrió entre sorprendido y burlesco, aunque su visión se encontraba en uno de los tres oficiales, y uno de los suyos al notarlo, carraspeó, indicándole al chino que Arthur buscaba.
- Ejem, señor… es el del centro, aquél que usted miraba es un Oficial Mayor –
- ¿E-eh…? ¡Ah…! –se sonrojó un poco por su descuido, pero rápidamente torció el rostro en una mueca, protestando.- ¿Y cómo querían que lo sepa? ¡Todos esos chinos son exactamente iguales! Ugh, espero no confundirme de blanco en la batalla…-
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"Las Guerras del Opio. Todo fue demasiado rápido como para ser contado…"
Por doquier, lo único que se veía era la triste tierra china que había observado la escena en primera fila; cuerpos arrojados de ambos bandos, con distintos uniformes, regados por todo el escenario y predominando aquellos que no estaban de rojo… O quizás sí lo estaban. Teñidos de rojo, cubiertos de rojo, corriendo un líquido carmesí sobre sus cuerpos, sus rostros… Había armas tiradas, espadas antiguas y otras no tanto, algunas clavadas en los soldados de cabellos más claros, aunque abundaba, claro, más la cantidad de centenares de chinos acribillados a quemarropa. Las armas de los de casaca roja que habían perecido se encontraban regadas también en la tierra; y mientras, cuatro personas estaban en medio de lo que había sido casi una masacre; una masacre tecnológica, racista.
Uno de ellos, de cabellos largos y oscuros hasta poco más debajo de los hombros, sueltos ya, estaba tirado, lastimado y golpeado, temblando sus extremidades mientras sus sucias manos apretaban la tierra; con el rostro salpicado de sangre y barro, el ceño fruncido ante la frustración y el orgullo perdido. Los otros tres, uno de cabellos rubios, ojos verdes y casaca escarlata; el otro de cabellos castaños, de piel más oscurecida y ojos igual de verdes, con una casaca del mismo color; y el último con un cabello rubio que le llegaba hasta los hombros, de ojos azules, y con una sonrisa sardónica surcándole y algo burlesca el rostro, como si esa escena fuese para él la esperable. Eran China, el Reino Unido, Portugal y Francia.
- ¡Vamos, ríndete ya! Sabes tan bien como yo que ya has perdido; no hay manera de que ganes, China. Desde el momento en que Portugal, Francia y yo usamos armas, mientras que tú y tus hombres se empeñaban en las espadas y la lucha cuerpo a cuerpo con aquellos movimientos raros pues…-el británico se encogió de hombros, mirando con una mezcla de seriedad y molestia al otro; molestia para consigo mismo y la situación. Le parecía una estupidez continuar una guerra que antes de ser empezada ya había sido ganada. El escenario, aunque no le sorprendía, tampoco le gustaba; ¿a qué país le gustaría la guerra? No era buena para nadie.
- T-tú… desgraciado abusivo… ¡y tú también!- intentaba ponerse de pie o mínimo arrodillarse, viendo con odio a aquellos tres, y refiriéndose al de cabellos más oscuros al final. Aquél desgraciado, incluso le había permitido quedarse en Macau, y aún así… había ayudado al rubio idiota ni bien éste se lo había pedido. ¿Lazos Reales de Hermandad…? Sí…, claro.
- No digas tonterías, es claro que fuiste tú quien empezó todo esto…-suspiró, sosteniendo el rifle en una mano, aunque realmente había dejado de apuntarle hacía rato, Portugal imitándolo, y sin decir nada sobre el asunto de Macau. – Además, creo que es suficiente ya; ¿acaso quieres que más de los niños estén involucrados? ¿No te bastó con la guerra anterior y ésta, quieres una tercera? –ésta vez le miró con una mueca de reproche. Aquél era el final de la Segunda Guerra del Opio, 1860, habiendo comenzado cuatro años atrás y siendo la continuación de las Primeras, que ocurrieron entre 1838 y 1842. ¿No debería haber comprendido ya que no podía contra ellos? Todo eso era una gran estupidez.
Pero Yao no quería rendirse, odiaba tener que hacerlo; sentir que estaban pisoteando el orgullo y la grandeza de la milenaria China; esa China que en sus largos años había visto cambiar al mundo de mil y una formas y, a pesar y a diferencia de lo ocurrido con todos los otros Imperios Antiguos, él había logrado adaptarse y sobrevivir, coexistir… ¿Cuándo los países extranjeros se habían vuelto tan poderosos como para forzar su economía y derrotarlo? ¿Cuándo ése que para colmo era el menor de los cuatro allí presentes se había convertido en el Imperio más grande? ¿Acaso era sólo por las armas de fuego…? Irónico… considerando que la pólvora con la que funcionaban, él la había inventado…
Y aunque odiara admitirlo, lo que ese sujeto decía, era la verdad… no lo referente al poder, para nada; él encontraría la forma de fortalecerse, hasta que lo respetasen por quien era… Pero, ¿y qué con los niños? Todos ellos, todos los que ahora formaban parte de China… si esa guerra se extendía, no conseguiría nada más que se los terminasen llevando, que terminasen separándolos a todos y alejarlos de él. Tal y como estaban por hacer con él…
"Lo siento tanto…" Pero ya no podía más.
Francis miró con una ceja arqueada y borrando su sonrisa, reemplazando aquella expresión por una de sorpresa, al ver que Yao una vez más volvía a levantarse; ¿pero acaso ese lindo chico era inmortal? Porque hasta los que eran como ellos, los países, tenían un límite… Y aunque pensó que volvería a atacarlos, Arthur le miró haciéndole una señal, y volviendo a mirar atento al chino que se levantaba frente ellos. Entonces, los tres lo comprendieron, aliviados…: al fin se estaba rindiendo.
-…Lo acepto… ustedes ganan…-los miró a la cara, sin vacilar al verlos a los ojos ni un segundo hasta que escuchó una voz provenir de los alrededores, volteándose hacia una especie de cabaña que se encontraba en aquella zona tan rural, en las afueras de Guangzhou, la zona limítrofe de Hong Kong.
- ¡¡…Yao!! –el niño correteó hacia ellos hasta acercarse, mirando atemorizado el estado físico del que lo había criado y lo que había quedado del campo de batalla; pero cuando iba a acercarse a él Francia le tomó de la espalda, quedando el chico colgando por su ropa y desesperándose, pataleando.- ¡Oei, suéltame! ¡Que me sueltes! –comenzó a tirar golpes y puños al azar, sin lograr ver al mayor que le había agarrado y teniendo el movimiento coartado. Apenas comprendía lo que allí había ocurrido, exceptuando por las palabras de China cuando todo había comenzado…
"No te preocupes, no les dejaré."…¿No les dejaría qué? ¿Vencerlo acaso?Con que estuviese bien, él se conformaba.
- Suéltalo ya Francia, ¿acaso crees que él te hará daño? –el inglés a un costado se llevó una mano a la cintura, suspirando y dejando caer una gota por la tontería de su amigo y rival francés.
- Oui, oui… sólo, me había parecido muy tierno –Francis sonrió de medio lado y dejó caer a Hong Kong, que arrancó ni bien tocó el suelo y corrió hacia China, el cual miraba la situación aún de pie, agachándose únicamente cuando Xian se le abrazó, sintiéndole temblar.
- ¿Q-qué te hicieron...? ¡Estás todo malherido! –el chico exclamaba, con un tono de voz que distaba mucho de aquella pasividad e inexpresividad que solía ostentar; podría ser inexpresivo, pero no era más que un niño. Y como cualquier otro, temblaba de miedo y angustia al ver a su hermano lastimado como lo estaba, sin entender porqué todo aquello había pasado.
- No-… no te preocupes, no es…nada –intentó sonreírle aunque fuese un poco, pero su sonrisa se veía más bien desolada, y sólo abrazó al menor contra su pecho, para que no viese más su rostro, y miró hacia delante. Comenzó a caminar de forma firme y mirando a aquellos tres aún, que aunque no hicieron nada, el que estaba al centro le habló cuando iban a cruzarse, mirándolo de reojo.
- Mañana… firmaremos el Tratado de Nankín, China. Ya sabes que hacer, ¿verdad? –el ojiverde se llevó una mano a la cintura; realmente no era la escena que más le gustaba pero… ¿por qué China era tan allegado a aquel niño? Eso no estaba nada bien… porque al final, cuando todo salía mal, encariñarse demasiado con los que estaban bajo su cuidado solo les llevaba a ellos, los más veteranos, dolor y soledad.
- Lo sé, no debes repetírmelo –frunció el ceño y bajó un poco la mirada, mordiéndose el labio inferior y manteniendo a Xian entre sus brazos, sin dejarlo levantar el rostro y mucho menos ver a aquellos tres. No, no quería… ya bastante se vería con uno de ellos, como para tener que quedarse con esa primera imagen.
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"…Zài jiàn"
Esa misma noche el "gigante" asiático tardó varias horas en terminar de atender y vendar cada una de sus heridas, viéndose la peor de ellas en el brazo, el cual estaba vendado por completo y con una tela sujetada a su cuello; el resto de las vendas estaban desperdigadas por diferentes partes de su cuerpo, excepto el rostro, el cual luego de desinfectar las heridas simplemente había dejado así. Prefería tener algunas heridas al aire libre antes que realmente terminar pareciendo una momia.
Xian, por su lado, rondaba dentro de la casa, dando vueltas y pasando 'disimuladamente' y varias veces por la puerta entreabierta de la habitación de Yao, intentando ver su estado y si iba mejorando o si necesitaba algo; aunque a diferencia de lo que era usual, China no le había pedido que le trajese absolutamente nada. Ni vendas, ni gasas, ni siquiera agua… y eso le extrañaba. Pero su presencia Yao la notaba, y cuando lo sentía merodear se arrimaba un tanto, siendo que viera sus heridas lo último que quería. Luego de un rato, el chino adulto se acomodó en una parte de su cama, manteniéndose sentado y mirando hacia la puerta, donde se veía colgar la pata del panda de peluche que el niño traía consigo a rastras. Sonrió de medio lado.
- Ya terminé, pequeño curioso; ahora puedes entrar…-
- No soy curioso. ¡Estaba preocupado, Yao! –el niño protestó ni bien entró en la habitación, dando un pequeño salto para subirse a la cama y mirando de arriba abajo al mayor, quedándose fijos sus ojos en su rostro, algo tristes.-… ¿Duele? –
- Ya no mucho, no te… no te preocupes –el chino tragó saliva, y se arrimó a un costado para poder abrazar al pequeño, mirándole luego seriamente. Le dolía inmensamente tener que decírselo ahora pero… no soportaría tener que hacerlo el día próximo.- Xian… debo confesarte algo… -
Entonces le contó. Y le dolió. Le dolió principalmente ver el rostro tan sorprendido del chico, tan diferente a su tranquilidad e inexpresividad, tan triste, desesperado y desolado, llorando… como nunca lo había visto antes. No le había visto llorar en ninguna otra ocasión, y verlo ahora le rompía el corazón.
- ¡¿Po-por qué yo?! ¿Hice algo malo, Yao…? ¿T-te molestó que no me llevase con Yong o…? –no sabía qué más decir y solo balbuceaba, sintiéndose rechazado por aquél y lógicamente sin comprender; aquél mundo tan complejo que era ser un país y lidiar con los otros, cosa que China hacía hace tanto. Pero él no podía verlo así, no a su edad, no ante ello, porque para él escuchar que sería 'cedido' por obligación le hacía sentirse reducido al nivel del dinero… Al fin y al cabo, Yao tendría que pagarles una buena cantidad a los ganadores y más a quien él sería entregado, entonces, ¿qué eso no le convertiría en un vil botín de guerra? ¿Una compensación? Y además… eso le rebajaba a ser una cosa. Sin embargo, Yao le abrazaba desde que a llorar había comenzado, y él sólo temblaba, igual que China.
- No digas eso, tú no hiciste nada malo y…no fue porque no se llevasen…-tampoco el más grande sabía qué palabras utilizar; ¿cómo lo podría calmar? No creía que existiese una forma… pero que el otro pensase que lo estaba vendiendo le hacía sentirse como lo peor, y recordaba entonces esos momentos. Esos donde, cuando les había presentado a Hong Kong al resto de los asiáticos, incluyendo a Taiwán y los dos Coreas, el siempre pegadizo Yong había estado colgado de su brazo gran parte del día, logrando que al final un refunfuñón y algo celoso Hong Kong le tirase del otro brazo, buscando la atención del primero al que había conocido. Yao sonrió algo melancólico al recordar cómo eso se había repetido, pero no pudo hacer o decir más, que abrazar con fuerza al niño, refugiarlo e… intentar, al menos en algo, tranquilizarlo.
Y al fin Hong lo entendió. O pareció hacerlo. Porque Yao intentó convencerlo de que sería por su bien, y de que se volverían a ver.
De forma casi igual terminaron durmiéndose, con el pequeño aferrado pero más tranquilo que antes, como si su frialdad e inexpresividad le hubiese otorgado una madurez cruel, y especial. Aquella con la que muchos niños que en su situación estaban terminando por crecer. Y llegó el día siguiente; ambos se dirigieron hacia Nankín, región que sería testigo del tratado. Aunque antes Yao debió lidiar con los dos pequeños Coreas, Yong y Hyung, que viviendo a sólo metros de ellos y siendo dos de los niños a los que él también tenía a su cargo, protestaron de no poder estar presentes en aquello mientras que Xian sí.
Por supuesto, ni el mayor ni el menor conocía la verdadera razón.
- Por fin has llegado, estaba algo cansado de esperar –el británico se encontraba cruzado de brazos en el lugar, mirándole con una ceja arqueada al indicar un reloj que mostraba seis minutos de retraso. Algo inadmisible para un obsesivo como él, aún y cuando comprendiese, solo un poco, sus razones.
- Cállate, te recuerdo que más difícil caminar con vendas –Yao le protestó, mirándole a los ojos con reproche y luego mirando a Hong Kong; este último no expresaba nada en particular, solo miraba al frente, ahora a Arthur, apenas reconociéndole luego de haberlo visto de reojo el día anterior, cuando encontró el escenario de China y a éste mismo.
Por su parte el rubio solo bufó por la forma en que China le contestó, mirándole con un tic algo nervioso y un temblor en su ceja, susurrando un bajo 'damn you' que de todos modos ellos no entenderían, y recién entonces poniendo su atención en el menor, pestañeando curioso. La firma del tratado fue relativamente rápida; el Reino Unido impuso cada uno de los deseos de Su Majestad, que dejaban a China en total desigualdad pero a los que no podía protestar; la despedida por otro lado, no fue de lo más agradable para él, pero la tuvo que soportar, virando el rostro y convenciéndose, una vez más, de que eso era normal si pretendía continuar su Imperio por mucho más.
De esa manera comenzó, lo que para China fue una sucesiva etapa de soledad; por Hong Kong comenzó, e instantáneamente por Japón, Taiwán y las dos Coreas continuó.
