Antes de partir, dos aclaraciones. Uno. Dentro de la historia, Antonio habla italiano. Pero hay momentos en que se le escapa el español. Para destacar eso, lo escribiré en cursiva, así que no crean que es un cambio de énfasis o algo así. Dos. Se supone que este fanfic consta de unos 12 capítulos, pero solo hay 5 publicados, por lo que no puedo asegurar ningún tipo de regularidad en las actualizaciones para los capítulos posteriores. Sin embargo, por ahora, intentaré subir uno cada viernes/sábado. Ahora sí, listo.


*Capítulo bastante largo. No pude partirlo en dos. Por lo que, si no les gustan los capítulos largos, me disculpo, y alternativamente, si les gustan, disfruten.


Otoño, 1939

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-¡No te adelantes tanto, Feliciano! -gritó el abuelo Roma. Era una soleada mañana de otoño y la aldea bullía de actividad mientras Lovino y el abuelo Roma caminaban sin apuro por las calles adoquinadas. En los últimos meses, la existencia diaria en la aldea, sin cambios, que Lovino había conocido durante toda su vida dio un giro en ciento ochenta grados. Ya no había suficientes productos en el mercado. La gente susurraba en las esquinas, murmuraciones y rumores oscuros, conversaciones entrecortadas. El abuelo gastaba todo su tiempo en la vieja Cantina Verde, conversando, en vez de en los campos. Pero hoy, con el sol brillando y las calles repletas, casi parecía un día normal una vez más. Era un cambio agradable. La gente se detenía con frecuencia a darle los buenos días a Roma o un animado saludo a Feliciano, aunque Lovino no estaba sorprendido de que nadie escatimara un momento por él. Los tres se encaminaban a la Cantina Verde, y como de costumbre, Feliciano seguía emocionándose por nada, dando saltos y corriendo delante de ellos.

-¡No hay nada que pueda hacer si ustedes caminan tan despacio! -gritó Feliciano de vuelta-. Ahora, apresúrense, tenemos que detenernos junto a la fuente, con Lovino siempre nos detenemos allí cuando venimos al pueblo, incluso tengo una moneda y ya sé que es lo que voy a pedir y ¡oh, hola Antonio!

Lovino casi tropezó. Su pulso se aceleró cuando divisó a Antonio caminando a través de la multitud y agitando su brazo alegremente-. ¡Buenos días, Feli! Roma. -La sonrisa de Antonio se iluminó un poco más-. Lovino. -Lovino rápidamente apartó sus ojos.

Antonio había ido y venido con frecuencia durante el último tiempo, pero estos días habían sido lo que más había permanecido en la aldea desde que apareció por primera vez por sus vidas en la primavera. Lovino había pasado los días intentando, sin éxito, ignorar tanto a Antonio como a la manera en que lo hacía sentir. Y a pesar de que Antonio no había hecho nada que hiciera que Lovino lo golpeara otra vez, aún se las arreglaba para hacer que el corazón le palpitara de manera incómoda y para lograr que un no deseado y azorado sofoco se expandiera por su cuello. Especialmente cuando creía encontrarlo mirándolo… nunca estaba del todo seguro debido a que el español siempre desviaba la mirada de inmediato. Antonio era tan amigable, tan feliz, tan diferente a todos los que siempre ignoraban a Lovino en favor de su hermano pequeño. Incluso el modo en que pronunciaba su nombre era diferente. Lovino no sabía como interpretarlo – un hombre no debería hacerlo sentir así. Era frustrante, confuso y un tanto aterrador… pero también, secreta y extrañamente, nuevo y emocionante.

Roma se detuvo brevemente y le dio un afectuoso apretón de manos-. ¡Antonio! ¿Vas a la cantina? Tu habitación está justo en frente, ¿no?

-Así es, pero es una mañana tan bella que debí salir a dar un paseo. Si van hacia allá, los acompañaré -continuaron caminando con Antonio a su lado. Lovino lo ignoraba, Feliciano saltaba alegremente a su alrededor.

-Antonio, ¿vendrás a la fuente con nosotros? Lovino y yo vamos a lanzar monedas de la manera en que el abuelo dice que lo hacen en Roma y pediremos deseos y…

-Tú lo harás, Feliciano, yo no hago esa clase se cosas -dijo Lovino rápidamente.

Feliciano se dio vuelta y lo miró extrañado-. Sí lo haces.

Lovino intentó frenar el calor en sus mejillas-. ¡Solía hacerlo cuando era un niño!

-Pero lo hiciste la semana pasada, recuerda, pediste una guitarra como siempre… ¡Ow! ¿Por qué me pateaste, Lovino?

Antonio rió ruidosamente-. ¡Eso suena divertido, Feliciano! ¡Creo que yo también lanzaré una moneda!

-¿Y qué pedirás? -preguntó Feliciano con entusiasmo.

-Ah, pero si le dices a alguien qué es lo que pedirás, no se volverá realidad -Antonio le guiñó un ojo a Lovino. Éste frunció el entrecejo.

La cara de Feliciano se desanimó-. ¿En serio? Pero siempre le digo a Lovino que es lo que deseo y siempre se hace realidad...

-Eso es porque pides pasta -dijo Lovino levemente exasperado-. Siempre deseas pasta, y luego llegamos a casa y cocinamos pasta, y actúas sorprendido porque tu deseo se volvió realidad.

-¡Pero nunca puedo pensar en otra cosa que desee!

Lovino miró con exasperación al abuelo Roma, quien solo rió afablemente. Si a Feliciano le hicieran elegir una sola cosa en todo el mundo, sin lugar a dudas elegiría un plato de pasta.

-No escuches a tu hermano, Feliciano -dijo Roma con alborozo-. Hay cosas peores que…

Roma dejó la frase en el aire y la calle se silenció repentinamente cuando el fuerte y firme sonido de una marcha se aproximó. Lovino no vio quienes eran antes de que el abuelo Roma diera un paso en frente de él y usara su brazo para empujarlo y hacerlo retroceder. A su lado, Antonio hizo lo mismo con Feliciano. Todos en la calle se echaron hacia atrás mientras las pisadas se acercaban. Lovino miró por encima del hombro de Roma mientras filas de militares vestidos de negro marchaban calle abajo, sus armas sobresaliendo, exhibiéndose, el sonido de sus botas resonando siniestramente en los edificios silenciosos y el azote de sus ojos pareciendo ahogar el sol. Lovino temblaba levemente, a pesar de si mismo, mirándolos pasar con una extraña mezcla de rabia, miedo e incertidumbre. A su lado, Feliciano tenía sus ojos fuertemente cerrados y se aferraba, temblando, de la camisa de Antonio. Cuando las tropas finalmente alcanzaron el final de la calle y giraron hacia la plaza de la aldea, Lovino dejó escapar un suspiro de alivio y miró el abuelo y luego a Antonio. Sus rostros estaban inexpresivos.

-¿Quiénes son ellos? -preguntó Feliciano suavemente, con su voz temblando.

-Fasci di Combattimento -dijo Antonio secamente-. Camisas negras.

-Nadie -dijo Roma de inmediato-. Lovino, lleva a Feliciano a la cantina. Ve por el camino de atrás.

-¿Por qué? -pregunto Lovino airadamente-. ¿A dónde van ustedes?

-Lovino -dijo Roma con tono de advertencia-. Lleva a Feliciano a la cantina. No estaremos muy atrás.

-Son las fuerzas del gobierno, ¿cierto? -preguntó Lovino insistentemente, tratando de ignorar la orden de Roma el mayor tiempo posible. Lovino sabía que el abuelo siempre se había opuesto al gobierno fascista. Pero esas cosas nunca habían parecido de mucha importancia en su pequeña esquina de Italia, donde casi nadie hablaba del gobierno y sus movimientos. O al menos así había sido hasta hace poco-. Son los fascistas, los que están de acuerdo con Alem…

-¡LOVINO! -El gritó de Roma hizo que Lovino saltara, y Feliciano dejó escapar un grito ahogado. Roma cerró sus ojos, masajeó su frente, luego forzó una sonrisa. Se inclinó levemente y hablo con suavidad-. Estás en lo correcto, Lovino, por supuesto. Pero no debemos hablar de estas cosas en la calle. Ahora, cuidarás de tu hermano, ¿no?

Lovino entrecerró sus ojos. Eso era jugar sucio… por supuesto que cuidaría de Feliciano. Mirando de reojo a su hermano, Lovino vio que estaba aterrorizado. Suspiró cansado y tomó la mano de Feliciano. Éste se agarró de ella inmediatamente-. De acuerdo. Estaremos en la cantina.

-Buen chico -dijo Roma. Lovino le lanzó una rápida y azorada mirada a Antonio, pero apenas registró la expresión del hombre antes de darse vuelta.

-Vamos, Feliciano, vayamos por una de esas limonadas que tanto te gustan.

Feliciano lo siguió impacientemente. Lovino se alejó de mala gana, pero no antes de oír a Roma detrás de él-. Así que están aquí, finalmente. Eso debe significar que tienen una lista de aldeanos.

-No te preocupes, Roma -la voz de Antonio envió un extraño estremecimiento a través de la espalda de Lovino-. Te conseguiré esa lista.

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Lovino estaba sentado solo en la cantina y sin que nadie le prestara atención, sus pies se balanceaban descuidadamente desde una mesa y tenía sus brazos cruzados hurañamente. Feliciano estaba sentado en una mesa en la esquina, tan absorto en lo que dibujaba que apenas había levantado la cabeza en la última hora. Lovino miraba la puerta cerrada que daba a la habitación contigua, silenciosamente echando chispas mientras el abuelo y Antonio continuaban con una conversación privada que Lovino, una vez más, no tuvo autorización escuchar. Estaba harto de que nunca le dijeran nada, de ser tratado como un niño. El abuelo Roma ya les había explicado que eran la resistencia, pero Lovino no sabía lo que eso significaba, salvo que no tenía permiso para hablar de ello ni para saber que era exactamente lo que estaba pasando. Pero quería saber. Quería saber que era esa 'información' que Antonio siempre traía. Quería saber donde iba a Antonio cuando desaparecía durante semanas. Pero más que nada, Lovino ardía de curiosidad por saber que era lo que el abuelo Roma, Antonio y el resto de la Resistenza hacía cuando iban en esas 'misiones' que pasaban planeando por días, con mapas y armas, y que parecían tan importantes.

Lovino lanzó una mirada desde Feliciano a la puerta cerrada. Seguramente su hermano no se daría cuenta si se acercaba y escuchaba… La curiosidad rápidamente le ganó. Estaba bastante acostumbrado a ello por ese entonces, pero si nunca nadie le decía nada, ¿qué otra alternativa tenía? Saltó de la mesa y se apresuró hacia la puerta a escuchar lo que sonaba como el fin de la conversación.

-Entras y sales, Antonio. ¿Tienes la información falsa?

-Tengo todo. No te preocupes, Roma. He lidiado con este hombre antes, me tomará solo unos minutos conseguir esa lista.

-Bien. Porque unos minutos es todo lo que tienes. Hay un automóvil para ti al final de la calle. Marcado con rojo.

Lovino no se detuvo a pensar. Si lo hacía, quizás hubiera empezado a razonar consigo mismo. Podría haberse forzado a detenerse y analizar la situación. Podría haberse dado cuenta de que esto era algo realmente estúpido de hacer. Pero no hizo nada de aquello. Simplemente corrió fuera de la cantina, corrió hasta el final de la calle, y se detuvo cuando vio un vehículo estacionado con un pequeño trapo rojo colgando de la ventana. Era más un camión que un automóvil, la parte posterior completamente envuelta por una cubierta de lona oscura. Su corazón se aceleró, su piel ardía, pero su mente aún se negaba a pensar. Lovino se apresuró y lanzó el pesado material hacia atrás. Luego, determinado a no pensar en lo que estaba haciendo, trepó a la parte de atrás del camión y volvió a echar la cubierta sobre si.

La oscuridad lo envolvió y un fuerte y desagradable olor metálico abrumó sus sentidos. Lovino intentó controlar sus rápidos latidos y su fuerte y áspera respiración. Intentó mantenerse calmado. Iba a ver que era lo que sucedía. Se involucraría en ello. Los obligaría a finalmente decirle que era lo que la resistencia hacía. Pero con solo negrura frente a sus ojos, y todo en silencio salvo por la sangre pulsando en sus oídos, la mente de Lovino finalmente comenzó a encenderse. Qué demonios había hecho… qué estaba haciendo… por qué diablos estaba sentado allí, en la parte trasera de ese camión a punto de partir hacia Dios sabe dónde por Dios sabe qué razones… quizás esta no era realmente una gran idea después de todo…

Un profundo y gutural rugido atravesó la parte de atrás del camión y este comenzó a vibrar cuando el motor se encendió. El miedo le subió hasta la garganta e intentó retirar la cubierta, pero ya era demasiado tarde. El camión partió y Lovino no pudo hacer nada salvo sentarse en la penumbra, deseando que su agobiado corazón se desacelerara e intentando no pensar nuevamente. Afortunadamente, el viaje fue corto, aunque Lovino sintió que tardó demasiado. No sabia si sentirse aliviado o aterrorizado cuando el camión finalmente se detuvo y el motor se silenció. Y cuando escuchó la voz de Antonio justo a su lado, no sabía si quería saltar fuera del camión y aferrarse a él desesperadamente o simplemente saltar del camión y correr lo más lejos posible. Decidió que lo mejor sería permanecer en su sitio hasta que todo hubiera acabado. Nadie tenía que enterarse que había estado allí…

-¿Están todos los civiles fuera del edificio? -se oyó la voz de Antonio. Lovino la encontró extrañamente tranquilizadora, lo cual lo puso un tanto molesto.

-Todos fuera –contestó una voz desconocida-. Solo tus dos camisas negras están allí. Tienes veinte minutos, Carriedo. Veinte minutos y tendré a este auto volando alto en el cielo.

Lovino estaba seguro que sintió como su corazón se detenía en su pecho, su respiración se cortó. No podía respirar. Ya era hora de salir de donde estaba…

-Tendré lo que necesito para ese entonces.

-Bien. Yo no estaré a la vista. Así que no te retrases, ¿entendido?

-Entendido. –Lovino esperó tanto como se atrevió, su corazón palpitaba con fuerza, el sudor brotaba del nacimiento de sus cabellos. Finalmente, sabiendo que no podía permanecer en el camión y deseando que el hombre desconocido se hubiera marchado, Lovino golpeó frenéticamente la pared a su lado. Un segundo después la cubierta voló por sobre él y parpadeó ante la repentina luz solar. Antonio maldijo con estrépito.- ¡Mierda!

-Por favor, no me hagas estallar –susurró Lovino.

-¿Qué dem… ay, dios mío… maldición, Lovino, tienes que salir de este camión –Antonio agarró a Lovino por el brazo y lo ayudó a salir a gatas fuera del vehículo, su expresión completamente conmocionada-. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?

Con sus pies tropezando, Lovino frunció el ceño enojado y preparó un fiero ataque verbal-. Solo quería ver que es lo que estabas haciendo, nadie me dice nada, qu…

-Escúchame –Lovino se silenció ante la advertencia que flotaba en la voz de Antonio. Nunca la había oído antes-. No sé en qué estabas pensando, pero ahora debes hacer exactamente lo que yo te diga, ¿de acuerdo?

Lovino reunió suficiente irritación, a pesar de su temor, como para sonar indignado-. ¿Quién te crees que...?

-Por favor Lovino, hablo mortalmente en serio. –Lovino cayó en silencio otra vez. Antonio nunca había hablado de este modo antes. Era como una persona distinta-. Mantente en silencio –continuó Antonio-. No digas una palabra. Quédate junto a mí. Y prométeme que harás todo lo que te diga, sin preguntar.

-Yo…

-Promételo –los ojos de Antonio estaban helados, su voz dominante. Lovino se tragó sus protestas.

-Lo prometo –estaba casi sorprendido de sus palabras, pero parecía realmente no tener opción.

Alguien apareció en la puerta del edificio y gritó iracundamente-. Bueno, Carriedo, ¿te nos unes o qué? –Lovino se dio cuenta con sorpresa de que era un camisa negra, uno de las fuerzas fascistas del gobierno que habían arribado hace poco en esta parte de Italia. El camisa negra miró con extrañeza a Lovino antes de desaparecer dentro del edificio, y éste finalmente se percató de cuán estúpido era lo que había hecho. El terror nubló su mente y se quedó paralizado, negándose a moverse cuando Antonio tomó su mano y tiró de ella.

-Estarás bien, Lovino. No dejaré que nada te suceda –Antonio apretó su mano y por un momento esa alegre sonrisa estaba de vuelta en su lugar, junto con ese destello en sus ojos.

Lovino se sintió levemente consolado al verlo, pero aún así tiró del agarre de Antonio.

-Yo… Yo esperaré afuera…

-Es demasiado sospechoso. Solo mantén tu promesa y estarás bien.

-Oh dios mío –Lovino se santiguó, un viejo hábito que renacía con los nervios, y Antonio apretó nuevamente su mano.

La habitación parecía un bar abandonado. Había una barra un tanto abollada junto a la pared lateral y unas cuantas mesas rotas y sillas patas arriba llenaban el piso. El camisa negra que los había llamado desde la puerta estaba inclinado sobre una mesa cubierta con papeles, y otro estaba sentado en una silla, un tanto más atrás, observándolos con cautela. Lovino se aferró de la mano de Antonio, lejos de preocuparse qué podría pensar el camisa negra o incluso lo qué podría pensar él mismo, hasta que Antonio lo soltó y lo miro fríamente. Su comportamiento totalmente trastocado en un instante-. Ve y siéntate junto a la barra, chico.

Los ojos de Lovino se abrieron un poco por un breve instante, sorprendido y enfurecido, antes de que recordara su promesa. Se encaminó al taburete de la barra más cercano a la puerta, rogando que todo acabara luego.

-Carriedo, no te he visto en mucho tiempo –el camisa negra de pie inclinó la cabeza hacia Antonio, quien sonrió cuidadosamente de vuelta. Lovino tuvo la impresión de que ese era el oficial superior.

-Sabes como van las cosas, mi amigo. Mi tiempo está cada vez más ocupado estos días, así que necesito hacer esto rápido. De todos modos, estoy sorprendido de verte por acá.

El oficial miró hacia arriba con exasperación-. Es un maldito insulto, ser puesto aquí, en el culo de Italia. Arrestando patéticos miembros de la resistencia. Es un chiste.

Antonio rió, pero no era la risa despreocupada y alegre que Lovino conocía. Era fría y cruel. Lo estremeció-. Eso es precisamente por lo que estoy aquí, como estoy seguro que lo sabes. Mis superiores requieren esa lista tuya. Necesitamos destruir esta incipiente Resistenza antes de que las cosas vayan demasiado lejos.

El camisa negra sentado se burló y cruzó sus brazos-. ¿Y por qué, me gustaría saber y debo ser informado, deberíamos darte esta información tan importante a ti? Es también nuestro trabajo aplastar la resistencia

Antonio extendió sus manos conciliadoramente y sonrió de oreja a oreja. Una sonrisa tan fría e irónica como su risa-. Amigo. Todos estamos en el mismo bando acá. Trabajas por el bien mayor, yo también trabajo por el bien mayor. Y como mi amigo aquí puede atestiguar –Antonio señaló al otro oficial con la cabeza-, mis superiores son siempre buenos recompensado a aquellos que nos ayudan a lograr nuestros objetivos. Además, no espero que me des esto por nada –Antonio sacó un grueso fajo de papeles desde dentro de su camisa, caminó hacia los hombres, y lo arrojó sobre la masa de papeles que ya cubrían la mesa-. Creo que esta información les asegurará bastante favor y respeto a los ojos de tus superiores, incluso si no son ustedes quienes dispongan de esta resistencia –los dos hombres de inmediato echaron mano a los papeles y empezaron a revolverlos.

Lovino permanecía estupefacto mientras observaba. Este no era el Antonio que conocía, aquel con la risa fácil y brillantes ojos y abrumadora generosidad, quien siempre traía regalos e historias tontas y le seguía la corriente a Feliciano con sus estúpidos juegos. pero Lovino no conocía a Antonio hace mucho, para nada. ¿Acaso era que solo ahora estaba viendo la verdadera personalidad del hombre? Estaba dividido entre un exasperante temor y una extraña, desconocida y fascinante curiosidad. Sin embargo, todos sus pensamientos fueron abruptamente interrumpidos, cuando el camisa negra sentado fijó en él una oscura y curiosa mirada-. ¿Quién es ese chico tuyo?

El pulso de Lovino retumbó tan rápido que se sintió mareado, su cuello ardía con un calor enfermizo. Intentó desesperadamente controlar su creciente pánico. Antonio le había dicho que no permitiría que nada le sucediera. No tenía más opción que creerle.

-No es nadie –dijo Antonio rápidamente, sonriendo de esa manera cruel y falsa.

-¿Nadie? –el camisa negra lucía desconfiado-. ¿Nadie, que simplemente está sentado aquí escuchándonos hablar acerca de asuntos secretos?

Antonio miró desde el camisa negra a Lovino. Éste lo contempló de vuelta, con los ojos muy abiertos y un miedo irreal negándose a disminuir. Los ojos de Antonio no revelaban ni el menor indicio de sus verdaderos sentimientos-. Es solo algo que recogí en la aldea vecina –dijo suavemente, mirando nuevamente al camisa negra-. Ahora ¿podemos hacer esto rápido? No voy a pagarle a este niño más de lo que debo.

Ambos camisas negras rieron a sabiendas, sus miradas cada vez más burlonas y desagradables. Los hombros de Lovino se pusieron rígidos, el calor en su cuello se expandía de manera repulsiva. Se acercó aún más a la barra detrás de él, arrepintiéndose del estúpido impulso que lo había llevado hasta allí, deseando fervientemente poder, de alguna manera, retroceder y salir de todo esto. Trató de gritarle a Antonio sin palabras. Sácame de acá, maldito bastardo… deja de actuar de esta manera… oh, Dios, haz que dejen de mirarme así…

-¡Bueno, ahora sabemos porque estás en un maldito apuro! –dijo el camisa negra, poniéndose de pie y pateando la silla en que había estado sentado, sus crueles ojos fijos en Lovino. Éste mordió sus labios con tanta fuerza que llegó a sentir sangre.

-Exacto. Así que acabemos con esto, ¿podemos? ¿Esa lista? –Antonio alargó la mano hacia los papeles en la mano del oficial superior, pero éste rápidamente los retiró de su alcance y miró a Lovino con claras segundas intenciones. Su sonrisa le causó escalofríos, su fría voz parecía deslizarse bajo su piel.

-No creo que la información que no has dado sea un precio justo por esta lista. Quizás hay algo más que puedas intercambiar.

Antonio se puso rígido. Lovino se percató de que su mirada descendió levemente, casi de manera imperceptible, hacia las armas de los hombres. Lovino se preguntó, desesperado, si Antonio estaba armado. Su momentáneo desliz solo duró un segundo, y Antonio sonrió una vez más-. No veo porque no. ¿Qué tal si nos encontramos en la posada y así continuamos este intercambio? Voy de camino hacia allá tan pronto como concluyamos con nuestro negocio.

-¿Para qué ir tan lejos? –Dijo el oficial, dando un amenazante paso hacia delante-. Este es un lugar tan bueno como cualquiera. Hay habitaciones arriba –Todo el cuerpo de Lovino se constriñó. Retrocedió tanto como pudo, la barra presionando su espalda de manera incómoda.

Los puños de Antonio se apretaron, luego se relajaron. El otro camisa negra también dio un paso adelante. Lovino no quería saber qué era lo que estaba pasando, no quería entender. Lo único que podía hacer era confiar en Antonio. Éste quebró la tensión al darle una palmaditas en la espalda al oficial superior y reír ruidosamente-. Bueno, todos somos amigos, ¿no? Solo intenta no demorarte demasiado –Lovino se dijo a si mismo que Antonio estaba actuando… este no era él realmente… Antonio no quería decir eso…

-Ah, no debería, es lo suficientemente lindo. Además, todos lucen igual por detrás –los ojos del oficial se arrojaron sobre Lovino desde el otro lado del cuarto.

-También es joven, eso siempre ayuda –agregó el otro camisa negra. Sus amenazantes miradas lascivas y risas estaban causando nauseas en Lovino, poniéndole la piel de gallina. Antonio rió con ellos, deslizando un brazo sobre el hombro del oficial, y luego, rápida y fácilmente, tenía la lista en su mano. La puso inmediatamente en su bolsillo y retrocedió.

-Me alegro de que lográramos llegar a un acuerdo. Y, por favor, incluso insisto en que vayan primero –Lovino no podía respirar. No podía manjar esto… iba a entrar en pánico, a gritar, a correr…- Pero primero –continuó Antonio-, hace mucho frío aquí, ¿cierto? Oye, niño –Antonio lo estaba mirando, le hablaba. Lovino lo miró suplicante-. Corre afuera y trae mi chaqueta que está en el coche.

Lovino no lo pensó dos veces. Se puso de pie de un salto y corrió. Una vez afuera, en el fresco aire libre, se detuvo con un alivio desbordante al estar fuera de ese horrible y sofocante cuarto, lejos de esas viles miradas, de esas repugnantes risas. Pero ahora no tenía idea de qué hacer. ¿Correr? ¿Esperar? Lovino miró las calles desiertas, lágrimas de rabia y frustración comenzaron a asomarse. Silenciosamente rogó que Antonio se apresurara. Su respiración estaba muy agitada, sus manos temblaban, estaba aún muy cerca del pánico… Lovino casi sollozó de alivio cuando Antonio caminó rápidamente por la puerta, tomó su mano y prácticamente lo arrastró calle abajo.

-Sigue caminando, no te detengas –el rostro de Antonio estaba inmóvil en una fría y endurecida expresión que Lovino nunca había visto antes, sus acerados ojos fijos en la distancia, sus labios fruncidos. Casi corrían mientras se alejaban a toda prisa del edificio.

-¿Qué sucedió? –preguntó Lovino, un miedo helado aún recorría sus venas-. ¿Qué hiciste?

-Solo sigue caminando.

-¿Qué está pasando? ¿Qué querían?

-No es nada, Lovino –pero Lovino nunca había visto al descuidado y animado español lucir tan furioso.

-¿Pero qué…? –Repentinamente, se escuchó una enorme explosión. El ruido desgarró la calle vacía y el aire se tornó ligeramente caliente y pesado. El cuerpo de Lovino se sacudió con sobresalto y miró sobre su hombro para ver el automóvil en pedazos y el edificio en llamas, su fachada totalmente desgarrada. Sus piernas perdieron fuerza y trastabilló pero Antonio inmediatamente lo levantó y continuó tirando de él por la calle-. Oh Dios mío –dijo Lovino sin aliento-. Oh Dios mío.

Un coche vacío esperaba a la vuelta de la esquina. Antonio abrió la puerta del acompañante y ayudó a Lovino a entrar antes de subir al asiento del conductor y partir a toda velocidad. Lovino se agarró del apoyabrazos, su mente congelada por la conmoción, todo su cuerpo temblando. Nada era real, no podía serlo, todo era excesivamente rápido, surrealista, demasiado…

-Estás bien, Lovino. Solo respira. Estás a salvo, y estás conmigo, y todo está bien ahora.

Lovino intentó hacer lo que Antonio le decía, intentaba respirar, pero su pecho estaba muy apretado y su garganta muy seca-. Esos hombres… ellos aún estaban dentro…

-Sí.

-Dijiste… dijiste que nunca podrías asesinar a nadie…

-Dije que nunca podría asesinar una persona inocente. Esos hombres no eran inocentes, Lovino. Es duro, lo sé, y difícil de entender. Pero con sus muertes hemos salvado a muchos hoy –los nudillos de Antonio estaban blancos mientras sujetaba con fuerza el manubrio, sus ojos aún fríos y duros. A Lovino no le agradaba en lo absoluto. Quería que Antonio sonriera, riera, que dijera algo estúpido e idiota en su alegre acento español. Este lado de él casi lo aterrorizaba. Pero al mismo tiempo, encontró que su curiosidad había disminuido un tanto. Esto era lo que la Resistenza, lo que Antonio, en realidad hacia… esto era lo que Lovino deseaba saber. Se forzó a respirar con regularidad, a calmarse.

-Ellos… pensaban que trabajas para ellos –dijo Lovino suavemente.

-Mucha gente cree que trabajo para ellos.

-¿Qué hay en ese papel que pediste?

-Es una lista de aldeanos bajo sospecha del gobierno.

Lovino se tragó una oleada de nausea y se obligó a hacer una pregunta, de la cual no estaba muy seguro si quería saber la respuesta-. ¿Qué era lo que… esos hombres…? Quiero decir… dijeron que querían algo a cambio…

Antonio golpeó violentamente el acelerador con su pie y Lovino sujetó fuertemente del costado del asiento cuando el auto salió disparado hacia adelante-. No fue nada. No pienses más en ello.

Lovino permaneció en silencio durante el resto del camino. Antonio estacionó el vehículo en el mismo punto en que se había encontrado el camión. Lovino lo siguió por la estrecha callejuela y luego por las escaleras que se encontraban frente a la cantina, hacia su habitación-. Solo tengo que guardar estos papeles –dijo Antonio rápidamente-. Luego te llevaré a casa, ¿de acuerdo? Estás bien, Lovino, todo está bien ahora.

Todo estaba sucediendo muy rápido y Lovino estaba confundido, sentía como si un remolino se precipitara a través de su cabeza. Antonio aún estaba fuera de si. El cuarto giraba mientras Antonio lo guiaba a través de la puerta principal de su destartalada habitación, hablando sin parar, repitiendo lo mismo una y otra vez, parecía que estuviera luchando consigo mismo-. Solo necesito colocar estos papeles en un lugar seguro, solo nos tomará unos momentos, luego te llevaré directamente a casa… Todo está bien ahora, Lovino… Solo deja que ponga esto a salvo, y nos iremos de inmediato… -el discurso de Antonio se hacía cada vez más acentuado y Lovino intentaba entender que era lo que decía, por qué estaba hablando tan frenéticamente, por qué todo daba vueltas y se volvía tan borroso y por qué… El mundo finalmente dejó de girar cuando Antonio dejó caer los papeles sobre una pila de otros documentos, se giró y lo arrastró hacia sus brazos. Lovino se congeló, sus brazos cayendo inmóviles en sus costado, su mente echa un desastre por la confusión y la sorpresa-. Nunca… NUNCA… vuelvas a hacer algo como eso, ¿me entiendes? –Antonio casi gritó las palabras.

Lovino no podía moverse. Su mente estaba entumecida. No sabía si Antonio estaba enojado o molesto o se había vuelto completamente loco-. Yo…

-Dios mío, Lovino, eso fue… simplemente no… -Lovino sentía los brazos de Antonio presionando firmemente su espalda, abrazándolo, rodeándolo. Sentía su el subir y bajar de su pecho sobre su mejilla y su tibia respiración sobre su cabello. La voz de Antonio sonó más suave, más pausada, cuando habló otra vez-. Por favor no vuelvas a hacerlo.

Lovino no sabía que hacer. Así que lentamente, dudando, levantó sus manos y las colocó sobre los brazos de Antonio. Porque esa horrible experiencia había acabado, y, a pesar de todo, Lovino se sentía seguro así-. De acuerdo –respondió con suavidad. Pero Antonio no se movió. La habitación estaba tan silenciosa, tan tranquila, sosegada salvo por el sonido de sus respiraciones agitadas debido a la calidez del aire. Toda la aterradora tarde se esfumó hasta que no había más que esto, este momento. Un nudo se retorció en el estómago de Lovino, un escalofrío revoloteó por su garganta. No sabía si podría soltarse de los fuertes brazos de Antonio, y tampoco sabía si quería. Así que simplemente se aferró con más brío, giró su cabeza y sintió los labios y el aliento de Antonio tan cerca, sobre él. Su pulso se aceleró tanto que no podía respirar con normalidad, su piel ardía como si fuera pleno verano, y sentía el corazón de Antonio latiendo contra su oído casi tan rápido como el suyo.

Lovino comenzó a sentirse mareado, inseguro, mientras los brazos de Antonio lo apretaban con más fuerza y sus cuerpos se acercaban aún más, juntos desde sus torsos hasta sus caderas. Antonio dijo su nombre y sonó como una adoración, por lo que Lovino se acercó aún más, hasta que Antonio lo repitió y esta vez sonó como una penitencia. El apretado y acalorado espiral en el pecho de Lovino se disparó por su columna y se enroscó en la base de sus intestinos, extendiéndose más abajo, hasta que casi jadeaba por las desconocidas pero extáticas sensaciones que abrumaban su cuerpo. Y los labios de Antonio estaban tan cerca y su respiración era tan cálida, sus brazos tan seguros y su aroma tan abrumador. Lovino no podía pensar, solo podía aferrarse a él, sintiendo ese ardiente bucle estrecharse, girar, moverse en busca de algo, y jadeó fuertemente y luego susurró con suavidad…- Oh…

-¡Maldición, no, BASTA! –Lovino se tambaleó hacia atrás cuando Antonio repentinamente lo empujó. Hizo acopio de toda su fuerza y equilibrio para evitar caer al piso. Volvió en si y la habitación estaba fría, oscura y silenciosa. Antonio estaba de pie en la esquina opuesta, sus manos en la cabeza, dándole la espalda. Un confuso sofoco se extendió lentamente desde el cerebro aún liado de Lovino hasta que estuvo completamente envuelto en una ardiente y nauseabunda humillación. Antonio lo había rechazado. Lovino había se había sobrepasado, había malinterpretado. Antonio debía estar asqueado, horrorizado. Lovino podía escuchar su respiración a través del cuarto-. Tienes que irte, Lovino –la voz de Antonio temblaba-. Inmediatamente. Tienes que marcharte ahora.

Lovino cubrió su boca y retrocedió inseguro, mortificado-. Lo… Lo sient… -Lovino ahogó las palabra, parpadeó con rabia para evitar que cayeran sus lágrimas. Su turbación mudada abruptamente a una cólera agitada. Entrecerró sus ojos y apretó sus puños-. ¡Maldito bastardo, cómo te atreves! –Cómo se atrevió a alejarlo de ese modo, cómo se atrevía a hacerlo sentir así… Cómo se atrevía a cambiar tan drásticamente, a transformarse en esa persona que Lovino apenas reconocía… La furia de Lovino se intensificó cuando Antonio no se dio vuelta. Gritó tan fuerte como pudo, lo suficientemente alto como para intentar ahogar la horrible y enfermiza humillación que quemaba su piel, que lo hacía querer correr y ocultarse para siempre-. ¡Te odio! ¡Lárgate de mi aldea, lárgate de mi vida, no quiero volver a verte nunca más! ¿Lo entiendes? ¡Te odio, maldito hijo de puta!

Lovino corrió fuera de la habitación. Se negaba a reconocer las lágrimas en sus ojos y la angustia que sentía en su pecho. Se enfocó solo en su rabia. Corrió por el camino, fuera de la aldea e intentó convencerse de que no estaba molesto, que no estaba decepcionado, que no estaba absoluta y completamente apabullado. No, solo estaba enojado, furioso, enloquecido por el odio. Odiaba a Antonio Carriedo. Tenía que odiarlo. Porque era demasiado doloroso pensar en lo que esto significaría si no fuera así.

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Lovino no vio a Antonio por una semana. Deliberadamente permanecía alejado de la cantina y Antonio no venía a la granja. Se dijo a si mismo que lo alegraba. Pero por días, todo lo que veía al cerrar los ojos eran esas repugnantes miradas en los rostros de los camisa negras, ese edificio en llamas, ese automóvil destruido. Todo lo que escuchaba en el silencio era aquella enorme bola de fuego. Y la respiración de Antonio. Todo lo que sentía, en las oscuras horas de la madrugada, cuando no podía dormir y no podía evitar que su mente divagara, eran los brazos de Antonio rodeándolo, su aliento en su cuello, ese maravilloso sentimiento que no podía explicar… y luego las manos de Antonio apartándolo con fuerza. El abuelo Roma parecía sentir que algo andaba mal, a pesar de que no preguntaba. Pero, al menos, Feliciano parecía no percatarse de nada, como siempre.

-¡Lovino, eso no es justo, es mi turno! –Feliciano aceleró, tratando de patear la pelota que se encontraba dominada por Lovino. Éste, hábilmente, la mantuvo alejada, casi riendo mientras se dirigía fuera del jardín trasero y alrededor del costado de la casa.

-¿Cuándo aprenderás que tienes que recuperar la pelota por ti mismo? –gritó Lovino antes de patearla hacia adelante y perseguirla. El sol de la tarde brillaba sobre el césped bien recortado y la brisa de otoño estaba sorprendentemente fresca mientras soplaba agitando los árboles en los campos circundantes. Lovino realmente le agradecía a Feliciano por esta estúpida distracción. Por primera vez en una semana, apenas pensaba en Antonio.

-¡Pero Lovino, eres más rápido que yo, no es justo!

-Nada es justo, Feliciano. Ahora, vamos, sé que puedes correr más rápido que eso. ¡Quítame la pelota! –Manteniéndola delante de él, Lovino corrió de prisa alrededor de la esquina de la casa, hacia el angosto sendero y casi se dio de bruces contra Antonio. Ahogó un grito de sorpresa. Su corazón saltó de manera incómoda hacia su garganta y Lovino se detuvo de pronto con un movimiento brusco, la pelota volando olvidada camino abajo. Pequeñas gotas de sudor se asomaron en su frente y sus hombros se tensaron mientras daba un cauteloso paso hacia atrás.

-¡Buenos días, Lovino! –la voz de Antonio sonaba tan alegre como siempre, su sonrisa simple y llena de entusiasmo de vuelta en su lugar. Lucía como él mismo una vez más, no ese desconocido Antonio que había hablado tan siniestramente a los camisas negras, que había actuado tan extraño mientras guiaba a Lovino a su cuarto alquilado. Lovino sintió e familiar y nervioso retortijón en su estómago, pero, esta vez, también sintió rabia. Sacudió su cabeza, con una expresión glacial, mientras Feliciano llegaba corriendo, riendo sin aliento.

-¡Antonio! ¿Me trajiste un regalo? ¿Qué es?

-Por supuesto, Feli, ¿acaso no lo hago siempre? Para ti tengo… -Antonio bajó la enorme maleta que llevaba y sacó una especie de pequeño tambor circular de la bolsa sobre su hombro. Feliciano lo miró parpadeando con curiosidad-. ¡Es una pandereta! –explicó Antonio con una sonrisa-. La tocas. Así –Antonio la sacudió, provocando que lo pequeños discos de metal tintinearan alegremente. El rostro de Feliciano se iluminó, tomó la pandereta de la mano de Antonio, lo sacudió de manera desaforada y se echó a reír.

-¡Guau! ¡Esto es fantástico!

Lovino cerró sus ojos por un momento. Justo lo que Feliciano necesitaba. Otra manera para hacer ruido. Por qué demonios Antonio tenía que ser siempre tan despistado…- Di gracias, Feliciano.

-¡Gracias, Antonio! ¡Iré a mostrársela al abuelo! –Feliciano corrió hacia la casa, agitando el pandero todo el camino, dejando a Lovino solo con Antonio. Vacilante e inquieto, Lovino dio unos cuantos pasos hacia atrás y luego se giró para seguir a Feliciano.

-Lovino.

Éste se detuvo, su corazón palpitando traicioneramente-. ¿Qué?

-Me marcharé por un tiempo –Antonio dijo las palabras con mucha facilidad. Lovino se negaba a pensar o sentir algo. Se negaba, maldición.

-Oh. Bien. El abuelo está adentro, estoy seguro de que querrá saberlo.

Una vez más, Lovino estaba escuchando una conversación que se suponía que no debía oír. Había intentado alejarse, se había dicho a si mismo que quería alejarse, pero al final le fue imposible evitar poner una copa sobre la puerta de la cocina y tratar armar las palabras que fluían a través de ella. Hasta el momento, lo único que había logrado entender era que Antonio se marchaba. Pero aquello era esperable… Antonio había estado yendo y viniendo con frecuencia por meses. ¿Por qué ahora era diferente?

-No entiendo –dijo Roma-. Justo cuando las cosas están intensificándose…

-Lo estás haciendo bien. Los miembros que tienes aquí son fieles, hábiles y dedicados. Los necesitarás. Tengo miedo de que tu pequeña y tranquila esquina de Italia se haya vuelto una posición demasiado estratégica como para ser ignorada por cualquier bando.

-Por lo cual necesitamos un informante más que nunca. Simplemente no entiendo porque te marchas ahora, cuando realmente te necesitamos.

-Puedo ayudar mejor desde la distancia. El control de los camisas negras está creciendo demasiado, y ya han comenzado a expandirse rumores de una ocupación. Antes de que las cosas vayan demasiado lejos, necesito establecer una ruta de escape hacia España.

Roma se detuvo por un momento-. Sí, por supuesto, es evidente. Te veremos de nuevo, supongo.

-Sí, pero no durante un tiempo. Esto deberá tomarme un año, por lo menos. Aunque es más probable que sean dos o tres.

La copa cayó al suelo y se hizo añicos. Lovino no escuchó más. Sentía como si lo hubieran golpeado en el vientre, su sangre se heló. Corrió hacia la puerta de la cocina, atravesó el soleado jardín, y llegó al camino. Se dirigió por la vía que llevaba a las montañas, sin prestar atención al viento helado, esas palabras haciendo eco en su cabeza… un año, por lo menos. Aunque es más probable que sean dos o tres… Lovino no se detuvo hasta que llegó junto a una cerca rota justo al borde del camino. Se dejó caer contra ella, respirando fuertemente, sus manos temblando y sintiendo como si su pecho fuera a colapsar. Dos o tres años. Era una vida entera. Para siempre. No debería doler tanto… estaba furioso con Antonio, se dijo a si mismo. Colérico. Lo odiaba. Pero era inútil. No importaba cuantas veces Lovino lo dijera, no lo hacía. No odiaba a Antonio en lo absoluto. Y eso solo lo enfurecía más. El sentirse de esta manera por alguien que simplemente seguía hiriéndolo.

Lovino se sentó apoyándose en la valla, mirando el cielo azul oscurecerse, las hojas marrones caer de los árboles cercanos, oscureciendo el césped bajo ellas. Así que eso era todo. No iba a ver a Antonio otra vez, en años. Este era el final de este capitulo estúpido y sin sentido. Supuso que, en cierto modo, estaba aliviado. A pesar de lo mucho que dolía. Lovino empezó a sentirse somnoliento mientras miraba como una hoja danzaba en el viento. Se retorcía y giraba, revoloteando, levantándose y cayendo otra vez sobre el fondo que ofrecían las distantes montañas. Pudo sentir como su cabeza caía y sus ojos comenzaban a cerrarse…

-Lovino.

Lovino saltó y ahogó un grito, luego miró hacia arriba bruscamente. Antonio estaba de pie mirándolo, con su maleta y bolsa en el suelo. Lovino sacudió el adormecimiento de su cabeza y se incorporó, ignorando la manera en que su corazón saltaba-. ¡Vete!

-Por favor –algo en la manera en que Antonio pronunció las palabras hizo que Lovino se detuviera. Lo miró con suspicacia por un momento, levantó sus rodillas y las rodeó con sus brazos.

-Creí que te marchabas.

-Lo hago. Tomaré el camino por las montañas, mi coche está en esa dirección. ¡No creí que sería tan afortunado como para encontrarte!

-Cállate –era una respuesta estúpida e infantil, pero Lovino no supo que más decir. Antonio la ignoró.

-Bueno, me alegro mucho de haberte encontrado –Antonio se sentó lentamente contra la cerca, dejando una cuidadosa distancia entre ellos. Lovino le lanzó una mirada con cautela-. Aún no te he dado tu regalo.

-¿Por qué tendrías un regalo para mi? Me odias. Es por eso que te vas.

Antonio lucía levemente sorprendido, luego rió y sacudió su cabeza-. Oh, eso está tan lejos de la verdad.

Lovino frunció el entrecejo-. Entonces, ¿no te vas por mi culpa?

-No, es cierto que me marcho por tu culpa. Pero no porque te odie.

-Eso no tiene sentido, imbécil.

-Quizás lo entiendas algún día.

Lovino quedó en silencio. Realmente dudaba que algún día pudiera entenderlo. Antonio se acercó a la maleta que estaba a su lado, la abrió, y, para completa sorpresa de Lovino, sacó una guitarra-. Esto es para ti.

Lovino solo la miró, como golpeado por el asombro. Deseaba una guitarra desde hace años, pero había renunciado a toda posibilidad de adquirir una ahora que la guerra había comenzado. No podía creer que, después de todo, Antonio le estaba entregando una tan fácilmente-. Oh –Lovino estiró el brazo y la tocó, luego miró el sonriente rostro de Antonio y dejó caer su mano. Le lanzó a Antonio una mirada curiosa, no sabiendo qué preguntar, cómo preguntar-. La semana pasada –dijo Antonio-, en la aldea, Feliciano dijo que lanzabas una moneda a la fuente pidiendo una guitarra.

Lovino se encogió de hombros, levemente avergonzado-. Solo lo decía para que Feliciano dejara de molestarme.

-Oh, ¿entonces no quieres una? –Antonio comenzó a devolverla a la maleta y Lovino, sin pensarlo, estiró el brazo nuevamente para detenerlo.

-No, si la quiero, yo… -Antonio sonrió triunfantemente y Lovino sintió que sus mejillas se enrojecían. ¿Por qué siempre hacía esa clase de estupideces? Lovino miró el suelo y masculló-. No sé tocar.

-Aprenderás. Es fácil. Escucha. –Antonio colocó al guitarra en posición y rasgueó unas cuantas cuerdas hasta que una lenta y lírica melodía comenzó a brotar de ellas.* Le sonrió a Lovino-. Está es una canción que escuché hace poco. Me hace pensar en ti –Lovino no tuvo tiempo de registrar por completo lo que Antonio había dicho antes de que comenzara a cantar. No podía entender las palabras en español, pero la voz de Antonio era maravillosa, suave y cadenciosa. Fluía tan fácilmente sobre las notas. A pesar de si mismo, Lovino se encontró cautivado, hipnotizado, envuelto en las ricas armonías que emanaban desde la guitarra y los labios de Antonio. Lovino creía no haber respirado durante toda la canción, mirando como los dedos de Antonio acariciaban las cuerdas y como sus labios formaban esas bellas palabras, hasta la última línea, que Lovino estuvo casi seguro de entender… -Bésame, bésame mucho, que tengo miedo a perderte, perderte después –por un momento Lovino se preguntó si Antonio había cantado esa línea en italiano, pero no, debió haber escuchado mal. No dijo nada, pero cuidadosamente tomó la guitarra cuando Antonio se la entregó-. ¡Cuando vuelva a verte, podrás cantar algo para mí!

Lovino pasó una mano sobre la pulida madera, su corazón latía veloz, su mente corría desenfrenada con confusas y conflictivas emociones-. Probablemente la deje en mi armario y nunca más la vuelva a mirar.

Antonio se encogió de hombros-. Haz lo que quieras con ella, ¡es tuya!

Pero se suponía que Antonio debería estar enojado con Lovino. No debería haber aparecido sonriente y radiante ni haberle dado una guitarra ni haber cantado para él ni confundirlo aún más ni…- ¿Qué es lo que hice mal? –Lovino puso una mueca tan pronto como las palabras asomaron por sus labios. No debió haber dicho eso. Maldición, no debió haberlo hecho.

Antonio sacudió su cabeza, su expresión se tornó seria repentinamente-. No hiciste nada mal…

No debió haber dicho eso, pero aún así, no podía detenerse…- Sé que no debería haberme ocultado en el camión ese día, en serio no quería arruinar nada, yo solo…

-No, Lovino, escucha. Yo debo disculparme. Lo siento mucho –Antonio hizo un ademán de levantar su mano, pero se detuvo rápidamente y rió de forma insegura-. Veinticinco años y aún no sé reaccionar de manera adecuada. Todo este tiempo he estado muy fuera de lugar… Nunca debí haberte hecho correr de vuelta a casa solo el otro día, después de la explosión, después de lo que yo… -Antonio suspiró y se pasó la mano por sobre sus ojos. Lovino no podía seguir lo que Antonio intentaba decir-. Lovino, no hiciste nada mal. Yo sí. Por eso me marcho.

-Pero regresarás –Lovino intentó hacer que sonara como si no le importara. Intentó convencerse de que no le importaba.

-Después de haber establecido una ruta de escape hacia España y hacer unos cuantos contactos más, sí, volveré. Podrían ser unos cuantos años. Pero esta guerra no acabará pronto.

-No –Lovino miró hacia el cielo oscurecido, sintiendo los ojos de Antonio sobre él. Se quedaron así, en silencio salvo por el sonido del viento, hasta que Antonio finalmente habló otra vez.

-Tengo que irme. Mi auto me espera.

-De acuerdo –Lovino mantuvo sus ojos en el cielo, sus manos aferrando la guitarra con fuerza.

-Te veré pronto, Lovino. Mantente a salvo. No hagas cosas estúpidas. Prométemelo.

Lovino finalmente miró a Antonio, quien sonrió alegremente una vez más. Lovino frunció el ceño e ignoró el estúpido salto de su estómago-. ¿Por qué insistes con esas estúpidas promesas?

Antonio rió mientras se ponía de pie y cogía su bolsa. Le sonrió a Lovino, su cabello castaño agitándose en el viento, sus ojos más verdes que el césped, brillando-. Adiós, mi corazón –luego se giró y se alejó.

Lovino miró como Antonio volvía al camino, balanceando su valija, silbando mientras se alejaba. Lo observó marcharse, hacia España, hacia el peligro, hacia Dios sabe donde. Por años. Lo miró hasta que desapareció en una bifurcación del camino. Y se preguntó por qué demonios dolía tanto.


Continuará…


*(YouTube)/watch?v=ORGQ9df3ZbY


NdT:

Si bien arriba dice que, supuestamente, actualizaré los viernes o sábados, este capitulo es tan largo (¡el doble de lo normal!) que ruego comprensión por el atraso. Lo he revisado alrededor de diez veces y aún no estoy conforme, pero ya no puedo seguir dilatando su publicación, por lo que cualquier error será corregido a posteriori. Y sí, están en lo correcto, la única función de esta nota es despotricar un rato por lo agotada que estoy y lo adolorida que está mi espalda, ji. Nos leemos en una semana más, ¡saludos!