Jasper: Parte II.
Mayo 1939.
Los meses habían pasado y yo aún seguía sin olvidarme de mi antigua vecina. Cada día me odiaba más, pues quizá si las cosas no hubiesen ocurrido de esa manera, si yo no hubiese sido tan idiota, ella aún estaría a mi lado.
Había preguntado por todo el vecindario, pero lo cierto es que nadie sabía a dónde se habían trasladado los Brandon. De la misma manera en que habían aparecido en nuestras vidas, se habían ido de ellas y su estadía había pasado de incógnita para casi todos. Todos excepto yo.
A ratos me invadía la desesperanza de pensar en que ya no volvería a verla nunca más; aunque lo cierto es que muy en el fondo sentía que había una pequeña posibilidad de que lo nuestro pudiera ser. Era casi irreal, y estaba escondida en lo más recóndito de mi mente; pero haciendo un esfuerzo por pensar en aquello lograba reconfortarme.
Mientras tanto, las cosas en la ciudad aparentaban ir normales; pero no sabía por que, la tranquilidad parecía ser falsa, era como si todos se estuviesen preparando para los oscuros tiempos que estaban por venir. Por las calles corría el rumor de que se avecinaba algo grande, las personas se sentían diferentes, y la tensión estaba presente en el ambiente, sin abandonarnos nunca. Pero poco me importaba aquello en ese entonces, solo tenía cabeza para pensar en Alice, preguntándome porqué la vida tenía que ser tan cruel. En ese momento yo era estúpido. Estúpido e iluso, creyendo que las cosas no podían ir peor; pero definitivamente estaba equivocado.
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Principios de Septiembre 1939.
La primera vez que sonó el timbre de la casa, yo no pensaba que era algo de que preocuparse. Observé a mi padre charlar con el oficial que se encontraba al otro lado de la puerta y sin darle mucha importancia al asunto abandoné el lugar.
Recuerdo que esa última noche que dormí en mi habitación mi sueño había sido interrumpido constantemente, en ese momento no entendí por qué me encontraba nervioso.
Al día siguiente toda la familia se reunió en el salón principal "Todo va a estar bien" repetía una y otra vez mi padre sosteniendo firmemente la cintura de mi madre. Era increíble que aún no me diese cuenta de lo que estaba pasando, ni tampoco de que no había seguridad alguna en aquella afirmación que intentaba tranquilizarnos.
Cuando salimos de casa, observé por última vez el paisaje, el sol resplandecía y daba directo en mi rostro mientras el fresco aire llenaba mis pulmones. No sabía por qué; pero tenía el fuerte presentimiento de que esa sería la última vez en mucho tiempo en que la luz estaría presente en nuestras vidas.
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Febrero 1940.
Dos meses habían pasado desde el comienzo de este infierno. Porque esto no podía ser otra cosa, más que el infierno mismo. A cada día que pasaba encerrado en esta cárcel, gueto como preferían llamarlo, mi alma se oscurecía un poco más. Ya la crueldad me daba simplemente lo mismo; oír los gritos de una mujer que pedía auxilio o hasta observar como golpeaban sin compasión a un anciano, eran cosas tan comunes que había aprendido a pasarle de largo sin inmutarme siquiera.
Los rostros de las personas estaban teñidos de desesperación, pidiendo silenciosamente que aquella tortura parara. Siempre era lo mismo, todos los días se repetían exactamente iguales; pero sentía que ese mes era diferente.
Estaba sentado en una oscura esquina de aquella sucia y desaliñada casa que ahora era mi hogar, cuando recosté la cabeza e intenté recordar. A veces, era muy fácil olvidar como había sido antes mi vida, pensar que en algún momento todos habían sido felices; pero ahora las memorias fluían con facilidad.
Mi mente evocaba imágenes de un día de invierno lluvioso y aburrido, un auto negro aparcando en la acera de en frente, una pequeña figura que se confundía con la oscuridad de la noche cruzando sus brazos con irritación….
Claro que recordaba porque aquel mes era tan especial, era el mes en que había visto por primera vez a Alice. Una sonrisa curvó mis labios recordando nuestra primera conversación, y por un ínfimo momento casi imperceptible, logré que la esperanza llegara a mi corazón de nuevo, como no lo había hecho en mucho tiempo. Capturé y atesoré aquel sentimiento, con miedo a que de un instante a otro se pudiera escapar.
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Diciembre 1942.
No podía creer aún que ya dos años habían transcurrido. Mi mente se encontraba en un letargo interminable y solo cumplía mis obligaciones por pura inercia. Lo relevante de ese mes era que se celebraría una boda, la de mi hermana.
Rosalie había conocido a Emmett en nuestra estadía en este lugar y aunque no eran las mejores condiciones, habían decidido unir sus vidas en matrimonio. Un poco de felicidad llenaba las vidas de los presentes al ver a nuestra hermana tan sonriente de la mano de su nuevo marido. No era algo que duraría mucho, pero por ese momento todos habíamos decidido olvidarnos de la adversidad para celebrar con ella.
Este mes, también lo recordaba por que era el último en el que había visto a Alice. Aunque siempre evocaba momentos en los que ella estaba radiante y feliz, en estos días lo único que podía recordar era la imagen de su rostro desilusionado y lleno de lágrimas. Desilusionado gracias a mí. Y eso hacía que mi mal humor se encontrara en su máxima expresión, no solo por eso sino también por el momento que ahora tenía vigencia, cuando dos personas se unían en matrimonio por todo el amor que sentían. Aunque me alegraba por Rosalie, no podía evitar envidiarla, sabiendo que yo jamás hubiese podido hacer aquello con Alice.
— Hola. — murmuró muy cerca de mi oído una voz que no pude reconocer, me di la vuelta al instante para observar a la mujer que me dirigía la palabra, la cual era alta y un poco morena con cabello negro cayendo por su cintura, podría decirse que bastante atractiva… para cualquier persona que no fuese yo.
— Hola. — contesté sin ánimos de seguirle hablando a aquella desconocida, que al parecer no estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta.
— ¿Cómo te llamas? —preguntó la mujer tratando de seducirme con la mirada, o aquello fue lo que pude entender.
— Jasper Whitlok. — respondí cortante
— Mi nombre es María. — comentó, aunque era obvio por mi expresión que poco me importaba. — Escucha, te ves un poco aburrido en esta fiesta y no he podido quitarte la vista de encima desde que llegué, pensando que tal vez… ¿querrías celebrar conmigo? En privado. — habló sin mas rodeos y me tendió la mano para que la tomase, en una invitación que tal vez debí rechazar.
Debí rechazar, como ya dije; pues luego de lo ocurrido en esos días tomé la mano y dejé que me condujese a donde ella quería. No sentí nada esa noche, mientras ella se desvestía solo podía recordar lo que había pasado con Alice un mes como ese. Traté de imaginarme que aquella persona que tomaba en mis manos esa noche no era esa extraña y actué más por instinto, tratando de desahogar mi rabia de esa manera. Rabia de no sabia qué… ya ni siquiera me conocía a mí mismo.
— Te perdí y me perdí. — susurré al ver el cuerpo desnudo de la tal María a mi lado. — ¿Nos encontraremos alguna vez? — suspiré con frustración al darme cuenta de que no sabía la respuesta de eso y de que era casi imposible; pero aún así no quería dejar ir esa pequeña esperanza Y me levanté a recoger mis cosas sin siquiera despedirme, sintiéndome como la peor escoria del mundo a cada paso que daba y sintiéndome como un traidor; aunque no sabía por qué.
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Julio 1945.
Hoy había ocurrido, había sido llamado dentro del grupo que sería deportado al campo de concentración. En otras palabras, me habían dado una sentencia de muerte. Iba a ser exterminado, como las cucarachas que se pasean por las bodegas.
Antes de subir al camión que me llevaría al final, volteé a dirigirle una última mirada a mi familia, o por lo menos a lo que quedaba de ella. Aún sabiendo lo que estaba por ocurrir, y sin tener la certeza de si nos volveríamos a encontrar en algún momento, nuestras expresiones siguieron inescrutables, no hubo sufrimiento ni lágrimas cuando subí al tren que me alejaba de aquella prisión en la cual había pasado seis años de mi vida, e increíblemente me sentí en paz conmigo mismo.
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Finales de Agosto 1945.
Una extraña tranquilidad me invadía en estos últimos días. Sabía que iba a morir, no había posibilidad de que las cosas fuesen de otro modo; aunque reflexionándolo mejor, siempre había tenido la certeza de que algún día moriría, sólo que no sabía cuando.
Aún en esta situación, no podía negar que una pequeña llama de esperanza seguía encendida dentro de mí, esperando por un milagro. ¿Pero, qué sentido tenía seguir viviendo en este suplicio? Esa pregunta rondaba todos los días mi cabeza, y aunque no encontraba respuesta alguna quería seguir aferrándome a la vida. No es que temiera a la muerte, pues sinceramente me daba igual; pero sentía que quizá no era aún mi momento de abandonar este mundo, sentía que algo estaba esperando por mí-
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Septiembre 1945.
'La guerra ha terminado' esas palabras seguían resonando en mi cabeza. Todo había acabado, no mas dolor, no mas sufrimiento… ¿pero acaso eso hacía que me sintiese tranquilo? Por supuesto que no, veía las cosas iguales. Las personas salían a las calles caminando como muertos vivientes sin ninguna razón o esperanza para seguir allí. Y es que, era imposible borrar las experiencias vividas que habían quedado marcadas fuertemente en cada una de nuestras almas, marca que aún no había cicatrizado y que parecía que no lo haría jamás.
Unas semanas después de abandonar el campo de concentración, me encontré con mi hermana Rosalie y su esposo Emmett. Al preguntarle que había pasado con los demás su mirada se ensombreció, por lo que supe la respuesta: todos habían muerto, éramos los únicos que habían sobrevivido. La cuestión era que en ese momento yo no sabía quienes habían corrido con mas suerte: si ellos al morir o nosotros al tener que vivir sin ellos.
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Finales de noviembre 1945.
Regresar a Berlín y ver cómo había quedado luego de la guerra fue una experiencia por mucho dolorosa. Todo había sido reducido a escombros, las calles por las cuales siempre paseábamos, las plazas que siempre habíamos visitado… Esta era quizá una manera de reflejar como habíamos quedado nosotros por dentro.
Al pasar por donde antes había estado nuestro hogar sentí como el pequeño muro de esperanza que me había esforzado tanto para construir en estos últimos meses se derrumbaba al instante. Todo era ruinas, desolación y recuerdos de lo que alguna vez fueron tiempos felices.
Caminé por las aceras destruidas mientras imágenes del pasado llegaban a mi mente, cuando la felicidad estaba presente en nuestras vidas; parecía haber pasado mucho tiempo después de eso. Inconscientemente me estaba dirigiendo al parque donde tantas tardes había pasado riendo con Alice. Me quedé inmóvil al observar el panorama, igual de destruido que todo lo demás, mientras recordaba con claridad los pocos meses que su compañía me había reconfortado.
Sentí algo húmedo deslizarse por mi mejilla y al llevar mi mano allí, me di cuenta de que era una lágrima. Eso era por mucho sorprendente, era el descubrimiento de que aún muy en el fondo quedaban sentimientos de añoranza ocultos en mí. Yo aún la amaba, aún la recordaba en todo momento; y de alguna manera aquello me ayudaba, me sentía vivo cuando lo hacía.
— Jasper, ya no hay nada que hacer aquí. Debemos partir. — dijo en un murmullo mi hermana, posando una mano sobre mi hombro. Quité de mi rostro rápidamente aquella demostración de emotividad y giré la cara para verle, solo dando en respuesta un asentimiento, sabiendo que ya había llegado la hora de cerrar con esa etapa de mi vida, de enterrar el pasado y avanzar hacia el presente; y aunque este no pareciera demasiado encantador, ya me había acostumbrado a que las desgracias llegasen a mi vida, así que no importaba.
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Enero 1946.
Estados Unidos. Rosalie había dicho que era allí a dónde nos dirigíamos. Unos primos lejanos de Emmett le habían ofrecido un lugar donde asentarse estos meses mientras salíamos adelante. Era como empezar desde cero, no teníamos nada y ni siquiera sabíamos que estábamos buscando al montarnos en ese avión.
Mientras Rosalie y Emmett aún guardaban esperanzas de que todo mejorase, a mi me daba simplemente igual. La diferencia, es que ellos se tenían el uno al otro para apoyarse, en cambio yo no tenía razón para seguir viviendo.
—Hemos llegado. — sonrió Rosalie cuando el avión tocó el suelo y pronto todos comenzaron a bajar.
Caminando por el aeropuerto una menuda figura llamó mi atención. Su cabello era negro y le llegaba por los hombros y aunque estaba de espalda, sentía que me era familiar… ¿podría acaso ser ella? Ni siquiera lo pensé, salí corriendo en dirección a donde se encontraba y la tomé por el hombro, convencido de que esta vez el destino había decidido por primera vez a compadecerse de mí.
La desilusión cruzó mi rostro cuando aquella chica dio la vuelta…. No era ella, era una pequeña de doce años a lo máximo que me observó interrogante por aquel arrebato que había cometido.
— Lo siento. — murmuré quitando la mano de su hombro lentamente. — Me he confundido.
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Julio 1946.
La vida en este nuevo país no había estado mal. Los primos de Emmett eran personas de un gran corazón que vivían en uno de los barrios más lujosos de la ciudad. Por mi parte, el mar de desesperanza y sufrimiento en el que había decidido hundirme, se hacía cada vez más profundo.
— Querido, te noto algo demacrado. — había dicho Esme, una de las primas de Emmett. — Quizá deberías comer mejor.
— Tiene razón, trataré de mejorar mi alimentación. — asentí en respuesta tratando de que mis palabras sonasen lo más corteses que podían. No sería correcto de mi parte tratar groseramente a aquella bondadosa mujer que lo único que había hecho era ayudarnos desde nuestra llegada.
— Esta bien. — sonrió cálidamente y luego observó el reloj que tenía. — Oh, se hace tarde. La misa debe haber comenzado, ¿no deseas acompañarme? — preguntó amablemente.
— Yo no… — comencé.
— No hace falta que lo digas, comprendo que quieras mantenerte fiel a tu religión y eso me parece bien. — comentó para luego salir parecer bastante apurada sin dejarme responder.
Los primos de Emmett aunque eran cristianos, nunca habían hecho amago de querer inducirnos hacia ningún tipo de culto, lo cual respetaba y agradecía. Si solo supiesen que rechazaba sus amables ofertas de acompañarlos a rezar, no por respeto a mi cultura, sino porque simplemente no le veía el sentido.
No podía existir un Dios de ningún tipo, que permitía que su pueblo sufriese de la manera en la que lo habíamos hecho nosotros. No me interesaba creer ni esperar nada de ningún ser supremo benevolente, pues ya me había demostrado como la crueldad podía superar los niveles jamás imaginados.
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Diciembre 1946.
— Deberías ir. — insistió por quinta vez en la semana Rosalie.
— ¡Pero si yo ni siquiera celebro navidad! — me quejé.
— Aún así, es una perfecta oportunidad para conocer gente de los alrededores…. Como chicas quizá. — añadió con picardía por lo cual rodé los ojos, no podía pensar en ninguna mujer desde que cierta pequeña se había robado mi corazón siete años atrás. — Jasper, hazlo por mí. — suspiró componiendo una cara suplicante.
— De acuerdo, iré. — me rendí. Solo por que mi hermana fuese feliz aceptaría esa invitación para aquella fiesta que estaban ofreciendo los vecinos, y al parecer era el evento social de la semana, ya que toda la cuadra hablaba de ello. — ¿Cuándo es?
— ¿Cómo que cuándo es? — exclamó Rosalie. — ¡Es esta noche!
— ¿Esta noche? —repetí asombrado— ¡No tengo nada que ponerme!
— No te preocupes, de eso me encargo yo. — concluyó mi hermana sin dejarme escapar de ese compromiso.
Las horas pasaron, como todos los días, aburridas y lentas. Rosalie se encargó de conseguir un traje para esta noche, por lo que tuve que verme obligado a aceptar. Ahora, cuando me acomodaba el lazo de la corbata, era oficial que tendría que ir a aquella fiesta, lo cual para nada me emocionaba.
— Te ves muy bien. — comentó Rosalie apoyada en el marco de la puerta con una sonrisa.
— Da igual como me vea, solo iré para complacerte.
—Jasper. — suspiró. —Sé que estos meses han sido difíciles, tanto para ti como para mí; pero tienes que dejarlo ir, tienes que tratar de olvidar y ser feliz...
—El problema es que no puedo, Rosalie. — respondí con frustración. —Cada día lo intento y siento que fracaso un poco más. No puedo ni siquiera comprender por qué sigo vivo.
— No digas esas cosas, Jasper. Quizá no ha llegado tu momento, pero algún día comprenderás porque el destino te ha dado esta segunda oportunidad. — dijo ella con una mirada compasiva, mi propia hermana se compadecía de mí. — Escucha, te dejaré para que te arregles, pues hoy irás a esa fiesta y harás lo posible por disfrutar.
— Haré lo posible. — repetí en un murmullo mientras observaba como desaparecía de la habitación.
Sin muchas ganas terminé de arreglarme y al darme una mirada al espejo, no pude evitar recordar la última vez que había usado un traje, siete años atrás y en un mes como este, también para asistir a una fiesta, de una persona muy importante para mí. Sentí como mi pecho se estrujaba al evocar esas memorias de cómo había terminado todo en aquella habitación de servicio. Sacudí la cabeza tratando de alejar aquello y me dispuse a salir de la casa.
El lugar donde sería celebrada la fiesta quedaba solo a unas dos cuadras y era de las mansiones más imponentes del vecindario, la cual en ese momento estaba cubierta de luces, a los lados había renos y pinos navideños, no había un solo lugar en aquella casa que no resplandeciese. Que desperdicio de energía eléctrica, pensé malhumorado.
La actividad era mucha en esa noche, constantemente estacionaban autos frente al lugar y de ellos bajaban personas elegantemente vestidas. Suspiré, debía realmente apreciar mucho a mi hermana para hacer esto por ella.
Al entrar, observé como las personas bailaban, conversaban y reían en el s alón. El lugar era bastante lujoso, había una orquesta tocando en un rincón mientras un sujeto cantaba animadas canciones navideñas, la pista de baile donde se encontraban algunas parejas bailando era amplia y no puedo negar que sentí un poco de envida al percibir su felicidad, aunque realmente traté de alejar aquellos pensamientos de mi cabeza.
— Jasper, has decidido aparecerte. Ya creíamos nosotros que te habías arrepentido de venir. — dijo Esme aproximándose, al verme entrar en el salón.
— Rosalie me ha obligado a venir. — confesé.
— Oh, ha sido algo muy bueno de su parte, estoy segura que te divertirás. — afirmó dedicándome una radiante sonrisa.
Pasé la primera media hora realmente aburrido, sentado en una mesa del rincón mientras Esme conversaba distraídamente. La observé en varias ocasiones mirar la pista de baile con anhelo, por lo que supuse que aunque quería ser amable conmigo, realmente le estaba siendo una molestia, así que decidí idear alguna forma para que ella, sin tener que ser descortés, lograra deshacerse de mí.
—Creo que iré por algo de tomar. —comenté levantándome de la mesa, dispuesto a no volver.
Me encaminé hacia el gran mesón, donde estaban dispuestas varias copas con un líquido ambarino vertido dentro de ellas. Me fijé en una de ellas y me dispuse a tomarla, alargando el brazo; pero justo en el momento en que iba a hacerlo otra mano también se posó sobre la misma copa que iba a tomar.
— Lo siento. — murmuré levantando la vista para ver quien era la persona que había importunado con mi presencia, pero las palabras se atoraron en mi garganta al observar aquel rostro, que se me hacía inmensamente familiar.
Ahora su cabello no era corto, sino que caía en ondas hasta un poco más arriba de su cintura; pero era del mismo tono azabache. Su cuerpo era más voluminoso, sobre aquel vestido verde que le cubría se podían adivinar unas curvas bastante más prominentes. Era básicamente la misma, solo que con unos años más.
Observé como sus ojos al encontrarse con los míos se abrían desmesuradamente. Pudieron haber sido segundos, minutos o años en los que sostuvimos nuestras miradas; pero lo cierto es que en ese momento me sentí vivo de nuevo, como no lo había hecho en mucho tiempo, sentí que por fin había llegado a mi lugar; pero aquella perfección no podía ser real, y como era solo un sueño producto de mi imaginación, me invadió el miedo de poder perderlo.
— ¿Alice? — me atreví a preguntar, temeroso a que pudiese de un momento a otro desaparecer aquella imagen.
— Jasper. — susurró posando sus ojos de un azul, que ahora se me hacia mas profundo que antes, en mi. — ¿Eres tú realmente?
— No lo sé. — contesté sinceramente.
— Ha pasado mucho tiempo. — comentó en un hilo de voz y observé como sus ojos se humedecían.
— Es verdad, estos años han sido muy difíciles para mí. — asentí sonriendo por primera vez en muchos años, a lo que posiblemente era una alucinación, porque la vida real no es tan dulce.
— ¿Gustas bailar? — interrogó ella tendiéndome la mano, cómo en los viejos tiempos.
— Por supuesto, señorita. — dije en respuesta tomando su mano, para luego caminar juntos hasta la pista de baile.
— Te ves diferente. — expresó mientras yo la tomaba por la cintura y nuestros cuerpos se comenzaban a mover al ritmo de la música.
— Tú también. Diferente, pero igual de hermosa. — confesé sin dejar de mirarla fijamente, aún embelesado por aquella fantasía que tenía la dicha de disfrutar. — Es una lástima que solo sea un sueño.
— ¿Sueño? — repitió extrañada frunciendo el ceño.
— Por supuesto, ¿eso es lo que eres, verdad? — suspiré, sabiendo que el momento de despertar debía acercarse cada vez más.
— Jasper, no se que estés queriendo decirme con eso; pero te puedo asegurar de que esto es real. — dijo cortante haciendo que nuestros cuerpos se detuvieran y observándome fijamente.
Nos quedamos parados, en medio de la pista de baile. Esto era tan perfecto y fantasioso…. ¿realmente podría ser real? Tenía miedo de fijarme en esa posibilidad y que luego todo fuese un engaño… ¿pero y si lo fuera? Recorrí el salón con la mirada, jamás había estado en un lugar como ese, jamás había pensado como se vería Alice luego de todos estos años. Y por primera vez en toda esa noche, caí en cuenta de que sí, esto era verdad
— No puede ser, es imposible. — articule casi sin voz alargando una mano para tocar su mejilla.
— Pero lo es. Estás aquí conmigo, otra vez. — afirmó ella poniendo su mano sobre la mía y regalándome una cálida sonrisa que llegó a lo más profundo de mi corazón. Sentí como si todo hubiese vuelto a tener sentido en ese instante, como si todos estos años jamás hubiesen pasado y como si todo volviese a ser feliz de nuevo, dejando de lado toda a tristeza. Mi mirada se detuvo en su cuello sobre el cual colgaba una cadena plateada con un corazón que pude reconocer, era el que le había regalado la última vez que nos habíamos visto.
—Aún lo llevas puesto. — pasé entre mis dedos el pequeño dije.
— No me lo he quitado desde el momento en que me lo has regalado. — admitió mientras volvíamos a mecernos lentamente en con la música. — Es un recordatorio constante de que ningún otro hombre podrá adueñarse de mi corazón, porque ya te pertenece. — las palabras quedaron resonando en mi mente. Me pertenecía, ella era mía.
— ¿Eso significa que…? — traté de comprenderlo, mi mente se negaba a aceptar todo lo que pasaba.
— Todavía te amo, Jasper. — declaró con voz suave— Te he esperado todos estos años, y aunque no tenía la certeza de que te volviese a ver y que eso significase quedarme sola por el resto de mis días, no he desistido. ¿Acaso tú si? — inquirió con desesperanza.
— Nunca te he olvidado. — me apresuré a decir, no quería que ella se marchase, y no pudiese saber todo lo que yo sentía. — Simplemente fue algo que nunca pude hacer, era lo único que me mantenía atado a este mundo, esa pequeña esperanza de volverte a encontrar. — ella guardó silencio por unos segundos mientras seguíamos moviéndonos al ritmo de la música.
— Partimos luego de la víspera de navidad, no pude avisarte ya que no estabas en la ciudad. — comenzó de pronto, como volviendo a esos tiempos. — A mi padre le habían ofrecido un gran empleo en Estados Unidos, al cual no dudó en aceptar. Fue algo sorpresivo para toda la familia. Y aunque jamás te volví a ver, aunque nunca supe de ti, todos los días despertaba, siempre esperando volver a encontrarte.
— Me hiciste mucha falta, siempre pensé que había sido mi culpa. No había sido lo suficientemente valiente para confesarte mi amor y tardé demasiado en darme cuenta de que estaba perdidamente enamorado de ti. — odiaba tener que recordar los momentos tristes y desolados que había pasado sin su compañía, pero era algo que Alice necesitaba saber.
— Pero ahora estoy de nuevo aquí. — eso era cierto, ahora ella volvía. Y sentía que esta segunda oportunidad no la podría desaprovechar.
— Cuanto lo lamento Alice, lamento haber sido un idiota.
— No pienses más en eso. — puso un dedo sobre mis labios para detenerme, como queriendo borrar todos esos pensamientos tristes que pasaban por mi mente— Estoy dispuesta a perdonarte si tu decides perdonarte a ti mismo.
— Te amo. — fue lo único que pude contestar.
— Y yo a ti. — murmuró acercándose a mis labios para rozarlos suavemente. Recordar esos besos era algo que no me había permitido en mucho, mucho tiempo; pero no negaría cuanto los extrañaba. Luego apoyó la cabeza sobre mi hombro y se dejó llevar por la música.
—Oye, creo que después de todo has cumplido tu promesa. — comentó al comienzo de la siguiente canción.
— ¿Promesa?
— ¿No recuerdas? — alzó la cabeza con un brillo de anhelo en sus ojos. — Dijiste que algún día pasarías una navidad conmigo, que bailaríamos al ritmo de la música y que ese día no tendríamos que esconder lo que sentíamos. — recordé ese momento y no pude evitar sonreír, era increíble las sorpresas que puede darte el destino.
— Al parecer, lo he hecho. — asentí.
— Have yourself a merry little Christmas. Let your heart be light. — cantó ella por lo bajo mientras una sonrisa escapaba de sus labios — Next year all our troubles will be out of sight
En algún momento de la noche ambos nos dejamos de bailar, y tomados de la mano nos escapamos a otro lugar, para poder celebrar en privado. Intercambiamos una mirada cómplice antes de entrar en el pequeño cuarto de servicio y luego cerrar la puerta con llave. Una vez más, como en viejos tiempos. .Felices días dorados de antaño Inconscientemente recordé la canción que Alice había cantado; y aunque estábamos repitiendo lo que habíamos hecho siete años atrás, cuando ella tenía quince y yo veinte, esta vez estaba seguro de que sería diferente, porque yo seguiría a su lado a la mañana siguiente y ella no desaparecería de mi vida, nunca más la dejaría ir.
A partir de ese día, dejé de quejarme y de preguntarme por qué seguía existiendo, todo comenzó a tener de nuevo color, porque ese día comencé a vivir de nuevo. Todos los años que siguieron celebré la navidad, recordando esa fecha como la cual el destino por primera vez me había obsequiado algo.
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Bella releyó las últimas líneas para luego cerrar aquel cuaderno. Notó que las lágrimas corrían por sus ojos sin poder detenerlo.
Se encontraba sentada en el suelo de un polvoriento ático, sacando las cosas que los antiguos propietarios habían dejado cuando aquel cuaderno llamó su atención. Desde que lo abrió cada línea le había cautivado, le había llenado de emoción y le había hecho suspirar.
— ¿Bella, puedes salir? — al darse la vuelta observó a su madre asomándose por la puerta.
— En un momento. — contestó secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Lo que menos esperaba con aquella mudanza era encontrarse con aquella conmovedora historia. Y luego de quejarse por todo el camino de lo mala que era su vida por tener que abandonar el lugar donde había crecido y pasado quince años de su vida en vísperas de navidad, esto en definitiva era lo mejor que había podido pasarle ese día
Al bajar observó que toda la sala estaba repleta de cajas y muebles cubiertos por sábanas, y decidió salir a observar el nuevo lugar donde viviría. Suspiró, tratando de mentalizarse que aquello no podía ser tan malo.
—Hey. —se sobresaltó al oír que alguien a su espalda le llamaba y al voltearse, no pudo evitar quedarse inmóvil al observar la figura de quien le dirigía la palabra. Es que… era la representación de la belleza misma. Su cabello cobrizo refulgía a la luz del sol y sus ojos color esmeralda brillaban expectantes. — ¿Cómo te llamas? — inquirió aquel ángel.
— Yo… mi nombre es Bella. — respondió ella intentando que la frase sonase coherente.
— Mucho gusto, Bella. Yo soy Edward, tu nuevo vecino. — se presentó y le tendió la mano. — ¿Y que edad tienes? Pareces ser bastante joven — comentó con una sonrisa
— Quince años.
— Yo tengo veinte. — afirmó él sin necesidad de que ella se lo preguntase.
Se quedó inmóvil al observar la coincidencia entre lo que acababa de ocurrir y el cuaderno que leyó unos minutos antes. Y es que no podía evitar pensar en aquello, era casi increíble… pero quizá sería una señal.
Solo pudo sonreír en respuesta, sabiendo que quizá el destino había decidido compadecerse de ella y ayudarla a aprender del pasado; un pasado de personas que si bien no conocía, estaba segura de que sería de mucha ayuda. Después de todo, aquella navidad resultaba no ser tan mala; y ya hasta había obtenido su primer regalo.
Esta historia comenzó para el Concurso Sintiendo la Navidad (CSLN) Y bien, no me gustaría terminarla así. Se supone que había otros dos capítulos, o partes. Llevo mucho tiempo que no escribo nada de nada, pero me gustaría no dejarla inconclusa. Por ello estoy arreglándola, como llevaba tiempo pensando que podría ponerla y supongo que en mi tiempo libre concluiré los capítulos que faltan. Gracias por los reviews, y cuando fue el concurso, por los votos. Aunque no haya quedado, significó mucho para mí!
Se despide, Katherine.
