Capítulo 2
Meditando en el coche me di cuenta de lo tonta que fui al huir de esa manera, acababa de darle pie a algo que según mi presentimiento no acababa de comprender. Pero no por eso dejaba de sentir el enorme hueco de mi corazón que cada vez crecía profundizándose en el mismo centro del pecho, con dolor reconocí que los años habían cambiado al ser que mas amaba en la vida, llore con más ímpetu. «Si, si lo amaba con desmesurada fuerza» y muestra de ello era el motivo de haber huido de Chicago. Ya no le importaba a Albert, él no había intentado seguirme y de seguro había regresado a la fiesta para disfrutar de la velada. Rabia sentía rabia con él por aparecer de esa manera y tumbar de cabeza mi tranquila y apacible vida. ¿Por qué de pronto se había presentado? ¿Sería una coincidencia? ¿O estaba predestinado el encontrarnos en esa fiesta?
El cochero se detuvo cerca de la acera y me ayudo a bajar del carruaje, al llegar al porche me tome unos minutos para respirar y recobrar la compostura. Creí que me había olvidado de Albert, pensé que si alguna vez nos volvíamos a encontrar, lo podría tratar con toda la madurez adquirida estos últimos cuatro años, pero me desmorone con tan solo sentir su presencia. Él me había abandonado con tan solo una sencilla carta, se fue sin siquiera mirar a tras ni preguntarse cuan destrozada quede al haberme despertado y no haberlo encontrado a mi lado después de la maravillosa noche de amor y entrega que tuvimos. Yo creí que él al igual que yo, había ascendido al cielo y descubierto el paraíso. Me engaño cruelmente jugó con el amor puro que había crecido en mi, convirtiéndolo en devoción, él solo me tomó y se marchó. Todo en ese orden.
Se separo de mi y con su desaparición puso fin a toda nuestra breve relación «por el amor de Dios, acababa de descubrir que lo amaba» y no era por la separación que tuve con Terry ¡No! Yo ya lo amaba mucho más antes. Recogí los vestigios de mi alma y me propuse como antes moldearlos de nuevo y seguir adelante.
«Maldición».
Busque mi bolso. ¡Genial! No sé donde lo deje o lo perdí, ¿Qué más podía pasarme esa noche? Estaba a punto de golpear la puerta pero Terry se me adelanto.
— Mmm, regresaste temprano ¿qué tal la recaudación? ¿cuánto dieron por ti pecas?
— No me quede a la subasta.
— ¿Por qué? te sientes mal ¿Qué sucedió?
A estas alturas, después de vivir cuatro años cerca a Terry, me conocía tan bien como a su libro favorito, sabía cuando me sucedía algo o si estaba preocupada por cualquier situación, me miro intensamente tratando de descubrir el porqué de mi repentina llegada a casa, me sonrió cálidamente como solo él solía hacer, me obligue a devolverle una de mis sonrisas. Esta fue la de gracias por estar aquí.
Mientras guardaba el abrigo en mi guardarropas intente hacer conversación, necesitaba distraerme.
— La fiesta estaba muy aburrida, creo que ya no soy tan joven como antes.
— Vale. Mejor dilo de frente pecas, acepta que no podías esperar ni un minuto más y que deseabas volver a casa para disfrutar de mi agradable compañía.
— ¡Fanfarrón!
Le sonreí. Terry era así, me sacaba del abismo en el que me encontraba con tan solo dos o tres palabras. Me acerque a él y le di un sonoro beso en la mejilla.
— Veo que no te puedo engañar.
La sonrisa no me duro mucho. Terry me paso el brazo por los hombros y me acerco hasta el sofá.
— ¿Qué sucede Candy? —. Sus ojos azul verdoso me penetraron, se notaba la preocupación en su voz. — sabes que puedes confiar en mí, en lo que necesites, y no me digas que nada malo sucede, por que se perfectamente que la autoflagelación está empezando a surgir de nuevo.
— ¡No es nada malo! De veraz. Solo estoy cansada. Tu sabes he trabajado turnos dobles y la última semana fue en el nocturno, creo que necesito dormir un poco, no es nada más.
No me creía, de eso estaba completamente segura. Pero Terry no insistió solo se sentó a mi lado y me estudio. Luego, volvió el rostro que a contra luz destacaba su excelente perfil además que le daba un brillo especial a su cabellera castaña. Desee nuevamente no haberme desenamorado de Terry, ahora sería tan diferente.
No, no podía contarle lo que me sucedió. Sabia de sobra que él sentía todavía algo muy fuerte por mí, él también cambio su pasado para apoyarme. Después de la muerte de Susana a los pocos meses que llegue a alterarle su existencia se hizo cargo de mí, estuvo en todo el proceso doloroso de recuperación, no se merecía una pena más, suficiente con la del conocimiento de mi amor hacia Albert.
— Esta noche ha sido toda calma. Paz y tranquilidad. Estoy seguro que dormirás mas esta n… — Terry viro los ojos ante el llanto del piso superior —creo que me precipite.
— Mmm creo más bien que ya me sintió, iré a verlo.
— No deja yo voy, tu prepara café, con algo debes pagarme ¿no? Ya sabes me gustan bien fritos de lado y lado.
Se alejo riendo, sino fuera mi mejor amigo, ese sarcasmo estaría enterrado tres metros bajo tierra. Seguido escuche el golpe de la puerta, ¿Quién podría ser a estas horas? Abrí la puerta y toda la tranquilidad sembrada por breves minutos cayó de nuevo al suelo al ver al hombre que estaba detrás de la puerta.
— Hola de nuevo.
— ¿Qué haces aquí?
— Yo muy bien gracias y tú ¿Cómo estás?
— ¿Qué haces aquí? ¿Cómo sabias donde encontrarme?
— Vaya creo que todavía no cambias tu genio, me encontré algo y creo es tuyo.
Albert extendió mi bolso sobre mi mano, me sobresalte.
— ¡Ay por el amor de todos los santos! Se puede saber lo que te pasa, saltas como un cervatillo asustado. Ten, olvidaste esto cuando saliste de la fiesta y pensé que lo necesitarías.
Estaba en la nebulosa, no conseguía comprender por qué sucedían todas estas cosas al mismo tiempo, lo escuche alzar su voz y di un salto de nuevo. Estaba demasiado nerviosa para controlar mis sentidos. Albert me miro ceñudo ¡Por Dios que pensaba! Entro a la casa y reviso cada rincón.
— ¿Podemos conversar un momento, sin que salgas corriendo o te asustes?
No lo soporte.
— Si. Claro hablemos de forma civilizada, que me vas a decir, lo siento no quise irme así de repente, me olvide de mandarte la postal de navidad ese año o quieres preguntarme que tal me quedo el abrigo.
Vi en sus ojos por primera vez en la noche una nota de amargura y tristeza, de repente sus ojos azul cielo intenso se oscurecieron y casi me arrepentí de haberle gritado. Casi.
— Y tú, si se puede saber ¿Por qué huiste de Chicago así tan repentinamente?
— ¡Yo!, yo no hui… por si mal lo recuerdo, el que me abandono fuiste tú. Desapareciste dejando una fría carta, sin ninguna dirección, sin una esperanza de que volverías. Te busque Albert, te busque por dos semanas, por todo lado, llegue a pensar que algo grave te había sucedido. Hasta que llego tu regalo y comprendí que te habías marchado por tu propia voluntad.
En todo el salón se instalo el silencio. Mis ojos no lo soportaron y derramaron lagrimas espesas, me dolía…. me dolía en el alma todo esto.
— Yo te amaba Albert y tu solo me usaste y te fuiste.
— ¡No! yo no te use Candy pequeña, por favor no llores más. Por favor tienes que escucharme…
— No me toques, no vuelvas a ponerme un dedo encima Albert…
De repente sin querer empecé a reír, no lo pude controlar solo necesitaba desahogarme.
— ¿Qué es tan gracioso?
— Te busque por todo lado sabes y preguntaba por Albert… nunca supe cual era tu nombre completo, para mi eras solo Albert.
— Sigo siendo Albert.
— No, no tú no eres mi Albert. —. Sin poderlo evitar lo escrute era cierto el hombre que tenía en frente no era mi Albert, mi Albert amigo, confidente y amante. Era alguien totalmente diferente.
— Candy mírame por favor — tomo mi rostro entre sus manos, forcejee pero él me paso un brazo por la cintura apretándome a su férreo cuerpo.
— Suéltala, Albert.
— ¡No!
Mi voz hizo eco en toda la casa, Terry estaba al final de la escalera. Con un bulto en sus brazos. Me zafé como pude del abrazo de Albert y corrí junto a Terry. Albert observaba sin decir nada, pero al ver como yo tomaba en brazos a mi hijo un halo de hielo cruzo su mirada. Me miro directamente a los ojos y solo pude ver rencor, pesar, dolor y desilusión. Me quise morir.
— Discúlpenme si parezco sorprendido, ahora entiendo la razón de muchas cosas… como no me imagine y yo que pensé…
Albert me miro a los ojos luego dirigió su mirada a Terry y luego al pequeño, agacho la cabeza, no supe interpretar bien esa reacción podría jurar que una lagrima rodo por su mejilla.
— ¿entonces por eso huiste de Chicago? Ahora entiendo, les deseo lo mejor. Debí imaginármelo.
Acto seguido salió por la puerta. Comenzó a darme vueltas la cabeza al comprender lo que acababa de suceder. Albert pensó que regrese por Terry, que salí de Chicago en su busca y ahora estábamos juntos con nuestro propio retoño.
Abrace con fuerza a mi hijo, solloce junto a su blonda cabellera, él me miraba con curiosidad, sus ojitos azul cielo se estaban cristalizando, mi hijo se estaba solidarizando con mi dolor. Lo bese aferrándome a él, a lo único que me quedaba de mi amado. Por que sin duda ese fue el último día que vi a Albert. Y él nunca se dio cuenta que era su hijo.
Continuará...
Gracias por leer, espero sus comentarios.
ATT
Karin
