Disclaimer: La historia en sí, está basada en el best-seller de Stephanie Meyer. Todo es de ella, exceptuando algunos personajes míos como Lauren, y los que no os suenen de los libros.
Chapter I
Huella escarlata
Me desperté muy temprano para preparar mis cosas. La casa seguía igual de vacía que la pasada noche y yo, con el mismo frío. Me puse un jersey que había tejido mi madre, porque sabía el frío que hacía en Forks, y unos vaqueros. Necesitaba ir cómoda si iba a ir andando al instituto. Me gustaba pasear por lugares tranquilos, pero si tenía que andar diez kilómetros ya no me gustaba tanto. Pero el instituto estaría a unos cuatro o cinco kilómetros de la casa de los Webber y me había tenido que levantar bien temprano para conseguir llegar a tiempo. Bajé las escaleras rápidamente y me hice unas tostadas. No tuve tiempo ni de sentarme a la mesa, mejor hacer todo rápido, para no llegar tarde. Corrí a por mi bolso y dejé la cama sin hacer. Justo cuando abría la puerta de la calle, el teléfono sonó. Bufé, quién sería a estas horas y es más, ¿quién quería que yo llegara tarde al colegio después de una larga caminata por todo Forks?
-¿Diga?-pregunté con voz soñolienta. Era la primera vez que abría la boca en toda la mañana.
-¿Lauren? –Al otro lado del teléfono se oyó la voz de mi amiga Michelle. ¿Había pasado algo de lo que me tenía que enterar?
-Sí, dime Mich. – dije impacientándome.
-Bueno, nos hemos enterado de que tu prima está en el hospital. – supuse que hablaba en plural por Sarah. – Así que vamos a ir a por ti en mi coche. –
- Vale, no hay problema. ¿Cuándo me recogeréis? – pregunté enredando el cable del teléfono en mi dedo.
-Dentro de media hora. Estate lista, Lauren. –
- Claro. – colgué con una sonrisa. Por fin algo bueno en ese pueblo. Iban a ir a por mí en coche después de todo. Supuse que sabía dónde estaba la casa de los Webber, puesto que en Forks todos se conocían. Era un pueblo muy pequeño.
Me dio tiempo a hacer mi cama, y algo de limpieza. No quería que mi tía me regañase por ser una descuidada. Después se oyó el sonido del claxon en la calle. Salí, comprobando que la cerradura estuviese en su sitio y les sonreí a las chicas. El coche de Michelle era un Toyota rojo, más bien pequeño. Sarah iba en el asiento del copiloto y Michelle conduciendo. Me saludaban desde el coche y me invitaron a pasar. Me senté en el asiento de atrás.
-Bien, sólo falta Brooke. – dijo Sarah mirándome. – No te sientas mal si ella no te mira. Suele ser así de desagradable.
-Sí, la típica bruja de un cuento de hadas. Yo sería la princesa – rió Michelle. Les dediqué una pequeña sonrisa, no sabía que decir. Mientras nos encaminábamos hacia la casa de Brooke, Mich encendió el reproductor de música con un disco de Muse. Fuimos cantando todo el camino y yo, poco a poco, me fui soltando. Paramos en la casa de Brooke, que no destacaba entre las casas de Forks, pues era parecida. Subió al coche sin decir nada y Michelle intentó apaciguar la situación.
-¿Qué tenéis a primera hora?- preguntó.
-Biología – dijimos Sarah y yo a la vez.
-Matemáticas – susurró Brooke. Tenía una voz pesada y amarga. Podía haber resultado bonita para algunos, pero a mi modo resultaba mezquina. Y el camino se me hizo eterno, demasiado largo a mi parecer.
Al llegar al instituto, nada fue especial. Las clases fueron realmente bien y conocí a unos cuantos chicos. Uno de ellos, era de la pandilla de Mich y Sara.
-Hola – dijo cuando me vio llegar al gimnasio. Teníamos clase de Educación Física, y la profesora nos quitaba unos cuantos puntos cuando llegábamos tarde. Yo era buena en esa asignatura, así que no tenía problemas para aprobarla.
-Hola – susurré sonriendo al ver que el chico me miraba.
-Soy George. George Newton. – se presentó tendiéndome la mano. Sus azulados ojos me miraron con entusiasmo al pronunciar su nombre. Tenía el pelo color dorado, con algunos mechones más claros.
-Yo soy Lauren – dije mientras correspondía a su saludo.
-Sí, Lauren Danvers Medina – me sorprendí de que aquel chico supiera mi nombre y apellido completo. Al ver mi cara de sorpresa continuó con su presentación. -Bueno, me he enterado de que eres nueva y me preguntaba si podría ayudarte en algunas dudas o problemas que tengas en el instituto. O fuera de él. Como quieras - ¿Acaso me estaba pidiendo una cita? Alcé la ceja, puesto que no sabía qué responder. Una respuesta corta quizá, o un pírate. No, sería demasiado brusco.
-En realidad desde que he venido a este instituto no he tenido ningún problema, George. –
- Oh, entonces, podríamos quedar para tomar algo. Mira, esta tarde vamos a ir a una cafetería que han abierto en el centro. Habíamos pensado que Michelle y los demás íbamos a ir. Y si tú quieres, puedes venir con nosotros.
En ese momento, no supe qué responder. Si aceptaba la propuesta, me vería involucrada en una serie de comentarios que desconocería por completo. Pero si me negaba, sería una amargada para toda la vida. Asentí, y en ese momento la expresión del rostro del chico se volvió a una expresión de euforia.
-Nos veremos allí entonces. –
-Claro. – dije mientras observaba como George se retiraba hasta la otra punta del gimnasio. Suspiré, iba a ser una tarde muy larga. Para mí todos los días en Forks iban a ser largos. Especialmente, los días de vacaciones, aunque todavía no habían llegado.
Por la tarde, Michelle y Sarah me llamaron a casa. Cosa que agradecí especialmente al no tener que sentirme tan sola. Me llevaron en el coche de Mich hasta el centro. Una vez allí, nos paramos en la puerta de la cafetería donde estaban todos. Neil, Brooke, George, y ahora, Michelle, Sarah y yo.
Neil era otro de los chicos de la pandilla. No era especialmente guapo, pero tampoco se podía decir que el chico era un horror. Más bien estaba entre mitad y mitad.
Pasamos a la cafetería. Un local decorado con un estilo vanguardista. Las lámparas colgaban del techo, casi llegando a las mesas, en las que tantos clientes tomaban su café. Cogimos una mesa al lado de la ventana y nos sentamos los seis. Me quité el abrigo, pues allí hacía calor y lo dejé colgado en la silla.
-¿Qué os parece el sitio? – preguntó Neil con voz grave.
-No está mal, pero no pega mucho con el estilo de Forks – respondió George.
-Yo pienso que han puesto este sitio para innovar un poco el estilo del pueblo. ¿No creéis? – pregunté tímidamente.
-Estoy de acuerdo con Lauren. – me apoyó Sarah. Michelle asintió a la respuesta de mi amiga y me miró con una sonrisa.
-Forks no necesita innovaciones, tan sólo una mano de pintura – musitó Brooke con sorna.
-Venga, cariño, sólo era una opinión – dijo Neil abrazando a Brooke. Supuse que era su novia, lo que no entendía era cómo aquel chico tan simpático podía permitirse tener una novia tan desagradable como lo era Brooke. La cara de Brooke se tornó a un asco que no podía con él. Me miró de reojo, bufó levantándose de la silla y se dirigió a la barra. Pidió un café para ella y volvió de nuevo a la mesa. Ese egoísmo parecía muy propio de la pelirroja, puesto que los demás no le hiceron mucho caso.
-Bueno, decidme que queréis y voy a pedíroslo. – propuso George.
-Un cappuccino – le dije.
-Café con leche – intervino Neil.
- Bombón – pidieron Sarah y Mich.
George se dirigió a la barra y pidió todos los cafés. Escuché cómo pedía un cappuccino para él, también. Quizá fue mi imaginación, pero cuando sucedió esto el gesto de Michelle se torció. ¿Le habría molestado que George pidiese el mismo café que yo? Quizá a Mich le gustaba George y no se había parado a pensarlo.
Nos tomamos los cafés conversando de los planes de los próximos días. Era miércoles, así que los siguientes días teníamos instituto. Pero el viernes habíamos pensado en ir a la Push, una reserva que se encontraba cerca de Forks. No hubo problema por parte de ninguno, puesto que íbamos a ir a su playa. No era época para bañarse, bueno, en Forks nunca era época de bañarse en la playa pero algunos querían pescar, algunos hacer surf y otros tranquilizarse después de una semana de instituto.
Al llegar a casa, traída por Michelle, me fui directa al ordenador a mirar mi correo. No tenía ningún mensaje así que decidí buscar imágenes de la Push a ver si me gustaba el sitio. Puse en Google el nombre y encontré unas cuantas imágenes de playas y casas. Pinché en el link de una página en la que parecía que había información de esta reserva y así era. Decía lo siguiente:
"La Push, Washington, es el hogar de la tribu Quileute. Según la leyenda, la tribu fue fundada por los lobos tras una transformación súper natural. Su linaje se remonta miles de años atrás, a la era glaciar, hacienda de ellos posiblemente los más antiguos habitantes del pacífico noroeste. Construyen canoas de cedro con tamaño para dos hombres o para transportar hasta tres toneladas. Segundos balleneros tras los Makah, son los mejores navegantes. Crían una raza especialmente vaga de perros cuyo pelo es usado para fabricar mantas muy preciadas. Según las historias, los Quileutes solo tienen un pariente, la tribu Chimacum, separados de ellos por una inundación que les alejó de la península Quimper al otro lado de la península norte, donde fueron aniquilados por el la tribu Suquamish en 1860s.
La tribu Quileute ha recreado sus habilidades y manufacturas, transmitidas en colegios con su única lengua, que no está ligada a ningún otro lenguaje en el mundo, y con sólo uno de los cinco sonidos nasales.
En septiembre de 1997, los programas de salud y odontología se trasladaron a un solo establecimiento. La población en 1998 era de 541 personas."
Me sorprendió uno de los primeros datos. Según aquella página, los habitantes de la Push descendían de lobos. Una pequeña carcajada salió de mi boca. No creía en leyendas y menos si eran fantásticas. Podía ser que hubiese lobos en aquella zona, puesto que los había oído el pasado día cuando venía del hospital. Pero que fuesen los propios quileutes, no me lo creía. Guardé unas cuantas fotos de la Push en una carpeta que creé yo misma y apagué el ordenador. Ni siquiera me conecté al Messenger, no tenía ganas de hablar con nadie. Acabé mis tareas del instituto y apagué todas las luces. Me acosté en la cama, demasiado cansada como para pararme a leer y me dormí enseguida. Había sido un día cansado, para mí. Aunque podía haber sido relajado para otros. Estaba acostumbrada a andar, pero no a hacerlo con desconocidos. Bueno, la pandilla con la que me iba ahora no era para nada desconocida. Aunque yo los tomaba por eso, desconocidos. No tenía la misma confianza que con mis amigos de Madrid, pues con ellos llevaba sólo unos días y con mis antiguos amigos, muchos años como para no conocernos.
De nuevo, esos ojos me sobresaltaron. Ya iban dos noches en las que me despertaba sobresaltada, pero esta había sido diferente. Alguien había tocado mi cintura, envuelta en el pijama que me había puesto. La había recorrido con suma delicadeza, como si no quisiera que ésta se rompiera. Mi respiración era agitada, por el increíble susto que me había llevado. Esta vez había sido muy real, y no esperaba que hubiese sido producto de mi imaginación. Levanté mi cabeza, todavía cansada, y la respiración se me cortó, de modo literal. Había una figura oscura delante de mí. Sus ojos escarlata me miraban fijamente. Parecía tranquilo, puesto que estaba apoyado en la pared que se situaba en frente de mí.
-¿Quién eres? – pregunté con voz temblorosa, pero seguía siendo igual de suave.
La sombra se acercó a mi cama y yo, invadida por el pánico, me eché para atrás, hacia el respaldo de mi cama. Temía que fuese capaz de hacerme algo malo. Me sorprendí, puesto que aquella figura, era un hombre. Más bien, un joven moreno, de tez pálida que avanzaba hasta mí. No había visto personaje más bello en mi vida, exceptuando al doctor Cullen.
-¿Qué... qué quieres? – miré de reojo la lámpara de mi mesilla, por si tenía que llegar a golpearle. Temía hacerlo, era tan temible, pero a la vez tan atrayente.
Cada vez se acercaba más, tanto que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros. Unos centímetros, que se fueron convirtiendo en milímetros. Cerré los ojos, puesto que su olor era demasiado atrayente, no quería caer en la trampa de un ser tan bello, o incluso mortífero. Sentí como sus labios se apretaban contra los míos, delicadamente y pausadamente. No quería asustarme, tan sólo sentir el sabor de mis labios. Se apartó bruscamente y cerró los ojos. Me pareció verlos de color negro, ahora que no estaba cerca de mí. Huyó desesperadamente por la ventana y me levanté corriendo de la cama, temiendo que se hubiese hecho algún daño. Miré por ella, pero no lo vi por ningún sitio. Tenía una velocidad increíble, y una fuerza brutal. Suspiré, tan sólo era un sueño, no era nada real. Me pellizqué para comprobarlo, era una costumbre estúpida, pero por si acaso lo hice, me hice daño. O sea, que todo era cierto. Un apuesto joven me había besado en medio de la noche. Pensando sólo en aquello, me senté en mi cama e intenté no pensar mucho en el suceso. Aunque, eso era imposible para mí.
No sabía con qué frecuencia me había pasado eso. Encontrarme en la cama, creer que todo había sido un sueño, pero una serie de pruebas decían la verdad. Nada había sido un sueño, toda una realidad. Las pruebas, mis labios todavía ardiendo, el golpe del joven intruso en la pared, consiguiendo que varios libros de la estantería cayeran y por último, la ventana, sin cerrar. El frío de la noche no me había hecho efecto, puesto que aquel ardiente beso, que a mí me pareció frío, había hecho mella en mí. Me toqué los labios recordando aquel beso. En mi vida, sólo me habían dado unos cuantos. Pocos, pero aquel había sido especial. Sonreí, no podía estar pensando esas ridiculeces. Ahora mismo debería estar llamando a la policía porque un intruso andaba en mi casa. Pero aquel hombre había resultado muy atrayente. Sabía que no podía ser cierto, aquellos ojos tenían un color extraño, su velocidad y su fuerza hacían que mi mente se confundiera aún más.
Tantas lagunas en mi cabeza que me sentía insólitamente inútil. No podía contárselo a nadie o se alarmarían y harían una búsqueda exacta y precisa de aquel joven. Suspiré renegada y me levanté de la cama. Había hecho toda una serie de aclaraciones en mi mente.
Hice el desayuno. Unos huevos fritos y un vaso de leche. No tenía mucha gana, puesto que mi mente estaba en otro lugar. Otro lugar muy distinto del que tenía que estar. El instituto fue bien, aunque con un problema. Anunciaron que en Navidad haríamos un baile. Perfecto, odiaba todo tipo de bailes. Y más si eran del instituto. Me sentía torpe en aquel mundo de gente perfecta para todo. Iba a ser deprimente, y más si Michelle me pedía ir con ella a comprar un vestido, sabía que iba a hacerlo y lo hizo.
-Sarah y yo vamos de compras a Port Angeles. Podrías venir con nosotras. – propuso cuando estábamos todos sentados en el comedor.
-Vale. – dije sonriendo levemente. - ¿Cuándo iríamos? – pregunté mirando a mis dos amigas.
-Supongo que el mes que viene. Aunque hay que planearlo todo con antelación. Estamos a finales de octubre y el baile será a principios de diciembre. – me contó Sarah.
La verdad, me gustaba ir de compras. Ver que modelitos había esta temporada. Comprar pañuelos, abalorios, vestidos, pantalones, zapatos… Pero yendo con mis amigas de Madrid. Allí era todo mucho más divertido. Los edificios llegaban hasta el techo del cielo, y en Forks, ni siquiera al árbol más bajo de todo el bosque.
Cuando llegué a casa fui hasta mi habitación. El ordenador se había convertido en una de las cosas diarias con las que había que ser muy severa. Miré mi correo, de nuevo nada en la bandeja de entrada. Mi madre y mi padre lo estarían pasando muy bien, librándose de mí. Bufé y me salí del correo. Fui directa al Google, tenía que buscar algo de lo que seguía estando intrigada. El suceso ocurrido la pasada noche. Intenté buscar con palabras clave. "Fuerza velocidad ojos rojos" Pero nada, no salió nada que me interesara. Busqué de nuevo con algo que pudiera servir de utilidad. Pero todas las veces que lo intenté, sólo salían tonterías. Dejé el ordenador encima de la cama y bajé a la cocina a tomarme un tentempié. Decidí que subiría una manzana hasta la habitación.
Otra vez, busqué, pero esta vez sólo incluí "Fuerza velocidad". Me aparecieron miles de cosas, como antes. Pero esta vez me fijé en una lista. Poderes sobrenaturales. Quizá aquel extraño ser poseyera superpoderes. Una especie de Superman en mi habitación. Esbocé una pequeña sonrisa y seguí esperando encontrar algo mejor. Entonces, miré quién poseía aquellos poderes. La fuerza, La Cosa, Hulk… Lo que yo había pensado, tan sólo superhéroes. Seguí observando la lista y me paré cuando la palabra "vampiro" apareció delante de mis narices. ¿Cómo iba a ser un vampiro? Un mortífero hombre avanzando hasta mí, juntando sus labios contra los míos. Pero, si no era un vampiro no me iba a creer que fuese un extraño superhéroe.
El ruido del teléfono me volvió a la realidad. Me levanté corriendo hasta llegar a él. Llamaban al teléfono fijo de la casa de los Webber, puesto que no tenía móvil allí, la compañía de teléfono no llegaba hasta Forks. Lo cogí, era Susan, mi tía.
-Lauren, cariño, ¿te importaría venir al hospital a ver a tu prima Angela? Le dan el alta mañana por la mañana. Lleva unos días de retraso en la universidad – dijo Susan hablando de carrerilla.
-Está bien, ahora voy –
-Si tienes muchos deberes, no vengas. Es sólo que Bryan se va, tiene que trabajar y yo quiero echarle un vistazo a la casa, ¿vale? Y no quiero que Angela se quede sola en el hospital –
-Tranquila, tía. Iré en cuanto pueda. Saldré ahora mismo, me queda un largo camino. –
-Todavía no es de noche, Lauren. No te preocupes – intentó tranquilizarme Susan. Intento que no valió la pena por parte de mi tía.
-Nos vemos en un momento. – añadí para colgar el teléfono.
Me puse el abrigo más grueso que tenía, para que el frío no me afectara demasiado, y salí de la casa en el momento justo. Había caminado ya bastante en Forks, allí no había metro, ni autobús, ni taxis. Sólo coches propios y piernas para caminar. Tenía que cruzar la carretera que se dirigía al hospital. Todavía no era de noche, como el otro día, pero seguía dándome un tremendo miedo el verme sola por la carretera. Seguí avanzando a paso más rápido. Ahora tendría que contarle toda la historia a mi prima Angela. Y no sabía si iba a creerme o a reírse de mí. Bueno, por lo menos la entretendría unos momentos.
Por fin divisé las luces del hospital. Giré mi cabeza hasta el bosque, donde en el fondo se contemplaba el crepúsculo del sol. No sabía si a la vuelta tendría que irme sola a casa. Y escuchar aquellos lobos que tanto atormentaban a Forks. Entré en el edificio y vi al doctor Cullen hablando con una enfermera. Ésta disfrutaba más hablando con él que trabajando, normal. Me acerqué al doctor.
-Doctor Cullen – le llamé mientras se despedía de la enfermera.
-Lauren. – me saludó pronundiando mi nombre. -Por favor, llámame Carlisle – dijo con una voz muy agradable.
-Vale. ¿Va mejorando mi prima, doc… Carlisle? –
-Sí, mañana le daremos el alta. Tiene que estar unos días en reposo. El lunes estará recuperada para volver a la universidad.
Asentí mientras me conducía a la habitación. El doctor Cullen era un tipo muy amable. Sería el padre que todas quisiéramos. Y no por la belleza que poseía, que también era un punto muy importante, sino por su actitud. Avancé detrás de él, conducida por un aroma tan atrayente que desplegaba aquel doctor. Me recordaba a alguien, o algo. Aquel intruso que me había sorprendido en la habitación olía igual de bien que Carlisle Cullen. Y podía apostar que sus hijos y esposa olían igual de bien. Me temía lo peor por parte de aquella gente.
Entré en la habitación de Angela y el doctor cerró la puerta tras de sí para no interrumpirnos. Mi tía se encontraba sentada al lado de Angela.
-¿Qué tal has pasado la noche de hoy y la de ayer? – preguntó Susan mientras tocaba mi mejilla.
-Bien. – mentí para no preocuparla.
-El doctor Cullen se ha portado muy bien conmigo. – dijo Angela, mirándome con cara de necesidad de contarme sus días en el hospital. - ¿No tenías que ir a casa, mamá?
-Sí, sí. No os preocupéis, ya os dejo solas. – sonrió mientras se marchaba y nos despedía.
Me senté en la cama de Angela, desesperada por contarle todo lo que había hecho. Me hacía falta una amiga, y Angela era la joven que más a mano tenía.
-Es absolutamente y encantadoramente guapo – dijo Angela con tal emoción que temí que se diera otro golpe en la cabeza. – Me he enamorado, Lauren.
-Angela, ¿te has enamorado de un hombre casado, con hijos y una vida sumamente activa? – pregunté. La pobre estaba desvariando.
-Déjame soñar por una vez. Además, no me saca tantos años. Tendrá treinta y pocos. Incluso veinte y muchos –
-Vale. No te preocupes. Te dejaré seguir estando en el mundo de yupi, primita. – reí.
-Bueno, dejémonos de tonterías y cuéntame tu día de ayer y de hoy. ¿Algún chico del que puedes enamorarte sin dejarlo sin casa, hijos y esposa? – preguntó con un tono muy sospechoso. De veras, me quería sacar los colores.
-No, Angela. Ninguno – intenté no mencionar el suceso de la pasada noche. Seguramente, me tomaría por loca.
-Venga, lo dices como si no quisiese que me enterase de algo. O mucho peor. Te has casado en secreto e intentas negar la evidencia – puso un gesto de sorpresa más que actuado.
-Te recuerdo que no soy ninguna estrella del corazón de la que puedas interesarte. –
-Ya, pero no tengo otra cosa mejor que hacer. O veo la tele, o te pregunto por tu vida privada. Y me parece mucho más interesante la segunda opción –
-Está bien. – Al final, tuve que aceptar. La pesada de mi prima había puesto tal cara de perrito abandonado que no pude negarme. Iba a contárselo, aunque no sabía si se lo iba a creer todo. – Ayer un joven muy guapo entró en mi habitación, se acercó a mí y me besó. Después, salió huyendo despavorido por la ventana – hablé demasiado deprisa. Lo había soltado de carrerilla, y para mí, eso era mucho peor que contarle todo a Angela.
-He dicho que me cuentes tu vida privada. No tu cuento de hadas, Lauren. – Lo sabía, no se había creído nada.
-Es cierto. Entró como si estuviera la puerta abierta. Y no lo estaba. – le hablaba en serio. Y ella no me estaba creyendo ni una palabra de lo que había dicho.
-Haber si vas a ser tú la que va a acabar interna en un hospital – me miró como si le estuviera hablando de economía y empresas.
-Vale. Te lo he contado todo. ¿Y qué es lo que haces tú? Pasar de mí y de mi relato. Para tu información estoy diciendo toda la verdad, y nada más que la verdad. – dije levantándome de la cama y sentándome en la butaca que anteriormente había dejado libre mi madre.
-Parece que hablas muy en serio. – musitó Angela.
-Sí, estoy demasiado confusa. No sé quién pudo hacerlo ni cómo. Lo que sé es que no era humano. –
Esperaba que me diera algún consejo, pero eso nunca llegó. Puesto que las dos nos quedamos en silencio más de lo normal. Sabía que me tomaba por loca. Oh, Lauren la cuentista, esa que se inventa cuentos para que su vida sea más alegre y feliz. Suspiré rendida. No sabía lo duro que era tener tanto que contar, desear hacerlo y que alguien te creyese. Y ese deseo, se cumplió esa noche.
Cuando llegó mi tía Susan, después de revisar la casa, me marché del hospital. Al quedarme en la entrada, observé con atención que llovía a cántaros. Tan sólo había traído un abrigo con capucha, no llevaba paraguas. Una mano se detuvo en mi hombro, y me asusté mirando hacia atrás. Tan sólo era Carlisle Cullen. Bueno, tan sólo no, afortunadamente.
-Mi hija Alice y mi hijo Jasper han venido al hospital a visitarme. Como llueve más de lo normal, pueden llevarte a tu casa. Les pilla de camino. – me propuso el doctor.
-Claro, estaré encantada. – La verdad, era un alivio. Y más si llovía tanto, y era de noche.
El doctor señaló un coche negro, donde un chico rubio, que parecía estar tenso me miraba. Era igual de bello que el doctor, con sus mismos ojos y ojeras. La chica que permanecía a su lado, me recordaba a un duendecillo, con una sonrisa traviesa que yo observaba detrás del cristal. Me metí en el asiento de atrás corriendo. No había visto de llover tan intensamente. Sus caras eran tan bellas que me sentí ridícula en aquel coche.
Íbamos por el pueblo. Se habían presentado educadamente y después de eso, no habían hablado en todo el camino. Cada vez nos acercábamos más a la calle de la casa de los Webber. Esa noche iba a dormir más tranquila, sabiendo que a mi prima le iban a dar el alta al siguiente día. No sabía si aquel joven se iba a aparecer de nuevo en mi habitación, pero una parte de mí lo deseaba y otra estaba asustada. Miré por la ventanilla y me di cuenta de que el objetivo de los dos Cullen no era llevarme a mi casa, sino a otra parte. La calle se la habían pasado, y por la que íbamos se dirigía a la carretera. No sabía dónde me llevaban, ni con quién, no me atreví a preguntar en ese momento.
¡Otro capítulo hecho! Bueno, queridos. Espero que leáis mucho, porque después de esto Lauren se va a enterar de todo, sí, de todo. George Newton es el hermano pequeño de Mike, sí, invención mía. Y por fin, nuestra girl sabrá quién es aquel extraño visitante. Es un vampiro, sí, y sale en la saga de Meyer, haber si lo adivináis. El próximo capítulo vendrá la semana que viene. Que sigáis teniendo una Feliz Navidad, y mucha PAZ y AMOR.
