Edward Cullen-me dije a mi misma- ¿Quién era este chico que era el primero en ayudarme en mi vida? Si, desde que empecé en esta escuela, mis primeros amigos varones fueron Mike y Eric, pero ellos no estaban justo cuando yo los necesitaba, y no decían nada respecto al tema de los abusivos esos, y yo tampoco; si no fuera por Ángela, no se hubiesen enterado.
-¿Estás bien?-me preguntó Edward.
Las lágrimas no dejaban de salir de lo más profundo de mí, y con más razón porque ahora lloraba con razón. ¿Tenía que haber pronunciado esa frase en voz alta?, ¿Habrá escuchado? Oh vamos, seguro que sí. Y ahí estaba yo, junto a este chico desconocido que me hacía entrar en un nuevo estado para mi diccionario de "Estados de Ánimo": en ese momento, me encontraba destrozada, pero a la vez comenzaba a sentirme protegida por él. Cada gota que brotaba de mí, me hacía 'picar los ojos', era raro, pero sentía una sensación de comezón en los ojos, ¡y también me picaba la nariz!; a la vez que sentía todo un calor en el cuerpo y noté como mi cara se sonrojaba al máximo. Mi cara hizo una mueca de sonrisa involuntaria.
Él volvió a preguntarme como me encontraba, pero continué inmóvil y sin responder. Era todo involuntario, no podía moverme.
-¡Bella, Bella!, ¿¡Estás bien!- ¿sabía mi nombre?, ¿cómo era eso posible o es que acaso en este pueblo todo se sabe?- Tranquila, yo soy un nuevo estudiante de esta escuela, no te haré daño, ¿puedes confiar en mí?
¿Acaso esto que sentía era un orgasmo? Nunca había sentido uno, pero decían que era la sensación máxima de placer… y así me sentía… raramente, me empecé a sentir bien a su lado. Era como una fuerza sobrenatural que hacía que me sintiera bastante bien, y hacía que dejara atrás mis preocupaciones.
-No creo que llevarte a la enfermería sea mejor en este momento. Veo que estas como en un estado de shock, pero te preguntaré algo, ¿Sientes que puedes ir a clases?
No respondí, y es que como él dijo, me encontraba en ese estado.
-Veo que no puedes, así que, yo faltaré contigo a clases.- dudó un segundo, como si leyera mi mente, para luego decir- De verdad, soy un estudiante de aquí, te muestro mi permiso de conducir, lo tengo en el auto, está en el estacionamiento.- volvió a hacer una pausa para luego continua- ¿No me crees?-dijo, juraría que con un poco de decepción.
-¡Sí!- dije parece espantada, como si un escalofrío me hubiera recorrido la espalda.
-Escucha, vi como un chico te empujaba; seguro que te sientes mal por eso. Yo me siento un poco…
-¿Por ellos?-dije sin pensarlo. Las palabras se oyeron llenas de nerviosismo y ansiedad.
-Veo que estas nerviosa y con ansiedad; mi…, mi padre trabaja en el hospital, es doctor, vamos, te llevo ahí y el te dará algo para que te sientas mejor.
Yo continuaba aún sin poder moverme.
-Escucha, no puedes moverte en este momento, así que si me permites, te cargaré hasta el auto, ¿Si? No tengas miedo de mí.
Y así fue como me alzo y me introduzco en el auto. Olisqueé su aroma, tratando de adivinar que fragancia tenía. Las sabía todas. Podría decirse que era pasatiempo de una loca, pero en mi antigua ciudad me gustaba ir a las perfumerías y embriagarme con las muestras de perfumes para hombres. Lacoste essential, Gucci by Gussi, Dior homme sport, Jean Paul Gaultier; ¿pero cuál era este?, ¿uno nuevo que había salido este verano? Estaba segura de nunca haberlo sentido antes. Fuese como fuese, me encantaba. Si… creo que estaba teniendo un orgasmo.
Llegamos al hospital y el doctor Cullen no tardó en atendernos.
-Está en estado de shock, necesita calmantes y una pastilla reguladora del ánimo. –dijo Edward. Al parecer le interesaba muchísimo la psicología.
-Muy bien, ahora se los traigo.
Nos quedamos en la sala solo Edward y yo, no había nadie más. Él miró al suelo, yo lo imité. En un descuido alce la mirada solo para verlo, y el hizo lo mismo, lo que causo que de inmediato volviéramos a como estábamos antes.
El doctor volvió rápidamente con las pastillas y con un vaso de agua, y me dijo – Muy bien, aquí tienes.
-¿Confía en su hijo así como así?, no…, no me va a revisar. – Él sonrió y Edward también, pero lo hizo tímida y adorablemente.
-Créeme Bella, él sabe mucho de esto, además él fue el que te trajo y de seguro estuvo contigo. Él sabe lo que te pasó y él sabe lo que necesitas.- me guiño un ojo. Se movió hacia una mesa que había al costado y empezó a escribir una nota. Al instante me la entregó- tu certificado médico, guárdalo, te servirá-. Le agradecí y él se retiró tocándole el hombro de Edward.
-Veo que no terminas de confiar en mi.-dijo con esa sonrisita que no había abandonado. Yo abrí la boca y la mantuve así, pensando en que responderle. - Tómatelas y respóndeme.- Obedecí. –En unos treinta minutos hará efecto y te sentirás mejor. Hasta entonces, ¿quieres ir a una cafetería en la ciudad vecina? No te preocupes, a esta hora esta desolada; es a las seis y siete de la mañana y desde las cinco de la tarde cuando va la gente.
Logré reaxionar y asentí.
El camino hacia allí transcurrió, en un primer momento, en silencio, luego él empezó a hablar.
-Por favor, no desconfíes de mi, se que incluso suena contradictorio porque soy una persona que recién conoces, pero la verdad, no podía dejarte así, sentía que era mi deber ayudarte, digo, por caballerosidad.
Llegamos en media hora. Tenía razón, no había nadie, el lugar era amplio, y con música de ambiente, lo cual lo convertía en un espacio para tener una conversación íntima y no ser escuchado por terceros.
Nos sentamos en una esquina. Se nos acercó la moza, una chica morena apenas, bien pintada (labios enmarcados con lápiz y pintados con labial, y unos ojos bien delineados y con una máscara para pestañas de esas que te las separan bien.
-¿Vas a pedir algo?- le preguntó a él.
-Un licuado de banana para mi compañera- dijo dubitativo mientras me miraba, como si me estuviera preguntando y curiosamente yo imite su gesto en el mismo momento. - Asegúrese de endulzarlo bien, por favor – dijo esta vez afirmando.
-¿Muy bien?, ¿Y tú no vas a pedir nada?- juraría que esa chica estaba coqueteando con él.
-No, gracias- respondió arqueando el ceño, apenas mirándola, como si indirectamente le dijera que no está interesado en ella.
Así se retiró y volvió en unos minutos con el pedido.
-Con mi familia nos acabamos de mudar a Forks.- comenzó a hablarme- mi padre es muy joven, tiene 36, al igual que mi madre. Tengo cuatro hermanos, y todos somos adoptados.
-Vaya… y, ¿te sientes bien con tu familia?
-Si… lo que me pone mal es otra cosa.- ¿seré yo?, me pregunté a mi misma, y de inmediato me dije "si claro, una total desconocida la causa de su angustia".
-¿Quieres hablar al respecto?
-Mmm, no… no creo estar listo, la verdad es muy serio. ¿Y tú?, ¿quieres?
-No, yo, tampoco estoy lista. Creo que, es un poco raro que apenas nos conozcamos y ya empecemos a hablar de nuestros problemas, ¿no?
-¿Tú dices?- dijo con una sonrisa seductora, a la cual yo respondí con una nerviosa, pero no por mis problemas, sino por él.
-¡Mmm!, esta rico.
-Sí, debe ser delicioso.
-¿Nunca probaste?, ¿quieres?
-No, no, gracias… pero… yo, no, no puedo ingerir eso.
-Ah, te hace mal.- dije asintiendo y agradeciéndome a mi misma por no haber abierto la boca para decirle algo antes. Resulta, que luego de que él me hablara sobre su familia, yo le hubiera dicho "Sabes, no creo que un problema tenga sentido si no es por un ser muy querido", y todo eso le hubiera dicho en referencia a las drogas y esas cosas. Pero, quizás, el era… ¿diabético? Comprendí y decidí que no era de mi incumbencia meterme en sus asuntos.
-Sí, algo así.- dijo exalando por la boca.
-Dime, acaso escuchaste algo de lo que dije, ¿o viste algo de lo que pasó antes de que tú llegaras?
-Bella, vi quienes te hicieron daño, recuerdo sus caras, y te aseguro que esto no se va a quedar así.
-Y… ¿Por qué dices que esto no se va a quedar así?
-No puedo permitir que vuelvan a faltarte el respeto.- me estremecí, era la primera vez que alguien planeaba defenderme y quería hacerlo.-No es correcto.
-Edward, como es que… ¿sabes mi nombre?
-Bueno, es un pueblo chico y… cuando con mi familia fuimos a registrar la dirección en la policía, conocimos a tu, a tu – dudo medio segundo- padrastro, y nos hablo de que también vino al pueblo con su hija, o sea tú. -Ah. -¿Te sientes bien?- me preguntó levantándose un poco de la mesa y tocando mi hombro.
-Ahora, gracias a los medicamentos, estoy bien.- se me acercó disimuladamente deslizándose por el asiento de la mesa (que era de esos de una sola plaza).
-Bella - dijo con gesto serio y preocupado, luego lo cambio por uno dulce y de comprensión- Sabes, hace, mucho, mucho tiempo que… no encontraba una persona así como tú. ¿Era esto real?, ¿Él se estaba refiriendo a mí?
-¿En serio?, digo, a qué te refieres con "alguien como yo".
-Creo, que, por fin, desde mucho tiempo, encuentro a alguien con quien hablar tranquilamente sobre lo que me pasa.
El era tan hermoso, y podría asegurar ahora mismo que tan perfecto también. Era la primera persona con quien sentía también que podía hablar sobre lo que me pasaba.
-¿Me creerías si te digo que a mí me pasa exactamente lo mismo contigo? -Eso sería maravilloso. Realmente, contigo es con quien quiero hablar pero… siento que todavía no estoy listo. Así que me gustaría que nos veamos seguido, digo, después de la escuela.
-¿Estás de acuerdo en eso?
-Claro, Bella, yo soy quien te lo está proponiendo.
Era difícil creer que justamente esto me estaba pasando a mí. Era todo tan perfecto, ¿Qué pasaba? Como sea, era la primera vez que tenía un acercamiento así con un chico, y no lo quería arruinar.
-¿Tú, quieres irte ya?
-Como, ¿tu quieres?
-Emm, amm, no, yo, no sé, te pregunto porque, cuando dijiste que ahora no estabas listo para hablar y… y querías, que nos veamos…
-No, no –dijo risueño- dije que no estaba listo para hablar sobre mi problema en este momento, no que nos fuéramos de la cafetería ya, digo, podemos hablar de otra cosa.
En ese momento entró a la cafetería un grupo de gente, lo que me hizo sentir un poco incómoda.
- ¿Quieres que nos vayamos?- preguntó en referencia a esas personas.
-Sí, sí por favor.
Nos acercamos a la barra y antes de que yo pudiera hacer o decir algo, el ya había pagado mi licuado.
-Gracias Edward-le dije cuando salimos. Entramos al auto y busqué en mi mochila el dinero para devolverle.
-Oh no Bella, por favor, yo fui el que te invitó, y además quería hacerlo.
Sin querer, se me salió de mi mochila el horario de clases. Él lo agarró al instante y lo miró para luego devolvérmelo.
- Es una lástima que solo compartamos una sola clase una vez por semana.- me dijo.
-¿Cual es?
-Biología, primera hora, el lunes.
-Ah, entonces nos veremos.
-Sí, nos veremos, pero, son las diez de la mañana. No creo que sea mejor para ti volver a la escuela, así que, entonces, nos veremos él lunes, si es que no surge ningún imprevisto.
-De acuerdo.
-Ahora mismo te llevo a tu casa.
-Bien.- ¿Qué ocurre?, juraría que hace unos instantes estaba por invitarme a otro lado, que íbamos ahora a ir a otro lado. Incluso la lluvia ya había pasado y salió un hermoso sol, muy brilloso. Condujo rápido y apretando fuerte con sus manos el volante. Poseía una cara seria y frustrada, aunque la hacía ver enojada, que me dio un poco de miedo y me hizo sentir un poco culpable. Llegamos a mi casa, y supuse que él, por alguna razón, quería que yo fuese breve en el saludo y saliera rápido. Lo miré dudosa, el me observó con la cabeza gacha y medio preocupado.
-Adiós Edward- me despedí corriendo la mirada rápidamente, y, en un intento por salir del mismo modo con mi mochila (como estaba abierta) torpemente la saqué de manera que se me cayó todo de allí. Aguardé unos segundos, con la puerta abierta, de modo que Edward me vio (estando a unos centímetros de mí) bueno en realidad, no sé si me vio, pero yo me sentí observada. Me arrepentí entonces de esperar allí esos segundos, y levanté la vista y mirándolo, recogí presurosa mis útiles y los puse en mi mochila. El ¿Se había puesto la capucha de su campera?, ¡sí!, juraría que sí, ¿pero por qué lo hacía? Cuando yo lo miré, el no lo hacía y miraba hacia abajo. Me volteé, y al dar unos pasos hacia mi casa, escuché hacía chirriar el auto para luego desaparecer rápidamente. No le vi nada porque tenía los vidrios polarizados.
Entré a mi casa. En situaciones normales – sin haber tomado los calmantes que el doctor Cullen me dio- me habría quebrado, habría corrido a mi habitación, habría llorado como hace unas horas, y me habría puesto a dormir, sin hacer los deberes. Pero ahora, estoy un poco mejor. Ya no me sentía la peor persona del mundo y con ganas de matarme. Ahora solo me sentía confundida y un poco triste. ¿Por qué me había hecho todas esas atenciones si iba a terminar tratándome de esa manera? O quizás el efecto de las pastillas estaba pasando, o quizás… ¿Era bipolar como yo? Me parecía extraña esa forma de actuar, además, si el fuese bipolar, seguro su padre le habría ya dado las pastillas, o quizás tal vez era un poco testarudo como yo y se habría rehusado a tomarlas.
¿Qué podría hacer ahora que me encontraba un poco normal? Prendí la televisión y me puse a ver una película.
Caí en la cuenta de que no me había bañado en una semana, lo cual me alerto e hizo reaccionar mi cerebro de que me bañara, como si fuese algo que tendría que hacer ahora mismo y urgente. Y así lo hice, me bañe muy bien, y me sentí mucho mejor porque ya no me picaba el cuerpo. El tema de la comezón era algo realmente incómodo, ya que tenía que aguantar el rascarme en público. Incluso hasta recién, cuando estaba con Edward, tenía que aguantarme. Me morí de vergüenza al pensar que quizás por eso era que él había reaccionado de esa manera. Quizás ya no podía aguantarme más.
Salí del baño, me vestí y metí toda la ropa sucia que tenía al lavarropas… si, la de Paul también, por qué no. Empecé a pensar que quizás estaba siendo un poco cruel con él, digo, él trataba de hablar conmigo, y yo siempre le respondía con monosílabos o trataba de no cruzármelo dentro de la misma casa. Era absurdo, además, el quiso a mi mamá, y ella también, así que por respeto a esa relación, tenía que hacer el esfuerzo de llevarme bien con él.
Ya a las dos, me hice puré de papas porque me encantaba.
Cuando fue el horario de salir de clases, llamé a Ángela para que me pasara por correo las tareas de hoy, y así lo hizo, lo cual le agradecí. Me escaneó sus hojas. Por suerte tenía letra clara y tenía la costumbre de que, cuando escribiese algo de esa materia, reescribiese la teoría – explicándola mejor- y pusiera al costado de las hojas más explicaciones. Así realicé las tareas, y a eso de las seis de la tarde, ya tenía todo listo.
Algo andaba mal en mí, era mi aspecto, por ello decidí depilarme las cejas y las piernas –las axilas siempre las tenía depiladas-. Me sentía mejor, un poco cambiada, aunque no era por mí, sino por el remedio que había consumido esta mañana.
Ya eran las nueve de la noche, y para cuando Paul vino, yo ya tenía hecha la cena – lo cual nunca hacía-.
-¿Bella?
-Hola Paul, ¿quieres cenar?, hice milanesas.
-Oh, bien, si. Gracias. –dijo mientras se sentaba.
Luego de un momento, me preguntó por como estuvo la escuela, a lo que hice como que si hubiese ido a la escuela y le respondí que muy bien, que ya tenía hechas todas las tareas.
-Ah, por cierto, tu ropa ya está limpia, la puse en el lavarropas.- dije para cambiar de tema.
-¿En serio?, no tenías que hacerlo.
-Descuida, estaba aburrida y no tenía nada que hacer. Y ¿Cómo te fue en el trabajo?
Se dio con otra sorpresa al ver que me interesaba interactuar, a lo cual respondió mis preguntas gustosamente.
-Bien, por suerte no hubo ningún inconveniente.
Hablamos un rato más sobre el tema de la escuela y su trabajo. El quería saber mis calificaciones, las cuales eran siete y ocho regularmente, y por ahí un nueve o diez en las materias que me gustaban. Quiso lavar los platos, me pareció justo, así que me fui a dormir.
Este día era especial, porque realmente me sentía bien. Y también lo era porque había sido gracias a Edward, gracias a él me sentía normal y sin ese flujo de cambio entre maníaco-depresivo. Pero aún me desconcertaba su actitud de último momento.
Cerré los ojos, y por primera vez en seis años, sentí que por fin podría dormir bien.
