***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***
Cap.2 Rumores
Jill Valentine miraba con hastío el correr de las manecillas del reloj, esperando a que marcaran las doce. La clase de literatura del profesor Gerard, incluyendo su voz chillante y mal humorada, no era precisamente lo que ella deseaba escuchar esa mañana. Aunque la nota por su ensayo sobre el libro de Cumbres Borrascosas fue buena; la idea de seguir oyendo a aquel hombre regordete y calvo, que hablaba como si Shakespeare y él fuesen los mejores amigos, no le entusiasmaba en lo más mínimo. Suspiró decepcionada al notar que faltaban veinte minutos para que sonara la campana y se librara de aquel tormento.
Se volvió hacia su derecha y vio que Leon se cubría la boca con la mano, en un intento de contener el ruidoso bostezo que amenazaba con escapar de su interior. Tomó su borrador y lo lanzó contra su compañero con el fin de gastarle una broma, sin embargo, justo antes de que ésta se diera en su rostro, él se agachó a recoger un lápiz del suelo y el trozo de goma se impactó en la mejilla de Chris Redfield.
— ¡Maldición! —murmuró Jill nerviosa
Chris tomó la goma y se dio un ligero masaje en la cara. Jill de inmediato tomó su libro y fingió estar concentrada en su lectura. El profesor siguió hablando de autores de la época del romanticismo oscuro, mientras el resto de la clase intentaba poner atención a las palabras del hombre que no se percataba de que su discurso acerca de Edgar Allan Poe era el somnífero más poderoso sobre la faz de la tierra. Ella comenzó a leer uno de los poemas de Poe, llamado ¿Deseas que te amen?
¿Deseas que te amen? No pierdas, pues,
El rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser
Y aquello que no eres, no.
Así, en el mundo, tu modo sutil,
Tu gracia, tu bellísimo ser,
Serán objeto de elogio sin fin
Y el amor... un sencillo deber.
Jill de inmediato comprendió el mensaje de aquel verso y frunció el ceño molesta.
— ¿Tu gracia?, ¿Tu bellísimo ser?, ¡Por Dios! ¡Eres Jill Valentine!. La chica que trabaja en la tienda de herramientas de su padre y viste como un chico todo el tiempo. La que molió a golpes al gordo Jones y lo obligó a cambiarse de escuela. La peor enemiga de Karen Reid y de Chris Redfield. —pensó.
Y el amor... un sencillo deber. A leer la última línea, suspiró decepcionada. Su vida amorosa era un completo desastre. Rick Moore; alto, apuesto y con una pose de matón de barrio, la deslumbró desde la primera vez que se ofreció a llevarla a casa montada en su Harley. Los primeros meses parecía que su relación con él iba viento en popa; los dos tenían la misma actitud rebelde y desafiante. Se entendían a la perfección, a pesar de que no era del agrado de su padre, pero entonces fue que el fantasma de cierto chico castaño y con un físico de ensueño, se hizo presente una vez más en su mente para recordarle que después de probar sus labios bajo el viejo sauce en aquel campamento de verano, su concepto de hombre ideal jamás volvería a ser el mismo.
De ahí vino Randy Scott; el hijo del mejor amigo de su padre, amante de los comics y los videojuegos. Se conocían desde el jardín de niños y por petición de Dick Valentine, decidió salir un tiempo con él. A pesar de que pasaban buenos momentos juntos, a Jill no le entusiasmaba mucho la idea de pasar el fin de semana intentando completar el siguiente nivel del juego de moda. Así que aprovechaba ese tiempo para ir al entrenamiento del equipo de fútbol, esconderse detrás de las gradas y disfrutar del espectáculo de ver al capitán Redfield corriendo con el balón en mano en toda su gloria.
Algunas veces se preguntaba si algún día, el recuerdo de Chris dejaría de seguirla cada vez que salía con un chico; era imposible evitar hacer comparaciones con el que alguna vez fue su mejor amigo y que le robó el corazón con sólo una mirada. Se volvió hacia él y notó que no le quitaba la vista de encima. Sus ojos castaños conservaban ese brillo especial que tanto le gustaba. El chico esbozó una ligera sonrisa, dejando a Jill paralizada.
—Si tan solo no fueras un completo idiota, señor popular… —pensó ella con tristeza.
El ruido de la campana la sacó de sus pensamientos. Jill guardó sus libros en su mochila y salió deprisa del salón de clases: no le daría el gusto a Chris de verla caer de nuevo bajo su hechizo. Caminó por el pasillo en medio de la multitud, cuando de pronto sintió que alguien la tomaba del brazo; por lo que de inmediato soltó un golpe pero este fue detenido en el aire.
— ¡Oye!, ¿Siempre eres tan amistosa con las personas? —dijo Leon en tono irónico.
—No estoy de humor para tus bromas —respondió Jill irritada.
— ¿Mal día?
— ¿Se nota? —agregó Jill intentando sonreír.
—Yo diría que las únicas dos cosas que se ven desde el espacio, son la muralla china y tu mal genio—dijo él en tono de broma.
— ¿Te parece si vamos afuera?, por cierto, tú pagas el almuerzo Kennedy.
— ¿Lo dices en serio? —inquirió sorprendido.
— Quiero un emparedado de jamón y queso, un jugo de manzana y una barra de chocolate—dijo Jill en un tono que no daba lugar a discusión—. Nos vemos en las gradas del campo de fútbol en diez minutos.
Leon soltó una carcajada y resignado, se dirigió a la cafetería. Jill caminó hacia la puerta principal cantando una canción del momento. En su camino, justo en el área de los casilleros, vio a Chris y su grupo de amigos, discutiendo sobre el lugar donde celebrarían su victoria después del partido de esa noche. Apresuró el paso, no obstante, sintió su mirada posarse en ella. Un frío temblor le recorrió la espalda; odiaba esa terrible sensación de sentirse observada por él, ya que por un momento la hacía desear olvidarse de su rivalidad, de todas las bromas pesadas, los insultos y sobre todo del dolor que ambos se habían causado durante los últimos tres años.
— Si tan solo no fueras un completo idiota - murmuró Jill apretando los puños al tiempo que cruzaba la puerta.
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El pronóstico del tiempo predijo que una lluvia torrencial caería ese día sobre Raccoon, pero a pesar de dicha predicción, las nubes blancas y el sol que no dejaba de brillar con intensidad en el cielo despejado, decían todo lo contrario. Claire se sentó bajo uno de los robles del jardín principal y sacó su material de dibujo. Ya había pasado una semana desde el incidente de Karen Reid en el patio trasero de la escuela. Desde entonces había tratado evitar cruzarse con ella en los pasillos de la escuela. Tampoco había vuelto a hablar con Jill; no quería causarle un disgusto a su hermano como el de aquella noche. Parecía que a Chris no le agradaba mucho la idea de que las dos fueran amigas; lo supo por la forma en la discutieron en el jardín, pese a ello, su instinto de hermana le decía que había algo más que sólo asperezas entre los dos. Tal vez algún día averiguaría la razón por la cual ellos dos no se llevaban muy bien.
Sacó su Ipod y buscó su playlist favorito. Tomó el cuaderno y comenzó el trazo de un nuevo dibujo; esta vez quería hacer algo diferente, más a allá de la imagen del chico de los ojos celeste que estuvo dibujando cada noche durante la última semana. Aunque sabía que era compañero de su hermano; no se había atrevido a cruzar palabra con él desde aquel día en el jardín. Investigó un poco acerca de Leon Kennedy y descubrió que su familia era una de las más acomodadas de Raccon City; su madre era la presidenta del club de damas del comité de la ciudad y su padre era un exitoso empresario y accionista de una de las casas de bolsa más importantes del país.
También encontró algunas fotografías de su anterior escuela. Leon había asistido a uno de los colegios más exclusivos de todo Raccoon, por no decir el más costoso. Todo indicaba que llevaba una vida de ensueño; viviendo de todos los privilegios que el dinero puede dar. Miró por un momento sus tenis converse raídos y recordó que la abuela May le compraría un par nuevo el mes siguiente.
Durante el verano, trabajó en un local de comida rápida para poder pagar sus gastos durante el año escolar. La situación económica en la casa de los Redfield era complicada; la abuela May, pagaba las cuentas con el dinero que obtenía de su pensión como profesora retirada y de los pasteles que horneaba para sus vecinos. Aunque Chris se ofreció a tomar un trabajo de medio tiempo para ayudarla con la carga que Claire y él representaban, ella se negó, argumentando que lo más importante era su educación y que mientras estuviera viva, se haría cargo de ellos, así tuviera que fregar pisos todas las noches para poder pagar sus estudios.
Claire lamentaba que su abuela tuviera que hacerse cargo de ellos. Algunas veces pensaba que lo mejor hubiera sido que los hermanos Redfield hubiesen ido a hogares adoptivos. Así tal vez Melinda no tendría que trabajar tanto y viviría una vida tranquila, sin embargo, el solo hecho de imaginar su vida lejos de Chris, de sus constantes regaños, reprimendas, observaciones pero sobre todo su amor fraternal y de la sensación de sentirse protegida por alguien, simplemente le revolvía el estómago.
¿Acaso un chico como Leon Kennedy pondría sus ojos en alguien como ella? Claire dejó el cuaderno a un lado y se recostó sobre el césped intentando responder esa pregunta. Por un momento imaginó la clase de chica que saldría con alguien como él: alta, rubia, con clase y mucho dinero, todo lo contrario a la adolescente pelirroja, bajita, con pecas en el rostro y que tenía que cuidar cada centavo de su mesada si quería llegar al final de mes sin problemas.
—Olvídate de él, Claire. Leon no se fijaría en ti, aunque fueras la última chica en toda la faz de la tierra— pensó.
Se sentó sobre el césped, sacó su almuerzo y justo cuando se disponía a darle un mordisco a su bagel, a lo lejos escuchó la voz cantarina de Karen Reid aproximándose a ella, poniéndole la piel de gallina. Rápidamente recogió sus cosas de suelo y caminó deprisa hacia el edificio principal.
—No eres cobarde, solo eres precavida, es todo —se dijo a sí misma mientras apretaba su bolso con fuerza.
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Jill se tumbó sobre el frío metal de una de las gradas, mientras esperaba a Leon con su almuerzo. Cerró los ojos por un momento y se deleitó con el aroma del campo recién cortado. Amaba los lugares abiertos, en especial aquellos donde pudiera tener contacto con la naturaleza. El canto de las aves y la brisa fresca golpeando sobre su rostro, la hacía sentirse relajada y llena de paz. El ruido de unos pasos la obligó a despertar de golpe: Karen Reid y su séquito estaban frente a ella y por su expresión no parecían querer tener una charla amistosa.
—Valentine, me alegra encontrarte —dijo Karen esbozando una sonrisa ladina.
Jill se puso de pie y trató de marcharse de ahí. No quería otra pelea con ella, pero el grupo de chicas que acompañaban a Karen le cerraron el paso.
— ¿Qué es lo que quieres? —inquirió Jill en tono desafiante.
—Sólo pasaba por aquí y quise venir a saludar.
—Veo que trajiste a Iron —dijo Jill mirando al enorme perro pitbull que estaba junto a Karen. A pesar de que el animal a simple vista parecía agresivo, en realidad Iron se comportaba de forma amigable con ella—. Creí que traer animales a escuela estaba prohibido.
—Iron no es cualquier animal. Además, ese no es asunto tuyo.
—Será mejor que me vaya —Jill tomó su mochila pero Karen le impidió dar un paso—. Reid, en serio, no tengo tiempo para tus juegos.
Karen soltó una risita burlona y la empujó, haciendo que cayera sobre las gradas. Jill intentó ponerse de pie pero debido al golpe que se dio en la cabeza, perdió el equilibrio.
— ¡Demonios Karen!, ¿qué rayos te pasa? —protestó Jill furiosa.
—Cometiste un error al defender a esa chica. ¿Ahora quéeres?, ¿la defensora de los débiles?
—En verdad, ¿Qué sucedió contigo? Tú no solías ser así. La Karen que conocí en hace apenas unos años era una chica alegre y divertida.
Karen cerró los puños, furiosa. Jill la miró a los ojos y vio un brillo de dolor en ellos. Intentó nuevamente ponerse de pie y fue entonces que la chica se abalanzó sobre ella, propinándole una golpiza. El grupo de jóvenes hizo un círculo alrededor de ellas y comenzaron a lanzar gritos alentando a su amiga a continuar con la pelea.
— ¡Vamos Karen, termina con ella!
Jill la jalo de los cabellos, arrancándole a su oponente un alarido de dolor. Aprovechó que ésta se distrajo por un momento y le dio un buen golpe en el abdomen, dejándola fuera de combate. Se arrastró en el suelo y comenzó a toser estrepitosamente. Apenas se había recuperado de la golpiza de la semana anterior y ahora, no sólo tenía una fuerte molestia en las costillas sino que sintió como un líquido caliente y viscoso comenzaba a escurrir de su nariz.
De pronto Karen intentó nuevamente atacarla, pero alguien detuvo por detrás a esta justo en el momento en que se abalanzó contra ella.
— ¡Déjala tranquila! —espetó Leon forcejeando con Karen.
— ¡Lárgate de aquí! —Chilló Karen—. ¡Esto es entre Valentine y yo!
Jill se sentó en la grada y se limpió la sangre brotaba de su nariz con el dorso de la mano. De nuevo había sido humillada por Karen Reid. Las lágrimas comenzaron agolparse en sus ojos y contuvo las ganas de llorar. Sabía que podía darle una ganarle sin problemas, sin embargo, la imagen de aquella chica alocada con la cual se fugaba de clases durante la secundaria, le impedía darle la paliza que se merecía. ¿Qué fue lo que sucedió con la que alguna vez fue su mejor amiga?, ¿por qué cambió tan drásticamente al comenzar la preparatoria?
Karen y su grupo se marcharon del lugar. Leon se sentó a su lado y le entregó un pañuelo. No fue la presencia de su compañero lo que logró sacarla de su ensoñación sino los jadeos de un perro que se puso de patas sobre su pierna y comenzó a lamerle la mano.
—Iron —Jill acarició tiernamente la cabeza del perro y éste no dejó de mover su cola—. Yo también te echo de menos, chico.
Iron lanzó un par de ladridos y le dio una gran lamida en el rostro, antes de ir tras su dueña.
—Debemos ir a la enfermería —dijo Leon en tono preocupado—. Necesitas que te revisen esa nariz.
—No es la primera vez que peleo con alguien —Jill trató de sonreír, aunque las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Jill… —Leon la tomó de la mano.
—Sabes, no estoy de ánimo para volver a clases.
— ¿Tienes algo en mente? —inquirió él.
—No. Tampoco puedo volver así a la tienda de mi padre—dijo Jill desanimada.
Leon se puso de pie y se puso la mochila de Jill en el hombro.
—Vamos. Si nos damos prisa, nadie nos descubrirá que escapamos de clases.
— ¿A dónde vamos? —preguntó Jill sorprendida.
—Sólo sígueme y no hagas preguntas, ¿de acuerdo? —Leon extendió su mano y la ayudó a ponerse de pie.
—Está bien. Para ser un chico que estudió en un colegio privado, eres muy atrevido —dijo Jill esbozando una sonrisa.
Leon la tomó por la barbilla y le dijo con voz suave: —Nunca he dicho que sea un chico bueno.
— ¿Estás coqueteando conmigo, Kennedy? —Jill lo tomó de la solapa de su camisa y le dedicó una sonrisa seductora.
— ¿Se nota? —agregó él.
—Eres lindo— Jill se acercó a él y le dijo en voz baja al oído—.Pero no eres mi tipo.
Leon se echó a reír mientras que Jill comenzó a bajar de las gradas a paso lento. A lo lejos se podía escuchar el ruido de la campana avisando que la hora del almuerzo había terminado. Ella dio una última mirada al enorme edificio de ladrillo al cual los estudiantes volvían para retomar sus clases. Durante el camino al estacionamiento, no dejó de pensar en Karen Reid y en la pelea que tuvieron esa mañana. Tenía que arreglar sus diferencias con ella, ya sea hablando o peleando, debía hacerlo, si no quería terminar el año escolar con alguna costilla rota.
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—Redfield, te veo a las 6 en el campo de juego—dijo el entrenador Bradley masticando ruidosamente su goma de mascar.
—Pero el partido comienza a las 8:30 —dijo Chris sorprendido.
—Lo sé —el hombre se acercó a él y le entregó una cuaderno—. Necesito que revises algunas jugadas que he estado pensando desde hace un tiempo y me gustaría saber tu opinión.
Chris miró de mala gana las notas del entrenador Bradley. Había tenido una semana terrible; entre sus deberes como presidente del consejo estudiantil, sus clases y los entrenamientos de fútbol por las tardes, no tenía ningún momento para tomarse un descanso. Esa noche se jugaba el primer partido de la temporada. La preparatoria de Raccoon jamás en su historia había calificado a los estatales; así que todas las esperanzas estaban puestas en que el capitán Redfield y su característico don de líder, aunado a su excelente nivel de juego, llevarían al equipo a conseguir lo que nunca habían logrado en años.
Guardó el cuaderno en su mochila y salió de los vestidores, irritado. Se dirigió al gimnasio para tomar su clase de deportes. En el camino, se encontró con un grupo de jóvenes que no dejaban de reír a carcajadas en el pasillo principal. Se detuvo por un momento y de pronto una profunda tristeza comenzó a invadirlo. Algunas veces se preguntaba si en verdad valía la pena todo el sacrificio, las largas jornadas de estudio, los duros entrenamientos y las pocas horas de sueño, todo por conseguir ser alguien del cual la abuela Mel se sintiera orgullosa.
Miró el escudo de su chaqueta y trazó con sus dedos el contorno del mismo, esbozando una ligera sonrisa. Cuando era niño; los chicos del vecindario jamás lo escogían para jugar en su equipo de fútbol, unos decían que era torpe lanzando el balón mientras que otros pensaban que era muy lento. Él trataba de no darle importancia, al fin y al cabo era solo un juego, se decía a sí mismo, no obstante; en el fondo, sabía que los nietos de Mel Redfield no eran del agrado de los residentes del lugar. Claire también sufría el rechazo de la niñas; en una ocasión una de ellas le jugó una broma pesada ocasionando que casi se le rompiera el brazo al caer de la bicicleta, entonces Chris, tomó su balón de fútbol y cuando la culpable de las heridas de su hermana paseaba por la calle en sus patines, deslizó la pelota por el pavimento y provocó que ésta cayera por un barranco, aumentando aún más el odio de sus vecinos por los niños Redfield.
Cruzó la puerta del gimnasio y todos sus compañeros de clase estaban listos para comenzar. El entrenador Bradley sacó su tabla de notas y comenzó a pasar lista de los que estaban presentes. Chris metió las manos en sus bolsillos y cuando escuchó el nombre de Leon Kennedy y éste no respondió, sonrió de forma burlona.
— ¿Qué pasa Kennedy? , ¿Acaso temes que te rompan una uña, niño bonito? —pensó con sarcasmo.
El entrenador continuó con el pase de lista, mientras que Chris caminó hacia la bodega del gimnasio para traer los balones y el resto del material para la clase. De pronto al llegar al nombre de Jill Valentine, una de las chicas dijo en tono malicioso: — No vendrá. La vieron salir de la escuela con Kennedy durante el almuerzo.
—De Jill no me sorprende —dijo el profesor molesto mientras escribía sobre sus notas. Al parecer ya estaba enterado de los malos hábitos de su alumna respecto a su vida académica—. ¿Pero Kennedy?, debería pensarlo dos veces antes de seguir los pasos de Valentine. Bueno chicos, quiero que comiencen a correr seis vueltas alrededor de la cancha, ¡Vamos!
De mala gana los chicos comenzaron a correr alrededor de la cancha de baloncesto. Chris se quedó de piedra al escuchar el paradero de Jill. Era común que ella se saltara algunas clases, pero casi siempre lo hacía sola.
—Así que ella y ese idiota...— murmuró él apretando los dientes.
Chris apresuró el paso, llegó a la bodega y cerró de golpe la puerta, causando un gran alboroto. Se sentó en una de las bancas de madera y se quedó pensativo, haciendo un esfuerzo por controlar la vorágine de sentimientos que se desataba en su interior. Desde que comenzó el año escolar notó que entre Jill y Leon existía una conexión; ella siempre sonreía de forma especial cuando conversaba con Kennedy, los veía salir juntos de clases e incluso éste la esperaba afuera del salón de castigo cada vez que por algún motivo era reprendida y puesta en detención.
¿En qué momento Jill puso sus ojos en aquel chico arrogante y presumido?, ¿Será que su dinero la dejó deslumbrada? Sabía que los Valentine no pasaban por un buen momento financiero desde el arresto de Dick hace unos años, quizá ella ya estaba cansada de trabajar por las tardes en la tienda de su padre, de vestir ropa de segunda mano y ser la burla de las chicas de la escuela, sin embargo; sabía que jamás se fijaría en Leon por su posición social.
—Jill es una romántica empedernida, ella nunca saldría con alguien si no sintiera algo por la otra persona, tú mejor que nadie lo sabe— pensó él irritado.
Cerró los ojos y lo primero que vio fue a Leon y a Jill tomados de la mano, en algún lugar apartado de la gente. Ella se acercaba a su compañero contoneándose como un gato al acecho; lenta y seductora, con una mirada traviesa en su rostro, de pronto el chico la estrechaba contra él, enredando sus dedos entre sus cabellos largos y castaños, sujetándole la cabeza, mientras su boca reclamaba la suya con ternura.
Chris despertó golpe y furioso, soltó un puñetazo contra la delgada pared de yeso de la bodega, provocando un enorme hueco en ella. Se puso de pie y comenzó a caminar en círculos, intentando calmar la furia que sentía en su interior.
La luz incandescente de la bombilla comenzó a parpadear de repente de forma intermitente, amenazando con extinguirse en cualquier momento. Un puñado de recuerdos vinieron a su mente dejándolo perplejo. Recordó la imagen de la chica tímida, de mirada color cielo que lo vio por primera vez junto al río en aquel campamento de verano, apenas tres años atrás...
En ese tiempo Jill tenía el cabello corto y se vestía de forma diferente: usaba pantalones cortos en lugar de sus clásicos jeans desaliñados, las botas militares fueron sustituidas por unos tenis converse color negro y traía puestos unos pendientes de plata en forma de estrella, que tiempo después supo por ella que habían sido un regalo de su madre, justo unos días antes de abandonarla para siempre aquella fría noche de diciembre cuando tenía siete años. Chris había salido a caminar un rato por el bosque. El campamento no estaba resultando tan divertido como pensó; los juegos eran demasiado infantiles y los guías era tan solo un montón de universitarios idiotas intentando ganar algo de dinero para poder pagar sus estudios y la cerveza que bebían a escondidas del resto de los chicos.
Chris caminó por la vereda empedrada. Quería estar lo más alejado posible de aquel ruidoso campamento. Maldijo el momento en el que aceptó pasar la mitad de su verano fuera de Raccoon City; la idea de disfrutar sus vacaciones tumbado frente al televisor contando los días para volver a clases ahora resultaba ser más tentadora. Atravesó el bosque y a lejos escuchó la risa alegre de una chica. ¿Qué hacía ella sola en un lugar tan apartado?, se preguntó. Caminó con sigilo entre la maleza, se escondió tras un árbol y fue entonces que la vio: jugando descalza en la orilla del río, con los rayos de sol bañando su cuerpo de alabastro que bailaba a un ritmo que solo aquella desconocida sabía. Su cabello castaño se movía al ritmo de la brisa, pero lo que más lo dejó impactado fueron sus hermosos ojos celestes, tan brillantes y llenos de vida, que sin duda le robaron el aliento.
Chris sintió como su pulso comenzaba a acelerarse… tal y como sucedió aquella tarde conoció a la única chica que fue capaz de meterse bajo su piel con tan solo una sonrisa… Sacudió ligeramente la cabeza, obligándose a sí mismo a volver a la realidad.
—Quizá solo son amigos —murmuró.
Tomó el material para la clase de deportes y salió de la bodega. Tenía que concentrarse en el partido de esa noche; había rumores de que un reclutador de la universidad estatal estaría entre el público cazando nuevos talentos y con suerte podría ser él uno de los elegidos. Debía pensar en su futuro; no quería pasar el resto de su vida trabajando en un supermercado o en el taller mecánico del pueblo. Miró a sus compañeros correr por la cancha con expresión de fastidio, sonrió levemente antes de dejar en el suelo la bolsa de lona que contenía los balones de baloncesto y los conos de plástico que utilizarían para la práctica de esa tarde. Tomó su lugar con el resto de su clase y se dijo a sí mismo que después del juego averiguaría lo que realmente pasaba entre Jill y Leon.
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La luna brillaba por lo alto del cielo, su luz intensa y radiante no era nada comparada con las lámparas incandescentes que iluminaban esa noche el campo de fútbol "Ozwell E. Spencer". Las gradas estaban vestidas de rojo y blanco por todos los aficionados que se reunieron para ver el primer juego de fútbol de la temporada. Claire metió las manos a los bolsillos de su cazadora rosa y suspiró aburrida. A pesar de que Chris era la estrella y el quarterback de las panteras negras de la preparatoria de Raccoon, nunca tuvo interés alguno en mirar a un grupo de hombres golpearse tras un balón de piel de cerdo durante más de una hora; casi siempre acudía para apoyarlo, aunque la mayor parte del tiempo lo pasaba jugando con su móvil o escuchando música, era su deber como hermana menor estar en los momentos más importantes de la vida de su hermano.
La banda de música comenzó a tocar una marcha mientras esperaban la salida de los jugadores al campo. Las porristas hacían acrobacias y lanzaban gritos de ánimo invitando a la gente a participar dentro del ambiente de alegría que se vivía en ese momento. Claire miró resentida a Rachel Olsen, capitana del equipo de animadoras, ex-novia de su hermano y una de las arpías más grandes de la escuela, después de Karen Reid. Aún podía escucharla reírse de ella cuando falló en su prueba para entrar al grupo de animación. Debió escuchar a su voz interior que le dijo aquella mañana que una muy mala idea intentar conseguir un lugar dentro del escuadrón. Sin embargo, su deseo por ser reconocida por ser algo más que sólo la hermana de Chris Redfield la llevó a cometer la peor humillación en lo que iba del año escolar.
Sacó su móvil de una de las bolsas de su cazadora y revisó sus mensajes de texto. Frunció el ceño, molesta.
Claire, mis padres me castigaron por golpear al idiota de mi hermanito y no podré ir al partido contigo. ¡El muy bobo se atrevió a romper mis auriculares favoritos! ... No me odies por favor. P.D. No olvides leer la novela de Sherlock Holmes que te presté… Adrianna.
— ¡Maldición! —masculló Claire. Al parecer su nueva amiga Adrianna no llegaría al juego como lo prometió en la clase de literatura. La abuela Mel tenía su reunión con su club de bingo de los viernes, así que lo más probable es que no dejara de jugar hasta ganar ese hermoso juego de manteles del que estuvo hablando durante toda la semana en la cena.
De pronto los aficionados comenzaron a gritar con más fuerza. Claire levantó la vista y divisó al equipo rival: los lobos del colegio St. Jude, una escuela de los barrios bajos de la ciudad, saliendo de los vestidores con marcas negras y azules en el rostro, y una sonrisa que revelaba su ambición y sus deseos de ganar a toda costa.
Era el turno de que las panteras de Raccoon hicieran su aparición en el campo; el primero en salir fue el entrenador Bradley con sus pantaloncillos cortos mostrando sus pálidas y peludas piernas, la camisa tipo polo se ceñía a su barriga, producto de sus años de retiro como jugador y de las noches de cervezas en el bar de James. Colgando de su cuello su ya famoso silbato de la suerte. Allan Morrison caminó tras su mentor con su casco en la mano y saludando a la multitud. Justin Keller salió acomodándose el jersey mientras le guiñaba un ojo a su novia que no dejaba de gritar su nombre desde las gradas. Uno a uno los jugadores fueron saliendo del pasillo que llevaba al campo de juego; Chris Redfield fue el último en arribar; erguido y con la mirada seria, comosólo los hombres que llevan el peso de una gran responsabilidad sobre sus hombros caminan por la vida.
Claire de inmediato lo reconoció y justo cuando se disponía a lanzar un grito de apoyo a su hermano, vio como cierto chico rubio y con un aire aristocrático subía las gradas sosteniendo un par de hot dogs y dos latas de refresco como todo un equilibrista de circo. Su corazón comenzó a latir de forma desbocada; Leon Kennedy: dos palabras que encerraban algo más que un capricho de adolescente o un amor platónico. Ella lo supo desde el momento en que vio sus ojos azules y éstos se quedaron tatuados en su memoria, su mirada fría que era el reflejo del profundo dolor que aquejaba su alma se convirtió en la musa de su arte y cuando la única forma de sobrevivir a la clase lengua inglesa era escribir sus iniciales junto a las suyas en la última hoja de su cuaderno.
Su sorpresa fue aún mayor cuando Leon se sentó tres filas delante de ella. Su corazón le pedía a gritos que buscara alguna excusa y se sentara a su lado, sin embargo, en su mente sabía que no estaba bien pretender ser la novia del chico nuevo de último año.
—Es sólo un partido... —murmuró Claire para sí misma—. Supongo que un chico como él debe odiar tanto el fútbol como yo.
Claire se puso de pie y se enfiló hacia donde estaba Leon, cuando de pronto, una chica alta de cabello castaño, vestida con unos jeans que habían visto sus mejores días hacía algún tiempo y una blusa sin mangas blanca que dejaba ver las tiras de su sujetador azul, se sentó junto a él y al tiempo que apoyaba su cabeza en el hombro de éste, de forma amorosa.
—Te traje algo —dijo Leon entregándole un hot dog a Jill.
— ¡Genial! —Exclamó Jill agradecida por el gesto—. ¿Cómo supiste que estaba hambrienta?
—Comes peor que un chico, Jill, aún no sé cómo se las gasta tu padre para alimentarte a diario—Leon soltó una carcajada.
—Muy gracioso, Kennedy — Jill arremetió contra él dándole un golpe con el codo a la altura de las costillas.
— ¿Así te comportas con todas tus citas? —inquirió él llevándose una mano a su costado derecho.
Leon soltó un ligero quejido de dolor, mientras que Jill abría su lata de refresco. Claire miraba expectante desde su sitio, sintiendo una punzada de celos atravesarle el pecho y la furia comenzando a apoderarse de ella.
—Creí que éramos amigas, Jill —musitó Claire apretando los puños.
Claire bajó de las gradas, molesta y se dirigió a la salida del campo.
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El árbitro dio el silbatazo inicial y los jugadores tomaron su posición dentro de la cancha. Las panteras jugaban en la ofensiva, mientras que los Lobos de St. Jude defendían su parte del terreno con la misma valentía de un grupo de hombres en un campo militar. Leon miraba desde su sitio con profunda atención a esos chicos jugarse algo más que solo unos cuantos puntos en la tabla de posiciones del campeonato; sabía que se trataba de ganarse el respeto del rival y no dejarse ver como una presa débil ante nadie.
En la primera jugada, las panteras lograron hacer su primero y diez sin problemas. Leon estaba impresionado con el talento de Chris Redfield en el campo de juego y no lograba quitarle la vista de encima.
—Es muy bueno —murmuró Leon.
— ¿Quién? —inquirió Jill abrazándose a sí misma.
—Redfield, nunca antes había visto a un chico jugar así.
— ¿El Señor Perfecto? —espetó Jill irritada—. Aunque es un idiota, debo admitir que es muy bueno en el fútbol y en la escuela… y en todo lo demás que haga.
— ¿Estás celosa de él?
— ¿Celosa, yo?, para nada. Es sólo que alguien tan popular e insuperable, suele ser muy irritante para algunos.
—Yo podría ser bueno para el fútbol —dijo Leon con una nota de arrogancia.
Jill se llevó la mano, intentando soltar una carcajada. Aunque Leon era un chico alto, su delgada y frágil complexión no le permitiría jugar un deporte tan rudo.
—No te burles, Jill. —lanzó Leon, molesto.
—No me estoy burlando. Es sólo que sería extraño ver a un chico tan… refinado como tú, ensuciándose y golpeándose tras un balón.
De repente ella estornudó de forma ruidosa y se frotó los brazos intentando entrar en calor. Leon se quitó la chaqueta, envolvió a Jill y pasó un brazo sobre sus hombros, tomándola por sorpresa.
—No es necesario —dijo Jill, apenada.
—Estás helada —Leon la atrajo hacia él y ella apoyó su cabeza en su hombro.
—Gracias —musitó Jill metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Leon la estrechó con fuerza, mientras se deleitaba con el aroma a fresas de su cabello castaño. A pesar de que Jill parecía ser una chica ruda, sin ningún respeto por las reglas o autoridad alguna, sabía que en el fondo era una buena amiga, muy leal con los que apreciaba. Le agradaba pasar tiempo con ella, dentro y fuera de la escuela; cada mañana esperaba a que el reloj diera las once, para salir a los jardines del instituto, y aunque casi siempre terminaba pagando el almuerzo de ambos, el verla reír de sus malos chistes y escucharla hablar recostada en el césped con sus ojos azules mirando al cielo, hacían que los quince dólares que gastaba a diario en la cafetería valieran la pena.
Cerró los ojos por un momento tratando de disfrutar de la cálida sensación de tener a "La fierecilla indomable" tan cerca, cuando de pronto, sintió que alguien lo miraba. Trató de divisar de entre los aficionados quien era la persona que lo veía con tanta fuerza, para su sorpresa, dirigió sus ojos hacia el campo de juego y fue que vio al mismísimo capitán Redfield dedicándole una mirada asesina mientras sus hombres le hablaban. Leon mantuvo la vista en alto y no se dejó intimidar por el mejor jugador de las Panteras de la preparatoria de Raccoon. No comprendía la razón de su enfado, ya que casi nunca cruzaban palabra, a pesar de estar juntos en la misma clase, sin embargo; notó que cuando Jill se acercó aún más a él, Chris apretó la mandíbula y se volvió hacia sus compañeros de equipo, furioso.
Los jugadores entraron de nuevo en formación. De entre los gritos de los espectadores, se pudo escuchar la voz autoritaria de Chris dando la señal para comenzar la jugada. Leon advirtió como Jill se irguió rápidamente y fijó su vista hacia el campo de juego, nerviosa. Redfield recibió el balón e intentó dar un pase, sin embargo, debido a la poca fuerza que tenía el lanzamiento, fue interceptado por un jugador del equipo rival y éste corrió esquivando al resto de los jugadores hasta llegar a la zona de anotación de las panteras.
— ¡Demonios, Chris! —chilló Jill golpeando la grada con los puños.
—Ya veo que Redfield después de todo no es tan perfecto —dijo Leon en tono irónico.
— ¡¿Quieres callarte?!
—Primero lo odias y ¿ahora estás de su lado? —inquirió él confundido. No esperaba que Jill defendiera a Chris de sus burlas.
Leon notó un brillo de angustia en los ojos de ella y decidió guardar silencio. Se volvió hacia el campo de juego y vio a Chris con la mirada fría recibiendo las reprimendas del entrenador Bradley. Se sorprendió de la aparente conexión que había entre los enemigos declarados de la preparatoria de Raccon; el quarterback de las panteras no le quitaba la vista de encima a Jill, arrepentido de haber cometido un error que podría costarle el partido, mientras que ésta esbozó una sonrisa forzada en un intento por animarlo a seguir jugando.
—Aún queda tiempo, sé que pueden ganar —murmuró Jill sin dejar de ver a Chris en el campo.
— ¿Por qué no bajas y se lo dicestúmisma?
Jill no respondió. Bajó la vista y comenzó a jugar nerviosa con la cremallera de la chaqueta. A decir por su silencio, Leon se dio cuenta de lo mucho que le afectaba a ella hablar de Chris Redfield.
—Tienes razón. Aún tienen tiempo —Leon la tomó de la mano.
—Algún día te contaré mi historia con Chris —dijo Jill en tono triste.
—Lo sé. Sólo he escuchado rumores sobre lo mal que se han llevado durante toda la preparatoria.
—Hubo una época en la que no todo fueron insultos y bromas pesadas—Jill sonrió con nostalgia—. Él es un buen chico, es sólo que aún no sabe lo que quiere.
— ¿Tienes hambre?, voy a comprar algo de comer —dijo Leon tratando de animarla.
—Siempre tengo hambre, tonto —Jill soltó una risita le dió una palmada en la espalda.
La brisa de la noche comenzó a sentirse cada vez más helada. Leon se frotó las manos y bajó de las gradas hacia el puesto de sodas que estaba en la entrada del campo. Durante el camino, no dejó de pensar en las palabras de Jill: así que después de todo ella y Chris tenían un pasado del que nadie sabía, una historia la cual seguía afectándolos a ambos. Se preguntó si sólo fueron buenos amigos o algo más.
—Ese no es asunto tuyo. Jill es sólo una buena amiga. Lo que haya sucedido entre ella y Redfield es cosa que no te importa —se dijo a sí mismo, irritado.
El problema era que si le importaba; no le gustó ver a Jill mirar a Chris con tanta devoción ni que éste correspondiera a su gesto, aún podía sentir ese nudo en el estómago cuando los vio mirarse de forma tan profunda. Trató de sacar esos pensamientos de su mente y apresuró el paso. De nada serviría sacar conclusiones, dejaría las cosas como están y esperaría paciente a que ella le contara su historia.
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Las panteras de Raccoon habían logrado ganar su primer partido de la temporada, gracias al trabajo en equipo, al apoyo de sus aficionados, pero sobre todo, a la inteligencia de su quarterback, que a pesar de habercometidounerror logró enmendar a tiempo y obtuvieron la victoria.
Chris estaba tumbado en una de las bancas de los vestidores mirando el techo con expresión vacía. Se suponía que debía ser un partido de rutina; el colegio St. Jude era el rival más débil de todo el campeonato; un grupo de niños ricos y mimados que no tenían idea alguna de cómo jugar al fútbol. Ese pase en el segundo intento, lo había practicado miles de veces durante los entrenamientos, incluso en los pasillos de la escuela con sus compañeros de clase; esa noche su talento estaba de su lado, más no su mente. Mientras corría por el campo intentando ganar el juego, sus pensamientos estaban en otra parte, o mejor dicho, con cierta chica de mirada celeste que se encontraba entre la multitud, con una sonrisa en los labios y vistiendo la chaqueta de diseñador del idiota de Kennedy.
Los únicos sonidos que se escuchaban en el lugar eran los de las goteras de las duchas y la vieja radio del señor Hummels, conserje de la escuela, limpiando la basura del primer partido de la temporada, regados por todas las gradas. El resto de los jugadores junto con el entrenador Bradley decidieron salir a festejar la victoria en la casa de Dave Norton, la madre de éste ofreció una barbacoa por el triunfo de las panteras y aunque sus compañeros de equipo le insistieron que fuera a la reunión, Chris se excusó, argumentando que debía cuidar de su hermana, ya que su abuela estaba en su noche de bingo. Cosaqueresultabaser verdad.
El ruido de unos pasos sobre el suelo desvaído de linóleo logró sacarlo de sus pensamientos. Por el ritmo de su caminar, supo que Jill estaba en los vestidores. De inmediato se puso pie, vestido únicamente con la parte posterior del uniforme. La vio avanzar hacia él, arrastrando los pies y con las manos metidas en los bolsillos traseros de sus jeans. Chris comenzó a sentirse nervioso; la última persona que pensó ver ese día era precisamente ella, buscó con la mirada a Leon y sonrió levemente al ver que venía sola.
— ¿Qué haces aquí? —inquirió Chris en tono gélido. No le daría el gusto a Jill de ver cuánto le afectaba su presencia.
—Vine a decirte que dieron un buen juego —dijo Jill tímidamente y con voz suave.
—Gracias.
De pronto un silencio incómodo se adueñó de ellos. La tensión que había en el ambiente podía cortarse con un cuchillo. Chris sintió como la mirada de Jill lo recorrió de arriba a abajo, observándolo con detalle. Fue entonces que se percató que solo estaba vestido con los pantalones del uniforme, tenía el torso desnudo y una toalla colgando de su cuello.
—Estaba a punto de ducharme —dijo Chris apenado.
— ¿No fuiste a festejar con el equipo? —preguntó Jill.
—No puedo. Mi abuela no está en casa y tengo que cuidar de Claire.
—Entiendo… El gran Chris Redfield portándose como un adulto responsable— dijo Jill con ironía.
—Sabes que Claire es mi responsabilidad.
— ¡Eres sólo un chico! —soltó Jill furiosa—. Desde que te conozco lo único que has hecho es cuidar de tu hermana y partirte la espalda tratando de ser el mejor en todo.
Chris estaba sorprendido de que Jill aún se preocupara por él e hizo un intento por ocultar la alegría que amenazaba con salir de su pecho. Se acercó a ella y acarició su mejilla con ternura.
—Jill…
—Lo siento… fue un error venir aquí —dijo ella desviando la mirada.
Jill intentó salir de los vestidores pero Chris la tomó del brazo impidiéndole el paso. La sintió temblar bajo su mano. Se alegró de que ella también sintiera lo mismo que él en ese momento; durante mucho tiempo pensó que la "fierecilla indomable", no sentía algo más que desprecio por el chico al que una vez le prometió que jamás se iría de su lado. La empujó suavemente contra uno de los casilleros y pasó sus dedos por su rostro antes de tomar sus labios en un tierno beso.
Por un instante pensó que lo rechazaría, sin embargo, ella se aferró a su cuello y ladeó la cabeza para profundizar el beso. Mientras saboreaba su boca, Chris la agarró por las caderas y la apretó contra él; echaba de menos la calidez de su cuerpo junto al suyo. De pronto recordó las tardes junto al lago en aquel campamento de verano, donde hablaban por horas de cualquier tema y terminaban abrazados, besándose tumbados en el pasto bajo el sol de la tarde...
—Chris... —dijo Claire desde la entrada del vestidor.
Jill se apartó abruptamente de él y se quedó de piedra. Chris por su parte se llevó la mano a la nuca y se volvió hacia su hermana que lo miraba asombrada y a la vez confundida por la escena que acababa de presenciar.
— ¿Cuántas veces debo decirte que toques la puerta antes de entrar? —espetó Chris molesto.
—La puerta estaba abierta —Claire se defendió—. Además no estamos en casa, así que puedo hacer lo que yo quiera.
—Será mejor que me vaya —Jill se dirigió hacia la puerta, deprisa.
— ¡Espera Jill! —Chris intentó detenerla pero ésta había abandonado el vestidor.
Chris dio un golpe a uno de los casilleros, causando un ruido estridente por todo el lugar. Claire se acercó a él y dijo: —Así que Jill y tú…
—No es lo que parece —Chris se puso la camisa del uniforme, tomó su mochila y salió del vestidor dejando a Claire atrás.
Holaaa!
Antes que nada, mil disculpas por actualizar hasta el día de hoy; esta escritora de quinta no tiene perdón, pero ahora con mi nuevo trabajo y mi próxima boda, el tiempo libre se ha convertido en un lujo.
Agradecimientos especiales:
M Bidden: Por haberme presionado a continuar con esta historia. Gracias por tener fe en este proyecto medio loco, en parte me inspiró mucho tu historia del reto a seguir escribiendo este fic. Este capítulo va para ti, espero te guste :D
Mortifagos Foreros: Las quiero niñas! XD
AdrianaSnapeHouse.- Gracias linda por tomarte el tiempo de leer y corregir este montón de palabras sin sentido. Ahora más que más ocupada estás por la nueva etapa que vas a iniciar, así que no me queda más que agradecerte que no me dejes navegar sola en todas mis locuras. Espero que continúes CC pronto, los fans lo estamos esperando. Mucha suerte en tus proyectos, vas a ver que te va a ir genial, eres una chica muy lista y siempre has destacado en lo que haces, así que la universidad no creo que sea la excepción. Ya sabes que desde mi pueblo, estaré echándote porras y deseándote lo mejor del mundo. XD.
Polatrixu: Pola malvada! Qué sería de mí sin tu varita mágica persiguiéndome para que termine de escribir. Gracias por leer mis tonterías y darme ideas cuando la musa se niega a trabajar. Ya quiero leer ese nuevo fic en el que estás trabajando, por lo que vi, esa historia promete mucho, así que ya deja de jugar Diablo y ponte a escribir jajajajaja!
SKANDROSITA: Hermana malvada! Gracias por las frases de apoyo que pusiste en mi documento, por el respaldo que le das a cada uno de proyectos. Ya estoy esperando Justify, uno de los mejores fics de Piers Nivans que he leído, sin duda. Jálale las orejas a Dexter de mi parte y ya tenemos que ponernos a trabajar en el segundo capítulo de Losing Grip. XD
A quienes me dejaron sus reviews:
anamariaeugenia, AdrianaSnapeHouse, Clauu, M Bidden, UnaLocaCleonista, Yuna-Tidus-Love
Gracias chicos por tomarse la molestía de leer el primer capítulo, espero que lo hayan disfrutado, así como yo disfruté de escribirlo junto a claireRedfield123.
Bueno creo que eso es todo, ojalá les haya gustado esta segunda entrega, prometo escribir más seguido, según mi tiempo me lo permita. Les mando bendiciones a todos…
XOXO
Addie Redfield
