Segundo capítulo de la historia, aquí comienza parte de lo esencial de la trama...
Espero que les guste, no hay mucha acción, aún falta tiempo para eso pero de igual manera todo lo que pasa es importante para el desarrollo de la historia, de otra forma, no lo pondría hehehehe.
Sayonara!
EIRINI.
CAPÍTULO 2. LOS OJOS DEL CUERVO
"I was watching the scenery passing by the window,
the town, the crowds, the streets, they'll never change...
But I can feel with certainty what I need to protect,
so I can murmur with nostalgia that it's not so bad."
• nostalgie / V6
¡Queridos Dioses! ¿Qué clase de visión había sido esa?
Tan pronto como desperté me senté bruscamente en la cama llevándome una mano hacia la frente. Sólo hasta que toqué mi piel fue que descubrí el frío sudor que recorría a chorros mi rostro. Parecía que me hubiesen arrojado un balde de agua fría mientras dormía. Me sentía como si, de repente, estuviese sufriendo un ataque cardiaco que no tenía la menor intención de ceder pronto: mi corazón latía a mil por hora y pensé que explotaría de mi pecho en cualquier momento. Estaba tan nerviosa que me costaba trabajo pensar y ordenar las ideas que transitaban mi traumatizada cabeza, y eso sin contar la corriente de escalofríos que torturaban constantemente mi espalda y la agitada respiración que trataba de controlar sin resultado alguno.
¿Qué rayos me estaba pasando?
Sinceramente no podía creer que una simple visión me hubiese puesto en tal situación. Jamás en la vida me había ocurrido algo así, siempre había podido controlar cualquiera de ellas.
Hasta ahora.
Estaba completamente sorprendida y descolocada, aquella premonición ocupaba gran parte de mi mente en ese momento, que me era imposible generar cualquier otro pensamiento. Era increíble como mi cordura me había abandonado por completo. Tuve que hacer un gran esfuerzo por recuperar el control de mí misma. No podía permitir que el solo hecho de no estar en mis cabales fuera más fuerte que yo.
Debía reponerme ya.
Comencé a inhalar y exhalar el aire lentamente. En mi pecho, mi corazón aún armaba una guerra que no tenía intención de perder, pero poco a poco fue sosegándose hasta recuperar su ritmo natural. Por lo menos los escalofríos ya habían cesado minutos antes y el único problema ahora era la maldita visión, que aún se reusaba a abandonar mi adolorida cabeza.
¡En serio! ¡Qué noche tan desastrosa!
Para cuando recuperé el control total de mi cuerpo ya mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, y ahora podía ver claramente mi habitación. El silencio dominaba aquel espacio, a tal grado que sólo escuchaba mi ya pausada respiración y el palpitante viento nocturno que soplaba en mi ventana. Al parecer no era la única que estaba agitada esa noche.
Me levanté de mi cama con sumo cuidado y sosteniéndome de la pared, efectivamente había retomado el control de mí misma pero no quería arriesgarme a que un mareo me tomara desprevenida. Cuando me cercioré que no me ocurría nada extraño, y tampoco veía doble, me encaminé hacia el baño. Al llegar me apoyé sobre el lavabo sin molestarme en cerrar la puerta y abrí el grifo del agua fría. Con ambas manos tomé una buena cantidad de ella y me la arrojé a la cara. Repetí aquella acción tres veces más. De inmediato recuperé la calma. El agua comenzó a correr por todo mi rostro acariciándolo y luego bajó abundantemente por mi cuello, cubriéndome gran parte del pecho y la espalda. El toque suave del líquido me hizo sentir que estaba en el paraíso. Gracias a mi yo marino ese era el efecto que causaba en mí el agua. Tenía tal poder que lograba colocarme en un delicado estado de sumisión. Sin duda era una de mis principales debilidades desconocidas, por eso es que nunca permitía que nadie que no fuera de mi familia estuviese conmigo cuando entraba en contacto con el agua. De otra forma aquello sería una situación incómoda en lo que a mí respecta.
Permanecí en el baño durante media hora hasta que, con la ayuda de los pequeños enjuagues, logré calmarme por completo. Por fin mis ideas y pensamientos corrían libremente en mi mente, permitiéndome pensar con total claridad.
¿Por qué había tenido aquella visión?
Y lo más importante, ¿qué trataba de decirme?
Me miré fijamente en el espejo intentando descubrir que diantres pasaba conmigo pero la sola acción de haberlo hecho me erizó el vello del cuerpo: mis ojos, verde amazona, se posaron en mí justo como los azul cielo de él. Me miraban con tanta atención, que prácticamente sentí como si quisieran revivir en mi memoria su profunda y misteriosa mirada. Los húmedos mechones que caían a ambos lados de mi rostro me recordaron los suyos, y vagamente recordé sus rasgos faciales bien definidos.
¡Por todos los Dioses! ¡¿Quién era ese hombre?!
Suspiré profundamente mientras cerraba mis ojos. Luego de un rato de meditación, levanté la mirada y casi morí de un tremendo espanto cuando descubrí a mi hermano Bas recargado, con los brazos cruzados, en el umbral de la puerta del baño, mirándome con aquellos ojos que bien caracterizaban a nuestra familia: mercurio y plata remolinantes. Literalmente se me fue el color de la cara y el aire abandonó mis pulmones. Faltó poco para que fuera a parar directamente al suelo.
—¡Demonios! ¡Bas! ¿Qué crees que haces parado ahí? —le pregunté con voz sofocada. El aire apenas estaba regresando lentamente a mí después de haber sido expulsado violentamente de mi cuerpo.
—Vine a verte, estaba preocupado —respondió brevemente, pero con una notable inquietud que confirmaba sus palabras.
—Casi me matas de un jodido susto —le inquirí, sin tomar en cuenta lo que había dicho y su estado de ánimo. Guardé silencio por unos segundos antes de volver a hablar, bastó un minuto para que recuperara el tono normal de mi voz—. ¿Por qué estarías preocupado? He estado aquí todo el tiempo.
—Lo siento, no fue mi intención asustarte, sólo quería asegurarme que estuvieras bien —me respondió con más tranquilidad pero justo antes de retomar la palabra vi como su semblante se obscureció. Sólo entonces logré recobrarme y ponerle realmente atención.
—¿Qué sucede?, ¿está todo bien? —le pregunté con la intención de sacarlo de su evidente estado de desasosiego.
—Sí, es que no sé por qué creí que estabas en peligro, supongo que me equivoqué —dijo, dando un largo y profundo respiro.
Ambos guardamos silencio por varios segundos.
Estaba tentada a preguntarle el por qué de su ansiedad, pero me abstuve de ello. Era obvio que algo lo estaba molestando más de lo normal, cosa que me resultó rara y me puso en estado de alerta, ya que a él nunca nada lo afectaba. La única vez que lo había visto realmente nervioso y asustado fue cuando nuestra madre, Tory, estuvo en labor de parto durante doce horas el día que nació nuestro hermano Theron, fuera de ahí, Bas era una barrera impenetrable para las emociones fuertes. A veces incluso me preguntaba si las tenía. Gracias a su actitud poco común, parecía un chico mayor a su edad. Todo el tiempo actuaba como si fuese el hermano mayor y que como el segundo hombre de la casa, tuviese la dura tarea de cuidar a la familia a tiempo completo. Papá y mamá sin duda estaban orgullosos de él, y claro, yo también, pero no me parecía justo que debido a sus pensamientos, peligrosamente maduros, se perdiera la oportunidad de disfrutar de las mejores cosas de la vida. Siempre decía que lo único que le importaba era que estuviésemos todos tranquilos, que ese era su objetivo principal y que todo lo demás simplemente salía sobrando.
¡Por todos los Dioses! ¡El chico recién había cumplido los dieciocho años!
E incluso, cuando estaba más joven, ya se creía mi guardaespaldas personal. Aun podía recordar con claridad el trágico y humillante fin que había tenido mi primera y única cita hasta la fecha, que en mi opinión, había sido la peor experiencia de mi corta vida.
Acheron se negaba totalmente a dejarme salir con chicos, con el pretexto de que era su princesa, y que ni loco permitiría que pasara conmigo lo que ya había experimentado una vez con Simi. Ash le había ocultado a todo el mundo sobre la existencia de su demonio Caronte y debido a eso, su mejor amigo, Nick Gautier, se acostó con ella sin saber las terribles consecuencias que aquel acto traería consigo.
Al ser el Dios del Destino Final, Acheron Parthenopaeus tenía el poder de sentenciar el destino de cualquier ser vivo en la Tierra, y cuando supo lo que pasó entre Nick y Simi, lo lastimó de una manera sobrehumana, que si no hubiese sido por la intervención de Kyrian y Talón, lo hubiese matado, y no siendo suficiente con eso, también lo condenó a suicidarse en un arranque de rabia y tristeza al perder a su madre por cortesía de los daimons.
Ese día cuando llegó a su casa y vio su cadáver, el chico convocó a la Diosa Artemisa y, chillando por su pérdida, le pidió que lo transformase en un Dark Hunter, así él se encargaría de dar caza y matar a quienes habían asesinado a la única persona que él más amaba y por quien daría su propia vida. Artemisa, al ser una Diosa de lo más cruel y egoísta, sólo se burló de él y le remarcó el hecho de que para convertirse en un Cazador Oscuro primero tenía que estar muerto, de otra forma ella no podría reclamar su alma. Al darse cuenta de ese gran inconveniente, Nick, decidido a vengar a su madre, tomó una pistola entre sus manos y justo después de volverle a pedir que lo transformara, se pegó un tiro en la cabeza que atravesó su frente arrebatándole la vida al instante. Asustada y sorprendida por semejante acto barbárico, sin mencionar el miedo que le causaba la reacción que mi Padre tendría ante aquella situación, ella tomó su alma y la guardó hasta que pudo entregársela a Acheron, quien hasta la fecha, no dejaba de culparse a sí mismo por lo mal que había tratado al que alguna vez fue como su mano derecha y confidente.
Desde entonces Nick guardaba un profundo rencor y odio hacia mi Padre, que lo único que hacía era forzarlo a desear con todas sus fuerzas matarlo con sus propias manos, así que no por nada ahora se consideraba su peor enemigo.
Y era precisamente otra tragedia como esa lo que mi papá quería evitar al no darme total libertad para salir con quien yo quisiera, lo cual era injusto para mí, y para mi mala suerte, tal y como decía el dicho: "tal palo, tal la astilla", tanto Theron como Bas estuvieron completamente de acuerdo con su absurda decisión. Mi mamá trató de convencerlo de todas las maneras posibles pero el Papá Pitufo, como le decía ella de cariño, era terco como una mula. La única forma en la que accedió fue gracias a la "grandiosa" idea que se le había ocurrido a Bas, quien voluntariamente se ofreció a hacerle de chaperón y vigilar cada uno de mis movimientos, cosa que por supuesto no consentí al principio pero, siendo la única opción que tenía, tuve que aceptar a regañadientes si es que de verdad quería tener esa cita, después de todo ¿qué tan malo sería? Sin embargo, la verdad era que no tenía idea en lo que me había metido una vez cerrado el trato.
En lugar de disfrutar el momento, lo sufrí por completo.
Literalmente, mi querido hermano, a quien en aquellos momentos quería matar, sometió al pobre chico a un interrogatorio todo el tiempo, limitó una distancia bastante prudencial entre nosotros y cada vez que intentábamos acercarnos, él se colocaban justo en medio de los dos, para evitarlo a toda costa. Hubo un momento en el que Bas nos dejó solos y él y yo aprovechamos para compartir nuestra bebida, todo marchaba bien que hasta estuvimos a punto de besarnos, pero entonces mi hermano nos alcanzó y con un solo movimiento, tomó su bebida e hizo que explotara contra el rostro de mi compañero, dejándolo completamente empapado. Él me lanzó una mirada fría y llena de consternación que lo único que pude hacer fue bajar la mirada apenada.
Jamás me había sentido tan humillada en mi vida.
Cuando levanté la vista, él ya se había ido sin decir una palabra. Me volví furiosa hacia Bas, fijando mis ojos verdes en él casi queriendo atravesarlo. Nunca había deseado tanto matar a mi hermano como en aquel momento. Había cumplido con su cometido: me había arruinado la cita. Mientras emprendíamos camino a casa, él se la vivió recordándome y burlándose de los momentos más graciosos de aquel día; aquello me fastidió hasta el límite en que me giré hacia él y, con un enojo que jamás había sentido antes, lo señalé con el dedo ordenándole que no me hablara nunca más. Cosa que sólo duró un mes. Era absurdo que dejara de hablarle a mi hermano, éramos uña y mugre, pero antes de volver a hacerlo quería asegurarme que mi disgusto desapareciera o al menos se sosegara lo suficiente como para no insultarlo frente al resto de la familia. A pesar de su forma de ser, Bas era mi hermano, los amaba a él, a Kat, a Theron y a Simi con una locura y pasaría una eternidad antes de que llegara a sentir una pizca de desprecio por cualquiera de ellos, no había cosa en el universo que no haría por algún miembro de mi familia, daría mi propia vida, e incluso vendería mi alma, por el solo hecho de que ninguno sufriera y estuviesen a salvo. Al fin y al cabo, adoptada o no, era la hija de mi Padre.
Y Acheron me había educado bien.
Total, aquella cita fue un completo desastre, jamás volví a ver al pobre chico, y lo peor de todo era que ni siquiera sabía si aún estaba vivo. Yo esperaba que sí.
Entonces juré que nunca volvería a dejar que nadie tomará las decisiones por mí, ni siquiera el gran-dios-amo-y-señor-del-universo-destino-final-de-todo.
Pero ese era Bas, aún con su tan irritante bipolaridad, lo amaba con todo mí ser. Y pensándolo bien ni siquiera podía culparlo por semejante personalidad. ¿Quién en su sano juicio se concentraría en emociones fuertes cuando tenía como Padre a un Dios Atlante de once mil años de edad, que cambiaba de color cuando se enojaba y que, aun en sus peores momentos, comandaba un ejército mundial de Cazadores Oscuros, que se encargaban de proteger a la raza humana de criaturas sobrenaturales, que tuviera también por Abuela a la Diosa Atlante de la vida, muerte y sabiduría, mejor conocida como Apollymi La Gran Destructora, que una de sus hermanas mayores fuese un demonio, a quien le encantaba asar personas u otras criaturas para luego comerlas con salsa BBQ, que tuviese que lidiar con la constante presencia de amenazas como daimons, demonios gallu, vampiros, hombres lobo y, para rematar, que fuese una de las escasas pruebas vivientes de que la Atlántida realmente existió y que ahora se encontraba hundida en medio del Mar Egeo, eso sin mencionar sus asombrosos poderes?
Ahora que lo analizaba mejor, ni siquiera podía creer que yo misma, quien a diario pasaba por lo mismo que él, tuviese sus emociones imperturbables y más vivas que nunca.
Con más razón ahora entendía por qué la visión me había afectado tanto.
Nota mental: pedirle a Bas unas lecciones de control de las emociones.
Continué mirándolo fijamente con la intención de hacerlo hablar, pero después de un largo rato de lanzarnos miradas raras y hacernos muecas tontas, me rendí. ¿Qué le estaba pasando? Primero entraba en mi habitación deliberadamente en plena madrugada para saber si estaba bien y después de una pequeña charla se quedaba callado como si de repente le hubiese lanzado el hechizo Siopí.
Cerré los ojos y suspiré con debilidad. Lo único que quería era regresar a la cama y poder dormir las pocas horas que me aun quedaban disponibles, seguramente serían cerca de las cinco de la madrugada y ese día mis clases comenzarían a las nueve de la mañana, aun me sentía bastante cansada y si quería recuperar al menos la mitad de mi energía tenía que volver a la cama, así que primero tenía que terminar con la repentina visita nocturna de mi hermano que, al parecer, él no tenía intención de continuar. Jamás había actuado de esa manera tan extraña. ¿Qué bicho raro le había picado?
—Bas, ¿de verdad te vas a quedar parado ahí sin decirme nada? —le inquirí con voz baja. Lo último que quería era que nuestro Padre nos sorprendiera hablando a mitad de la noche y nos sometiera a un interrogatorio, el cual, conociéndolo, sería voluntariamente a fuerzas.
—No —dijo con una tranquilidad que hasta hace pocos segundos antes no había tenido. Aquello me dejó totalmente sorprendida, era más que obvio que jamás entendería sus repentinos cambios de humor—, solamente vine a comprobar si estabas bien, podía escuchar tu respiración desde mi habitación y créeme que no era nada normal —comentó sin la intención de esperar una respuesta de mi parte—, si nuestro Padre te hubiese escuchado te puedo asegurar que ahora mismo estarías de camino al hospital —finalizó, con una especie de sonrisa burlona en el rostro.
—Ha, ha, que gracioso hermanito —solté con sarcasmo mientras me apresuraba hacia él y salía del baño a toda velocidad, una vez que le di la espalda no pude evitar formar una mueca de espanto en mi rostro ante su acusación.
Él tenía toda la razón. La mera realidad era que si Acheron me hubiese encontrado en las alarmantes condiciones con las que me había levantado recién acabada mi traumante visión, ni siquiera se hubiese tomado la molestia de agarrar el coche para llevarme al doctor, oh no, claro que no, me hubiese tomado de ambos brazos y nos hubiese teletrasportado a ambos en algún callejón cercano al hospital, e incluso una vez dentro, hubiese obligado, literalmente, a los médicos a meterme en terapia intensiva para corroborar que no estaba sufriendo un paro cardiaco.
Sí, ese era mi adorado y paranoico papá.
Lo que a Bas le faltaba de emociones, Acheron lo padecía al doble.
—Muy bien hermanito, dime, ¿qué te hizo pensar que estaba en peligro? —le pregunté.
—No lo sé Pau, es una sensación rara que he tenido desde ayer y no me deja en paz —me respondió mientras que su mirada volvía a oscurecerse, luego continuó—, es como si me previniera de algo que va a pasar pronto, pero no sé que es.
Escucharlo decir aquello me congeló hasta los huesos, y claramente vi como arrugó su nariz ante lo frustrante de la situación, como si pensar en ello le provocara un malestar innecesario pero… ¿qué rayos quería decir con eso?
¿Acaso estaba desarrollando algún nuevo poder que incluyese tener visiones o algo por el estilo?
Sin duda el aura que desprendían los poderes de Bas advertía al resto del mundo que se mantuvieran alejados de él. Era como un letrero invisible que decía "mírame pero no me toques", y justamente en ese momento podía sentir su preocupante infortunio al sentirse de esa forma y no poder hacer nada al respecto.
Esto me llevó a indagar un poco en los cambios que, sólo hasta ese momento, sentí en mi hermano. Casi podía jurar que incluso sus poderes habían evolucionado desde la última vez que los había sentido. Hice ademán de cerrar mis ojos y me dejé llevar por la gran fuerza que se proyectaba en la habitación y lo que descubrí me dejó paralizada…
¡Dioses queridos!
¿Acaso era posible que aquel poder fuera realmente de aquel chico parado enfrente de mí? ¿Podía ser que aún no hubiese alcanzado todo su potencial?
Por un momento dejé de respirar y me convertí en una estatua viviente. Si no me equivocaba, y fuese así, entonces que todos los Dioses se cuidaran porque esto sólo era una pequeña demostración de lo grandioso que sería Bas al completar su madurez a los veintiún años.
A este paso podría llegar a superar incluso a nuestro Padre.
Era casi imposible imaginar que tal cosa pudiese suceder, al parecer aún tenía mucho que aprender de mi propio hermano.
Mas él no era el único con grandes capacidades; ni Kat, ni Simi se quedaban atrás, ambas eran tan poderosas como su misma herencia les permitía serlo. Sin duda éramos toda una familia superdotada con una gran variedad de raros pero fantásticos y poco comunes dones.
Y eso que los de Theron aún no se habían manifestado del todo.
Rápidamente reaccioné ante tal conclusión. No me imaginaba de lo qué sería capaz Theron cuando él también alcanzara su madurez. El sólo pensar en ello me ponía la piel de gallina.
Oh sí, éramos una familia realmente encantadora.
Sin embargo, a pesar de llevarme súper bien con todos ellos, había algo especial y único en Bas que hacía que él y yo nos comprendíamos el uno al otro mucho más allá de cualquier límite establecido, tanto en el mundo terrenal, como en el espiritual. Su herencia divina y mi rara combinación de poderes nos convertían en la pareja perfecta, en un sentido estrictamente fraternal.
Por eso fue que su repentina preocupación caló profundo en mí.
¿Qué lo había alterado tanto?
—De acuerdo —suspiré con calma y lo tomé de la mano guiándolo hasta mi cama—, entonces dime ¿qué crees que pueda significar eso que sientes? —le pregunté mientras nos sentábamos.
Pésima idea.
En cuanto sentí la suave seda de mis cobijas bajo mi cuerpo noté como el sueño y el cansancio abrazaban cada fibra de mi ser queriendo forzarme a cerrar los ojos y caer rendida sobre el colchón. Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para no desfallecer de agotamiento y abandonar a mi consternado hermano.
—No lo sé —contestó por milésima vez—. Me siento precisamente como cuando me describes lo que te ocurre al tener una visión —me explicó, frunciendo el ceño—, no me gusta sentirme así, es frustrante, no entiendo cómo lo soportas.
Respiré profundamente antes de hablar.
—Con mucho esfuerzo, créeme, no es fácil de llevar esta clase de poder, las visiones pueden llegar a ser un dolor en donde tú sabes si no sabes controlarlas —le expresé con la intención de consolarlo.
No quería imaginar que sus recientes poderes lo harían sufrir de esa manera, de todas las personas que imaginé que alguna vez pasarían por algo así, él era la última que me había pasado por la mente. Era injusto.
—¿Esto tiene algo que ver con tus nuevos poderes? —me aventuré a preguntarle. No estaba segura si él ya supiese algo pero era mejor advertirle de una buena vez.
—¿Nuevos poderes? —inquirió sin mostrar sorpresa. Tal y como creí saberlo, efectivamente él ya lo sabía—, ¿entonces tú ya te diste cuenta de que han madurado? —me señaló.
—Lo acabo de descubrir —le confesé con calma hasta que, de pronto, la realidad me golpeó de frente— espera, ¿me estás diciendo que nadie, mas que yo, sabe de esto? —exclamé alterada. No pude evitar poner los ojos en blanco.
—Baja la voz, Pau, ¿o pretendes despertar a todos? —me regañó, provocando que me sonrojara, jamás en la vida me había hablado así; claramente pude ver la dificultad que le costaba ejercer control sobre sí mismo. Estaba sudando—. Sí hermana, eres la única que lo sabe.
—¿Pero cómo? Papá debió advertir ya el nuevo poder que está creciendo en ti, no es normal que algo así suceda —comenté mientras trataba de buscar una respuesta lógica a aquella incógnita.
¿Acaso tenía algo que ver el que nosotros estuviésemos blindados para el gran Acheron?
—No sé por qué pero tengo la vaga creencia de que uno de mis nuevos poderes tiene la habilidad de permitirme volver invisibles al resto de ellos ante la presencia de alguien más, si es que así lo deseo —soltó.
Las palabras se me quedaron atoradas en la garganta y puse los ojos en blanco.
¡Dioses queridos del Olimpo!
No podría haber estado más sorprendida si Bas me hubiese dicho que había tenido relaciones con una chica y que ella había resultado embarazada. Cosa que hubiese preferido mil veces más, si no fuese por el hecho de que primero tendría que encontrar una novia.
Entonces sentí como mi cuerpo se congelaba mientras que un gran número de escalofríos recorrían mi espalda sin darme tregua. La posición que adopté fue lo bastante incómoda como para recordarme que aún seguía viva y que, para continuar así, debía por lo menos respirar, pero respirar era la última de todas mis grandes preocupaciones en ese momento.
¡¿Qué clase de broma era esa?!
"Uno de mis nuevos poderes tiene la habilidad de permitirme volver invisibles al resto de ellos."
Oír aquello nuevamente en mi cabeza sólo provocó que saliera de mi trance y me levantara de la cama más alterada que antes. Tuve que llevarme una mano a la boca para ahogar un grito que amenazaba con salir de ella deliberadamente.
¿Acaso me encontraba en un universo paralelo donde mis peores temores se hacían realidad?
Esto no era un buen augurio. Mi hermano era demasiado joven para que se le diese la tarea de educar un poder así. Si no aprendía a dominarlo podría causarle muchos problemas en el futuro, sin contar la tremenda preocupación que seguramente atormentaría a nuestros padres.
No podía permitir que eso ocurriera.
Al instante en que cruzamos nuestras miradas nuevamente supe lo que realmentehabía llevado a mi hermano a visitarme a esas inapropiadas horas de la noche.
Estaba pidiéndomeayuda.
Podía verlo reflejado notoriamente en sus ojos plata remolinante: aquel chico que, día con día, solía ser una muralla impenetrable, que ejercía un control sobrehumano sobre sus acciones y emociones, y que siempre estaba dispuesto a dar lo que fuese necesario para mantener a su familia a salvo, estaba sudando y temblando de miedo.
—Por eso viniste ¿cierto? Aún no sabes como manejarlo y quieres que yo te ayude —adiviné.
Él asintió levemente.
—Eres la única persona que sé que puede hacerlo. Si papá y mamá se llegan a enterar mientras aún no lo domine se aterrarían. Tú, mejor que nadie, sabes como son cuando se trata de nosotros, incluso pensar en la reacción de papá me pone la piel de gallina —comentó mientras tomaba mis manos entre las suyas. No pasé por alto su gélido toque. Parecía un tempano de hielo.
—No tienes por qué asustarte así Bas, ellos jamás te lastimarían —le aseguré mientras frotaba mis manos contra las suyas, intentando darle un poco de calor, después continué—. Sabes que lo más importante para ambos somos nosotros. El que tus poderes estén madurando y que descubras de lo que eres capaz no significa que te envíen al exilio —le dije.
—Estoy asustado, Pau, nunca creí que podría desarrollar esta clase de poderes, ¿te imaginas que pasaría si no logro controlarlos? Sería desastroso durante una batalla, bien podría quedarme temporalmente sin todos ellos y no sería nada más que un estorbo, no puedo siquiera pensar en que eso pase, podría morir, tienes que ayudarme, no me dejes solo en esto por favor, tiene que haber algo que tu magia pueda hacer para apagarlo o algo por el estilo —me suplicó con una voz que mostraba cuan perturbado estaba al respecto. No podía culparlo.
Lo miré fijamente antes de responderle.
—De acuerdo hermanito, te ayudaré, hoy por la tarde iremos a Katoteros a entrenar. Si este poder nació en ti fue por algo y no voy a usar magia para dormirlo sólo porque pueda resultar en algo malo. Tendrás que aprender a dominarlo, no puede ser tan difícil, y de paso también podremos visitar a la abuela en Kalosis para pedirle algún consejo, ella debería saber algo de esto —le dije con determinación.
Él cerró sus ojos y suspiró con alivio. La temperatura de su cuerpo comenzó a subir.
—Gracias de verdad, no sé que sería de mí sin ti, eres lo mejor que tengo en la vida —sonrió dejando a la vista su perfecta dentadura.
—Bueno, creo que más bien soy yo la afortunada de tenerte, me has salvado el pellejo más veces de las que puedo recordar, entiendo que no debe ser nada fácil lidiar con alguien como yo y realmente no tienes que agradecerme por ayudarte, es mi deber como tu hermana mayor y me encanta hacerlo, haría lo que fuera por ti, Kat, Simi y Theron —le respondí.
En ese momento se levantó de la cama, me tomó de los brazos y me jaló hacia él estrujándome en el abrazo más eufórico que alguna vez hubiese experimentado en la vida y, mientras me apretaba con fuerza, depositó un tierno besó sobre mi coronilla.
Fue ahí cuando me di cuenta que, debajo de toda esa faceta de extrema madurez que lo envolvía, había un chico valiente y tenaz, dispuesto a enfrentar lo que fuese con tal de proteger a aquellos que amaba, y que a pesar de su fría personalidad, aún conservaba sus sentimientos puros e intactos.
—Ahora me voy, no quiero quitarte más tiempo, aún necesitas descansar y la verdad es que lo último que necesitamos es que nos encuentren hablando y nos sometan a un interrogatorio —se burló con mucho más ánimo.
Sacudí la cabeza ante su comentario.
Quien lo diría. Una vez más me demostró que, ciertamente, estábamos en la misma frecuencia, aunque la verdad era que ambos conocíamos a nuestros padres lo suficiente como para haber llegado a la misma conclusión.
—Se nota que somos hermanos. Estaba pensando exactamente lo mismo —le sonreí, con un gesto de complicidad.
Se dirigió hacia la puerta del cuarto a paso lento. Cuando la abrió para salir, se detuvo un momento y giró su cabeza hacia mí.
—No le dirás nada a nadie, ¿verdad? —me preguntó con nerviosismo. Casi me pareció verlo sudar de nuevo.
¿Él creía que yo sería capaz de tal cosa?
Moví mi cabeza de derecha a izquierda formando un rotundo "no".
—No tienes porque desconfiar así de mí Bas, sabes que jamás haría algo que pudiese lastimarte de alguna forma —le respondí con cierto recelo.
Odiaba su repentina inseguridad. Lo comprendía, pero eso no significaba que no me molestara.
—Lo siento, eso fue impertinente de mi parte —se disculpó rápidamente.
Estuve a punto de decirle que jamás volviese a hacerlo, pero cuando vi que sus mejillas se tornaron tenuemente de rojo, me di cuenta que indudablemente estaba avergonzado de haberlo siquiera pesando.
Cerré mis ojos y sonreí.
—No te preocupes, será nuestro secreto.
—Gracias Pau, te veo en la mañana, que pases buenas noches, te quiero —sonrió ligeramente, e inmediatamente después abandonó mi habitación.
Dos segundos después de que mi ansioso hermano se fuera, me levanté y caminé hacia la puerta. Me asomé sutilmente para corroborar si efectivamente se había ido y di un corto suspiro al notar que el pasillo estaba vacío. Al menos había logrado llegar a su habitación sin que lo descubrieran.
Regresé al interior de la mía y esta vez atranqué la puerta, asegurándome que nadie más entrara sin mi permiso. Estaba segura que no podría aguantar ninguna otra interrupción nocturna.
La plática con Bas, y el inesperado descubrimiento de sus nuevos poderes, me había quitado algo de energía y si no recuperaba aunque fuese una minúscula parte de ella, no tendría las fuerzas necesarias para soportar lo que me esperaba al despertar por la mañana.
Si es que primero lograba pasar desapercibida ante las miradas meticulosas de mis padres.
Caminé de vuelta a mi cama y cuando estuve a una corta distancia de ella, me lancé contra el inmueble, cayendo bruscamente sobre él. La sensación que me hizo sentir la suave textura de mis sábanas adormiló completamente mi cuerpo, y casi caí muerta de sueño, si no hubiese sido por el imprevisto recuerdo de mi reciente visión.
Mi mente reaccionó enseguida.
Con un sentimiento de extrema pesadez, volví a incorporarme sobre el colchón y me pasé ambas manos por la cara. ¡Maldición! ¿Por qué tenía que pasarme eso justo ahora? Lo único que quería era volver a dormir, no poner a trabajar mi mente.
Solté un largo suspiro.
No iba a permitir que la última hora de mi vida controlara la situación, era totalmente absurdo y, decidida a olvidar los acontecimientos de esa noche, me recosté nuevamente con toda la intención de volver a dormir.
Lamentablemente no pude hacerlo.
Maldije en voz baja.
Salí de la cama bastante irritada por la situación. Maldita sea mi suerte por llevarme hasta los límites de mi cordura.
Destranqué la puerta, y una vez fuera, comencé a caminar dando grandes zancadas hacia la cocina, sin embargo, aún con todo y mi mal humor, fui sumamente cuidadosa de no hacer mucho ruido. Ya tenía bastante con mi propio enojo, no quería echarme encima otro peso más como la preocupación de mi familia.
Al llegar a la cocina tomé un vaso del lavavajillas y me dirigí hacia el refrigerador para servirme un poco de agua. Tenía la esperanza que al menos beber algo me ayudase a despejar mi mente y a conciliar el sueño otra vez. Verdaderamente esperaba que funcionase, de otra forma no tendría otra opción más que quedarme despierta y dejar que mis pensamientos torturasen mi ya atormentada mente.
Abrí la puertilla de la nevera y saqué una jarra de cristal que contenía el agua. Cuando terminé de servirme, la coloqué en su lugar mientras tomaba un gran sorbo del frío líquido y me daba la vuelta para volver a mi alcoba pero, tan pronto como lo hice, sentí como todos mis músculos se congelaron al vislumbrar una pequeña figura femenina con dos grandes alas negras y dos cuernos sobre su cabeza parada en el umbral de la puerta que me miraba con curiosidad con sus brillantes ojos rojos.
Por varios segundos el color abandonó mi rostro. ¡Joder! ¡No otra vez! ¿Cuántos sustos más tendría que pasar durante esa noche?
Usando mis poderes encendí la lámpara que estaba sobre la mesa y, al reconocer a la pequeña demonio, poco a poco fui recuperando la calma. Estaba segura que si eso le hubiese pasado a un humano común y corriente ya hubiese muerto de un infarto.
—¡Por la Gran Apollymi! ¡Casi haces que me de un ataque al corazón, Simi! —le recriminé con voz ronca, lo cual me permitió hacer uso de mi autocontrol para no gritarle.
Antes de responder me lanzó una mirada de inocencia pura.
—La Simi no quería asustar a akra-Pau, la Simi sólo bajó por un aperitivo nocturno y creyó que alguien extraño había entrado a su casa, la Simi jamás se imaginó que akra-Pau estaría aquí tan temprano —me alegó mientras tomaba la usual forma humana. Casi pudo haber pasado por una personal normal si no fuese por sus hermosos ojos rojos.
Respiré hondo.
—Lo siento Simi, no quise causar un alboroto, sólo bajé porque quería un poco de agua, no quise acusarte de nada —me disculpé.
Ella rió.
—Akra-Pau no tiene porque disculparse, la casa de la Simi es también la de ella y puede ir a donde quiera, además, akra-Pau es la hermana menor de la Simi y la Simi la quiere mucho, aunque sea sonámbula —dijo con mucho ánimo.
Cerré mis ojos y después de dar un pausado suspiro le respondí:
—No soy sonámbula Simi.
—Eso no lo sabe akra-Pau, incluso ahora podría estar dormida en su cama soñando que tiene una conversación con la Simi.
Ojalá fuera así.
Todo lo que más quería después de haberme despertado de la estúpida visión era volver a dormir. Daría lo que fuera incluso porque realmente fuese un sueño el que estuviese en ese lugar teniendo otra charla nocturna.
Si tan sólo ella supiera.
—¿La cena no fue suficiente para ti Simykey? —le pregunté sarcásticamente, usando el apodo que papá y yo le habíamos puesto cuando yo todavía era una niña.
¡Claro que no había sido suficiente! Los demonios Caronte jamás lo tenían. Vivían para comer lo que fuese que se les pusiera enfrente y siempre le agregaban una botella completa de salsa BBQ. Desde el día que Simi la había conocido nunca pasaba por alto ponerle un frasco entero a todo lo que se llevaba a la boca, cosa que no le gustaba mucho a Acheron, quien trató de quitarle esa costumbre, pero al verla siendo feliz así, prefirió dejarla ser.
Y por supuesto también amaban las compras.
Aún no comprendía como era posible que mi Padre siguiera siendo rico tomando en cuenta todo lo que ella y Xirena, su hermana consanguínea, compraban.
Hubo muchas veces en el pasado que hasta él mismo se asustaba cuando, por alguna razón, debía entrar a la habitación de Simi en Katoteros, y cuando salía, respiraba tan profundamente, que hasta parecía que hubiese estado aguantando la respiración allí dentro. Y eso sin tomar en cuenta que a veces me parecía ver en sus ojos el deseo de besar el suelo con alivio.
Yo jamás comprendí sus reacciones hasta que no fue que lo viví por mí misma y, después de la terrible experiencia, juré por todos los Dioses del Olimpo y Atlantis, que jamás volvería a entrar si no fuese de vida o muerte.
La condenada criatura vivía literalmente en un mar de colecciones de ropa, accesorios, artículos brillantes y muchas otras chucherías. Su habitación era tan grande y sofocante que, después de haber estado ahí por varios minutos, preferí salir antes de que se me acabara el aire, sin embargo, encontrar la puerta fue prácticamente como buscar una aguja en un pajar. La busqué y busqué sin tener éxito durante una hora, y cuando por fin logré verla, me apresuré hacia ella casi sellándola de un portazo una vez que estuve fuera.
Ahora comprendía el miedo que aquella estancia le provocaba a mi Padre.
—No, no lo fue, ese estofado que hizo akra-Tory sabía muy bien pero no llenó el estómago de la Simi, y si el estómago de la Simi no está satisfecho ella no puede dormir bien —argumentó, frotándose con pesadez su estómago.
Su gesto me dio tanta ternura que no pude evitar reírme silenciosamente.
—¿Y papá dejó que te fueras a dormir así? —le pregunté sorprendida, abriendo mis ojos como platos cuando asintió varias veces. Me costaba trabajo creerlo.
—Bueno, es que Akri llegó muy tarde y la Simi ya no pudo verlo antes de que entrara a su habitación —me respondió.
El escuchar aquello me hizo dar un suspiro de alivio pero al mismo tiempo me preocupó: ¿qué tan cansado pudo haber llegado el Dios Atlante como para no haberse cerciorado de que todos sus hijos estuviesen en casa?
Tan pronto como pensé en aquella pregunta me retracté de ella, era simplemente ridícula.
Él nunca se agotaba.
Desperté de mis pensamientos cuando, de un momento a otro, sentí a Simi moviéndose hacia mí. Mi sexto sentido me había advertido sobre la proximidad de la demonio poniendo al resto de mis sentidos alerta. Debido a mi instinto cazador, todo en mi cuerpo me decía que la atacara y la matara, pero no lo haría.
Jamás la lastimaría.
Tomé una gran bocanada de aire para recuperar el control de mis acciones y después volví a hablar.
—Bien Simi, hagamos algo para que comas y puedas dormir a gusto —le propuse mientras me dirigía hacia la nevera.
Sus rojos ojos brillaron con emoción e hizo un mohín de felicidad.
—¡Akra-Pau sí es de calidad, ella sí consiente mucho a la Simi! —exclamó contenta.
—Bueno, yo lo hago porque te quiero mucho y daría lo que sea por verte feliz, pero siendo sincera contigo, todo aquel que aprecie su vida, aunque fuese un poco, te consentiría sin pensarlo dos veces Simykey —reí.
Y nadie que quisiera vivir una vida larga y feliz le decía "no". Excepto mi papá.
—Oh bueno, ¿qué le vamos a hacer? Cuando la Simi quiere algo es mejor que se lo den, si no la Simi untaría su salsa de BBQ sobre todos para asarlos y luego comérselos, pero la Simi sabe que su akri la regañaría y le diría "no Simi, no puedes comerte a las personas, está mal" y akri es el único que puede decirle "no" a su Simi —comentó.
—Y esa es la razón por la que nadie se atreve a llevarte la contraria, ni siquiera yo, así que sígueme Sims, es hora de que termines tu cena —le dije, esbozando una gran sonrisa. La tomé de la mano y la dirigí hacia el comedor.
—Por eso Simi quiere mucho a su akra-Pau —chilló con emoción.
Me fue imposible no reír ante su reacción tan infantil.
Tal y como lo decía su apodo, ella seguía siendo una bebé súper desarrollada, aunque no era del todo su culpa, entre que los demonios Caronte crecían con bastante lentitud y el que mi Padre la consintiera tanto, ella tardaría mucho más en madurar.
Después de servirle la comida, vi como de su falda sacó una botella de salsa BBQ, derramó una buena cantidad de ella sobre las costillas de cerdo y luego se lanzó sobre ellas como si su vida dependiera de ello.
Me quedé plasmada por la forma en la que Simi comía. No me sorprendería que al final ni siquiera quedara rastro del plato. Suspiré con nerviosismo. Estuve tentada a intentar meter mi mano entre ella y las costillas, pero estaba segura que si lo hacía, ésta desaparecería al instante.
No cabía la menor duda que a mi pequeña demonio le encantaba comer.
Me senté en una de las sillas que estaban al lado derecho de la mesa y la observé con atención, encontraba bastante entretenidos sus muy descuidados modales nocturnos. Si estuviésemos en un restaurante era seguro que no se comportaría así, en primer lugar porque ni siquiera estaría sentada con nosotros en la mesa, ella se descontrolaba bastante cuando se trataba de comida y mi Padre no estaba dispuesto a arriesgarse si no era necesario. El único lugar donde la dejaba comer a la vista de todos era en el Bar El Santuario, ubicado en la Ursulines Street, el cual era precisamente un santuario que ofrecía protección a cualquier criatura sobrenatural sin importar de qué clase o raza fuera, siempre y cuando mantuviera la paz y respetara las reglas del lugar. Y con tantos daimons, apolitas, katagarias, arcadianos, etcétera, Simi nunca resaltaba, excepto por las grandes cantidades de aperitivos que siempre ordenaba.
Mientras continuaba observándola devorar su cena, me pregunté el por qué mi Padre se había ido a dormir sin haberse asegurado que Simi y, por defecto, mis hermanos y yo, estuviésemos en perfectas condiciones. Era raro que, siendo tan paranoico, no se cerciorara de que ella hubiese comido lo suficiente para satisfacer su gran apetito, o que nosotros nos encontráramos sanos y salvos en casa.
No era común en él.
¿Qué le habría pasado? ¿Acaso había llegado mal herido?
¿Era incluso eso posible?
No podía pensar claramente con tantas preguntas que sólo lograban confundirme más y justo en ese momento otra realidad me llegó: Simi no había dormido en el cuerpo de mi papá.
¿Pero por qué?
Ella siempre prefería dormir siendo un tatuaje sobre el torso de Ash, de esa forma estaba más cómoda y descansaba mucho mejor.
En nombre del Olimpo, aquello no era normal.
Antes de seguir inventándome historias preferí preguntarle directamente a Simi.
—Hey Simykey, si no mal recuerdo me dijiste que no viste a papá cuando llegó ¿cierto?, ¿te dijo algo al respecto mi mamá? —le pregunté mientras se llevaba un gran bocado a la boca, después de tragarlo me respondió:
—No, lo único que sabe la Simi es que cuando su akri llegó, akra-Tory se fue con él a su habitación y ya no volvieron a salir, por eso la Simi prefirió irse a dormir a su propia habitación, imaginó que akri y akra-Tory querrían estar solos —me respondió, ingiriendo un gran trozo de carne.
—Es extraño, bueno, yo creí que a ti te gustaba más dormir sobre el torso de mi papá convertida en un tatuaje, así tus alas no se lastiman, ¿por qué no le dijiste nada? —le volví a preguntar con más curiosidad.
Esperé hasta que volviera a tragar antes de que contestara.
—Eso es fácil, la Simi creyó que akri y akra-Tory iban a hacer esas cosas que hacen para tener bebés, tú sabes akra-Pau, eso donde tienes que empujar y sudar, a la Simi no le gustó esa sensación, es mucho trabajo para una minúscula cantidad de placer, la verdad preferiría ir de compras antes que volver a experimentarlo —soltó con tanta naturalidad que, me dejó perpleja.
Puse mis ojos en blanco y mi mandíbula cayó varios centímetros hacia abajo.
¡Por todos los Dioses! ¿Cómo era posible que ella me hablara de ese tema con tanta tranquilidad y sin mostrar pudor alguno?
No podía creerlo.
—Por eso la Simi quiso dormir en su alcoba, no quería estar presente cuando akri y akra-Tory estuviesen uno encima del otro, pujando y…
—¡Wow! ¡Alto Sims! No seas tan explícita, de verdad no necesito saber los detalles, son mis padres y aunque sea algo natural, no quiero pensar en ellos de esa forma, es vergonzoso —la interrumpí, levantando mis manos en señal de rendición mientras sentí como mi cuerpo temblaba de pies a cabeza, seguramente por los nervios que había experimentado al haber imaginado aquella escena. Mi rostro se puso rojo.
—No fue la Simi quien empezó a hablar, akra-Pau me preguntó y yo sólo respondí, la Simi no tiene la culpa —se defendió, moviendo su cabeza hacia los lados.
—Lo siento Simi, para la próxima seré más específica, gracias por la explicación —le sonreí aun con cierto nerviosismo.
Solté un largo suspiro.
Después de la inesperada conversación que tuvimos no volví a articular ni una sola palabra. Preferí aguantarme la curiosidad antes que preguntarle alguna otra cosa, y que como resultado, ella volviese a responder con esa descontrolada sinceridad.
Nota mental: enseñarle a Simi a mentir.
Ok, realmente no lo haría, pero ella de verdad necesitaba controlar un poco más su brutal honestidad. Había cosas que simplemente debían callarse, al menos jamás había metido en problemas a mi papá. Aunque por otra parte ella era a quien yo le tenía más confianza. Si le pedía que guardara algún secreto lo hacía sin pensarlo dos veces y nunca lo diría. Simi era la demonio más confiable y fiel que había conocido en mi vida. Y no querría que fuese de otra manera.
Pasaron veinte minutos hasta que finalmente terminó de comer. Mientras me levantaba de la silla para recoger los trastes sucios observé como pasaba varias veces su lengua por sus labios y dientes limpiándose los restos de salsa BBQ, luego bajó su mirada hacia sus manos y vio que también estaban manchadas de comida. Me di la vuelta para colocar los utensilios de cocina en el lavavajillas y justo cuando regresé hacia ella, vi como se chupaba los dedos con impaciencia.
No pude evitar dibujar una gran sonrisa en mi rostro ante su infantil acción. Esa era mi Simi y jamás cambiaría.
Volví a sentarme a su lado una vez que terminó de "lavarse" las manos. De inmediato noté como su ánimo volvía a ser el de todos los días.
¡Qué los Dioses prohíban que Simi vuelva a quedarse con hambre otra vez!
Una cena más como aquella y dejaría sin carne a todos los establecimientos de la ciudad.
—¿Ya estás satisfecha Sims? —le pregunté con evidente sarcasmo pero luego me arrepentí.
Esperaba que me dijera que no, pero conociéndola, quizás iba a tener que volver a cocinarle otra ronda más.
Respiré silenciosamente deseando que haya pasado por alto mi inoportuna burla.
—Sí, gracias a akra-Pau la Simi ahora podrá dormir feliz —dijo alegremente.
Suspiré aliviada.
—Por nada Simi, me alegra saber que estás feliz otra vez —le sonreí, bostezando con pereza. Había olvidado por completo la hora, seguramente ya sería muy tarde para dormir un poco más. Maldije mi terrible suerte—. Ahora regresaré a mi habitación Simykey, quiero dormir un poco más antes de irme a la escuela, descansa ¿de acuerdo?
—Así lo haré —asintió.
—Adiós —le dije ondeando mi mano.
Después de despedirme de Simi en la cocina avancé a paso lento hacia las escaleras rumbo hacia mi dormitorio. No estaba segura de la hora que era pero lo que sí podía asegurar era la terrible situación en la que me encontraba. Gracias a la pequeña intromisión de Simi había olvidado el gran problema de Bas. Sin duda ese sería un día bastante largo. Le había propuesto trabajar en su nuevo poder en Katoteros no sólo porque ese era el lugar más apropiado para hacerlo, por supuesto esa era una de las razones, pero mi verdadera intención era ir con la abuela y consultar con ella las razones de la repentina evolución de la divinidad de mi hermano. Ciertamente esperaba que ella tuviese una posible respuesta, para de esa forma, poder quitarme los jodidos escalofríos que amenazaban constantemente mi cuerpo.
De cualquier manera no podía ser tan malo…
¿O sí?
Subí las escaleras impacientemente y cuando llegué a mi habitación me dejé caer sobre la cama y, esta vez, antes de que pudiese invocar cualquier pensamiento en mi mente, me quedé profundamente dormida.
Afuera, el viento de la noche continuaba soplando con gran ímpetu chocando alborotadoramente contra mi ventanal, las copas de los árboles danzaban rítmicamente a su compás y la Luna brillaba vigorosamente en lo alto del cielo negro azulado.
Ahí arriba, escondido entre las densas nubes que cobijaban la noche, un cuervo, que volaba pacíficamente sobre la casa, fijó su oscura mirada sobre ella con gran interés. Se dirigió hacia mi balcón, posándose sobre una rama de uno de los árboles que lo cubrían, y durante el resto del amanecer permaneció ahí, observándome a través de mis traslúcidas cortinas, velando mi sueño.
Sus ojos brillaban de un profundo azul turquesa.
~ • ~
Un ruido, que aumentaba segundo tras segundo, comenzó a zumbar perturbadoramente en mis oídos obligándome a abrir dolorosamente los ojos. Jamás me había sentido tan cansada como en ese momento. Esa había sido la peor noche de mi vida, y eso era decir bastante.
Me sentía tan agotada que apenas podía sentir mi cuerpo. Ni siquiera podía levantar mi brazo para callar la jodida alarma del despertador que continuaba sonando como si no hubiese un mañana.
Intenté usar mis poderes para apagarlo hasta que me di cuenta del terrible dolor de cabeza que me provocaba el usarlos. Cada fibra de mi ser me pedía a gritos que me quedara en cama y dejara que mi cuerpo se recuperase por completo. Sentía mis párpados tan pesados, que no podía mantener los ojos abiertos por más de cinco segundos y la luz que entraba por mi ventanal no ayudaba mucho.
¡Maldición! ¿Acaso podría ser peor?
Después de varios intentos fallidos por forzarme a despertar, finalmente sucumbí a los deseos de mi cuerpo. Tenía bien claro que mi voluntad no le ganaría a la suya, y mala suerte para mí porque no me quedaba de otra más que seguir luchando para levantarme. Me concentré profundamente en mi batalla interior, que no me di cuenta de cuando fue que mi madre entró a mi habitación, tomó el despertador para apagarlo y después caminó hacia mí.
—¿Pau, cariño, estás bien? —me preguntó, apoyando su mano sobre mi dorso mientras se sentaba en la cama.
Cuando sentí su tierno toque me estremecí ligeramente, al parecer tanto cansancio me había tensado la parte trasera del cuello y, por lo tanto, también la espalda.
Tory retiró su mano con rapidez.
—Discúlpame akribos, no quise lastimarte, ¿por qué no te has levantado?, ¿estás enferma?, ¿necesitas que le llame al doctor? —continuó preguntando alternamente.
—No te preocupes matera, estoy bien, es sólo que pasé una mala noche —le expliqué antes de que se le cruzara por la mente llevar a cabo su idea, o, en el peor de los casos, que llamara a mi Padre.
Con su inquietud era más que suficiente.
—¿Tuviste otro sueño raro? —soltó con más impaciencia. El tono de su voz era el de una madre realmente preocupada por su hija.
Tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad —y de las pocas energías que tenía— para voltearme sobre la cama, abrir los ojos y enfrentarla. Cuando nuestras miradas se encontraron, sentí como una grácil onda recorrió suavemente mi cuerpo, devolviéndome poco a poco las fuerzas que necesitaba para moverme, y al darme cuenta de lo que había pasado, le sonreí alegremente; ese era el efecto que ella causaba en todos nosotros, al menos en lo que a mí se refiere siempre lograba tranquilizarme sin importar la situación en la que me encontrase. Ella era, para todos, nuestro refugio. Compartíamos un único e indestructible lazo de madre-hija y dudaba seriamente que pudiese tener algo así con alguna otra persona.
Incluso con mi propia madre biológica.
—Más o menos, pero no tienes porque preocuparte, ya se me pasará —le dije con la intención de tranquilizarla.
Ella asintió pero sin quitar su semblante maternal.
—No me gusta verte sufrir así, cada vez que esto pasa siempre te pones tan pálida como un muerto y eso no es normal.
Le dediqué una inocente sonrisa sarcástica.
—¿Y me dices eso ahora, matera?, ¿es que acaso hay algo normal en nuestras vidas? —le pregunté levantando las cejas.
Ella suspiró y luego rió.
—Ya sé que normal no es una palabra que esté en nuestro vocabulario diario, pero hacemos nuestro mayor esfuerzo porque sea así ¿o no? —señaló—, y hablando de normalidad, es mejor que te apresures o llegaremos tarde a la universidad, que seas mitad vampiro y tengas la eternidad por delante no impide que el tiempo siga su curso normal —me sonrió con complicidad mientras se levantaba y emprendía camino hacia la puerta.
—Sí, enseguida estaré lista, por cierto, gracias —le dije antes de que saliera.
Ella se volvió, sorprendida por mis palabras, y posó sus hermosos ojos chocolate en mí exigiendo una respuesta.
Yo también me sorprendí cuando las palabas salieron de mi boca. Quizás por el hecho de que jamás en la vida le había agradecido cuando no había hecho algo por mí antes, pero la verdad era que siempre lo hacía.
Para mí, la vida no tenía ningún sentido debido a lo que era, porque día con día pretendía ser algo que no era, actuando como si no me importara sentirme diferente al resto del mundo cuando en realidad era todo lo contrario. Siempre buscaba la forma de encajar entre la gente e intentaba con todas mis fuerzas ser como cualquier otra persona en el mundo, pero el sólo hecho de darme cuenta que eso jamás podría ser, me hacía sentir patéticamente miserable cada vez que miraba a todas las personas a mi alrededor y llegaba a la misma conclusión de siempre: no importaba cuanta gente me rodadera, al final terminaba sola.
Ese era mi día a día.
Hasta que Tory hacía acto de presencia.
El que ella llegara a mi vida, cuando apenas tenía dos años de edad, lo había cambiado todo. Cada vez que me abrazaba el mundo desaparecía para mí. En sus brazos encontraba la tan anhelada fortaleza de la que carecía y entonces mi mundo volvía a tener sentido. Soteria era quien me ayudaba a darle color y significado incluso a las cosas más insignificantes de mi dura e inexplicable existencia.
Y con el paso de los años, ese gran amor que ambas sentíamos una por la otra, fue haciéndose más y más fuerte, hasta convertirse en el precioso lazo que compartíamos actualmente. No importaba cuándo, dónde, o cómo, ella lograba llenar aquellos vacíos de mi corazón con la ternura y el cariño maternal que jamás había tenido oportunidad de experimentar. Cada vez que me sentía triste o deprimida siempre venía y me contaba historias, con las que lograba apaciguar los demonios que torturaban mi alma, reemplazándolos por risas y alegres momentos que solamente nosotras dos compartíamos, olvidándonos del resto del mundo durante largas horas llenas de diversión.
Todavía recordaba cuando era una niña y me relataba muchas cosas acerca de su vida antes de haberse casado con mi papá, las aventuras que había vivido cuando todavía estaba empeñada en descubrir Atlantis y como había sido durante su propia niñez.
Sus recuerdos favoritos eran los que involucraban a sus papás.
Cada vez que hablaba de ellos podía ver la infinita alegría que le provocaba el poder vivirlos en el presente. El que más le gustaba era cuando los tres pasaban horas y horas bailando y cantando música disco hasta altas horas de la noche. Me había confesado que uno de sus más grandes sueños era el poder vivir esa misma experiencia con sus propios hijos, y como en aquel tiempo, mi hermano Bas todavía era muy pequeño como para hacerlo con él, le encantaba hacer realidad ese sueño conmigo, Simi y papá. Cada sábado, ella hacía sonar "Last Dance" de Donna Summer, que era la misma canción que su madre ponía y la repetíamos miles de veces mientras reíamos, cantábamos y bailábamos hasta caer rendidos de puro cansancio.
Esas habían sido las mejores noches de mi vida y las atesoraba como si fuesen las últimas. Jamás podría agradecerle todo el amor que había invertido en mí.
Ella era mi Madre.
Y nunca me bastaría la eternidad para darle gracias a mi querido Padre por haberla hecho parte de nuestra gran familia.
—¿Y eso por qué? —me preguntó con una ligera sonrisa dibujada en sus labios, logrando que regresara a la realidad.
—Por ser la mejor madre del universo —respondí alegremente.
En ese momento caminó de vuelta hacia mí y me apretó en el abrazo más amoroso que alguna vez me haya dado, y con mis energías totalmente restauradas, pude devolvérselo sin ningún problema.
—Me da gusto saber que ya estás mejor —comentó, mientras se separaba de mí y volvía a mirarme con ternura. Fruncí el ceño antes de contestarle.
—¿Qué?
Ella rió.
—¿A poco creíste que no me había dado cuenta de tu falta de energía? —por la manera que puse mis ojos en blanco supo que me había atrapado—, ¿lo ves?, yo sabía que algo te pasaba, por eso te mandé de mis propias fuerzas.
—¿Cómo lo supiste? —todavía no podía salir de mi estado de shock.
—Soy tu madre, te conozco como la palma de mi mano, bueno, creo que más bien te conozco mejor que la palma de mi mano pero eso es irrelevante, el caso es que para mí eres como un libro abierto, cariño —sonrió.
—¡Ja! Qué chistosa eres —me hice la ofendida.
—No te lo tomes tan apecho mi niña, al menos así tu padre no sospechará nada.
Touché.
—Tienes toda la razón, herista, matera —Gracias, mamá. Respondí en atlante.
Ella hizo una leve inclinación con su cabeza aceptando mi gratitud.
—Ahora arréglate para que bajes a desayunar, tenemos que irnos en una hora —me ordenó mientras volvía a caminar hacia la puerta.
—Sí, eso haré, oye, por cierto, ¿qué le ocurrió a papá anoche?, no es común que no haya venido a verme como de costumbre —le pregunté con curiosidad, obligándola a detenerse y sinceramente esperaba que no fuese tan abierta como lo había sido anteriormente Simi. De sólo pensar en ello nuevamente se me erizaba el vello de la piel.
—No era nada grave, simplemente lo entretuve.
—¿Lo entretuviste?
—Volvamos un poco al "te conozco como la palma de mi mano". Yo sabía que cuando él llegó, tú todavía no estabas en la casa, así que lo distraje para que no sospechara y ya no lo dejé hacer ninguna otra cosa —explicó.
Y como siempre me ocurría con ella, volví a dibujar en mi cara la última expresión de sorpresa que había tenido unos cuantos minutos atrás.
—Quien como tú matera —suspiré.
—Déjame decirte algo mi niña, cuando tú y tus hermanos dan un paso, yo doy cien —rió sarcásticamente.
Justo después de que dijera eso entrecerré mis ojos y le dediqué una mirada de "ja, ja, qué graciosa eres" que ella no dejó de notar y estalló a carcajadas.
—No es gracioso —le dije.
—Eso dices porque tú no puedes ver tu cara —continuó riéndose y luego volvió a apresurarme—, vamos brujilla, no hagamos esperar a la familia.
—Ya voy, ya voy —respondí levantándome efusivamente de la cama.
Una vez que mi madre abandonó mi habitación pude realizar mis tareas matutinas con libertad. Me tomé mi tiempo para bañarme y prepararme para comenzar lo que seguramente sería uno de los días más pesados que tendría. A penas había logrado descansar una hora desde mi involuntaria ronda nocturna y si no hubiese sido por mi madre aún seguiría tumbada sobre la cama sin la fuerza necesaria para levantarme, de modo que tendría que tomarme las cosas con calma antes de que volviera a debilitarme. Si corría con suerte, la visita que tenía planeada para mi abuela me ayudaría a revelar varias de mis dudas.
Tan pronto como estuve lista salí corriendo de mi habitación y bajé las escaleras en dirección a la cocina, donde seguramente ya estaría desayunando mi familia. Atravesé la puerta con serenidad y tal y como sospechaba, todos estaban sentados disfrutando de la comida. Sin embargo no vi a Simi por ningún lado. Eso me extrañó por un instante pero luego pensé que quizás ya había regresado al cuerpo de mi Padre, así que lo dejé pasar. Bas estaba sentado del lado derecho de la mesa y Theron del lado izquierdo justo enfrente de él; entre ambos estaban mi lugar y el de mi madre; a la cabeza se encontraba mi Padre, quien al verme sonrió con ternura.
—Buen día familia —saludé con entusiasmo, dirigiéndome hacia mi lugar entre mi papá y Bas.
—Buenos días dormilona, creí que no te levantarías hoy —comentó Ash, llevándose una taza de café a la boca.
—Para nada, estoy ansiosa por empezar el día —respondí, mientras mordía una rebanada de pan tostado con mermelada de fresa.
—¿Y qué planes tienes para hoy? —me preguntó curioso.
Entonces sentí a Bas tensarse a mi lado. Había dejado de comer y varias gotas de sudor aparecieron en su frente, sabía que estaba nervioso y si no hacía algo pronto, nuestros padres se darían cuenta de que ocultaba algo. Rápidamente, tomé su mano por debajo de la mesa tranquilizándolo, y volví a mirar a mi Padre.
—Es viernes, así que planeo asistir a la escuela y después iré a trabajar, tú sabes, lo normal, ¿tenías algún otro plan en mente? —le pregunté fingiendo interés.
Antes de responder, me miró con una expresión difícil de interpretar; era casi como si quisiera leerme, pero como solía pasar, no consiguió nada. Clavé mi mirada en la suya con tranquilidad y estuvimos así por varios segundos hasta que finalmente me sonrió y regresó a su desayuno.
—No realmente, sólo era curiosidad —dijo, mientras llevaba su mirada hacia cada uno de mis hermanos—. ¿Y ustedes chicos?
Deteniéndose a medio bocado, tanto Bas como Theron levantaron sus mentones hacia él con expresión de sorpresa, quizás preguntándose lo mismo que yo: ¿acaso estaba loco? ¡Por los Dioses! ¡Era viernes! Los tres teníamos que ir a la escuela. ¿Qué rayos le ocurría hoy? ¿Por qué estaba tan distraído?
—Oye solren, ¿estás seguro de que te encuentras bien? —le preguntó Theron—, es que estás algo raro, Pau lo dijo antes, es viernes y debemos ir a la escuela.
—Es cierto, no es común que te ocurran este tipo de cosas —comentó Bas.
Luego de decir aquellas palabras, Tory les lanzó a ambos una mirada de advertencia que no pude pasar por alto. ¡Vaya! Ese día comenzaba a volverse más raro a cada minuto.
Con los ojos cerrados y sin decir una palabra, Acheron hizo su plato a un lado y apoyo sus antebrazos sobre la mesa. Mis hermanos y yo no pudimos evitar sentirnos desorientados por su repentino comportamiento.
Era irreconocible.
Jamás en mi vida lo había visto de esa manera, no era costumbre que él actuara así, a menos que algo malo estuviese pasando o, en su defecto, estuviese a punto de pasar. ¿Acaso nos estaría ocultando algo? La sola pregunta me puso la piel de gallina y todos mis sentidos estuvieron alerta. Posé cautelosamente mi mirada sobre él para intentar obtener alguna respuesta, pero era obvio que no lo conseguiría.
De un momento a otro suspiró con pesadez. Apoyó su mentón sobre sus manos y abrió los ojos. La plata remolinante que los dominaba parecía estar armando un duelo dentro de ellos, implacable e indomable. Tenía la vista fija en la nada. Su rostro estaba contraído en un gesto de dolor y al mismo tiempo de un sosiego difícil de comprender. Nunca en la vida me había sentido tan extraña como en ese instante. Era como si el hombre sentado a mi lado no fuese el Padre amoroso y sobreprotector que conocía.
—Solren, dime la verdad, ¿qué está sucediendo? —le pregunté tratando de calmarlo.
—No es nada, cariño, es sólo que tengo un presentimiento de algo, es todo —respondió.
—¿Tiene que ver con nosotros? Porque si es así quisiera estar enterada para poder estar preparada —le sonreí. Él me devolvió el gesto.
—No te preocupes, no es nada, quizás estoy sintiéndome así porque soy un paranoico, ya me conoces —me tomó una mano y depositó un tierno beso sobre ella.
—Nadie puede culparte, con todo con lo que tenemos que lidiar a diario es normal, la verdad es que estoy sorprendida, Stryker ha estado muy calmado últimamente —comenté y de inmediato pude notar una ligera sombra en sus ojos.
—Tú no tienes que preocuparte por eso, yo tengo ese asunto bajo control, ustedes solamente preocúpense por ser felices —dijo, agarrando la mano de Tory mientras ambos nos sonreían.
Suspiré insatisfecha. Había algo que no me cuadraba del todo pero era mejor no presionar las cosas. Esperaría lo necesario para sacarle la verdad. De cualquier forma, si era algo relacionado con algún nuevo plan de Strykerius no pasaría mucho tiempo antes de que lo descubriera. Ahora más que nunca, deseaba poder llegar pronto con mi abuela; seguro ella ya sabría algo.
—Si tú lo dices —respondí con fingida satisfacción e inmediatamente me dirigí a Tory—. ¿Nos vamos matera? Se hace tarde y lo último que quiero es llegar retrasada a mis clases.
—No es tan tarde ¿o sí?
Con una sonrisa en el rostro, levantó su mano para checar el reloj de su muñeca y cuando vio la hora se llevó la otra mano hacia la boca haciendo un gesto de terror. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no reírme. A veces podía ser tan despistada.
Nadie supo como fue que se levantó de la silla para recoger la mesa, poner los trastes sucios en el lavavajillas y tomar sus cosas. Era la primera vez que la veíamos tan apurada, ni siquiera el Gran Acheron pudo ocultar su cara de asombro. Debía salir cuanto antes del comedor antes de que me echara a reír.
—Tranquila Torimou, estoy seguro que llegarán a tiempo —trató de calmarla pero a ese punto nadie podía hacer nada para lograrlo.
—¡Queridos Dioses! ¡Pero en qué momento pasó esta última hora! ¡Apresúrate Paulina, no quiero que lleguemos tarde! —me gritó, mientras salía por la puerta, diciendo otras cosas que ya no pude entender.
Suspiré con tranquilidad. Mi madre y sus ataques de histeria. Al parecer, mi padre no era el único paranoico en la familia, pero claro, que los Dioses prohíban que lo dijera en voz alta, a menos que quisiera enfrentarme al actual estado de ánimo de Tory, lo cual sería como lanzarme voluntariamente por un acantilado y sinceramente prefería mil veces que Simi me untara salsa BBQ antes que tener que pasar por aquella situación.
Me levanté de la mesa y tomé mis cosas con rapidez. No estaba segura, pero creía que si tardaba un segundo más en reaccionar, Tory volvería por mí y no me repetiría la orden con amabilidad. Claro que jamás había sido grosera con nadie —excepto con Ash pero esa era otra historia— y dudaba mucho que esa fuese a ser la primera vez, pero aún así decidí no tentar mi suerte, ya que ésta era famosa por abandonarme en los momentos cuando más la necesitaba.
—De acuerdo, me voy antes de que esto se ponga peor, los veo en la noche, los quiero.
Me despedí de mi padre y mis hermanos para seguir a mi madre pero, antes de voltearme por completo y encaminarme por la dirección que ella había tomado unos instantes antes, le hice un gesto a Bas para que me siguiera. No tuve que decirlo dos veces cuando de repente lo vi levantarse de la mesa, colocó su plato en el lavavajillas y caminó hacia mí con una asombrosa tranquilidad que me dejó sorprendida. Puse los ojos en blanco y mi mandíbula cayó un centímetro abajo. ¡Dioses! ¡Pero que discreción! Bueno, al menos tendría presente que si algún día se planteaba la posibilidad de estudiar la carrera de actuación tendría la seguridad de que lo haría perfectamente bien.
Cuando llegó hasta mí se detuvo a escasos centímetros y me observó divertido, eso me volvió a descolocar. ¿Y ahora de qué se reía? ¡Se suponía que era yo la relajada ahí, no él, ¿o es qué ya se le había olvidado?! A veces, pero; repito: sólo a veces, me daban ganas de ahorcarlo.
—Cierra la boca, Pau, o se te caerá la baba —rió con esa sonrisa tan típica de él.
Sí, ahí estaba el Bas que conocía. Perfecto, indomable, carismático, risueño y lleno de vida. Era la perfecta combinación entre los rasgos masculinos de Acheron con el carácter tranquilo y tenaz de Soteria, mientras que Theron era el retrato masculino de ella con el carácter dominante y seguro de él.
Simi, Kat y yo éramos aparte.
—Que gracioso, Bas, te crees muy listo —me defendí.
—Para nada hermanita, pero debes admitir que, de los dos, yo soy el mejor disimulando las cosas, por la cara que tenías bien podrías haberte delatado a ti misma y papá te hubiese sometido al interrogatorio del que nos salvamos en la madrugada —comentó, formando una pequeña sonrisa victoriosa con sus labios.
Como era costumbre, tenía toda la razón. ¡Genial! Atrapada por mi propio hermano, ¿así o más ridículo?
—Algún día, Bas, algún día —lo amenacé pero él continuó sonriendo. ¡Demonios! Debía aprender técnicas de persuasión urgentemente.
—Basta, Pau, ya en serio, ¿qué tienes planeado? —me preguntó con un semblante más serio.
Sí. No cabía duda. Actuación era la carrera indicada para él.
—YO —hice énfasis— estaba hablando en serio desde el principio, tú eres quien trajo el sarcasmo a la conversión, no tienes remedio —me quejé.
—Eso es porque eres adorable cuando haces pucheros y además me gusta molestarte, ¿qué clase de hermano sería si no te molestara? —agregó volviendo a su vieja sonrisa.
¡Esto era el colmo!
—De hecho serías uno muy bueno, créeme —respondí sarcásticamente.
—Sí claro, como si tú me quisieras de esa manera, acéptalo, me amas —dijo y mientras pronunciaba las dos últimas palabras, se me acercó lo suficiente para comenzar a hacerme cosquillas. No pude evitar comenzar a reírme.
—¡Basta ya! ¡Lo digo en serio Sebastos Eudorus! —le ordené tratando de zafarme de sus brazos. Obvio fallé.
—Primero di que me amas —continuó torturándome.
—¡No lo haré! ¡Suéltame canijo chiquillo! —chillé.
—¡Dilo! —me ordenó aumentando su ataque, obligándome a reír todavía más fuerte.
Su risa y la mía hacían un terrible eco en el recibidor que me hizo creer que toda la familia iría para ver el alboroto que estábamos provocando.
—¡Ay! ¡Detente Bas! ¡Está bien, está bien, lo diré! ¡Te quiero! ¡Te amo! —finalmente sucumbí y él soltó ligeramente su agarre, pero lo mantuvo lo suficiente para no dejarme caer.
Joder, nunca había sido buena con las cosquillas. Menos mal esta vez sólo había sido él.
Poco a poco fui recuperando el aliento y el control de mi cuerpo. Di un fuerte respiro cuando me sentí mejor. ¿Pero en qué rayos estaba pensando? Yo peleando contra mi hermano. ¡Era una locura! Él medía veinte centímetros más que yo y estaba tan bien formado a sus escasos dieciocho años que sinceramente no tenía posibilidad contra su fuerza, y obviamente no usaría ni mi magia ni mi yo vampiro para atacarlo. En esa pelea siempre estaba destinada a ser la perdedora, incluso ya me había resignado a ese hecho.
—Esta vez te excediste —las palabras salieron de mi garganta como un ligero silbido. El aire apenas estaba regresando a mis pulmones.
—Debiste recordar que yo siempre gano nuestros rounds, si no te hubieses negado a decirme que me querías, te hubieses ahorrado el dolor de estómago —respondió.
—Eres un tonto, ¿lo sabías?, sabes bien que te quiero con todo mi corazón, lo que querías era torturarme como siempre —dije con mejor tono de voz.
—Lo siento, no puedo evitarlo, me gusta verte reír, por eso a Theron y a mí nos da por hacerte cosquillas —comentó volviendo a tomar una postura serena.
—En ese caso mejor cuéntenme chistes, es menos doloroso —le sugerí con obvio sarcasmo.
—Pero así no tendría caso porque no nos divertiríamos todos —dijo una voz que provino del corredor que daba hacia la cocina y el comedor.
Tanto Bas como yo nos volteamos hacia esa dirección y de inmediato vimos a Theron entrar a la habitación. Al parecer había escuchado la última parte de nuestra conversación.
O al menos eso esperaba.
Con un metro ochenta de estatura, moreno, de cabello rizado, cuerpo bien torneado, sonrisa envidiable y con esos ojos de plata remolinante que caracterizaban a nuestra familia, Theron Styxx, un rompecorazones de dieciséis años de edad, era todo lo que un chico en plena madurez deseaba ser: guapo, buen mozo, con una personalidad atractiva y todo un Casanova. Por otro lado Bas era otra historia… Rubio y lacio, él medía un metro ochenta y tres, tenía su cuerpo un tanto más tonificado gracias a su edad, compartía la misma sonrisa coqueta de Theron al igual que los ojos plateados y con su terriblemente seductora personalidad ponía el mundo a sus pies. Ambos eran los Amos de la sociedad y sobra decir que eran los adolescentes solteros más codiciados de ésta.
Vaya suerte que tenían por ser hijos de un Dios Atlante, la herencia sí que pegaba fuerte.
En un acto de reflejo, Bas y yo volteamos a vernos el uno al otro y al fin pude notar una pequeña señal de nerviosismo en su rostro. En ese momento quise dejarlo solo para que afrontara su miedo, pero mi carácter piadoso y mi instinto fraternal me hicieron quedarme a su lado para apoyarlo.
—¿Qué sucede Theron? —le pregunté, ignorando su comentario anterior.
—Sólo decía, que no sería divertido contarte chistes para hacerte reír, es mejor cuando Bas y yo nos unimos y te declaramos guerra de cosquillas —alegó.
Negué con la cabeza. ¡Dioses del Olimpo! ¡Otro insoportable!
—Así que ¿escuchaste nuestra charla? —le pregunté, tentando el terreno. Debía saber cuanto había escuchado. No era que Bas o yo no confiáramos en él, pero antes de contarle algo, debíamos estar seguros de lo que estaba pasando.
—Pues no sé si habían estado hablando antes de que empezaras a gritar como una loca desquiciada diciéndole a Bas que te dejara en paz, así que se puede decir que sólo escuché a partir de ahí —confesó.
DISCULPA, ¡¿QUÉ?!, ¡¿CÓMO UNA LOCA DESQUICIADA?!, ¡THERON STYXX!, ¡¿DE DÓNDE HAS SACADO ESE VOCABULARIO?!
—Tuve que venir a detenerlos antes de que papá o mamá se dieran cuenta —soltó y después posó su mirada directamente en mí—. Por cierto, ella ya te está esperando en el auto, me dijo que te dijera que si no sales ahora mismo entrará por ti y no será una linda escena entre madre e hija.
¡Oh vaya! ¡Perfecto! Ahora no eran solamente mis hermanos quienes me atormentaban, sino que hasta mi propia madre se ponía en mi contra.
¡Condenada suerte la mía!
—Está bien, dile que ya voy —le pedí.
Theron me dedicó una de sus irresistibles sonrisas y, haciendo una burlona reverencia, salió del recibidor en dirección hacia la cochera. Cuando lo vi desaparecer suspiré con alivio. Bas me secundó. De inmediato volví a concentrarme en él.
—¿Entonces qué haremos?, ¿qué plan tienes?, porque tienes un plan ¿cierto? —me preguntó aún nervioso. Era claro que no había podido calmarse del todo.
—Iremos a Katoteros en cuanto salgamos de la escuela, encuéntrame a la una justo en la entrada de la universidad, tengo que estar en el trabajo a las cuatro y no puedo llegar tarde, estoy segura que lograremos dominar tu nuevo poder en ese tiempo y hasta nos sobrará lo suficiente para ir a ver a la abuela —le dije. Él asintió.
—De acuerdo, confío en ti, Pau —suspiró.
—Jamás te defraudaría, Bas —coloqué mi mano derecha en su hombro derecho consolándolo.
Era increíble como aquel chico, fuerte e imponente, se mostrara a veces tan frágil como ahora. En esos momentos era cuando recordaba que apenas tenía dieciocho años y aún le quedaba mucho por vivir.
—Bien, te veo a la una, mientras tanto cuídate ¿ok? —le sonreí.
—Eso haré, gracias hermana, eres la mejor, por eso te quiero —respondió, esta vez fue una respuesta sincera. Cero sarcasmo, cero bromas.
—Y yo a ti pequeño diablillo —lo abracé fuertemente contra mí—. Te cargaría pero no quiero quedarme inválida así que ahí lo dejamos —bromeé.
—¿En serio? ¿Ahora quieres jugar? Jamás voy a entenderte —hizo un mohín de niño chiquito.
Aww Bas, deberías hacer eso más seguido.
—Alguien dijo una vez: "a las mujeres no hay que entenderlas, sólo amarlas". ¿Te doy un pequeño consejo de hermana mayor? Hazle caso —le dije y él me miró arqueando una ceja, no muy conforme con mi respuesta—. Ya me voy, pequeño demonio, no quiero que mamá venga y grite como una "loca desquiciada" —dije alzando mis manos en el aire y formando unas comillas citando a Theron. Él rió con ganas. Vaya, ya era hora.
—Entonces creo que te veré a la una, brujilla —se despidió de mí con otro abrazo más natural y menos forzado.
—Hasta entonces, pitufo número uno —reí mientras me encaminaba hacia la cochera.
—¡Hey! ¡Eso fue un golpe bajo! —me recriminó pero yo continué mi camino y fingí no hacerle caso.
Escuché el claxon del auto de mi madre aún antes de abrir la puerta. No imaginaba lo desesperada que pudiese estar. Mínimo había perdido quince minutos con la conversación entre Bas y yo y seguramente mi retraso la tendría todavía más histérica. Preferí no arriesgarme y me metí al coche con rapidez una vez que llegué a él. Ya me había despedido de mi Padre anteriormente y ahora sí podía partir con tranquilidad a la escuela.
—Tardaste demasiado Paulina —me regañó Tory—. No importa que seas la princesa de la casa, no toleraré una segunda vez, ¿está claro? —yo asentí con nerviosismo—, ponte el cinturón.
Obedecí. Y en cuanto estuvimos listas emprendimos camino hacia la Universidad.
No tenía la costumbre de mirar hacia la casa una vez que ésta quedaba atrás, ni mucho menos voltear hacia donde estaba mi habitación pero esta vez, por alguna extraña razón, algo en mí me obligó a hacerlo y justo cuando fijé mi mirada en el barandal de mi balcón, vi un ave negra que observaba con gran interés el auto.
Era un cuervo.
Y tenía los ojos de un extraño color azul turquesa.
~ • ~
El día no había empezado muy bien para mí.
Bastaba recordar la terrible madrugada que había tenido. De no ser porque mi madre me había brindado algo de su energía, ni siquiera tendría las fuerzas suficientes para caminar, o mejor dicho, deambular por los pasillos de la escuela. Gracias a su gesto maternal tan usual en ella, podía mover mi cuerpo pero eso no me garantizaba que me vería decente, y después de haberme visto en el espejo del baño pude comprobarlo. A pesar de todos mis intentos por dominar mi cabello rebelde y tapar mis notorias ojeras, no logré gran cosa. No tuve otra opción más que dejarlo por la paz. Sólo esperaba no toparme con algún caza-zombies ese día.
Al menos la mañana había sido mejor.
Y con un poco de suerte continuaría mejorando.
Después de abrir mi casillero, saqué los libros que ocuparía para las dos primeras clases que tendría: Oceanografía y Microbiología; luego, gozaría de un pequeño descanso para, posteriormente, finalizar con la última que sería Botánica Marina.
Luego me encontraría con Bas.
Cerré mi casillero cuando logré organizar mis cosas y me encaminé con paso solemne hacia el aula de Oceanografía, mi materia favorita. Entré al salón y me tomé mi tiempo para llegar hasta mi silla. Justo cuando me senté, mi amiga Yadira, quien estudiaba Contabilidad, entró al lugar con gran velocidad y se sentó enfrente de mí mostrándome una sonrisa de oreja a oreja. ¿Y ahora qué le pasa? me pregunté.
—¡Buenos días! —me saludó entusiasmada.
—Buenos días —respondí un poco cohibida. No era normal ver aquella expresión en su rostro. ¿Qué pulga le había picado?
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Mas o menos, no pude dormir bien —contesté, soltando un ligero suspiro.
—Sí, se ve que te desvelaste —comentó mientras se acercaba hacia mí, mirándome con sumo interés.
A esa distancia, pude notar los finos rasgos de su rostro, sobre todo, aquellos grandes ojos marrones de los que tanto hablaba Bas, y no entendía por qué.
Tuve que apartarme un poco para recuperar mi espacio personal. Ella me sonrió.
—Pero no te preocupes, no se nota mucho si te ven de lejos —señaló.
Tuve ganas de reír pero me aguanté. Ella sí que sabía como hacerme sentir mejor usando el sarcasmo.
—Me alegra saberlo —le devolví la sonrisa.
—¿No hubiese sido mejor que te quedaras en casa? Digo, para que descansaras.
—No, si lo hubiera hecho, mi padre estaría sobre mí todo el tiempo, ya lo conoces —le dije con cansancio—, además, Bas me pidió que lo ayudara con algunas cosas —entonces vi como su mirada se iluminó y amplió más su sonrisa. Aquello me erizo el vello de la piel— así que… preferí venir así, no te preocupes, no es la gran cosa, cuando llegue a casa dormiré hasta que no pueda más.
—Me parece muy bien, y… acerca de lo otro… ¿en qué ayudarás a Bas?
Me preguntó con mucho más interés del que había mostrado cuando le dije que no había dormido bien. Su reacción me descolocó por unos instantes y no pude evitar preguntarme el por qué le interesaría saber algo como eso.
—Cosas de familia, tú sabes, es un Dios Atlante que sabe domar perfectamente su vida social pero que es pésimo en hacerlo cuando se trata de su divinidad —le susurré.
Ella rió mientras sacudía su cabeza de un lado a otro como diciendo "este niño jamás cambiará", y eso me hizo reír a mí también.
De todas las personas que conocía, Yadira era una de las pocas en quienes confiaba con los ojos cerrados. A pesar que la mayoría del resto de mis amigos también conocía ese otro lado de mí, al que ellos le decían "el lado obscuro", no podía arriesgarme a decirles todo y luego enterarme que el secreto de mi familia se anduviera esparciendo como un teléfono descompuesto por todo el lugar, y con mi madre trabajando en el departamento de antropología justo ahí mismo… bueno, me basta con decir que aquello no tendría un final feliz.
Así que, tanto ella, como Yubraska —o Yubi, como solíamos decirle—, Cristina, Elizabeth, Claudia, Oscar, Daniel y Jesse eran los únicos que sabían con más detalle lo que ocurría en mi "lado obscuro".
—Ya veo —dijo después de un rato—. Tú estate tranquila, Pau. Es sólo un chico en plena adolescencia, no vayas a ser muy dura con él —me pidió, pero a mí me pareció más como una súplica.
Ella se sonrojó intensamente cuando notó que le puse los ojos en blanco.
Espera un minuto… ¡QUÉ!
¡En nombre del Olimpo! ¿Era mi imaginación o Yadira, mi amiga, había abogado por mi hermano, Bas?
W-O-W.
Parpadeé cuatro veces seguidas antes que pudiera generar alguna idea nueva en mi mente. En ese momento comencé a repasar lo poco que había hecho durante esa mañana para cerciorarme que no había cometido algo indebido. Estaba jodidamente segura que en algún momento me había perdido algo. En lugar que mi día fuese mejorando como lo había planeado, ahora resultaba que estaba tomando un rumbo completamente diferente. Iba por las vías de la rareza y lamentablemente no sabía qué otra cosa podría pasar si continuaba por ahí.
—¿Disculpa? —inquirí con voz sofocada.
Ella me miró divertida, aún con sus mejillas ligeramente rojizas.
—Lo siento, no quise ser indecorosa, sólo intentaba defenderlo un poco —se disculpó, bajando la cabeza.
Ahí estaba de nuevo el color rojo apoderándose de su rostro. Me tomé unos segundos antes de responder.
—Jamás lo trataría mal Yadiz, amo a ese chiquillo como no te das una idea; a pesar de todas las travesuras que él y Theron me hacen, eso jamás cambiará —suspiré cerrando los ojos.
De repente, ella pareció más relajada. Y daba gracias a los Dioses, porque la vena de su yugular por fin se había apaciguado: había comenzado a bombear su sangre con mucho ímpetu, haciendo que se le hinchara levemente la piel, y ese hecho me había estado tentando a probarla. No podía creer como había sido capaz de haber luchado contra el instinto depredador que sentí cuando mis colmillos me habían rogado que los dejara salir para hundirse en la tersa piel de mi amiga.
¡Joder! ¿Es qué acaso las clases no podían empezar ya?
Era urgente que la alejara de mí cuanto antes, de otra forma daría un espectáculo digno de Halloween.
En ese momento tomé la decisión de no volver a salir de casa si no me sentía lo suficientemente fuerte para controlar mi lado obscuro. Ese error casi le había costado la vida a ella, y a mí ser expuesta ante los ojos humanos, que no tenían consciencia de toda la maldad que los rodeaba.
Con una terrible sensación de quemazón que se apoderó de mi garganta, me obligué a alejar la vista de su cuello y me concentré en sus ojos. Sólo el recuerdo de escucharla hablar de Bas como si fuese la octava maravilla del mundo, logró calmar al demonio que moría por salir de mi interior.
Eso es Paulina, aguanta un poco más.
Yadira estuvo a punto de abrir la boca para decir algo más pero en ese instante, la profesora Cousteau entró al aula, con paso decidido hacia su escritorio, y ella no tuvo otra opción más que despedirse de mí y salir del salón, su carrera era Contabilidad, no Biología Marina. "No maltrates a Bas" formó la oración sin usar su voz una vez que estuvo fuera, pero la comprendí tan fuerte y claro como si la hubiese pronunciado.
Sólo cuando desapareció, pude volver a respirar tranquila.
~ • ~
Las clases pasaron volando y por fin había llegado el momento de tomar un descanso. Después de esa hora solamente me faltaría la clase de Botánica Marina para terminar la escuela y reunirme con Bas en la entrada del campus. Mientras tanto, esperaba que no se metiese en problemas.
Antes de ir a la cafetería para almorzar, pasé unos minutos al baño para mojarme el rostro, y la serenidad que sentí cuando el agua tocó mi piel fue la misma que experimenté durante la madrugada. Me tomé mi tiempo para volver a enjuagarme dos veces más hasta que literalmente me entregué por completo a la refrescante sensación que surgía en mi interior. Podía sentirlo: estaba recuperando mis energías. No del todo, pero al menos sí la mayoría. Por un momento creí que había rejuvenecido al menos las horas que no había dormido.
Suspiré profundamente saboreando la dulce paz que me había absorbido por completo. Poco a poco mi alma comenzó a desprenderse de mi cuerpo y esto obligó a mis yos internos a convivir en armonía. Era curioso, ya que eso solamente me ocurría cuando estaba segura que estaba completamente sola y, usualmente, estaría dentro de algún estanque de agua. El cual, evidentemente, no era el caso.
Con lentitud, me obligué a poner los pies nuevamente sobre la tierra. No era el mejor momento de sumergirme en un sueño reparador, quizás si estuviese en mi casa lo haría, pero ese lugar era la escuela, y no me arriesgaría a que alguien me descubriera en pleno acto y sacara a la luz mi secreto.
Era lo último que necesitaba.
Fui abriendo mis ojos perezosamente para que se fueran acostumbrando nuevamente a la luz del día y, cuando finalmente los abrí por completo, me quedé petrificada: justo enfrente de mí estaban mi amigas Yubi y Cris; mirándome con los ojos bien abiertos y cada una esbozaba una gran sonrisa.
¡Por el Gran Apostolos! Casi sentí que moriría de un infarto.
Solté una maldición en mi mente por mi estúpido descuido. ¿En qué diablos había estado pensando cuando me dejé llevar justo en ese lugar? Bueno, por lo menos habían sido ellas dos quienes me habían atrapado.
Esta vez, la suerte había estado de mi lado.
—Oye Pau, no soy experta en esto de tu "lado obscuro" pero ¿qué no se supone que debería ser un secreto? —me preguntó Yubi con tono de burla.
—Ja, ja. Qué graciosa Yubraska —la reprendí con los ojos entrecerrados. Ella volvió a reír.
—Bueno, tú dinos, nosotros guardamos tu secreto porque así nos lo pediste, pero si vas a empezar a revelarte por ti misma al menos podemos ayudarte, ya sabes, los amigos estamos tanto en las buenas como en las malas —rió Cris, igual de divertida que Yubi.
Les dediqué a ambas una mirada de advertencia, la cual decidieron ignorar y continuaron con sus burlas.
—Hum, si éstas son amigas ¿para qué quiero enemigas? —murmuré para mí, pero ambas lograron escucharme y convirtieron sus risas en carcajadas— ¿Acaso no tienen otra cosa que hacer más que burlarse de mí? —les inquirí con severidad.
—De hecho sí, es hora del descanso y queríamos almorzar todos juntos, lo normal de todos los días —comentó Cris, encogiéndose de hombros.
—Vinimos a buscarte para que te nos unieras, Yadira ya se encuentra en la cafetería con el resto, pero si prefieres quedarte aquí y seguir con tu ritual de meditación te dejaremos sola, aunque te recomiendo que esta vez sí le pongas el seguro a la puerta —dijo Yubi sin poder quitar aún su gesto burlón.
Suspiré con cansancio. Vaya amigas que tenía, aunque la realidad era que estaba sumamente agradecida por tenerlas en mi vida. Ellas, Yadira y el resto de nuestro grupo eran mi segunda familia. Y sin su apoyo durante los últimos años habría estado perdida.
Las miré fijamente hasta que por fin detuvieron sus bromas y pude contestarles:
—Ok, vamos, de todos modos no tengo nada mejor que hacer —dije rendida.
Ambas volvieron a sonreír y mientras Cris abría la puerta del baño, Yubi enredó su brazo derecho con el mío y nos sacó de ahí. Cris salió inmediatamente después y también me tomó del brazo que tenía libre.
¡Dioses queridos! Parecía como si me estuviesen secuestrando.
A los pocos minutos llegamos a la cafetería, que en esos momentos parecía más un campo de batalla que un lugar para comer y descansar.
Yubi señaló hacia el lado izquierdo del área y comenzamos a caminar hacia ese lugar. No sabía hacia donde me estaban conduciendo, pero cuando logré visualizar la mano de Claudia alzándose sobre la multitud, mostrándonos donde se encontraba, caminé directamente hacia ella sin detenerme hasta llegar ahí.
Yubi y Cris venían justo detrás de mí.
—Buenos días, Pau, te ves fatal —saludó Jesse a modo de burla.
¡Genial! Al parecer hoy era el día de "molestemos a Paulina".
—Buenos días, chicos —devolví el saludo, ignorando su sarcasmo, y me senté justo entre Yadira y Liz.
—¿Estás bien? Parece como si te hubiera arrollado un autobús —dijo Claudia.
Casi creí que ella también estaba tratando de encontrarle el lado gracioso a mi situación, pero el tono de su voz me demostró que estaba realmente interesada. Eso me hizo sentir bien.
—No te preocupes, Sol, estoy bien, no pasé buena noche pero nada que una buena siesta no pueda arreglar —respondí.
—Sí, Yadira ya nos contó.
De repente me volví hacia la adulada y le clavé la mirada con seriedad.
—No te enfades ¿sí?, ellos son nuestros amigos y creí que deberían saberlo —se defendió.
Cerré mis ojos y sacudí mi cabeza de un lado a otro.
Ay Yadiz.
La verdad era que no me sorprendía nada aquello, era algo normal que nos contáramos los secretos de otros siempre y cuando quedaran en nuestro grupo, pero aún así me hubiese gustado que esperara a que yo se los dijera.
—No pasa nada, no te estoy regañando, pero para la próxima déjame ser yo quien cuente mis cosas ¿sí? —le pedí.
—Anotado —respondió, regresando a su antiguo estado de ánimo.
Todos guardamos silencio unos segundos. El único sonido que hubo durante ese lapso de tiempo fue cuando Daniel y Jesse destaparon sus botellas de refresco.
—Bueno, ¿y entonces qué pasó?, ¿por qué no dormiste bien? —me preguntó Oscar, mirándome a los ojos inquisitivamente.
Justo después de esa pregunta, todos fijaron sus miradas en mí, esperando una respuesta. De pronto, sentí el ambiente más pesado y el aire comenzó a faltar en mis pulmones. En ese momento se me ocurrió la loca idea de que quizá todos ellos se habían equivocado de carrera y que más bien deberían haberse matriculado en Criminología, estaba condenadamente segura que serían muy buenos en ello.
Solté un corto suspiro y luego me enfrente a todas y cada una de las miradas curiosas que mis amigos me lanzaban. Todos intrigados por lo que pudiera decirles. Sólo los Dioses saben de donde logré sacar el valor suficiente para contarles lo que había pasado.
—Tuve otra visión —confesé bajando el volumen de mi voz.
Todo mundo enmudeció. Al parece esperaban cualquier cosa menos eso.
Observé cuidadosamente cada unas de las expresiones que habían adoptado sus rostros. Liz, Claudia y Oscar tenían los ojos tan abiertos que prácticamente podía verles perfectamente el iris y las líneas de expresión en sus frentes, Daniel, Jesse y Cris no tenían sus ojos tan exageradamente abiertos, pero la distancia a la que habían caído sus mandíbulas decía más que mil palabras y en cuanto a Yadiz y Yubi, bueno, ellas me miraban como diciendo "¡oh no!, aquí vamos otra vez".
Todos permanecían totalmente congelados en sus lugares.
—¿Hablas en serio? —preguntó Liz, saliendo de su trance.
La miré con una expresión de "¿tú qué crees?".
—¿Acaso me crees capaz de mentir con algo así desde…? —hice un pausa para alejar el pensamiento que luchaba por volver a mi mente. No era el momento de traer malos recuerdos, esta vez, no era el caso. No lo permitiría—. Jamás les he inventado cosas, ¿por qué lo haría ahora? —dije con tono desafiante.
—Lo siento pero es que… ha pasado ya tanto tiempo desde aquella vez —se disculpó pero su mirada perdida me decía que estaba pensando precisamente en esa ocasión. Y cuando volví mi vista hacia los demás comprobé que ellos también lo estaban haciendo.
Dos años ya…
Y la cicatriz que aún quedaba de aquella aterradora experiencia continuaba abriéndose a pesar del tiempo.
Aún podía recordarlo como si hubiese sido ayer. Todos estábamos contentos porque nos iríamos de viaje a Australia con motivo de celebrar nuestra graduación del High School. En aquel tiempo nuestro grupo estaba conformado por nosotros mismos y Jaime, a quien considerábamos como el alma de nuestra tropa. Era un chico honesto, solidario, comprensible y de buen corazón.
Y por eso lo habíamos llamado El Delfín, porque como el animal, era de espíritu libre.
Éramos los mejores amigos. No había ni un sólo secreto entre nosotros. Con ellos siempre me sentía en casa; sin importar en donde estuviésemos.
Habíamos llegado a la hermosa ciudad de Sydney con la enorme esperanza de crear recuerdos y vivir la mejor época de nuestras vidas. Teníamos todo cuidadosamente planeado y no había nada que pudiese arruinarnos la experiencia.
O al menos eso creíamos.
Estuvimos disfrutando del sol y del mar durante tres días sin descanso, pero al cuarto decidimos ir de excursión. Habíamos rentado un bote y nos fuimos a recorrer los ríos más cercanos a los que tuvimos acceso. La habíamos estado pasando tan bien que había olvidado toda la presión que cargaba sobre mis hombros, junto con mis defectos.
Y después de la primera noche a bordo del bote todo cambió.
Durante aquellos días había estado teniendo pequeños destellos de una visión que, trágicamente, había estado ignorando. Decidí no estropearle las vacaciones a nadie e ignoré la visión.
Qué gran equivocación.
Al día siguiente nos habían informado por la radio que una gran tormenta se avecinaba sobre las costas cercanas a Sydney y que nos sugerían que regresáramos lo más pronto posible a tierra firme. En aquel tiempo estábamos tan acostumbrados a tomarnos las cosas tan a la ligera, que decidimos no hacer caso de las advertencias y, estúpidamente, nos embarcamos en la que sería la peor experiencia que viviríamos en nuestras vidas.
Votamos por enfrentarnos a la tormenta.
Estábamos tan ansiosos por sentir algo de adrenalina que no nos dimos cuenta cuando fue que la tormenta nos atrapó en un torbellino marino y revolcó el bote lazándonos fuera de él. Todos caímos al agua y lo peor de todo era que nos encontrábamos en mar abierto.
Fue entonces que me di cuenta de lo estúpida que había sido por haber ignorado mi "inocente" visión. En ella me había visto convirtiéndome en sirena para ayudar a mis amigos a salir del agua. Tontamente creí que solamente se trataba de un juego en el que les mostraba mis poderes marinos y jugábamos infantilmente en el mar. Nunca me pasó por la mente que se trataría de una emergencia.
Tal y como lo había visto, me convertí en una criatura marina y fui auxiliando a mis amigos uno por uno, los envolví en una burbuja de aire para que flotaran sobre la superficie y justo cuando me lancé nuevamente hacia el fondo del mar para ir por Jaime, un tornado nos jaló hacia él, haciéndonos volar en círculos, lo último que pudimos ver del bote fue como el remolino se lo tragaba entero… y a nuestro amado amigo con él.
Después de aquella tragedia, el equipo de búsqueda que mandaron del hotel logró recuperar algunas de nuestras pertenencias, sin embargo, nunca encontraron el cuerpo de Jaime.
Según lo que nos dijeron, cuando el bote llegó al fondo, se destruyó completamente y no había forma de que hubiese podido sobrevivir.
Al final del día, el equipo de búsqueda lo dio por muerto y se retiró. Nosotros no quisimos darnos por vencidos y continuamos la búsqueda. Yo por mar y el resto del grupo lo hizo por tierra pero después de dos días no tuvimos otra opción más que aceptar que Jaime, nuestro querido amigo, se había ido.
Posteriormente a lo ocurrido, les conté a mis amigos acerca de la visión que había estado teniendo y del terrible error que había cometido al haberla ignorado.
Al principio todos creyeron que yo había sido la culpable de la muerte de Jaime por no haber mencionado nada al respecto anteriormente, y la verdad no los culpaba, hasta yo misma había creído que quizás esa había sido una señal de advertencia para mí, diciéndome que si continuaba intentando ser algo que no era al mezclarme con simples humanos, les traería más desgracias y luego de lo que pasó decidí que lo mejor sería tomar distancia. No quería volver a ser la causante de otro accidente. No podría soportar que alguno de mis amigos pasara por lo mismo y que fuese nuevamente mi culpa.
Antes moriría.
En fin, aquel viaje terminó siendo la peor experiencia de mi vida. Había perdido un amigo y el resto de ellos no querían dirigirme la palabra nunca más. Por eso decidí que lo mejor sería irme y dejarlos en paz. Recogí mis cosas del hotel y me fui directo al aeropuerto. No me despediría de ninguno, de todos modos no creía que les importase mucho, sin embargo, justo en el momento en que estuve a punto de abordar el avión de regreso a casa, todos aparecieron ante mí: se disculparon y me dijeron que después de haberlo analizado mejor, se habían dado cuenta que no había sido mi culpa, que los accidentes pasaban todos los días y no todas las personas tenían súper poderes para verlos venir. Ellos siempre me habían visto como una chica más del montón y que, a pesar de ser diferente, eso no me hacía responsable de todo lo ocurrido.
Fuimos todos los que estuvimos de acuerdo en aventurarnos hacia la tormenta, y ahora éramos todos los responsables de aquella fatal situación.
Recordar la muerte de Jaime siempre había sido el Talón de Aquiles de nuestro grupo. Jamás lo superamos a pesar de todos los intentos que hicimos por hacerlo, las terapias no habían funcionado y siempre parecía que aún estuviésemos atravesando el duelo.
—No hablemos de ese tema ¿sí? —sugirió Yubi, estaba temblando—. No creo poder sobrevivir a esa conversación.
—La apoyo ciento por ciento, yo tampoco quiero revivir ese pasado —señaló Claudia.
El resto de nosotros asentimos.
Ninguno queríamos hacerlo.
—Bueno, entonces cambiemos el tema —dijo Daniel, dirigiéndose nuevamente a mí—. ¿Y de qué trata esta nueva visión tuya?
—No es nada importante —respondí bajando la cabeza. Todos voltearon a verme no muy conformes con mi respuesta.
—No te atrevas a decirnos eso, la última vez que lo dijiste uno de nosotros murió, así que no digas que no tiene importancia —me reclamó sumamente molesto.
Todos asintieron dándole la razón.
—No me refiero a eso —levanté mis brazos en señal de rendición—. Lo que quiero decir es que ninguno de ustedes está presente, así que eso me deja más tranquila. Solamente soy yo y unos cuantos daimons, además no hay de qué preocuparse, los mato a todos —les conté, suprimiendo voluntariamente el resto de la visión. No quería preocuparlos con el misterioso sujeto que aparecía al final.
El ambiente se relajó al instante.
—Está bien, pero prométenos que no vas a arriesgar tu vida innecesariamente —me pidió Cris con una mirada de preocupación.
—No te preocupes, no lo haré —le aseguré, y después de eso nos concentramos en almorzar y en hablar de otros temas menos complicados que mi vida.
Afuera del edificio, escondido entre los árboles, el cuervo con aquellos extraños ojos azules, me miraba con atención.
En ese instante él se convirtió en el cazador, y yo en su presa.
~ • ~
El timbre de la escuela sonó anunciando el final de las clases y eso sólo podía significar una cosa: era momento de encontrarme con Bas.
Después de haberme despedido de mis amigos, y de un mini interrogatorio de parte de Yadira, ella y yo nos encaminamos hacia la salida de la universidad donde había quedado de encontrarme con mi hermano. Ella había decidido ir conmigo con la excusa de que quería saludarlo, pero para mí que ahí había gato encerrado.
¿Qué pasaba con esos dos? Si no los conociera bien diría que estaban enamorándose el uno del otro. Tendría que comprobarlo con mis propios ojos.
Cuando vi a Bas sentado sobre el pavimento le ondeé mi mano para llamar su atención. Él se levantó enseguida y corrió a encontrarme, sin darse cuenta de quien estaba a mi lado.
—¡Ahí estás, hermosa! —gritó de emoción cuando llegué hasta él, me levantó en sus brazos y nos hizo girar.
Las personas a nuestro alrededor voltearon a vernos murmurando entre ellas comentarios sobre nosotros, algunas otras sonreían quizás con la errónea idea de que él y yo éramos novios, y tomando en cuenta lo unidos que éramos como hermanos, no nos importaba hacer demostraciones públicas de afecto; por eso la gente normalmente pensaba que éramos pareja y mucha se había tomado la libertad de decirnos lo bien que nos veíamos juntos, cosa que, en lugar de encontrarla ofensiva o depravada, nos hacía carcajearnos a todo pulmón por el simple hecho que nadie de ellos nos conocía realmente. Quizás, biológicamente, jamás seríamos familia y, debido a eso, tenía la posibilidad de emparejarme con él pero, en el sentido espiritual, que era lo que más me importaba, ambos siempre seríamos hermano y hermana.
Y nunca lo vería de otra forma que no fuese así.
Qué idea tan absurda pensar en nosotros dos como novio y novia.
—Hola hermanito, ¿listo para dejar el mundo mortal? —le sonreí.
—Cuando tú quieras —murmuro muy sonriente.
Se separó de mí y luego dirigió su vista hacia la persona que me acompañaba. Entonces el color abandonó su rostro y su sonrisa se convirtió en una línea recta, abrió los ojos como platos y su cuerpo se puso rígido.
Yadira no se quedó atrás. Ambos se miraron como si hubiesen visto un fantasma. Al menos ella ya sabía que se encontraría con él cuando decidió acompañarme y por eso estaba un poco más sosegada que él, pero en el caso de mi hermano no estaba muy segura de su reacción. Parecía una estatua humana. Una muy hermosa por cierto.
¡Ajá! Los caché par de tórtolos.
Bas había comenzado a sudar frío, no sabía por qué pero aquella escena me causó mucha gracia, casi me sentí una villana que disfrutaba de verlo tan nervioso pero, como era una buena hermana mayor, quise terminar con su sufrimiento.
—Yadira sólo vino a acompañarme, no quería que me perdiera por la universidad, ya sabes, como es tan extensa —le expliqué a Bas tratando de hacerlo sentir mejor, pero al parecer su estado vegetal le impedía escucharme. Puse mala cara al darme cuenta que estaba ignorándome, ¿así o más vergonzoso?—. ¡Hey, Bas! ¡Despierta! —le dije dándole un pellizco. Su reacción fue inmediata.
—¡Hey! ¿Por qué hiciste eso? —me preguntó, sobándose el lugar del pellizco.
—Estás actuando como un tonto, ¿sabes? —comenté, cruzándome de brazos—. ¿Qué pasa con ustedes dos? Actúan como si no se conocieran.
En ese momento creí que Yadira diría algo para romper el eterno silencio que se había levantado sobre nosotros pero, cuando abrió sus labios, no salió ni una sola palabra de ellos. ¡En nombre del Olimpo! Qué chicos tan más raros. Si el amor convertía a las personas en eso, entonces estaba muy agradecida de que aún no lo hubiese experimentado por cuenta propia.
No me imaginaba actuando de esa torpe manera.
Y no planeaba hacerlo pronto.
Ambos bajaron sus cabezas como si no tuvieran la mínima idea de cómo actuar entre sí. Yadira comenzó a jugar con los dedos de sus manos y Bas se pasó ambas por su cabello rubio despeinándolo al instante, dándole un aire muy varonil y sensual.
A mi lado, mi amiga perdió todo su aliento.
Tuve que tragar saliva para no echarme a reír.
Comprendía completamente su reacción: Bas era todo lo que una chica pudiese pedir en un hombre, y lo mejor de todo era que, su envidiable aspecto físico y estatus social, no lo convertían en un patán creído y machista, como lo era un porcentaje del resto de la comunidad masculina.
Cuando Bas finalmente se decidió a hablar con ella, ésta se asustó tanto que, de repente, salió corriendo de vuelta a la universidad.
Mi hermano y yo no tuvimos ni tiempo de reaccionar, nos quedamos parados como estatuas sobre el pavimento sin poder movernos. Yo estaba totalmente atónita por la repentina huída de Yadira que no supe como responder ante ello, y por lo visto, Bas tampoco sabía qué hacer.
Era la primera vez que nos ocurría algo así… al menos a mí.
Ambos nos quedamos boquiabiertos durante unos minutos antes de volver a la realidad. Vaya que el día no terminaba de ponerse extraño.
—No tengo ni la más remota idea de lo que acaba de pasar pero luego me encargaré de averiguarlo, ahora no hay tiempo que perder, larguémonos de aquí, hermanito —le dije, pero luego recordé otra cosa—. Por cierto, no sé que pulga le habrá picado a Yadira para que saliera corriendo como lo hizo sin decir ni una sola palabra, pero te mandó saludar.
No sé si fue mi imaginación o no pero después de decir aquello, vi como el rostro de mi hermano se coloreó de un rojo intenso. Luego de analizarlo por un largo rato, llegué a la conclusión que quizás mi hermano podría estar realmente enamorado de mi amiga, y si no era eso, al menos estaba segura de que le llamaba mucho la atención. Y podía decir lo mismo de ella, ya que después de cómo había actuado, no se me ocurría otra explicación lógica: mi hermano la ponía nerviosa.
Sonreí ante la idea.
Me alegraba que el sentimiento fuera mutuo. Quise tratar de preguntarle a Bas acerca de ello pero, cada vez que lo hacía, se petrificaba y no lograba articular las palabras correctamente, ese era el típico comportamiento de alguien que estaba interesado en una persona y fue así como pude confirmar mis sospechas.
¡Vaya! Bas y Yadira. ¿Quién lo habría imaginado?
Era una fortuna que ninguno de los dos tuviesen prejuicios respecto a sus edades, ya que ella era mayor que él por cinco años, exactamente los mismos que yo, pero como decía el dicho: "para el amor no hay edad". Ellos eran un buen ejemplo de ello.
Cuando vi que no lograría sacarle ninguna clase de respuesta acerca de ese tema, decidí dejarlo por la paz y concentrarme en lo que importaba en ese momento: el control de sus nuevos poderes.
Nos destellamos en Katoteros cuando nos aseguramos que nadie nos estuviese viendo, y una vez ahí comenzamos el entrenamiento.
Gracias a mi magia, yo había podido crear un disfraz para pasar inadvertida entre los humanos. Había tenido que aprender a controlar mis habilidades y gracias a ello logré ocultar algunos de los rasgos sobrenaturales de mi naturaleza obscura para que nadie los notara. Ese poder se asemejaba bastante al de Bas, y con el tiempo y la práctica, estaba segura que lograría dominarlo sin ningún problema.
—Ok Bas, aquí vamos de nuevo, trata de imaginar tu poder, intenta sentirlo, dime qué sabor tiene, qué forma o qué color, cualquier cosa que te ayude a identificarlo servirá —le sugerí.
Ya había pasado una hora y media desde que habíamos empezado el ejercicio. Los primeros treinta minutos habían sido los más difíciles porque había logrado manifestar su poder con tanta facilidad que a veces el pánico amenazaba con dominarlo. En sus ojos veía el miedo que sentía al perder su divinidad, y después de que consiguiera recuperarlos deseaba arrojar la toalla y darse por vencido. Cosa que obviamente no permití y por eso ahora nos encontrábamos en un punto muerto.
—Esto es inútil, Pau, ya no quiere aparecer, es como si se hubiese esfumado —se quejó, dejándose caer sobre el suelo completamente agotado.
—Ahí sigue, sólo tienes que encontrarlo —le dije.
Luego recordé una vieja táctica que yo misma había usado en mi propio entrenamiento. Me había sido de gran utilidad en aquel entonces y, hasta la fecha, aún la usaba para mantenerme bajo control.
Estaba decidido: la usaría para ayudar a Bas.
—Escúchame hermanito, hay algo que no hemos intentado y creo que debimos haberlo usado desde el inicio.
—¿En serio? ¿Y me lo dices ahora? —me reclamó, entornando los ojos.
La plata remolinante que los dominaba parecía estar armando una guerra dentro de ellos, sin la intención de arrojar la toalla.
—Lo siento, pero hasta ahora recordé esa táctica, es la misma que usé yo para mis transformaciones, así que no debe haber ningún problema en que la uses tú también —le dije.
—¿Y cómo hago eso? —preguntó sin entender muy bien a lo que me refería.
—Tienes que descubrir aquel sentimiento que hace que ese poder se manifieste —solté.
—¿Un sentimiento? —inquirió sorprendido.
—Así es, trata de recordar como te sientes cuando esa parte tuya quiere apoderarse de ti, respira profundamente y concéntrate; trata de domar tu poder estando en ese estado y será más fácil para ti tomar el control de él cuando te encuentres en esa posición de desventaja.
Bas me miró con cierto recelo y una expresión de "¿te has vuelto loca?", pero al final terminó cediendo a mi petición y, cerrando sus ojos, tomó una gran bocanada de aire y la soltó lentamente. Repitió el proceso una vez más y de un momento a otro abrió sus ojos como si hubiese hecho el descubrimiento del año. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir por completo su iris y se quedó en esa posición durante varios minutos. Al final parpadeó devolviéndole la vida a su mirada y a su cuerpo.
En sus labios se formó una sonrisa victoriosa.
—Por tu reacción quiero pensar que lo has conseguido —comenté.
—Sí, pero no sólo fue eso —dijo en un hilo de voz—, gracias a tu consejo he logrado manifestarlo y controlarlo —confesó, con mucho ánimo—. No puedo creerlo, me siento muy bien, ya no tengo esa horripilante sensación de sentirme vulnerable, ¡por fin conseguí dominarlo! —exclamó—. No podría haberlo hecho sin ti, Pau. Eres asombrosa —corrió hasta mí y me cargó en sus brazos, haciéndonos girar cuatro veces seguidas.
—Me alegra que lo hayas conseguirlo, y con la práctica lo harás mejor, ya lo verás —le aseguré cuando volvió a depositarme sobre el suelo.
—Se siente realmente bien, ya no le tengo miedo, ahora puedo usarlo sin ningún problema ni tampoco me preocuparé de que tome el control —exclamó con emoción.
—Así es, uno se siente bien cuando logra lo que se propone —hice un guiño—. Entonces, si ya terminamos aquí… ¿vienes conmigo a ver a la abuela?
Bas volteó a verme y, con una sonrisa imposible de desaparecer, negó con la cabeza.
—No puedo, quizás para la próxima ocasión, tengo mucha tarea que hacer y si no empiezo ahora no dormiré, sin ofenderte hermanita pero no quiero parecer tú —se burló.
"Aquí vamos de nuevo" pensé.
—Además, ya no ocupamos ir con ella, tú sola pudiste con todo el problema.
¡Por todos los Dioses! ¿Había escuchado bien?
¿De verdad Bas me había hecho un cumplido?
I-n-c-r-e-í-b-l-e.
—No fue nada, sólo tuvimos suerte —respondí, sin darle mucha importancia al asunto—. En fin, si no vamos a ir con la abuela es mejor que te vayas adelantando a la casa. Yo me iré al trabajo desde aquí —le mentí.
Yo sí iría a visitar a Apollymi.
Ella era la única que podía sacarme de algunas de las dudas que tenía y no desaprovecharía la oportunidad del momento, además, la extrañaba y quería verla. Debía ser una tortura no poder salir de Kalosis —a menos que tomara una forma incorpórea— y si podía ayudarla a hacer menos pesado ese eterno encierro, lo haría.
La amaba como si fuera mi propia abuela biológica y me preocupaba por ella.
—Bueno, entonces nos vemos en la noche —dijo.
—Sí, espero llegar temprano para que cenemos juntos —lo tomé entre mis brazos y lo abracé hasta casi sofocarlo.
—Si sigues apretándome tan fuerte ni siquiera llegaré a casa —rió con dificultad.
—Ya vete pequeño diablillo, dile a mamá y a papá que los quiero —me despedí.
—Lo haré, cuídate mucho y espero que cumplas lo de la cena, si no otra vez te visitaré en la noche y te jalaré los pies —bromeó como sólo él sabía hacerlo.
—Inténtalo si puedes, pequeñín —lo desafié, llamándolo como siempre le había dicho cuando había sido un chiquillo.
—Ese fue otro golpe bajo Pau, el segundo que me haces este día, te estás pasando —me reclamó ruborizado.
—Tú empezaste —levanté mis manos en señal de rendición.
—Ya me voy, no seguiré peleando contigo, cabeza dura —rió victorioso.
Corrí lo más veloz que pude hacia él para hacerlo pagar por como me había dicho pero, justo después de que lo dijera, desapareció sin dejar rastro.
Suspiré decepcionada. ¡Ba! Ya tendría oportunidad de vengarme de él.
Un rato después de su partida, me eché a reír sabiendo que nadie podía escucharme.
No cabía duda cuan bien me la pasaba con ese niño. Esperaba con ansias nuestro próximo encuentro, y esta vez lo iba a torturar de una manera tan amorosa que lo haría gritar por piedad.
Una vez que pude controlar mi repentino ataque de risa me relajé, efectivamente mis fuerzas habían regresado a mi cuerpo y estaba más que lista para enfrentar lo que fuese que estuviese viniendo hacia mí.
Y con ese pensamiento me destellé hacia Kalosis.
Era momento de que abuela y nieta se reunieran de nuevo.
~ • ~
"Anekico Ler Aracnia"
Apollymi.
Cuando tomé la decisión de ir a visitar a mi abuela debí haber recordado la importancia de llevar una linterna conmigo.
Todo a mí alrededor era de un profundo negro, tan obscuro como su alma…
Tanto como mi propio corazón…
Y era perfecto.
Lo único que pude lograr reconocer en aquella espesa negrura fue el hermoso e imponente jardín de mi abuela. El lugar estaba totalmente rodeado por altos muros de mármol negro muy brillantes, cubiertos por sus preciosas Mavyllos, la Rosa Negra Sagrada que ella misma había creado, y recibirla era el honor más alto que se podía obtener de La Gran Destructora.
El ramo de bodas de mi madre había sido hecho con aquella flor tan bella y majestuosa, y algún día, tanto yo, como las futuras parejas de mis hermanos, tendríamos el mismo honor de llevarlas en las nuestras.
Caminé tranquilamente por un largo sendero velado por grandes y anchos arcos hechos de esta misma flor hasta que pude visualizarla sentada sobre el mismo sillón negro de siempre. De todo su jardín imperial, el lugar que más le gustaba era ese, donde se encontraba un gran estanque de agua el cual usaba para observar el mundo mortal y donde también podía vernos a nosotros, sobre todo a mi Padre.
No había día que no llorara por él.
Apollymia Katastrafia Megola.
Apollymi La Gran Destructora. Diosa Atlante de la Vida, Muerte y Sabiduría.
Poderosa, elegante, sabia, orgullosa, implacable, indomable…
Malvada…
Y aún así ella era la única figura que conocía de una abuela amorosa.
Era cierto: Apollymi tenía el poder y la autoridad suficiente para destruir el mundo, no estaba en su naturaleza mostrar piedad, y lo único que le importaba era liberarse de su cárcel, con la finalidad de terminar lo que había comenzado once mil años atrás.
Mataría a Apolo y a Artemisa aunque fuese lo último que hiciese.
Y no se detendría hasta lograrlo.
Me acerqué lentamente hacia ella con una sonrisa dibujada en los labios. No podía ocultar la felicidad que sentía al verla otra vez.
Como figura divina, ella era hermosa e imponente; la más bella de todas las Diosas de todos los Panteones existentes, ni siquiera Afrodita le llegaba a los talones.
La hija de Chaos —la materia informe que dio a luz al universo— y Zenobi —el Viento Norte Atlante— era como todos los antiguos escritos y relatos griegos la describían.
No había poder en todo el universo que la superara.
Excepto la Fuente Primaria.
Ella levantó la mirada hasta encontrarla con la mía y también me sonrió. Su hermoso rostro empezó a adquirir un brillo especial con cada paso que daba hacia mí. Estaba feliz, sin embargo, la tristeza que emanaba de sus ojos seguía incrustada en ellos. Todo lo que más quería en el mundo era que mi Padre regresara con ella, que la abrazara y le diera todo el amor que no había podido darle desde que se habían separado cuando ella le dio a luz, y la única manera de que lo consiguiera era: o ya sea que mi papá muriese por segunda vez o que él mismo tomara la decisión de ir a Kalosis en carne y hueso y liberarla, pero no lo haría sólo por el simple hecho de que aquello acabaría con el mundo entero. No es que eso le importara mucho a mi abuela, la humanidad le valía un comino pero, en el caso de Acheron, las cosas eran diferentes.
Él jamás desataría el mal sobre el mundo.
Y siendo precisamente el Dios del Destino Final, esa era una decisión difícil. Mi papá amaba con locura a mi abuela, pero jamás sacrificaría a toda la humanidad por su propia felicidad.
El Gran Dios Apostolos —su nombre real— era un ser amable, cariñoso, amoroso, solidario, empático… una "persona" que se preocupaba por los demás pero, sobre todo, un padre protector que jamás permitiría que el mundo donde vivía su familia se viniera abajo.
Y por eso mismo se había resignado a pasar la eternidad sin poder sentir las caricias de su madre.
—¡Agria! ¡Qué alegría verte! —me saludó.
—Hola abuela, te he extrañado mucho —la saludé de regreso.
—Y yo a ti, pequeña. Me has tenido muy abandonada y eso no me gusta nada —me reclamó mientras me estrechaba ansiosamente entre sus brazos.
—Lo siento abue, jamás ha sido mi intención dejarte tanto tiempo sola —me disculpe.
Casi sentí unas tremendas ganas de llorar. Ella hablaba en serio y eso me hizo sentir una tonta. Jamás me había dado cuenta lo horrible que debía sentirse por estar encerrada, sin poder estar al lado de sus seres queridos.
—Está bien, no tienes porque disculparte, sé que tienes una vida, además, si te quedaras conmigo en este obscuro lugar, tu ser malvado tomaría posesión de ti y eso no le gustaría mucho a tu padre —explicó.
Claramente observé como se iban formando unas densas lágrimas en sus sublimes ojos plata remolinante que amenazaban con salir de ellos. Había visto tantas veces esa fabulosa característica hereditaria en mi padre y en mis hermanos pero, sinceramente, los ojos de todos ellos no se comparaban con los de ella, no podía creer lo increíble que se veían. Era de Apollymi de quien habían heredado ese efecto especial y no había otro ser viviente que tuviera el gran honor de portarlos.
—Y con lo mucho que ambas amamos a papá, dudo que lo hagamos pasar por una situación tan incómoda como esa… otra vez —le dije.
Todavía recordaba el humillante suceso.
Tenía diez años y apenas estaba aprendiendo a controlar mis poderes malignos con la ayuda de mi padre, Savitar y Takeshi, pero era tan cabezota que, irresponsablemente, dejé que éstos me controlaran en un arranque de rebeldía y casi no vivo para contarlo.
Ella frunció el ceño.
—¡Ba! Ni me lo recuerdes, la última vez que pasó realmente creí que vendría a liberarme sólo para rescatarte, estabas volviéndote loca cuando te encerraste en tu habitación aquí en el Palacio que, por un momento, pensé que te unirías con Stryker en su causa de matar a todo ser vivo, casi me hiciste sentir orgullosa, excepto por el hecho de que no podía permitir que eso pasara porque tu padre nunca me lo hubiese perdonado —respondió, negando con la cabeza.
Y no es que la culpara, nos conocía tan bien que había dado en el clavo. Menos mal que mi madre y Simi habían hecho acto de presencia para tranquilizarme, de otra forma quizás el mundo se habría acabado trece años atrás.
—Tienes toda la razón y sinceramente no me gustaría volver a pasar por algo así, fue desastroso y humillante —dije con los ojos cerrados.
—Tú no tuviste la culpa, ese par de ancianos debió haber tenido más cuidado contigo —hizo una pausa—. Sabían a lo que se enfrentaban cuando decidieron ayudar a tu padre a entrenarte y todo se les salió de las manos —dijo entre dientes.
No era necesario que le preguntara a quienes se había referido. Sabía muy bien que había hablado de Savitar y Takeshi cuando dijo "ese par de ancianos".
A decir verdad, ella los igualaba en edad pero no estaba dispuesta a llevarle la contraria. Y menos acerca de ese tema. No es que creyera que pudiese llegar a matarme por ser tan imprudente pero ciertamente quería seguir manteniendo una buena relación con ella por muchos años más. Realmente la amaba y la respetaba, sin embargo, jamás entendería su deseo de llevarse mal con todo el mundo a excepción de nosotros, pero no era mi deber el tratar de comprender sus razones.
Ella era Apollymi La Gran Destructora.
Y hasta que ella misma no tomará la decisión de cambiar, jamás lo haría.
Ambas nos quedamos calladas por varios minutos. Apenas recordaba la razón de por qué había ido a visitarla pero no estaba segura si ella se encontraba en el mejor humor para responder mis preguntas. Aún seguía sollozando, no tanto como cuando había llegado, pero sabía perfectamente que su tristeza estaba ahí y continuaría presente.
Me volví a repetir lo injusta que era su situación: nadie debería ser desterrado de su hogar, ni tampoco apartado de sus seres amados.
Mucho menos una madre y su hijo.
Era lo peor que una familia tuviese que soportar y lidiar día con día.
Y todo por la estúpida profecía que las tres perras bastardas que el Dios Atlante Archon —el ex marido de mi abuela y "padre" de mi padre— había concebido con Themis, la Diosa Griega de la Justicia, habían declarado para mi Padre; la cual decía que si él nacía, sería la perdición de todo el Panteón Atlante o cualquier otro.
Esas tres zorras eran las famosas Destinos Griegas.
Entonces Archon condenó a mi papá a ser ejecutado.
Sin embargo, gracias al amor que Apollymi sentía por su hijo, lo salvó yéndose hacia el reino infernal de Kalosis, donde le dio a luz y lo mandó al mundo humano, con la esperanza de apartarlo de todos los Dioses que querían matarlo. Escondió sus poderes, los cuales se liberarían hasta que alcanzara la mayoría de edad y finalmente regresara a tomar su lugar como el legítimo Dios gobernante de Katoteros.
Una vez que mi abuela estuvo segura de que su bebé estaba a salvo, regresó a Katoteros y enfrentó a Archon. Ella le confesó lo que había hecho y éste, en respuesta a sus acciones, se unió a sus hijas, las Diosas Apaga y Chara, y juntos comenzaron un cántico especial para encerrar almas, en este caso, la de Apollymi, y desde entonces la condenaron a pasar toda la eternidad en Kalosis sin poder ver, ni tocar a su hijo. La única forma que ella podía ser libre de nuevo sería precisamente que Apostolos muriera.
"Lo encontraremos. Lo mataremos" fueron las palabras de Archon.
Mi abuela respondió: "Fracasarás, y yo bailaré sobre tu tumba".
Claro que desde aquel día habían pasado muchas cosas que, como resultado, el Panteón Atlante ahora constaba solamente de mi papá, mi abuela y mi tía Bet'anya Agriosa —la esposa de mi tío Styxx, el hermano gemelo de mi papá—, y hasta la fecha, ella seguía en ese lamentable e injusto encierro.
¿En qué demonios había pensado Archon cuando sentenció a su propio hijo a morir?, ¿Es que acaso pudo haber sido tan egoísta al querer matar a su propia carne y sangre a cambio de vivir él y el resto de sus patéticos seguidores que también se hacían llamar Dioses?, ¿Era realmente posible que hubiese sacrificado a su nonato hijo por ese deseo tan cobarde?
Obviamente yo ya conocía las respuestas a esas preguntas.
La misma Apollymi había contestado a esas y a muchas más a través de los años y, con la gran ayuda de uno de mis tantos poderes psíquicos, pude ver con mis propios ojos el tormentoso y humillante pasado de mi Padre.
Habían hecho un verdadero lío con él.
Desde entonces no me extrañaba por qué siempre actuaba de cierta forma o por qué decía ciertas cosas que me costaba entender. Ese pasado era la mera razón de por qué nunca me atrevería a contradecirlo.
El hombre en el que Acheron se había convertido era, literalmente, el acero que había sido forjado por los fuegos del mismísimo infierno.
Y a pesar de haber sufrido todas aquellas horrorosas cosas cuando fue humano, él es, en la actualidad, la mejor persona que he conocido. Hizo que mi respeto y admiración por él sobrepasaran el límite de mi propio razonamiento y fue precisamente gracias a él que me había convertido en lo que era ahora.
Estaba tan agradecida con el destino por haber puesto a ese hombre en mi vida, que jamás viviría lo suficiente para decirle lo mucho que lo amaba y cuanto significaba para mí. Lo quería tanto, que hasta me atrevía a jurar que, si no fuese por él, ahora estaría perdida en la oscuridad de mi propio corazón.
Él era mi héroe.
El Dios que me había salvado de un mundo lleno de egoísmo, despotismo, inseguridad; de personas —como mis padres biológicos— que, según mi punto de vista, sólo pensaban en sí mismas.
A diferencia de todos ellos, él me había enseñado el valor de la honestidad, la solidaridad y tolerancia para con los demás; quien me mostró el significado de la amistad y el respeto, quien me permitió abrir mis alas y volar alto, quien siempre estuvo a mi lado sin importar la situación, quien me apoyó y ánimo durante toda mi vida a buscar nuevos retos y vivir mil aventuras sin limitarme.
De Acheron aprendí como reír, llorar, actuar y confiar…
Pero, lo más importante, es que gracias a él sé como amar…
Por eso es que odiaba a Archon con todo mi corazón. A pesar de ser el "padre" del mío, jamás lo consideré mi abuelo. Si él hubiese protegido a su familia como buen patriarca, y tenido aunque fuese una pizca de fe, jamás hubiese sufrido aquel merecido destino. Ahora podría estar disfrutando de la gran familia que, gracias a mi papá, teníamos.
Si hubiese confiado más en su corazón, y no en su razón, estaría vivo.
Pero el "hubiese" no existía, y debido a sus malas decisiones, mi abuela lo petrificó junto con todo su séquito inferior de cobardes y, once mil años después, mi tío Styxx finalmente lo mató.
Y ahora, que estaba en presencia de aquella gran Diosa, sabía lo afortunada que era al tener a esa bola de locos como familia. Pero ese era el punto: ellos eran mi bola de locos…
Y no los cambiaría por nada.
Continué preguntándome si sería buena idea conversar con mi abuela acerca de mis dudas, pero su humor no hacía nada por mejorar, sin embargo, era ahora o nunca…
No tendría otra oportunidad.
—En realidad, hay una razón más por la que vine a verte, abue —solté, sintiéndome la persona más culpable del mundo. Debía recordar visitarla algún día, sin otro pretexto más que querer verla.
—Sí, me lo imaginé —confesó. Ahora estaba sorprendida—. Sé que tienes algunas preguntas, así que adelante, mi niña, dímelas, pero antes vamos a sentarnos, no me gusta platicar de pie, me hace creer que llevamos prisa —dijo.
Yo aún no podía quitar mi gesto de sorpresa. En realidad sí llevaba algo de prisa porque debía ir a trabajar, pero ella era más importante en ese momento.
Me tomó de ambas manos y me llevó hasta su sillón.
—De acuerdo, antes que nada, ¿tú sabías sobre los nuevos poderes de Bas? —le pregunté mientras tomaba asiento a su lado.
—Sí —respondió secamente.
—¿Sí?, ¿es todo lo que me dirás? —le pregunté sin saber como reaccionar.
—No es una pregunta trascendental agria, era normal que eso pasara, Sebastos está entrando en una etapa donde sus poderes irán evolucionando y deberá aprenderlos, es bueno saber que tú siempre estarás ahí para ayudarlo.
Su respuesta no me sorprendió tanto como lo había hecho el simple sí anterior.
Ella me conocía lo suficiente para hacer aquella aseveración. Mi familia estaba por encima de mí misma y que los Dioses me castigaran si estaba equivocada, pero jamás dejaría que Bas, o alguien más de ellos, sufrieran por su cuenta.
—Por esa razón te voy a encargar mucho que lo sigas ayudando —continuó—, sé que está asustado y por eso no quiere decirle ni a Apostolos, ni a Soteria, pero con tu apoyo es más que suficiente para él. Confía en ti con los ojos cerrados —me sonrió en complicidad.
—Eso lo sé bien, abue, y no te preocupes, no voy a perderlo de vista ni por un segundo —le guiñé el ojo.
—Bueno, ahora pasemos a lo que es realmente importante, no es que lo de Sebastos no lo sea, pero no es nada de lo que debamos preocuparnos, incluso cuando Theron llegué a esa edad también lo experimentará, y por supuesto te tendrá a ti y ahora también a él —señaló.
—Así será —asentí con entusiasmo, pero inmediatamente cambié mi semblante por uno más serio. Era hora de hablar de lo que me había llevado ahí—. Sabes, hoy en la mañana vi a mi papá algo preocupado, estaba como distraído y cuando le pregunté qué era lo que estaba molestándolo no quiso contestarme, ¿tú sabes algo?, quiero decir, ¿es posible que puedas contarme al respecto? —pregunté con mucha curiosidad.
Estaba decidida a que, sí mi Padre estaba en problemas, yo lo ayudaría sin importar lo que me costara.
—Sí y no —dijo—. Sí está pasando algo pero no puedo decírtelo. Soy tu abuela, ma komatia, y como tal, lo único que quiero es tu bienestar y el de tus hermanos, por eso no puedo decírtelo, tu papá me lo pidió y además de eso, me dijo que si las cosas se ponían mal, tú, tus hermanos y tu madre vendrían a quedarse conmigo hasta que todo termine.
La tranquilidad con la que me dijo todo aquello me dejó con la boca abierta.
Sólo ella podía hacer que aquella situación sonara de lo más normal posible. Tuve que usar mucha de mi fuerza de voluntad para volver a poner mis ideas en orden.
—¿Por lo menos me puedes decir si Stryker está involucrado? —casi junté mis manos a modo de súplica.
—Eso lo sabes muy bien, él siempre está involucrado cuando se trata del fin del mundo —dijo como si hubiese preguntado la cosa más lógica del mundo.
Por su tono me hizo creer que aquella pregunta había sido tan tonta como la de «¿qué fue primero, el huevo o la gallina?».
—Lo siento, eso fue estúpido de mi parte, supongo que sólo quería estar segura —me disculpé.
—Está bien, no te preocupes, pero mejor cambiemos de tema, no voy a responder ninguna otra pregunta más sobre Stryker —me advirtió—. Háblame de esta sensación que sientes de ser observada.
Ahora sí que me descolocó.
No podría haber estado más sorprendida si me hubiese dicho que Stryker ya había encontrado la forma de matar a Apolo. Cosa que me daría mucho gusto si no fuera porque ahora me sentía como… ¿cuál había sido el término que mi madre había usado? ¡oh sí! Un libro abierto.
—¿Qué sabes tú al respecto de eso? —le pregunté, un poco sofocada.
Como era costumbre, había dejado de respirar cuando la noticia de que ella ya sabía sobre mi presentimiento me golpeó directo en la cara. El aire apenas ingresaba nuevamente en mi interior.
—Me sorprende que te sorprendas —rió—. Sabes que cuando se trata de ustedes siempre estoy al pendiente. ¿Has estado viendo un cuervo, no es cierto?
Asentí torpemente, como si mi cuello estuviese entumecido.
—Un cuervo es de mal augurio ¿o no? —le pregunté sobresaltada; tanto, que me pregunté si de verdad quería escuchar la respuesta.
—Se supone, porque son aves de la Muerte, pero en tu caso, niña mía, es diferente. No sé con certeza cual sea el significado de su presencia o por qué apareció hasta ahora pero, cualquiera que sea la razón: buena o mala, es mejor que estés alerta, no quiero que te expongas demasiado sin antes saber de qué se trata. Nadie está exento del peligro agria, ni siquiera tú —explicó con su vista fija en el estanque de agua.
Yo también posé mi vista en ese lugar y, en el instante que lo hice, el reflejo de la figura de un cuervo apareció en él, sin embargo, lo más extraño de la imagen fueron sus ojos…
Ese azul turquesa que me había estado persiguiendo todo el día.
~ • ~
El resto de la tarde me dediqué exclusivamente a revisar el papeleo del trabajo. Estaba tan distraía que la verdad era que no podría concentrarme en otra cosa que no fuese en mi reciente visita a Kalosis. Debido a mi actual estado mental, decidí que no sería buena idea enfocarme en los animales. Lo que menos quería era lastimar a alguno de ellos o viceversa.
La plática que había tenido con mi abuela me había dejado lo bastante perpleja como para lograr distraerme de mis actividades diarias. No había sido el simple hecho que ella estuviese tan al pendiente de mí como para haber descubierto sobre el misterioso cuervo que estaba rondándome, si no la explicación que me había dado.
¿Qué habrá querido decir con que en mi caso era diferente?
Decidí que por el momento lo más importante era concentrarme en mi presente. No quería que ninguna clase de presagio, bueno o malo, ocupara mi mente. Tenía cosas mucho más importantes en qué pensar que ocuparme con algo que no tenía ni pies ni cabeza.
Y por supuesto, ¿cómo olvidar mi visión?
Dioses queridos, como deseaba poder tomar un pequeño respiro fuera de mi realidad.
Salí del trabajo justamente a las ocho de la noche. Había terminado rápido con mis labores y creí que lo mejor sería ir a dar una pequeña patrullada por la zona en busca de daimons antes de retirarme a mi casa y tratar de dormir el tiempo necesario. Lamentaba mucho haber roto la promesa que le había hecho a Bas acerca de cenar juntos, pero no tenía elección: mi deber era ayudar a los Dark Hunters siempre que tuviese la oportunidad.
Al final, aquella ronda nocturna había resultado de lo más ocupada.
Estando en plenas vacaciones de Semana Santa, era obvio que la multitud de turistas creciera lo suficiente como para llamar la atención de grandes grupos de tipos rubios y atractivos de más de un metro ochenta de estatura, en otras palabras, daimons. Las criaturas a las que debía dar caza y muerte.
Para cuando dieron las nueve de la noche ya había acabado con veinte daimons que se habían agrupado para atacar un club ubicado en la famosa Bourbon Street. Gracias a los Dioses los había asesinado en un callejón obscuro y ningún humano había presenciado la acción.
Menos mal, porque no estaba de ánimos para borrar memorias esa noche.
Después de haber cumplido con mi trabajo, bajé por toda Bourbon Street hasta que doblé hacia la izquierda por St. Anne Street y seguí mi camino hacia mi casa.
Luego, todo pasó en un abrir y cerrar de ojos…
"It's like a déjà vu,
Me standing here with you"
Mi estómago comenzó a rugir monstruosamente. Había olvidado el hecho que, gracias a que había ido con mi abuela, no había probado alimentado desde el almuerzo en la escuela.
Estaba sumamente famélica.
Justo una cuadra antes de llegar a casa estaba el restaurante Moon Wok, que se especializaba en comida china. No era muy fanática de ese tipo de sazón, sinceramente prefería la comida japonesa pero, a falta de algo más saludable, decidí entrar y comer aunque fuese un plato de arroz y pollo agridulce. De todos modos no tenía otra opción, era eso o llegar a mi casa y dar una que otra explicación sobre el por qué no había comido después de clases. Por supuesto lo último que quería era revelar la charla que había tenido con Apollymi, así que decidí no arriesgarme.
Al terminar de cenar, volví a emprender camino hacia mi casa. Estaba ansiosa por meterme en la cama y dormir hasta que mi cuerpo se hartase de estar acostado.
Continué mi camino con ese tentador pensamiento en mi cabeza. Al otro lado de la calle había un grupo de personas notoriamente borrachas, que iban brindando y cantando Today was your Last Day de Nickelback a todo pulmón.
Cuando menos supe, ya me encontraba sonriendo hacia ellos y pensando en lo genial que sería poder disfrutar de un momento como ese sin preocupaciones de ningún tipo. Justo en el momento que los vi alejarse, me reprendí a mí misma por mi debilidad, traté de enfocarme en regresar a casa pero, de repente, sentí aquella corriente eléctrica bastante familiar que me indicaba que había daimons cerca. Giré mi cabeza hacia ambos lados de la calle pero no vi nada, sin embargo, tal y como si mi mente me jugara una broma, recordé la visión.
Entonces me giré y los vi.
A sólo unos cuantos metros iba este grupo de cuatro sujetos rubios detrás del otro montón de humanos que continuaban cantando la misma canción. Quien lo diría, si yo no hubiese estado presente en ese lugar, ese hubiese sido precisamente su último día de vida.
Comencé a seguirlos hasta que los vi desaparecer dentro del Bourbon Pub & Parade.
En cuanto me di cuenta del lugar, hice una mueca de desagrado. ¡Joder! Aún podía recordar el terrible olor de ese lugar gracias a mi visión. Aún no entendía por qué éstas debían ser tan condenadamente vívidas. ¡No quería entrar ahí!
Pero no me quedaba de otra. Me armé de valor y, aguantado todo el aire que cupo en mis pulmones, me introduje en aquel sitio que, tal y como lo recordaba, apestaba peor que la ropa sucia de mi padre y mis hermanos.
Rápidamente localicé a los daimons y sin pensarlo dos veces, me lancé al ataque.
—¡Págos! —grité y los cuatro se quedaron congelados en sus lugares.
Lo siguiente que supe fue que ya había matado a tres de ellos pero el cuarto se me había escapado.
¿Acaso no podía haberme saltado esa parte de la visión y haberlos matado a todos ahí mismo? ¡Pero no! ¡Siempre querían hacerme pasar el peor rato posible!
¡Y lo peor de todo es que me quedaban escasos tres minutos para llegar a casa antes de que el Todo-Poderoso-Dios-Atlante me lanzara un discurso de por qué debía llegar siempre antes de las diez de la noche!
No tuve otra opción más que seguirlo y terminar con aquella situación.
Una vez que estuve fuera del Pub, busqué por todos lados al daimon fugitivo pero no logré dar con él. En ese momento supe que lo perdería si no me armaba de valor y me transformaba justo como lo había hecho en mis sueños. Tomé aire y de un segundo a otro ya estaba arrinconando a la criatura contra la malla de acero.
¡Hasta los diálogos fueron iguales!
Cuando finalmente lo maté, regresé a mi forma normal para poder destellar en la casa sin la preocupación de que me hicieran preguntas sobre mi aspecto físico. No estaba en mi mejor momento y no quería responder de una manera tajante de la cual me arrepentiría después.
Hasta ese momento todo estaba marchando tal y como lo había visto, pero nunca recordé lo más importante del contexto: el tipo buenísimo que me dejaba, literalmente, jadeando.
Y precisamente fue eso lo que recordé al darme media vuelta para marcharme.
De inmediato volví a transformarme manifestando una capucha negra que cubrió todo mi cuerpo. Agudicé mis sentidos y cuando localicé la posición del sujeto y me abalancé sobre él, rebotando contra su propio cuerpo.
Entonces lo vi.
Y era justo como lo recordaba: tenía un cuerpo hecho para el pecado, unos labios diseñados para besar y mordisquear, uno cabello que, literalmente, decía tócame, y unos ojos azul turquesa que parecían un profundo océano, incitándome a nadar y perderme en ellos.
En ese momento perdí todo mi aliento.
—¿Quién eres? —le pregunté casi inaudiblemente.
Mi boca estaba seca.
El tipo me sonrió de una manera tan sensual que despertó varios sentimientos en mí que jamás había experimentado antes.
¡Queridos Dioses! Él debía tener la sonrisa más hermosa, perfecta y excitante que cualquier otra persona en la tierra.
Sentí como mis piernas comenzaron a flaquear mientras que el resto de mi cuerpo comenzó a sudar frío. Si continuaba de aquella manera seguramente perdería el conocimiento antes de llegar a mi casa.
Debía detenerlo.
—¡¿Quién eres?!, ¡¿Qué quieres?! —le volví a preguntar, esta vez con urgencia.
Él volvió a sonreír y separó un poco los labios para empezar a hablar:
—Mi nombre es Damon Salvatore, y he venido por ti —respondió mientras cambiaba de forma y se convertía en un ave negra…
¡Imposible!
¡Era él! ¡El cuervo con aquellos extraños ojos era ese sujeto!
Y venía directamente hacia mí.
