—Entra el uniforme, que va a llover —dijo mi madre asomándose a la puerta de la cocina con una sartén jabonosa en una mano y una esponja en la otra.

Aparté la mirada del televisor, resignada a tener que salir al patio a buscar el maldito trapo azul que usaba diariamente para ir al colegio. Me puse en pie con la ligereza que solo alguien de once años puede tener, y caminé rápidamente rumbo al patio. Ni por un segundo me fijé que algo estaba observándome, parado en el borde del lavadero; me limité a bajar de la cuerda el gancho que sostenía mi uniforme.

—Va a llover, puff —murmuré desviando mi mirada al cielo, comprobando que primero hablarían los autos antes que llover.

Un fuerte chillido casi me hace botar el uniforme al suelo, ¡y con lo que me había costado lavarlo! Miré alarmada hacia el lugar de donde provenía el ruido, para encontrarme con la cosa más extraña que había visto hasta el momento: Una lechuza parda me observaba con sus ojos amarillos, casi taladrándome con su seria mirada. ¿Qué hace una lechuza a plena luz del día en mi lavadero?, pensé intrigada. Antes de que pudiese hacer algo más, el bicho emprendió el vuelo y dejó caer algo sobre mi cabeza. Esta vez la que chilló fui yo, soltando el uniforme y sacudiéndome lo que fuese que ese infernal bicharraco dejase sobre mí.

—¿Pero te has vuelto loca? —preguntó mi madre saliendo al patio y mirándome asustada.

—No —refunfuñé mirando al suelo. Lo que me había caído en la cabeza era un sobre amarillento con pinta de estar hecho de pergamino.

Mi madre también fijo su vista en el sobre, pareciendo más intrigada que yo.

—¿De donde ha salido eso? —dijo sin apartar la mirada del sobre.

—Una lechuza lo dejó caer sobre mi cabeza —dije tocando mi coronilla —. Creo que es una broma de alguien. Ya he leído esto en algún lado.

Recogí el sobre para detallarlo un poco más. Estaba marcado con letras floreadas de un verde brillante; un escudo en que un león, un tejón, una serpiente y un águila, rodeaban una gran H, permanecía orgulloso en una de las esquinas del sobre; pero lo más asombroso era el gran detalle con el que habían puesto mi nombre y dirección.

Srta. M. Heron.

Habitación más pequeña.

# 12. Notting Hill

Londres.

—¿Por qué una broma? —dijo su madre con curiosidad.

—Esto parece una carta de Hogwarts —dije abriendo el sobre, constatando en el momento que mis suposiciones eran ciertas. En el interior venían dos pergaminos más: uno informándome de mi aceptación en el colegio y el otro con la lista de útiles escolares.

—¿Qué es eso?

—¿El qué?

—Eso de Hogwarts.

—Ah —dije volviendo a guardar los papeles dentro del sobre —. Es la escuela a la que va Harry Potter. El de los libros que a papá no le gustan.

Mi madre puso cara de "ya comprendo" y me tendió la mano para que le dejase la carta. Se la di, sabiendo que no sería de verdad aunque la conservara.

—Bueno, pues el bromista tiene muchas capacidades —dijo mi madre examinando detenidamente el sobre —. Hasta sello de cera le puso.

—¿Qué es eso, Rose? —dijo mi padre apareciendo tras mi madre.

Estábamos tan interesadas en la carta, que no lo oímos llegar a casa.

Él, un hombre alto y con porte físico de boxeador, miraba de mi madre a mí con sus ojos cafés suspicaces. Tal vez pensó que nos traíamos algo malo entre manos. Siempre era paranoico, bueno, más desde que pasó su fe a una de tantas religiones evangélicas. Supongo que al odiar el hecho de que yo no quisiese seguir sus pasos, pensaba que me desviaría del "camino correcto" en cualquier momento.

—Una carta de Hogwarts —contesté automáticamente.

—¿De donde? —entrecerró los ojos como cuando sospechaba que algo "demoniaco" estaba en la casa — ¿Quién lo envía?

—En el texto dice que la profesora Minerva McGonagall —dijo mi madre anticipándose a mí.

—¿Por qué una profesora escribe a esta casa? Dame —dijo pidiéndole la carta a mi madre, quien se la dio inmediatamente —¿No habrá hecho algo malo Lena?

—No hice nada malo —me defendí —. Es solo una broma de alguien. Ese colegio no existe, es de una historia de Harry Potter…

Me arrepentí casi de inmediato de haber mencionado el nombre de los libros frente a mi padre. Louis Heron entornó los ojos, mirándome con una expresión de "te lo dije".

—¿Lo ves? ¡Por estar leyendo esa clase de cosas! —dijo con aires de superioridad —. Te dije que esos libros eran solo satanismo…

—Por favor, Louis —intervino mi madre —. No pensarás que la carta la escribió el demonio, ¿verdad? Es cosa de chicos, seguramente.

Mi padre abrió la boca para protestar, pero el sonido del timbre de la puerta se lo impidió.

—Ve quien es, Lena —dijo mi madre.

Pude oír levemente como mi padre seguía quejándose de los "demoniacos libros", mientras me dirigía a la puerta de entrada a recibir al inesperado visitante.

Abrí sin preguntar quien era, una mala costumbre que tengo, según mi paranoica madre. Afortunadamente no era Jason, ni Freddy, ni el sexy malote de la momia; solo resultó ser un hombre alto, cuyo cabello negro caía en cortinas a los lados de su cara, completamente vestido de negro.

—Buenos días —dijo mirándome con sus fríos ojos negros —. Busco a Magdalena Heron y a sus acudientes.

Lo miré fijamente, detallando cada facción de su rostro. Era algo narigón, y su piel era cetrina, de un tono tan pálido que parecía no recibir el sol nunca. No había arrugas en su rostro, probablemente no pasara de los cuarenta.

—¿Para qué la busca, exactamente? —pregunté sintiéndome inquieta.

—Si no eres ella, no te incumbe —respondió fríamente el hombre.

—Soy yo, por eso le pregunto —dije comenzando a molestarme ¿Quién se creía el paliducho ese para hablarme así?

—Así las cosas cambian —dijo sin cambiar ni un poquito su tono —. Soy el profesor Severus Snape. Vengo del colegio Hogwarts de magia y hechicería para hablar contigo y tus acudientes.

Sentí como si me hubiesen golpeado con un bate de beisbol en la cabeza. El hombre se parecía un poco a como describían al personaje en el libro, pero no era tan feo como me lo imaginaba. ¿Pero qué estaba pensando? Todo era una broma muy bien elaborada, ese hombre quizás era un loco que se creía Snape y era el responsable de la carta. No pude evitar soltar una pequeña risita.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó el hombre mirándome como a un chicle que se pega en el zapato.

—Señor, ya sé que es una broma —dije con la mayor seriedad posible —. Leí los libros que han salido hasta ahora y…

—Siempre es el mismo problema —dijo crispando los dedos como si quisiera ahorcarme con ellos —. Esa mujer no hizo más que perjudicar sus estúpidas mentes infantiles revelando nuestros secretos a los muggles.

Lo vi tan enojado que no me arriesgué a comentar nada más por miedo a que me atacara.

—¿Quién era? —dijo mi padre en voz alta pasado un instante.

Miré al hombre, dudando. ¿Debía decirles a mis padres o invitarlo a largarse?

—Es…

—Dile que quiero hablar con ellos —dijo con tono autoritario.

—Es un señor que quiere hablar con ustedes —dije rápidamente.

Mis padres entraron a la sala e invitaron al hombre a pasar y sentarse. Al principio querían que me fuese a mi cuarto, pero el hombre se negó a que me marchara, alegando que yo era la principal interesada en el asunto. Mi padre me miró con seriedad, quizás planeando cual sería mi castigo, porque él no dejaría de creer que yo había hecho algo malo. Que problema ese de que todos los asuntos extraños ocurriesen a tu alrededor en la escuela, te dejaba como una mala persona ante tus progenitores.

El hombre explicó a mis padres sus intenciones al venir a la casa. Dijo lo importante que era que yo fuese a formarme al colegio Hogwarts, asegurando en todo momento que era completamente real y que lamentablemente las personas creían que era ficción gracias a la escritora. Demostró sus habilidades con la varita mágica ante los asombrados ojos de mis progenitores y ni decir de los míos. Convirtió el té de mi madre en cerveza, hizo que el jarrón del centro de mesa levitara sobre nosotros y para completar, convirtió un pocillo en una rana para después volverlo a su forma original. También habló sobre donde podía comprar mis útiles y el valor aproximado de estos en libras. Asombrosamente, mis padres escucharon todo con la boca cerrada; aunque no todo sería color de rosa una vez estábamos convencidos todos de la veracidad de las palabras de Snape.

—Bueno, muchas gracias por molestarse en venir, señor Snape —dijo mi padre levantándose del sillón en el que había estado sentado —. Pero Lena ya tiene cupo en un buen colegio, en uno normal.

—No es el colegio para ella —dijo Snape sin moverse de su asiento.

—Sí lo es —intervino mi madre —. Ahí estudió mi padre, es muy bueno, el indicado.

Una sonrisa maliciosa apareció en los labios de Snape ante las palabras de mi madre.

—Su padre no estudió en ningún colegio muggle, señora Heron. Él estudió en Hogwarts.

—¡Eso no es cierto! —exclamó mi madre indignada —. Él era un hombre normal. Nunca lo vi convirtiendo las tazas de té en sapos.

Me limité a observar la discusión como si de un partido de ping pong se tratase. Casi no me creía que mi abuelo hubiese sido un mago, nunca me confió esas habilidades, no me dijo nada acerca de que yo fuese una bruja. Pero él siempre me defendió de la furia de mis padres cuando ocurrían cosas extrañas a mí alrededor, siempre lo catalogaba de accidentes sin importancia, convenciéndolos de no castigarme. Hacía dos años que él había muerto, y me alegraba infinitamente volver a saber de lo especial que era.

—Usted no se crio con él —la contradijo Snape —. Su afición por las mujeres muggles lo llevó a involucrarse con su madre, pero no estuvo mucho tiempo cerca ¿o me equivoco? Su acercamiento fue cuando usted era una adulta, cuando ya se había retirado de su trabajo en el ministerio de magia. Era indudable que usted no sabría jamás nada de su pasado.

—Pero… —mi madre parecía haberse quedado sin palabras —mi hija… ¿por qué yo no manifesté nada raro?

—Se saltó una generación —respondió Snape —. Es normal cuando un mago se reproduce con un muggle.

—No interesa de donde lo haya sacado —intervino mi padre —. Ya decía yo que ese señor Phayre era un tipo raro. Lena no irá a ningún colegio donde se practique la brujería, no faltaba más que permitiese semejante aberración y burla contra el señor.

Snape lo fulminó con la mirada, antes de proseguir.

—No es una burla contra nadie. No es la brujería que usted y los demás muggles piensan.

—Brujería es brujería —rezongó mi padre —. No daré un solo centavo para semejante cosa. Mi esposa tampoco está de acuerdo, ¿verdad?

Al no obtener respuesta se giró a observar a mi madre, quien tenía la mirada algo perdida y los labios apretados.

—¿Rose? —insistió mi padre.

—¿Ah? Sí, no. No estoy de acuerdo en que vaya —dijo mi madre a la carrera saliendo de su ensimismamiento.

—Eso no es decisión de ustedes —dijo fríamente Snape —. ¿Quieres ir a Hogwarts? —añadió taladrándome con sus oscuros ojos.

Miré nerviosa hacia mis padres. Claro que quería ir, pero ellos eran los que tenía dinero para los útiles; si no me daban no podría ir a ningún sitio.

—Sí —dije —. Pero no puedo si ellos no compran los útiles.

—Tu abuelo dejó algo de dinero en Gringots para tu educación. Supuso que ellos se comportarían de esta forma —dijo Snape —. Solo ve a comprar tus cosas a donde les expliqué. Si no te presentas el primero de septiembre en Hogwarts, el ministerio tomará cartas en el asunto contra ellos.

Fulminó una vez más a mis padres con la mirada antes de ponerse en pie y dirigirse a la puerta.

—Que tengan un buen día —dijo antes de salir dando un portazo.