Capítulo I – El inicio
Un barco amarró en el puerto de Buenos Aires donde hombres y pokemon trabajaban a la par para ayudar a bajar la mercadería situada a bordo. La fría mañana no inspiraba precisamente a los marineros y mucho menos a los monstruos que los ayudaban. Eran bestias con forma similar a la humana, de color gris y músculos marcados. Líneas rojas podían apreciarse en sus brazos al igual que protuberancias sobre sus cabezas; sin embargo, lo que más llamaba la atención, era el cinturón amarillo que tenían puesto. Los Machoke llevaban únicamente las cargas más pesadas. Todas las cajas eran llevadas a un enorme edificio en construcción que estaba cerca del puerto.
En las afueras de la ciudad se encontraba una hermosa casa de la época donde vivían Juan y su abuelo Thomas. Ambos estaban en la mesa del comedor, desayunando.
Feliz cumpleaños Juan – felicitó Thomas a su nieto.
Gracias abuelo, igual sabés que no me gustan estas fechas; sólo sirven para hacerme acordar a la muerte de mi mamá.
Si, es verdad. Igual este año vas a tener tu cabeza ocupada. Ya tenés dieciséis años y sos lo suficientemente grande como para que te cuente cómo son las cosas en realidad.
¿A qué te referís? – Preguntó intrigado Juan.
El chico era igual que los demás de su edad. Tenía una altura promedio, supongamos que rondaba el metro setenta, metro setenta y cinco; era delgado para su estatura y vestía ropa informal de la época (pantalones marrones con tiradores, camisa blanca, boina de campo y zapatos marrones). Su tez era blanca –claramente su genética tenía orígenes europeos –, su pelo era castaño y siempre estaba desprolijo (en la época eso era inaceptable, por lo cual demostraba su rebeldía), sus ojos eran color verde apagado.
Thomas era un hombre cuya presencia imponía respeto. Medía alrededor de un metro ochenta y cinco, y –al igual que su nieto- era delgado. Siempre estaba bien vestido; le gustaba mucho usar traje, zapatos y bombín negros, con una camisa blanca. Su tez era igual que la de Juan y del mismo color su engominado pelo y bigotes. Los ojos del anciano eran iguales a los de su nieto.
Bueno Juan, hace ya un tiempo que vengo enseñándote todo lo que sé sobre las maravillosas criaturas que viven con nosotros, los pokemon.
Si… - asintió el chico, intrigado.
Tengo que reconocer que siempre fuiste un buen alumno. Pero también tengo que admitir que, muy a mi pesar, te estuve ocultando algo.
El chico estaba cada vez más intrigado, asique alentaba a su abuelo a seguir.
Como sabés, los barcos que amarran en el puerto traen personas y pokemon. Esos mismos pokemon tienen dos posibilidades: pueden adaptarse a vivir en la ciudad, o escaparse y vivir en los bosques junto a la gran mayoría de pokemon. Al haber mayor cantidad de bestias en estado salvaje, los habitantes de la ciudad se tienen que dedicar cada vez más a amaestrar pokemon y combatir con ellos contra las posibles amenazas a sus hogares o comercios. –hizo una pausa-. Parece ser que la gente de mi país natal, Inglaterra, vio su oportunidad para hacer negocios.
Juan se desconcertaba cada vez más, aunque no hacía preguntas. Sabía que, tratándose de su abuelo, lo mejor era dejarlo contar la historia de un tirón. Ya habría tiempo para preguntas. Thomas siguió:
Mis ex colegas de Sliph S.A. descubrieron la manera de incluir a los pokemon en el sistema capitalista. Se les ocurrió que, con la excusa de que haya más control, las personas que quieran combatir con sus pokemon tendrán que estar registradas. Más allá de que el registro requiera el pago de una tarifa, su negocio no termina ahí. También van a vender unas esferas del tamaño de una manzana diseñadas para que los pokemon habiten en ellas, y alentar a los "entrenadores pokemon" a capturar cuantas bestias puedan y hacerlas competir entre sí. Medicinas especiales serán fabricadas y vendidas para quien las necesite.
Increíble, n-no sé qué decir… – titubeó Juan, pero su abuelo lo interrumpió:
El cuento no termina ahí. Sliph S.A. se dio cuenta de que si los entrenadores van a tener cada vez más pokemon en su poder sin haber formado un vínculo previamente con ellos, va a ser muy difícil que las bestias les hagan caso. Por lo tanto, encontraron la manera de hacer que los monstruos los respeten; decidieron que quien quiera esa tecnología, tendrá que ganársela en una batalla. Cuando un entrenador tenga en su poder los ocho "controladores de pokemon" o, como ellos lo llaman para que suene mejor, "medallas"; tendrá el derecho de competir contra otras personas que se encuentren en sus mismas condiciones. El ganador adquirirá fama y respeto.
Juan sabía que eso estaba mal. De su abuelo había heredado el amor por los pokemon y el respeto por las personas. Los dos pensaban que el pueblo era quien debía ser favorecido y no los mandatarios. Saber que quienes habían trabajado en el pasado con su abuelo querían privatizar el uso de los pokemon, hacía que se enojara mucho.
¿Q-qué vamos a hacer? – Preguntó Juan, temblando de ira.
Thomas hizo un gesto casi imperceptible. De inmediato una sombra que colgaba del techo, saltó al suelo. Desde más cerca, el chico pudo ver de qué se trataba: Una lagartija color verde de medio metro de alto, con algo de color rojo en el torso, una cola grande y verde, ojos amarillos y una pequeña rama en su boca; la mirada del pokemon era confiada. El anciano estiró su brazo para que el pokemon pudiera treparse, miró al nieto a los ojos y le respondió con una sonrisa:
Luchar, naturalmente.
