§:§:§ Capitulo 1 §:§:§

Esa mezcla explosiva de emoción y nerviosismo había dejado a Kagome Higurashi tremendamente mareada. Buscó un pañuelo de papel en su bolso de mano para limpiarse el sudor de la cara. ¡Estaba sudando!

-cálmate kagome seguro es el calor del atardecer - se dijo así misma si no se calmaba terminaría empapada, y eso era lo último que debía ocurrir.

Su aspecto debía ser tranquilo, impecable; al menos para contrarrestar la reacción de koga. De modo que decidió maquillarse un poco. El maquillaje cremoso apago levemente el tono bronceado que había adquirido durante las últimas 8 semanas, mientras que la sombra de ojos ligeramente plateada enfatizo el tamaño sus ojos chocolate; el carmín rojo daba la ilusión de coraje.

Llevaba todas las vacaciones en pantalón corto y camiseta, pero esa noche se había puesto un vestido de seda verde plateado muy elegante, y esperaba que también sofisticado. No podía ser vista en el hotel más elegante de todo matera con cualquier harapo.

Al día siguiente, Koga, Sango y ella volverían a Inglaterra. Y para entonces todos sabrían cuales eran las intenciones de Inuyasha, se estremeció mientras la tención nerviosa volvía a sorprenderla.

Inuyasha, cuanto lo amaba... ¡no sabría decir cuánto! En las últimas 7 semanas él se había convertido en todo su mundo, en su único pensamiento, en cada bocanada de aire que respiraba. Solo de saberlo se sentía volar. Esa noche le dejaría claras sus intenciones. ¿Para qué si no le había sugerido quedar con ella y con sus acompañantes de viaje en el bar de uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad? Él sabía lo unida que estaba a Sango y a Koga, los mellizos del socio de su padre; sobre todo después de la muerte de su madre hacia 4 años, cuando los mellizos le habían acogido bajo su amparo, su protección y su cariño.

Kagome cruzo los dedos, rezando para que el próximo encuentro fuera bien, para que Koga no saliera con algo que el orgullo Italiano de Inuyasha no estuviera dispuesto a perdonar. Sería insoportable si las 3 personas que mas quería en el mundo se pusieran de uñas.

Se puso derecha y sintió su melena azabache rozándole los hombros. Entonces miro de reojo a Koga que caminaba a su lado; parecía concentrado en los coches que pasaban por el elegante paseo marítimo. No la miraba a ella pero sabía que sus apuestas facciones se contraerían con desagrado si lo hiciera.

Aunque solo tenía 20 años, dos más que ella, a veces actuaba como si fuera su abuelo. Kagome suspiro al recordar los comentarios mordaces de su amigo cuando, para poder explicarle por que había pasado tan poco tiempo con Sango y con él había tenido que confesar que había conocido a alguien.

Fascinada con la idea de haber encontrado al amor de su vida allí en Italia, después de cambiar los planes iniciales de hacer un tour por Europa, le había dado su nombre, Inuyasha Taisho, añadiendo innecesariamente:

- Es italiano. - Dijo, como si eso explicara el hecho de que era el hombre más apuesto que había visto en su vida.

Koga le había echado una de esas miradas que prometía un buen sermón.

-¿Cuanto años tiene ese tipo? y supongo que, ya que están juntos todos los días, no trabajara - hablo Koga

-¡entonces supones mal! - Kagome había señalado en tono defensivo.- Inuyasha trabaja casi todas las noches en el restaurante de uno de los hoteles de Marbella; por eso tiene las mañanas y las tardes libres para pasarlas conmigo. Y por si te interesa saberlo tiene ventados años.

Sólo cuatro años mayor que ella, y tan moreno y apuesto, tan esbelto y físicamente perfecto, que su corazón anhelante palpitaba sólo de mirarlo.

- Entonces un camarero italiano ha ligado contigo - comentó Koga en tono seco-. ¡Qué típico!

Kagome se echó a reír porque el comentario de Koga era correcto. Se había puesto a pensar en aquel día de hacía tres semanas. Había pasado la primera semana todo el tiempo con sus amigos, como una chica obediente. Cada día habían bajado de la sierra donde se encontraba la casa rural que habían alquilado; había hecho lo que les había apetecido a Koga y a Sango. También había jugado con ellos al golf, se habían ido de compras, habían tomado café en las terrazas de los bonitos cafés y habían explorado la zona elegante y exclusiva del cercano Puerto Giovinazzo.

Ese día sin embargo se había hartado de tanto glamour y había preferido pasar unas horas explorando a pie los pintorescos alrededores de la casa rural, cómodamente vestida con pantalones cortos, una camiseta amarilla y zapatillas de deporte. El zumbido de una motocicleta, una Vespino, como la llamaba Diego, fue un aviso que llegó demasiado tarde. Se habían conocido en una curva de una senda estrecha. Lisa se había caído hacia atrás sobre un lecho de flores silvestres; el joven y guapo Italiano pegó un frenazo y derrapó.