Capítulo Dos
Él aterrizó encima de ella y sus caderas quedaron acomodadas en la cuna formada por las piernas extendidas de la joven. Harry se incorporó sobre sus codos y observó a la mujer que yacía debajo de él. Parecía estar bien fría. Él quiso revisarle el pulso, pero sus brazos estaban atrapados por debajo del cuerpo de ella y temía moverla por temor a agravar cualquier fractura potencial de él o de ella. En lugar de eso, presionó los labios contra el punto de pulsación en el cuello de ella.
Cuando sus labios fríos tocaron la suave piel, un estremecimiento le recorrió la espalda. Ella estaba muy viva y cálida. La sentía, la olía, lo cual hizo que él de pronto fuera muy consciente de la posición de sus cuerpos.
Una foto de ella desnuda en la burbujeante bañera caliente atravesó su mente. Harry se retiró con prontitud teniendo cuidado de no lastimarla. Ya era bastante malo que estuvieran atrapados en ese lado de la montaña. Examinó la cabeza de la joven en busca de golpes o magulladuras, pero no encontró nada. Era probable que, al golpearse, se hubiera desmayado.
Mientras se sentaba sobre sus propias piernas, Harry revisó su figura inmóvil y de inmediato se maravilló de su perfección. Cada curva de aquellas piernas largas que se sentían tan bien presionadas contra las suyas, eran visibles a través de los ajustados pantalones de esquiar.
Él necesitaba tener cuidado con ella. Era una mujer peligrosa para su forma de vida. Conocía a las de su tipo y no deseaba tener nada que ver con ella. Simplemente no se ajustaban, no había forma de que pudieran encajar. Tenía que controlar esa indeseada pero definitiva atracción. El sermón era para su propia mente pero no podía detener a sus ojos errantes. Ella se veía magnífica y serena con su cabello de color rojizo extendido en torno a su cabeza en contraste con la blancura de la piel.
Musitó una imprecación y se alejó de ella. Era obvio que el sendero que habían seguido no había sido utilizado en mucho tiempo. Era apenas más que un claro en el bosque, cubierto por una gruesa capa de nieve.
Harry levantó la mirada. El cielo estaba ominosamente gris. Había pensado que la creciente oscuridad se debía a lo tarde del día, pero en ese momento veía que estaba equivocado y la predicción de Tony resonó en sus oídos. Una tormenta se aproximaba, con espesas nubes que se desplazaban desde el norte. Como para confirmar sus pensamientos, copos de nieve empezaron a caer en torno suyo.
Tenía frío y la rodilla lo estaba matando. Debió de hacerse algún daño durante la caída y Su Alteza no estaba en condiciones de caminar con nieve hasta las rodillas, para buscar en su compañía un refugio para pasar la noche.
No podía dejarla allí; aunque el pensamiento lo tentaba. Pronto oscurecería más de lo que le gustaría pensar y, si el frío no se lo impedía, cualquier animal salvaje que hubiera hecho de esos bosques su hogar probablemente los atacaría.
Harry se levantó y la levantó en brazos. Ella era una mujer alta, pero menos pesada de lo que esperaba. «Quizá, después de todo, no sea tan malo», pensó al dar el primer paso.
No estaba preparado para el dolor ardiente que le subió por la pierna como una descarga eléctrica. Cerró con fuerza los ojos y apretó los dientes. Durante lo que le pareció una eternidad, aunque quizá fueran sólo unos segundos, soportó aquel dolor. Con profundas respiraciones, de forma consciente bloqueó el dolor en su mente. Cambió el peso del cuerpo de Ginny en sus brazos y empezó a caminar de nuevo.
El sol se ocultaba con venganza, porque estaba helando y tenía los pies y manos entumecidos. Sudaba copiosamente. Su liviana carga había sufrido una metamorfosis para convertirse en una carga opresiva. Cuando se convenció de que no podría dar otro pasó, se detuvo apoyándose contra un alto tronco de abeto azul.
Con delicadeza bajó a Ginny y la depositó sobre un colchón de suave nieve al pie del árbol. En ese momento los copos caían con más fuerza, y el cielo sólo conservaba un tenue resplandor grisáceo. Si no encontraba un refugio pronto, morirían.
Empezó a pisar con fuerza para estimular la circulación y metió las manos en los bolsillos.
—Estúpido —se dijo en voz alta—. Es absolutamente la cosa más estúpida que has hecho en toda tu triste vida.
Ginny abrió sus ojos y vio unas manchas. Alguien estaba hablando, pero no pudo entender las palabras porque sus oídos palpitaban. Estaba aturdida y desorientada. Esperó a que los manchones se aclararan y entonces lentamente, con extremo cuidado, volvió la cabeza hacia la voz.
Era él. El loco que la había atacado. Su primer impulso fue saltar y huir, pero no creía ser capaz de lograrlo. En algún lado había leído que había que tratar a esos tipos de comportamiento impredecible con «guantes de seda». Eso debería ser fácil, pensó. Ella había tratado a su padre de esa forma, desde hacía muchos años.
Ginny se incorporó para sentarse, asegurándose de que había una buena distancia entre ella y él, en caso de que intentara atacarla de nuevo. El movimiento atrajo la atención de Harry, que se volvió hacia la joven. Durante un largo momento se miraron uno al otro. Sus ojos tenían un color marrón claro y la miraba de forma penetrante. Lo primero que pensó fue que no parecía un maníaco, aunque en realidad no estaba segura de cómo eran los maníacos.
— ¿Estás bien? —le preguntó con voz baja, áspera y preocupada.
— ¿Quién eres tú? —le preguntó ella.
—El tipo que te salvó la vida.
— ¿Salvar mi vida? ¿Eso es lo que crees que estabas haciendo?
—Sí. ¿Qué pensaste tú que intentaba hacer? —le preguntó.
—Atacarme. Secuestrarme. Matarme.
Harry hizo un ruido que bien pudo ser una risa, aunque no lo parecía.
—No lo creo. ¿Cómo te sientes?
—Atontada.
—No es de sorprender, ya que te desmayaste.
Él dobló la pierna derecha y la movió hacia atrás y adelante mientras se frotaba la rodilla. Ginny estaba confundida y preocupada. Aquel hombre parecía perfectamente normal, si ignoraba el estilo rebelde del corte de su cabello negro claro, largo por detrás y corto por delante, y su barba de un día.
Ginny se levantó despacio y se apoyó contra el tronco del árbol sacudiéndose la nieve.
— ¿De qué era de lo que me estabas salvando? ¿Y cómo llegué hasta aquí? Si no te molesta que te lo pregunte…
Harry la miró sobre su hombro, pensando que aquella mujer era muy hermosa. Ese cabello de color rojizo le caía en ondas sobre los hombros. Tenía una atractiva y bien cuidada apariencia.
¿Y por qué pensaba en eso precisamente en ese momento?, se preguntó.
—Yo te llevé en brazos. ¿No viste la avalancha? —preguntó y obligó a su mente a regresar al asunto que tenía entre manos.
—Sí y me habría salido del camino a tiempo… si tú no me hubieras atacado.
—Yo no…
Un ruido sonó detrás de los arbustos llamando su atención. Harry miró en torno suyo tratando de buscar la fuente del sonido. No podía decir qué era, pero sabía que no debían quedarse allí.
De nuevo estaba molesto tanto consigo mismo como con Su Alteza por haberlos metido a ambos en ese lío.
— ¿Puedes caminar? —le preguntó él.
Ginny mintió: No tenía idea de qué tipo de animal estaba vagando por allí, pero tampoco quería investigarlo.
—Tenemos que continuar —señaló el bosque de altos pinos—. Si tenemos suerte, quizá encontremos una cabaña.
—No creo que eso sea una buena idea —dijo Ginny con autoridad—. Es mejor que regresemos hacia las veredas. Es la única forma de que un equipo de rescate nos encuentre.
— ¿Un equipo de rescate? ¿Lo dices en serio?
—Por supuesto. Ya ahora deben de estar buscándonos ¿no crees?
Harry negó con la cabeza.
—No, no lo creo. En primer lugar, no hemos desaparecido durante tanto tiempo. Segundo, está nevando… en caso de que no lo hayas notado.
—Ya lo he notado, señor…
—Potter. Harry Potter —esperó una señal de reconocimiento, pero no hubo ninguna. Se dijo que ése era un problema menos del cual preocuparse—. Usa tu cerebro, dama. Si nosotros no podemos regresar al sendero, ellos tampoco pueden subir.
—Mi nombre es Ginevra —dijo con altivez.
De inmediato se mordió el labio al recordar demasiado tarde que debía usar su seudónimo. De todas formas no importaba, musitó para sí. Una vez que regresaran al centro recreativo, llamaría ella misma a su padre. Dio un paso hacia Harry, apoyó las manos en las caderas y dirigió su atención hacia él.
—Ya sé que no pueden subir por el sendero. Sin embargo, sí pueden usar un helicóptero.
—Lo que estoy seguro que harán, pero no esta noche. Está oscureciendo y empieza a nevar de nuevo. Haz lo que quieras, pero yo voy a continuar.
¡Qué hombre tan desagradable! Era apuesto, aunque en un estilo rudo y definitivamente estaba bien proporcionado a juzgar por la anchura de sus hombros. De todas formas, era demasiado ordinario para su gusto. Lo observó subir entre los pinos. Una ráfaga de viento metió su dedo frío dentro del cuello de su chaqueta y en torno a su garganta. Ella ya no podía verlo, pero podía escuchar el ruido de sus botas en la nieve.
Se estremeció y sintió dolor. Él tenía razón; ya estaba oscureciendo. Quizá también tuviera razón sobre el helicóptero. Tal vez no fueran a buscarlos esa noche y ese pensamiento la alarmó.
—Se encaminó por la colina tras él, pero luego avanzaba rápidamente y no podía alcanzarlo.
— ¿No vas a dejarme aquí ¿verdad? —le gritó.
Harry la oyó fuerte y claro pero siguió caminando. Tenía que admitir que ese pensamiento le atraía, pero su conciencia sacó a relucir lo mejor de él. Estaba oscureciendo a cada minuto. Con el frío y los animales, alguien como ella no tendría oportunidad de sobrevivir.
Se detuvo y esperó. Al aproximarse ella, la ayudó a saltar sobre un tronco.
—Gracias —dijo y soltó el aliento.
Él gruñó una respuesta, luego se dio la vuelta e inició la subida por la colina. Trató de ignorar el dolor de la pierna, que había empeorado con el esfuerzo de subir, pero no tuvo éxito.
— ¿Qué sucede? —le preguntó Ginny.
—Es mi rodilla —le dijo.
— ¿Te hiciste daño cuando caímos?
—No.
De nuevo empezó a caminar.
Ginny lo observó cojear, al subir. Parecía que esa sería toda la información que iba a sacarle por el momento. Se dijo que, una vez que encontraran un refugio, él tendría que hablarle.
Continuaron caminando pesadamente en la nieve que les llegaba hasta los tobillos, y que en ese momento estaba más dura. Harry sujetó a Ginny por el brazo y la ayudó. Tenían que moverse con mayor rapidez.
—Estúpido —musitó él para sí.
— ¿Qué es estúpido? —le preguntó Ginny.
—Quedarse atrapado aquí afuera. Contigo.
— ¿Si estuvieras solo sería mejor?
—Si yo estuviera solo, no estaría aquí.
— ¿Estás aquí por mí? —le preguntó—. Tú me estabas siguiendo.
Harry estaba contento de que ella no pudiera verle el rostro.
—No te seguía. Ya te dije antes que estaba salvándote.
—Antes de eso. Tú me seguías y yo te vi.
— ¿Por qué iba a estar siguiéndote?
—Por ser yo quien soy.
— ¿Y quién eres?
—Ginevra Weasley.
Harry siguió caminando, sin perder el paso.
— ¿Sí? ¿Y qué?
Ginny lo sujetó del brazo, obligándolo a detenerse.
— ¿Quieres decirme que no sabes quién soy? —le preguntó.
— ¿Eres famosa o algo así?
—Debes estar bromeando…
—No, dímelo. He estado fuera del país.
— ¿Dónde? —preguntó con cierto sarcasmo. ¿En Siberia?
Harry sonrió. Ella era una cosita bonita, eso era seguro.
—Algo así.
—Soy la hija de Arthur Weasley.
—De él sí he oído hablar.
—Eso pensé.
—Eso no quiere decir que yo te siguiera —añadió.
— ¿Entonces por qué me atacaste? —le preguntó.
—No lo hice…
Él se acercó a ella y la joven retrocedió. Ginny era alta, pero él lo era más.
Harry extendió su mano bajo la nariz de ella.
— ¿Quién atacó a quién?
Ginny apenas podía vislumbrar las marcas de sus dientes bajo esa tenue luz, pero recordó el instante en vividos colores.
— ¡Oh, sí! Yo… lo siento. Pensé…
—Olvídalo —dijo e hizo un gesto hacia ella.
Harry continuó subiendo la colina, pisando con fuerza para estimular la circulación mientras seguía moviéndose. Sabía que ella lo seguía porque podía escuchar sus pisadas detrás de él. Después de un rato, llegaron a un espacio despejado y Harry se detuvo. Era un camino estrecho y cubierto por unos treinta centímetros de nieve, pero al fin y al cabo era un camino. Aspiró profundamente y soltó un espeso vaho nebuloso. Con los brazos en jarras, descansó su peso en su pierna sana y se volvió.
Oyó la exclamación de Ginny antes de que pudiera ver el motivo. Surgió como una aparición, tan cerca, que casi chocó con ella. En ese momento la nieve caía más espesa y Harry se limpió el rostro con la mano para asegurarse de que no estaba viendo visiones. Y no lo estaba, era un hecho. Había una cabaña: era un chalet de esquiadores. No muy grande, no muy impresionante, pero era un refugio sólido y real.
Con una reserva de energía que había conservado enterrada muy dentro, trotó hacia la puerta del frente. Forzó la cerradura y quedó agradablemente sorprendido cuando se abrió sin mucho esfuerzo.
Sólo había una habitación, con una escalera de hierro, de caracol, que llevaba a una buhardilla que servía de dormitorio. Una mesa redonda y dos sillas estaban en el rincón contiguo a la cocina. Un pequeño sofá y una silla estaban frente a la chimenea. Harry adivinó que se trataba de un refugio para fines de semana que, aunque no era lujoso ofrecía todas las comodidades. Encendió la luz y nada sucedió, porque no había electricidad.
Ginny se quedó de pie en el centro del cuarto mientras Harry daba una vuelta para hacer un inventario. Un baño funcional pero pequeño estaba escondido detrás de la escalera. Abrió el grifo y descubrió que los dueños no habían cerrado la llave general. Tenía sentido, ya que con la llegada de la primavera, no había necesidad de preocuparse por las tuberías congeladas.
De regreso al cuarto principal, Harry le dijo a Ginny:
—Somos afortunados —ella asintió, abrazándose; tenía demasiado frío para responder.
El primer instinto de Harry fue envolverla entre sus brazos y atraerla hacia sí. Vaciló y luego se quedó inmóvil como un muerto. No estaba seguro de quién calentaba a quién, y entonces se volvió dándole la espalda. Había una chimenea en la pared opuesta, revisó la caja de leña y se alegró al encontrarla medio llena. «Suficiente para la noche», pensó y procedió a encender un fuego. Se sentó sobre sus piernas y se calentó las manos ante las llamas.
— ¡Ah! Qué bien se siente —dijo Ginny al acercarse a él por detrás.
Harry se volvió ante el sonido de su voz. Trató de ignorarla, pero con la calidez del fuego que empezaba a filtrarse en él, se rindió y la miró. La extenuante subida y el frío habían teñido sus mejillas de un tono rosado. Ella le sonrió; la felicidad por haber encontrado refugio brillaba en sus enormes ojos marrones.
Incluso en ese momento, desaliñada, cansada y dolorida constituía una visión memorable. Una belleza natural, saludable, completa. Harry sintió que una nueva calidez invadía su sistema nervioso. «¡Peligro!», se dijo.
Su rodilla protestó cuando se levantó.
—El sistema eléctrico está desconectado —dijo mientras salía del cuarto. En ese momento estaba oscuro y la única fuente de luz era el fuego.
—Habrá velas en algún lugar —dijo Ginny mientras empezaba a buscarlas—. Las vi hace un minuto —encontró las velas y encendió una.
—La luz no me preocupa —señaló el radiador junto a la pared—. El sistema es eléctrico o de gas, no lo sé. Lo revisaré mañana. Por hoy, al menos… —señaló el fuego—… ésa es nuestra única fuente de calor —afuera el viento aullaba como para remarcar su comentario—. Tendremos que dormir junto al fuego si queremos mantenernos calientes.
Harry subió la escalera de caracol hasta la buhardilla. La cama era de tamaño grande y parecía bastante cómoda, pero no había sábanas, sólo un colchón desnudo cubierto con un cubrecama de parches y un par de almohadas. Era obvio que los dueños habían cerrado el lugar durante esa temporada o al menos hasta el verano.
—Cuidado con la cabeza —gritó. Levantó el colchón de la cama y lo lanzó desde la buhardilla hasta el piso inferior.
Ginny dio un salto hacia atrás cuando vio aterrizar el colchón sobre el polvoriento suelo con un ruido seco. Las dos almohadas siguieron. Antes de que pudiera reaccionar, Harry ya estaba abajo de nuevo y apartaba los muebles para colocar el colchón frente a la chimenea. Extendió el cubrecama sobre él.
—Ahí tienes —dijo—. Eso servirá.
— ¿Eso servirá para qué? —preguntó ella.
Harry la miró. Ella estaba de pie, con las manos en las caderas y una expresión de incredulidad.
—Nos proporcionará una cama.
— ¿Nos?
—Sí, nos…
— ¿Nos es tú y yo?
—No veo a nadie más por aquí, cariño.
—Yo no soy tu «cariño», señor Potter, y no voy a dormir contigo en ese colchón.
Harry frunció el ceño. Si alguien debía quejarse de la situación, debía ser él.
—Como gustes —le dijo.
Se quitó la chaqueta, las botas y se soltó el botón de los vaqueros. Con un movimiento, se acostó sobre el colchón. Se cubrió con la colcha, suspiró profundamente y cerró los ojos.
— ¿Qué piensas que estás haciendo?
Harry abrió un ojo.
—Voy a dormir.
— ¿Ahora?
—Querida, el cielo está tan oscuro como el carbón y lo estará hasta mañana. Yo me he levantado con el alba y estoy molido; tengo la rodilla como si alguien me la hubiera golpeado con fuerza con un clavo. El fuego está encendido y estamos a salvo por esta noche y no estoy de humor para tu insolencia. ¿Entendido? —Cerró los ojos y rodó hacia un lado—. Así que hazme el favor de dormirte.
Ginny estaba furiosa. Abrió la boca para decir algo pero luego la cerró. No tenía sentido discutir con ese cretino esa noche. Se desabrochó la chaqueta y se metió los guantes en los bolsillos. Llevando con cuidado la vela frente a sí, fue al baño a lavarse. Bajo la tenue luz, revisó el gabinete bien surtido de medicinas. Su cabeza palpitaba, gemía y suspiraba por una aspirina. Su ruego fue respondido y con rapidez tomó dos tabletas antes de regresar a la habitación principal.
Cuando regresó, Harry estaba tumbado de costado frente al fuego. Ella se quitó la chaqueta y las botas y caminó de puntillas sobre el colchón. Era maravilloso sentir el calor del fuego y flexionó los dedos entumecidos frente a él. Miraba a Harry, que le había dejado exactamente la mitad del colchón.
Ginny sacudió la cabeza rechazando su oferta y en cambio se acomodó lo mejor que pudo sobre el sofá de dos asientos, utilizando su chaqueta como manta. Cerró los ojos. Empezó a dolerle cada chichón y moratón que había obtenido durante la caída. El sofá era demasiado pequeño para sus largas piernas. Cambió de posición y, en el proceso un resorte suelto se le clavó en la espalda. « ¡Fabuloso!», pensó. Se volvió de costado para lograr una posición mejor, pero con cada movimiento encontraba un nuevo obstáculo para su comodidad.
Ginny se mordió el labio. Harry no había movido ni un solo músculo. El espacio que había dejado para ella permanecía invitadoramente intacto. Tan silenciosamente como le fue posible, se levantó y de puntillas fue hasta el colchón. Allí, junto al fuego, se cubrió con la colcha. Suspiró cuando la suavidad del colchón acunó su dolorido cuerpo.
Mientras yacía sobre su costado mirando al fuego, escuchó el sonido apagado de la nieve al golpear contra las ventanas. La tormenta había arreciado y aunque le hubiera gustado lo contrario, pensó que Harry tenía razón. Eran afortunados y estaban a salvo esa noche. En lugar de reflexionar sobre su destino, debía estar orando de agradecimiento por haber encontrado esa cabaña.
Se obligó a relajarse y, cuando la tensión abandonó su cuerpo el cansancio se apoderó de ella y en pocos minutos cayó profundamente dormida.
Harry supo el minuto exacto en que ella se rindió, ya que su cuerpo se aflojó y él sintió su suave y redondeado trasero apoyado contra el suyo. Colocó mejor la manta sobre ambos, aspiró profundamente y soltó el aire hacia la oscuridad.
Bueno, en ese momento él también podría decir que había dormido con la famosa Ginevra Weasley. Se arrebujó cerca de ella, respiró el aroma de su caro perfume y el suyo propio de mujer, y una emoción diferente lo asaltó.
Pensó en el carrete de película que estaba en el bolsillo de su chaqueta y en cómo reaccionaría ella si se enterase. Sin embargo, a pesar de todo, su cuerpo de nuevo respondió a la imagen de Ginny.
Era un infierno estar allí en ese lugar, pensó mientras de forma inconsciente se aproximaba más a ella.
¡Era un verdadero infierno!
