CAPITULO 2: J.L DE HORSE ROAD STREET
-Holmes.
-¿Hmm?
-¿Tienes idea de la hora que es?
-Las nueve y algo de la mañana, seguramente.
-Son las doce quince del mediodía.
Sherlock Holmes salió completamente de su letargo, con los ojos fijos y abiertos mirando los pies de su querido amigo Watson, quien se paseaba frente a él con un singular taconeo que indicaba molestia.
-Creí que saldríamos al campo a las diez.
-¡Ah! –ahora comprendía el motivo de su enfado. Habían olvidado las bonitas vacaciones que pensaban tomar en la casa de campo de Mycroft, su hermano. Los zapatos de Watson desaparecieron de su vista y, en su lugar, se vio frente a frente con la oscura y húmeda nariz de Gladstone, quien luego de olfatearlo sacó la lengua y le lamió la cara de arriba abajo.
-¡Oh! ¡Agh! –gruñó Holmes, poniéndose de pie. A sus espaldas, Watson seguía caminando de mal humor.
-Así que… -musitó Watson, que tenía sus ojos clavados en los hombros del detective. Éste decidió darse la vuelta y encararlo.
-Así que… supongo que te debo una amable, sincera y esencialmente adecuada disculpa, ¿no es así? –le cuestionó Holmes, mientras se limpiaba con la manga la baba de Gladstone.
-Pues no. –replicó Watson.
-¿No? ¡Ah, perfecto! –Holmes dio una palmada y se dio la vuelta. –En todo caso, nosotros deberíamos…
-¿Deberíamos qué? –preguntó Watson de mal humor. –Lo que quiero es pedirle un favor muy sencillo.
-¿De veras?
-Sí. No dé problemas.
Holmes no se molestó en devolverle la mirada. Seguía de pie, dándole la espalda, totalmente estático. Ya sabía que algo en la actitud fría de su amigo estaba demasiado mal. Rápidamente se olió las malas intenciones.
-Usted… -dijo, volviéndose ligeramente. –hará algo que yo no querría que hiciera… Pero lo hará… como desagravio…
Watson sonrió.
-¡Vaya! Ni siquiera recién despierto pierde su habilidad deductiva. –dijo sarcásticamente. –Pues sí. Así es. Haré algo que usted ni en su sano juicio me permitiría hacer.
Esta vez estaba preparado para la pelea, y Holmes decidió imitarlo.
-Déjeme adivinar… ¿se trata de Mary?
-¡No! ¿Cómo cree? –se burló Watson con cara de malas pulgas.
-Odio su fingido y patético sarcasmo, Watson, se lo advierto. –protestó Holmes.
-Ah, pues ni modo.
-¿Entonces… entonces lo hará… de verdad? –preguntó Holmes.
-Sí, lo haré.
-¡Ja!
-¿Algún problema?
-¡Ninguno, señor mío!
-¡Bien!
-¡Bien!
-¡Bien, me voy!
-¡Pues adiós!
-¡Adiós!
En ese preciso momento, Watson había cerrado con un portazo que hizo cimbrar la habitación. Holmes le echó una mirada a Gladstone, quien primero observó con fascinación la puerta por la cual acababa de salir su amo, y luego miro a Holmes, como si tampoco comprendiera del todo aquélla actitud pretenciosa y airada del buen doctor.
Holmes negó con la cabeza lentamente, y luego fue a sentarse en su sofá, colocando sus codos contra sus piernas, con los dedos juntos y los ojos fuertemente cerrados. Odiaba aquélla actitud infantil de parte de Watson, sobre todo por lo mal que le caía Mary. Sí, tenía razones para odiarla. No solo por el hecho de que se estaba llevando a la única persona que le comprendía tan bien y a quien más aprecio tenía, sino porque Watson y Mary eran el doloroso reflejo de lo que pudo ser y nunca fue. Recordó a Irene… Irene, la única persona en el mundo (y la única mujer, valga la redundancia) que pudo moverle por un motivo mucho más poderoso que sus obsesiones o su necedad. Pero ahora, en donde ella estaba, de nada servía lamentarse. Ella nunca volvería del Más Allá, jamás volvería a saber de ella.
Watson y Mary eran lo que "pudo ser y no será" de Holmes. Primero, Irene, su dulce Irene, lo abandonó. Ahora, era Watson quien se marchaba para siempre.
Suspiró. La verdad dolía, y mucho.
Pero no le quedó demasiado tiempo para seguir lamentando su repentina e inexorable soledad cuando la puerta se abrió. Apareció Watson acompañado de un hombre que Holmes conocía muy bien.
-¡Clarkie! –saludó Holmes. El aludido saludó con una breve inclinación.
-Señor Holmes, buen día. –replicó.
-¿Y qué te trae por estos humildes sitios? –dijo Holmes. -¿Acaso Lestrade ha perdido sus llaves y necesita de alguien que se atreva a buscar en el bolsillo de su mujer?
Notó cómo la tonta broma hacía reír a Watson, pero aunque Clark sonrió débilmente, había algo en su expresión que denotaba gravedad.
-Ha ocurrido un evento muy extraño la noche pasada. Y necesitamos al menos saber algo antes de… antes de que la prensa nos ataque.
-¿Hmm, tan grave es? –preguntó Sherlock, arqueando una ceja.
-Quién sabe, señor Holmes. –respondió el hombre. –Han hallado un cadáver cerca de Whitechapple.
-¿Y qué? Ésa clase de cosas suelen ocurrir en el distrito de Whitechapple, siempre. –protestó Holmes, hundiéndose cómodamente en su sofá.
-Pero los eventos ocurridos han sido tan extraños… El cadáver presenta… huellas muy… particulares.
-Déjame adivinar… ¿sin tripas, acaso? –se burló Holmes.
-¡Ah! Ni me recuerde eso. –gruñó Clark, haciendo un gesto de asco. –No, se trata de una seña particular muy curiosa. Es todo.
-¿Seña?
-Sí. Lo peor es que no es la primera vez que la vemos.
Esta vez Holmes estaba prestando atención.
-No es la primera vez… ¿hubo otra anteriormente? –Clark asintió. -¿Dónde?
-Una pordiosera… por eso Lestrade no le puso atención… el cuerpo ni siquiera pudo identificarse…
-Y ahora sí, ¿no? –preguntó Holmes.
-Hmm… tanto como pueda identificarse a una prostituta, sí.
Holmes se puso de pie como impulsado por un resorte.
-De acuerdo, Clarkie, dile a Lestrade que ha captado mi atención. Voy para allá ahora mismo. Watson…
El aludido suspiró.
-¿Acaso tengo otra opción? –se lamentó.
Así, ambos echaron a andar para ir al lugar del crimen.
Llegar hasta el callejón fue un asunto molesto, sobre todo para Watson quien llevaba zapatos nuevos y no le gustaba la idea de ensuciarlos en el barro.
-Vamos, Watson, ¿es que el matrimonio le ha robado una parte de su antiguo valor? –le preguntó Holmes.
-Quizá sí. –se defendió el doctor. Ambos se aproximaron al lugar acordonado por los policías, y Lestrade estaba de pie frente al cadáver.
-¡Buen día, Lestrade! –saludó Holmes de la manera que solía hacer para molestar al inspector. –Hace un clima magnífico, ¿no es así?
Lestrade arrugó el gesto.
-Lo que sea. Ahí está tu cuerpo. –replicó de mal modo, señalando el cadáver del suelo. –Le llamaban Swan, desconocemos su verdadero nombre.
-Gracias por cuidarlo, haz hecho un gran favor. –replicó Holmes que se inclinó para examinar al muerto.
El cadáver era de una joven muy bella, con el pelo largo y castaño todo revuelto y los ojos fríos fijos en el cielo. Holmes se puso a revisar de cerca la herida del cuello, y luego, muy despacio, notó la mancha de sangre en el vestido.
-Hmm… -musitó. Sacó su bolsa de cuero donde guardaba todos sus artefactos y tomó la lupa y un pequeño bisturí. Examinó el vestido con la lupa y luego cortó la tela con el bisturí. Dejó descubierta una buena parte del vientre, blanco como la cera y con un corte singular en éste. No lo tocó, solamente dibujó su contorno con las yemas de sus dedos.
-Una luna menguante. –dijo con interés. –Si no hay un ritual siniestro detrás de todo esto, me como a Gladstone.
-¡Oye! –protestó Watson.
-¿Qué cree que sea? –le preguntó Lestrade.
-Ya se lo he dicho. Esto es meramente simbólico. La luna –dijo Holmes. –representa al lado femenino de la naturaleza. Aquí tenemos una mujer muerta. ¿Quiere mi opinión? –antes de volver a hablar, se inclinó sobre la joven y revisó de cerca su rostro. Acto seguido le cerró los ojos. –Quiero que me entregue un detallado informe de la otra mujer asesinada en las mismas circunstancias. Después le diré lo que sucederá a continuación.
-Como quiera. –dijo Lestrade de mal humor. Holmes se puso de pie, mirándolo fijamente, casi sin parpadear, hasta que el inspector se hartó y se dio la vuelta.
Watson miró con interés lo siguiente. Holmes se quitó el sombrero y lo dejó caer sobre el cadáver.
-¡Oh, qué torpe soy! –masculló, arrodillándose para volver a tomar el sombrero. Watson pudo notar un pequeño relámpago blanco desaparecer en las profundidades del objeto. Holmes sonrió afablemente.
-Bueno… -dijo Watson, notando la mirada de complicidad de Holmes. –Nosotros debemos retirarnos. Hemos terminado aquí.
Mientras ambos doblaban la esquina, Holmes volvió a ponerse el sombrero y extrajo el objeto blanco que Watson había visto. Se trataba de un bolsito hecho de cuentas.
-¿Pero qué…? –preguntó Watson. –Holmes, esto podría ser evidencia.
-Evidencia que yo estudiaré. –dijo Holmes. –Uno puede llegar a conocer a una mujer con sólo echarle un vistazo a su bolso, Watson. Recuerda mis palabras.
-¡Ah, qué ridículo! –dijo Watson, mientras Holmes abría el bolsito. Comenzó a revolverlo.
-Hmm… monedas… aquí debe haber más dinero del que una mujer de su clase obtendría en una sola noche. –dijo. –Y aquí tenemos… ¡ah!
-¿Qué?
Holmes le mostró un trozo de papel. Watson lo tomó y lo leyó velozmente.
-Dice "J.L de Horse Road Street". –miró a su compañero. –Holmes… esto queda a dos calles de Baker Street.
-Fascinante, ¿no lo crees? –respondió. -¿Qué tendrá que ver este misterioso J.L con nuestra querida amiga de allá?
-¿Un amante? –aventuró Watson. -¿Un amigo? ¿Un antiguo amor?
-Un adeudado, seguramente. –dijo Holmes, que acercó el papel a su nariz y lo olfateó. –O un familiar al cual atender. –A menos que le parezca un gesto muy fino de su parte perfumar el papel donde viene el nombre de su adeudado.
-¿Piensa usted en… un hijo?
-Posiblemente. Pronto lo averiguaremos.
Dicho esto, los dos tomaron un coche que los llevó hasta Horse Road Street. El lugar era un poco deprimente, en comparación con Baker Street. Las casas eran más pequeñas y de aspecto más dañado. Los vendedores deambulaban por las calles, y rara vez se veía que pasara un carruaje, si acaso, unos pocos coches de alquiler cruzaban como si nada aquélla zona fantasma oculta por la fría niebla.
-¿Qué clase de persona podría vivir en un sitio como éste? –se preguntó Watson en voz alta mientras descendían del coche.
-Uno muy pobre. –dijo Holmes mientras el coche se alejaba. –El hijo de una mujer como ella podría encontrar asilo aquí, y en ningún otro lugar.
-Lo comprendo. Pero ¿es correcto que un niño se desarrolle aquí?
Holmes se encogió de hombros y caminó hasta una tienda cercana. Watson lo imitó. El lugar era pequeño y silencioso, y en el mostrador atendía un hombre gordo de aspecto agotado.
-Buenas tardes, caballeros. –saludó.
-Sí, buenas tardes. –dijo Holmes. –Disculpe, estamos buscando a una persona. Se trata de un pariente cercano de una mujer. Alta, delgada, bonita, de cabello ondulado y castaño.
El tendero movió la cabeza de un lado a otro.
-Muchas mujeres se parecen entre sí.
-Creo que su nombre era… Swan.
Fue un golpe directo. El tendero los miró desconfiadamente.
-¿Quiénes son ustedes?
-Ah, pues… -comenzó Watson, pero Holmes lo silenció con un gesto.
-Me llamo Clark y este es mi compañero, Buttler. –dijo Holmes. –Somos conocidos de la señorita Swan quien nos ha pedido que velemos por los intereses de un familiar suyo. No nos dio el nombre completo, por desgracia; temía que por su… ejem… condición no pudiéramos hablar con él, pero tenemos sus iniciales. ¿Conoce usted a alguien llamado J.L?
El robusto hombre los miró, como si sopesara los riesgos de decirles algo más. Entonces desvió la vista.
-J.L… sí, sé quién es. Vive en el número 45, a pocas casas de aquí. Pero si yo fuera ustedes, caballeros… no iría jamás ahí.
-¿Y porqué? –preguntó Watson.
-Porque… ellos no querrían saber nada de la señorita Swan. –dijo el tendero. –J.L es… bueno… Es difícil explicarles la situación. Mejor no le busquen. No ganarían nada.
Holmes miró a Watson.
-Correcto. Gracias por la ayuda. Nos vamos…
-Ah, pero… -comenzó Watson.
-Dije que nos íbamos.
Los dos salieron calladamente de la tienda. Ya en la calle, Holmes le dirigió una significativa mirada a Watson.
-Justo lo que me temía. Nuestro querido J.L desconoce la ocupación de Swan, cuyo nombre, por lo visto, no es Swan.
-¿Cómo se llama entonces? –preguntó Watson.
-Eso lo averiguaremos… pero después. Vamos a almorzar.
Los dos echaron a andar calle arriba.
