Disclaimer
La mayoria de los personajes son de S.M. y el retso de ellos y la trama de la historia es de E.H. yo solo me limito a adaptar algunas cosillas para asemejarla a twilight, espero que les guste!
CAPÍTULO 02
Corazón de Hierro caminó muchos días por el tenebroso bosque y durante ese tiempo no encontró persona o animal alguno. El séptimo día, el farallón de los árboles se abrió de repente y Corazón de Hierro salió del bosque. Ante sise extendía una ciudad resplandeciente. Corazón de Hierro la miró atónito. Nunca, en todos sus viajes, había visto una urbe tan esplendorosa. Pero pronto le sonaron las tripas, sacándole de su estupor. Tenía que comprar comida y, para comprar comida, debía encontrar trabajo. Así que entró en la ciudad. Pero a pesar de que preguntó por doquier, no había trabajo decente para un soldado que volvía de la guerra. Es lo que suele ocurrir, según creo. Porque aunque todos se alegran de ver a un soldado cuando hay que librar una guerra, pasado el peligro miran al mismo hombre con desdén y desconfianza. Y así fue como Corazón de Hierro se vio obligado a emplearse como barrendero. Labor que cumplió con suma elegancia...
De Corazón de Hierro
—Anoche me pareció oírte llegar muy tarde —dijo Kate mientras se servía unos huevos revueltos, a la mañana siguiente —. ¿Después de medianoche?
—¿Sí? —contestó Carlisle vagamente. Estaba sentado a la mesa del desayuno, tras ella —. Siento haberte despertado.
—¡Oh, no! No, no me molestaste en absoluto. No era eso lo que quería decir. —Kate suspiró para sus adentros y se sentó frente a su hermano. Ardía en deseos de preguntarle dónde había estado la noche anterior (y la otra), pero se refrenaba por timidez y por tener ciertas dudas. Se sirvió más té y luchó por encontrar un tema para trabar conversación, cosa siempre difícil por las mañanas.
—¿Qué planes tienes para hoy? ¿Vas a tratar de negocios con el señor Kitcher? He... he pensado que, si no, podríamos ir a dar un paseo en coche por Londres. Tengo entendido que la catedral de San Pablo...
—¡Maldita sea! —Carlisle dejó su cuchillo con un tintineo sobre el plato —. He olvidado decírtelo.
Kate sintió un vuelco en el estómago. No tenía muchas esperanzas (su hermano estaba siempre muy ocupado), pero aun así confiaba en que Carlisle tuviera tiempo de pasar la tarde con ella.
—¿Decirme qué?
—Lady Esme Platt, la vecina de al lado, nos ha invitado a tomar el té.
—¿Qué? —Kate miró involuntariamente hacia la magnífica mansión contigua a su casa, por la derecha. Había visto a aquella señora una o dos veces, y le fascinaba su sofisticación—. Pero... pero ¿cuándo ha sido eso? No he visto ninguna invitación en el correo de hoy.
—Coincidí con ella en la velada a la que asistí ayer.
—Madre mía —dijo Kate, maravillada —. Ha de ser una señora muy agradable, si nos ha invitado conociéndonos tan poco. ¿Qué debo ponerme para conocer a una dama de la nobleza?
Carlisle toqueteó su cuchillo; de no haberlo sabido imposible, Kate habría pensado que se sentía incómodo.
—La verdad es que le pedí que te sirva de acompañante para ir a algunas fiestas.
—¿De veras? Creía que no te gustaban los bailes, ni las reuniones sociales. —Le encantaba, por supuesto, que su hermano pensara en ella, pero le extrañaba aquel súbito interés por cómo ocupaba su tiempo.
—Sí, pero ya que estamos en Londres... —Carlisle se interrumpió para beber un poco de café —. He pensado que te gustaría salir un poco por ahí. Ver la ciudad, conocer gente. Sólo tienes diecinueve años. Debes de estar muy aburrida dando tumbos por la casa, conmigo como única compañía.
Bueno, eso no era del todo cierto, se dijo Kate mientras intentaba encontrar una respuesta. En realidad, había muchas otras personas a su alrededor: estaba rodeada de sirvientes. Parecía haber docenas de ellos en la casa que Carlisle había alquilado en Londres. Justo cuando creía conocerlos a todos, aparecía de pronto una criada o un limpiabotas a los que no había visto nunca. En aquel preciso instante había dos lacayos apostados junto a la pared, listos para servirles. Uno se llamaba Travers, creía Kate, y el otro... ¡Córcholis! Había olvidado cómo se llamaba, aunque estaba segura de haberle visto antes. Tenía el pelo de color azabache y unos increíbles ojos verdes. Aunque ella, por supuesto, jamás se fijaba en los ojos de un lacayo.
Pinchó con el tenedor sus huevos fríos. En Boston, donde vivía con Carlisle, sólo tenía a la cocinera y a Hélice, y estaba acostumbrada a eso. De pequeña había cenado casi siempre con la cocinera y la vieja criada, hasta que se la consideró una señorita y pudo sentarse en el salón con el tío Marcus. Su tío era un cielo, y Kate le tenía mucho cariño, pero cenar con él le había resultado un auténtico calvario. Su conversación era tan aburrida comparada con la animada charla que mantenía de noche con Elsie y la cocinera... Las cosas mejoraron un poco cuando Carlisle fue a vivir con ella tras la muerte del tío Marcus, pero no mucho. Su hermano podía ser terriblemente ingenioso cuando quería, pero a menudo parecía tener la cabeza ocupada con asuntos de negocios.
—¿Te importa? —le preguntó él, interrumpiendo sus azarosas cavilaciones.
—¿Disculpa?
Su hermano la miraba con el ceño fruncido, y Kate tuvo la desagradable impresión de haberle decepcionado de algún modo.
—¿Te importa que le haya pedido ayuda a lady Esme?
—No, en absoluto. —Sonrió, radiante. Habría preferido, desde luego, que Carlisle pasara más tiempo con ella, pero a fin de cuentas su hermano estaba en Londres por negocios —. Me halaga que hayas pensado en mí.
El, sin embargo, dejó la taza de café sobre la mesa al oír su respuesta.
—Lo dices como si te considerara una carga.
Kate bajó la mirada. Eso era justamente lo que pensaba. Que su hermano la consideraba una carga. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Ella era mucho más joven que él y se había educado en la ciudad. Carlisle, en cambio, se había criado en los montes de la frontera hasta los catorce años. A veces, Kate pensaba que la distancia que los separaba era más grande que un océano.
—Sé que no querías que te acompañara en este viaje.
—Ya hemos hablado de eso. Me alegré mucho de que vinieras cuando supe que te apetecía acompañarme.
—Sí, y te lo agradezco mucho. —Kate enderezó cuidadosamente sus cubiertos, consciente de que su respuesta no era del todo la adecuada. Miró a su hermano por debajo de las cejas.
Carlisle la observaba con el ceño fruncido.
—Kate, yo...
La entrada del mayordomo interrumpió la conversación.
—El señor Kitcher ha llegado, señor.
El señor Kitcher era el apoderado de su hermano.
—Gracias —masculló Carlisle. Se levantó y se inclinó para besar a Kate en la frente —. Kitcher y yo vamos ir a ver a una persona para concertar una visita a la fábrica de Wedgwood. Volveré después del almuerzo. Lady Esme nos espera en su casa a las dos en punto.
—Muy bien —contestó Kate, pero Carlisle ya estaba en la puerta. Entonces salió sin decir palabra, y ella se quedó mirando los huevos de su plato, sola. Salvo por los lacayos, claro.
El caballero de las colonias resultaba aún más imponente en medio de su saloncito. Eso fue lo primero que pensó Esme esa tarde, cuando se volvió para saludar a sus invitados. Su bonito salón (elegante, sofisticado y sumamente civilizado) contrastaba vivamente con el hombre que permanecía parado en el centro. Cullen debería haberse sentido abrumado por el raso y los dorados, debería haber parecido candoroso y un poco burdo con su sencilla ropa de lana. Y sin embargo dominaba la habitación.
—Buenas tardes, señor Cullen. —Esme alargó la mano, recordando a destiempo su apretón de la víspera. Contuvo el aliento para ver si él repetía aquel gesto tan poco ortodoxo. Pero el señor Cullen se limitó a coger su mano y a acercársela a la boca, como era de rigor, dejando los labios un par de centímetros por encima de los nudillos. Pareció vacilar un instante, sus fosas nasales se hincharon, y luego se incorporó. Esme advirtió un brillo divertido en sus ojos y entornó los párpados. ¡El muy truhán! Cullen sabía desde el principio que debía besarle la mano.
—Permítame presentarle a mi hermana, Katherine Cullen —dijo él, y Esme se vio obligada a concentrarse en otro objeto.
La muchacha que se acercó era agradablemente atractiva. Tenía el cabello rubio de su hermano, pero mientras que los ojos de éste eran de un cálido color Azul cielo, en los suyos brillaban destellos de verde y hasta de amarillo. Un color extremadamente raro, pero muy bonito, aun así. Llevaba un sencillo vestido de fustán, con el escote cuadrado y un poco de encaje en las mangas y el corpiño. Esme tomó nota de que había que mejorar su indumentaria.
—¿Cómo está? —dijo cuando la muchacha hizo una reverencia pasable.
—Señora... digo, milady... es un placer conocerla —musitó la señorita Cullen. Tenía unos modales agradables, aunque algo toscos. Esme asintió con la cabeza.
—Mi tía, mademoiselle Molyneux.
Tante Cristelle estaba sentada a su izquierda, en el borde mismo de su butaca, de modo que varios centímetros de aire separaban su espalda tiesa como una vara del respaldo del asiento. La anciana inclinó la cabeza. Tenía los labios apretados y miraba fijamente el bajo del vestido de la señorita Cullen.
El señor Cullen sonrió: torció la boca por las comisuras, con aire de granuja, al inclinarse sobre la mano de la tía de Esme.
—¿Cómo está, señora?
—Muy bien, gracias, monsieur —contestó ella enérgicamente.
El señor Cullen y su hermana se sentaron; la muchacha en el sofá de damasco blanco y amarillo y él en el sillón naranja. Esme se acomodó en una cómoda butaca e hizo una seña con la cabeza a Crabs, el mayordomo, que enseguida desapareció para pedir el té.
—Ayer dijo que estaba en Londres por negocios, señor Cullen. ¿Qué clase de negocios? —preguntó a su invitado.
El señor Cullen apartó el faldón de su levita marrón para apoyar uno de sus tobillos sobre la rodilla de la otra pierna.
—Me dedico al comercio de mercancías con Boston.
—¿De veras? —murmuró Esme débilmente. Al señor Cullen no parecía avergonzarle lo más mínimo admitir que se dedicaba al comercio. Pero ¿qué podía esperarse de un indiano que gastaba polainas de cuero? Esme miró su pierna cruzada. El suave cuero se ceñía perfectamente a su gemelo, delineando su contorno bello y varonil. Esme apartó la mirada.
—Confío en poder conocer al señor Josiah Wegdwood —dijo el señor Cullen —. Tal vez hayan oído hablar de él. Ha fundado una fabulosa fábrica de loza.
—De loza. —Tante Cristelle usó sus impertinentes, un remilgo que solía emplear cuando quería apabullar a alguien. Miró primero al señor Cullen y luego volvió a fijar su atención en el bajo de la falda de la señorita Cullen, que parecía fascinarla.
El señor Cullen no se dejó intimidar. Sonrió a la tía de Esme y luego a la propia Esme.
—Loza, sí. Es increíble cuánta usamos en las colonias. Yo ya importo cerámica y cosas así, pero creo que hay mercado para artículos más finos. Cosas que las señoras elegantes quieran tener en su mesa. El señor Wegdwood ha perfeccionado un método con el que fabrica la porcelana más delicada que he visto nunca. Confío en poder persuadirle de que Importaciones Cullen es la compañía más adecuada para llevar sus artículos a las colonias. Esme levantó las cejas, intrigada a su pesar.
—¿Venderá allí la porcelana en su nombre?
—No. Utilizaremos el procedimiento habitual. Yo le compro sus mercancías y luego las revendo al otro lado del Atlántico. Pero confío en conseguir el derecho exclusivo de vender sus artículos en las colonias, eso es lo único que cambia.
—Es usted ambicioso, señor Cullen —dijo tante Cristelle. Y no parecía un cumplido.
El señor Cullen inclinó la cabeza mirando a su tía. La censura de la anciana señora no parecía turbarle lo más mínimo. Esme tuvo que admirar su aplomo, aunque fuera a regañadientes. Cullen era extranjero, pero no por el simple hecho de ser americano. Los caballeros con los que trataba ella no se dedicaban al comercio, y mucho menos hablaban de ello tan francamente con una dama. Resultaba interesante que un hombre la tratara intelectualmente como una igual. Y, al mismo tiempo, eso la hacía ser consciente de que Cullen jamás pertenecería a su mundo.
La señorita Cullen se aclaró la garganta.
—Mi hermano me ha informado de que ha tenido usted la bondad de servirme de acompañante, señora.
La entrada de tres criadas llevando bandejas cargadas con el servicio de té impidió que Esme replicara adecuadamente: zahiriendo al hermano, no a la muchacha. Cullen había dado por sentado su asentimiento. Mientras las sirvientas iban de acá para allá, Esme notó que él la observaba abiertamente. Le miró con aire desafiante, levantando una ceja, pero él se limitó a enarcar una de las suyas. ¿Estaba coqueteando con ella? ¿Acaso no sabía que se encontraba muy, muy lejos de su alcance?
Una vez dispuesto el té, Esme empezó a servirlo con la espalda tan derecha que hasta superó a su tía.
—Estoy considerando la posibilidad de convertirla en mi protegida, señorita Cullen. —Sonrió para quitar el aguijón a sus palabras—. Quizá pueda decirme por qué ha...
Un torbellino la interrumpió. La puerta del salón se abrió de repente, rebotó en la pared y dejó otra muesca en la pintura. Una maraña de brazos y largas piernas se abalanzó hacia Esme.
Ella apartó la tetera caliente con la facilidad que le daba la práctica.
—¡Mamá! ¡Mamá! —jadeó el diablillo. Sus rizos Azabache eran engañosamente angelicales —. La cocinera dice que ha hecho bollos de grosella. ¿Puedo comerme uno?
Esme dejó la tetera y tomó aliento para reprender a su hijo, pero su tía se le adelantó.
—¡Mais oui, mon chou! Ten, coge un plato, que tante Cristelle va a elegirte los bollos más gordos.
Esme se aclaró la garganta y el niño y su anciana tía la miraron compungidos. Ella sonrió a su hijo con intención.
—Seth, ¿tendrías la amabilidad de dejar ese bollo que has empuñado y saludar a nuestros invitados?
Seth soltó su presa, bastante aplastada ya, y se limpió la palma en las calzas. Esme tomó aliento, pero optó por no decir nada. Cada pelea, a su tiempo. Se volvió hacia los Cullen.
—Permítanme presentarles a mi hijo, Seth Platt, barón de Eddings.
El chiquillo hizo una reverencia muy correcta: tan bien hecha, que a Esme se le hinchó el pecho de orgullo. No dejó que su satisfacción se hiciera visible, desde luego: no hacía falta halagar al pequeño. El señor Cullen extendió la mano con el mismo gesto que le había dedicado a ella el día anterior. Su hijo sonrió de oreja a oreja. Normalmente, los adultos no ofrecían la mano a los niños de ocho años, fuera cual fuese su rango. Seth tomó muy serio aquella mano tan grande y la estrechó.
—Encantando de conocerle, milord —dijo el señor Cullen. Seth se inclinó ante la muchacha, y entonces Esme le dio un bollo envuelto en una servilleta.
—Ahora vete, corre, cariño. Tengo...
—Seguro que su hijo puede quedarse con nosotros, señora —la interrumpió el señor Cullen.
Esme se irguió. ¿Cómo se atrevía a interferir entre su hijo y ella? Estaba a punto de afearle la conducta cuando sorprendió su mirada. El señor Cullen tenía los párpados arrugados por los bordes, pero en lugar de regocijo sus ojos parecían reflejar tristeza. Pero si no conocía a su hijo. ¿Por qué, entonces, se compadecía de él?
—Por favor, mamá... —dijo Seth.
Esme debería haberse enojado aún más (el niño sabía que no debía suplicarle cuando tomaba una decisión), pero algo pareció derretirse dentro de ella.
—Está bien. —Sabía que parecía una vieja cascarrabias, pero Seth sonrió y se sentó cerca del señor Cullen, recostándose en el amplio sillón. Y el señor Cullen sonrió a Esme con sus ojos de color azul cielo. Al verle, a Esme pareció entrecortársele la respiración: una reacción ridícula, tratándose de una madura mujer de mundo.
—Bueno, todo esto es muy agradable —dijo tante Cristelle. Guiñó un ojo a Seth, y él se removió en el sillón hasta que su madre le miró —. Pero creo que deberíamos hablar de la vestimenta de mademoiselle Cullen.
La señorita Cullen, que acababa de beber un sorbito de té, pareció atragantarse.
—¿Señora?
Tante Cristelle asintió con la cabeza una sola vez.
—Es atroz.
El señor Cullen dejó su taza cuidadosamente.
—Mademoiselle Molyneux, creo que...
La anciana señora se volvió hacia él.
—¿Desea usted que se rían de su hermana? ¿Eh? ¿Quiere que las demás señoritas cuchicheen detrás de los abanicos? ¿Que los caballeros se nieguen a bailar con ella? ¿Es eso a lo que aspira?
—No, por supuesto que no —respondió el señor Cullen —. ¿Qué tiene de malo el vestido de Kate?
—Nada. —Esme dejó su taza de té—. Nada en absoluto, si la señorita Cullen desea visitar los parques y ver algunos de los monumentos de Londres. Estoy segura de que el traje que lleva sería suficiente incluso para las personas más elegantes de Boston y las colonias. Pero para la alta sociedad londinense...
—¡Ha de llevar los vestidos más elegantes! —Exclamó tante Cristelle—. Y lo mismo puede decirse de los guantes, los chales, los sombreros y los zapatos. —Se inclinó para dar un golpe con su bastón en el suelo —. Los zapatos son sumamente importantes.
La señorita Cullen se miró los zapatos, alarmada, pero su hermano sólo parecía levemente divertido.
—Entiendo.
Tante Cristelle le miró con astucia.
—¿Y todas esas cosas costarán un buen pellizco, non?
No añadió que el señor Cullen también tendría que procurarle ropa a Esme. En las altas esferas londinenses se sobreentendía que aquélla era la recompensa que recibiría Esme por el tiempo que pasara acompañando a su hermana.
Esme esperaba que el señor Cullen protestara. Evidentemente, no era consciente de los gastos que conllevaba la presentación en sociedad de una señorita. La mayoría de las familias ahorraba durante años para sufragar el acontecimiento; algunas hasta se endeudaban comprando vestidos para la niña. El señor Cullen debía de ser muy rico según los parámetros de Boston, pero ¿lo era conforme a los de Londres? ¿Podía permitirse un desembolso tan inesperado? Esme sintió una extraña desilusión al pensar que tal vez tuviera que abandonar su propósito.
Pero el señor Cullen se limitó a dar un mordisco a un bollo. Fue la señorita Cullen quien se encargó de protestar.
—Pero es demasiado, Carlisle. No necesito un vestuario nuevo, de verdad.
Un discurso muy bonito. La chica había proporcionado a su hermano una escapatoria honrosa. Esme se volvió hacia el señor Cullen con las cejas levantadas. Por el rabillo del ojo, notó que Seth aprovechaba que los mayores estaban distraídos para birlar otro bollo.
El señor Cullen bebió un largo trago de té antes de hablar.
—Por lo visto sí necesitas un nuevo vestuario, Kate. Eso dice lady Esme, y creo que podemos confiar en su criterio.
—¡Pero los gastos! —La chica parecía sinceramente preocupada. El hermano, no.
—No te preocupes por eso. Puedo afrontarlos. —Se volvió hacia Esme —. Entonces, ¿cuándo vamos de compras, milady?
—No es necesario que nos acompañe —contestó ella —. Podría darnos una carta de crédito y...
—Pero me gustaría acompañarlas —la interrumpió el indiano suavemente—. Sin duda no me negará ese pequeño placer.
Esme apretó los labios. Sabía que el señor Cullen sería una distracción, pero no había forma educada de disuadirle. Forzó una sonrisa.
—Naturalmente, nos encantaría contar con su compañía.
Él dio la impresión de sonreír sin llegar a cambiar de expresión, y las arrugas de ambos lados de su boca se hicieron más hondas. ¡Qué hombre tan extraordinario!
—Entonces, repito, ¿cuándo saldremos de expedición?
—Mañana —contestó Esme vigorosamente.
Los labios sensuales del señor Cullen se curvaron ligeramente.
—Muy bien.
Y ella entornó los ojos. O el señor Cullen era un necio, o era más rico que el rey Midas.
Despertó de madrugada, cubierto en sudor por la pesadilla. Se quedó quieto, aguzando los ojos en la penumbra mientras aguardaba a que el retumbar de su pecho se aquietara. El fuego se había apagado y hacía frío en la habitación. Les había dicho a las criadas que pusieran un buen montón de leña, pero parecían incapaces de hacerlo como era debido. Por la mañana, el fuego de su cuarto solía haberse reducido a brasas. Esa noche se había extinguido por completo.
Carlisle salió de la habitación; sus suaves mocasines apenas hacían ruido. Bajó por la gran escalera de mármol hasta el vestíbulo inferior.
Allí oyó pasos que avanzaban hacia él y se escondió entre las sombras. La luz de una vela brilló cerca, y vio al mayordomo vestido con camisón: llevaba el candelero en una mano y con la otra sujetaba una botella. Pasó de largo a unos centímetros de allí, y Carlisle notó un tufo a whisky. Sonrió en la penumbra. ¡Qué susto se daría el mayordomo si descubría que su amo acechaba en la oscuridad! Pensaría que estaba loco.
Esperó hasta que desapareció el resplandor de la vela del mayordomo y sus pasos se extinguieron. Pasó otro minuto mientras aguzaba el oído, pero todo permanecía en silencio. Salió de su escondite y cruzó sigilosamente la cocina, hasta la puerta de servicio. La llave se guardaba sobre la repisa de la gran chimenea, pero Carlisle tenía una copia. Salió, y el pestillo emitió un chasquido al cerrarse a sus espaldas. Fuera hacía un frío agradable, y Carlisle sofocó un estremecimiento. Se quedó un momento entre las sombras, junto a la puerta trasera, escuchando, mirando, olfateando el aire. Sólo advirtió el correteo de un roedor escabullándose entre los matorrales y el súbito maullido de un gato. No había nadie cerca. Se deslizó por el estrecho jardín amurallado, rozando matas de menta y perejil, y otras hierbas cuyos olores no identificaba. Al llegar a las cuadras, se detuvo de nuevo un momento.
Luego empezó a correr. Sus pasos eran tan sigilosos como los de un felino, pero aun así se mantuvo pegado al borde de las densas sombras de los establos. Odiaba que le descubrieran cuando salía de noche a escondidas. Tal vez por eso no se molestaba en tener un ayuda de cámara.
Pasó por una puerta y al sentir un olor a orines cambió de dirección. No había visto una ciudad (o un pueblo, más bien) hasta la edad de diez años. Veintitrés años después, aún recordaba la impresión que le había producido su olor: el terrible hedor de centenares de personas viviendo hacinadas, sin sitio para desechar sus pises y excrementos. De niño, había estado a punto de vomitar al descubrir que el reguero de agua marrón que corría por mitad de la calle adoquinada era una cloaca al aire libre. Una de las primeras cosas que le enseñó su padre de pequeño fue a esconder sus heces. Los animales eran muy listos. Si sentían el olor de las personas, no se acercaban. Y si no había animales, no había comida. En los inmensos bosques de Pennsylvania, era así de sencillo.
Pero allí, donde la gente vivía codo con codo y dejaba que sus inmundicias se amontonaran en los rincones, donde el hedor a humanidad parecía suspendido en el aire como una niebla que había que atravesar con esfuerzo, allí, en la ciudad, todo era más complicado. Seguía habiendo depredadores y presas, pero sus formas se habían distorsionado, y a veces resultaba imposible distinguir a los unos de las otras. Aquella ciudad era mucho más peligrosa que cualquier frontera, con sus animales salvajes y sus incursiones indias.
Su carrera le condujo hasta el final de las cuadras, donde había un cruce. Atravesó la callejuela y siguió corriendo calle abajo. Un joven entraba por la verja de una casa señorial: ¿un criado que volvía de un recado? Carlisle pasó a su lado, a menos de medio metro de distancia, y el hombre ni siquiera se volvió. Pero él aspiró su olor a cerveza y humo de pipa al pasar de largo.
Lady Esme olía a toronjil. Carlisle había percibido de nuevo aquel aroma esa tarde, al inclinarse sobre su blanca mano. Y aquello no estaba bien. Una mujer tan sofisticada debía oler a musgo o pachulí. El se había descubierto a menudo sofocado por aquella fragancia (por la pestilencia) de las damas elegantes. Los perfumes las envolvían como una bruma hasta el punto de que le daban ganas de taparse la nariz y vomitar. Pero lady Esme olía a toronjil, el olor del huerto de su madre. Y esa incongruencia le intrigaba.
Cruzó la entrada de un callejón sin aflojar el paso y saltó un charco maloliente. Había alguien allí escondido, refugiado tal vez, o quizás emboscado, pero él pasó de largo antes de que el desconocido tuviera tiempo de reaccionar. Miró hacia atrás y vio que el otro se había asomado para mirarle. Se sonrió y apretó el paso. Sus mocasines rozaban los adoquines con todo sigilo. La ciudad sólo le gustaba a aquellas horas: cuando las calles estaban desiertas y uno podía moverse sin miedo a tropezar con alguien. Cuando había espacio. Sintió que el esfuerzo empezaba a calentar los músculos de sus piernas.
Al llegar a Londres, había elegido a propósito la casa contigua a la de lady Esme. Sentía la necesidad de descubrir cómo le había ido a la hermana de Emmett. Era lo menos que podía hacer por el oficial al que había fallado. Al descubrir que la señora disfrutaba presentando a jóvenes señoritas en sociedad, le había parecido natural pedirle que ayudara a Kate. Naturalmente, le había ocultado el verdadero motivo por el que le interesaba la alta sociedad londinense, pero ello no le había causado el menor remordimiento. Al menos, hasta conocer a la dama en persona.
Porque lady Esme no era lo que esperaba. De algún modo, sin cobrar conciencia de ello, Carlisle se la había imaginado tan alta como su hermano y con el mismo porte aristocrático. El porte aristocrático estaba allí, desde luego, pero a le costaba no sonreír cuando lady Esme intentaba mirarle con aire de superioridad. No podía medir más de un metro cincuenta y ocho. Tenía una figura deliciosamente redondeada, de ésas que le daban a uno ganas de agarrarle el trasero sólo para sentir su calor femenino. Su cabello era color caramelo y sus ojos de igual color. Con aquellas mejillas rosadas y aquella voz cortante, podía haber sido una irlandesa descarada, siempre dispuesta al coqueteo.
Pero no lo era.
Carlisle masculló una maldición y se detuvo. Apoyó las palmas de las manos en las rodillas mientras jadeaba, intentando recobrar el aliento. Lady Esme podía parecer una irlandesa, pero con su ropa elegante y un acento capaz de cortar el hielo, nadie en su sano juicio la tomaría por tal. Ni siquiera un gañán de las fronteras del Nuevo Mundo. Podía comprar muchas cosas con su dinero, pero entre ellas no se encontraba una mujer del estrato más alto de la aristocracia inglesa.
La luna empezaba a ponerse. Era hora de volver a casa. Carlisle miró a su alrededor. La estrecha calle estaba flanqueada por tiendecitas cuyos pisos superiores se proyectaban hacia fuera. Nunca había estado en aquella parte de Londres, pero eso no le impediría encontrar el camino de vuelta. Empezó con una suave carrera. El regreso era siempre lo más duro, porque su frescura y su energía del principio se habían disipado. Ahora le costaba respirar y empezaban a dolerle los músculos por el esfuerzo continuado. Además, las partes en las que había resultado herido se hacían notar y palpitaban mientras corría. Recuerda, parecían decirle sus cicatrices, recuerda dónde hendió tu carne el tomahawk, dónde se alojó la bala junto al hueso. Recuerda que estás marcado para siempre, que eres el superviviente, el que vive, el que quedó para dar testimonio.
Carlisle siguió corriendo, a pesar del dolor y de los recuerdos. Aquél era el punto que distinguía a los que seguían delante de los que se dejaban caer en la cuneta. El truco consistía en reconocer el dolor. En abrazarlo. El dolor te mantenía despierto. El dolor significaba que aún estabas vivo.
No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo, pero cuando llegó a las cuadras de detrás de su casa alquilada, la luna se había puesto. Estaba tan cansado que casi no vio al merodeador. Tal era su agotamiento que estuvo a punto de pasar corriendo a su lado. Pero no lo hizo. Se detuvo y se escabulló entre las sombras de los establos de la casa vecina. Observó al merodeador. Tenía forma de barril y lucía una levita escarlata y un tricornio harapiento, con los bordes deshilachados y grises. Carlisle le había visto ya antes: una vez ese día, al otro lado de la calle, cuando salió con Kate de la casa de lady Esme, y también la víspera, al montar en su carruaje. Su actitud era la misma: aquel hombre le estaba siguiendo.
Entonces se tomó unos minutos para recobrar el aliento; luego sacó dos balas de plomo del bolsillo de su chaleco. Eran pequeñas, no más grandes que su pulgar, pero muy útiles para quien disfrutaba corriendo de madrugada por las calles de Londres. Cerró el puño a su alrededor.
Se acercó con sigilo al hombre de la levita escarlata y le agarró del pelo por detrás con la mano izquierda. Después le asestó velozmente un puñetazo a un lado de la cabeza.
—¿Quién te envía?
El otro era rápido para ser tan gordo. Se revolvió e intentó darle un codazo en el vientre. Carlisle volvió a golpearle una vez, dos, siempre en la cara.
—¡Que te jodan! —gruñó el de la levita escarlata. Su acento londinense era tan denso que Carlisle apenas distinguió las palabras.
El hombre le lanzó un puñetazo a la cara. Carlisle se inclinó hacia un lado y el golpe le rozó la barbilla. Golpeó con fuerza, rápidamente, la axila expuesta de su oponente. El de la levita escarlata profirió un gruñido y se dobló hacia ese lado. Cuando se incorporó, tenía una navaja en la mano. Carlisle se movió en círculo, los puños preparados, buscando otra salida. El hombre le lanzó una cuchillada, pero Carlisle consiguió apartarle el brazo de un golpe. El cuchillo cayó al suelo: la luz de la luna brilló sobre su mango, que parecía de asta blanca. Entonces él viró hacia la izquierda y cuando el otro se le abalanzó encima, le agarró por el brazo derecho y lo atrajo hacia sí.
—Tu jefe —siseó mientras le retorcía el brazo.
El hombre se retorció violentamente y le asestó otro golpe en la mandíbula. Carlisle se tambaleó, y el de la levita escarlata no necesitó nada más: se desasió y echó a correr por las cuadras. Al pasar junto al cuchillo se agachó para recogerlo y desapareció luego por la esquina de los establos.
Carlisle le siguió instintivamente (el depredador siempre perseguía a una presa que huía), pero se detuvo antes de llegar a la callejuela donde desembocaban las cuadras. Llevaba horas corriendo; el aire ya no era fresco, por lo que si atrapaba al hombre de la levita escarlata, no estaría en condiciones de obligarle a hablar. Suspiró, se guardó las balas de plomo y regresó a su casa.
Empezaba a rayar el alba.
Hola! Segundo Capi! lo iba a subir el miercoles... pero no me aguanté! de todas formas el meircoles habrá capitulo iwal!
Gracias por quienes han leído esta historia!
que tengan una buena semana
Sandia Cullen
