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Diez años más tarde
Habían pasado aproximadamente diez años desde aquella noche en la que cuatro magos se reunieron bajo esas mismas ventanas, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El Sol se elevaba en los mismos jardincitos, y se reflejaba en las ventanas del número 15 de la calle.
La luz que se colaba a través de la ventana del segundo piso iba iluminando poco a poco la habitación en la que dormía plácidamente Vega Black. Su largo pelo negro, desparramado en bucles sobre la almohada le tapaba parte de la cara y se lo apartaba somnolienta. La luz de la mañana había servido para despertarla, pero seguía tumbada en la cama, con la esperanza de volver a dormirse. Sin embargo, unos suaves toques en la puerta le indicaron que debía levantarse.
— ¡Arriba Vega! — Llamó una voz de mujer a través de la puerta —. El desayuno ya está listo.
La niña escuchó los ligeros pasos de la señora Marshall bajando las escaleras y se levantó lentamente, intentando recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba y un anciano cuya barba brillaba a la luz de la Luna. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente. No le dio más importancia y abrió el armario, buscando algo que ponerse para bajar, disfrutando del frio del suelo en las plantas de sus pies.
Cuando estuvo vestida salió al rellano y bajó hacia la cocina, donde el señor Marshall apuraba su café matutino sentado al lado de una pila de periódicos, preparándose para salir hacia la redacción del pequeño periódico local en el que trabajaba durante toda la semana. Besó a su mujer mientras guardaba la pila de periódicos en una apretada cartera y se despidió de la niña apresuradamente, que le respondió con un escueto «Hasta luego, papá» mientras esta se sentaba a la mesa. La señora Marshall canturreaba por la cocina al son de la radio y en cuanto se sentó le colocó un plato de tostadas delante.
—Come rápido— Le dijo— Hoy es el cumpleaños del hijo de los Dursley, y como Arabella se ha partido una pierna, no podrá cuidar al pequeño Harry, así que he pensado que podríamos ir a la ciudad, al cine o algo así ¿Qué te parece?
—No creo que nos dejen a Harry—respondió desanimada— probablemente le encierren en la casa o el coche, todo con tal de que no se lo pase bien conmigo…
—No creo…— dijo su madre con una sonrisa sarcástica —Vernon Dursley parece creer que si deja solo al niño prenderá fuego a todo lo que le rodea. No se arriesgara a dejarlo en casa o en el coche. Vamos a ver que piensan hacer.
Vega apuró su desayuno y se fue a peinar un poco al espejo del recibidor. Si los señores Dursley optaban por dejar a su amigo con ella, mejor presentarse con un buen aspecto. Sabía que a la tía de Harry le horrorizaban las personas desaliñadas y era de ese tipo de mujeres que pensaba que todas las niñas debían llevar vestiditos de colores pastelosos y lacitos y florecitas por todo el pelo. Se rio al pensar en lo que diría de ella, con el pelo largo suelto, el flequillo por la cara, una camiseta de tirantes negra sobre unos vaqueros viejos y desteñidos y el broche final, unas deportivas de tela negras, muy gastadas y agujereadas del uso, todo lo contrario a los cánones de belleza del barrio.
Sin embargo, nadie podía negar que a pesar de todo, Vega Black era una niña muy guapa. Su madre no hacía más que repetírselo, y las miradas de envidia que las demás madres del colegio le aseguraban a la chica que no mentía para hacerla sentir bien. Estaba orgullosa de sus facciones angulosas, de sus grandes ojos grises y sus dientes blancos y bien colocados, que no había tenido que conseguir gracias a ortodoncias, como muchos de sus compañeros de clase.
Sabía que no se parecía en nada a sus padres. Su madre era alta y muy rubia y su padre también muy alto, era castaño y llevaba gafas. Además, los Marshall rondaban la sesentena de años, y difícilmente podría haber sido su hija natural. Cuando preguntó la razón cuatro años atrás, le confesaron que al no poder concebir un hijo propio, la habían acogido a la edad de un año, debido a que su tutor legal no podía hacerse cargo de ella. No sabía nada más, y tampoco podía preguntar a nadie. Sus padres no parecían conocer los detalles de su origen y lo más extraño de todo, la agencia a la que habían acudido para acogerla no tenía ningún dato ni sobre sus padres biológicos ni sobre ningún otro familiar, ni siquiera sobre la persona que la llevó a la agencia, lo único que tenía hasta el momento era sólo un apellido. Black.
— ¡Vega! —La voz de la señora Marshall desde el porche la sacó de sus pensamientos y se dio cuenta de que llevaba más de cinco minutos intentando peinarse el mismo mechón—, al parecer el pequeño Harry está de suerte, he visto como Dudley despotricaba al lado del coche. Creo que se lo llevan con ellos a celebrar el cumpleaños.
La chica salió por la puerta y miró incrédula hacia el número 4 de Privet Drive, unas cuatro casas hacia la izquierda en la acera de enfrente. Efectivamente, vio como su amigo estaba de pie al lado del coche de los Dursley. Su tío le había agarrado del hombro y agitaba uno de sus gordos dedos delante de la cara del chico. La niña supuso que le aconsejaba no causar problemas, la advertencia habitual del señor Dursley a su sobrino. En el coche, sentados en el asiento trasero, Dudley Dursley y Piers Polkiss, el mejor amigo de este se burlaban de Harry.
Si había alguien a quien despreciaba más que a nadie en el mundo, aparte de los tíos de Harry, ese era Dudley Dursley y su banda de matones. El primo de Harry tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca para burlarse de él cuando estaba con Vega a solas y ella solía añadir que algún año por su cumpleaños debían colar en la inmensa pila de regalos de los Dursley, un rabo de cerdo que le fuese a juego con la cara. Sin embargo, aquellas bromas privadas, les habían causado muchos problemas a los dos amigos en el colegio al que asistían junto con todos los demás niños del pequeño pueblo de Little Whinging's en el que Dudley lideraba a una banda de chicos cuyo deporte favorito era el apaleamiento de Potter y Black. Eso cuando conseguían atraparlos, porque al cabo de los años, Harry y ella habían aprendido que si algo aborrecían Dudley y sus matones era tener que sudar para atrapar a sus presas, y los dos eran demasiado rápidos para ellos, cuestión de supervivencia.
Estaba feliz por su amigo, no tenía muchas ocasiones de ir a sitios caros o divertidos viviendo con los Dursley. Las pocas veces que podía era porque lo llevaban los señores Marshall por petición de Vega, y sin que los Dursley se enteraran. Una vez que fueron al cine, se cruzaron con uno de los amigos de Dudley que les reconoció y Harry estuvo encerrado en casa sin salir durante un mes entero.
Con un suspiro, se apartó de la valla del patio delantero y acudió junto a su madre, no sin antes echar un último vistazo hacia la esquina de la calle, por donde desaparecía el coche de los Dursley. Cuando su madre le tendió unas tijeras de podar y unos guantes y la mandó al jardín supo que al final, iba a ser un día aburrido.
Una vez podados todos los setos y limpiados los rosales, Vega se escabulló dentro de la casa. Esquivó a su madre en el salón, ocupada haciendo unos arreglos en un vestido que le habían encargado. Robó un paquete de galletas y un zumo de la cocina, cogió sus lápices y su cuaderno de dibujo y corrió hacia la caseta de madera del fondo del jardín antes de que su madre le encargara otra tarea. Abrió la pequeña puertecita a ras de suelo y se arrastró dentro, cerrando con cuidado detrás de sí. Entonces abrió la trampilla sobre su cabeza y se aupó dentro de la caseta, armando un tremendo revuelo.
Los pájaros piaron asustados y se apartaron de ella, revoloteando frenéticamente por toda la pajarera. Vega se rio, todas sus esperanzas de pasar desapercibida habían volado, pero de todos modos, sus padres no podían entrar a buscarla allí dentro por la puertecita, y si la llamaban, siempre podía fingir que no les oía.
Apartó el plástico que protegía unos cojines apilados en una esquina y se sentó, con el cuaderno entre las piernas. Los pájaros se fueron calmando y miraban curiosos hacia la niña. Alguno, ya acostumbrado a las continuas incursiones de esta dentro de la pajarera, se acercaba piando, en busca de algo de atención. Un loro verde se posó en su hombro y frotó su cabeza contra el cuello de Vega, que se rio.
—Hola Green, yo también me alegro de verte— abrió el paquete de galletas que había robado de la cocina y le dio una, que el pájaro cogió con el pico, para después volar hacia una rama y devorar su comida en paz.
Aquel lugar era su favorito de toda la casa. El señor Marshall había construido la pajarera hace muchos años. De lejos parecía una gran caseta de herramientas de madera, sin embargo, tres de las cuatro paredes eran de cristal, forrado por dentro de rejilla, para que los pájaros se apoyasen en ella. Por dentro, ramas y cuerdas se entrecruzaban por la parte alta, donde los pájaros tenían sus nidos. Vega había descubierto la puertecita y la trampilla a los cuatro años, y desde entonces se había convertido en su escondite.
Siempre le habían gustado los pájaros y estar allí sentada entre ellos la relajaba mucho. Sus cuadernos estaban llenos de dibujos de todo tipo de aves, y muchas veces se sentaba en la pajarera y pintaba a las dos cotorras peleándose, al viejo guacamayo limpiándose las plumas, a los canarios jugando en el pequeño bebedero dentro de la caseta… Aquellos pájaros habían sido sus primeros amigos antes de conocer a Harry en el colegio, y sabía diferenciarlos a todos, a pesar de que dentro de la pajarera habría unos cincuenta distintos, entre periquitos, canarios, jilgueros… Sus favoritos eran el pequeño loro de plumaje verde esmeralda y un viejo guacamayo al que había estado intentando enseñar a hablar desde muy pequeña, con bastante éxito, a pesar de que se negase a hablar delante de alguien que no fuese ella.
Abrió el cuaderno y fue pasando las páginas. Solía dibujar cualquier cosa, no solo a los pájaros. Aquellas páginas guardaban recuerdos de alguna aventura en particular con Harry, como la vez que su amigo, saltando unos cubos de la basura en el colegio, había llegado del salto hasta el tejado del edificio, o aquella vez que el peluquín de su profesor de lengua se tiñó de azul delante de ellos después de que, bromeando con Harry sobre lo que destacaba sobre la calva del hombre, dijo «Solo falta que sea de color azul». También había dibujos sobre alguno de sus sueños. El hombre de la barba plateada aparecía en muchos, junto con una moto voladora y una casa en ruinas. Ese sueño en particular se repetía mucho y Vega pensaba que debía tratarse de algún recuerdo de cuando era niña, pero era muy confuso, así que no podía sacar nada en claro de él.
Pasó otra página. Una versión infantil de sí misma la miraba desde la hoja. A cada lado de la niña, un hombre y una mujer. Tenían la cara emborronada y el papel estaba muy gastado en esa zona, de las veces que había borrado y vuelto a empezar el dibujo. Desde que descubriera que había sido adoptada, había intentado recordar sus caras mil veces, intentando descubrir la razón por la cual la habían abandonado. Harry intentaba consolarla diciéndole que a lo mejor no lo habían hecho, que podían haber tenido un accidente, como el que tuvieron los padres de él cuando era muy pequeño. Pero ella no perdía la esperanza, rezaba porque fueran a buscarla algún día y le respondieran todas las preguntas que llevaba años acumulando.
Sacudió la cabeza, sobresaltando a los canarios, que, inclinados en una rama sobre su cabeza, la miraban esperando más comida. No quería pensar en cosas tristes, Así que cogió un puñado de galletas, las partió en su mano y las lanzó hacia delante. Buscó una página en blanco y comenzó a esbozar a los canarios que se peleaban por las migajas de galleta a sus pies.
El coche de los Dursley volvió a media tarde. En cuanto lo vio llegar, la señora Marshall fue a avisar a Vega, que después de comer se había subido a su habitación, donde, sentada en la repisa de la ventana, toqueteaba ligeramente las cuerdas de un violín que había estado haciendo sonar hasta hace poco. Vega ya lo sabía, esperaba impaciente la vuelta de su amigo para ir a dar una vuelta por el parque y había visto como el coche doblaba la esquina para entrar en la calle.
Sin embargo, cuando Dudley bajó del coche envuelto en una toalla y el señor Dursley cerró la puerta delantera con un furioso portazo, supo que algo no iba bien. El tío de Harry parecía extremadamente furioso, y la señora Durlsey arrullaba a su hijo, mirando asustada a su sobrino. Vega no sabía lo que había ocurrido, pero seguro que era una buena historia, viendo lo especialmente enfadados y asustados que estaban los Dursley. Lamentablemente, tendría que esperar a que su amigo dejase de estar castigado para enterarse y por la expresión de furiosa cólera del señor Dursley, sospechó que no vería a Harry en unas cuantas semanas.
No podía decirse que no se lo esperaba. Constantemente todo tipo de cosas extrañas ocurrían en torno a Harry y ella. El salto hasta el tejado, la peluca azul, la grave quemadura en las manos de Gordon Flechley cuando la agarró para que no pudiese defender a Harry, al que estaba pegando Dudley en el colegio… Otras veces, era la gente, la que a veces se comportaba de forma muy extraña con Harry. Algunas veces que paseaba con su amigo por la ciudad había personas que se acercaban a él y le daban la mano, o le saludaban efusivamente. Hubo una vez que un entusiasta desconocido, después de casi llorar de la emoción al cruzarse con ellos sacó un gran puñado de caramelos ante sus miradas atónitas y se los regaló antes de marcharse. Harry aseguraba que no los conocía de nada y que no entendía por qué causaba tal impresión en algunas personas. Vega bromeaba, asegurándole que debía de ser la estrella de algún programa de cámara oculta del país. No lo podían saber, porque antes de poder hacer alguna pregunta a aquellas personas, se desvanecían entre la multitud sin dejar rastro.
Vega se levantó de la repisa y fue a dejar el violín dentro de su funda con mucho cuidado. Su madre se había empeñado en que tenía que desarrollar sus "fabulosas dotes artísticas" y a los cinco años le compró un violín y la envió a clases de música. Al principio lo odió, el violín era un instrumento sumamente complicado de manejar. La cosa fue a peor cuando conoció a Harry, pues las clases de música significaban menos tiempo para pasar con él. Montó unas rabietas espectaculares, mostrando un mal genio que sus padres no habían visto nunca, pero no cedieron, y Vega continuó yendo a clases de música. Con el tiempo, y una vez dominado el instrumento, había descubierto la utilidad de aquellas clases. Y es que, cada vez que causaba algún mínimo percance, su amigo se podía pasar semanas sin salir de casa. En esos momentos, aquel violín se volvía su mejor compañía, además de los pájaros del jardín y sus lápices. Acarició la tapa de la caja en la que guardaba el instrumento y salió por la puerta. Ya era casi la hora de cenar y su padre no tardaría mucho en volver.
Mientras bajaba por las escaleras, suspiró. No tenía más amigos que Harry, gracias a los esfuerzos de la banda de Dudley, por lo que no solía salir por el barrio a jugar con los demás niños si no estaba su amigo. Pensó en lo que haría hasta que terminasen las clases por las tardes. Si no tenía a Harry para divertirse, tendría que encontrar un modo de entretenerse durante el tiempo que no pasase con él en el colegio. En el salón, la señora Marshall remendaba uno de sus gastados pantalones resoplando frustrada.
—Tendremos que irnos de compras pronto—le dijo al verla entrar en la habitación.
— ¿Qué tiene de malo mi ropa? —le preguntó confusa. Su madre nunca se había quejado de sus pantalones gastados ni de sus sudaderas de grupos de música, descoloridas del uso.
—Tienes que causar una buena primera impresión cuando vayamos a visitar al director de tu próxima escuela, si quieres asegurarte una plaza en Whitleings. —le recordó.
Había hecho tantos esfuerzos por no intentar pensar en ello que ya no lo recordaba. En septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que Harry. Él iría a la escuela secundaria Stonewall, en la zona del pueblo, mientras que ella acudiría al Instituto secundario de Artes plásticas y escénicas Whitleings, un internado en Gales al que había asistido la señora Marshall de niña.
Eso significaba que solo vería a su amigo durante los dos escasos meses de verano. La idea le desagradaba tanto, que en cuanto su madre propuso la idea, meses atrás, había hecho lo imposible por hacerles cambiar de idea y convencerles de enviarla a Stonewall. Sus padres habían sido completamente inflexibles, asegurándole que haría buenas amigas en Whitleings a la vez que se convertía en una auténtica artista profesional. Vega había gritado, suplicado, llorado, pero no había conseguido nada. Al finalizar aquel verano, debía separarse de su amigo, y no había nada que pudiese hacer.
En ese momento, Vega odió profundamente a los Dursley, que probablemente harían lo imposible por mantener castigado a Harry durante semanas, impidiéndole pasar los últimos meses que les quedaban juntos.
—No quiero ir a ese estúpido internado—murmuró mientras seguía a su madre hacia la cocina a buscar los cubiertos para la mesa.
—Ya hemos hablado de esto Vega—suspiró cansada la señora Marshall—Siempre podrás ver a Harry durante el verano, y podréis escribiros cartas ¿Quién sabe? Quizás hagáis cada uno nuevos amigos en la escuela y descubráis que hay más mundo más allá de vosotros dos solos.
—Ningún amigo que pueda hacer será mejor que Harry—farfulló enfadada, procurando que su madre no le oyese. No quería empezar a pelear de nuevo sobre el mismo tema de siempre. Harry y ella se parecían en muchos aspectos. Pelo negro oscuro, delgaduchos, bajitos. Había diferencias, por supuesto. El pelo de Harry era muy oscuro, de un negro azabache, y completamente indomable, por no hablar de sus ojos, verdes, sin ninguna semejanza con su gris claro. Aun así, y a pesar de que él viviese con sus horribles tíos, mientras ella era criada por dos maravillosas personas, completamente ajenas a su familia biológica, le consideraba un hermano. Y debía separarse de él, dejándolo a la merced de los estudiantes de Stonewall, sin poder hacer nada para evitarlo.
La señora Marshall se giró hacia ella, poniendo los ojos en blanco y abrió la boca para replicar, pero entonces la puerta principal de casa se abrió y su padre entró por ella. Vega se escabulló y fue a saludarle.
— ¡Hola Albert! —le dijo cuándo se acercó a él. No le gustaba que lo llamase papá a la cara, decía que le hacía sentir viejo— ¿Qué tal en el trabajo?
— ¡Estupendamente! —le respondió—. El número de mañana será fabuloso. Hemos preparado un especial por el desfile de la próxima semana por el cumpleaños de la reina y Marcus ha hecho un excelente trabajo con las fotografías.
El señor Marshall empezó a contarles alegremente las anécdotas del día en el trabajo. El Little Independentera el periódico local de Little Whinging, el pueblo en el que vivían, pero a pesar de ser una pequeña redacción, contaba con gran aceptación de los lectores. Publicaban las noticias locales y las más destacadas de las noticias nacionales, así como informaciones varias de utilidad para los habitantes del pueblo, como el tiempo en el condado de Surrey, en el que se encontraban, horarios de autobuses y trenes, anuncios de los vecinos… Sin embargo, los artículos más apreciados eran siempre los editoriales de su padre, comentando noticias o eventos interesantes para sus lectores, siempre en clave de humor.
El señor Marshall era un hombre mayor, increíblemente carismático. Todos los vecinos le conocían y parecía llevarse bien con todo el mundo. Hasta al señor Dursley le costaba enfrentarse a él, porque su amabilidad y su tranquilo temperamento dificultaban mucho que la gente se enfadara con él. Vega le admiraba enormemente, y desde muy pequeña, había decidido que de mayor sería como su padre adoptivo.
La señora Marshall no se parecía a su marido, siempre rodeado de gente y riendo. Era una mujer siempre ocupada con algo. Trabajaba de modista y tenía un pequeño local en el centro del pueblo en el que sus clientes le llevaban ropa para arreglar o ajustar. Lo hacía todo en solitario, pero a pesar de todo, siempre tenía los encargos listos a tiempo. Era algo más joven que Albert, que tenía sesenta y cinco años y era muy tranquila y afable. No gritaba casi nunca, para ganarse una reprimenda de su madre, Vega tenía que armar un jaleo considerable, pero aun así, nunca la había castigado. No entendía como dos personas tan diferentes podían quererse tanto como sus padres adoptivos.
Durante la cena, el señor Marshall parloteaba sin parar, intentando hacerla reír, mientras que la señora Marshall les miraba en silencio, comiendo lentamente y sonriendo. Después de cenar, su madre se sentó en el sofá, recuperando el pantalón que había estado arreglando, mientras su padre encendía el ordenador y la televisión a la vez para ver las noticias. Vega se despidió de ellos y subió a su habitación. Una vez tumbada en la cama, se arropó dentro de la colcha. Su último pensamiento antes de quedar dormida fue para su amigo, probablemente esperando a que los Dursley se fuesen a la cama antes de colarse en la cocina para cenar algo.
Con un suspiró se dio la vuelta, y soñó que los Marshall decidían acoger a Harry mientras los Dursley se lo agradecían fervorosamente. Y así, su amigo sería su auténtico hermano.
