Disclaimer: Los personajes pertenecen a JK. Rowling.


A veces, las personas nos preguntamos por qué resulta difícil ocultar un sentimiento profundo de aversión hacia la realidad, la sociedad, todo depende del contexto. Él no estaba precisamente como para poner una buena cara al mundo. No estaba hecho para mentir de esa manera.

II

Las gotas de sudor bajaban por su blanca piel, provocando un brillo en ella, quemada en ciertas porciones, ennegrecida de suciedad en otras. De sus ojos grises salían lágrimas involuntarias, sus mejillas estaban rojas y la punta de su nariz tenía mucosidad aguada y sangre entremezclada. Encapuchados lo amarraban de los costados, completamente desnudo y mojado, no sólo por su propia transpiración. Habían decidido dejar el Cruciatus de lado. Eso era peor aún: enviar militares muggles controlados por mortífagos, dotados de capacidades extremistas, psicópatas. Un nuevo choque eléctrico, otra sensación de tortura y una vez más a gritar, ahogando las desgarradoras notas sonoras de su timbre irreconocible de voz, sobre un bollo sucio de tela manchada con su propia sangre de su mordida lengua… Su padre, todo era culpa de su padre.

―Todo es su culpa, él los envío… ―balbuceó observando con ojos cansados hacia arriba, moviendo la cabeza de un lado al otro. El techo parecía no ser el del hospital donde había sido torturado. Alguien le sostuvo la frente y le pasó un pañuelo húmedo por allí, intentando ayudarlo a volver en sí de sus recuerdos, de sus delirios.

―Shh, quédate quieto ―inquirió una tranquila voz susurrante. Draco podría decir que la reconocía, pero no entendía qué podía estar haciendo ella ahí. Se suponía que estaba muerta… Se suponía―. Todo estará bien, ya estás a salvo, Draco.

―¿Estamos muertos? ―preguntó débilmente.

―Eso quisieras… ―Fue lo último que escuchó de esa voz suave y con deje de cierto sarcasmo. Luego todo fundió a negro.

Sentía que su cuerpo se alivianaba mientras recibía pequeñas atenciones, no lo suficiente para calmar el sufrimiento de su espalda: había recibido latigazos allí. Podrían haber pasado días, no lo sabía, pero comenzaba a estar lúcido. Sus heridas parecían sanar rápidamente con magia y pociones y su cuerpo parecía estar limpio. No lograba oler absolutamente nada más que el aroma a libertad y a una mujer que creía haber perdido tras el inicio de la guerra, que tenía grabada en la mente, pero que no sabía comparar con nada, simplemente no había con qué hacerlo.

Se giró sobre la cama y entreabrió los ojos. Estaba allí; rubia y esbelta, cubierta de moretones, acostada a una distancia pronunciada de él. Se la veía cansada, pero fuerte. Sus párpados cerrados se movían como si estuviera teniendo un sueño inquietante, como si algo le molestara, pero a diferencia de lo que esperaba que sucediera, en el tranquilo rostro que anhelaba ver hacía tanto tiempo, se vislumbró una sonrisa y entonces la escuchó murmurar su nombre. Observó, en un principio desconcertado, cómo una de sus manos estrujaba con fuerza las sábanas casi queriendo rasgar el colchón con sus uñas, luego la vio deslizar la otra por su abdomen, su pecho comenzó a bajar y subir agitadamente, su boca entreabierta liberó un suspiro y, entonces, sus ojos claros se abrieron de par en par. Infraganti, se encontró de improviso con el rostro de Draco muy cerca del suyo, mirándola con fascinación, con encanto y con desespero.