Importante: Ni Seiya, ni Usagi, ni ningún personaje nombrado en este fanfic me pertenece. Todo es de sus respectivos dueños.
Advertencia: Escenas para adultos (XD). Posible bashing a Mamoru, aunque no estoy segura ni de nombrarlo mucho más de lo necesario.
Aclaración: Ya lo dije en la nota al principio, pero tuve que cambiarlo todo porque no me satisfacía, ¡Lo siento mucho!
Countdown
por Débochca
Prólogo: Surrender
(Entrega)
—Esto —decía ella, alzando en su mano una fina cadena de plata de la que colgaba una piedra informe, de superficie lisa y brillante y muy blanca, tan blanca como el mármol de una lápida—, me lo dieron cuando cumplí catorce... —hizo una pausa, recordando lo que su madre le había dicho en confidencia al oído mientras la dejaba a solas en una habitación alejada con él (un completo desconocido hasta ese momento), pensando en el súbito miedo, y el odio después. -Mujer, ahora eres una mujer-. Inclinó la cabeza, con lo que parte de su interminable cabello cubrió su hombro y continuó su camino más allá de la cama, tras su espalda. Se apoyaba en un brazo, descansando a lo largo con las piernas cubiertas por una sábana. Desnuda por lo demás—. Es auténtica piedra lunar...
—Usagi...
—Es curioso, Seiya —interrumpió, murmurando por debajo de un susurro. La oscuridad que entraba por la ventanas abiertas de par en par vestía su cuerpo, su rostro, sus ojos; de sombras (hasta que se alce la luna)—, nunca he estado en la Luna, a pesar de que se supone que lo llevo en la sangre —calló, pareciendo indecisa, y luego continuó-, su linaje...
O, desde su punto de vista, su maldición. Mañana, recordó.
Seiya la estudió premeditadamente. Las manos que temblaban, la voz convertida en estertores insoportables de escuchar, el constante parpadeo. Pensó que si no hacia algo, si no le decía nada, tal vez realmente la perdería. Y ella se perdería a si misma. Ahora pareció sorprendida cuando la cadena se desprendió de sus dedos y cayó, tintineando, junto a un remolino de cabello rubio. Iba a cogerla, cómo una muñeca mecánica, cuando él habló:
—Escapemos —pudo haber gritado, o tal vez fue la sensación de que en la quietud de la noche había hablado demasiado fuerte, pero no le resultó difícil decirlo, y no se arrepintió una vez ella alzó la vista, interesada, con los labios entreabiertos y un brillo auténtico en los ojos—, es nuestra última oportunidad. ¡Piénsalo!: cualquier lugar del universo, lo más alejado posible, donde puedas dejar de preocuparte por lo que vaya a pasar, por lo que tengas que hacer después de mañana...
Ella se movió, sacado las piernas por el borde de la cama, la cabeza apuntando al suelo y el cabello, lánguido y pesado, arrastrándose sobre la piel de sus hombros, su espalda, su cuello... Seiya observó su actitud con el corazón oprimido. Confiaba en ella, sabía que lo amaba, y sabía que podía ser fuerte; desprenderse de todo y huir. Se movió suavemente detrás suyo y su mano encontró el camino conocido entre sus omoplatos, resiguiendo la curva del hombro y resbalando por el brazo en una caricia lenta y medida, enredando los dedos entre largos mechones, casi plateados en la repentina luminiscencia de la luna; aquel ojo de águila que se arrimaba sobre el alfeizér vigilando, escrutando. Casi como si los estuviera condenando.
—No digas que no... —susurró, suplicó.
Usagi lo miró, torciendo el cuello hacia atrás. Contenía en los ojos las palabras, y acabó por confesar:
—Tengo miedo.
—¿Confías en mí?
Los latidos redoblaron su marcha, atentos, apasionados, febriles y temerosos. Ella continuó mirándolo durante un buen rato, la respiración que movía su pecho lenta y contenida, la expresión en su rostro impávida.
—Siempre.
