Esta es una obra teatral, digo un fiction, sin fines de lucro donde actúan los personajes de Candy Candy, quienes pertenecen a Mizuki e Igarashi. Contamos con una invitada especial en este capítulo: Rose Dawson, personaje protagónico de la película Titanic de James Cameron.
Capítulo 2
Como una promesa, eres tú, eres tú,
como una mañana de verano,
como una sonrisa, eres tú, eres tú
así, así, eres tú.
Eres tú. Juan Carlos Calderón.
Atrapada en el espejo, una esbelta mujer elegantemente vestida escudriñaba a Candy con su verde e inquisitiva mirada: cabellos dorados recogidos en un moño alto atravesado por el tallo de una rosa azul, cuello blanco engalanado por aretes de plata líquida y madre perla, túnica de seda verde ceñida a las caderas, medias satinadas y zapatos negros de alto tacón…bella y sencilla a la vez.
En solo veinte minutos Rita, la madura y eficiente dama de compañía que la Tía Elroy había asignado a Candy desde que esta se mudara definitivamente a la mansión, había obrado el milagro de transformar la rebelde mata de rizos en un elegantísimo recogido que la rubia no dejaba de admirar en el espejo; algunos tirabuzones intencionalmente sueltos ponían el sello juvenil y auténtico de la muchacha a lo que de otra forma sería un peinado totalmente formal.
_ Muchísimas gracias Rita, no sé que habría hecho sin su ayuda. Por favor discúlpeme por haber tardado tanto.
_ Pierda cuidado señorita Candy, es un placer trabajar para usted.
La empleada suspiró mirando a la joven dama. En sus muchos años trabajando para los Ardley solo una mujer podría comparársele a Candy en sencillez y amabilidad: la difunta Rosemary Ardley de Brower. _No en balde el joven señor aceptó casarse con ella_ pensó la mujer_ yo creo que él la quiere escándalo por el medio o no_ sus ojos castaños se desviaron, sin quererlo, hacia las fotos bajo el cristal de la cómoda.
_ ¿Se le ofrece algo más señorita?
_ No, gracias. Salvo tal vez que me llamara Candy_ la chica le guiñó un ojo a Rita que sonrió sin darle otra respuesta. El asunto de llamar a la joven patrona por su nombre aún no estaba zanjado entre ambas.
_ Entonces que tenga una buena noche, señorita Candy.
Justo cuando Rita abría la puerta de la habitación, Annie se aprestaba a tocar.
_ Pasa por favor, Annie. Ya ves, estoy lista.
La recién llegada miró hacia su amiga y sus labios se abrieron en manifiesta expresión de asombro, no por la rapidez con que la rubia se había preparado ni por el atuendo que lucía, sino por la nueva pintura que ocupaba una gran porción de la pared justo detrás de ella.
Tumbado cómodamente en el verde pasto, un hermoso rubio vestido de negro dormía relajado sin otra almohada que un tronco y sus propios brazos. Apoyando su espalda contra los muslos flexionados del muchacho, una chica de coletas rizadas y vestido azul sonreía tejiendo una florida guirnalda en forma de corazón. Echada cerca de los jóvenes, una pequeña mofeta los miraba curiosa. La pintura, con sus vibrantes colores y texturas, transmitía tranquilidad, cercanía y amor.
Annie, con su refinado gusto por el arte, no podía menos que admirar el talento del pintor que había creado tan colorido cuadro a partir de una fotografía en blanco y negro. Una de las varias fotos que habían aparecido en los periódicos de Chicago la primavera pasada y que habían servido de combustible al fuego mediático iniciado por las airadas declaraciones de un despechado Neal Leagan.
_ Lo encontré esta mañana frente a la puerta de mi habitación_ la voz de Candy interrumpió las reflexiones artísticas de su amiga.
_ Es un lindo regalo Candy, debe haberle costado muchísimo dinero.
El rostro pecoso de la rubia se ensombreció al escucharla. Le dolía ver como la mayoría de las personas a su alrededor pensaban tanto en el dinero. Ella no necesitaba un costoso cuadro, quería verlo a él: hacía dos meses que había partido de viaje solo para regresar tarde la noche anterior y volver a partir temprano esta mañana a una reunión con el consejo de la familia…él era ya todo un Ardley: una máquina de hacer dinero.
_Creo que deberíamos esperar a tus padres abajo. Hace un rato dijiste que estábamos atrasadas.
En silencio bajaron las escaleras de la mansión. Annie miraba de reojo a Candy, tratando de adivinar sus pensamientos: de sobra sabía que estaba de mal humor por la ausencia continuada de Albert, pero tampoco era ajena a la posibilidad de que la rubia estuviese atormentada por el reencuentro con Terry Grandchester. Ambas circunstancias unidas al carácter impulsivo de la pecosa eran una invitación al desastre: un mínimo desliz podría ser fatal para la reputación de Candy afectando consecuentemente a los Ardley. _Y para colmo está enojada conmigo_ pensó.
_ ¿Sabías que Archie estuvo aquí mientras buscabas tu rosa?
_ No.
_ Vino a vestirse de gala para la reunión del consejo. Se veía guapísimo vestido con su kilt y tartán. ¿Has visto al señor William vestido de escocés?
_No_ fue la misma respuesta lacónica por segunda vez.
_Tal vez se vea casi tan guapo como Archie.
La pecosa puso los ojos en blanco haciendo un claro gesto de exasperación, pero Annie no se amilanó.
_ Dice que han venido miembros de la familia de varias partes de América y hasta de Escocia. Según Archie, algunos son jóvenes Ardley que también están siendo presentados al resto del consejo.
Una sonrisa iluminó el pecoso rostro de Candy _Si solo pudiera verlo después de todo_ pensó en voz alta.
_ ¿Te refieres a tu Príncipe de la Colina? Ha pasado ya mucho tiempo aunque nada es imposible_ Fingió desinterés la pelinegra.
_ Trece años, sin embargo lo recuerdo perfectamente. Era tan lindo_ dijo soñadora _ ¿De veras crees que pueda estar aquí, Annie? Me gustaría tanto verlo, solo una vez.
La interpelada tuvo que mirar hacia otro lado para ocultar una sonrisa de oreja a oreja: había funcionado, Candy estaba contenta otra vez, ahora las cosas marcharían mejor.
_ Eres la princesa de los amores platónicos_ le respondió riendo.
_ ¿Tú crees? ¿Es que has llegado más allá, Annie?
Un rubor intenso tiñó el rostro y el cuello de la muchacha, toda su timidez regresó de golpe dejándola sin palabras. _Yo…yo no…tú sabes…Archie…
El mayordomo anunciando la llegada del matrimonio Britter sacó a la chica del atolladero, aunque un codazo bien asestado en sus costillas era todo el recordatorio que necesitaba: el interrogatorio no había terminado todavía…ni terminaría hasta que cierta rubia pecosa no saciara su curiosidad.
Camino al teatro, sentada junto a Annie y tratando de mantenerse lo más alejada posible de la señora Britter, Candy reflexionaba _ Siempre con otros ¿cuándo estarás conmigo? En dos semanas…sí ¿y después?_ le pareció verlo reflejado en la luna de cristal, con su cabello largo y su vieja casaca de vagabundo: suyo sin serlo…los irises de jade se nublaron en un intento de retener la imagen, cuando finalmente pestañó ya no vio el rostro sonriente de Albert sino un inmenso cartel iluminado: Terruce Graham y Rose Dawson en Las Alas de la Mañana por Susana Marlowe.
La obra póstuma de la joven dramaturga, fallecida seis meses atrás, estaba sacudiendo los teatros del norte estadounidense acaparando el éxito de la crítica, haciendo estallar las emociones del público y creando polémica en las publicaciones especializadas. El prestigio de la Compañía Teatral Stratford, poseedora exclusiva de los derechos de la pieza, se había multiplicado con cada presentación… y esta noche los afortunados espectadores de Chicago tendrían la oportunidad de juzgar por qué.
Desde un privilegiado palco muy cercano al escenario Candy veía a Terry actuar: ya no era el adolescente buscapleitos del San Pablo ni la piltrafa humana de Rockstown: el hombre sobre las tablas había crecido en los últimos tres años, no solo en talla y musculatura, sino en personalidad: sus ojos brillaban con una mezcla de rebeldía y madurez que solo pueden otorgar el tiempo, la experiencia y el sufrimiento. La masculina voz del actor, fuerte y clara, inundaba hasta los más recónditos rincones de la sala. Los carnosos labios, que solo una vez habían besado a Candy, arrancaban notas apasionadas de la armónica haciendo suspirar a las damas de la audiencia. La expresión de su rostro pasaba por todo el espectro de las emociones humanas: ternura y maldad, amor y odio, piedad e indiferencia…porque Las Alas de la Mañana había sido escrita para Terruce Graham…Susana lo había logrado: su nombre y el de Terry pasarían juntos a la historia del teatro norteamericano e internacional.
Rose Dawson era una actriz magnífica, no solo por su exquisita belleza y hermosa figura, sino por la pasión y energía que demostraba en cada escena, por la entrega con que se fundía con su personaje: Rose y Terruce atrapaban al público, haciéndolo volar con ellos hasta tocar el cielo para luego estrellarse contra el suelo en estrepitosa caída, cual Ícaro perdiendo sus alas bajo el brillo inclemente del sol de la mañana _No me dejes ir_ y así…con un estallido de corazones en medio del clamor de los aplausos caían los telones.
_ Impresionante, la pieza merece todo el éxito que ha tenido y mucho más_ decía el señor Britter a sus tres silenciosas acompañantes, en un intento de crear conversación durante el trayecto de regreso. Al no obtener respuesta, el amable hombre tosió un poquito.
_ La puesta en escena fue buena _respondió finalmente su esposa_ pero el argumento me parece inapropiado para un público con tantas señoritas: el maquillaje y las actuaciones parecían tan reales que…_ la dama interrumpió su crítica al sentir las frías manos de Annie en su antebrazo _ ¿Sucede algo querida?
_ Me duele mucho la cabeza.
_ Ya ves querido que tengo razón: esa historia no es apropiada para señoritas.
Annie gimió un poquito, en un delicado intento por callar a su madre. La dama acomodó la cabeza de su hija en su hombro acariciando los negros y lacios cabellos.
Apartada al otro extremo del mullido asiento, Candy elevó una muda plegaria agradeciendo por el restablecimiento del silencio: no solo su cabeza sino su pecho dolían: la obra había calado su alma profundamente. _ ¿Cómo pudo Susana escribir algo así? ¿Qué le habrá sucedido? ¿Qué estaría sintiendo?_ decenas de preguntas sin respuesta bombardearon su mente durante todo el trayecto hasta la mansión Ardley.
Los Britter se despidieron unos pocos minutos después de dejarla en la casona. La rubia subió silenciosamente a su habitación; sin necesidad de llamar a Rita se quitó los zapatos y las joyas, volviendo a ponerse al cuello su eterna cadena con la cruz de la señorita Pony y el medallón Ardley.
_Príncipe de la Colina_ dijo mirando la insignia _ creo que ni tú podrías hacerme sonreír esta noche_ diciendo esto una brillante sonrisa brotó de sus labios _ bueno está bien, tú ganas.
Abrió su ventana y miró hacia la ciudad: Albert, Terry y tal vez hasta el mismísimo Príncipe de la Colina estaban esta noche en Chicago, bajo el mismo cielo y viendo las mismas luces.
Necesitaba tanto conversar con Albert, compartir con él los sentimientos que la habían embargado en el teatro, hacerle saber todas esas ideas que martillaban en su cabeza haciéndole sentir un dolor brutal.
_Tengo que esperarlo despierta_ pensó _ de lo contrario mañana se irá temprano y será todo un día o más sin verlo.
Decidida trepó a una rama convenientemente cercana y de árbol en árbol llegó hasta ubicarse bastante cerca de la entrada a la mansión.
No podría decir cuánto tiempo esperó hasta que aparecieron tres autos negros con la conocida insignia Ardley al frente. Los primeros en salir fueron George y Archie. Candy no pudo evitar mirar apreciativamente a su primo y aceptar que su amiga había dicho la verdad: se veía todavía más gallardo con su traje típico.
Los escoceses continuaron descendiendo de los autos. Tres de ellos parecían jóvenes en sus veinte, dos rubios y un moreno que tocaba la gaita…pero ninguno le parecía que pudiese ser su príncipe…y Albert tampoco aparecía.
Unos catorce hombres ya estaban agrupados a las puertas de la mansión, conversando y riendo ruidosamente, cuando finalmente la persona que conducía el tercer coche salió. Era un joven alto vestido con el traje típico de las alturas escocesas: largas piernas enfundadas en medias con diseño cuadriculado, kilt, tartán, casaca verde oscuro resaltando la estrecha cintura y anchos hombros masculinos, y rebeldes rizos rubios escapando por debajo de la boina y cayéndole sobre la frente.
Con el corazón batiendo como las alas de un pajarillo enjaulado y sin quitarle los ojos al recién llegado, la pecosa decidió pasarse a una rama aun más cercana a la entrada de la mansión.
El muchacho de casaca verde se había unido al grupo y parecía comentarle algo al moreno de la gaita. Desde el árbol, Candy lo vio echarse a reír sosteniéndose la boina con la mano: por trece años no había podido olvidar ese pequeño gesto. La chica inspiró con fuerza, reteniendo el aire; entonces sucedió: el joven volvió el rostro, clavando sus ojos azules en los verdes irises de la muchacha.
_Eres tú_ susurró Candy sintiendo como el mundo se sacudía bajo sus pies.
Continuará…
Hola amigas, bienvenidas a mi segundo capítulo. Les confieso que mis manos han sudado un río mientras escribía: es que estos dos chicos me han emocionado. *Pido perdón al elegante*
Ya hasta me han preguntado si quiero hacer un Archiefiction, el refrán "Cría fama y acuéstate a dormir" se está cumpliendo conmigo, por ello aclaro: este fiction se dividirá, a su debido tiempo, en dos historias: Terry x Candy y Albert x Candy. Estoy trabajando en ambos finales y espero tenerlos listos simultáneamente…si es que todavía me quedan lectoras para entonces.
Les agradezco a todas las que han leído mi fiction y especialmente a aquellas que dejaron reviews: sus comentarios me han ayudado a terminar de dar forma a este capítulo. R.G. Grandchester, Arly, Violeta, Azu, Lobadedia, Lucero, Nandumbu, Luna 2, Diana, Joelise, Alhely, Annimo y Cris: muchísimas gracias por sus comentarios. Espero que les guste este capítulo y puedan ver algunas de sus preguntas y sugerencias reflejadas dentro del mismo.
