Edit: 16/03/2017

Percy Jackson:

El ladrón del Rayo.

Prólogo:

Los dioses del Olimpo se encontraban discutiendo, a excepción de Apolo y Hermes, que planeaban una broma contra la fragua de Hefesto; Dionisio, quien estaba leyendo una revista sobre vinos, esperaba su oportunidad para hablar con Zeus sobre su condena. Este último, a su vez, se encontraba discutiendo con Poseidón sobre qué era mejor: Si una tormenta, o un tsunami. Por último estaba Hestia, quien avivaba el fuego.

En eso, una gran luz dorada iluminó la sala, acallando los gritos y atrayendo la atención de todos. Cuando la luminosidad dimitió, semidioses con armaduras romanas se mostraron. Todos se arrodillaron en reverencia a los dioses, notando rápidamente en dónde se encontraban. Una joven dio un paso adelante, dando a entender que era la líder.

—Mis dioses, ¿a qué debemos el gusto de…?

Pero la frase quedó inconclusa, puesto que una luz como la anterior iluminó el lugar. Semidioses, un sátiro, un centauro y una humana aparecieron en la sala. Todos se miraron, ligeramente confundidos.

—¿Reyna? —preguntó una voz masculina.

—Jason —contestó la aludida, alzando ligeramente las cejas.

Zeus abrió la boca para hablar pero, nuevamente, una luz blanquecina irradió la sala de tronos, dejando paso a los héroes más conocidos de la mitología.

—Pero, ¿qué es lo que sucede? —bramó Zeus, enojado.

Como respuesta, un brillo color plata encegueció a los presentes, quienes poco a poco notaron a tres mujeres con túnicas blancas que no dejaban ver sus rostros. La del medio tenía una vara con hilos enrollada en él, las otras dos cargaban con unos libros, además de que una de ellas traía una vara colgada en, lo que parecía, su cintura y la otra tenía una tijera alrededor de su muñeca.

—Mis señoras, ¿en qué podemos ayudarles? —preguntó Zeus amablemente.

—Estamos enojadas, dioses, en especial contigo y tu esposa Hera. Estos semidioses tendrán una gran importancia para el Olimpo, vienen del futuro, aún no han nacido en este tiempo —susurró con frialdad Cloto, deslizando la yema de sus dedos por los hilos—. Les daremos estos libros para que puedan cambiar el futuro. Su castigo será ver todo por lo cual ha pasado este héroe, todo lo que ha arriesgado por ustedes y a quienes ama. Entenderán todo el peso que carga en sus hombros, y tendrán que leer su final.

—Este héroe logró unir griegos y romanos —agregó Átropos, la cual parecía mostrar más emoción que su hermana—. Los amigos cercanos de Perseo Jackson deberán presentarse con todos los honores que lograron.

—Hades, Perséfone y las cazadoras de Artemisa no pueden faltar en esta lectura —intervino la última de ellas, Láquesis, repiqueteando su vara con impaciencia—. Dioses, tienen prohibido herir o matar a cualquier semidiós, centauro, sátiro y humano en el tiempo en que los libros se encuentren en sus tiempo.

Los libros que cargaban las Moiras desaparecieron, reapareciendo en los brazos de un romano y una griega bastantes sorprendidos. Entonces, la luz plateada envolvió el lugar nuevamente, las ancianas desapareciendo con ella.

Un silencio incómodo se instaló en la sala brevemente.

—Hermes, ve a buscar a Hades y Perséfone. Artemisa, trae a tus cazadoras —ordenó Zeus, rompiendo el silencio.

Hermes desapareció, dejando una voluta de humo tras de sí. Artemisa, con un movimiento de mano, trajo a sus cazadoras, quienes la reverenciaron.

—Mi señora —dijo Zoë, siendo portavoz del grupo—, ¿en qué podemos servirla?

—Las Moiras trajeron unos libros sobre la historia de un héroe, ustedes deben estar presente —le respondió maternalmente la diosa, cosa que chocaba con su evidente disgusto. Zoë hizo una mueca, comprendiendo velozmente que se trataba de algo serio y referido a un hombre. Se puso de pie, asintiendo a los demás dioses como muestra de respeto, y se colocó a la derecha de su patrona. Inmediatamente, las cazadoras se sentaron a los pies de Artemisa.

Hermes apareció poco después junto con Hades y Perséfone, ambos sorprendidos por la cantidad de personas en la sala de trono, en especial de semidioses.

—Niños, pasenme los libros, por favor —pidió Poseidón, extendiendo su brazo con una sonrisa conciliadora.

La griega fue con paso decidido y le entregó los libros al dios, con la confianza que se le tiene a un amigo; el romano, en cambio, tardó en reaccionar y, temeroso, se acercó al dios más cruel... según sus creencias, claro. Poseidón les agradeció a ambos con una sonrisa.

—Poseidón, ¿sabes leer? —preguntó Atenea con fingida sorpresa.

El dios le dirigió una mirada molesta, más rápidamente le restó importancia y volvió la vista hacia los mestizos.

—Ellos requieren una atención mayor que una diosa que sólo quiere molestar —pensó.

Zeus dirigió su mirada a los recién llegados.

—Preséntense, primero el dios y luego los héroes que llegaron de Eliseo —esta situación no era una a la que estuviese acostumbrado, por lo que ganaría tiempo de esa manera. Las moiras habían pedido que se presentaran los amigos de Percy Jackson, no necesariamente los héroes.

—Heracles, hijo de Zeus —habló un hombre musculoso, aunque no al punto de ser robusto, cabello color noche con corte militar, sonrisa soberbia, ojos azul eléctrico y una barba descuidada.

—Perseo, hijo de Zeus —el siguiente en hablar tenía un gran parecido con el anterior, pero se diferenciaba por la sonrisa tierna y menos arrogante en su rostro, su cabello color arena y su menor musculatura , pero aún así resultaba atractivo.

—Teseo, hijo de Poseidón —un joven de unos 17 años, sonrisa burlona, gran porte, unos rizos marrón chocolate, los cuales cubrían su ojo izquierdo color verde mar por el largo, y una musculatura similar a la de su primo Perseo

—Orión, hijo de Poseidón —el semigigante sonrió tímidamente, el cabello negro despeinado dándole un toque sensual e inocente al mismo tiempo, sus ojos verde mar expresaban calidez y amor. Padre e hijos se dirigieron una sonrisa.

—Bien, romanos, preséntense —ordenó Zeus, intentando distraer a los mestizos que se estaban preparando para la batalla.

La pretora dio un paso adelante, analizando a los griegos con sus fríos ojos negros.

—Reyna, hija de Bellona y pretor del Campamento Júpiter— los dioses no dudaron de su puesto, la muchacha destilaba disciplina y fuerza por cada poro de su piel. Por supuesto, a los búhos esto no les gustó nada. Aunque tenía que ver con la madre de la chica más que por otra cosa.

Unos segundos después, otro chico se apresuró a presentarse.

—Octavian, legado de Apolo y augur del Campamento Júpiter— el joven infló su pecho dándose aires de importancia. Claro que no logró imponer su presencia entres los semidioses, a diferencia de Reyna.

A continuación, tomó la palabra el más alto del grupo. Todos los que lo conocían se sorprendieron al ver esos ojos castaños, usualmente con un brillo amable, lucir molestos.

—Frank, hijo de Marte —gruñó, mirando a su padre. Seguidamente, una chica mucho más pequeña se colocó a su lado, apretándole levemente el brazo.

—Hazel, hija de Plutón —la voz de la pequeña infundió ternura y calidez a los presentes.

—¡Haz roto el tratado! —bramó Zeus rápidamente, mirando a Hades. Este apenas le prestó atención al arrebato de su hermano menor, su concentración estaba pura y exclusivamente en su hija.

—Eso es imposible, tú… —no pudo terminar, su voz se quebró recordando el la muerte de la chica. Hazel hizo amago de acercarse, pero se contuvo. No estaba segura de cómo iba a reaccionar Zeus.

—Tuve una segunda oportunidad, papá —le sonrió, para después fijar su vista en dios de los cielos—, yo nací antes del tratado, señor —este asintió, con el ceño fruncido, e hizo un gesto displicente, señalando a los griegos.

—Bien, ahora preséntense los últimos mestizos —dijo Atenea, siendo portavoz de su padre.

Con una sonrisa de satisfacción y un brillo que gritaba: "¡Problemas!", una joven de cabellos negros y mechones azules, con ojos azul eléctrico que se aseguró de enseñar, habló:

—Thalía Grace, hija de Zeus y lugarteniente de Artemisa.

Perseo le sonrió a su hermana, preguntándose la razón por la que ella formara parte de la caza, si era por un hombre, él mismo se encargaría de vengarla.

—¡Haz roto el tratado! —chilló Hera, al ver que ninguno de los hermanos planeaba acusarle.

Artemisa tomó con cuidado a Zoë, quien temblaba y miraba a Thalía. Era evidente en dónde se encontraba el pensamientos de ambas.

—¿Qué pasó con Zoë? —inquirió Artemisa, preocupada. Esta pregunta la querían hacer casi todas las chicas de la caza..

—Lo descubrirá luego —susurró, sin querer entrar en detalles.

Artemisa iba a insistir, pero se detuvo al ver una lágrima solitaria caer del ojo izquierdo de Thalía. El silencio y la tensión se mantuvo, ninguno quitaba la vista de la hija de Zeus, siendo esto con buenas intenciones o no.

Un chico rubio dio un paso adelante, atrayendo la mirada de los demás.
—Jason Grace, hijo de Júpiter, pretor del Campamento Júpiter y, momentáneamente, líder del Campamento Mestizo —el muchacho de ojos azul eléctrico, y con una pequeña cicatriz en el labio, le sonrió a Perseo, apretando el hombro de su hermana. Ignoró a Heracles, quien frunció el ceño ante tal ofensa.

Por otra parte, el asesino de Medusa se preguntaba la razón de que ambos hermanos tuvieran el mismo apellido, cosa que ignoró solamente la reina de los dioses.

—Nico Di Angelo, hijo de Hades, rey fantasma y embajador de Plutón —al decir estas palabras, el mestizo miraba fijamente el suelo. El chico, que vestía completamente de negro, se veía cansado. Unas pequeñas ojeras se asomaban bajo sus ojos negros y su cabello, del mismo color, se encontraba cubierto con un poco de tierra.

—¿No eras romano? —preguntó Octavian, con los ojos entrecerrados.

—Yo soy griego, pero iba a visitar a mi hermana —respondió, sin alzar la vista.

—¿Dónde está Bianca? —preguntó Hades, con expresión impasible.

Él sólo elevó la vista para mirar a Artemisa, y luego a Thalía, que se le acercaba y lo abrazaba. Esto último para desconcierto de las cazadoras y de la misma diosa.

—Leo Valdez, hijo de Hefesto y usuario de fuego —habló un chico bajo, con cierto parecido a un elfo, usando un tono galante.

Al ver la mirada que Artemisa le enviaba al latino, su mejor amiga se apresuró a intervenir.

—Piper Mclean, hija de Afrodita —una niña de extrema belleza, la cual ocultaba con estropajos, apretaba un cuerno que luego guardó dentro del "cinturón" de herramientas de su mejor amigo.

Madre e hija se sonrieron mutuamente, aunque la última se aseguró de ignorar las miradas reprobatorias de sus hermanas.

Sin querer parecer menos, y sacando el valor del cual sus hermanos siempre alardeaban tener, se adelantó imponente, aún con su hábito de analizar su alrededor con sus ojos castaños.

—Clarisse La Rue, hija de Ares asesina del Drakon —sonrió arrogantemente. Su padre empalideció, cosa bastante extraña para ella. Claro que no sabía que en la época en la que se encontraban, era muy extraño que una de sus hijas luche. No era que no existieran, pero eran una clara minoría.

—Travis y… —

—...Connor Stoll.

A medida que se nombraban se señalaban a sí mismos.

—Hijos de Hermes —terminaron a la vez. Hermes les sonreía. A continuación, éstos empujaron levemente a su amigo que, se adelantó entre risas.

—Will Solace, hijo de Apolo —éste le dedicó un guiño a su padre. Si observabas, ambos eran bastante iguales; ojos azules, rubio y aire juvenil.

—Grover Underwood, señor de lo Salvaje —se presentó el único sátiro del lugar. Se notaba algo nervioso, como si meditara cada palabra que iba a decir.

Dionisio miró a Grover por sobre la revista que estaba leyendo, con duda de si creerle o no. No obstante, no pudo seguir armando teorías, ya que tomaron la palabra.

—Rachel Elizabeth Dare, portadora del Oráculo de Delfos —la mortal de cabello rojo fuego y ojos esmeraldas le sonrió al dios del sol, mientras reía ante la reacción de este.

—¡Bien! Mi Oráculo ya no es una momia —bailó felizmente Apolo, picando el orgullo de cierto augur, quien miraba la escena celoso.

¿Por qué le da más importancia al Oráculo y no a su augur?, se preguntó mentalmente, resentido.

—Katie Gardner, hija de Deméter y al mando de la cabaña cuatro—alzó la mano, haciéndose notar entre el tumulto de griegos. Se rió cuando su madre comenzó a preguntarle sobre su dieta alimenticia, la cual cierto hijo de Hermes oía sin perder detalle.

Finalmente, al ver que nadie más se atrevían a dar la cara, el centauro inmortal finalizó las presentaciones.

—Quirón, entrenador de héroes —inclinó levemente la cabeza en dirección a los romanos.

Los aludidos lo observaron con aprensión, pero él lo ignoró. Estaba acostumbrado a tener esa primera impresión en algunos mestizos.

El silencio llegó con la última presentación.

—¿Conocen a Percy Jackson? —intervino Hermes al notar la tensión, mayormente viniendo de los romanos a los griegos.

—Por supuesto que todos lo conocen, sino no estarían aquí —regaño Atenea ante, según ella, una absurda pregunta.

—Es nuestro líder —aseguró Thalía, con los griegos asintiendo con total seguridad. Artemisa se horrorizó al saber que un hombre era el líder de sus cazadoras cuando debía ser esa joven.

—Es nuestro pretor —informó Reyna. Todos los dioses se mostraron asombrados. Un griego aceptado por los romanos, siendo su pretor, líder de los griegos y, esto fue lo que más impacto tuvo, líder de las cazadoras junto con la teniente.

—Sesos de alga, vas a leer o a mirar los libros —dijo burlonamente Atenea, tratando de evitar una posible catástrofe causada por Artemisa. Mas no tuvo el efecto esperado, pues los griegos soltaron unos leves sollozos. Era evidente a quién recordaban, o al menos para ellos, porque los demás no estaban familiarizados con el apodo.

—¿Qué sucede? —preguntó levemente alarmado Ares, ya que sus hijos, pese a que intentaban ocultarlo, también sollozaban. No hubo respuesta.

—Será mejor que leamos —sugirió Afrodita, insegura de cómo reaccionar. Después de todo, ella notaba la tristeza que los embargaba.

—Son ocho libros —dijo Poseidón, llamando la atención de todos— Percy Jackson y el ladrón del rayo.

—¿Qué? —interrumpió colérico Zeus—. ¿Quién osa robar mi rayo maestro?

Poseidón se apresuró a leer antes de que su hermano lastimara a alguien y ofendiera, si es posible, aún más a las Moiras.

—Percy Jackson y el mar de los monstruos —los dioses oían sin poder creer—, Percy Jackson y la maldición del titán, Percy Jackson y la batalla del laberinto —Atenea y Teseo palidecieron, tenían una idea de a cual laberinto se referían—, Percy Jackson y el último héroe del Olimpo. Los héroes del Olimpo y el héroe perdido, los héroes del Olimpo y el hijo de Neptuno —la diosa de la sabiduría iba a comentar algo desdeñoso para molestar a su tío, pero enmudeció al escuchar el último título—, los héroes del Olimpo y la marca de Atenea.

—Será mejor que lean para ver qué sucede— comentó Dionisio "desinteresado".

Hestia hizo aparecer un par de sillones vibradores, los cuales fueron examinados por los hijos de Hefesto, quienes en menos de lo que canta un gallo comenzaron a gritarle a Leo para que brinde algunas herramientas de su cinturón.

Cada uno mejoró el suyo, todos con distintas cosas. El mejor de todos fue el de Leo, quien hizo que estuviera en el aire mientras vibraba, le daba un masaje, le preparaba batidos y le servía comida chatarra.

Hefesto no pudo hacer más que mirar orgulloso a todos sus hijos.

—¿Quién lee? —cuestionó Poseidón.

—Yo lo hago —se ofreció Hermes—. Algo me dice que será gracioso —tomó el libro, comenzando a leer por sí mismo. Soltó una estruendosa carcajada apenas vio el título.

—¿Qué sucede? —preguntó Apolo quien, al asomarse sobre el hombro de su hermano, rompió a reír con él.

—Lo siento —se disculpó el dios Hermes, más que nada por la mirada de Atenea. Apolo lo imitó.

Capítulo I:

ACCIDENTALMENTE VAPORICE A MI PROFESOR DE ALGEBRA.