El inicio

Me enamoré. Me enamoré como nunca lo había hecho. Para mí todo aquello me supuso.

Un cambio radical en mi vida. Él era el hombre más maravilloso que pudo crear Dios.

El era mi alma, mi corazón, mi razón de vivir. Estaba dispuesta a dar la vida por él. Por el que me prometió amor eterno, el que me prometió que nunca me dejaría, el que me dijo que jamás se separaría de mí, me juró que me amaba, que yo era su existencia, que no podría vivir sin mí.

Esa noche en nuestro prado, después de decidir cómo llevaríamos nuestra vida, después de decirme tantas cosas bonitas, me entregué a él.

– Bella, te amo, cielo. Y te deseo. Pero no sé si esto esté bien, te puedo hacer daño. – me dijo.

– ¡Oh, vamos Edward! Tú nunca me harías daño. Te necesito. Sé que me amas como yo te amo a ti. Quiero ser tuya en cuerpo y alma. – le dije. Qué tonta fui.

Nunca se me iba a olvidar esa noche. Fue la noche más mágica que había vivido en mi vida. Me había entregado al amor de mi vida. Fue muy lindo. Nos besamos con tanto amor, que el resto del mundo, en ese momento no existió; se detuvieron todas las guerras, de tanto amor que nos demostrábamos. Las caricias fueron suaves, llenas de ternura. Pronto se volvieron más urgentes, llenas de pasión, cargadas de necesidad de placer. Por más que mis capacidades de seducción fueran nulas, mi cuerpo parecía responder solo, llevado por el instinto.

Cuando desperté estaba en su brazos. Lo miré a la cara y le dije:

– Buenos días, cariño. Gracias por regalarme tan lindo momento.

– Tonta, Bella. Soy yo quien tiene que darte las gracias por hacer que me sienta vivo. Princesa, te amo.

Con eso nos volvimos a besar y me llevó a casa. Yo estaba encima de una nube. No podía haber nadie en este planeta más feliz que yo, no habría nadie en este planeta que me pudiera separar de él. Lo amaba. Él era mi primer amor y sería el único. Porque, como al primero, no se ama nunca a nadie. Yo sabía que él estaría en mi corazón por siempre; que nada, ni nadie en el mundo conseguiría que dejarla de amarlo. Isabella ya no existía más sin él. Éramos una misma persona en cuerpos distintos.

Bajé a desayunar con mi papá. Desayune rápido, dentro de poco vendría buscarme Alice para ir al centro comercial: día de compras.

Así pasaron las semanas, hasta que llegó ese fatídico día. El día en el que mi mundo acabó, el día en que perdí mi alma, el día que el ser más maravilloso del mundo me destrozó el corazón, el día en que su careta cayó al piso.

¡Tonta ilusa enamorada!