Capítulo 2: La búsqueda
- ¡Kagome!
Saltó a la copa de otro árbol y se sujetó a una rama mientras inspeccionaba el terreno.
- ¡Kagome!- volvió a gritar.
Volvió a saltar a otra copa y repitió el mismo proceso, el mismo grito desde que ella había desaparecido esa misma noche. No había dormido nada, ni un solo segundo. Desde que ella desapareció la había estado buscando desesperadamente, pero no encontraba nada que lo ayudara. No había pistas, ni ningún rastro. Nada.
- ¡Kagome!
Miroku, Sango y Shippo lo siguieron con la mirada. Ellos se habían quedado en tierra buscando y no dejaban de escuchar los gritos desesperados de Inuyasha.
- Si el secuestrador está cerca ya debe estar avisado de nuestra presencia.
- Inuyasha es un escandaloso.
Sango se volvió hacia Miroku y Shippo al escucharlos y después volvió a alzar la mirada hacia Inuyasha. El hanyou estaba muy preocupado al igual que todos los demás pero él a diferencia de ellos, no sabía cómo llevar esa desesperación que lo estaba atenazando por dentro. Si algo había aprendido en sus años como exterminadora era cómo rastrear a una persona y nunca se había topado con un caso semejante. Kagome no había dejado el menor rastro, nada en absoluto. Inuyasha era tan buen rastreador como ella y debía haber llegado a la misma conclusión. Era muy probable que Kagome estuviera muerta.
Aquel pensamiento la entristeció. La sola idea de pensar que nunca volvería a cotillear con Kagome, que nunca más probaría su comida, que no se bañarían juntas, que no estarían allí para animarse la una a la otra… ¡No era justo! Ya había perdido a su padre, a toda la gente de su aldea y el miedo por Kohaku la torturaba día y noche. No era justo tener que perder también a su mejor amiga.
- Sango, ¿tú qué crees?
- ¿Hum?
No había escuchado nada de lo que habían dicho.
- ¿La señorita Kagome…?
Sabía muy bien lo que el monje quería decir pero él no se atrevió a terminar la frase. Shippo la miraba con los ojos agrandados, llenos de lágrimas, preparados para empezar a llorar escandalosamente si… No podía fallarle. Kagome le hubiera dado ánimos hasta el último segundo.
- ¡No diga esas cosas monje! – le regañó- Kagome estará bien, ya lo verá.
- Lo siento, tienes razón.
Y también estaba mintiendo. Quería poder pensar realmente que cabía la remota posibilidad de que Kagome estuviera viva pero nada apoyaba esa teoría y sabía a la perfección que Inuyasha estaba pensando lo mismo. Alzó la mirada y siguió la estela rojiza del medio demonio. Si no se equivocaba en sus nefastas conclusiones, el golpe sería tremendo para él.
- ¡Kagome!
No servía de nada. Fuera a donde fuera, gritara a quien gritara, no había forma de encontrarla. En un caso normal, Kagome ya se las habría apañado para contestar a su llamada, ella siempre tenía una brillante idea aunque nunca se lo dijo. Había tantas cosas que no le había dicho y que ya nunca podría decirle si no la encontraba. Sacudió la cabeza enfadado consigo mismo. ¡Tenía que encontrarla!
- ¡Inuyasha!
Al escuchar a Miroku llamándolo desde el suelo se bajó de la copa de un árbol de un salto. A lo mejor habían encontrado alguna pista. Ojala fuera eso. Sin embargo, una vez que estuvo abajo no vio nada que le indicara que Kagome había estado allí.
- ¿Qué quieres, monje?- se quejó- Estoy muy ocupado ahora mismo.
Ponerte a gritar como un loco no te servirá de nada. Creo que ya hemos buscado suficiente por la montaña, deberíamos bajar a la aldea. Si ha sido - secuestrada es el lugar hacia el que debe haberse dirigido el secuestrador.
- ¿Y por qué iba a pasar por un sitio lleno de testigos?- no tenía sentido para él.
- Porque tiene que salir de la montaña y es el único paso. Pensaría que por la noche ningún aldeano podría verlo con su captura.
Seguía sin estar muy seguro. Temía marcharse de la montaña y que el secuestrador aprovechara el momento para escapar con Kagome.
- No es una mala idea, Inuyasha. – quiso convencerlo Sango- Aquí no vamos a encontrar nada y puede que algún aldeano viera algo extraño.
No estaba muy seguro de querer salir de allí en busca de una remota posibilidad pero teniendo en cuenta el poco éxito que estaba teniendo su minuciosa búsqueda, ¿qué otra opción tenía? Terminó aceptando la oferta del monje con la esperanza de poder encontrar alguna pista en la aldea.
…
Observó su reflejo en las aguas ahora cristalinas de la charca bajo la cascada y sonrió. Era perfecta. Llevaba años sin hacer ese hechizo pero le había salido tan bien como la primera vez que lo hizo. Se colocó las manos sobre las sienes y masajeó la zona en busca de arrugas o imperfecciones pero todo estaba perfecto. Por fin volvía a tener el cuerpo de una joven.
- Así que Kagome, ¿eh?
Con un dedo jugueteó con uno de sus rizos azabaches naturales y sonrió a su propio reflejo. No era muy alta pero era hermosa. Esos maravillosos ojos color chocolate podrían tumbar a cualquier hombre. Además, su peculiar forma de vestir era muy atrevida. Seguro que los hombres se desmayaban a su paso. ¡Mejor! Así sería más fácil cumplir con su deber y su mayor satisfacción.
- ¡Oh, Inuyasha estaba tan asustada!
Ensayó su actuación sin perder de vista su reflejo y compuso un mohín mientras jugueteaba coquetamente con su rizo tensándolo y soltándolo y se balanceaba de forma sensual, dejando entrever su vientre.
- ¡Perfecto!
Se levantó y se miró una última vez antes de esconder su guardapelo dentro del extraño kimono que llevaba esa chica. Su plan era perfecto, nada podía fallar. Había escuchado en todo momento a sus amigos y los había seguido. El hanyou sí que estaba enamorado de esa muchachita humana y se aprovecharía de todo su amor para hacerse más fuerte. Se dirigían hacia la aldea. Bueno, ella se lo tomaría con calma. Daría un agradable paseo por la montaña y después bajaría a la aldea. De esa forma le daría tiempo suficiente para desesperarse más y más.
Feliz y emocionada por su libertad y por su nuevo cuerpo bailó y se balanceó entre los árboles mientras entonaba la canción de su clan.
- Vigila tu espalda, muévete con gracia, viaja en compañía o las lamias te atraparán. Si te cruzas con una, puedes correr, pero ya estarás atrapada. Serás suya, tu vida habrás perdido, quedarás atrapada. Pero no debes desesperar, pues el amor de tu vida será quien más sufra en sus garras. ¡Ja, ja, ja!
…
Tenía que encontrar a Kagome cuanto antes. Se negaba a pensar que ella estaba muerta, no podía creer algo semejante. Sin embargo, todos los indicios lo llevaban a esa conclusión. La única forma, en que se le ocurría que Kagome no hubiera sido capaz de dejarle ninguna pista, era que estuviera muerta. Ahora bien, su rastro desaparecía en la cascada y ya está. No olía a muerte, no olía a nada parecido. Si ella estuviera muerta lo habría sabido, ¿no?
¿Era posible que alguien desapareciera de aquella forma tan extraña? Intentaba buscar en su cabeza información sobre alguna clase de demonio capaz de hacerla desaparecer e incluso barajó la posibilidad de que Naraku hubiera tenido algo que ver en el asunto. Pero tampoco encontraba su rastro por ninguna parte y el de ninguno de sus secuaces. Olería a Naraku y a su calaña a kilómetros. Entonces, ¿quién se había llevado a Kagome? ¿Qué había hecho con ella? No sabía por dónde buscar, estaba tan perdido.
Entonces pensó en Kikio. Si ella estuviera viva, si Naraku no la hubiera matado podría ayudarlo. No, no lo hubiera hecho. Sin saber por qué Kikio odiaba a Kagome y todo lo que ella representaba y dudaba que moviera un solo dedo por la muchacha. Además, Kagome no hubiera querido que Kikio la ayudara. Ella siempre se enfadaba cuando él iba a visitarla y se volvía imposible lidiar con la joven. No, Kikio no era una opción bajo ninguna circunstancia.
Alguien en ese mundo tenía que poder ayudarlo a encontrarla. Si en esa aldea no tenían ni una pista sobre su paradero, sobre la persona o el demonio que se la había llevado, no sabía qué haría. No sabía nada en absoluto. Kagome estaría sola, perdida y asustada, en manos de Dios sabe que ser y preguntándose por qué él no la había rescatado todavía.
La aldea no era muy grande. Había pocos hombres pues la mayor parte de ellos se encontraban trabajando en el campo. Las mujeres trabajaban en sus casas, algunas compraban en el mercado y los niños jugaban por las calles. Todo era aparentemente normal en ese lugar. Una aldea como otra cualquiera y cualquiera de esas personas podía tener la pista que ellos buscaban. ¿A quién debía preguntar? Un niño estaría durmiendo a esa hora, ¿no? Tal vez alguna mujer estuviera preparando la comida que su marido se llevaría al campo la mañana siguiente. Algún anciano loco…
- ¿Por dónde empezamos, monje?
Miroku se llevó una mano a la barbilla y se rascó el mentón mientras giraba inspeccionando a los aldeanos. Finalmente se detuvo como si algo hubiera captando su atención.
- Deberíamos empezar por ahí.
Siguieron la dirección que el monje señalaba y se preguntaron una vez más por qué seguían confiando en él. Una maldita casa de té llena de geishas.
- ¡Monje pervertido!- le riñó- ¡Estamos buscando a Kagome, no tus caprichos!
- ¡Eres incorregible monje!
Ni se molestó en golpearlo pues Sango ya le dio su justo merecido con su hiraikotsu.
- No me habéis entendido. – se quejó- Las casas de té abren hasta altas horas de la noche. Cuando Kagome fue secuestrada, éste debía ser el único lugar de toda la aldea en el que todavía había actividad.
De repente, no les pareció tan estúpida la idea de Miroku. Era cierto que por las noches sólo las casas de té abrían hasta la madrugada y si querían buscar a alguien que hubiera estado despierto a esa hora, aquél era el primer lugar en el que debían mirar. Tal vez alguna empleada del local o algún cliente…
- Entremos.
Una nube de perfume inundó sus fosas nasales en cuanto entró por la puerta de ese establecimiento. A punto estuvo de caerse de espaldas por la impresión. No le gustaban los olores muy fuertes. Se puso los dedos a modo de pinzas en el puente de la nariz y tocó la campana de la entrada al ver que no había nadie en recepción.
- ¡Un momento!
Se miraron entre ellos y esperaron a que bajaran a atenderlos. Una mujer de unos cincuenta años con un kimono demasiado colorido y un exceso de maquillaje en la cara corrió hacia ellos. Dieron un paso atrás al verla, asustados por semejante esperpento y tuvieron que contenerse para que no se les notara en la cara lo que pensaban. Si los echaban de allí perderían su mayor pista.
- ¿En qué puedo servirlos?- les sonrió- ¿Quieren pasar el día aquí? ¿Tal vez la noche? Tenemos muchas chicas dispuestas…
- No hemos venido por eso. – la interrumpió Sango.
La mujer la miró de arriba abajo con ojo crítico y la despachó con la mirada. Por un momento temió que Sango se le echara al cuello.
- Sólo atendemos hombres.
Miroku puso su bastón delante de Sango para evitar que se lanzara sobre la mujer y habló.
- Nos gustaría hacerle unas preguntas a las empleadas que trabajaron esta noche.
- ¿Preguntas? ¿Qué clase de preguntas?- se cruzó de brazos- Además, las chicas están durmiendo en este momento, están agotadas.
- Por favor, es muy importante. – le insistió el monje.
- Veré lo que puedo hacer. – se encogió de hombros- Pero si quieren hablar con ellas tendrán que pagar un espectáculo. Ellas los atenderán.
- ¡Será oportunista!
Sango y la mujer que administraba la casa de té intercambiaron miradas asesinas pero no era momento de tonterías. A él mismo le estaba costando demasiado contenerse y no salir corriendo hacia los dormitorios de las mujeres para sonsacarles cualquier clase de información. Harían las cosas por las buenas, porque no quería que le mintieran. Pero si no funcionaba por las buenas, Sango tenía permiso para despellejar a esa mujer.
- Aceptamos.
- ¡Inuyasha!- le riñó Sango- Se está aprovechando de…
- Lo sé, pero Kagome es más importante.
Escogieron el espectáculo más simple y más rápido y se apostaron en una pequeña pero bonita sala de té. Antes de que hubieran terminado de acomodarse entraron en la sala tres geishas que los atendieron. Miroku se mostró encantado con las atenciones mientras que la exterminadora lo observaba con cara de pocos amigos. Shippo se deshizo en lágrimas en brazos de una de las geishas y por primera vez desde que Kagome desapareció se percató de lo mucho que debía añorarla el pequeño zorro. Para él Kagome había sido como una madre después de perder a la suya.
- ¿Quiere sake, señor?
Miró a la geisha de reojo y sacudió la cabeza en una negativa.
- No tomaré nada.
- Señor, no debe fruncir el ceño. Seguro que yo puedo hacer algo para satisfacerlo.
- Lo dudo muchísimo.
Ella agarró su brazo y antes de que pudiera preguntarle qué estaba haciendo se recostó contra él apretando su pecho en una clara invitación. Tenía entendido que las geishas no eran prostitutas pero ¿qué otra cosa podía esperar de una pequeña casa de té en una aldea perdida de la mano de Dios? Seguro que eso en realidad era un burdel. Olía a sexo por todas partes.
Sango observó a los tres hombres enfadada con ellos. Miroku le estaba dorando la píldora a esa ramera, Shippo le estaba llorando sus penas a otra e Inuyasha se dejaba agarrar por la tercera. ¿Qué demonios estaba pasando? Y eso por no hablar del pésimo trato que estaba recibiendo. Ni siquiera le habían ofrecido una taza de té.
- ¿Tengo que recordaros por qué estamos aquí?
Inuyasha se tensó al escucharla y apartó a la mujer que lo agarraba sin tener mucho cuidado. Ésta insistió pero cuando comprendió el rechazo en la mirada del hombre se apartó en silencio y se sentó junto a Miroku para atenderlo junto a la otra. Shippo corrió a los brazos de Sango y la que lo atendía corrió a masajearle los hombros al monje. Sango lo miró con fuego en los ojos por su obsceno comportamiento mientras que éste parecía disfrutar de lo lindo.
Agarró su arma dispuesta a darle su merecido cuando las puertas correderas se abrieron y entró de nuevo la administradora. Tras ella entraron una quincena de mujeres vestidas con ligeros kimonos para dormir. Ellas se sentaron ante ellos y algunas bostezaron por el cansancio. Sin el maquillaje no eran tan guapas y eso le hizo sonreír victoriosa.
- Todas estas mujeres estuvieron trabajando hasta hace apenas cinco horas.
- El tiempo suficiente… - musitó Inuyasha.
Para no ser visto por ellos, el secuestrador debía haber pasado por allí antes de que ellas se retiraran a dormir.
- ¿En qué podemos servirles?- preguntó una de ellas.
- La administradora mencionó a una tal Kagome… - dijo otra.
- No ha pasado ninguna mujer llamada así, ¿no?- preguntó otra a sus compañeras- No recuerdo que viniera ninguna nueva a noche…
- Tal vez sea de otra aldea…
- ¡Kagome no es ninguna prostituta!- gritó Inuyasha.
Las mujeres dejaron de discutir entre ellas en ese momento y lo miraron furiosas por sus palabras. Inuyasha deseó no haberse dejado llevar por sus emociones pero no soportaba que nadie pudiera pensar que Kagome se dedicaba a esa clase de labores.
- ¡Nosotras tampoco somos prostitutas!- exclamó una de ellas- ¡Somos geishas!
A pesar de todo lo que olía en ese burdel decidió callarse para poder obtener las respuestas que necesitaba.
- Está bien. Digamos que sois geishas. – coincidió- Kagome es nuestra compañera de viaje y la estamos buscando.
- ¿Ha desaparecido?- preguntó una.
- ¿Y por qué iba a estar aquí?- continuó otra.
- Tal vez estén pasando hambre y ella decidiera…- musitó una tercera.
- ¡Silencio!- les exigió- Dejadme explicar lo que ha sucedido.
Las mujeres se callaron de nuevo y lo instaron a continuar con la mirada.
- A noche paramos a descansar en la montaña y…
Se calló en cuanto empezaron los murmullos. Las mujeres se inclinaron para hablar entre ellas y lo ignoraron por completo. ¿Qué había provocado en ellas semejante reacción? ¿Acaso había algo que ellas sabían? Miró a Sango sin entender qué sucedía pero ella al igual que él no se enteraba de nada. Ni se molestó en buscar a Miroku pues estaba demasiado ocupado recibiendo excesivas atenciones femeninas.
- ¿Qué ocurre?- inquirió- ¿Sabéis algo?
Las jóvenes se callaron al escucharlo y bajaron la mirada cohibidas. ¿Qué demonios estaba pasando?
- Disculpe, señor. Habéis dicho que estuvisteis en la cascada, continuad.
- Veréis… - antes de hablar se dio cuenta de lo que la joven había dicho- Yo os dije que estuvimos en la montaña, no hable de esa cascada.
La mujer que había hablado se llevó una mano a la boca asustada al percatarse de su error. Las otras mujeres la miraron como si fuera tonta y la agarraron para evitar que hablara más. ¡Ellas sabían algo!
- ¡Hablad!- les exigió.
Se miraron entre ellas asustadas por su rudeza pero ninguna se atrevió a dar el primer paso. ¿Qué las estaba cohibiendo tanto? Miró a la administradora y la vio pálida y tan asustada como todas aquellas mujeres. Entonces, se le ocurrió la idea de que no fuera algo poco común que desaparecieran chicas en esa aldea.
- Esto ha sucedido antes, ¿verdad?
Sango se le adelantó al hacer esa pregunta.
- Sí, ha sucedido antes. – admitió la administradora- Chicas jóvenes y hermosas que iban a la montaña y nunca regresaban.
- Algunas sí que regresaban… - corrigió una de las mujeres- Pero…
- ¿Qué?- quiso saber- ¿Qué les ocurría?
- Ya no eran las mismas, eran diferentes… Yo esto lo sé por mi madre, no he vivido nada de eso.
- ¿Significa que hace mucho que no ocurre?- preguntó Sango.
- Hacía veinte años que ninguna chica desaparecía.- contestó la administradora.
Veinte años. Si el demonio que había secuestrado a Kagome era el mismo que el que secuestró a las mujeres de ese pueblo, llevaba veinte años sin actuar. ¿Por qué entonces? ¿Por qué había vuelto a delinquir en ese momento? ¿Cuál era su móvil? ¿Y por qué Kagome?
- Vuestra amiga debía ser muy hermosa si se la llevó.
- ¡Feh!
Se negaba a admitir en voz alta que Kagome era hermosa, uno tenía su orgullo.
- Decís que lleva veinte años sin atacar. ¿Eso significa que se fue?- las interrogó Sango- ¿O que encontrasteis una forma de esquivarlo?
- Más bien lo segundo. – volvió a contestar la administradora- Encontramos una forma de esquivarlo y terminar con los secuestros.
- ¿Cuál?
- La cascada. – contestó otra de las mujeres- El demonio vive en la cascada y no sale de ella. Si evitamos la cascada todo estará bien.
Inuyasha se enfureció al escucharla. En ese maldito pueblo todo el mundo sabía aquello, todos sabían cómo evitarlo, estaban avisados y…
- ¡Debisteis señalizar esa maldita cascada!- reventó- ¡Se han llevado a Kagome a no sé dónde por vuestra culpa!
Las mujeres temblaron al escucharlo y se encogieron.
- Pu-Puede que ella vuelva…
- ¿Y si no vuelve qué?- se levantó y se alzó ante ellas imponente- ¡Todo es vuestra culpa! Os guardasteis el secreto para vosotros y habéis permitido…
- Inuyasha.
Sango estaba a su lado sujetando su brazo para intentar calmarlo. Él no podía calmarse. En esa maldita aldea todo el mundo sabía lo que estaba pasando, sabían el origen del problema y la única solución y ninguno hizo nada para avisar al menos a las mujeres extranjeras de que no debían acercarse a esa cascada. Le ponía furioso que esa gente hubiera sido tan sumamente egoísta. Ahora por su culpa Kagome estaba en las garras de un demonio que desconocían y su única pista era esa maldita cascada.
- Debes calmarte. – le murmuró- Míralas, están asustadas. Ellas pensaban que la pesadilla ya no existía y ahora vuelven a tener miedo. Además, son muy jóvenes…
- Pero…
- Deberíamos buscar a algún monje. – por fin Miroku se desasió de las tres mujeres que lo atendían y entró en el juego- Seguro que puede explicarnos mejor la situación y ayudarnos a solventar el problema.
- ¿Vais a matar al demonio?- preguntó una de ellas esperanzada.
Miroku se levantó, se puso frente a ellas y adoptó una pose heroica.
- Juro que os libraré de esta amenaza, hermosas señoritas.
Sango agarró su oreja y tiró de él para sacarlo del saloncito. Inuyasha los siguió de cerca sin despedirse tan siquiera y salieron de la sala de té. Ahora que sabían cuál era el problema podían intentar hacer algo para recuperar a Kagome. Hablar con un monje de la aldea era solo el primer paso para llegar hasta la solución. Tenía que encontrar a Kagome antes de que fuera demasiado tarde y haría pedazos al demonio que osó secuestrarla en sus narices.
- Deberíamos preguntar dónde se encuentra el templo más cercano.- habló al fin Shippo- No se ve ninguno por aquí.
Lo que les faltaba, un templo a las afueras de la aldea. No hacía más que surgir complicaciones desde que Kagome desapareció. En cuanto la encontrara iba a agarrarla y no volvería a perderla de vista nunca. Se apoyó en una cabaña mientras que Sango pedía indicaciones y miró al cielo. De repente, un olor demasiado conocido para él llegó hasta sus fosas nasales. No podía ser, estaba seguro de que…
Salió corriendo sin dar explicaciones y empezó a saltar en busca del rastro de aquel delicioso aroma que tan bien conocía. Estaba seguro de no equivocarse, jamás se equivocaría con ese olor. Escuchó a su espalda a Miroku, Sango y Shippo llamándolo y persiguiéndolo. Debían pensar que se había vuelto loco. De hecho, si se equivocaba él mismo se encerraría en un psiquiátrico de esos que mencionó alguna vez la chica del futuro por haber cometido tan grave error. Jamás en toda su vida podría olvidar aquel aroma. Ni aunque transcurrieran doscientos años.
Dio un último gran salto y se dejó caer apoyando los talones en el suelo para frenar la fuerza de la caída. Era verdad. Ella estaba allí. Caminaba tan grácilmente como siempre, estaba vestida con su uniforme escolar, y no había nada distinto en ella. No había señales de lucha, de golpes o de arañazos. Nada que le indicara que había peleado por su vida.
- Kagome…
Sus amigos frenaron a su espalda y observaron a la muchacha descalza tan asombrados como él.
- ¡Oh, Inuyasha!
Ella sollozó, corrió hacia él y lo abrazó. Él mismo perdió el control en ese momento y la estrechó entre sus brazos, temeroso de que fuera a desaparecer, de que todo fuera una ilusión.
- ¡Tenía tanto miedo!
- Ya estás a salvo. – le prometió.
Kagome escondió la cabeza en su hombro y cuando nadie podía mirarla sonrió. Estaba resultando mucho más fácil de lo que imaginaba.
Continuará…
