Disclaimer: Bla, bla, bla, Harry Potter no me pertenece, bla, bla, bla. Le pertenece a Rowling (gracias, estimada señora, por crear una de las obras más maravillosas de todos los tiempos. Y gracias —heh— por cagarla con la birria de octavo libro. No era necesario), bla, bla, bla. A ver, si me pagaran por hacer esto, no estaría en Venezuela para empezar.
Nota: Adivinen quién pescó un virus a saber de dónde coño y ahora está enferma. *ríe histéricamente* Alabado sea el ASMR por echarme una manito con la inspiración. De paso llevo casi una semana sin dormir (no es broma). Tengo el nivel de las ojeras marca diablo por estar todo el bendito día dibujando, leyendo, practicando para el trabajo y las clases, etc, etc. Mi espalda ya dice "Mujer, ve a dormir que de pana lo necesitas". Pero no, yo soy terca de cojones.
Advertencias y aclaraciones: NO HAY ADVERTENCIAS. Para algo está el Rating. Tú lees bajo tu propia responsabilidad.
Éste capítulo en particular va dedicado a la señorita Victoria. Sí, usted sabe quién es. *hugs*
Ah y para la señorita Jocelyn. Gracias por tomarte el tiempo de leerlo antes de ser publicado. *moar hugs*
Juro por el Papa Emeritus III y por Omega que éste fanfic no es una autobiografía.
Música: Because bla, bla, bla.
The Birthday Massacre – In the Dark
The Birthday Massacre – Play with Fire
A Perfect Circle – Counting Bodies Like Sheeps
Sideway Runners – Escaping Mind
The Dead Weather – 60 Feet Tall
"El amor quema a sus víctimas." (Marilyn Manson)
"Si puedes guardar un secreto, te diré el mío." (To Die For- The Birthday Massacre)
I
Misantropía (Delirium)
(Confiteor Deo omnipotenti… orare pro me ad Dominum Deum nostrum)
(Yo, pecador, me confieso… Orad por mí ante Dios, nuestro Señor)
-.-
Hablar con "La chica basilisco" (o intentarlo al menos), era la cosa más desesperante que Tom hubiera podido hacer (o intentar hacer) a lo largo de su corta vida.
Por lo general, siempre tenía detrás de sí un largo séquito de personas queriendo hablar con él, sacarle una ínfima y corta conversación. Incluso sus súbditos parecían entrar en éxtasis cada vez que hablaban con él, y si bien esto le producía la satisfacción de saberse admirado y seguido con fidelidad, a veces era muy desesperante. Era como tener a su mando una horda de perritos amaestrados, y aunque eso saciase su necesidad de tener el control en todo, a veces le gustaba toparse con contados y escasos ejemplares que requirieran un poco más de trabajo en ser dominados. ¿Que era incoherente respecto a eso?
¿Y a ti que te importa?
Pero, oh, la bendita —maldita— excepción a la regla. Siempre hay una y no siempre es tan divertida como puede llegar a parecer.
Así, volviendo al punto, hablar o intentar hablar con Alice Stratford era una cosa desesperante. La muchacha parecía que odiaba abrir la boca, dejar escapar su voz al mundo exterior. Intervenía solo cuando al parecer lo creía necesario durante las clases, a excepción de la clase de Pociones donde siempre permanecía muda como un cadáver, y no le dirigía a nadie ni una miserable muestra de reconocimiento. Ni un "Buenos días", nada. Y no era que hubiera una excepción o algo, no. ¡Simplemente la muchacha parecía creerse diferente al resto o algo por el estilo! Y sí, Tom se había fijado en su presencia gracias a ello, a su notoria diferencia en relación al resto. Pero aquello era exasperante, notoriamente exasperante. Más para él, que le gustaba el pleno ejercicio de los modales, fuese quien fuese. Parecía no reconocer la humanidad de nadie, su existencia, su presencia. La ocupación de un espacio físico, fuese cercano a ella o no.
Sin embargo, a pesar de ésta reticencia a mezclarse con el resto, Tom había podido notar varias cosas durante la larga semana que llevaba observándola. Mínimas e ínfimas, sí, pero que era algo; pequeñas migajas de sus manías que ella no podía evitar que escaparan a la vista de los demás: Se mordía las uñas cada vez que se concentraba en alguna actividad (especialmente leer. Podía notarlo a la perfección durante las clases de Transformación y Defensa contra las Artes Oscuras), cosa que no evitaba que aquella muchacha tuviera siempre aquellos trozos blancuzcos con una longitud anormalmente llamativa. Casi parecían garras… casi.
También tenía lo que podía considerarse como una adicción a nivel clínico por los chocolates. Cada vez que se la topaba, estaba comiendo un bombón de chocolate, y varias veces había podido verla en Hogsmeade, frecuentando Honeydukes y saliendo del local, cargada con bolsas bastante grandes, repletas de lo que él pensaba eran bombones de chocolate (o diferentes golosinas, siempre y cuando tuvieran chocolate). Aquello le parecía remotamente gracioso, porque indicaba que aquella fémina no escapaba mucho de lo que podía ser catalogado y considerado como una característica natural de muchos seres humanos. Vamos, hasta a él le gustaba el chocolate.
Pero, hacia otro extremo, ésta muchacha parecía mantener una suerte de desdén hacia el mundo. O quizás "desdén" era una palabra un tanto leve, porque lo suyo parecía odio puro, vitriólico. Cianuro líquido corriendo por sus venas y manifestándose en esa permanente aura de desprecio hacia todo y hacia todos. Volviendo al tema de que parecía no reconocer la existencia de nadie más (casi habían parecido una suerte de casualidad todas aquellas conversaciones que habían mantenido donde ella le había solicitado ayuda en Pociones y él, sin saber por qué, había accedido a ayudarla), Alice evadía toda clase de contacto, incluso evitando frecuentar los pasillos cuando estaban concurridos (esto último había podido notarlo durante esas llegadas tardías suyas a las clases, cuando ella respondía con total franqueza a la pregunta de "¿Por qué ha llegado tarde, señorita Stratford?", con un "Había mucha gente en los pasillos". El profesor de turno lo tomaba con algo de humor, como si creyera que aquello era una excusa graciosa. Pero él ya había podido notar que la muchacha era completamente franca respecto a esto). Debía recalcarlo: Aquella muchacha, mujer en desarrollo, parecía sudar desagrado –odio— hacia el mundo, hacia las personas.
Era como si dijese, de forma silenciosa: "Aprende tu lugar en el cosmos. Conoce tu lugar en el universo", de forma notoriamente despectiva, aun cuando no pronunciase ni una mísera palabra, ni una ínfima sílaba; mirando por encima del hombro a todo aquel que se cruzase con su espigada figura y tuviera la aparente indiscreción de mirarla a los ojos.
Y a Tom lo mosqueó sentir tanta curiosidad al respecto. Digo, no era como su afán de tener poder, conocimiento; es decir, cosas completamente razonables. Aquello no era razonable. No era razonable, a su parecer, sentir curiosidad por una muchacha que era, a todas luces, una misántropa.
(A decir verdad no era razonable que él sintiera interés por nadie.)
Sí. Misántropa. Con todas y cada una de sus letras. M-i-s-á-n-t-r-o-p-a.
Era obvio que no sentía afecto por nadie. No sentía lástima, dolor, alegría hacia los demás. Podía apostar, sin pleno temor a equivocarse, que una persona podría haber sido envenenada estando ella presente, y no haría algún amago de ayudarla. A sus oídos había llegado el chisme —¿desde cuándo era él un chismoso?— de que durante sus brevísimas escapadas al baño, solía coincidir con chicas emperifollándose delante de los espejos, y que siempre se le escaba un "Panda de idiotas" al ver a las féminas acicalándose con dedicación.
Maldita Walburga y su maldita lengua.
-.-
La mañana de su cumpleaños, haciendo especial amago de ignorar la clásica opresión que sentía todos los años ante aquella fecha (nunca entendía por qué siempre se sentía tan miserable cada vez que llegaba su cumpleaños. No importaba lo que hiciera, siempre pasaba el día con un espantoso malestar en el estómago y que se extendía por todo su cuerpo), decidió iniciar él mismo el contacto con aquella muchacha como una suerte de rebeldía. Un silencioso "¿Te niegas a reconocer mi existencia? Te obligaré a hacerlo".
Caminaba con paso decidido, sintiendo cierta libertad al moverse por el castillo ante la falta de la mayoría de los alumnos que todavía seguían en sus casas disfrutando de las festividades. Había estudiado sus hábitos, por lo que sabía a la perfección que la encontraría postrada frente al lago, tal y como siempre hacía cuando tenía ratos libres. No sabía por qué diablos aquella chica tenía tanta afinidad hacia el lago, más aún con el clima que estaba haciendo. ¿Cómo diablos era que no se enfermaba? ¡Por Merlín, él había tenido que salir con un holgado y confortable suéter de lana, acompañado de una bufanda con los colores de su casa!
Pero allí estaba ella. Sentada frente al lago, mirando más allá de las montañas mientras mordisqueaba una manzana —¡hala, finalmente comía un tentempié que no fuera chocolate!—. ¿Dónde habría conseguido manzanas? ¿Habría algún árbol cerca? Maldijo su despiste, solo para sacudir la cabeza con algo de enojo.
¿A quién le importaban las malditas manzanas?
—A veces me da por pensar que cualquier día vamos a despertar con la noticia de que el calamar gigante te arrastró al fondo del lago —soltó, sin saber muy bien por qué lo había dicho.
Alice dio un respingo, como si no se hubiera esperado aquello. Lo miraba con incredulidad mezclada con curiosidad, como si no diera crédito a su presencia. Y Tom reconoció que era la primera vez, en todos los días que llevaba observándola, que Alice miraba a alguien con genuina curiosidad.
Sus brillantes ojos dorados se cerraron conforme ella ahogaba una risita, haciendo constatar al Heredero de Slytherin que aquella muchacha tenía otro rasgo humano: Podía reír.
—Ya quisieras, ¿verdad, Riddle? Apuesto a que en tu vida has visto a alguien ahogándose —replicó, esbozando una sonrisa enigmática; gesto ante el cual Tom solo atinó a arquear una ceja con evidente malicia.
Ah, si aquella chica supiera.
—Te sorprenderías —respondió. Alice hizo un mohín con los labios, sin dejar de sonreír.
—Lo dudo. Puedo verte perfectamente siendo el responsable de que algún incauto caiga al lago. A veces es divertido imaginar cómo se le escapa la vida poco a poco a alguien. No lo sé, debe ser genial ver cómo se le apagan los ojos lentamente.
—¿Te parece? Yo digo que depende. Si puedo hacer que alguien más lo haga por mí y se gane la estadía en prisión, quizás me arriesgaría. No sé si sea un delito no auxiliar a una persona en peligro —respondió Tom, cruzándose de brazos y arqueando una ceja, sin poder dejar de sonreír.
No era que ÉL creyese en "ayudar" a la gente, pero la mera idea de tener que verse envuelto en una situación semejante, donde pendiesen de un hilo su intachable reputación y su prestigio si no auxiliaba a alguien… Ugh. Le daban arcadas de solo pensarlo. Que otro hiciera el trabajo. Si bien era cierto que hay ciertas cosas que solo uno puede hacer, él siempre prefería que alguno de sus —perros falderos— súbditos hiciera el tan mal hablado "trabajo sucio"… A menos que él tuviese que intervenir.
—¿Te pueden enviar a prisión por presenciar una muerte sin auxiliar a la víctima? —preguntó Alice con aire soñador. Sus ojos parecían no estarlo encarando a él, sino encarando algo más allá de su propia mente.
—Lo dudo. Pero no querría averiguarlo. Valoro mi vida en libertad mientras no tenga cómo imponerme por encima de ésta, ¿sabes?
—Y a mí no me gustaría estar cerca de los dementores. Tengo suficiente con provocar repelús por mi propia cuenta. Igual tengo la fantasía de algún día ser un fantasma y matarlos a todos del susto. Sería muy divertido verlos pasar al más allá con la expresión de horror congelada en sus rostros —replicó la albina, dejando caer su rostro sobre la palma de su mano mientras le daba un mordisco a la manzana, sin dejar el aire soñador en su mirada.
¿Qué clase de conversación era aquella y cómo demonios habían terminado hablando de ello? Vale, que él había empezado, pero el que ella le siguiera la corriente no la hacía menos ajena al derrotero extraño por el cual había vagado la conversación. En su vida había conocido a una chica que hablara de esas cosas con tanta naturalidad, no con afán asesino, sino con genuina curiosidad. Como si fuese capaz de asesinar y abrir en canal a alguien solo por la mera curiosidad de saber qué había adentro del amasijo de carne y huesos que encerraban su mente.
Jamás había conocido a alguien que le produjera la misma sensación, como persona, que producía una serpiente. Era obvio que aquel ser no era capaz de agendarse una víctima por el mero placer de hacerle daño a alguien. No era alguien que torturaría a su presa por diversión ni mucho menos. Y no era alguien que era capaz de jugar con su comida.
Alice no era una hiena. No destajaría a alguien por el mero gusto de verlo reducido a pedazos. Distaba mucho de ser alguien que se guiaba por impulsos repentinos, lucía más como una suerte de persona calculadora, alguien que observaría a su presa antes de lanzarse a actuar. Aquella chica tenía toda la pinta de ser la clase de persona que observa fríamente una escena escabrosa, sin inmutarse, buscando grabar cada minucioso detalle en su gélida mirada y en su mente.
Tal y como él.
—Stratford —musitó él, sacándola de su ensoñación y provocándole un respingo (¿entre qué clase de derroteros estaría vagando su mente?)—. Me corroe una duda.
Alice lo miró fijamente. Tenía la mirada extrañamente suavizada.
—Dispara —replicó.
Tom a su vez se aclaró la garganta y se apartó un mechón rebelde de cabello que reposaba sobre sus ojos.
—¿Cómo es que haciendo gala de un despliegue de desprecio hacia la humanidad en general, a mí no me tratas con la misma falta de deferencia con la cual tratas al resto? ¿Debo asumir que represento a un animal para ti?
Alice se carcajeó con ganas, y Tom no pudo evitar fruncir levemente el ceño. ¿Qué era lo que le resultaba tan gracioso?
Paulatinamente su risa se apagó y la mirada, incluso más suavizada que antes, de la chica fue de los ojos de Tom a sus labios y luego a sus ojos de nuevo.
—No te des tantas ínfulas de alteza, Riddle —dijo ella arqueando una ceja con marcado cinismo.
—Calma, Stratford. No quiero quedar como un presumido, sólo quiero saber el porqué de tu trato cordial hacia mí, siendo que a todas luces eres misántropa —replicó él, cruzándose de brazos. Tom no pudo evitar pensar que aquello había sido una pésima idea.
Alice se quedó momentáneamente en silencio, sin dejar de mirarlo. Tom a su vez le sostuvo la mirada, como si estuviera intentando probarle que no le resultaba intimidante, pero la mirada dorada de la muchacha lo contemplaba sin ningún ápice de desprecio, malicia o curiosidad. No lo miraba como si fuera una cosa.
"Reconozco tu existencia. Existes.
Eres humano, sientes, te mueves. Vives.
Reconozco tu existencia."
—Me das curiosidad. Eres raro, Riddle… —respondió ella mientras sonreía y seguía mordisqueando la manzana, cerrando los ojos conforme esbozaba una mueca de satisfacción. Plena satisfacción.
El aludido frunció el ceño, sin saber qué decir. ¿Raro él?
¡¿Él?!
—No eres como el resto —continuó—. Eres la joven promesa de ésta generación de Hogwarts. Eres inteligente y tienes una reputación intachable. Pero eres raro y no puedes negarlo, porque al menos tú te esfuerzas más en parecer normal, más de lo que yo podría siquiera intentar. Yo diría que eres un misántropo igual que yo.
Tom palideció. ¿Qué clase de ser era aquella muchacha?
Los ojos de la Slytherin se abrieron y se posaron en él. Una amplia sonrisa se dibujó en los labios femeninos, mientras se terminaba la manzana y se levantaba.
—Olvídalo, Riddle. Creo que hablé sin pensar. Reconozco que cuando me siento en sintonía con alguien tiendo a hablar demasiado —bisbisó ella, sacudiéndose la nieve y las ramas secas de su falda. Una de sus manos viajó hasta el bolsillo de su largo abrigo de lana gris y sacó una manzana, fruta que depositó casi con ceremonia sobre una de las manos de Tom—. Espero que te gusten las manzanas, gran serpiente.
—Stratford, yo… ¿Serpiente? —musitó el chico con una clara mueca de confusión.
—Que pases un buen día, Tom –murmuró palmeándole la espalda.
Y justo cuando él creía que ya había concluido la conversación, pudo escuchar un susurro gélido a sus espaldas. Un susurro que a todas luces había salido de los pálidos labios de Alice.
—Y feliz cumpleaños.
Tom se volteó rápidamente y alcanzó a ver como la chica se iba adentrando al castillo con andar apresurado y firme. Miró la manzana y le dio un mordisco, mientras la mirada de sorpresa que tenía grabada en su rostro, producto de la inesperada felicitación, se suavizaba.
"Conque raro. Mira quien lo dice, Stratford."
Había acertado plenamente. Alice Stratford era misántropa hasta la médula. Pero, al menos lo trataba cordialmente a él. Y eso era bueno, ¿verdad?
¿Verdad?
Tom miró la manzana a medio comer y se permitió a sí mismo dejar que las comisuras de sus labios esbozaran una suerte de sonrisa. Sus ojos aún continuaban fijos en el castillo, perdiéndose en la estructura conforme continuaba comiendo la manzana.
"Misántropa y rara. ¿Quién demonios eres tú, chica basilisco?"
-.-
Su cumpleaños había pasado sin ton ni son, así como siempre sucedía. Fuera de aquel extraño momento compartido con Alice a la orilla del lago, fácilmente podía decir que no había sucedido nada reseñable aquel año. La comida había sido increíble —cómo no— y había bebido bastante ponche, incluso si él no era especial admirador de despertar resacoso y con dolores de cabeza. Pero aquella vez, solo por aquella vez, se permitió disfrutar un poco. Al fin y al cabo, ese mismo año se graduaría y no volvería a probar los manjares de Hogwarts durante una larga temporada… a menos que su precioso plan de quedarse en el castillo, enseñando Defensa contra las Artes Oscuras —enseñando "defensa". Pfft—, funcionase y Dippet le concediera el puesto.
Así pues, había pasado buena parte de la noche viendo el espectáculo de fuegos artificiales que habían organizado a las afueras del castillo para recibir el nuevo año, sin mucho interés en sí por la celebración pero con poquísimas ganas de estar encerrado en su habitación. Sin embargo, debía reconocer que para cuando bajó a las mazmorras, a los dormitorios de los Slytherin, se encontraba bastante mareado y con el estómago ligeramente revuelto. La oscuridad de la Sala Común de Slytherin resultó una suerte de bendición para sus enrojecidos ojos y aun cuando decididamente no se sentía con ganas de ir a la enfermería porque no lo consideraba necesario, decidió dejarse caer sobre los confortables sofás de cuero de la estancia, al menos hasta que se le pasara el extraño revoltijo que tenía en el estómago y el opresivo dolor de cabeza.
Había una suerte de susurro en el aire, mezclado con el lejano sonido del agua en movimiento. Tuvo la tentación de mirar hacia alguna de las ventanas, a ver si pillaba al calamar gigante dando algún paseo cercano, pero se contentó con mantener su mirada fija en el crepitar del fuego de la chimenea. Las suaves llamas danzaban en torno a unos trozos grandes de carbón y, ¿era su imaginación o las llamas estaban buscando salir de la chimenea? Tom creyó balbucear algo, pero de su boca no salió ningún sonido. No estaba en condiciones de realizar un hechizo decente para frenar las llamas si, por alguna razón, el fuego se extendía.
Súbitamente las llamas se alzaron hasta casi tocarlo, y Tom, alarmado, se levantó del sofá mientras se tambaleaba. Pudo notar cómo las llamas ya no eran más lenguas de fuego queriendo escapar de la chimenea sino una tenue cortina de humo, una tenue cortina de humo que comenzó a serpentear en torno a él, enredándose a su alrededor, provocándole una extraña oleada de calor en cada fibra y cada poro de su ser. Tom parpadeó con confusión al ver a la extraña cortina de humo concentrarse nuevamente delante de él, adoptando ésta vez una figura que, sospechosamente, resultaba muy femenina.
—¿Stratford? —logró musitar.
La figura se movió de forma tenue, como si aquella criatura estuviera dotada de inteligencia, y Tom pudo entrever (aún sin saber cómo) que la figura sonreía. ¿Eran ideas suyas o en el rostro de la figura estaban apareciendo más rasgos de forma progresiva?
Sin poder comprender qué estaba sucediendo, pudo ver cómo nuevamente la figura se enredaba en torno a él, acercándose más a su piel. Y el toque de la criatura se parecía sospechosamente a la clase de tacto que cierta chica poseía. Era incapaz de olvidar la forma en la que había estrechado su mano la vez que se habían presentado formalmente, aquella vez que le pidió ayuda por primera vez para la clase de Pociones. Sus manos etéreas se deslizaban por cada ínfima zona de su cuerpo, provocándole sensaciones que distaban mucho de ser desagradables, y podía sentir a la perfección como una suerte de esencia femenina se apretaba contra él, a la par que una risa se colaba por sus oídos.
Y en un abrir y cerrar de ojos, estaba de vuelta en el sofá, con aquella suerte de etérea figura de humo apoyada a gatas sobre él, deslizándose con parsimonia por encima de su cuerpo. Tom quería alzar una mano y tocarla —desvanecerla—, comprobar que era real, pero la figura alzó una fina mano y, con una suerte de dedo espectral, negó repetidas veces sin dejar de sonreír. No sabía qué estaba ocurriendo, pero no podía moverse, a duras penas había podido musitar una sola palabra y cada vez se encontraba más y más mareado.
Una risa se coló de nueva cuenta por sus oídos, y el mundo a su alrededor comenzó a dar vueltas. Ya no estaba en la Sala Común de Slytherin, sino que flotaba en el lago. Podía sentir a la perfección cómo sus pulmones se inundaban de agua y cómo una extraña entidad opresiva, quizás la misma que había surgido de las llamas en la chimenea, se enredaba en torno a él, asfixiándolo, insuflándole miedo. Él estaba sintiendo miedo. Todo era oscuridad y frío e iba a morir de la forma más estúpida posible: Sin saber qué diablos estaba pasando.
-.-
Y repentinamente, Tom abrió los ojos y todo cesó. Se incorporó violentamente, sintiendo una suerte de arcadas aglomerarse en la boca de su estómago, pero logró contenerlas con éxito. Su mirada vagó en todas direcciones, constatando que aún seguía en la Sala Común de Slytherin y que no había ninguna figura de humo revoloteando en torno a él. Incluso las llamas crepitaban de forma suave, con normalidad. Una refrescante sensación de alivio acudió al Slytherin: Todo había sido un sueño, un delirio febril producto de haber tomado y comido demasiado. No pudo evitar ahogar una carcajada ante la ridícula fantasía que su cerebro había hilado conforme estuvo inconsciente. Qué estupidez, una figura que no era un fantasma, saliendo de las llamas. Por Merlín, en su vida había delirado tanto.
Se sacudió el cabello, mojado por el abundante sudor y se incorporó de un todo, sin dejar de reír entre dientes.
Pero su risa murió en el instante en el que sintió su pantalón un tanto extraño, como si la tela estuviera mojada o algo por el estilo. Casi con inercia, desvió su mirada hacia sus piernas y no pudo evitar que el asco, la sorpresa y la incredulidad le provocaran una serie de arcadas de nueva cuenta: Allí, sobre sus pantalones, había una suerte de mancha bastante grande y que no parecía ser precisamente producto de su vejiga o gracias al exceso de alcohol ya asimilado y desechado por su cuerpo. No, aquello era otra cosa. Otra cosa producto de aquel delirio, de aquella suerte de fantasía loca producida gracias al alcohol.
Maldiciendo entre dientes, inclinó su cabeza sobre la chimenea y vomitó copiosamente, vaciando por completo su estómago, sin dejar de proferir insultos a diestra y siniestra entre los recovecos de su mente. Limpiaría aquel desastre luego de terminar de vomitar, pero por ahora necesitaba sacarse aquella mescolanza de cosas de su organismo —una pena que su mente no funcionase igual—. Jamás volvería a consumir otra gota de alcohol, de eso estaba seguro.
Y así, Tom empezó a odiar a esa —maldita— misántropa, por despertar su interés.
No, no me pregunten qué coño me fumé porque yo tampoco lo sé (imagínense que esto lleva casi dos semanas escrito y tenía miedo de subirlo. MIEDO. Con dos cojones). Es más, ni siquiera sé a qué vino eso, porque en la primera edición de éste fic todo el cumpleaños de Tom lo ocupaba una escena cuchi y bonita en el cuarto capítulo. Y Tom se emborrachaba por primera vez en el tercer capítulo durante una excursión improvisada a Las Tres Escobas y una especie de baile con Alice… Qué basura tan fluff, lo sé. Solo espero que ésta fumada no resulte tan OoC como lo eran aquellos capítulos.
Me pregunto cuántos de los que hayan leído la versión anterior habrán pillado las referencias a lo largo de todo éste capítulo. Que sí, que lo he reeditado, pero si leen dos veces y tienen buena memoria, de seguro recuerdan cosas del fanfic anterior.
En fin, lo de siempre: Espero que les haya gustado, dejen reviews, quejas, amenazas de no sé, mándenme cupcakes, torta de Red Velvet o lo que sea. ¡Pueden mandarme también pingüinos de Marinela! Extraño los malditos pingüinos de Marinela y justo ahora tengo un antojo espantoso por chocolate. Ah, y por pastel de manzana.
Por cierto, hago dibujos gafos. Sígueme en Instagram (¡y en Facebook!) si tienes curiosidad: thecrowmaiden
Mag C.
