Marge se encontraba sola en casa como todas las mañanas. Ella amaba su rutina, o al menos era lo que ella quería pensar.

Cada mañana limpiaba cuidadosamente su casa, casi con una rutina perfecta: el aseo de la cocina, lavar la ropa, tender las camas… en fin, era todo un ritual que sabía de memoria. Sus manos eran aún muy tersas, ella siempre trataba de lucir bien. Tenía una figura envidiable para ser madre de 3 niños; aún le quedaban sus vestidos de la universidad – qué días aquellos – pensaba para sí misma mientras se topaba con un viejo cuaderno con notas de la escuela que a veces utilizaba como agenda de teléfono.

Ella se sentía satisfecha, es decir "es una vida tranquila", era la frase que se repetía a sí misma cada vez que su mente divagaba con el "qué hubiera sucedido si…". Marge entró al cuarto de la pequeña Maggie y le llevó un biberón. A veces sentía que ella era su única confidente. Sus pequeños y expresivos ojos eran testigos de alguna que otra vez en la que ella tenía momentos de soledad y pensamientos con silencios largos; ella sólo la observaba y le extendía las manitas para abrazarla.

-Vamos, pequeña, te llevaré al parque- dijo Marge, y se prepararon para salir un rato.

Las paredes de la casa estaban alegremente decoradas con un tapiz de flores. Había un jardín grande y espacioso, con una pequeña fuente donde siempre se posaban las aves. Una pequeña resbaladilla invadía la parte posterior, pegada a la cerca del vecino. La pequeña Marie, jugaba tranquila ahí. Era una niña muy solitaria, pero muy feliz. Sus padres eran buenos y amorosos con ella y sentía que su vida era muy feliz. Era una persona muy observadora y extremadamente inteligente. Su momento más feliz en el día era cuando su papá venía a visitarla en las mañanas antes de ir a trabajar.

Adentro, en la cocina, sus padres hablaban. – ¿Cómo durmió Marie? – preguntó Homero.

Annie era una mujer muy callada, pocas veces hablaba más de lo necesario. Ella cuidaba de su pequeña hija y por las tardes era vendedora en una pequeña boutique a las afueras de Springfield, a sólo unas millas de donde vivía. – Bien – contestó ella, mientras le servía una taza de café a Homero. – Anoche durmió bien, no se despertó en toda la noche.

- Bien- contestó Homero, mientras daba un sorbo a su café. En la mesa siempre había rosquillas glaseadas color rosa, sus favoritas. – Debo irme, te llamaré más tarde. – dijo mientras abría la puerta trasera hacia el jardín.

- No te vayas, papi – dijo Marie, mientras corría a abrazar a su padre.

- Debo irme, mi niña. Papi tiene que ir a trabajar. – Homero abrazó fuertemente a Marie y le dio un beso en la frente.

El camino a su trabajo era un poco largo, pero él se las ingenió para encontrar un atajo. Lograba llegar ahí en tan sólo 15 minutos. Se las había ingeniado para convencer a su jefe de cambiar su horario sin que su familia lo notara. Lo había hecho durante 5 largos años ya.

Homero llegó a la planta. Sacó un portafolios color café de su cajuela y una bolsa de papel con su almuerzo y una pequeña leyenda, "ten un buen día amor. Marge". Subió por el elevador y entró a su oficina. Se sentó en su silla, frente a esa gran máquina, llena de botones, luces y letras de advertencia. Se las había ingeniado para escalar a un puesto directivo con muy poco esfuerzo y con un conocimiento prácticamente nulo en su área, o por menos ésa idea tenían todos.

Después de algunas horas y llamadas, finalmente era la hora del almuerzo, el momento más feliz del día. Homero tomó su almuerzo y fue calladamente al final de la cafetería. Sus amigos Lenny y Karl estaban en un curso que duraría todo el día, por lo que comería solo ese día. Tomó su lugar habitual y decidió ir por una bebida. Sobre la mesa, una bolsa de papel y un libro de Física Nuclear indicaban que ese lugar ya estaba tomado.