Nueva Providencia, año 1708, Continente Americano, Mar del Caribe

Disclaimer: Ni Lost, ni los personajes, trama, situaciones, leyendas, hechos históricos, referencias culturales etc, etc, me pertenecen, sino que son propiedad de sus propietarios legales. Sólo escribo para disfrutar, sin ánimo de lucro y porque ayuda a tener las ideas claras.

Nota de la autora: Este fic está inspirado en la serie y en libros sobre la historia de los piratas. Y si un personaje de Lost fuera pirata, para mí, sería Sawyer, o sea, James Ford.

Aviso: Algunas edades han sido cambiadas y como es un AU aparecen los personajes que me gustan aunque en la serie están muertos, y también los que no me gustan. A tener en cuenta que Shannon, Ana-Lucía y Juliet serán heroínas, y Kate, Nadia y Claire no porque no me gustan. Sólo espero que los lectores se diviertan.

Tampoco pretendo ser referente histórico exacto, así que no hay que tomar toda la lectura como un texto confirmado al cien por cien, pueden existir errores históricos.

Rated M.: Relato no autorizado a menores de edad. Desde mi punto de vista, hay temas y situaciones bastante crueles, aunque en la época histórica en la que ocurrieron eran "el pan de cada día".

SEGUNDO CAPÍTULO

Cuando descendieron del barco, James y el resto de marineros sintieron sus piernas flotar, como si fueran ligeras, quizás por el tiempo que llevaban sobre la cubierta del enorme barco o quizás por la sensación de pisar tierra firma, aunque lo más probable era que aquella sensación fuera producto de ambas cosas a las que debían añadir el crujido estremecedor que producía la madera reseca de la pasarela.

El puerto estaba repleto. Había cajas, barriles, jaulas con animales, sacos de harinas, azúcares y granos diversos. Pero sobretodo había hombres, de todas la procedencias, con los tonos más variados de piel, desde los rubios más claros con las espaldas rojas por el achicharrante sol, hasta africanos tan oscuros que en la oscura noche no podían distinguirse. Estos últimos procedían, en su mayor parte, de los esclavos huidos del continente conocido ahora como Norte-América, o mejor dicho, desde lo que ahora es Estados Unidos.

Uno de aquellos hombres, alto, fuerte, con pectorales duros como rocas y mirada penetrante y oscura, se acercó al muelle donde el galeón de James había atracado, llevaba una nota en la mano que debía entregar al capitán Keamy.

- Oye – dijo el fornido hombre dirigiéndose a un muchacho rubio, con ojos claros y no muy alto – Debo entregar esta nota al capitán Keamy. ¿Puedes decirme dónde se encuentra?

- Claro, está en el…

Pero antes de que el joven pudiera acabar la frase, alguien le interrumpió mientras era lanzado fuera de la pasarela por un fuerte empujón en la espalda.

- ¿Por qué demonios hablas con un esclavo? – Gritó un hombre vestido con un elegante traje azul marino y una camisa con chorreras.

- Se…señor…lo….lo siento – tartamudeó el muchacho que ya estaba sobre el suelo del muelle – Es que me ha preguntado por el capitán, yo sólo quería indicarle.

- ¿Indicarle? ¿Quién te crees que eres? Vete directo a los almacenes, con tus compañeros y no hables con nadie. Aquí hemos venido a trabajar.

El joven se alejó corriendo hacia los almacenes que guardaban provisiones, entonces, el caballero elegante se dirigió al fuerte hombre que le miraba fijamente, casi desafiándole.

- ¿ Así que quieres hablar con el capitán?. Antes dime cómo te llamas y quién te envía.

- ¿Por qué cree que me envía alguien? – Preguntó el hombre de color sin pestañear ni moverse de su sitio.

- Un esclavo no se dirige a un hombre libre si no es que su dueño se lo ordena. – Respondió el caballero devolviéndoles la mirada.

- Debo entregar esta nota al capitán Keamy. No sé quien me envía, pero si sé que me ha dado dinero para que llegue a sus manos.

- Yo soy el capitán Keamy. Dame la nota y vete. No voy a darte un céntimo.

- Antes tengo que verificar que realmente usted sea el capitán.

- ¿Y cómo piensas hacer eso?

- El capitán tiene una marca de nacimiento en la nuca.

El capitán, a pesar del desprecio que sentía por los hombres de color, no dudó en girarse y levantar la peluca que cubría sus cabellos rubios naturales. Detrás de los rizos castaños había una marca, parecía una flor, una orquídea para ser más exactos. Aquello debió convencer al fuerte hombre que sujetaba la carta porque se la entregó al momento, aunque antes, le contestó con la cabeza muy alta.

- Y no soy un esclavo. – hizo una pequeña pausa para tomar aire – Aquí no somos esclavos, somos todos iguales y por si aún quiere saberlo, me llamo Eko.

Entonces se marchó con paso seguro y firme. El capitán Keamy le siguió con la mirada hasta que le perdió entre el gentío que se movía entre gritos, risotadas y palabrotas.

James y sus compañeros estaban esperando en la puerta del almacén. Todo parecía tranquilo, seguramente, pensaban los hombres, ese sería un viaje de carga puesto que cuando salieron de Nueva York lo hicieron con las bodegas vacías.

Esperaban llenarlas y zarpar, pero no enseguida, los hombres estaban cansados y ansiaban descansar al menos dos o tres días en la isla, donde abundaban las tabernas y las mujeres de carácter alegre y fáciles caricias.

Las veían pasear entre los muelles, por los callejones que rodeaban los almacenes, con trajes recargados y profundos escotes que mostraban mucho más que el nacimiento de los senos, llegando alguna a enseñar una tenue aureola marrón tras la cual comenzaba un corpiño bastante suelto que marcaba la silueta del punto más delicado y sensible del pecho de la mujer. Pero no sólo esa parte de su anatomía llamaba la atención, también su maquillaje y sus peinados resaltaban, sobretodo cuando el calor húmedo hacía resbalar chorretones negros, procedentes de las líneas oscuras pintadas alrededor de los ojos, y los polvos de talco formaban clapas en la piel, dándoles un aspecto de pústulas blancas a las mejillas. A parte de eso, eran mujeres y ellos marineros necesitados, así que en cuanto tenían algo de dinero y un poco de tiempo libre, contrataban sus servicios y sin mirarlas a la cara desahogaban sus necesidades masculinas entre cajas raídas por ratas en el fondo de un establo abandonado.

Pero James no quería a esas mujeres. A sus veintiocho años había conocido a muchas féminas, aunque no tuvo contacto carnal con todas, sólo con algunas, y eran cuatro. La primera fue una hermosa pelirroja de ojos claros y la nariz rebosante de pecas, no recordaba su nombre pero si su respingona nariz y cuando lo hacía sonreía, guardaba un grato recuerdo hasta que su padre, un predicador estricto, les descubrió en el granero de su granja y persiguió a James con una horca de madera. Tras la pelirroja, llegó una chica morena, Cindy, muy recatada también, con los ojos color miel y la piel clara, de sonrisa dulce y mirada coqueta, pero demasiado entusiasmada con la idea del matrimonio. Siguió una viuda un poco mayor que él, Cassidy Phillips, puro fuego en la cama; resultando ser una mujer tremendamente dominante pidió, sobretodo hasta que James se hartó de acatar sus órdenes y un día se marchó para no volver más. Y por último una delicada muchacha francesa, de rubios cabellos ondulados, llamada Claire, con demasiadas pretensiones y una madre obsesionada en que hiciera un buen matrimonio, pero Claire no resultó ser tan casta y pura como su familia pensaba, y un día quedó embarazada. James sabía de sobras que no era el padre, siempre tomaba precauciones y había conseguido un montón de preservativos hechos con piel de los intestinos limpios del cerdo, de hecho, James conocía al padre de la criatura, un joven y asustado muchacho llamado Thomas, que corrió a alistarse al ejército en cuanto sospechó lo que le venía encima; por supuesto, James no quiso cargar con un hijo que no le correspondía y también abandonó el lugar. Fue cuando se alistó en el " Arrow", el galeón capitaneado por Keamy.

A veces se preguntaba como había llegado a tener relaciones con aquellas mujeres, tan diferentes a las que había en los ambientes que normalmente frecuentaba. Pero sabía la respuesta, su atractivo y su labia eran un don, y James sabía como explotarlo. Inventaba historias sobre su vida, convencía las chicas de sus desgracias y, a pesar de que su realidad era suficientemente cruda, él la aderezaba con tristes cuentos sobre una niñez abandonado y unos malvados tíos que le obligaron a trabajar desde muy jovencito. Enternecía a las chicas y por unos días, mientras estaba con ellas, vivía en sus casas o en casas de sus amigos, comía como un rey y vestía ropas elegantes. Toda la formación que sus malogrados padres se esforzaron en darle habían servido para que pudiera mostrar talentos como el de la lectura, convirtiéndose en una amena compañía que leía con una entonación esmerada toda clase de textos, encandilando a quien le escuchara.

- Charlie, ¿ quién era ese hombre que hablaba contigo en el puerto?

-No lo sé, dijo que traía una carta para el capitán. – respondió Charlie – Pero ya viste como se puso Keamy, casi me lanza directo al almacén desde el barco.

- Ya.

James había visto todo lo ocurrido, y también como el capitán se volteaba y mostraba al fuerte hombre su nuca. Quizás se trataba de una especie de contraseña, pensó James, y realmente acertó. En la nuca, la orquídea que las pecas de su piel formaban, dieron la confirmación a Eko de que el capitán que buscaba era el hombre ataviado con un fino traje azul. La entrega de aquel papel intrigó a James. El resto de los hombres reían y vociferaban frases groseras cuando veían pasar a las prostitutas, pero el tenía la mente en la misteriosa nota que Eko le dio al capitán Keamy. Estaba decidió a averiguar su contenido.

Sin pensarlo dos veces, abandonó el almacén y se fue hacia la taberna hacia la que Keamy se había dirigido tras leer la nota. Charlie le vio y se asustó, sabía que el capitán se enfadaría y conocedor de su cruel faceta, temía por el castigo que su amigo sufriría al ser descubierto, así que decidió correr tras él para advertirle.

- ¡James, James! – gritó el joven- ¡Espera! ¡ Regresa, el capitán te matará si te piílla abandonando tu puesto!

Pero James tenía claro lo que quería hacer, así que se giró hacia Charlie y le dijo.

- No me verá. Vete tú Charlie, si te pilla a ti también te matará.

- Por tu culpa puede castigarnos a todos – dijo Charlie en un tono realmente serio.

- Escucha amigo, voy a regresar antes de que el vuelva. No tienes nada de lo que preocuparte.

Antes de que Charlie pudiera replicarle, James ya se estaba encaminando hacia la taberna.

El capitán estaba sentado en un rincón, bajo la mugrosa escalera que llevaba al piso superior, donde seguramente las prostitutas más caras deleitaban a los clientes que podían pagar una habitación.

La taberna estaba infestada de marineros, comerciantes y todo tipo de hombres y mujeres que nada tenían que ver con la burguesía clásica y adinerada que residía en otras islas del Caribe. Mayoritariamente, en Nueva Providencia, la población estaba formada por personas con pasados turbios, y quien dice turbio dice delincuencia, asesinatos y robos. Otros eran esclavos huidos de las plantaciones que ahora trabajaban como peones, albañiles, carpinteros o desarrollando oficios que la población blanca no quería hacer por ser demasiado cansados.

Como un camaleón, James era capaz de adaptarse a su entorno, bien fuera un refinado palacete, o quizás un oscuro y apestoso local de cerveza. La mujer que servía las mesas le recordó a la camarera que había visto la noche de su primer encuentro con John Locke, regordeta y con cara parecida a la de un cerdito. Su sonrisa era amable pero sus ojos no brillaban, estaban tristes y cansados, al igual que su cuerpo.

La mujer se acercó a James y le preguntó si quería sentarse y tomar una cerveza, James le dijo que sí y rebuscando entre los bolsillos de sus pantalones sacó unas monedas inglesas que entregó a la camarera, puesto que antes de servirle era costumbre, al menos en aquel lugar, que la bebida fuera pagada de antemano.

Una jarra con cerveza caliente llegó a las manos de James Ford, quien forzó un trago largo, a imitación de los que hacían los otros clientes, para no desentonar con el ambiente. Miraba, entretanto, las espaldas del capitán y los hombres que compartían mesa con él. Uno de los hombres, de aspecto europeo, llevaba un parche en un ojo, y el otro tenía un garfio en lugar de la mano derecha y era oriental. Este último gesticulaba mucho, hasta el punto que clavó el garfio en la mesa un par de veces.

James miraba atentamente como transcurría la situación, medio escondido en una mesa arrinconada. De repente los tres hombres se levantaron, estaba claro que se trataba de piratas, fácilmente reconocibles por su aspecto y modales. Se preguntaba que diablos hacía su capitán con aquellos tipos. Pronto lo averiguaría.

- Vamos Bakunin, hemos de llegar al punto de reunión antes de la seis de la tarde. – dijo el hombre del garfio.

Bakunin era el pirata que llevaba el parche en el ojo, y se había demorado tocando descaradamente a la regordeta camarera que les había servido la cervezas y el ron. Al oír la voz de su compinche salió corriendo tras él. Mientras, el capitán Keamy ya estaba en la puerta, esperando a aquel par de granujas. James se levantó de su asiento sin terminar la cerveza y salió despacio de la taberna, intentando no ser visto por el capitán.

Les siguió hasta una callejuela sucia y apestosa, allí vio como un tercer hombre, alto, fuerte y con barba gris se les unía, los piratas presentaron aquel tipo al capitán, se llamaba Kelvin y andaba arrastrando una pierna, aunque podía seguir el ritmo de cualquiera. Los cuatro se metieron en una pequeña casa con una puerta estrecha y baja que les obligó a doblegarse, el capitán, que iba muy bien vestido, intentó no rozar el marco de la puerta, pero se hizo un enganchón en la ropa con una astilla de madera y en consecuencia dijo unas cuantas maldiciones.

Al cabo de unos diez minutos, salieron el capitán Keamy y Bakunin, caminaron hasta el final de la callejuela, obligando a James a esconderse tras una carreta repleta de fruta tan madura que ya era toda de color marrón, luego se despidieron con un breve saludo de cabeza y cada uno se fue por su lado.

Cuando estuvo seguro de estar solo, James corrió de nuevo hacia el almacén, adelantando a un capitán demasiado distraído y absorto en sus pensamientos Por suerte, al estar las calles del puerto repletas de gente, James pudo pasar desapercibido y llegar al almacén antes que el capitán.

- Bien, hoy hemos de recoger unas cuantas cargas especiales. Esta misma noche volveremos a partir a mar abierto hasta nuestro destino. – Dijo e capitán a la tripulación.

A pesar de las quejas por no poder descansar en tierra, el capitán hizo caso omiso y concluyó su visita con unas órdenes, su contramaestre y su segundo obligarían a acatar lo que se les dictó bajo pena de castigo severo a quien desobedeciera.

Empezaron entonces a cargar sacos y cajas en las bodegas del barco, llevarían sal, azúcar y frutas y otras productos como ron, agua y cerveza. También recopilaron conservas de carne y unas cuantas telas y ropas. Todos sabían que Nueva Providencia era la isla de los piratas por excelencia, aunque todavía quedasen ciudadanos pretendidamente honrados e incluso un gobernador, llamado Adam Rutherford, padre de una muchacha de dieciséis años, Shannon, cuya belleza llamaba la atención de todos los hombres. Pero Shannon no salía casi nunca de la fortificación en la que vivía, tras a muerte de su madre, parecía recluida en aquellas paredes, posiblemente por el miedo que su padre sentía si la dejaba salir por las calles en un lugar repleto de delincuentes. Ambos esperaban poder irse de ahí en cuanto recibieran las ordenes del rey en Europa, pero la espera se hacía larga y el calor era insoportable, así que Shannon pasaba los días leyendo, tocando una pianola y hablando con su dama de compañía, Ana-Lucía Cortez, una mujer de veintidós años de ascendencia india.

Continuará…..