Naruto es de Kishimoto. Yo sigo con el sasuhina porque aún me gusta.

Desde hacía muchos años Hinata Hyuuga había perdido la inocencia. El apretar a ella el cuerpo laxo del chico desconocido le provocó un escalofrío que ya había sentido antes, en un pasado que se le antojaba lejano.

A partir de ese marcado momento de su infancia nunca miró de igual manera la vida. Aquel fatídico suceso fue un golpe descomunal. Todo fue diferente, y le pareció definitivamente más triste. Todo cuanto giraba a su alrededor se tornó más vacío, incluso el futuro que ya de por sí es incierto, ella en aquella ocasión lo percibió más precario aún. Como si el blanco que caracterizaba a sus ojos (dando a creer a veces que eran unos ojos que no veían) ahora parecía como si de verdad no le permitiera ver nada en su entorno. Como si estuviera ciega.

Toda la belleza, la bondad, que rondaba sin fin a su alrededor pareció apagarse por completo aquella tarde. Ese día Hinata deseó con todas la fuerzas que podría albergar en su vida ser invidente. Para que sus ojos blancos que no eran de ciega no vieran esa imagen que, aún ahora pasados once años, seguía persiguiéndola, y continuaba doliéndole. Todo esto a la inocente edad de cinco años.

Hacía muy poco, Hinata había escuchado decir que la inocencia se perdía cuando te enamorabas. Te hacías consciente que ya no eras un infante. En ese momento preciso era cuando se dejaba de ser niño. Y en todo eso, el amor tenía el papel protagónico. Porque el amor era el que te robaba por completo la inocencia y se llevaba lejos, a universos remotos, la simplicidad que caracterizaba a la niñez. Porque el amor era ese giro que te cambiaba la vida. Todo se volvía teatralmente complicado, ordinariamente confuso, plácidamente doloroso, a veces irreal. Pero valía la pena por esa sensación maravillosa que te inundaba cuando se amaba. Sí, se dejaba en una patada la niñez cuando el amor aparecía.

Pero Hinata creía que había algo más fuerte incluso que el mismo amor. Algo que te quitaba de tajo la inocencia para no regresártela jamás. De forma más dolorosa, de una manera que aún le oprimía el corazón. Y ese algo era la muerte. Cuando la muerte aparecía frente a tus ojos, en toda su potencia, jamás se volvía a ser niño. Se perdía por completo y de manera trágica la inocencia. A la edad de cinco años Hinata había visto a su madre morir.

Desde que Hanabi, su hermana menor, naciera casi cuatro años atrás, la salud de su madre había mermado día a día. Sin medicinas, tratamientos o médico alguno que pudiera impedirlo, la vida de la joven esposa de Hiashi Hyuuga se marchaba lentamente. La madre de Hinata era una mujer muy joven cuando había caído en el abrazo eterno de la muerte. Hitomi Hyuuga aún no alcanzaba el cuarto de siglo cuando fue segada de la vida una tarde soleada de verano.

La apariencia de Hitomi había comenzado a deteriorarse a grandes pasos. Postrada en su cama, la blancura que caracterizaba a su piel, ya no era grata a la vista. Ahora era una palidez tétrica que hacía marcar sus facciones para tomar formas cadavéricas debido a su inapetencia y a sus constantes recaídas. Sus ojos que antes parecían, con un solo entorno de ellos, consolar, dulcificar, ahora lucían desenfocados, fríos. Los cabellos de antaño negros y brillantes como las noches estrelladas del mes de febrero ahora lucían opacos, cenizos.

Pero para la pequeña Hinata, su madre seguía siendo la mujer más bella que hubieran visto sus ojos blancos como las nubes de ese verano. Su piel era la más hermosa, sus ojos eras los más cálidos y sus cabellos seguían oliendo a maduros duraznos y racimos de dulces cerezas. Hinata gustaba de colarse a la habitación de su madre para que, con las pocas fuerzas que Hitomi tenía, le abrazara, le mirara y permitiera dejarle meter su cara entre los cabellos.

Pero hacía mucho tiempo, dos semanas en realidad, que para un niño que no tiene consciencia del paso del tiempo, simplemente lo expresaba de esa manera ordinaria: mucho tiempo, Hiashi Hyuuga, su padre, no le permitía visitar a su madre. Y Hinata la extrañaba, Kami era testigo que su madre estaba en su mente todo el tiempo.

Un día un gran revuelo se vivió en la mansión. Las personas iban y venían de un lado a otro. Todos le ignoraban cuando se atrevía a preguntar. Los llantos de Hanabi resonaban por toda la planta alta. Hinata corrió a ver a su hermana pequeña. Como pudo la sacó de la pequeña cuna. La bebé no dejó de llorar por entero, se dedicó a dar ligeros gimoteos. Hinata tomó la mamila y arrulló a su hermana como recordó una vez hiciera su madre. La pequeña aceptó el biberón, acurrucándose en los pequeños brazos protectores que la acunaban para luego dejar por completo de llorar. Y entonces Hanabi se había dormido satisfechamente en los brazos de su hermana. Una enorme sonrisa había brotado de los labios de Hinata. Se sentía tan orgullosa, tan grande cuando volvió a dejar a Hanabi en su lecho. Una vez su madre le había dicho que como hermana mayor debía proteger y cuidar a su hermana pequeña y eso era justo lo que ella había hecho.

Así que no soportando más el júbilo, la pequeña Hinata se había colado a la gran habitación de la señora Hyuuga para contarle su reciente hazaña.

La habitación estaba en silencio. Su madre yacía quieta entre las blancas sábanas del enorme lecho. No había nadie con ella. Hinata llegó, tomándole la mano. Estaba fría y su madre no la apretaba como siempre solía hacerlo. Así que entrelazó sus dedos con los de ella, diciéndole muy quedito "Konichiwa, Okaa-san". Pero Hitomi no volteó. Hinata creyó que dormía, pero los ojos de su madre permanecían fijos en la ventana. Así que la pequeña volvió a hablar. Pero el "Okaa-san, ¿Estás bien?" se escuchó resonar en la habitación, sin recibir contestación alguna.

Miedo. Una palabra que para Hinata era muy difusa en ese momento se hizo muy clara. Hinata tenía miedo. Un miedo enorme. Porque por más que le hablara a su madre, ella no le contestaba. Porque por más que apretara su delgada mano, su madre no le devolvía el movimiento. Y entonces Hinata tuvo la certeza a la corta edad de cinco años que esa ya no era su madre. Que su madre ya no estaba. Había escuchado decir que su madre tal vez un día muy pronto se iría, y ese día se había presentado. Un súbito frío sobrecogió a la pequeña.

Pero ella no quería, ella quería a su madre a su lado para siempre. Hinata se subió a la cama, abrazándose a Hitomi, regalándole calor para alejar ese frío de su cuerpo pero todo lo que recibía a cambio era más frío. Un llanto, provocado por un dolor desconocido, comenzó a hacerse presente en sus ojos blancos, derramándose imparable junto con sus ruegos y súplicas pero Hitomi Hyuuga no reaccionaba, no la atendía.

Entonces su padre y los médicos habían llegado. Su padre le había tomado de la cintura arrancándola del cuerpo inerte al que se aferraba. Ella estaba en shock. Rogó a su padre que ayudara a su madre, imploró al gran Hiashi Hyuuga que todo lo podía, que hiciera algo. Se asió a su padre con desesperación, le suplicó entre dolorosos sollozos.

Pero su padre sólo la abrazó muy fuerte. Y ese gesto fue la respuesta que no pedía Hinata, que a su corta edad no quería recibir. Su padre besó sus cabellos cortos y Hinata se aferró con dolor a él cuando le murmuró: "No hay nada que hacer Hina. Madre murió."

Fue la primera y la última vez que su padre le besó y le dijo Hina, fue la primera y la última vez que vio los ojos de su padre llenos de lágrimas, y también fue la primera vez que Hinata conoció la muerte y la última vez que dejó de ser niña. En ese momento fue que perdió su inocencia. Porque la muerte dio un cambio trágico a su existencia.

Desde entonces Hinata nunca olvidaba el semblante de la muerte. El dolor se había mitigado con los años, pero la sensación de impotencia seguía allí.

Por eso fue que al ver a ese chico hundido en el fondo no lo pensó siquiera y se lanzó a rescatarlo.

No importaba que fuera un completo desconocido, un patán que tal vez hubiera tratado de atacarla, aun así era una persona que necesitaba ayuda. Y ella no quería ver a la cara a la muerte de nuevo, así que iba hacer todo lo que estuviera a su alcance para arrebatarle a ese chico.

Hinata había llegado hasta él. El chico de cabellos negros parecía muerto, pero Hinata rezó en sus adentros para que sólo fuera el miedo el que le hacía verle de esa manera. La muchacha apretó las mandíbulas tratando se ahuyentar sus temores. Le abrazó por la espalda sujetándole con fuerza del torso, comenzando a tirar de él hacia arriba, a la superficie.

—Onegai, resiste. —Le murmuró.

Con grandes patadas se acercó a la orilla con él. En el agua el cuerpo del chico no pesaba. Dentro el líquido hacía engañosa la sensación de fuerza pero fuera sería otra cosa y Hinata lo sabía. En el instante que quiso poner el cuerpo del chico en el borde no pudo. El tiempo se le acababa, tenía que sacarle pero ya.

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Al lado de las instalaciones del club de natación, en el gimnasio, Suigetsu admiraba su artística venganza. Una sonrisa afilada y pervertida adornaba todo su rostro.

—¡Linda ropa, Kabuto! —Dijo con una risilla Suigetsu. —No puedes decir que no te di una buena delantera y una vestimenta sexy.

Indiferente por completo de la ausencia de Sasuke, seguía afinándole detalles a su obra. No se preocupaba por Sasuke porque sabía que el Uchiha sólo muerto lo dejaría. Ese si era un amigo, no como el idiota de Juugo que se había salido del equipo de kendo, alegando buscar tranquilidad para seguir en orden su tratamiento. Había resultado ser bipolar. "Bipolar, mis dientes" pensó el Hozuki. "Traidor" Eso era lo que en realidad era Juugo. Porque después se había inscrito al equipo de atletismo. Suigetsu enarcó una ceja mirando con interés el grafiti.

—¿Qué?... ¿Qué dices? —Dijo observando aún la imagen. —¿Qué te habría gustado más la tanga en color negro que rojo? ¿Qué porque a Orochigay le gusta más el negro? —Suigetsu pareció cohibirse. —¡Ay Kabuto eres un pillo! —Dijo con otra risilla.

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Unos ojos marrones, casi rojizos, observaban con asombro la escena: una desconocida de cabellos largos en bañador negro intentaba sacar en vano de la alberca a un chico totalmente vestido y aparentemente ahogado. La chica de cabellos negros parecía hacer enormes esfuerzos pero no se veía que fueran suficientes para poder sacar el cuerpo.

Karin dudó momentáneamente en acercarse a ayudar. Si se involucraba y el chico se ahogaba, se metería en grandes problemas por estar a esas horas indebidas y sin autorización en el Instituto. Pero por otra parte si se marchaba y él chico aún estaba con vida pero moría por no haber recibido ayuda a tiempo; el arrepentimiento y su conciencia, no le dejarían descansar.

"¡Kuso! Malditos idiotas borrachos y chicas cabezas huecas que se colaban sin permiso y nadaban en la noche tratando de demostrar su rebeldía."

Se acercó corriendo hasta ellos. Hinata miró con contrariedad a la persona envestida en camiseta y shorts que se dirigía con prisa hasta ella. Un brinco en el pecho por el desasosiego causado con la repentina presencia la asaltó. Pero en el rostro ovalado de esa chica, que aunque llevara gorra, sabía que era una chica, no parecía haber peligro. Todo contrario.

—Empújalo de las piernas, yo lo sujetaré por la cintura.

Así lo hizo Hinata. Con la poca fuerza que le quedaba, le tomó de las piernas y lo impulsó hacia el borde. La recién aparecida lo jaló con mayor fuerza que ella, tirando por completo de él.

Karin cayó de espaldas con el cuerpo inerte del chico encima. El tipo estaba pesado, la espalda no muy ancha, le oprimía el pecho, inmovilizándola. Karin salió de debajo del bulto cuando Hinata llegó a ellos para ayudarla. La morena lo acomodó, preparándole para darle los primeros auxilios. Esperaba que él reaccionara.

—¡Maldita sea! No me digas que está muerto. ¡Kuso! —Karin miró al sujeto cuyos cabellos le cubrían casi la mitad de su rostro.

—¡No!… No está muerto.

Hinata miró los labios amoratados del chico desconocido. La Hyuuga tragó con fuerza, ese no era el momento para ponerse quisquillosa. Así que de nueva cuenta, sin pensarlo más Hinata se acercó. Le oprimió la nariz con sus dedos, le sujetó de la barbilla dejando su boca abierta y se acercó a sus labios.

—Vamos, onegai. —Le murmuró Hinata mientras jalaba aire. —Vamos, tú puedes. —Dijo después de introducirle el oxígeno para después alejarse. Los labios del chico estaban suaves y fríos.

—Vamos, baka. Respira ¡Kuso! —Maldijo su compañera de rescate.

Pero Sasuke no volvía en sí y Hinata empezaba a sentir miedo. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—No, no otra vez. —Musitó la muchacha. Karin dio un ligero paso hacia atrás.

Hinata le insuflaba el oxígeno suficiente, masajeaba como debía hacerse. ¿Por qué? ¿Por qué no regresaba?

—¡Vamos! Pelea… ¡Pelea! —El llanto ya corría en sus mejillas.

Y una palabra que desde que tenía cinco años quiso decir a su madre, pero no lo hizo porque no la supo, ahora brotó en un murmullo de sus labios…

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Sasuke sentía frío. Todo su cuerpo pesaba y parecía entumecido, reacio a obedecerle para moverse.

"Onegai" escuchó en la lejanía.

Sasuke caía, y seguía cayendo en un abismo. Y no podía hacer nada para detenerse. ¿Acaso estaba soñando? El pelinegro cerró los ojos.

La familia Uchiha estaba reunida. Sus padres estaban junto a él. Su madre le sonreía al tiempo que acariciaba su mejilla. De pronto Mikoto lo estrechaba en sus brazos. Su padre le miraba con seriedad, pero un brillo que Sasuke nunca le había visto, ahora se reflejaba en la dura mirada de Fugaku. Esa era la mirada satisfecha que su padre sólo usaba para su hermano mayor.

Mikoto le murmuraba cuán afortunados que eran por tenerle. Las palabras de cariño de su madre parecían no tener fin. Su padre simplemente de dedicaba a callar mirándole pero ahora con el orgullo resaltando de sus orbes tan oscuros como los de su vástago menor. Tal vez Fugaku no lo dijera pero su mirada y ese leve asentamiento que hacía su cabeza eran todo lo que necesitaba el pequeño Sasuke para sonreír como lo estaba haciendo. Había sido nombrado capitán del equipo de kendo de la academia de Konoha. Después de tanto esfuerzo lograba superar a Itachi en algo. Sus progenitores sonreían.

"Pelea" escuchó una perturbada voz resonar en alguna parte.

Sasuke abrió los ojos. Seguía cayendo en ese pozo oscuro, negro. Por más que intentara asirse a algo, no tenía fuerzas para lograrlo. O tal vez, en realidad era que no quería tenerlas.

"Cobarde." Volvió a sonar la misma voz. La voz desconocida de alguien. Una mujer, una mujer que lloraba.

Cobarde. Cobarde. Esa palabra siempre aparecía. Era su talón de Aquiles. Esa desgraciada palabra que le perseguía desde que tenía ocho años. Contra la cual luchaba desde entonces por acallar. "Cobarde." Sasuke se llenó de coraje, de enfado. No, más. Nunca más sería un cobarde. Había crecido con la decisión de nunca volver a escuchar esa palabra, ni siquiera en su mente. Y nadie se lo iba a decir.

"Pelea. Cobarde" la voz se volvió más aguda, más desesperada.

Entonces Sasuke sintió como si el oxígeno se le metiera de golpe al cuerpo. Que sus pulmones se llenaban, se saturaban completamente atiborrados. Y todo le dolía. Cuando Sasuke quiso exhalar todo ese aire, algo pareció querer acompañarlo y salir con propulsión de su interior. Algo líquido. Agua.

Hinata y Karin vieron con alivio que el chico empezaba a reaccionar comenzando a vomitar el agua ingerida. La morena se apresuró a sujetarle, Sasuke tosía de forma ruidosa. Ahora recordaba todo.

—Arigato, Kami. —Escuchó Sasuke que murmuraba la loca de cabello negro.

Sasuke quiso hablarle, decirle que era una estúpida, pero el agua que salía por su boca y nariz parecía no terminar, se lo impedía. Sólo sonoros tosidos eran los que lograba emitir.

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El escándalo llegó a oídos de Suigetsu. "¡Kuso! ¿Sería acaso un vigilante?"

El chico se apresuró a tomar su equipo de venganza, y como alma que se llevara el diablo, echó a correr fuera con la lata de pintura en sus manos. Antes de salir, tuvo la cautela de detenerse para mirar. No había nadie, tampoco avistó a Sasuke. Los tosidos se seguían escuchando. Suigetsu aguzó el oído. El ruido venía del domo de natación. Cauteloso se dirigió, cual espía de guerra, hacia el gran auditorio techado de cristal.

La puerta estaba descorrida. Al fondo había tres personas. Un chico de gorra de pie, los otros dos sobre el suelo. Suigetsu entró sigiloso. Uno de los que estaban tendidos en el suelo era el que tosía. El otro, que tenía el cabello muy largo, le sujetaba en brazos.

Con más curiosidad aún, Suigetsu cortó distancia. ¿Acaso el que tosía se estaba ahogando y los otros le habían rescatado? ¡Kuso! ¿No era él el único temerario que se atrevía a meterse al Instituto en la noche?

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Sasuke tosía menos, casi toda el agua había salido de su interior. La chica y el otro tipo que no conocía le veían. La loca de cabellos largos soltó aire con alivio.

—¿Estás bien? —Le dijo ella con esa particular voz suave. Sasuke se sintió extraño, la chica usaba con él un raro tono de ternura y congoja. Como el que su madre empleaba cuando se preocupaba por él.

—Ku-Kuso…Tú…—Murmuró a penas sujetando con debilidad la mano femenina. Hasta hablar significaba un esfuerzo enorme.

En su camino hacia los tres, Suigetsu distinguió entre la penumbra los zapatos de Sasuke. El chico dejó a un lado la prudencia para salir corriendo hacia ellos. Sabía que Sasuke no era bueno en eso de la nadada. El que tosía era él.

Karin se inclinó, Hinata posó su mano sobre la frente del chico despejándole el rostro de sus cabellos oscuros. Entonces la chica enfocó sus ojos en el recién rescatado. Esa nariz, esa boca, esos ojos negros. Eso inmisericordes y fríos ojos negros. La palabra "Patética" sonó en su memoria. Era él.

Era...

—U-Uchiha…—Soltó Hinata con temor.

—¡Sasuke! —Exclamó Karin.

—¿Qué diablos le hacen a Sasuke, malditos? —Gritó Suigetsu con semblante defensivo.

Hozuki iba a sujetar al chico de gorra cuando miró con estupefacción a la de cabellos largos. Fue en ese momento cuando sin previo aviso el muchacho de short le propinó un golpe en el pecho lanzándolo a la alberca.

—¡Maldito bastardo! —Vociferó furioso Suigetsu.

—¡Bastardo tú, teme! —Le devolvió la otra.

Suigetsu no pudo ocultar su sorpresa al notar la voz de mujer. Se quedó incrédulo mirándole desde el agua.

—¡Vámonos, baka! —Dijo Karin a Hinata que parecía petrificada.

—Pero… él. —Dijo Hinata haciendo alusión a Suigetsu, ¿qué tal si al igual que Sasuke tampoco sabía nadar?

—No te preocupes, el imbécil prácticamente es de agua. —Le masculló.

—¡Al-…-alto, tú! —Dijo Sasuke, tratando en vano de sujetarla, aún estaba muy débil. Y es que regresar de la muerte, como dijera su antiguo compañero de Konoha, era bastante problemático.

—Yo… Go- Gomen…—Murmuró la chica emprendiendo la huída junto con su rara compañera.

Desde el agua, Suigetsu las vio correr hacia las afueras como si hubieran visto un fantasma.

—¿Las conoces? —Preguntó Sasuke al mirar a Suigetsu ya de pie junto a él.

—No, ¿y tú?

—Tampoco. Pero ellas parecen conocernos. Espero no nos delaten…

—Pues yo espero volver a verlas…—Los ojillos de Suigetsu brillaban.

—¿Qué?

—Vamos, no me digas que no lo notaste. —Le dijo el chico con una sonrisa. Sasuke contrajo el ceño. —¡Lo buenas que están!

—Suigetsu, me estaba muriendo…

—Una tenía unas piernas de ensueño, y la otra, una delantera de diosa… —Le expresó con ensoñación sin prestar atención a su compañero. Luego miró a Sasuke con contrariedad. —Por cierto… ¿Cómo estás? ¿Por qué te caíste al agua?

—Cállate, baka.

—Vámonos, pedazo de piedra. —Dijo Suigetsu al agacharse a ayudarle para que se pusiera de pie. Con molestia Sasuke aceptó el auxilio.

Salieron con lentitud del lugar, luego de que Sasuke se negara rotundamente a que Suigetsu le cargara en la espalda. Iban paso a paso. La luna como única luz de apoyo. A regañadientes Sasuke le relató lo sucedido a su amigo, quien no pudo ocultar una risilla de burla y comentar con sorna: el gran salvador, salvado. Antes de separarse, Suigetsu había logrado convencer a Sasuke de buscar al día siguiente a su par de rescatistas desconocidas según el chico para aclararles ciertas cosas y que no intentaran pasarse de listas.

El moreno continuaba oyendo las excusas de Suigetsu para buscar a las desconocidas. Aunque para Sasuke, una de ellas no le resultaba desconocida, tenía la noción de haberla visto antes, le parecía vagamente familiar. Tenía unos ojos muy claros, tal vez de un azul muy tenue que la penumbra de la noche y luz de la luna hicieron parecer blancos.

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He aquí el segundo capítulo, arreglaré el resto porque noté varios errores pero los subiré pronto.

Gracias por leer.