— ¿Estas segura de que has agendado una cita con el profesor Xavier? —pregunté mientras caminábamos hacia el interior de la mansión. Me había mantenido en silencio, observando cada cosa que veía con interés e intentando ocultar mi nerviosismo, pero tuve que romper mi intento de calmarme con aquella pregunta, que me parecía necesaria.
— Sí, y puedes llamarlo Charles —indicó Moira, asentí brevemente y volví a estudiar todo lo que me rodeaba, maravillada con esa pequeña sociedad de estudiantes que había logrado formar, era una obra admirable—. Escucha, no estaré aquí contigo, tengo que partir hacia el aeropuerto, ya sabes, viajes para dar nuevamente reportes y otras cosas, así que te dejaré con él.
— Está bien —vacilé.
— ¿Mischa? —ambas nos detuvimos y yo me di vuelta primero al son de mi nombre, encontrándome con un hombre de profundos ojos azules y una sonrisa de medio lado—. ¿Eres tú?
— Eh… —balbuceé, intentando revisar en mi mente si había olvidado por completo su existencia o si en realidad no lo conocía y él me estaba confundiendo—. ¿Te conozco? —pregunté entonces, rendida.
Moira me tomó de un brazo.
— Hank —explicó cortamente poniéndose los dedos en las sienes, el joven abrió la boca contemplativamente y asintió.
— Nos vemos —se despidió y comenzó a caminar en dirección contraria. Miré a Moira con el ceño fruncido pero no dije nada.
— Andando…
Aquello me había hecho sentir como un elemento más de investigación más que la investigadora que era, pero no dije nada, solo me dediqué a acatar órdenes.
A pesar de que Moira me aseguró que Charles Xavier era un hombre muy accesible y amable, me encontraba pegada a mi asiento, en su despacho, esperándole con impaciencia y los nervios de punta. No sabía por qué tardaba tanto, ni siquiera qué era lo que quería de mí, pues a pesar de tener un cargo importante a nivel nacional como genetista —más la experiencia que había ganado en veinte años trabajando en uno de los laboratorios más grandes y completos a nivel mundial— él de seguro tenía mejores. Cuando estaba a punto de levantarme de mi puesto para ir a mirar alguno de los libros que tenía en un aparador, la puerta se abrió y, al voltearme, veo que el mismo Profesor viene en su silla de ruedas hacia mí. Lo único que atiné a hacer fue a levantarme para saludarlo de pie.
— No te tomes la molestia —dijo batiendo una de sus manos. Lucía fresco y joven: camiseta burdeo, chaqueta gris, pantalones a juego, ni un solo cabello en su cabeza pero con una sonrisa que iluminaba todo el lugar—. Es un gusto verte.
— El gusto es mío —titubeé, confundida.
Me volví a sentar y se quedó frente a mí, cara a cara, yo sin entender nada, lo que probablemente pudo deducir sin adentrarse mucho en mi psique.
— Debería disculparme, antes que todo…
— ¿Por qué? —me asombré.
Él sonrió levemente.
— Lo entenderás ahora, Mischa, si me permites… —alzó su mano y puso dos de sus dedos en mi sien. Ante el contacto di un pequeño saltito pero él me echó una mirada que me indicó que me calmara, que nada sucedería—. Solo relájate —verbalizó lo que sus ojos me decían, y tuve que acatar—. Nunca debí hacer eso, en primer lugar —añadió, concentrándose.
En menos de cinco segundos todo, literalmente todo, cayó en mi mente como un saco de arena muy pesado, muy denso:
Erik empujando a una versión de mí de veinte años en el pasillo de esta mansión para luego ayudarme, extendiéndome una de sus manos; Hank y yo riendo en el laboratorio mientras analizábamos el ADN de Raven, Erik viendo el número tatuado en mi brazo y luego yo viendo el suyo mientras una barra de metal aprisionaba mi brazo, Shaw y sus compañeros amenazando al mundo, yo frente a Charles, un Charles Xavier con cabello y movilidad en las piernas, que me escucha mientras le cuento mis más profundos secretos, yo mirando cómo Erik es capaz de mover aquella antena gigantesca, Erik y yo compartiendo un helado, un beso, miradas, memorias de lo que sentí en cada uno de esos momentos.
De pronto, Erik Lehnsherr está en todos lados, y tengo la total y completa consciencia de quién es más que Magneto a secas, el villano, el inalcanzable villano que veía muy a menudo en televisión últimamente. Él volvía a ser solo Erik para mí.
Finalmente despierto con el recuerdo en donde me asegura que me encontrará más las lágrimas, muchas lágrimas, al saber todo lo que hizo, y todo volvió a su lugar en mi cabeza como un puzle: Erik fue quien movió los imanes de mi refrigerador aquella noche que aún tengo en mi cabeza con todo detalle, y no solo esa sino que varias más, esporádicamente, hasta que todo eso dejó de suceder y coincidió con la fecha en la que lo apresaron por el asesinato de Kennedy.
No volví a saber, literalmente, nada más de él en veinte años.
Hasta ahora.
Abrí los ojos, llenos de lágrimas, y miré a Charles, herida. ¿Por qué me había hecho eso? ¿Por qué me quitó una parte tan importante de mi vida y durante dos décadas? Ya no soy joven, claro que no, hice mi vida como si esa parte de ella no hubiera existido y ahora no hay vuelta atrás, no hay vuelta atrás a nada de eso, no lo comprendía, no era capaz de analizar cada pieza y recuerdo que volvía a tener en mi cerebro, porque simplemente ya no encajaban, era casi ingenuo pensar que devolviéndomelos haría justicia a lo que perdí.
— Lo siento —lo único que ahora comprendía era el por qué lo sentía, y por qué se disculpaba con ese tono de voz. Yo conocí a Charles, conocí a un Charles que no me haría esto, que me ayudó, que me hizo conocer a Erik de otro modo. Aún no podía entender por qué.
— Cuando… —balbuceé con la garganta seca—. Cuando me abrazaste por primera y última vez tú… ¿Borraste mi memoria de… todo esto?
Asintió levemente.
— La de Moira luego de ti —comentó—. Escucha, entiendo lo que sientes —negué, no, no creía que lo entendiera—. Entiendo que prácticamente no fue nada… lo que pasó entre ustedes, pero por otro lado fue mucho, y me… me asombró, en ese tiempo, por lo que pensé que hacer eso las mantendría a salvo de todo lo que ocurriría, especialmente a ti, de tus propios sentimientos hacia Erik.
— Pero él… —mi memoria recién recuperada se conectó a la que ya tenía de los asuntos recientes, de lo que pasaban en las noticias—. Él…
Ni siquiera podía armar una idea y defenderme, verbalizar lo que sentía.
— Quizás necesites saber… que cuando lo rescatamos del pentágono, en donde estuvo encerrado diez años, le hablé de ti —me aseguró, juntando sus manos sobre su regazo, descansando en el respaldo de su silla—. Le dije que no recordabas nada de nosotros y el por qué, le dije que desde ese minuto solo sabías de nuestra existencia como una humana más. Él también creyó que fue una decisión acertada, aunque nunca se quiso referir mucho a lo que realmente pensaba.
Tragué sin decir nada, adolorida, nauseabunda. Erik y Charles concordando por primera vez en sus vidas en algo era algo sumamente impresionante, lo que me entristecía era que fuera en esto, porque él pudo intentarlo, porque él pudo hacer algo por mí, por nosotros.
— No creo que necesites saber lo que sucedió cuando casi elimina al presidente, provocando un gran caos en el mundo nuevamente en 1983, es parte de la historia —asentí, dándole la razón. Sí, eso lo sabía—. Luego de eso se fue a Europa y rehízo su vida —apreté los labios, de pronto ya no quise seguir escuchando—. Encontró a una chica… —Charles vaciló y miró por la ventana, como si algo le pareciera gracioso—. Se parecía a ti menos en lo más elemental… tus ojos.
Solté un bufido que quiso ser risa, negando con mi cabeza, lo único que eso me decía era que no me había considerado lo suficientemente capaz de seguirlo, de estar a su lado como a ella, a quien si eligió tras decidir dejarme en el olvido, literalmente. Pero tras eso algo me molestaba y picaba sin parar, algo que no podía dejar de preguntarme, molesta, y es ¿Cómo podía considerar injusto y doloroso que él rehiciera su vida cuando yo hice exactamente lo mismo?
Bueno, no me fue muy bien, pero ese es otro tema.
— Tuvo una hija…
— Charles… —lo intenté interrumpir, comenzando a desesperarme ante esa mención, ya que yo siempre fui tan consciente de mí misma que jamás dejé que, ni por accidente, se me cruzara por la cabeza el tener un hijo con alguien con quien nunca estuve segura.
Y él, él era otro caso, siempre fuimos tan distintos.
— No, escúchame…
— ¡Charles, no! —exclamé y me puse de pie—. No voy a escuchar cómo le fue tan fácil irse a Europa luego de causar estragos y cómo tras eso encontró una vida perfecta con una mujer... "adecuada", olvidándose por completo de mi porque tú decidiste borrar mi memoria… eso duele, duele pensarlo, duele digerirlo…
Y de pronto me vi convertida en la joven de veinte, llorando por ese primer amor tardío, pataleando como una adolescente. Sentí que un calor ascendía a mis mejillas cuando Charles, sin inmutarse, me observó en silencio, esperando que terminara. Miré hacia otro lado, mis manos temblaban.
— Mischa, él lo perdió todo, nuevamente —dijo con un tono bastante oscuro, intranquilo y luego suspiró, como si le costara continuar contándome—. Al intentar integrarse entre los humanos, pronto descubrieron quién era y lo que había hecho. Los policías de Polonia capturaron a su hija para atraparlo y… uno de ellos… asesinó a su esposa e hija frente a él, considerándolos una amenaza, por la naturaleza de sus poderes y los que manifestó su hija.
No respondí, tampoco volví a mirarlo, miraba hacia el suelo con los ojos desorbitados, devastada por la crudeza del relato. De pronto ya no podía sentir que la vida fuera injusta por lo que hizo, no podía ser egoísta, no podía dejar de pensar en él como cuando tenía veintidós y lloraba todos los días tras haberme enterado de lo que hizo en Cuba, él, el mismo Erik del cual me había despedido de una forma tan… dulce, diciéndole intrínsecamente que lo esperaría y él a mí que me encontraría. Ya no podía odiar o resentir a Charles tampoco por "separarnos", porque hasta Erik consideró que lo que hizo con mi memoria fue lo mejor para mí, y puede que haya sido injusto en el sentido de que nadie preguntó por mi opinión, en su tiempo, pero ya está hecho, totalmente hecho y acabado.
Su dolor cambió mis pensamientos irracionales; su historia, la cual vuelve a repetirse a través del tiempo, demostrándole que los humanos somos despreciables, me llenó de pena y arrepentimiento. No podía seguir pensando en lo que me pasaba a mí cuando él sufría, nunca pude.
Tengo cuarenta y cuatro años ahora, algunas pocas canas sobre mi cabello que solía ser oscuro, mi cara refleja mucho más el cansancio de hacer lo mismo durante tanto tiempo y fracasar en todo lo que me propongo excepto en lo que respecta a mis habilidades, al menos. No puedo comparar mi vida tremendamente normal y común, con tragedias cotidianas, pequeñas, ínfimas, a la vida repleta de miserias consecutivas de Erik.
¿Acaso Charles se da cuenta del estrago que ha causado en mi interior? Al devolverme esa parte de mi memoria me ha devuelto mis sentimientos, sentimientos que ni siquiera llegué a desarrollar por la persona con la cual decidí casarme, ¿Qué haría con ellos? ¿Por qué ahora? ¿Qué pasaría? Me sentía a la deriva, como si me los hubieran lanzado sobre la cabeza y esperaran que los manejara perfectamente sin quebrarme.
Este trabajo era mucho más difícil de lo que pensé al llegar aquí. Mis capacidades se ven sobrepasadas por él, ya no sé qué pensar. No quiero estar sola en esto pero siento que ya lo estoy…
— No —alcé la mirada, ahí estaba Charles, revelándome que estaba ahí, acompañándome en el proceso—. Sé que es complejo porque tienes una vida hecha sin esto que te arrebaté, literalmente, pero considero, y Moira me ayudó a llegar a esta conclusión, que tú no merecías vivir sin todo lo que te quité, porque sé que es parte importante de lo que eres. No voy a dejar que resuelvas todo lo sucedido sola, si hay algo que quieras preguntarme, algo en lo que pueda ayudar…
Lo escuché a medias, bloqueada por dentro, y de lo poco que captaba, agradecí internamente aquel apoyo, pero no era lo que necesitaba en este momento. Lo único que quería era llorar y volver a llorar como lo hacía cuando era menor y tenía el corazón destrozado gracias a Erik. Necesitaba vivir el dolor como si hubiera sucedido ayer, para levantarme y pensar qué hacer.
— Yo… —balbuceé, él se detuvo, no siguió hablando más—. Lo siento, Charles… Déjame pensar, por favor no… no lo sé —balbuceé impulsivamente, levantando la mirada para encontrarme con la suya y revelarle unos ojos enrojecidos, al borde de explotar en lágrimas. Me puse de pie, con los labios bien juntos pero temblorosos, y salí corriendo de su oficina, consiguiendo llorar y dejar salir todo a medida que me alejaba del lugar.
Cuando me detuve ya estaba afuera, en su jardín, recordando solo al mirar lo vasto y majestuoso que era, que seguía siendo mi lugar favorito en toda la mansión X.
Nota!: No crean que me he olvidado de Pietro (Peter, bueno, yo prefiero Pietro) pero como Erik en las películas todavía ni tiene idea de su existencia como su hijo, irá avanzando hacia ello en este fic (y espero que lo reconozca para la próxima película, pero con escribirlo me contento) No hablaré de Wanda -la hermana de Pietro- porque ella pertenece al mundo de los comics y otras películas, y yo solo me baso en las x-men, así que... es todo por hoy, espero que hayan entendido mi explicación (creo que está un poco enredada pero, en resumen, no me estoy olvidando de Quicksilver aquí, eso xD)
