Aquí esta el segundo capítulo, espero que les guste. Muchas gracias por su apoyo. Besos!
Capítulo Dos: Parejas Biológicas.
Si mi primer día de clases fue parcialmente extraño, el segundo no se le comparaba en absoluto. Todo empezó esa misma mañana. Como normalmente me desperté temprano, mi más mala costumbre, y bajé para tomar el desayuno. Mi padre, un hombre alto, de cabello rubio y ojos iguales a los míos estaba de pie frente a la cocina preparando algo de comer, cosa nada habitual en el. Es más, he llegado a dudar de sus capacidades culinarias, ya que quién cocina en esta casa soy yo. Y como solía decir mi madre: "Sólo si sabes manejar un cucharón, puedes manejar una casa" Bueno, como les decía, bajé a tomar el desayuno y me encontré con la agradable sorpresa de que era mi plato favorito, no muy saludable, pero mortalmente delicioso: ¡Ramen! Lo devoré como si se tratara del manjar más importante de la tierra (y lo es) pero me estaba quedando corto de tiempo. Dejé el plato vacío sobre el mesón y corrí escaleras arriba para ponerme el uniforme, pero algo extraño me sucedió. No encontraba mi camisa ni la banda del saco. Siempre he sido ordenado a pesar de llevar lo que la gente llama 'vida de músico' que es literalmente vivir en un reguero sumido en el más profundo embotamiento pensando en las canciones y tonos. Para mí, eso era un simple desgaste de tiempo, y prefería utilizarlo en pensar nuevas canciones.
Por fin, después de buscar casi diez minutos encontré lo que buscaba bajo la butaca de mi habitación. Me reflejé en la pantalla apagada del plasma junto a la puerta que conducía al baño en lugar de usar un espejo, es que no había tiempo. Recogí mis cosas, revisé que no me faltara nada, volví a revisar, y por fin, tras despedirme de mi padre salí como un ciclón al colegio. En mi segundo día no podía darme el lujo de llegar tarde si el día anterior había causado más que una buena impresión.
-
Esta vez las tarjetas no fueron necesarias. Cuando el portero me vio acercarme abrió la reja de inmediato para dejarme pasar. Esquivé las mesas del jardín, me salté los cuatro peldaños que precedían a la entrada, atravesé el pasillo azul, subí un tramo de escaleras, torcí a la izquierda y llegué al pasillo rojo. La suerte continuaba conmigo, ya que Mitarashi, nuestra profesora de historia, aún no llegaba. Sin titubeos entré en el salón y me derrumbé en mi asiento intentado recuperar el aire perdido por la carrera contra reloj.
Gaara y Hinata me miraron, preocupados, pero los tranquilicé con un ademán de la mano. Una especie de alivio me invadió cuando miré hacia la puerta y vi al Uchiha entrar cabizbajo con Mitarashi pisándole los talones. Era el segundo día que llegaba tarde y parecía que esta vez no iba a ser tan flexible con el muchacho.
—Te quedarás después del colegio, Sasuke –dijo Mitarashi sentándose en el borde del escritorio—. Ahora, saquen todos sus libros, y en grupos de tres analicen el fragmento de la constitución europea. Luego, cada uno escribe una reflexión personal y la deja en el escritorio antes de que toque la campana.
Y así empezamos nuestra aburrida tarea. En el tiempo que pasamos leyendo el artículo diez de la constitución europea, para ser más específicos, de Francia, Hinata nos contó algo acerca de una fiesta en su mansión. Sus amigos del salón y del otro paralelo la ayudarían a arreglar la casa pero también nos dijo que no haría nada si nosotros no aceptábamos ir. Después de unos cuantos ruegos mal disimulados logró convencernos.
Diez minutos antes del toque dejamos nuestro trabajo cerca de las manos de Mitarashi y regresamos a nuestro lugar.
— ¿Harán algo esta tarde? –Pregunté, recostado en la silla—. Esta cuidad aburre.
—Lo que pasa es –dijo Gaara—. Es que estás acostumbrado a la vida adolescente de las metrópolis norteamericanas. Deja que te mostremos como se vive aquí, en Tokio.
La campana tocó. El salón de kendo mixto es exactamente igual a un dojo de pela profesional. Nuestros uniformes, con una escarapela grabada con los apellidos de la clase, colgaban de diversas perchas empotradas a los dos costados. Como la clase anterior, Kurenai, nuestra profesora de kendo, estaba arrodillada en el centro del tatami bebiendo té. (Hasta ahora todo debe parecerles relativamente normal, teniendo en cuenta el incidente de la mañana, pero ya verán, dejen que el día avance. Estamos recién en el segundo periodo) Continuando con lo que les contaba, Kurenai, nuestra hermosa profesora, bebía su té bien calmada mientras nosotros descolgábamos los uniformes de sus perchas y marchábamos directo a los vestidores. Diez minutos después ya estábamos frente a ella con toda la indumentaria puesta, pero ella no se movió.
—Quítense los protectores –dijo sin mirarnos—. Hoy practicaremos defensa personal.
-
Tras una larga masacre de golpes y patadas desfilamos directo al salón de biología, caminando lo más lento posible, intentado así, no reanimar el dolor. Una chica peli rosada que caminaba junto a mí, llamada Sakura, me sonrió y se adelantó para juntarse con una rubia de cuerpo perfecto y largo cabello brillante. A pesar de lo lindas que eran no me llamaban la más mínima atención. (Supongo que siguen pensando que esta situación es de lo más normal, pero estamos en el tercer periodo y es aquí cuando la acción comienza.)
Al entrar en el salón de biología supe que las cosas no iban bien. Nuestro profesor, un hombre corpulento, de piel morena y cabello negro, fumaba un tabaco como era su costumbre. Sentado en su silla tras el escritorio, Asuma, se divertía leyendo algo que parecía interesante, claro que desde nuestros asientos no podíamos ver que era. Cuando íbamos a tomar asiento aleatoriamente, carraspeó sonoramente paralizándonos en el acto.
—Yo escogeré sus lugares y sus compañeros –dijo sin bajar el libro—. Párense allá –apuntó la pared junto a la puerta—. ¡Rápido!
Obedientes, nos recostamos contra la pared. Lo bueno del laboratorio de bilogía, al igual que las clases de kendo y deportes, era que los dos paralelos de quinto trabajan juntos, así que había muchas posibilidades de compañeros, o de emparejar con personas desconocidas. Atisbé a la derecha y reconocí a los otros dos alumnos nuevos que habían compartido el salón de espera con Gaara, Hinata y yo. Eran dos chicos. El más alto, de cabello castaño y piel blanca, contemplaba todo el salón a través de unas gafas negras de montura metálica que se sostenían con el puente de su perfecta nariz. Y el otro, un muchacho de aspecto estrafalario, vestido de verde, tenía un corte de cabello extraño y cejas muy tupidas, como encrespadas especulaba en voz baja sobre quién sería su compañero. Se veían buena gente, pero uno nunca sabe, las apariencias pueden engañar.
Asuma se puso de pie con una lista en la mano, donde seguramente figuraban los veintidós nombres de los alumnos de quinto. Volvió a carraspear, esta vez más bajo, y leyó:
—Gaara Kishimoto, Hinata Hyuuga –dijo—. Primera mesa, primera fila.
Caminaron a sus lugares.
—Hyuuga Neji, TenTen; segunda mesa, primera fila.
Ellos también se sentaron.
—Haruno Sakura, Yamanaka Ino; tercera mesa, primera fila.
La misma historia. Y así continuó la selección hasta que sólo quedamos cuatro: El cejas encrespadas, el raro de las gafas, el pesado del Uchiha y yo. No sé por qué, pero en ese momento sentí un vacío en el estómago. Era como si esa sensación de frío me quisiera advertir, pero no le hice caso, y me arrepentí de ello.
—Rock Lee, Aburame Shino; tercera mesa, cuarta fila.
Se sentaron, y por último, nosotros. Nos miramos un momento y volví a ver esa tristeza y soledad reflejada en sus ojos, esta vez, mezclado con un poco de burla. Se había dado cuenta de lo mucho que me molestaba el hecho de que compartiríamos la misma mesa, todos los días, en el mismo salón. Créanme que en esos momentos detesté el laboratorio de biología, pero más adelante, esa opinión cambiaría rotundamente.
—Uchiha Sasuke, Uzumaki Naruto –leyó—. Cuarta mesa, cuarta fila.
Volvimos a mirarnos, y ocurrió algo extraño. Dijimos lo mismo e hicimos lo mismo, al mismo tiempo. Me horroricé. Como les dije antes, yo puedo comprender a una persona con solo mirarla, y ese tipo de 'coincidencias' extrañas, solían pasarme sólo cuando me llevaba bien con el individuo que tenía junto a mí, pero el caso no era ese.
Ahora, sentados juntos en la mesa, maldije por lo bajo unas cien veces, antes de atender a la clase.
-
Receso, mi hora de clase favorita. No soy malo en los estudios y me esfuerzo por sacar las mejores notas, pero no hay nada como un rato de ocio en medio de lo asfixiante de las clases. El almuerzo que mi padre preparó se veía exquisito. Camarones, salchichas picadas, un poco de arroz y mi favorito: un tazón de ramen instantáneo. Vertí un poco de agua caliente que llevaba en el termo dentro del tazón y esperé los tres minutos de rigor para que se preparara. Una vez listo, lo devoré, exactamente igual como lo había hecho en la mañana.
—Comes eso desde que eres un niño –me dijo Gaara apuntando a mi tazón—. ¿Es que acaso no te cansas de su sabor?
—La verdad que no; es delicioso.
Bajé la cabeza para tragar mi último bocado de ramen cuando alguien me tocó el hombro. No necesite mirar hacia atrás para saber de quién se trataba. El olor era el mismo de la clase de biología. El perfume más caro que el dinero podía comprar tenía una esencia inconfundible y se puede reconocer a leguas. Dejé los palillos junto al tazón esperando a que Sasuke dijera algo, pero en su lugar deslizó su mano por mi espalda hasta sentarse junto a mí. No sé por qué, pero aún a través de la ropa pude sentir lo suave de su piel.
"¿En que demonios estoy pensando? ¡Concéntrate!"
Lo miré de reojo, molesto por su presencia. Sus ojos se clavaron en los míos y otra vez pude ver esa tristeza tras las pupilas negras. Pero el me miraba de una manera diferente, como si buscara la respuesta a mi aversión por él. Lo que sucede es que cuando alguien no me cae bien, sencillamente me muestro muy descortés, si es que se le puede llamar así a mi manera de tratar a la gente.
— ¿Qué quieres? –pregunté, moderando el tono de mi voz
—Mi padre, el director, quiere verte –dijo poniéndose de pie—. Sígueme, Naruto-Kun.
Me puse de pie un tanto desorientado, y tras cruzar una mirada cómplice con Gaara me alejé tras el Uchiha, rumbo a la oficina del director. Aunque había algo que no cuadraba, no había hecho nada malo, o al menos eso creía. Cruzamos el pasillo azul, luego pasamos al naranja, al amarillo y por último al celeste, dónde solo había una puerta de la cual colgaba una placa que rezaba "Director Uchiha"
—Pasa –me dijo Sasuke abriendo la puerta—. Mi padre no muerde.
— ¿Y tú? –pregunté, sarcástico
—Algún día te dejaré descubrirlo –susurró cerca de mi oído
Me ericé por completo y sin poder evitarlo mis mejillas se calentaron. Lo miré de reojo por segunda vez antes de entrar a la oficina del director.
-
Solamente quería que le aclarara ciertas cosas de mi expediente escolar. Debo decir que el Director Uchiha es un hombre bastante formal y muy interesante. El educado, culto y muy hablador. La verdad que no puede creer que tenga un hijo como Sasuke. Sasuke… ¡Es un idiota! No sé quién se cree ni quién cree que soy yo pero ese tipo de cosas me molestan. Además detesto que me hablen cerca del oído.
En lugar de regresar al jardín fui directamente a la piscina techada del colegio para nuestra práctica de natación, la única clase que no compartíamos con las niñas. Saqué mi pantaloneta del casillero en los vestidores y me la puse. Detesto el color de mi piel pero las niñas piensan que es muy atractivo, así que a veces dudo sobre mi aspecto, aunque creo que todos lo han hecho alguna vez. Una vez afuera me senté en borde de la piscina junto a Gaara.
— ¿Qué quería el director? –me preguntó—. ¿Te castigaron o algo?
—No, sólo querían revisar algo de mi expediente escolar –le tranquilicé—. Hace un poco de frío aquí ¿no te parece?
—Un poco, pero deben mantener el lugar fresco para evitar que el agua se caliente.
Kakashi, nuestro profesor de natación, saltó desde lo alto de una escalerilla empapándonos a todos cuando impactó contra el agua. Cuando salió de la piscina tiritando por lo frío del agua y el ambiente agarró una lista y repasó que todos estuviésemos allí.
—Practiquen sus clavados hasta el final de la hora –dijo Kakashi—. Naruto, ven hacia aquí.
Me puse de pie con mis compañeros pero me alejé en dirección contraria. Me senté junto a Kakashi, contemplando fijamente el agua agitada.
—Necesito que te quedes después del colegio –me dijo—. Tu padre llamó y me pidió que te entrenara en natación. Se que fuiste campeón intercolegial en tu otro colegio.
—Sí…
El año pasado, unos meses antes de fin de clases me inscribí en una competencia de natación. Al principio solo lo hice por que nuestra secundaria no tenía ningún representante, pero a medida que practicaba le tomé gusto al agua y decidí que de verdad tenía ganas de competir. Mi esfuerzo recibió la recompensa más grande: me coronaron medalla de oro y mejor nadador juvenil del condado. Fue un gran día aquel, pero tuve que marcharme y dejar todo allá.
— ¿Te quedarás?
—Por qué no –dije y me marché a practicar clavados.
En ese momento no lo sabía, pero el haber decidio quedarme a practicar, cambiaría mi vida por completo...
