MELANCOLÍA
II: EL PROBLEMA
Templo de Géminis, Santuario de Athena
Año 16 del nacimiento de Athena
Cuatro meses después
Saga llevaba mucho tiempo pasándola encerrado en su cuarto, sin salir para nada ni hablar con nadie. Satu y Kanon entraban a su habitación tres o cuatro veces al día a llevarle comida y a sacar los platos aún llenos con la comida que había dejado. Al final de la semana Kanon ya estaba cansado y preocupado.
-Saga, tú y yo tenemos que hablar- dijo el gemelo menor.
Saga apenas levantó su mirada hacia su hermano. Kanon no sabia que pensar. Aparte de haber perdido su cosmo en la última pelea el mes pasado, el cual estaba bajo la custodia de Shion en el templo del Patriarca, la armadura de Géminis se había quedado en posesión de Kanon, igual que el tercer templo, y Kostas al parecer había superado el duelo por la muerte de su mamá en ese tiempo, y se había mudado al templo de Leo con Aioria para continuar sus entrenamientos, aunque todos los días visitaba a Saga.
-No me digas- dijo Saga en un tono cansado y monótono- ¿estoy en problemas?-
-No puedes seguir así, hermano- dijo Kanon- incluso Kostas está preocupado por ti. No comes, no haces más que estar aquí encerrado-
-Kanon, yo…- comenzó a decir Saga, pero no pudo continuar. Volvió a bajar la mirada. Kanon se sentó junto a su hermano.
-Saga, ¿crees que necesites ayuda?- dijo Kanon en voz baja.
-¿Ayuda de qué tipo?- preguntó Saga.
-Ya sabes… hablar con alguien… un doctor…- dijo Kanon.
Saga frunció el entrecejo. ¿Cómo se atrevía su hermano a insinuar algo así? ¿Porqué no podía aceptar que solo estaba triste, que no le pasaba nada?
-¿Un psiquiatra?- dijo el gemelo mayor en un tono peligroso- ¿crees que estoy loco?-
-Claro que no- le dijo Kanon rápidamente, pero sin ceder terreno, poniéndole una mano en su hombro en señal de apoyo- a veces te sirve hablar de lo que ocurrió con alguien más. Con un médico, a veces necesitas…-
-No quiero hablar de…de lo que pasó con nadie, Kanon- le dijo su gemelo en un tono más o menos final- estoy bien, y no necesito nada de un loquero, y te agradecería que dejaran de meterse en…-
-Saga- lo interrumpió Kanon, subiendo un poco su tono de voz- todos están preocupados por ti. Y si no te has dado cuenta, Kostas lo nota también. No tienes que hacer nada por mí o por Satu, pero se lo debes a tu hijo. Se lo prometiste a ella, ¿recuerdas?-
Saga no dijo nada, y se mordió el labio. Odiaba admitirlo, pero Kanon tenía razón. Bufó frustrado. ¿Desde cuando su hermano se había vuelto el más sensato de los dos?
-Bien- dijo el gemelo mayor, dejando escapar un suspiro resignado- está bien, supongo que tienes razón. ¿Podrías… preguntar a tu cuñado si… si conoce a alguien?-
Kanon sonrió levemente y le dio una palmada en la espalda a su hermano mayor. Antes de salir de su habitación, volvió su vista hacia atrás. Saga se había vuelto a tumbar en la cama, mirando el techo con una expresión perdida. Kanon borró su sonrisa, preocupado por su hermano, y salió de la habitación.
-Papapapa…-
Kanon se volvió a ver a Elsita, quien venía caminando, ayudada por Satu, pero se soltó de ella para caminar tambaleante hacia él. El gemelo menor sonrió, olvidando por un momento su preocupación por su gemelo, y extendió sus brazos hacia ella. La pequeña se echó a reír mientras sus padres se emocionaban al verla caminar.
-¿Cómo está…?- preguntó Satu en voz baja, señalando con la mirada la habitación de Saga.
-Igual- dijo Kanon, tras haber besado a su hija en la mejilla y alzarla en sus brazos, haciéndola reír- pero aceptó ver a alguien-
-Hablaré entonces con Oskar- dijo Satu- debe conocer a alguien que tu hermano pueda ver-
Kanon asintió levemente, y volvió a sonreír al ver a Elsita caminando hacia Satu. Se inclinó y la levantó en brazos, besándola repetidamente, haciendo que la pequeña se echara a reír.
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Embajada mexicana en Grecia, Atenas
El niño se puso de puntillas para abrir la puerta del despacho de su mamá. Cuando logró girar la perilla y abrir la puerta, se lanzó a su interior y cruzó la enorme oficina a paso acelerado, ante la sorprendida mirada de los presentes, quienes solo lo siguieron con la mirada hasta que llegó frente a la mujer.
-Santi…- dijo la embajadora en español, en un tono amable- ¿qué te he dicho de interrumpir cuando mami está ocupada?-
-Mami… tía Cecy está rara…- dijo el pequeño, tomándola de la mano y señalando insistentemente la puerta.
Beatriz miró al niño, y luego a sus interlocutores.
-Les ruego me disculpen por unos minutos, señores- les dijo en griego- hay un asunto urgente del que tengo que ocuparme-
Antes de que los hombres respondieran, tomó al niño de con una mano, se apoyó en el bastón y se levantó de su asiento. Salió del despacho y siguió al pequeño hacia una de las habitaciones en el segundo piso de la embajada. El sonido de su bastón resonaba por el pasillo mientras caminaban lo más rápido que la chica podía por su impedimento. Cuando por fin llegaron a la puerta señalada por el pequeño, ambos llamaron a la puerta y, al no escuchar ninguna respuesta, Beatriz la abrió.
Cecilia estaba ovillada en una esquina, respirando agitadamente, con una expresión de pánico en su mirada. Al verla, Beatriz se mordió el labio, y se volvió al pequeño, inclinándose como pudo para verlo a los ojos.
-Santi, ve a buscar a papá- dijo Beatriz en voz baja- quédate con él hasta que yo regrese, ¿de acuerdo?-
-Sí, mami- dijo Santi, y se apresuró a correr entre los pasillos.
Una vez que la pequeña se retiró, Beatriz respiró hondo y se acercó despacio a Cecilia. Dejó su bastón junto a la puerta, para evitar hacer algún ruido que la molestara más, caminando hacia ella apoyada en la pared. Por fin, se dejó caer a su lado y se inclinó hacia ella.
-Soy yo- le dijo Beatriz en voz baja- todo va a estar bien, Cecy. ¿Puedo…?-
Cecilia de nuevo estaba pasando por un episodio en el que su corazón comenzaba a latir con tanta fuerza que amenazaba con salirse de su pecho, y de nuevo ese monstruo invisible en su espalda, apretándole el cuello sin dejarla respirar. El peso de ese monstruo hacía que su cuerpo se doblara hacia delante, oprimiendo sus costillas, haciendo cada minuto doloroso para ella.
Cecilia asintió levemente tras escuchar la pregunta, y Beatriz le puso una manta sobre los hombros.
-Todo va a estar bien, Cecy- repitió Beatriz en voz baja- aquí estoy contigo…-
Pasaron varios minutos antes de que Cecilia se sintiera bien de nuevo, y esa fea opresión en su pecho y en su cuello desapareciera por fin. Y ahora el monstruo amenazaba con regresar: le daba vergüenza que la hubieran visto así, y esta vez incluso su sobrino la había visto en ese momento de debilidad.
-Lo siento mucho, Beatriz- dijo Cecilia, sintiendo sus mejillas furiosamente rojas y calientes- no volverá a pasar, fue solo un momento de…-
-No es debilidad- dijo Beatriz con firmeza, al ver que Cecilia se ruborizaba, extendiendo sus brazos y abrazándola- y no es algo que se vaya a quitar pensando positivo o esforzándote. Necesitas ayuda…-
-No, no, yo…- comenzó a decir Cecilia.
-Dale una oportunidad- dijo Beatriz en voz baja, soltándola al sentir que su cuñada comenzaba a sentirse incómoda.
-No tiene caso, Beatriz, yo…- continuó la chica, pero su cuñada la interrumpió de nuevo.
-Dale una oportunidad, Cecy- repitió Beatriz con un tono un poco más firme- si hay otra opción. Hay medicamentos o terapia que pueden hacer que no te suceda eso de nuevo. ¿No te gustaría eso, ya no tener esos ataques de pánico? No tienes que hacerlo por ninguno de nosotros, deberías hacerlo por ti misma-
Cecilia se mordió el labio. Santiago, su sobrino, la había visto otra vez teniendo ese ataque de pánico.
-Está bien- suspiró Cecilia, derrotada- le daré una oportunidad-
Beatriz sonrió, y se levantó con dificultad, apoyándose en la pared. Una vez que se levantó, le ofreció la mano a su cuñada.
-Bien, entonces está decidido- dijo Beatriz, extendiendo su brazo para tomar su bastón, y apoyándose en él para levantarse- vamos, Santi querrá ver que estás bien, y yo tengo que despachar a un par de personas que vinieron a hablar conmigo-
Cecilia asintió levemente, y siguió a su cuñada.
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Templo de Aries, Santuario de Athena
Mu y Lydia estaban sentados en la entrada del templo de Aries, mirando atentamente hacia la pequeña explanada frente a ellos, donde Kiki y Christoffer estaban entrenando juntos. El pelirrojo ya no era un niño pequeño, tenía casi once años y había crecido bastante. Ya era más alto que Lydia, y casi alcanzaba a su maestro. Christoffer, por su parte, había recuperado la mayor parte de su cosmo robado. Shaka y Lena, quienes estaban mirando también el entrenamiento desde el lado contrario, sonrieron satisfechos.
-Muy bien, los dos- dijo Mu cuando terminaron el entrenamiento.
-Estoy de acuerdo- sonrió Shaka- están muy bien los dos-
Lydia sonrió y asintió. Estaba feliz de ver a su amigo Christoffer tan avanzado en su entrenamiento. Ya casi había desaparecido todo rastro de miedo en sus ojos. Otros aprendices en el Santuario eran Kostas, que seguía aprendiendo junto a Aioria, y Liliwen, que seguía aprendiendo a usar su cosmo con Camus, aunque no entrenaba como ellos: Camus no iba a permitir ni por un momento que Lilu peleara.
Mu vio a Shaka tomar discretamente la mano de Lena y besarla. Sonrió, y miró de reojo a Lydia. La chica casi cumplía diecisiete años. Ahora era una guerrera poderosa, en vez de la chiquilla que había conocido hacía unos años. Ya había usado un par de veces la armadura de Piscis en lugar de Afrodita, y había probado a sí misma. Suspiró.
Hacía unos días, sin que Lydia lo supiera, Mu había hablado con sus dos hermanos, y les había comunicado sus intenciones hacia ella. Cuando se conocieron y enamoraron ella era pequeña y aún no había tenido ningún entrenamiento como santo de Athena. Ahora era una hermosa y fuerte mujer. Aioria y Aioros dieron su bendición al asunto. Sobre todo el santo de Leo, había sido su amigo de toda la vida, y sabía que Mu era un hombre honorable.
El santo de Aries deslizó su mano lentamente hacia la de ella, y la tomó con delicadeza. Lydia se volvió hacia él y le sonrió.
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Hospital de Atenas
Sofi estaba tomándose un café durante un descanso en la sala de médicos. Miró distraídamente el anillo en su dedo corazón de su mano izquierda. Estaba feliz por su matrimonio, pero su felicidad se había opacado con la muerte de su amiga unos pocos días después. Tomó la taza con sus dos manos y le dio un sorbo.
-¿Cómo te sientes, Sofi?- le dijo Oskar al verla tan abstraída.
-Bien- dijo ella sin mucho interés. Oskar iba a decir algo, pero de pronto su teléfono celular sonó.
-¿Satu?- dijo Oskar en voz baja- hola, ¿cómo…? Oh, ya veo. Ajá. No te preocupes, ya te envío los datos. Sí, salúdame a Kanon y a Elsita-
Sofi miró con atención a Oskar. Todos los días Satu llamaba a su hermano a saludarlo, pero siempre era en la mañana temprano, antes de que iniciaran el turno. Era la primera vez que Satu llamaba a esa hora.
-¿Y bien?- dijo Sofi cuando Oskar colgó el teléfono- ¿está todo bien en el Santuario?-
-Sí- dijo Oskar, mientras escribía un mensaje de texto- Satu dice que ella y Kanon están preocupados por Saga, ya sabes- levantó la vista- es esperado, debe estar muy deprimido-
Sofi suspiró. Ella estaba triste también, pero no deprimida. Había visto a Saga un par de veces desde que se libró de Ares, y parecía estar siempre en una especie de limbo. No sonreía, no lloraba, no nada. Quizá Satu tenía razón, y Saga necesitaba manejar su duelo.
-Supongo que sí- dijo Sofi- pobre Saga. Estos meses han sido más difíciles para él que para Kostas-
-Lo sé- dijo Oskar- en fin, Satu quería que le enviara los datos de Roger-
-Oh…- fue el único comentario de Sofi. Se refería, por supuesto, al Psiquiatra del hospital. Ella misma había tenido que ir a charlar con él una o dos veces después del incidente en el que que había conocido a Aioros, pues había tenido muy asustada por la experiencia.
-Espero que pronto esté mejor- dijo Oskar- Saga, quiero decir-
-Sí, yo también- dijo Sofi, dando otro sorbo a su café- Aioros está terriblemente preocupado también-
Oskar asintió y, tras terminar su café, salió de la sala de médicos, dejándola sola. Sofi suspiró, y sonrió levemente al ver su anillo de nuevo. No podía esperar a regresar a casa.
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Museo Arqueológico de Atenas, Grecia
Unos días después
Cecilia había ido desde temprano al museo. Suspiró. Todas los días trabajaba en el museo Arqueológico de Atenas. Ya había pasado el mediodía, y precisamente esa tarde, la chica estaba trabajando en el catálogo de nuevos objetos que habían excavado recientemente. Mientras clasificaba los objetos, su mente divagó, recordando la promesa que le había hecho a Beatriz. No le gustaba mucho la idea de ir con un psiquiatra, pero se lo había prometido a su hermano y a su cuñada. Suspiró y levantó la vista.
La pequeña oficina con enormes ventanales no estaba nada mal, que tenía una linda vista hacia la Acrópolis, y desde ahí también se podía ver el Santuario de Athena. Cecilia nunca había estado en ese sitio, pero le gustaba mirarlo desde la distancia.
Había un pequeño ruido de fondo en la oficina, pero en general todos se mantenían en sus propios asuntos. Esa mañana el señor Stavros, el jefe directo en aquella oficina, se había reportado enfermo, por lo que el ambiente en el área de trabajo era mucho más tranquilo de lo habitual. Cecilia suspiró, pensando que se sentía algo sedienta y que quería un poco de café, y tomó su taza. Para su sorpresa (y total molestia) la cafetera estaba apagada y vacía. Se dirigió hacia el despachador de agua para tomar un poco y preparar el café, pero vio, para su constante frustración, que el garrafón estaba vacío. De nuevo.
"Genial, ¿porqué todos aquí son tan perezosos?", pensó para sí misma, mirando alternadamente el garrafón vacío sobre el despachador, y un flamante garrafón nuevo en el suelo junto al despachador. Miró de reojo a uno de sus compañeros de trabajado, que recién se había servido lo poco que quedaba de agua, y éste la ignoró olímpicamente. Bufó frustrada.
"En serio, ¿qué tan difícil es cambiar el maldito garrafón cuando te acabas el agua?", pensó.
Claro, todo esto era su monólogo interno. Jamás se animaría a decirlo en voz alta. Suspiró y quitó el garrafón vacío, abrió el nuevo y comenzó a intentar levantarlo y colocarlo en el despachador. Mientras lo hacía, un chorro de agua mojó un costado de su falda, haciéndola gruñir. De pronto, sintió que otro par de manos la ayudó a colocar lo en su sitio y evitar que se mojara aún más. Una vez que estuvo instalado, se volvió hacia la chica morena que la había ayudado. Vaya, era la chica nueva.
-Gracias- dijo Cecilia, sonriendo levemente, y dejó de prestarle atención mientras tomaba el agua necesaria y encendía la cafetera.
-De nada- dijo la otra chica, pasándole el frasco de café- ¿te sientes bien? Te ves un poco molesta-
-Para nada- dijo Cecilia, intentando ignorarla. No se sentía cómoda charlando con gente que no conocía, y la chica que recientemente habían contratado, una inglesa experta en Egipto Antiguo, era excepcionalmente amistosa.
-Lamento que no habíamos charlado antes… porque llevo poco tiempo trabajando aquí- dijo la chica morena- me llamo Evelyn-
-Cecilia- dijo la otra chica en un tono cortante, con la esperanza de que Evelyn la dejara en paz.
-¿Te gustaría un té mientras esperas tu café?- dijo Evelyn mientras echaba una bolsita de té a su taza de agua caliente.
-No, gracias, me gusta el café- dijo Cecilia, golpeteando la cafetera con sus dedos, con la esperanza de que hiciera más rápido el café y no tener que tener esa conversación. Evelyn parecía que no se había dado cuenta de lo incómoda que hacía sentir a Cecilia. Gracias a los dioses, la cafetera se apiadó de Cecilia, y el café estuvo listo. La chica se sirvió y señaló su escritorio.
-Claro, yo también debería regresar a trabajar- dijo Evelyn, sonriendo- platicamos luego-
Cecilia asintió distraídamente, pero en el fondo esperaba que jamás volviera a hablarle. No era que le desagradara, al contrario. Pero se ponía nerviosa conociendo gente nueva.
De pronto, su compañero, quien había vaciado el garrafón de agua sin cambiarlo, se levantó para servirse del café que ELLA había preparado.
-Utinam barbari spatium propium tuum invadant- murmuró Cecilia en voz baja para sí misma, y frunció el entrecejo al verlo, como si lo retara con la mirada a servirse de su café. El chico la ignoró y, sonriendo socarronamente, accionó la cafetera. Ésta pareció atacar al intruso, derramándole el café encima, haciéndolo gritar por el café caliente cayéndole en el regazo.
Cecilia rió en voz baja. Le agradaba esa cafetera. Después de un rato suspiró. Casi era hora de su cita con el psiquiatra.
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Entrada al Santuario de Athena
Horas más tarde
-¿Estás seguro que no quieres que te acompañemos, Saga?- le dijo Kanon en voz baja, mientras cargaba a Elsita, acompañando a su gemelo a la entrada del Santuario.
-Puedo ir yo solo, Kanon, ya soy un niño grande- dijo el gemelo mayor sin muchas ganas.
-¡Tito!- gritó Elsita, extendiendo sus brazos hacia Saga. Éste hizo su mayor esfuerzo por sonreír, y le revolvió el cabello a su sobrina.
-Tío Saga se tiene que ir, nena- le dijo Kanon a Elsita con cariño- mándale un beso-
La pequeña se llevó la manita a la boca, e hizo sonar sus labios como si estuviera lanzándole un beso. Saga intentó sonreír, pero fue en vano, así que finalmente se acercó para besarla en la mejilla.
-Nos vemos en un rato, princesa- le dijo Saga a su sobrina, antes de encaminarse hacia la ciudad.
El consultorio del médico que Satu había conseguido estaba muy cerca del hospital donde Sofi trabajaba, por lo que era una caminata corta desde el Santuario hacia el consultorio. Mientras caminaba, iba arrastrando los pies. Solo lo hacía por darle gusto a su hermano. Pero sabía que no serviría de nada.
"Eso es, Saga. Nunca te librarás de mí", le había dicho Ares hacía unos meses.
Saga sacudió la cabeza y siguió caminando hacia el consultorio. Sentía una infinita tristeza en su corazón. La única mujer que lo había amado, que lo había entendido, se había ido para siempre. Ya sabía que estaba en Elysion, que estaba feliz, pero aún así la extrañaba. Mientras caminaba, sentía una fea opresión en su corazón que llevaba sintiendo desde ese horrible día, cuando había despertado para enterarse de que Casandra…
Sacudió la cabeza. Ya había llegado a su destino. Suspiró antes de girar el pomo de la puerta, y entró a la pequeña recepción.
-Buenas tardes- dijo la amistosa secretaria, sonriéndole- Saga, ¿verdad? ¿Cita de las seis de la tarde?- el santo dorado asintió- tome asiento, por favor. El doctor Roger está a punto de terminar con su último paciente…-
Saga asintió sin muchas ganas y se dejó caer sobre una de las sillas de la recepción. Tomó distraídamente una de las revistas que estaban en la sala de espera. Jardinería. Bah. Tomó otra, sobre razas de perros. Pensando en Milo y en Mister Darcy, abrió esa revista y comenzó a pasar sus ojos por las páginas.
De pronto, escuchó el pomo de la puerta del consultorio girar levemente. El santo levantó la mirada cuando la puerta se abrió.
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Dentro del consultorio
Poco antes
Cecilia suspiró, y tomó la receta que el médico le entregó. Se sentía un poco más tranquila: tenía un trastorno de ansiedad, y ahora entendía un poco que era lo que tenía y porqué le daban esos feos episodios en los que se sentía morir asfixiada por una mano invisible. Y según lo que el médico le había dicho, a pesar de que no se podía curar de su problema, al menos podían controlarle sus síntomas y disminuirle esos eventos.
-Tendrás que tomar estas dos medicinas, tres veces al día cada una. Podrán darte un poco de sueño al principio, es normal. Además, deberás venir también dos veces por semana a las terapias de grupo- concluyó el psiquiatra- verás como en poco tiempo te sentirás mejor, estarás como nueva-
Cecilia sonrió levemente. Aunque no estaba del todo convencida de que iba a funcionar, nada perdía por intentarlo. Beatriz tenía razón, valía la pena darle una oportunidad.
-Puedes surtir tus medicamentos aquí mismo, con la secretaria- dijo el médico amistosamente- sería todo por hoy, a menos de que tengas más preguntas…-
-No. Gracias, doctor- dijo Cecilia, y se puso de pie, mirando la receta y suspirando.
-No olvides surtir la receta- dijo el psiquiatra, acercándose a la puerta y giró la perilla para abrirla. Cuando lo hizo, y Cecilia salió del consultorio, se encontró cara a cara con un hombre que estaba sentado en la sala de espera. El chico se puso de pie tan pronto como ella salió. Nunca había visto un hombre así.
Era un hombre muy alto, de complexión atlética. Tenía impresionantes ojos verdes, y sus cabellos, largos y azules. El chico mostraba una expresión algo triste. Por primera vez sintió curiosidad por otra persona. ¿Porqué estaría ahí? Sacudió la cabeza. No era su asunto. ¿Porqué ese chico la estaba mirando? Clavó su mirada en el suelo, completamente apenada.
-Saga, buenas tardes, pasa por favor- dijo el médico al chico, quien comenzó a caminar hacia ella, y se detuvo en la puerta al mirarla.
-Hola- le dijo el chico.
-Hola- le dijo ella, levantando la mirada levemente.
Cecilia se ruborizó al encontrarse cara a cara frente a él, a escasos centímetros. Tímidamente, la chica se hizo a un lado, para dejarlo pasar al consultorio, y el psiquiatra cerró la puerta tras él. Al escuchar el sonido de la puerta, la chica regresó de pronto a la realidad y salió de sus pensamientos.
-¿Estás lista, cariño?- dijo la secretaria con su amplia sonrisa y su melosa voz, ajustándose sus horrendas gafas- dame tu receta para darte tus medicamentos. De regalo, te daremos una pelotita antiestrés. Aja…- añadió, leyendo la receta y dandole la espalda, buscando las cajas de medicamento en la vitrina- aquí tienes, cariño, que tengas lindo día-
Cecilia se esforzó por sonreír, y tomó la bolsa de plástico que le acercó la secretaria, y salió de la consulta rumbo a casa, respirando hondo. Ya había tenido suficiente socialización por un día.
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CONTINUARÁ…
¡Hola a todos! Espero que les esté gustando esta historia. Muchas gracias a todos por seguir leyendo y por sus reviews. Les mando un abrazo enorme. Nos leemos pronto.
Abby L.
