Hola una vez más. Muchas gracias por sus comentarios en el capítulo anterior, me motivaron para seguir escribiendo. Gracias. Así que de recompensa, aquí les traigo el segundo capítulo.
Yowamushi pedal no me pertenece, si no a Watanabe Wataru-sensei, yo no más tomo prestados a sus hijos.
Sin más, disfruten de su lectura.
1
Obviedad
Cuando Ishigaki Koutarou despertó, quiso volver a dormir, sin pensarlo, ni meditarlo, simple y llano. Los tiernos halos de luz se colaban perezosos por entre las cortinas. Estiró el brazo hasta alcanzar la pequeña repisa que había encima de su cabecera, para poder coger su reloj despertador. Talló sus ojos con gesto infantil, sus puños ligeramente apretados y moviéndose con cierto descuido sobre sus párpados. Eso, sin salir de debajo de las mantas. Acercó el reloj a su rostro. Sus castaños ojos picaron en protesta: aún era muy temprano para ver el mundo. Pesé a ello, Ishigaki pudo comprobar, con cierta sorpresa, que se había despertado antes de lo usual; por fin le había ganado a la alarma. No es que fuera un muchacho perezoso, pero el gasto de energía le exigía dormir hasta el último segundo posible. Tampoco se quejaba del ejercicio, no. Es más, se consideraba un chico atlético. Sólo que las prácticas de ciclismo demandaban todo de él. Y él, por supuesto, daba más. Y claro, así tenía que ser; él era capitán del imponente Kyoto Fushimi, ¿no? Ah, además, el asistente de la estrella. Era obvio que debía dar todo de sí.
Dejó de lado el despertador y se hizo ovillo, se negaba a vivir ese día. Tenía derecho a holgazanear una vez en su vida, ¿no? "Tienes práctica matutina, Koutarou, ¡arriba!" Le recriminó su parte responsable. ¡Cuánto deseó coger una almohada y ahogarla con ella! Por Dios, que el interescolar había quedado atrás, muy atrás, y las competencias de invierno aún estaban lejanas.
—Bastardo —murmuró pensando en el único responsable de que los entrenamientos siguieran tan rígidos: él mismo.
Era el capitán, pero le hacía falta carácter para oponerse al chiquillo de primero que se había aparecido un día para poner de cabeza todo. Todo.
Si sus amigos y compañeros del club lo vieran en ese momento, reconsiderarían sus ideas acerca de que Ishigaki era el único apasionado del equipo. Durante un tiempo —un par de meses, en realidad— intentó escudarse bajo su título de asistente del as, pero dado el enrarecido ambiente en el club y los estrictos patrones del actual estrella, era ridículo que alguien estuviera tan entusiasta y de buen humor. (Mizuta no contaba, el chico era toda una caja de monerías y no siempre hacía las cosas sin quejarse). Así que sus compañeros no tardaron en sospechar…
Gruñó y apartó de golpe las mantas que cubrían su cuerpo. Se incorporó del lecho con cierta rudeza, olvidado su deseo inicial de no existir ese día para el resto del mundo. Y mientras se vestía, se preguntaba cómo podía seguir tan entusiasta con el entrenamiento espartano de Midousuji. Mejor aún, de dónde sacaba el valor para enfrentarse a la retorcida estrella como si este fuera una persona normal. "Es porque es normal, ¿no?" Al final, Ishigaki tuvo que admitir que era un poco obvio… Incluso su hermana se lo había recriminado más de una vez. Y quizá eso explicaba su mal humor matutino.
La noche anterior, tras llegar a casa —después de despedirse de Midousuji y su prima— discutió con su hermana. Akane insistía en que así como había aceptado las cosas, ahora debía decirlas. Pero claro, él, Koutarou, no tenía ninguna intención de decir nada, ¿para qué? Estaba muy cómodo así y poco le importaba que resultara obvio. "Si a él no le molesta, ¿para qué?" Y, de alguna manera, la discusión había terminado con la chica encima de él, jalando su cabello y con los padres de ambos tratando de separarlos. "No es posible, ni cuando eran pequeños pelearon así", los regañó su madre. Terminó por irse a la cama, molesto y con el asunto rondando su cabeza. Era obvio que despertara molesto, ¿no?
Cuando estuvo listo, bajó a la cocina. El olorcillo fresco y tenue de los emparedados lo recibió y por un momento recordó los ohanami (1) de su infancia.
No importaba que tan estresado estuviera el trabajo, papá siempre conseguía hacerse un espacio para ese día. Y su hermana y él lo esperaban con ansias. Salían desde temprano de casa para aprovechar las horas de luz. Papá jugaba con ellos y mamá los veía desde lejos, como si fueran tres niños inquietos, y cuando llegaba la hora de comer, los llamaba para que se juntaran en torno a la manta que habían extendido en el césped. Mamá preparaba los emparedados que más les gustaban a su hermana y a él; algo de fruta dulce y picada, para después de tanto jugar entre las raíces de los sakura; los onigiri formados con amor, porque en su dieta no podía faltar nunca el arroz, palabras de papá; y el té verde helado, ese que Akane nunca bebía hasta que un pétalo rosado cayera en él, simple capricho de la niña. Y al atardecer, volvían juntos a casa. Papá llevando en brazos a una dormida Akane y él ayudando a mamá a cargar el ligero equipaje que llevaban. Agotado, pero feliz.
Con el aroma de la sakura de sus recuerdos, mezclándose con la suavidad dulce del pan del desayuno, Ishigaki deseó quedarse en el pasado para no afrontar su realidad, por muy obvia que fuera.
Se despidió de sus padres y besó la frente de su hermana que se limitó a dirigirle una mirada que el chico supo decía "más te vale hacerlo". Pedaleó con calma hacia el colegio, sintiendo una fresca brisa matutina que insistía en llevarse lejos su mal humor y terminó por ceder cuando una risita resignada escapó de sus labios.
—¿Por qué no le dijiste la verdad, Koutarou?
Era obvio, demasiado, y lo sabía. Tardó en aceptar su realidad y no es que hubiera optado por callarla, como pensaba su hermana, era sólo que lo haría en otro momento. No llevaba prisa por declarar sus obvios sentimientos a ese retorcido menor suyo.
Las calles y casas pasaron aprisa a su lado conforme pedaleaba su bicicleta, firme y siempre al frente, siempre hacia adelante, porque no había otro camino que seguir, sólo ese. Pasó de largo a un chico que andaba entre bostezos y con una raqueta de tenis sobresaliendo de su mochila; un oficinista andaba con pasos presurosos hacia la parada de autobús, portafolio en una mano, tostada de pan en la otra y la boca demasiado ocupada maldiciendo su poco tiempo para comenzar bien el día; y el repartidor de tofu, que lo saludo con entusiasmo al pasar. Nadie más, sólo ellos en esas calles adormiladas. Seguramente en las casas, que corrían a su lado, recién empezaban las rutinas diarias y él, ya andaba aprisa, despierto desde temprano, tan temprano que no necesito de la alarma para despertar. Pero cuando llegó al colegió y enfiló hacia el club, sabía que había alguien que se despertaba aún más temprano que él. Y la única y extraña bicicleta ahí estacionada se lo confirmó.
—Tan temprano como siempre —murmuró al aire.
Serían sólo ellos dos, como era usual. Él, Ishigaki, trataría de hacer conversación con su menor, quien a su vez le respondería con gruñidos hasta que llegara a hartarse y soltará un "¡Kimo! Cállate, Ishigaki–kun, eres asqueroso", y entonces llegarían sus compañeros para zafarlo del incómodo momento o meterlo a uno más grande, preguntando y bromeando acerca de lo que habían hecho ahí solos. (—Se lo has dicho, ¿no, Ishiyan?).
Al principio sus amigos temieron por su salud mental, ¿cómo era posible que le gustara el retorcido muchacho de primer año? —¡oh, obvia realidad esquiva!—. Y, siendo sincero, él tampoco sabía cómo había ocurrido.
Era cierto, Midousuji era temible, retorcido y altanero, pero a su favor se podía decir que era un buen ciclista y tenía una fuerte determinación por la victoria. Y en un principio Ishigaki quiso respetar eso, aun cuando el alto muchacho había llegado a poner el desorden. Pero también descubrió que, a pesar de lo mucho que le molestaran los cambios tan radicales hechos por Midousuji, no tenía resentimiento alguno con el chico.
Sin una verdadera admiración o sentimiento de rencor que lo orillara a vencerlo, Ishigaki se vio siguiendo al otro de forma ciega. Escuchaba con atención las observaciones que le hacía cada entrenamiento para mejorar su rendimiento en una carrera. Miraba atento como el mismo Midousuji llevaba su cuerpo al límite, y todo por la aclamada victoria. Con el tiempo, en los pasillos del colegio, descubrió a un Midousuji solitario que usaba su afilada y reptilinea lengua para mantener a raya a sus compañeros de clase; que estudiaba en los recesos, pues parecía ser algo torpe para los estudios, algo que discordaba con su genialidad al armar estrategias; y que en general, parecía disfrutar de su soledad, aunque una capa de algo, que a la fecha Ishigaki no sabía qué era, cubriera sus ojos cuando su mirada parecía ida en el cielo.
Se dio cuenta que nada era como lo pintaban y sin notarlo, se vio atraído por el misterio que era Midousuji Akira. Sí, así de vano había comenzado todo. Y al principio trato de negarlo, pero sus compañeros se lo dijeron: era demasiado obvio. Se le notaba a leguas que estaba interesado en su menor, y no de la manera en que un mayor lo haría. (¡Por Dios, hasta su hermana y la prima de Midousuji lo habían notado! Lo peor, todos parecían apoyarlo pesé a lo raro de la situación).
En un principio había decidido callar sus sentimientos, si no es que el objeto de su aprecio ya los había notado. Pero esa decisión cambió tras el interescolar, en que Ishiagki se sintió más atraído por el misterio de Midousuji, porque el alto chico mostró que también era humano, y uno débil, cuando se le golpeaba en el lugar y momento adecuados. Sólo Tsuji lo sabía, que apuntaba a su día de graduación para confesarse al chico. ¿Por qué esperar al final?, le había preguntado su amigo el día que volvieron de Hakone con el orgullo cansado y las piernas destrozadas; porque, Ishigaki era realista, no esperaba ser correspondido, era seguro que Midousuji terminaría por burlarse de él, diciendo lo asqueroso que era. Tal como lo dijo cuando rechazó llevar consigo el dorsal 92. Pero, sobre todo, no perdía nada con intentarlo. A fin de cuentas, para Ishigaki ofrecerle ese dorsal había sido como una declaración de truco, así que…¿qué podía ser peor a que lo rechazara?
—¡Ishiyan!
Ishigaki reaccionó a su apodo cariñoso, miró por sobre su hombro para toparse con tres de los miembros del equipo. Vaya, habían llegado antes de lo esperado, así que no tendrían oportunidad de burlarse de él o hacer insinuaciones indecorosas que incluyeran al menor.
—Llegan temprano —comentó lo obvio.
—No más temprano que tú —bromeó Tusji al tiempo que aparcaba su bicicleta a lado de la de su amigo.
—Pero no lo suficiente antes —intervino Ihara con tono burlón—. Al parecer no tuviste tus cinco minutos a solas con tu amor.
—¡Ihara! —le reclamó sintiendo sus mejillas enrojecer, lo que causó las risas de los otros—. Acabo de llegar, no piensen cosas innecesarias.
—Sólo bromeábamos —habló Mizuta y esbozó esa sonrisa que buscaba simular a la de Midousuji. No era tan escalofriante como la original, pero tenía su algo perturbador que consiguió que el resto se moviera inquieto—. Si quisieras tiempo a solas con Midousuji–kun bastaría con pedírselo, ¿no?
—Es cierto, Midousuji no te niega nada —retomó la palabra Tsuji.
Ishigaki sabía que, a su manera, sus amigos lo alentaban, aun cuando les costara trabajo entender cómo es que había terminado prendado del retorcido chico. Tras un par de bromas más se decidieron a entrar, suponiendo que Midousuji ya los había oído y se molestaría si seguían echando guasa. La alegría reinante pareció claudicar, Ishigaki les prometió que la cosa iría bien y que el tiempo pasaría tan rápido que ni sentirían el entrenamiento infernal.
—Nos serviría más que le dieras un beso, Ishiyan. A lo mejor se le va el mal humor y si no, al menos sólo la cargaría contra ti —dijo Mizuta ganándose un codazo por parte de Ihara.
Mizuta se puso al frente del grupo. Al castaño le gustaba ser el primero en saludar y recibir los extraños sonidos en respuesta de Midousuji. (En realidad, nadie sabía que significaban esos largos y suaves "Pi", "Gi", "Pigi" que solía vocalizar el todo terreno, así que simplemente se limitaban a encogerse en sí mismos y responder con inciertos "hai").
—¡Buenos días, Midousuji–kun! —saludo alegremente Mizuta, pero la usual respuesta (Piiii) no llegó. Por el contrario, los recibió el sonido de algo al caer.
Ishigaki se abrió paso al frente y miró el cuarto aparentemente vacío y mal alumbrado a la tierna luz de la mañana. La pizarra, normalmente atestada de probabilidades, gráficas, mapas y estrictos regímenes de entrenamiento, estaba vacía.
—¿Midousuji? —llamó Ishigaki dando un paso al frente. Su pisada coincidió con un suave chillido aterrorizado — Midousuji, ¿estás bien?
Detrás del capitán, el resto del equipo miraba escéptico por no encontrar al alto chico en ese diminuto cuarto mal iluminado. (Incluso Mizuta sugirió que se trataba de una broma, pero nadie podía unir esa palabra a Midousuji en una sola frase y si lo hacían sufrían múltiples escalofríos). Alguien fue lo suficiente inteligente para encender las luces y en ese momento un estruendo metálico invadió la calma del lugar. Un par de rodillos cayeron de forma estrepitosa, los cuatro chicos se encogieron ante el ruido, percibiendo apenas otro chillido cargado de terror, que fácil se confundió con el sonido del metal. Sus miradas recayeron sólo unos instantes en los rodillos caídos, pues una pequeña figura llamó su atención. Un ser, un niño pequeño, en todos sentidos, los miraba aterrorizado con sus enormes ojillos negros como los de un animalito; sus largas y delgadas extremidades temblaban de manera casi insana y un brazalete de cuentas, amarillo brillante, sonaban tiernamente con cada espasmo; y sus labios delgados, casi inexistentes, estaban blancos de tanto apretarlos; parecía un cervato acorralado por su cazador.
—Hey, ¿qué haces aquí? —fue la pregunta más inteligente que pudo formular Mizuta, el único que parecía haber superado el shock.
Pero el niño no pudo más que responder con un sonido incierto que les dejó escuchar todo el miedo y nerviosismo que sentía.
—Oye, tranquilo —habló esta vez Ishigaki al hacer por acercarse al otro. El niño se tensó aún más, y esta vez dejó ver sus dientes perfectamente balncos y alineados. Aquello sorprendió a Ishigaki, sólo conocía a una persona que tenía una dentadura tan única como esa. Y ahora que se fijaba mejor…esos enormes ojos negros y esa nariz pequeña de reptil le resultaban familiares— . ¿Midousuji…kun?
Su voz salió titubeante, casi con temor de que con sólo hablar pudiera romper esa fina atmosfera que se había creado en el lugar; pesé a su cuidado, se quebró. El niño soltó un familiar "Gi"y emprendió la carrera hacia la puerta. Ishigaki estiró el brazo para tratar de detenerlo, pero el niño fue escurridizo. Los dedos del capitán sólo consiguieron coger el brazalete y arrancarlo. Ishigaki tuvo una extraña sensación cuando sus dedos se deslizaron por las cuentas, era como si los hubiera sumergido en un balde agua helada y en su mente pareció resonar una risa femenina. ¿Qué era eso? Cuando se recuperó, el brazalete había caído lejos.
El niño dudo en detenerse para recuperarlo, pero cuando decidió seguir, Tsuji le cerraba el paso. Pero nuevamente el niño intento huir con pasos torpes, como si le costara coordinar sus piernas con sus pensamientos. Ihara y Mizuta aprovecharon el momento para acorralarlo entre ellos. A la corta distancia, Ishigaki pudo notar los ojos que se le llenaban de lágrimas.
—No, lo están asustando.
Sus amigos giraron a verlo extrañados, momento que el niño aprovecho para zafarse de los otros dos.
—¡Se escapa! —exclamó a su vez Tsuji.
—¡La puerta!
Y como si se tratara de un enviado del cielo, el sexto miembro del equipo apareció.
Yamaguchi venía murmurando nerviosas disculpas por su retraso y parecía esperar una reprimenda por parte del retorcido menor, por lo que prefirió pararse en la puerta, si es que tenía que huir por su vida. Pero las palabras ácidas de Midousuji nunca llegaron y en su lugar algo chocó contra él.
El niño cayó de culo soltando una queja que sonó a "kimo" y que puso en alerta a los mayores. El recién llegado, que no sabía lo que estaba ocurriendo, miró preocupado al menor mientras se frotaba donde había recibido el golpe.
—¿Estás bien? —preguntó Yamaguchi acercándose al pequeño.
El intruso se encogió en sí mismo cuando el pecoso estiró una mano hacia él. Yama acarició con ternura la pequeña cabeza. Los otros cuatro se acercaron con cautela para evitar otro intento de huida. El menor al notarlos cerca, reaccionó a abrazarse a Yamguchi quien no pudo más que mirar sorprendido a sus amigos.
Por su parte, Ishigaki no podía dejar de examinar a detalle los rasgos del pequeño. Los dientes perfectos y blancos, la nariz pequeña, los labios delgados, ¡hasta el corte de pelo era parecido al de…! Pero los ojos, esos enormes ojos que se movían nerviosos de uno a otro de los ahí presentes, eran lo único distinto. Los ojos de ese niño eran brillantes y llenos de vida. Distintos a los de Midousuji, que eran como un par de cuevas vacías.
—Ishiyan —habló con calma Tsuji. Su rostro de apariencia agotada, lucía aún más desgastado y agobiado—. Hace un momento llamaste a este niño Midousuji…
—Sí…
—Pero Midousuji no es un niño.
—Sí…
—Y hasta donde sabemos, nuestro adorable estrella no tiene hermanos menores.
—Sí…
Un silencio casi sepulcral se hizo entre ellos. Yamaguchi, que aún tenía al niño aferrado a él, bajó la vista para verlo mejor. Sus pecas parecieron sobresalir de forma enfermiza cuando palideció, como si acabara de reconocer al mismo demonio en sus brazos.
—¿Eres Midousuji–kun? —preguntó con temor el pecoso. El niño pareció dudar unos instantes, pero terminó por asentir suavemente.
—Soy Midousuji Akira. ¿Quiénes son ustedes? Nunca los había visto…¿qué está pasando?
Bueno si él no sabía qué ocurría ahí, ellos mucho menos.
1.- Ohanami. Hanami, ver flores. Llamado a la simple actividad de ir a ver los arboles de cerezo en flor.
¿Un chibi Midou? ¿En serio? ¿Qué está pasando aquí? Ustedes, ¿qué opinan? Espero que les haya gustado. Me encantaría leer sus opiniones. Y por mientras, yo me despido. Nos leemos en dos semanas.
