—Tío, estamos donde Jesucristo perdió el mechero —me dijo Justin con un tono de voz que delataba su notable estado de embriaguez—, en esta parte del pueblo a estas horas no hay ni el Tato. Deberíamos volver, al menos por el centro todavía queda algún bareto abierto.

—¡No pierdas la esperanza! —contesté con energía a mi pesimista colega— Llegamos hasta el acantilado, y si no vemos a nadie, nos damos media vuelta, ¿vale?

—No sé qué te yuyu te ha dado hoy para querer pillar hierba con tanto ahínco, Trevor, tío. Si es por Stella, deja de rayarte tanto. Anda, que será por pibas…

No entiendo cómo Justin puede tener tanta pachorra para estas cosas. Seguro que es por eso por lo que él liga más: mientras que yo soy un manojo de nervios que destila incertidumbre en cada palabra que pronuncio, él tiene esa aura de confianza y seguridad en sí mismo que por lo visto gusta tanto a las tías. Y eso que mira que es feo el cabrón: al gafotas ahora le ha dado por dejarse cuatro pelos rubios como bigote que le sientan como el culo.

Sí, hoy me apetecía fumar. Sé que esa no es la solución a nada, pero quedarse en casa solo lamentándose tampoco lo es, así que por mi parte prefiero al menos atontarme un poco la cabeza y dejar de pensar mierda negativa al menos por una noche. Ese es el motivo por el cual Justin y yo estábamos solos en mitad de aquella noche veraniega de 2012, caminando por la zona costera de Arcadia Bay con una mochila a cuestas que contenía una ingente cantidad de cerveza a la espalda, cerca del acantilado donde se encontraba el faro y buscando sin mucha esperanza a alguien que pasara hierba.

—Mira, tío, yo me voy a dar la vuelta —Justin torcía el morro—, esto empieza a ser bastante absurdo.

—¡Espera! —contesté señalando al fondo del acantilado— ¿Ahí no hay dos personas?

Justin se puso de visera la mano en su frente y entornó los ojos. Nuestra visibilidad no era precisamente brutal ya que no teníamos más fuentes de luz que el faro de Arcadia Bay y la propia luna. Sin esperar a conocer la opinión de mi colega skater, me dirigí a paso veloz hacia mi descubrimiento.

—¡Trevor, espera, coño! ¡Como sea una pareja follando ya verás tú qué gracia!

Según nos acercábamos, la visión del fondo se iba haciendo más nítida: eran dos chicas de más o menos nuestra edad, recostadas sobre la arena de la playa, y… ¡bingo! Se encontraban fumando algo que esperaba que no fuera tabaco. Joder, menuda potra hemos tenido. Y encima, parece que ambas chavalas están de muy buen ver.

—¡Di-disculpad! —irrumpí con cierta timidez. Justin se encontraba detrás de mí con los brazos cruzados y cara seria— Por algún casual, ¿no tendréis…?

Las dos chicas se giraron casi al unísono. Un momento… me suenan. Estoy seguro de que las he visto por Blackwell alguna vez. Una de ellas tenía unas pintas de punki macarra que te cagas: pelo teñido de azul con raíces violeta, un tatuaje que cubría todo su brazo derecho y vistiendo con ropa alternativa que claramente no se podría encontrar en cualquier tienda de moda del montón. La otra muchacha… ¡ah, coño! Es aquella empollona que se hizo famosa en el pueblo por haber terminado este año con matrícula de honor en todas las asignaturas. Creo que se llamaba Rachel, pero… la noto muy cambiada. Se había quitado las gafas, su cabello rubio ya no estaba recogido y vestía con unas pintas similares a su amiga; con pantalón corto negro, top también negro con un estampado de un corazón sangrando y llena de pulseras, colgantes y demás accesorios. ¿Desde cuándo le da a esa tía por fumar y vestir así? Era un canteo la cara de lelo que se le puso a Justin en cuanto vio a las chavalas de cerca. Seguro que mi capricho nocturno ya no le parecía tan mala idea.

—¿Sí? —la chica del pelo azul me miró con cara de muy pocos amigos— ¿Qué cojones queréis?

—Chloe, no seas tan borde —constató la hasta hace poco empollona y modosita rubia dirigiéndose a su acompañante—. Sólo son otros dos chavales que han venido a ligar con nosotras. Te lo dije: ¡estamos tan buenas que ni yéndonos al último rincón de Arcadia Bay nos libramos de que nos entren!

—En realidad…

—Pero, ¡mala suerte, chicos! —la rubia me interrumpió antes de que me pudiera explicar— Chloe y yo estamos juntas. Así que si veníais buscando compañía… ¡se siente! ¡Fus, fus!

Comprobado: si una tía está buena, significa que está loca. El caso es que siempre tienen que tener alguna tara.

—¡Y una polla como una olla! —protestó Justin con semblante serio y todavía con los brazos cruzados— No me lo trago. A ver: si realmente estáis juntas, daos un beso.

Aunque bueno, en lo que se refiere a estar como una cabra, Justin tampoco se queda atrás… ¿Qué pretende ahora poniéndose así de gallito? Las dos chicas se miraron. La del pelo azul puso cara de desconcierto mientras que Rachel mantenía una sonrisa traviesa.

—Venga, Chloe… ¡Dame un besito! —dijo la rubia estirando sus brazos hacia su supuesta novia.

—Pero, ¿qué coño…? —la tal Chloe colocó sus brazos en posición defensiva. Durante un par de segundos miró a Justin con gesto de querer maldecirle. La chica del top negro cada vez se la acercaba más— ¡Rachel, para!

—Ajá —Justin esbozó media sonrisa—. Con que estabais juntas, ¿eh? No cuela, chavalas. Vuestra historia es más falsa que un dólar de madera.

—¡Bueno, está bien! —espetó Chloe con voz vehemente— ¡No estamos juntas! Pero tampoco queremos tema con vosotros, así que, ¡puerta!

—¿Y quién ha dicho que nosotros sí queramos tema? —prosiguió Justin— ¡Que sólo os íbamos a preguntar que si nos podíais pasar un poco de hierba, coño!

En realidad… no me importaría nada de nada tener tema con cualquiera de las dos, y, por lo que le conozco, estoy seguro de que a Justin tampoco, pero ha sido una buena jugada por su parte.

—¡Ah! Joder… —Rachel puso cara de tontorrona inocente— Perdonad, chicos, pero es que cuando tienes una media de veinte buitres al día acosándote, una acaba desarrollando ciertas medidas de protección, ya me entiendes… Sí que tenemos material. ¿Nos acompañáis?

De puta madre. Objetivo conseguido, gratis, y encima acompañados de dos bellezones. ¡Me pido a la rubia! Noté que a Justin se le iban los ojos con la del pelo azul. La misma que se puso a protestar ante el cambio de actitud de su amiga:

—¡Rachel! ¿Qué haces? ¿Para qué dices nada?

—Disculpadla, chicos —la rubia nos miró con gesto penitente—. Normalmente Chloe no es así de borde… Es un poco reticente a conocer gente nueva, pero luego es maja, creedme. ¿Por qué no os sentáis y nos presentamos? Yo, como ya habéis oído, soy Rachel.

—Yo soy Justin, y mi colega de aquí es Trevor —dijo el del bigote rubio a la vez que se sentaba y posaba la mochila sobre la arena— ¿Priváis?

—¡Ahora ya me empezáis a caer un poco mejor! —Chloe, según hablaba, agarró con ansia una cerveza de la mochila de Justin como si las fueran a prohibir mañana.

—Encantado, Chloe… —respondió Justin sarcásticamente a la chica que no se presentó— Vosotras vais a Blackwell, ¿verdad? Me suena un montón vuestra cara.

—¡Yo te he visto salir en los periódicos, Rachel! —dije a la rubia tratando de poner mi mejor cara— ¡Eres toda una empollo… digo… todo un portento!

Joder, pues sí que empezamos bien. Al menos Rachel se rio y me extendió el canuto que se estaba fumando.

—¡Ja, ja! ¡Sí, soy la hostia! —la vivaz rubia se agenció sin preguntar otra de las cervezas que transportábamos— Pero no voy a continuar los estudios al año que viene: estoy en contacto con una agencia de modelos para empezar a trabajar con ellos, y pagan bastante bien. ¿Y tú, Trevor? ¿A qué dedicas tu vida?

Rachel me puso una cara de cara de curiosidad monísima ladeando la cabeza y apoyando ambas manos sobre la arena. Dios, pero qué buena que está. No me extraña que pueda conseguir trabajo como modelo.

—Pues...

—¡Déjame adivinar! —la locuaz rubia me interrumpió de nuevo— Llevas gorro, ropa ancha, fumas hierba… ¡Tú tienes unas pintas de skater que no puedes con ellas!

—Je, je, je… —contesté con timidez mientras me llevaba la mano a la nuca— Me has calado…

—¡Mola, tío! ¡Me encantan los skaters!

Rachel me clavó una penetrante mirada que me hizo ponerme rojo. Qué efusiva es esta chica… la verdad es que es totalmente mi tipo.

—Bueno, ¿y tú que te cuentas, Chloe? —Justin decidió intervenir y no quedarse atrás al ver que yo estaba congeniando con Rachel— Me suena haberte visto por Blackwell alguna vez.

—Bueno —la peliazul desvió la mirada con media sonrisa—, eso sería antes de que me expulsaran de allí…

—¡No jodas! ¿Qué liaste para que te expulsaran de la academia, tronca?

Justin inhalaba el humo del peta que iba rulándose mientras Chloe pegaba un dilatado trago del botellín de cerveza que sostenía.

—Uf, ¿cuál de ellas…? Hay tantas…

—¡La de la mierda! —intervino una emocionada Rachel con puños cerrados— ¡Cuenta la de la mierda, Chloe! ¡Es buenísima!

—¡Ah, sí! Pues nada, que un día cogí una bolsa de plástico, la llené de estiércol, y la arrojé dentro de un aula a un profesor cabrón que me tenía manía.

—¡Fue buenísimo! —la rubia se descojonaba ella misma recordando— Yo estaba dando clase justo en ese momento. ¿Te imaginas estar tan tranquila y de repente ver al profe en mitad de clase de mierda hasta arriba? Me parto, incluso hay videos subidos en las redes sociales.

—Mis respetos, oh, maestra Chloe —Justin movió los brazos de arriba a abajo en dirección a la chica punki en señal de alabanza—. ¡Cuánto hemos de aprender de ti el resto de los mortales!

—Bua, pues hay un montón más —añadió Chloe mientras aprovechaba su turno de chupetear nuestro compartido canuto—: como el día que me puse a fumar en clase, o cuando solté las ratas de laboratorio por toda la academia…

—Conocéis a la pija de Victoria, ¿no? —Rachel hizo un inciso— ¿Os la imagináis gritando y chillando detrás de una rata como si la persiguiera Godzilla? Me meo toda.

Vaya tela con Rachel, con lo cerebrito que parecía. Daba toda la sensación de que la notas de su amiga la enganchó y la arrastró al lado oscuro, pero no seré yo quien se lo reproche: su estilo actual me gusta mil veces más.

—¡Eres mi nueva diosa, Chloe! —Justin se partía de risa junto con las chicas, para acto seguido alzar su botellín proponiendo un brindis— ¡Por los que odiamos a Victoria y sus pijadas!

—¡Salud!

Los cuatro chocamos nuestros respectivos brebajes al unísono, celebrando nuestro fortuito encuentro y lo que me gustaría que fuera el comienzo de algo más.

—¡Chicos, tengo una idea! —anunció un achispado Justin— ¿Qué tal si jugamos a un juego para conocernos todos un poco mejor?

—Miedo me das… —dijo una Chloe bastante más afable que hace un rato. Parece que habíamos logrado destruir al fin la coraza de bordería que llevaba encima.

—¿Habéis jugado alguna vez al yo nunca? Básicamente se trata de afirmar una frase que empiece por "yo nunca", sea verdad o no, y si el resto de los jugadores han hecho lo que dice la frase, deben pegar un trago.

—¡Tú lo que quieres es emborracharme, tío listo! —La peliazul pegó un manotazo al brazo de mi colega. Borracha puede que no estuviera, pero era evidente que la hierba había empezado a hacer de las suyas.

—¡Me gusta, me gusta! —dijo la rubia amiga de Chloe con su ingente energía habitual— ¡Empieza tú, Justin, y así nos ilustras!

—Pues, por ejemplo, un clásico: yo nunca me he liado con alguien de Blackwell —acto seguido, el skater de las gafas pegó un trago.

—Entonces… —comentó una Chloe dubitativa— si es cierto que me he liado con alguien de Blackwell, tengo que beber, ¿no?

—Veo que lo vas pillando.

—Pero… ¿sólo una vez, o tantas veces como personas de Blackwell con las que me he liado?

Hubo cachondeo y descojone general tras la poco afortunada pregunta de la chica punki.

—Sin comentarios —prosiguió Justin todavía entre risas una vez logramos calmarnos un poco—. El resto también tendría que hacer lo propio, y luego le toca a Chloe decir frase.

—¡Yo todavía no me he liado con nadie de la academia, así que no puedo beber! —dijo Rachel cruzándose de brazos y poniendo morros de pato. ¿Tú tampoco, Trevor?

—Pues la verdad es que yo tampoco… —respondí.

—Aquí el señor estuvo varias semanas pico y pala detrás de una muchacha de la clase de artes, pero al final le han dado calabazas. Por eso tenía tantas ganas de pillarse un ciego hoy.

—¡Pobre! —la extrovertida rubia me acarició la espalda y me clavó sus ojos de color avellana— Pues habrá que ponerle remedio a eso pronto… ¿no?

Sólo hay dos interpretaciones posibles para lo que está sucediendo: o yo estoy ya fumado y no me entero de nada, o Rachel está tonteando conmigo. O ambas. Esta noche puede ser una gran noche.

—Bueno, me toca. Veamos… —Chloe se concentró y carraspeó antes de pronunciar su frase— Yo nunca me he bañado en pelotas en esta playa.

De nuevo, hubo jolgorio generalizado ante la contundente afirmación de Chloe, sobre todo después de que tanto ella como Rachel pegaran sendos tragos de sus respectivas cervezas.

—¿Qué las dos os habéis…? —pregunté ojiplático— Pero… ¿juntas?

—¿Y si te dijera que sí? —Rachel miró a Chloe con sonrisa traviesa tras contestar y ésta le devolvió la mirada.

Jo-der.

Justin y yo nos miramos con una cara que debíamos parecer subnormales. Inmediata e inevitablemente, y creo que nadie me puede culpar por ello, visualicé la provocativa escena que describían las chicas y mi calenturienta imaginación se puso a hacer horas extra.

—¿Vosotros no? —añadió Chloe— Pues deberíais probarlo. Es la hostia.

Justin y yo nos volvimos a mirar, pero esta vez con una recíproca expresión de asco que decía a gritos "no, tío, no quiero verte el pito".

—¡Me toca, me toca! —voceó una entusiasmada Rachel con la mano alzada— A ver… Yo nunca me he liado con alguien de mi mismo sexo.

Como siguieran diciendo cosas así, no iba a poder beber nunca. Joder, ¿tan poco he vivido en comparación al resto? Sin embargo, contemplé una divertida escena en la que Rachel pegaba un sorbo y a Chloe se le ponían rojas las mejillas.

—¿Qué pasa, Chloe? —la chica del top negro pegó un leve codazo a su amiga y le lanzó una mirada pícara— ¿No vas a beber?

El rubor de Chloe alcanzó cotas insospechadas.

—¡Rach, eres gilipollas! —maldiciendo la indiscreción de su amiga, una Chloe cabreada y roja como un tomate pegó un trago de su cerveza de mala gana mientras Justin y yo nos lanzábamos miradas de complicidad. Aquí hay tema, pero vamos.

—No es que quiera meterme donde no me llaman —intervino Justin—, pero… ¿fue durante el baño en pelotas, o venía de antes?

Mi colega y yo casi acabamos haciendo la croqueta en la arena de la playa de la risa. Rachel se reía con cara de granuja y la mano tapándose la boca mientras que Chloe se cubría la cara y ponía expresión de querer que la tierra se la tragase.

—Pero, ¡que no tiene por qué haber sido entre nosotras, flipados! —nos dijo una sonrojada Chloe.

—Ya, ya… —respondimos con evidente cara de incredulidad. La peliazul pasaba de la vergüenza al cabreo en cuestión de segundos.

—¡Esta te la guardo, Rach! —trataba de disimularlo frunciendo el ceño, pero en el fondo Chloe se estaba riendo también. La rubia no se tomó nada en serio las amenazas de su amiga.

—Te noto muy tensa, Chloe. Anda, te voy a liar otro canuto para que te relajes —después de que Rachel echara mano del bolso que tenía posado sobre la arena y cogiese los abalorios necesarios para confeccionar el cigarrillo aliñado, se dirigió a mí— ¡Te toca, Trevor!

—Vale. Veamos… yo nunca he

Ni siquiera me dio tiempo a terminar la frase. Una fuerte ráfaga de viento me cortó de repente, teniendo que entrecerrar los ojos debido a la molesta arena que arrastraba, y peor aún, llevándose consigo la pequeña bolsita de plástico donde las chicas guardaban la hierba.

—¡Mierda! ¡El verde! —exclamó Chloe apretando los dientes. Según hablaba, la ráfaga ventosa alejaba la bolsa con los estupefacientes cada vez más.

—¡Voy a por ella!

En un movimiento reflejo, me incorporé y me aventuré a recogerla: como no nos diéramos prisa, la perderíamos de vista y no habría forma de recuperarla. Corrí detrás de la bolsita unos cuantos pasos, pero el viento parecía burlarse de mí arrastrándola cada vez un poco más lejos. A este paso, traspasaría los límites de la playa.

—¡Voy yo también! —oí a Rachel afirmar detrás de mí y acto seguido sus pasos acelerados tratando de darme caza. Para cuando Rachel me alcanzó, la droga se había perdido entre unos pastos, en la zona donde la playa empezaba a confluir con el bosque.

Estábamos casi completamente a oscuras y apenas podía percibir los rasgos de la cara de Rachel. Saqué mi teléfono móvil y abrí una aplicación que usaba el flash de la cámara a modo de linterna.

—¿A dónde puede haber ido? —dije a la vez que apuntaba el haz de luz hacia el suelo en varias direcciones.

Estábamos bien jodidos: nos encontrábamos buscando una cosa de color verde entre un montón de hierba, en mitad de la noche. Cojonudo. Al menos, tengo a la turgente rubia justo a mi lado haciéndome compañía. Me daban ganas de mandar a la mierda los canutos y cometer la locura de lanzarme a Rachel, pero irónicamente, me hacía falta fumar más si quería reunir el valor suficiente como para hacer eso.

—Trevor, me está dando un poco de miedo… y oigo ruidos raros…

No sé si Rachel estaría realmente asustada o sólo fingía, pero el caso es que se agarró a mi brazo. Esto está empezando a parecerse a una maldita película de terror de serie Z. Aunque la verdad es que la amenaza de que una monstruosa criatura apareciese de entre la maleza no era tan desagradable si la rubia con mejores notas de todo Blackwell continuaba amarrada a mí.

Avanzamos unos pocos pasos más sin tener ningún éxito en nuestro cometido. A la distancia en la que estábamos, Chloe y Justin no eran más que dos borrones negros prácticamente imperceptibles. Me dio un vuelco el corazón al descubrir que lo que decía Rachel no eran imaginaciones: era cierto que se escuchaban ruidos. ¿No estamos solos?

—¿Qué… es eso? Se acerca hacia nosotros…

Ya está: tiene que ser una broma pesada de Justin… O una cámara oculta de algún programa cutre de la televisión local, porque no estoy tan fumado como para olvidar que es completamente imposible que sea una criatura sobrenatural. Y, sin embargo, unos sonidos de alguien pisando la hierba acompañado de una fuerte respiración que no parecía humana se hacían cada vez más cercanos y evidentes.

Notar cómo Rachel se me apretaba cada vez más no era suficiente para lograr tranquilizarme: apunté con la linterna del móvil hacia el frente en todas direcciones una y otra vez temeroso de lo que podría descubrir, hasta que vislumbré algo que me hizo caer de espaldas: efectivamente había una presencia cerca.

—¡Joder! —grité de pavor según me caía al suelo y Rachel se desprendía de mí. Apenas lo vi una fracción de segundo, pero era algo enorme.

—¡Pero si sólo es una cierva! —Rachel respiró aliviada, haciéndome sentir como un completo idiota: acabo de acojonarme por un animal de lo más común en Arcadia Bay que me he comido fileteado cientos de veces en el Two Whales— ¡Y es una especialmente valiente al atreverse a venir hasta aquí con nosotros! ¡Trevor, dame un poco de luz, porfa!

Sintiéndome mal tanto por la caída como por mi ridículo susto, traté de volver a apuntar al animal que permanecía a escasos dos metros de nosotros. Efectivamente, pude verificar que era un simple ciervo hembra y no un ser del más allá. También vi que sostenía algo con sus dientes.

—¿Eh? ¿Eso que lleva en la boca no es…?

—¡La maría! —dijo Rachel a la vez que señalaba con el dedo el morro del animal.

Al instante, como si oliera nuestras intenciones, el venado echó a correr en dirección opuesta a nosotros.

—¡Quieta, Daisy! ¡No queremos hacerte daño! —Rachel corrió en dirección a la cierva, obligándome a seguirla a su misma velocidad para poder proporcionarla luz. ¿Daisy? ¿Acaba de bautizar al bicho?

Mis conocimientos de zoología son ciertamente escasos, pero no hacía falta ser un experto para darse cuenta de que el comportamiento de la cierva era muy peculiar: corría alejándose de nosotros, pero a la vez lo hacía a un ritmo pausado que permitía que Rachel la alcanzase, parándose de vez en cuando y volviendo la vista hacia atrás. Si no fuera porque eso es una fumada más grande incluso que el pensar que podría aparecer un monstruo, diría que parecía estar guiándonos a algún lugar.

Estuvimos trotando por los límites de la playa un par de minutos mientras Rachel llamaba al animal a grito pelado, hasta que acabé echando el bofe. Estoy seguro de que ponerse a correr después de fumar está en la lista de cosas no recomendadas por nueve de cada diez doctores. Finalmente, la cierva recién nombrada como Daisy se detuvo frente a una enorme roca y se quedó con sus ojos negros clavados en la muchacha rubia. La playa se encontraba a unos doscientos metros de nosotros, y no muy lejos de aquí se encontraba el vertedero de Arcadia Bay.

—¿Qué quieres decirme, Daisy? ¿Por qué me has traído aquí?

—Esto… —dije con una ceja levantada— ¿Es que conoces a este bicho?

—¡No le llames bicho! —protestó Rachel con gesto de mosqueo— Es Daisy. Y no, no la conocía hasta ahora. Pero sé que me quiere decir algo.

El animal seguía tan tranquilo en su posición apenas sacudiendo las patas traseras de vez en cuando, con la mirada fija en la mujer que susurraba a los venados y con la bolsa con nuestras sustancias recreativas todavía en la boca.

—Eh… No me irás a decir ahora que tienes la capacidad de comunicarte con los animales, ¿verdad?

—Pues claro. Todos poseemos esa capacidad, de un modo u otro. ¿Tú nunca te has comunicado con tu animal espiritual?

—Con mi… ¿qué?

—No sabes nada, Trevor. Pero no te preocupes —la enigmática chica me miró con gesto compasivo—, tarde o temprano descubrirás cuál es: sólo tienes que escuchar a tu instinto. Mi animal espiritual, como ya lo estás viendo, es el ciervo.

Me realzo en lo que dije antes de que todas las que están buenas, están como una puta cabra. O una cierva, en este caso. Aunque no voy a negar que el comportamiento del animal ha sido, cuanto menos, atípico. ¿Habría algo de cierto entre todos los disparates que decía Rachel?

—Este lugar… —la rubia se puso en cuclillas investigando la roca que parecía señalar la cierva— Va a ser importante para mí en algún momento. No sé exactamente de qué forma, ni si para bien o para mal… pero de alguna forma, me va a marcar.

¿Cómo podía saber todo eso tan sólo con mirar a una cierva y a una roca? Esto es de locos. Rachel se acercó hacia el animal, el cual no parecía achantarse para nada, hasta lograr acariciar su cuello. La imagen resultante resultó ser espectacular: no creo que todos los días pueda verse la estampa de una cierva dejándose acariciar por una perfecta y joven modelo con su melena rubia mecida por el viento, con una expresión recíproca de afecto y una conexión que es difícil de explicar con palabras. Aprovechando que tenía el móvil en la mano para poder iluminar, lo puse en modo cámara por un momento y saqué una foto de aquel instante tan único.

—Gracias, Daisy —Rachel pasaba su mano por la cabeza del cérvido—. Espero verte pronto por aquí.

La chica del top negro puso la cavidad de su mano bajo la boca de Daisy y ésta depositó en ella la bolsita con la hierba. Decir que estoy flipando se queda muy corto. Esta chica… tenía algo especial. Parecía como salida de un cuento de fantasía, y sin duda desprendía un aura mágica a su alrededor. Tras esa última acción, el animal se retiró, adentrándose a paso tranquilo hacia la profundidad del bosque.

—¿Ese animal te ha guiado… hasta este lugar? —pregunté, todavía con cara de alucine.

—Ya lo has visto tú mismo. Este lugar va a significar algo muy especial para mí en algún momento. Me preguntó que será…

—Igual… el momento especial es esta misma noche —sacando valor y tratando de sonar serio, pronuncié aquella frase.

—¿Eh? ¿Qué quieres decir, Trevor?

Era ahora o nunca. Irremediablemente, me lancé a los labios de Rachel. Cada célula de mi cuerpo me lo pedía a gritos: desde que la vi, me he sentido completamente cautivado por ella y si no lo intentaba, reventaría. Quiero ser tan especial para ella como ella lo ha sido para mí esta noche.

Rachel no se apartó, y cuando despegué mis labios de los suyos tras el breve beso, la pude ver esbozando una divertida sonrisa que, de algún modo, no era exactamente lo que esperaba.

—¡Qué guay! ¡Ya puedo decir que me he liado con alguien de Blackwell!

¿Qué significa esa reacción? ¿Le ha gustado… o no? Puse cara de confusión y, pasados unos segundos, decidí volverlo a intentar. En esta ocasión, la rubia sí que se apartó, y, cogiéndome de la mano, me dijo:

—Deberíamos volver con Chloe y con tu colega. Deben estar preocupados por nosotros.

Ignorando mi cara de decepción, la impulsiva muchacha me arrastró de la mano de vuelta a la playa. De mala gana, y con la mano libre iluminando el camino para no hostiarnos, la seguí. Podías haberme caído bien, Daisy, pero has resultado ser un fraude. ¿Qué podría ocurrir más importante para Rachel en aquel lugar que liarse conmigo?

—¿Ocurre algo, Trevor? —me espetó mi acompañante según caminábamos— ¿A qué viene esa cara?

—Nada… a nada.

He ido de listo y me he dado una hostia tremenda: debí haber caído en la cuenta de que no es tan sencillo conquistar a semejante pibón como el que tengo a mi lado nada más conocerlo. Me hubiera gustado haber sido el motivo por el cual Rachel fue guiada a aquel lugar, pero seguramente Daisy tenga reservado para ella algún cometido más profundo que simplemente ser el primer chico de Blackwell con el que se líe. Al menos, puedo fardar de haber besado a la famosa Rachel Amber, que se dice pronto. Pienso fanfarronear con Justin todo lo que pueda en cuanto logre hablar con él a solas. Me pregunto cómo le estará yendo a él con Chloe. Apuesto lo que sea a que él también habrá intentado alguna artimaña…

De vuelta en la playa, Justin le estaba dando la lija a la chica punki y ésta asentía a todo como a los locos mientras fumaba un cigarrillo normal. Si es que justo hemos ido a dar con dos tías de nivel de dificultad máxima… Pero para ser sinceros, simplemente el poder estar acompañados por ellas compartiendo canutos ya es bastante motivo de jolgorio de por sí.

—¡Chicos, hemos recuperado la hierba! —Rachel hizo su entrada triunfal en la playa alzando los brazos y mostrando en lo alto la bolsita con el premio recolectado.

—¡Joder! —exclamó una sorprendida Chloe— Sí que habéis tenido potra, ¿no? Menos mal…

—Bueno… nos ha ayudado Daisy en el proceso —añadí.

—¿Daisy? —Chloe puso una divertida cara de no entender nada— ¿Quién diantres es Daisy?

—Alguien que ha marcado el destino de Rachel, por lo visto…

—¿Ya estáis fumados? —respondió la chica del pelo azul entre risas— ¿El destino? ¿Lo dices en sirio?

Rachel permaneció unos instantes mirando al horizonte en dirección norte y contestó de forma seria.

—Esa frase… era la que solía utilizar tu amiga desaparecida. La de Seattle, ¿no?

—¡Olvídalo! —Chloe desvió la mirada e hizo aspavientos con las manos, nerviosa— ¡Se me ha escapado! Bueno, estábamos con el yo nunca, ¿no?

No tengo ni la menor idea de lo que estaban hablando las chicas, pero antes de que nos quisiéramos dar cuenta, otro canuto y otra nueva tanda de cervezas se encontraban ya preparadas y a nuestra disposición. No había ninguna prisa, la noche era joven y, por una vez en la vida, pensé que esta recóndita bahía de Oregón dejada de la mano de Dios no estaba tan mal…