Segunda Oportunidad (adaptación)
Capítulo beteado por Emma Eaton, Beta Élite Fanfiction.
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Capítulo 2: Ángel de la muerte.
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Edward cerró la puerta de su piso y recién al encontrarse en la privacidad que le otorgaban las cuatro paredes, fue coordinar solo lo necesario como para comenzar a sentir un sudor frío recorrer su cuerpo. Su mente era una vorágine de pensamientos y su estómago ardía, podía percatarse de la limonada queriéndose abrir paso por su garganta a causa de los nervios que contuvo durante toda la reunión y que ahora deseaban dispersarse por todo su cuerpo.
Esto era absurdo. Jugaba con fuego, ¿qué esperaba? Tenía dos alternativas: seguir o renunciar, y esta última no era una opción que le gustaría considerar. Se había jurado no hacerlo jamás y llegar siempre hasta el final, incluso cuando no sabía que es lo que podría haber allí. Lo esencial siempre era seguir.
Intentó respirar hondo para calmar las sucesivas arcadas y, sin encender la luz, caminó hasta su habitación dejando tras de sí un reguero de ropa que se perdía entre el resto de prendas, libros y otros artículos que se encontraban en el suelo. El suyo era el típico piso de soltero, el caos reinaba allí y apenas distinguía las habitaciones. La mujer de la limpieza acudía una vez por semana, y solo tenía que esperar hasta la mañana siguiente para que ella organizara todo de nuevo y él tuviera otra semana para volver a dejarlo igual, así que era su último día conviviendo con tal desorden.
La primavera trajo consigo una ola de calor y él estaba desesperado por una ducha fría. Quedó paralizado bajo el primer contacto con el agua helada y permaneció un largo minuto intentando acostumbrarse a ella. Cuando se recobró, se frotó fervientemente el cuerpo con ambas manos para liberarse, de algún modo, de las tensiones del día.
Por más que trató no pudo sacarse de la cabeza a Bella. «¿Cómo era posible?»
—Mierda… —jadeó.
Cerró el grifo y salió de la ducha con los ojos cerrados, tanteando para encontrar la gran toalla que había dejado colgada. Cuando los abrió se enfrentó a su reflejo en el espejo; medía un metro ochenta y cinco, podía ser considerado alto; su cabello era de un especial y raro color cobrizo que llamaba constantemente la atención; tenía labios finos, nariz recta y una perfecta mandíbula cuadrada. Era normal que más de una mujer lo haya encontrado sumamente atractivo, él se esforzaba para que esto fuese así. Se cuidaba lo suficiente como para mantenerse en forma y conservar sus hombros anchos, su abdomen y sus brazos marcados. Nunca sabía con qué se iba a encontrar en su trabajo y necesitaba estar preparado. A veces se preguntaba quién diablos era el tipo que tenía delante.
—Eres un cabrón —se dijo.
Sabía por qué lo había hecho, por qué respondió al anuncio. Sin embargo, ahora, después de haberla conocido, no tenía en claro por qué seguía y esto le carcomía la cabeza. Debía resolverlo y despojarse de las inseguridades que comenzaban a surgir en él cuanto antes o arruinaría todo, si es que todavía no lo había hecho.
—Vamos —se dijo a sí mismo, enfrentándose al espejo—. ¿Por qué vas a hacerlo?
«¿El trabajo? ¿La sensación? ¿Cuántas veces perseguía al cabo de un mes o un año la gran exclusiva? ¿A dónde quieres llegar?» Se gritaba en su interior.
—Es ella, ¿verdad? —continuó hablándose—. Te ha atrapado como la araña a la mosca, en un abrir y cerrar de ojos. Pero aquí ella es la víctima… la pobre mosca.
Bastaba con no volver a verla, era así de simple. Habían congeniado, habían vuelto a quedar, ella era perfecta, todo encajaba… No, nada encajaba porque él no encajaba. Ella era real y él no.
¿Y si Aro lo despedía? Se encontraba frente a un precipicio. Si no le hubiera prometido algo realmente sorprendente y completamente diferente…
—No lo hagas, Edward —le dijo a su reflejo—. No jodas a esa chica.
—Dios… ¿la has visto? —le respondió él—. Es preciosa.
—No es una chica, ni es preciosa: es la condena.
Cerró los ojos. «La condena». Volvió a abrirlos y la vio. Parecía tan real, como si ella estuviese allí tan natural, fresca, radiante… Siguió admirando su belleza, la fuerza de sus labios, el misterio de sus ojos tristes que albergaban esperanza, sintiendo sus ganas de sobrevivir; podía percibir su calor, su presencia, aquella magia que emanaba con sus gestos, su voz, su energía.
Ya había perdido la cuenta de las veces que se enamoró a primera vista y apenas podía recordar con cuantas de ellas se había liado. Irina a los 17, Kate a los 20, Jane a los 25, Tanya…
Todos los días recordaba cuántas veces se había tirado de cabeza a la piscina solo para descubrir, demasiado tarde, que en el fondo no había nada y terminó estrellándose contra el duro cemento. No lograba comprender por qué le pasaba siempre, ¿por qué conocía a alguien y… ¡zaz!, su mundo se daba vuelta en tan solo un instante? Ya no era un crío. Quizá tenía que ver con su ambición, con su forma de tomarse la vida; vivía siempre al límite, rápido, intentando huir de algo… ¿Sus propios demonios?
—Ella te ha gustado —reconoció—. Ahora lo único que haces es buscar una excusa para seguir.
Se arrastró lejos del espejo, salió del baño y se vistió con pesar. Sentado en la cama lo único que podía hacer era ver el desorden, intentó no hacerlo pero no pudo evitar fijar su mirada en los cajones vacíos de su armario y de la cómoda. No había tocado nada, todo seguía en su lugar y ya habían pasado cinco meses, una eternidad para él. «Tanya jamás volverá», necesitaba repetírselo, necesitaba aceptarlo. Estaba solo y le urgía llenar algo más que aquellos cajones. Necesitaba llenar su vida.
Siempre se encontraba bien cuando estaba enamorado, el tiempo no existía para él y todo era más fácil. El amor lo hacía sentir completo porque sentir la compañía de alguien era lo que más deseaba.
Apesadumbrado, miró el lado vacío de su cama. Nunca se tendía en él, le resultaba imposible. Por las noches aún sentía que Tanya estaba allí y alargaba la mano para tocarla, cuando ésta caía sobre las frías sábanas volvía a ver la realidad. Entonces se desvelaba o se atormentaba recordando sus noches de amor, el eco de su voz, su risa y eso era incluso peor. Todos sus recuerdos permanecían ocultos en los rincones más secretos de su mente.
—Eres un imbécil —volvió a decirse.
«Un imbécil que hablaba solo», así que, además, estaba empezando a perder la cordura a tal punto de llegar a ese elevado nivel de locura donde se permitía mezclar un trabajo, ya de por sí imposible y arriesgado, con aquellos sentimientos que traían consigo una sensación que ya tan bien conocía.
—Es un trabajo, nada más.
De pronto, ya no lo era. En el instante en que la vio, lo supo. Ahora ella tenía un rostro, un corazón, sentimientos…
—Si te atrapa…
«No habría vuelta atrás… ¿Y entonces, qué?».
—Ni siquiera lo pienses, ¡olvídala! —Se recriminó en voz alta—. ¡No puedes!
Podía perderlo todo, su vida, su trabajo... Aro lo pondría de patitas en la calle. Se la jugaba, estaba saltando al vacío y lo sabía. Arriesgaba todo por ella, por Bella. Ella era maravillosa. «El ángel de la muerte. Sin futuro», pensó cerrando los ojos con furia contenida.
Algo tiene que decirles este capitulo...
lo prometido es deuda... 2 capitulos por semana jajaja
gracias por los reviews, favoritos y alarmas.
*** Gis Cullen ***
