Junio 18, 1955

Me levanté con el corazón acelerado. Otra pesadilla más. Estaba toda sudorosa, y el cuerpo me temblaba con un ritmo desequilibrado. Miré el reloj que colgaba frente a mí. Tic-Tac, Tic-Tac eran las tres de la mañana. Volví a recostar mi cabeza en la almohada, cerré los ojos, apretándolos firmemente. Su rostro apareció de repente, como imagines volátiles sin control alguno. "¡NO!", grité en mi interior. Abrí los ojos, y ella desapareció. Busque en mi mesa de noche la única cosa que calmaría mis ansias, mi rosario. "Padre nuestro que estás en los cielos…" Recé una, dos y mil veces. Lentamente, mi mente fue vaciándose, limpiándose y purificándose con el perdón de Dios. "Santificado sea…" Oscuridad.

A la mañana siguiente, salí a correr como de costumbre. Para despejarme, para poder correr de lo que sea me estuviese persiguiendo. Uno – Dos – Tres. No otra vez. Ahí estaba ella, mirándome curiosa. Se mordió el labio inferior y camino hacia mí. Me miraba firme, ansiosa por recalcarme que sabía de todos mis pecados. Quería huir, juro que esa era mi intención, pero no pude, y cuando menos, me di cuenta que ya era muy tarde. ¿Por qué le sonreía? "Hola." Sonó su voz, rasposa, interesante y peculiar. Su cabello atado en una cola de caballo, y sus ojos flechados en los míos. "¿Acaso no me vas a contestar?" Preguntó. "Hola. Soy Mary Eunice" Le dije desinteresada. "Amanda Belivet" No sabía cuáles eran sus expectativas. ¿Volvernos las mejores amigas? "Vaya actitud, Mary" Volví a reaccionar para darme cuenta que tenía la mano extendida y yo la había rechazado. "Disculpa, Amanda." No me pude contener y le sonreí para derribar la barrera de hielo que había creado, y que por alguna estúpida razón, ahora había destruido completamente.

A las pocas horas descubrí que Amanda era mayor que yo, mucho más de lo que pensaba. Nos llevábamos exactamente diez años, pero ella no lo aparentaba. Era una mujer, si una mujer, tan dulce y juvenil, con una audacia que envidiaba y una desenvoltura que jamás llegaría a tener. "¿Aquél, es tu marido?" Le pregunté con timidez, casi en un susurro. Ella asintió con la cabeza, afirmándolo. El espacio entre ambas se inundó con un silencio aterrador, escuchaba los hielos de mi limonada chocarse entre sí y noté que ella me miraba de reojo. "¿Cómo lo ves, Mary?" Voltee a verla insegura de su pregunta. "¿A tu marido?" Ella arqueó la ceja. "Parece un buen hombre." Steve, así se llamaba. Era musculoso, fuerte como nadie, tenía una barba rasposa y cejas gruesas. Lo mirábamos de lejos, mientras cargaba las cajas de mudanza. "Es un buen hombre." Me respondió después de unos segundos. "Quizá demasiado bueno para mi gusto."


- ¿Ya término de almorzar, hermana? – Su tono irónico, y detestable. Mary giro su cabeza hacía un lado para mirarla con tristeza. – Necesito terminar de amasar el pan para la cena. – Lana estaba frustrada, desesperada por salir. Miró hacía ambos lados, asegurándose de estar a solas con la monja. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y lo prendió.

- No debería de fumar, señorita Lana. – Su voz era lenta y baja, casi no se escuchaba. Pero Lana sí que la había oído.

- ¿Qué pasa? ¿Me va a delatar una vez más? – Aspiro y votó el humo a pocos centímetros de la joven monja. La rubia dejo caer el tenedor que tenía en la mano, y tapo su rostro para poder sollozar.

Lana fue distante, y se mantuvo firme. Sin embargo, no duro mucho tiempo. El corazón se le estrujo al ver a la monja en un mar de lágrimas. Se acercó a ella, apagando su cigarrillo en el camino, y presiono sus hombros para confortarla. A pesar del odio que sentía por ella, no podía evadir la lástima que esta le causaba. Acarició su brazo, y se sentó a su costado.

- No lloré, hermana. Alguien vendrá y pensaran que le he hecho daño. – Mary la miró de frente. Tenía los ojos rojizos e hinchados.

- Discúlpeme, Lana. Haré algo para ayudarla, lo prometo. – Limpio sus lágrimas con la palma de su mano.- Hay un nuevo doctor, un psiquiatra. – Lana arqueó las cejas confundida.- El me ayudará a ayudarla. No se preocupe. – Mary tomo su mano, y le regaló una leve sonrisa.

- Pero… - Quiso discutir.

- Sin peros.

La rubia cogió su plato y lo llevo al lavadero, para poder escapar de aquella habitación y de la reportera. Ambos factores, causando pensamientos indecorosos en ella. Corrió hacía el despacho de la hermana Jude, para ver si necesitaba algo. Tocó la puerta varias veces, pero no había respuesta. Así que se atrevió a entrar, confirmando que no había nadie en la vieja oficina. Camino hacía el asiento más cercano para descansar. Cerró los ojos y recordó las manos de Lana recorriendo sus brazos. Sintió escalofríos al morder su labio en desesperanza. "Fuera, fuera" – Pensó.

- ¿Hermana, Mary? – Silencio. – Justo la estaba buscando.

- Monseñor Timothy. – La rubia se paró para tomarle la mano en un saludo. – Hacía mucho tiempo que no lo veía. – Intentó sonreír.

- Lo mismo digo, hermana. – Timothy caminó hacía el asiento de Jude para acomodarse. – Mire, venía a informarle que dentro de dos días se realizará un exorcismo, y necesito que mantenga a todos los pacientes en sus celdas antes de las ocho. Es importante que nadie este afuera para esa hora.

- No se preocupe, Monseñor, haré todo lo posible para que salga a la perfección. – Asentía tímidamente, mientras hablaba. Hacía mucho tiempo que nadie le otorgaba una tarea tan importante como está. Para Jude, ella siempre era una buena para nada, inservible, demasiado frágil y estúpida. Pero tenía intenciones de cambiar.


Junio 19, 1955

"¡Mary Eunice McKee! No permitiré que estés en esas fachas para nuestros invitados." – Mi madre, siempre me controlaba. Siempre me trató como una muñeca de trapo, hace conmigo lo que quiere y luego me tira a la basura. "Si mamá ahora me cambio." No había más remedio, tendría que ponerme alguno de esos vestidos de quinceañera que mi madre siempre me compraba. Lazos, lazos, lazos. Por eso no tenía amigos, por eso estaba tan sola.

Bajé las escaleras, el timbre había sonado repetidamente. Escuché un par de risas y entre ellas, estaba la de Amanda. Mis padres siempre se caracterizaron por querer llamar la atención, y con nuevos vecinos, no podían hacer más que lucirse frente a ellos. "Apúrate muchacha. ¿No ves que tenemos visita?" – "Si padre, disculpa." A pesar de mi atuendo tan ridículo, e increíblemente vergonzoso, ella me miro, y no fue una mirada normal, fue de aquellas, aquellas que estaban mal. "Buenas noches Mary." – "Buenas noches, Amanda." – Mi madre levanto las cejas, sorprendida. Su voz se tornó aguda y me reclamó, ofendida. "¿Qué falta de respeto es ese, Mary? Háblale con respeto, y no nos avergüences, chiquilla." Tragué saliva, estaba furiosa pero no podía demostrarlo. "Disculpe, Señora Belivet." – Pausa. "Buenas noches, Señores Belivet." Sorprendentemente, vi como una sonrisa se formaba en el rostro de Amanda, una sonrisa que hasta ahora no puedo comprender.


- ¿Dr. Thredson? – Mary susurro en la oscuridad de la noche. Un cuarto para las ocho. – ¿Dr. Thredson, está ahí?

La puerta se abrió repentinamente, pausada y silenciosa. Una luz alumbraba el interior de la habitación. La joven monja empujo levemente la puerta para encontrarse frente a frente con el psiquiatra. Oliver la intimidaba, y mucho. A pesar de que encontraba una gran nobleza en él, había algo que, curiosamente le daba escalofríos al verlo.

- Hermana. No esperaba verla. – Oliver contestó, también en un susurro. - Adelante. – Mary entró y escuchó la puerta cerrarse en un solo golpe.

- ¿Ya tiene todo listo para mañana? – La rubia frotaba sus manos para calentarse. El frio era intenso, y no dejaba la sangre fluir.

- Todo como lo planeamos. – Su voz se tornó más ronca de que costumbre. Sonrió y sacó un cigarrillo. - ¿No me dejará plantado, verdad? – Mary negó con la cabeza, dejando de paso un leve suspiro al ver que encendía el cigarrillo.-

- ¿Seguro que dará resultado? – La voz de Mary temblaba. Tenía miedo, miedo de equivocarse. Miedo de confiar demasiado en alguien que no debía.

- Usted no se preocupe, hermana. Deje a la señorita Winters en mis manos.