Capítulo 1:

No fue bien recibido. Desde el mismo instante que volvió a poner un pie en ese pueblo, empezaron los cuchicheos. Pensó que habrían olvidado su cara, que no lo reconocerían, pero se equivocó. Todas las miradas se centraban en él y lo miraban descaradamente, sin un ápice de educación. Jamás le había sucedido algo semejante en ningún lugar.

Había dejado su Porsche nuevo aparcado en un parking subterráneo para dar una vuelta por el pueblo. Estaba tal y como lo recordaba. Lo único que había cambiado era que las casas ruinosas de las afueras fueron demolidas para construir en ese lugar una lujosa urbanización. El resto seguía exactamente igual. La calle mayor que le señaló Kagome con tanta ilusión, el colegio del pueblo, el gimnasio... Se detuvo frente a las puertas y sonrió recordando ese momento, cuando decidió desistir al enterarse de su edad. Al final, no sirvió de nada. La quería para él y nada le habría hecho cambiar de opinión.

Justo en ese momento de pura nostalgia, sonó el timbre que daba por finalizadas las clases de ese día y empezaron a salir los estudiantes. Los más mayores salían a la carrera en primer lugar mientras que los más pequeños eran algo más lentos. Ninguno de ellos veía nada raro en él, no lo miraban fijamente, ni cuchicheaban. Para ellos, él era solamente un hombre que se había detenido para ver la escuela, nada más. Era agradable esa sensación después de cómo había sido recibido por los más mayores. Sin embargo, captó las miradas de varias madres que lo vigilaban mientras tiraban de sus hijas, intentando alejarlas de él. ¿Acaso creían que iba a lanzarse sobre sus tiernas niñas de parvularios? Desde luego, se había ganado una pésima fama en aquel lugar.

Se metió las manos en los bolsillos y dio media vuelta para alejarse de la institución escolar. Ya había sufrido suficientes insultos por un día. Lo que tenía que hacer era acercarse a su casa, a la granja en la que vivía y rezar para que ella estuviera allí. Su madre, seguramente, le echaría las manos al cuello, pero tenía que acabar con todo aquello de una maldita vez. Si encontraba, además, alguna forma de compensarla, mejor que mejor.

Si sus cálculos no fallaban, Kagome tendría veinte años en ese momento; él tenía treinta y tres. ¡Joder! ¿Y eso qué le importaba? Había ido hasta allí para disculparse, nada más. No quería líos románticos, cenas a la luz de las velas, ni cursilerías en lo alto de un monte al atardecer. Solo estaba haciendo aquello porque su maldito psicólogo le hizo recordarla e insistió en que eso le ayudaría a recuperarse. Aunque dudaba muy seriamente de ese diagnóstico, estaba de vacaciones forzosas por parte de la empresa, y necesitaba verla una vez más. Se conformaba con solo mirar, nada más. Lo mejor que podría pasarle era que ella no se acordase de él, que jamás hubiese sido tan importante. No obstante, tenía entendido que las mujeres solían recordar su primera vez.

Cuando llegó a su coche, dio gracias de no encontrarlo lleno de pintadas, con cristales rotos o algún retrovisor arrancado. En vista de la actitud que estaban teniendo hacia él los vecinos del pueblo, hasta se había planteado encontrar su coche destrozado por una turba enfurecida. Entró en el coche, cerró el seguro de las puertas y arrancó. Se decidió a recorrer el camino que había recorrido con Kagome anteriormente. Lo recordaba tan bien que casi se asustó. Casi hasta podía escucharla explicándole por dónde estaban yendo y qué se encontrarían.

Ese es el polideportivo. — lo señaló — Yo hago gimnasia rítmica allí.

La ternura y la inocencia que destilaba su voz eran como un bálsamo rejuvenecedor.

Por ahí está la calle principal. Es donde más tiendas se pueden encontrar.

Recordó también la anécdota que le contó sobre aquel compañero de clase que la golpeaba con el balón. Solo era un chiquillo enamorado que estaba intentando llamar la atención de la chica que le gustaba. Ahora bien, esa chica lo interpretó como una chiquillada y le dio la espalda. Kagome era más madura que otras chicas de su edad, además de mucho más desarrollada, pero no lo suficiente para lidiar con él. Vio en sus ojos que lo esperaría, y adivinó que lloraría durante semanas o incluso meses cuando se percatara de que nunca volvería. Al final, en cierto modo, la muchacha tuvo razón. Estaba regresando.

Salió del pueblo por la misma carretera que cogieron en aquella ocasión y contempló el campo de girasoles. Por suerte, lo habían destrozado lo menos posible tras la construcción de la urbanización. A Kagome le encantaba ese sitio y más aún el molino. Lo vio de lejos y recordó cómo se había aprovechado de la inocencia de esa muchacha que solo quería enseñarle su escondite secreto. Convirtió en un infierno para ella ese lugar de ensueño, y jamás se lo perdonaría.

Pasó de largo y continuó hasta encontrarse con la granja en la que vivía Kagome. Estaba tal y como la recordaba, pero la notaba algo descuidada. Ya no parecía recién pintada y había algunos trastos tirados en la entrada. Algunas gallinas que correteaban por allí cacarearon asustadas cuando se acercó con el coche. Recordaba una bonita granja bien limpia y cuidada. Recordaba algo muy parecido y muy diferente al mismo tiempo a lo que estaba viendo.

Aparcó el coche y respiró hondo. Kagome podría estar en casa; podría haber seguido estudiando y encontrarse en clase; podría haberse ido a estudiar a alguna ciudad de los alrededores; podría estar trabajando; o incluso podría estar casada. Tenía que estar preparado para cualquier cosa que se encontrara allí y, sobre todo, debía dejar bien claras sus intenciones. Seguía siendo demasiado joven, no entendería todavía, mientras que él era demasiado viejo. Tal vez, no le vendría mal contagiarse de un poco de su inocencia. Estaba harto de ser tan escéptico todo el tiempo.

Salió del coche y no se molestó en cerrar la puerta con el seguro. Se dirigió hacia el porche, donde sintió crujir la madera bajo sus pies. Parecía bastante descuidado. Se acercó a la puerta con temor y tocó el timbre. Esperó, esperó y esperó hasta que, al cabo de dos minutos de reloj, una sombra se movió tras la cortina. Se puso muy nervioso. ¿Y si era Kagome? A lo mejor lo veía viejo y estropeado. Su natural cabello plateado disimulaba las canas si es que existían, pero tenía algunas arrugas alrededor de los ojos que antes no estaban ahí y requería de más ejercicio para mantenerse en forma. Ya no era el atractivo joven que la sedujo…

La cortina se movió. Lo miró desde el otro lado del cristal el rostro de una mujer que le resultaba familiar. Sí, era la madre de Kagome. Era la mujer que aquel día le arrancó a su hija de los brazos mientras se despedía y le clavó las uñas como garras gritando que era un desgraciado y un hijo de puta. En verdad lo era. También se habría comportado de esa forma de ver a su hija, que era prácticamente una niña, en ese estado con un hombre adulto y experimentado sin escrúpulos.

La madre de Kagome también había envejecido. Parecía que hubieran pasado muchos más años para ella; parecía demacrada. Tenía el pelo lleno de canas, unas arrugas muy marcadas alrededor de los ojos y de las comisuras de los labios y manchas marrones en la piel. Al principio, lo observó sin reconocerlo, estudiándolo, pero, de repente, pareció reconocerlo y abrió la puerta como un rayo para tirarse sobre él.

En menos de un segundo, su mirada se había llenado de ferocidad asesina y volvía a clavarle las uñas mientras que él retrocedía sin atreverse a apartarla.

— Señora, por favor…

— ¡Lárgate mal nacido! — sollozó.

Perfecto, además de enfurecerla, había hecho llorar a la señora. El día estaba saliendo redondo. ¿Quién le mandaría hacer caso al idiota de su psicólogo?

— Tiene que escucharme, por favor.

— ¿Cómo te atreves a venir aquí?

Su feroz ataque se detuvo durante un instante. Entonces, lo miró con los ojos llorosos agrandados y llenos de furia.

— Tú te aprovechaste de mi niña… — sollozó.

— Yo no…

— ¡Tú la destrozaste! — gritó — ¡La engañaste! ¡La enamoraste! ¡Y la dejaste tirada!

Sí, hizo todo eso.

— Lo siento…

— ¿Crees que con una disculpa basta?

La mujer explotó. Cayó de rodillas en el suelo y empezó a llorar como si el mundo se estuviera acabando en ese instante. No supo qué hacer en ese instante. No sabía consolar a la gente, nunca había tenido que hacerlo y odiaba ver llorar a las mujeres. ¿Qué podía hacer? No podía abrazarla y darle palmaditas en la espalda a la madre de la niña de la que se aprovechó.

Decidió arrodillarse frente a ella e intentó decir lo que tenía que decir como buenamente podía. La madre de Kagome también se merecía una explicación.

— Yo… aunque no se lo crea, lo siento… — repitió — Hice mucho daño a su hija y a usted y vine a disculparme. Sé que no me van a perdonar y que soy un cerdo que solo quiere limpiar su conciencia, pero no podía dejarlo pasar más tiempo. Tiene que haber alguna forma de compensaros…

La madre de Kagome se limpió las lágrimas y lo miró sin pronunciar una sola palabra durante largos y sendos minutos. Después, se levantó, se frotó las manos en el delantal y se dirigió hacia su casa. Pensó que le iba a cerrar la puerta en las narices, pero, en lugar de eso, lo invitó a entrar.

La siguió sin decir una sola palabra. Dentro de la casa todo estaba en la penumbra y hacía bastante fresco. Apenas se veía el pequeño y austero salón que atravesaron. Aun así, no pudo evitar fijarse en que no había ni una sola fotografía; solo el hueco que una vez debieron ocupar algunos retratos. Saber que alguien había quitado los retratos de las paredes lo preocupó. ¿Qué estaba pasando en esa casa? ¿Por qué todo era tan raro? ¿Y por qué la madre estaba tan silenciosa de repente?

Entraron en la cocina. Una cocina de granja típica que, aunque no resultaba gran cosa, al menos estaba limpia. La mujer le indicó que se sentara. Localizó en seguida los cuchillos en la encimera. No apartó la mirada de ellos, temeroso de que, en cualquier momento, intentara clavarle alguno. Tan sumido estaba en esa vigilancia que ni se percató de que la madre de Kagome había preparado café y se lo ponía delante. Lo quisiera o no, tendría que tomárselo para no ofender más todavía a la señora. Dio un trago; sabía a rayos.

— Yo soy Sonomi Higurashi. – se presentó.

Hizo amago de presentarse también, pero ella fue más rápida.

— Inuyasha Taisho. — dijo — Mi hija no paraba de repetir tu nombre.

Estupendo, la herida estaba bien abierta.

— Siempre he querido saberlo…

Sonomi dejó su propia taza de café sobre la mesa y se sentó frente a él.

— ¿Por qué? — le preguntó — ¿Por qué escogiste a mi Kagome?

— Yo… No la violé…

Fue lo único que se le ocurrió decir. ¡Maldita sea, no la violó! Ella se resistió un poco al principio, era verdad, pero en seguida cambió de opinión. Si hubiera seguido resistiéndose, la habría llevado a casa y ya está. Era un cerdo, no un maldito violador.

— Eso ya lo sé. — contestó la madre quitándole ese peso de encima — Kagome estaba demasiado feliz y tú eras un hombre muy guapo. No necesitabas violar a una chica para tenerla.

No, nunca necesitó ni violar, ni pagar por una mujer. Dentro de poco, sería la única forma de tener a alguna. Envejecía, y no se hacía más agradable con la edad.

— Solo quiero saber por qué la escogiste a ella y no a cualquier otra chica del pueblo…

— Me impresionó.

Sonomi lo miró con comprensión. Era su madre, sabía mejor que nadie lo mucho que impresionaba su hija a los hombres.

— Sé que es mucho pedir señora Higurashi, pero… — tragó hondo — ¿Podría verla?

— No.

Una negativa rápida y tajante. ¿Qué más podía esperar de la madre?

— No te prohíbo verla. — añadió — Simplemente, no está aquí.

— Cuando vuelva…

— No volverá.

¿Qué demonios estaba pasando? Cada vez se enteraba menos del asunto y empezaba a ponerlo nervioso tanto secretismo. La casa descuidada, el salón en la oscuridad, las fotografías desaparecidas, la madre tan retraída en otra parte…

— ¿Qué ocurre? — le preguntó — Algo no va bien en esta casa…

— Nada va bien desde que le pusiste las manos encima a mi niña. — una solitaria lágrima recorrió la mejilla de Sonomi — Destruiste nuestro hogar por completo.

No podía ser verdad. ¡No quería que fuera verdad!

— Kagome no vive aquí desde hace casi seis años.

Se le cayó el mundo encima en ese instante. ¿Qué había hecho? Kagome era solo una niña y él destruyó toda su inocencia y su núcleo familiar. Estropeó cuanto la rodeaba y la dejó sola e indefensa. ¿Dónde estaba Kagome?

— ¿Sabe dónde…?

— ¿Crees que estaría aquí si lo supiera? — lo interrumpió con otra pregunta.

— ¿Por qué se fue?

— No se fue, mi marido la echó. Habría corrido tras ella si hubiera sabido lo que estaba sucediendo. — le explicó — Pero, en ese momento, estaba en casa de mi madre, buscando una solución para el problema y, al llegar a casa, mi marido había encontrado la suya propia.

¡Hijo de puta! ¿Cómo pudo echar a su hija? ¿Cómo pudo tirar a una niña de catorce años a la calle? ¿En qué demonios estaba pensando? Ojalá estuviera en la casa para matarlo porque era lo mínimo que se merecía.

— Sígueme.

La siguió en silencio. Lo guio de nuevo a través del salón en penumbra y lo llevó hacia unas escaleras. Subió tras ella y se encontró en un pasillo en completa oscuridad. Siguió la sombre de la mujer hacia la puerta del final del pasillo. Aquella habitación también estaba a oscuras cuando Sonomi la abrió. Encendió la luz que iluminó parte del oscuro corredor y le indicó que pasara. Lo hizo temeroso de lo que pudiera encontrar tras ella, pero solo vio el dormitorio de una adolescente.

Las paredes pintadas de rosa, la colcha de color rosa y violeta, los peluches de animales (casi todos perros), las cortinas blancas de encaje cubriendo la ventana, la alfombra rosa, el escritorio perfectamente ordenado con libros de secundaria y los pósters de cantantes y actores famosos pegados a la pared. Era la habitación de una niña; de una niña a la que él hizo desgraciada.

Sonomi pasó a su lado y abrió un cajón del escritorio. Sacó una caja y se quedó mirándola como si fuera su peor pesadilla. Después, se volvió hacia él, sacó algo del interior de la caja y se lo mostró. Era algo alargado, de color beige. Parecía un bolígrafo con un rectángulo en color rosa, como si fuera la tinta. ¡Diablos! No era tinta y no era un puñetero bolígrafo. Cuando adivinó de qué se trataba, algo se rompió dentro de él. ¿Qué había hecho? Dejó embarazada a una niña y la abandonó a su suerte. ¿Acaso él era mejor que el padre que la echó de casa?

— No sabía nada…

Y tampoco era excusa. Se sentó sobre la cama de la niña, apoyó los codos en las rodillas y hundió la cabeza entre las palmas de sus manos. Había ido allí a reencontrarse consigo mismo, pero, en su lugar, estaba más perdido que nunca.

— Mi marido estaba furioso. Acababa de perdonarla por lo sucedido entre vosotros cuando supimos que estaba embarazada. Kagome no quería decírselo, pero en seguida se le notaría y su padre tenía que saberlo. Ojalá nunca se lo hubiera dicho… — musitó — Solo quería ser una buena esposa y una buena madre. Al final, no conseguí ninguna de las dos cosas…

No, no fue culpa de ella; todo fue culpa de él. Aunque lo pensó, no pudo pronunciar ni una sola palabra. No era capaz de hablar en ese momento.

— Fui a casa de mi madre para pedirle que Kagome se quedara allí hasta tener al niño al menos. Así, mientras tanto, yo podría calmar a su padre. No fui lo bastante rápida… — se sentó en la cama junto a él — Nunca he podido perdonarle a Takeo que echara a nuestra hija…

— ¿No tiene alguna idea de dónde puede encontrarse?

— No… — musitó — Takeo no dijo nada. Pregunté por el pueblo si la habían visto, pero nadie me dijo nada. Solo querían saber cómo fue mancillada mi hija. Solo querían hurgar en la herida y reírse de nosotros…— las lágrimas en sus ojos se habían secado, pero le parecía más triste que cuando estaba llorando — Llamé a todos mis familiares y a los de Takeo, pero ella no apareció en casa de ninguno de ellos. Denuncié a la policía, pero me ignoraron…

— ¿Cómo que la ignoraron? — eso lo enfureció — Kagome era menor de edad, deberían haber…

— Decían que se fue contigo, ¡que tú te la llevaste! — lo interrumpió — Así que no hubo ninguna orden de desaparición. Dijeron que era una niña problemática. ¡Mi niña nunca fue problemática! — cerró los puños — Sacaba buenas notas, era amable y educada con todo el mundo y todos la quería hasta que tú viniste… — abrió las manos blancas por el esfuerzo de apretar los puños — De repente, todos la repudiaban. La trataban como si tuviera la lepra y a nosotros también…

Por fin, seis años después de haber conocido a Kagome, era consciente del daño que le provocó a la familia Higurashi. Si aquel día hubiera sabido que todo aquello sucedería, jamás le habría puesto una mano encima a esa niña por más ganas que tuviera. Kagome no se merecía todo aquello. Sonomi no se lo merecía tampoco. Su padre… Su padre era un cabrón; sí se lo merecía. Él también se merecía estar llevándose una bofetada tras otra desde que llegó a ese lugar. Lo trataban como si fuera un violador, un asaltacunas y un destructor de familias. ¡Claro que lo era!

Sin saber muy bien si era correcto lo que estaba haciendo, colocó una mano sobre la de Sonomi y le dio un suave apretón de consuelo. No lo rechazó. Se quedaron en silencio en el dormitorio de Kagome, contemplando sus objetos personales. Entonces, le vino la pregunta a la cabeza.

— En el salón, hay unos huecos de retratos… — musitó — ¿Qué sucedió?

— Sobre la chimenea estaba la fotografía familiar que nos sacábamos todos los años por navidad. Nunca hubo una fotografía nueva desde que Takeo la quitó. El resto eran fotografías de Kagome de niña, en el colegio, en su comunión, cuando entró al instituto… estábamos tan orgullosos de ella. — se limpió las lágrimas con el delantal — Takeo no quería verlas, no soportaba mirarla después de haberla echado. Yo nunca he podido perdonarlo, pero él ya tiene suficiente castigo con su propia conciencia. No dice nada, pero sé que se arrepiente…

— Eso no es suficiente.

No, no lo era. Había echado a una niña embarazada a la calle; no era suficiente que se arrepintiera por ello seis años después.

— Eres muy joven para guardar tanto rencor por dentro. — le dijo — Creo que necesitas encontrarla mucho más que nosotros…

Eso era verdad. Al principio, quiso tomárselo como algo rutinario, algo que hacía solo para quitarse un peso de encima, pero solo se estaba engañando. Necesitaba ver a Kagome y se lo había estado negando desde hacía ya demasiado tiempo. En esos momentos, la necesidad se había acrecentado más que nunca. Estaba embarazada, tenía un hijo suyo y necesitaba su maldita ayuda la quisiera o no. Tenía que encontrarla y conocía a la persona idónea para hacerlo.

— Conozco a un detective, le pediré que la busque. Te prometo que la encontraré, Sonomi. — suspiró — Sé que no es suficiente para compensar todo el daño que os he causado, pero solo quiero poder arreglar, al menos, parte del problema.

La mujer lo miró como si fuera un ángel, pero él era todo lo contrario. Inuyasha Taisho nunca había sido un ángel, jamás, y ya nunca podría serlo. Con Kagome había caído directo a las profundidades del infierno.

— Necesito que me dé toda la información que pueda sobre ella. Su cartilla de nacimiento sería perfecta.

La madre salió corriendo en busca de lo que acababa de pedirle. Mientras tanto, se quedó solo en el dormitorio de la muchacha. Cogió uno de los peluches sobre la cama: un perro blanco con un lazo rosa. Todo muy femenino y muy infantil. Dejó el peluche donde estaba y se levantó. Se acercó al escritorio y echó un vistazo a los libros de secundaria. Cogió uno de los cuadernos y lo abrió. Era un cuaderno de inglés. Fue pasando las hojas hasta que, a mitad del cuaderno, ya no hacía los ejercicios. Entonces, empezó a encontrarse su nombre escrito. Kagome estaba enamorada de él.

Cerró el cuaderno con el corazón encogido y lo dejó sobre el montón de libros, justo donde estaba. Si se hubiera quedado en la ciudad, jamás lo habría sabido y sería mucho más feliz de lo que lo era en ese momento. Sin embargo, estaba allí y no podía dejarlo pasar. Iba a encontrar a Kagome y la llevaría de vuelta a los brazos de su madre. Además, si había un niño, se ocuparía de él. Era su padre.

Sonomi volvió a entrar por la puerta y le tendió con absoluta confianza la cartilla de nacimiento de su hija. Tanta confianza le hizo sentirse culpable. Kagome era clavada a su madre. Rebuscó en el directorio de su móvil el nombre de su único y mejor amigo y marcó el número. Le cogió al tercer toque.

— Miroku, tengo un trabajo para ti.

— ¿Qué tipo de trabajo, amigo?

— Necesito que encuentres a una chica. — miró la cartilla de nacimiento y empezó a dictarle todos sus datos personales — Desapareció hace seis años, por la noche. ¿Crees que podrás encontrarla?

— Sí está viva, la encontraré.

Si no la encontraba, ya sabía la respuesta.

— La encontrará, ya lo verás.

Sonomi asintió con la cabeza y abrió el armario de su hija. Rebuscó entre los cajones hasta que encontró una pequeña caja de madera con preciosas formas talladas y se la tendió.

— Si la encuentras, dásela por favor. — se la ofreció — Se la regalé cuando era una niña, le encantaba. Dentro hay una fotografía nuestra y suena nuestra canción. Sé que le gustará.

Cogió la caja y acarició la madera tallada.

— ¿No prefiere entregársela usted misma? — le preguntó — Se la traeré.

— No vendrá si no sabe que realmente la queremos de vuelta. — le explicó — Si le das su caja de música, lo sabrá.

Asintió con la cabeza y se juró que guardaría esa caja como si fuera el mayor de los tesoros hasta poder devolvérsela a Kagome. Echó un último vistazo al dormitorio de Kagome antes de salir y bajó las escaleras tras la mujer. Sonomi Higurashi parecía haberse quitado un peso de encima. De repente, la encontraba más joven. Tal vez, la esperanza de poder encontrar a su hija le estuviera dando fuerzas renovadas.

Salió afuera y abrió la puerta del coche. Metió la caja de música en la guantera para que estuviera protegida y apartó a una gallina que intentó meterse dentro de su Porsche. Se estaba despidiendo con una mano de Sonomi cuando un disparo cortó el viento. No le dio, pero le pasó rozando el cabello. ¿Alguien le había disparado? Se volvió para comprobar que fuera cierto; entonces, vio la bala clavada en un poste de madera. ¡Le habían disparado de verdad!

— ¿Qué demo…?

Otro disparo. En esa ocasión, la bala se incrustó en la puerta del Porsche que estaba sosteniendo frente a su cuerpo. Si le hubiera dado en la ventanilla, estaría de camino al hospital.

— ¡Takeo! — gritó Sonomi horrorizada — ¡Deja que se marche!

— ¡Y una mierda!

Takeo… ¡Era el padre de Kagome! Lo vio aparecer entonces con una escopeta que estaba cargando y toda la intención de llenarle el cuerpo de agujeros. ¿Ese tipo estaba loco?

— ¡Tú, desgraciado! — lo apuntó — ¡Lamentarás haberle puesto una mano encima a mi hija!

Afortunadamente, era muy mal tirador. Debió adivinarlo después de que fallara los dos tiros anteriores. Esa vez, la bala impactó contra la puerta trasera de su coche, no muy lejos de su trasero. Iba a terminar en el hospital si no se marchaba de una buena vez, pero le tenía ganas a ese hombre. Él también estaba furioso. No fue bueno, no fue un buen padre. No fue el padre que Kagome necesitaba en aquel momento tan delicado de su vida; le falló cuando más lo necesitaba.

— ¡La abandonaste! — gritó.

Cerró la puerta de su Porsche y salió a su encuentro. Se encontraron en mitad del patio, donde las gallinas se apelotonaron a su alrededor, esperando ver qué sucedía entre los dos hombres. Takeo intentó golpearlo con el rifle, pero él lo detuvo con su antebrazo y le dio un puñetazo en el estómago que tumbó al hombre. Se sintió culpable por golpear de esa manera al hombre que evidentemente no estaba en su mejor momento de cordura, pero no era mucho mayor que él. No había golpeado a un anciano.

En el suelo, ya no parecía tan valiente. De hecho, estaba llorando y no precisamente por el golpe. Añoraba a su hija. ¡Desgraciado! — pensó — ¡Tú fuiste el responsable de que ella se fuera en primer lugar!

— ¿Cómo pudiste echarla? — le echó en cara — Era una niña, nada más.

— Tú no eres padre… ¡Tú no entiendes por lo que estábamos pasando! — sollozó en el suelo — Kagome nunca me había decepcionado hasta que apareciste tú…

Una pobre excusa para su crimen.

— Era solo una niña y la dejaste sola.

— Lo mismo puedo decirte… — se intentó incorporar en el suelo — Era solo una niña y la engañaste… No estabas jugando con una mujer adulta, era una niña…

Ninguno de los dos dijo una sola palabra más. En cierto modo, ambos sabían que ninguno podría ganar aquella batalla. Se dirigió hacia su coche sin más miramientos. Aunque escuchó el sonido del rifle cargarse a su espalda, nadie le disparó. Al montar en el coche, vio que Sonomi le había obligado a soltar el rifle a su marido. Los dos lo miraban. Takeo Higurashi parecía desear llenarlo de plomo en un vano intento por sentirse bien consigo mismo después de su crimen paternal. Sonomi Higurashi estaba dispuesta a perdonar si le devolvían a su hija.

Salió de la granja y condujo de nuevo hacia el pueblo. ¿Dónde podría estar Kagome? Sonomi le dijo que estuvo preguntando por el pueblo, pero nadie le dijo nada. Si a ella, que era una vecina conocida y querida, no quisieron decirle nada, ¿por qué se lo iban a decir a él? Aunque, a lo mejor, era real que nadie sabía nada. Kagome podría no haber ido hacia el pueblo, podría haber seguido la dirección de la otra carretera hacia otro pueblo. Podría haber buscado apoyo en gente desconocida que no la juzgara. ¿Qué hubiera hecho él?

Paseó con el coche por la lujosa urbanización que se había construido gracias a él, desde donde vio a la distancia el molino. No pudo resistir más la tentación. Volvió a la carretera y se detuvo en uno de los andenes. Cruzó el campo de girasoles y no se detuvo hasta encontrarse frente al molino. Ese día no tenía pinta de que fuera llover.

Entró en el molino con el corazón en un puño. Lo encontró tal y como lo recordaba de su única visita. Subió las escaleras, recordando que en un pasado había seguido a Kagome por ese tramo sin apartar la mirada de sus caderas, y llegó a lo más alto del molino. A paso lento y cuidadoso por el preocupante crujir de la madera, se acercó a la ventana abierta y contempló, por primera vez, el hermoso paisaje. Cuando estuvo allí con Kagome, no prestó ninguna atención a la belleza que ella quería mostrarle. Estaba demasiado ocupado intentando averiguar la forma más rápida de quitarle la ropa. Se perdió mucho aquel día.

Dio la espalda a la ventana de nuevo y su vista se dirigió inmediatamente hacia el rincón más oscuro del molino, donde le hizo el amor a Kagome. Se dirigió hacia allí y palpó la madera. Juraría que aún podía oler el aroma del acto sexual que ambos habían desprendido. Palpó la madera que debió raspar la suave piel de Kagome y se agachó justo en el mismo sitio en el que ellos yacieron. No lograba ver el suelo en la oscuridad, pero palpó la madera hasta que encontró un objeto en el suelo. Lo sujetó y lo alzó. Era una horquilla rosa que reconoció inmediatamente. Ella la llevaba en el cabello.

La contempló como si fuera un tesoro. Sacó la cartera del bolsillo de su pantalón y la guardó dentro para asegurarse de que no se le perdiera. Después, se volvió a acercar a la ventana y contempló de nuevo el campo de girasoles y el pueblo más allá.

— ¿Dónde estás, Kagome? — preguntó a la nada.

Su psicólogo lo había metido en un buen lío. Sabía muy bien que ya no pensaba desistir hasta encontrarla viva o muerta. Y ojalá fuera lo primero…

Volvió a atravesar el campo de girasoles y montó en su coche. Tendría que pasar la noche en el pueblo si le daban habitación en algún hotel u hostal. En el caso contrario, iría a un pueblo de los alrededores en el que no lo conocieran, y, por lo tanto, estuvieran dispuestos a darle una cama. Estaba claro que ese pueblo era su mayor pista para encontrarla.

En ese momento, sonó su móvil. Conectó el manos libres para poder hablar mientras conducía.

— Inuyasha Taisho. — contestó.

— Tengo novedades, amigo.

— ¿Tan pronto?

Apenas había llamado a Miroku dos horas antes. ¿Cómo podía haber encontrado una pista tan pronto?

— Pareces sorprendido. — se rio — Sabes que soy bueno.

— Nunca imaginé que fueras tan bueno.

El pueblo le quedaba ya a menos de medio kilómetro.

— ¿Sabes hacia dónde tengo que ir? — le preguntó — ¿Quieres que pregunte algo por ahí? ¿Necesitas…?

— No necesito nada, Inuyasha. — lo cortó — La he encontrado.

¿La había encontrado? ¿Cómo era posible? Si hubiera sabido que iba a resultar tan fácil, no se habría preocupado tanto e incluso se habría llevado consigo a la señora Higurashi.

— Se ha cambiado de estado, pero no está muy lejos. Sigue siendo Higurashi y tiene un hijo de cinco años llamado Setsu.

¡Era ella! Estaba viva y tuvo a su hijo. ¡Tenía que encontrarlos a los dos! Se moría de ganas de verla a ella y al niño. ¡Era niño! Se preguntó si se parecería a él, si tendría el mismo color de pelo y de ojos. Muy pocos eran como él. Le gustaría tener alguien a quien parecerse. ¿Haría deporte?

— Trabaja en una cafetería sirviendo desayunos por la mañana, después se ocupa de la mensajería de un banco y trabaja muchas noches en un bar sirviendo la cena.

Trabajaba mucho, tenía problemas económicos. Él la ayudaría con todo eso para que pudiera respirar.

— ¿Hay algo más que deba saber aparte de su dirección?

— Sí, está prometida. — le dijo entonces — Se casa en un mes.

Detuvo el coche de un frenazo en respuesta, dio media vuelta y le pidió la dirección a Miroku. Tenía una boda que evitar. Kagome merecía ser feliz, pero no pensaba permitir que se casara con un imbécil que la maltratara. Era demasiado joven para saber qué hombre le convenía, y él no quería que se casara. Necesitaba verla para saber si seguía provocando en él aquel sentimiento para que, en tal caso, volviera con él. Al fin estaba preparado para formar una familia; era eso justamente lo que necesitaba. Ese era el vacío en su vida y se negaba a seguir viviendo sin ello.

Continuará…