Recuerdos occisos

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«Hace falta mucha vida para hacer de una casa un hogar»

Harlan Ellison, Adiós A Todo Eso


El sol abrasador y agobiante hacía compañía a las solitarias nubes que navegaban en el vasto cielo como pequeñas naves perdidas en su profundidad mientras que las coníferas y encinas decoraban el pequeño lugar. Al entrar en el pueblo era visto un cartel diciendo South Park en un anuncio de madera, dándole una presentación humilde, así que esto junto con el hecho de que el paisaje eran sólo árboles y arbustos con pocas construcciones hacía la vista espectacular y fuera de lo normal para nuevos visitantes.

El espeso líquido en donde su mente se encontraba fue desapareciendo conforme sus sentidos despertaban. Al principio fue sólo el fresco viento que alcanzaba sus brazos, después el lento y riguroso ritmo de la música del romanticismo que tanto gustaba a Rachel, su madre, siguiendo el dolor insistente de su cuello y por último el horizonte borroso y duplicado.

Su cuello clamaba por que la posición incómoda cesara y los músculos volvieran a su lugar original, así que inmediatamente después de que su vista fuera nítida intentó girarse, fallando al sentir el punzante dolor de los músculos contraídos. Con paciencia y delicadeza, inhaló aún soñolienta y recargó su cuello adolorido en el respaldo del asiento para esperar el momento en que pudiera moverlo libremente. Con sus ojos color avellana observó el paisaje tan verde y rural y preguntó:

—¿Ya llegamos?

La curiosidad la consumía: su madre había mencionado que en el pueblo todo sería 'natural', pero no creía que lo fuera tanto. Esperaba que hubiera internet al menos, y también agua caliente para tomar un baño porque sería fatal tener que bañarse con agua fría, pero de todas maneras si no había electricidad no habría internet por lo que estaría totalmente aburrida y tendría que hacer cosas anticuadas; y en lo que divagaba en las posibilidades del hecho, Rachel respondió su pregunta.

—¿Ya despertaste...? —preguntó su madre, pero al asumir que era obvio y recordar que su hija odiaba las redundancias contestó a su pregunta—. Sí, ya vamos a llegar; sólo faltan como unos 20 minutos —respondió expectante, dándole un rápido intuito por el espejo retrovisor.

Emily sólo continuó mirando el panorama, pensando en lo que haría al llegar al pueblo y presentarse ante personas nuevas. No quería olvidar a los amigos que tenía en Denver, pero debía tener nuevas relaciones y la dificultad para hacerlo era abrumadora. Tal vez las personas fueran parecidas físicamente o en algún rasgo, pero tomaría tiempo volver a hacer la misma relación amistosa, sumando que las impresiones eran muy superficiales.

Los minutos pasaron y, aunque no quisiera, llegaron a la calle principal en donde su futuro hogar estaba. Ésta abarcaba alrededor de una manzana —4 cuadras, más o menos— y Emily respiró profundamente, para despertarse completamente y para no estar nerviosa sin razón alguna, aunque era inevitable.

Observó con atención el vecindario para ver cuál de todas las casas sería la suya y mirar a las personas que pasaban por ahí, cabe mencionar que era sólo para darse una idea de cuánto fuera de lugar se sentiría porque, como todo en este mundo, se valía de suposiciones y conjeturas para saber con qué tipo de personas conviviría. No había muchas en la calle, y supuso que era porque el lugar era pequeño y no vivían muchas personas ahí, pero a pesar de eso no pudo evitar notar que todas las casas tenían dos pisos o más, algunas garage y otras jardines, pero definitivamente no haría comentarios a sus padres cuando viera su nuevo hogar.

En un intento por desperezarse cambió al asiento contrario y encontró a Nico debajo del perteneciante al conductor tomando una siesta. Para no interrumpirlo se recostó con las piernas dobladas y mirando el techo de cuero recordó los últimos momentos que había pasado con sus amigos más cercanos.

»—¿Pero nos llamas cada fin de semana, ¿eh? Y no aceptamos 'vistos' en los mensajes —dijo amenazante e imperante 'Playita', con sus ojos marrones claro clavados en ella; tenía que saber todo lo que habría en el pueblo donde iría sí o sí—. Y si no lo haces vendrás un mes aquí, y no te estoy preguntando —añadió con cierto tono bromista.

—Eh, calma, tampoco queremos hackearla e instalar cámaras en su cuarto —Rió un poco su primo, Seth, por la actitud de su amiga—, pero que envíe mensajes al chat estaría bien, y que llame cada semana —sugirió suavemente evitando mirarlas, con su voz más tranquila de lo normal, raro en él por sus típicas bromas perversas e indecorosas. La razón era más que obvia: las llamadas no serían lo mismo que hablar en persona.

—Saben que los llamaré, incluso dos o tres veces a la semana, además... —Comenzó a decir Emily, siendo interrumpida por las quejas de Marisol, más conocida como 'Playita'.

—No no no, debemos asegurarnos de que nos llames porque... —Hizo una pequeña pausa y observó el piso para no desalentarse— puedes olvidarnos —dijo finalmente apuntando a la realidad; después de todo nada es para siempre—. No sabemos cómo es el lugar ni las personas que hay allí y eso es lo mejor que puedes hacer por todos —sentenció sin emoción.

En menos de un segundo sus miradas se convirtieron en pensamientos llenos de dolor, preocupación y decepción, creando incomodidad y disgusto. Durante el breve contacto entre ellas se podía leer algunos «No lo hará, ¿verdad» y otros «Quiero creer eso»

El realismo que algunos juzgarían como pesimismo permaneció en sus miradas, recordando todo lo que habían pasado y que aún así, existía lo posibilidad de que la amistad que creían duradera fuera desvanecida por el paso del tiempo, pero ¿qué no había sido el mismo tiempo quien la había creado? Y sus propias mentes habían creado el pensamiento de que serían olvidados. Por un momento la determinación inundó sus almas con este pequeño halo de esperanza.

—Les prometo que los llamaré, pero no es mi culpa si no hay señal —comentó Em sonriendo ligeramente, haría todo lo posible para cumplir esa promesa.

—Entonces es un trato, iremos allá si la rompes—dijo Seth, su voz contagiaba la alegría de saber que al menos una persona nunca lo abandonaría.

—¿Qué esperan? ¿Quieren desperdiciar el último momento no-virtual? —dijo Playita para abrazar a ambos fuertemente, no queriéndolos dejar ir. Sus cómplices y amigos la abrazaron de vuelta e hicieron un pequeño cúmulo donde se abrazaban y revolvían el cabello unos a otros con cariño hasta que todos terminaron como si acabaran de haber sido levantados de la cama.

—Anda, ya vete que voy a llorar —advirtió Playita, exagerando el gesto de secar una lágrima mientras Seth la empujaba un poco para que fuera su casa para ayudar a su madre a empacar las pocas cosas que quedaban—. En verdad te extrañaré —admitió él con una sonrisa sincera y sus ojos azul mar tristes y quebrados, la hacían querer quedarse para no tener que recordarlos.

—Gracias chicos, también los extrañaré —dijo Em con una pequeña e intranquila sonrisa sin saber muy bien cómo agradecerles mientras intentaba mostrarse serena. De manera despistada tomó su skate y se puso en marcha hacia su hogar.

A pesar del cariñoso momento acabado de suceder, hubo un pensamiento que rondó en su cabeza recordando lo dicho por Playita. "¿En serio me creen capaz de hacer eso...?"«

Finalmente el auto redujo la velocidad y fue estacionado, señal para que Emily admirara el nueva hogar. El auto estaba frente a una bonita casa de dos pisos pintada de celeste claro con una cancela a varios metros de la pequeña plataforma en la entrada acompañada de ventanas a cada lado de la puerta; nada mal para su gusto. Se veía grande por el exterior, y tal vez así fuera, aunque sólo vivieran tres personas en ella, pero eso le agradaba porque podría invitar amigos, incluso hacer una fiesta... Pero reconsiderándolo, eso estaba excluido de "Cosas que hacer en la Nueva Casa".

Su madre retiró la llave del auto y volteó a mirarla con sus ojos reconfortantes y verdosos brillando de la emoción y preguntando con la mirada que le parecía el lugar.

—Llegamos —señaló Rachel con una sonrisa optimista. Sabía lo que significaba, así que su hija se llenó de coraje y enfrentó la realidad: no conocía a nadie y ver a sus amigos en persona sería casi nunca, pues la única manera de contactarlos era virtual. Muy buenas noticias, claro que sí; y ahora tendría que hacer nuevas amistades, lo que no era malo, pero considerando que ella estaba convencida de que no era la mejor en esas cosas y su mente era usualmente desanimada, el único resultado sería un fracaso excelente.

Simplemente genial.

—No olvides a Nico, debe estar debajo del asiento —mencionó su madre haciendo un ademán para señalar debajo de éstos antes de desabrochar su cinturón de seguridad y salir para dar un vistazo a la casa recién comprada. Mientras tanto, Emily intentó salir de sus abisales preocupaciones sin sentido buscando a su mascota, porque definitivamente necesitaba una distracción, pero él se había adelantado a salir cuando escuchó la puerta ser abierta para seguir de cerca a sus dueños porque de igual forma quería saber cómo era ése lugar, mas quería hacerlo por su cuenta. Como sabía sus malévolas intenciones, Emily lo tomó rápidamente con ambos brazos y salió con él a la vereda. Observó con atención el tranquilo vecindario, casas de madera de colores diversos agradables a la vista, árboles en ciertas partes de la calle acobijando con su sombra y jardines bien cuidados en algunas; con sólo verlo se pensaba que era tranquilo.

Después de conjeturar cómo serían sus vecinos, siguió los pasos de su madre con inseguridad y entró detrás de ella al número 57 de la calle Clark Street. La puerta era de un color marfil y a ambos lados tenía ventanas con marco blanco; al entrar era percibido un ambiente más fresco que el exterior, seguramente por que la casa estaba pintada con colores claros, y miró con atención su inmobiliario azul prusiano elegante, su piso marrón rojizo parecido al caramelo y las paredes tapizadas con color blanco algodón. Al entrar había una gran habitación uniendo la sala con las escaleras al segundo piso, y más adelante estaba la cocina con una estufa, refrigerador e inmobiliario con una mesa redonda grande en el centro para tomar el desayuno, a su derecha estaba un baño y un cuarto de servicio. En una esquina del comedor asomaba discretamente la puerta al jardín trasero con una mitad de vidrio y otra de madera, esperando a ver cuando cuidarían de él.

Era una casa modesta a su parecer, no tenía muchas cosas pero al menos tenía lo esencial y eso era lo importante. Su madre estaba también evaluando la condición de los cuartos en silencio, aunque con menos sorpresa que ella, y después de dar más de dos ojeadas por encima a todas las habitaciones, su madre habló desde otra habitación—. Amor, ¿quieres ver los cuartos de arriba? —sugirió con eco en su voz, creyendo que a Emily le gustaría verlos.

—Claro, voy —respondió Em con interés teniendo en cuenta de que así podría elegir su dormitorio, por lo que se apresuró a subir las escaleras. Éstas estaban hechas de madera probablemente de pino, haciendo un lindo contraste familiar y agradable con los otros tonos. Al subir a la primera planta había un pasillo que terminaba en una ventana con vista al patio trasero y a su izquierda tres puertas. Se asomó por la primera habitación que estaba detrás de las escaleras y vio que no era muy grande, pero tampoco era pequeña; tenía una ventana que daba una vista plena a la calle frente a la casa y sus paredes eran de un blanco violáceo. Tenía también un clóset empotrado a la pared con puertas deslizables que a su vez tenían pequeñas rendijas por las que se podía ver un poco el espacio vacío donde la ropa estaría, no estaba para nada mal.

Se dirigió a la siguiente habitación que era más grande que la anterior, pero literalmente no tenía algún mueble, era sólo la pared blanca y el piso rojizo, aunque daba la sensación de vacío y que era más profunda. Pensó en cuál de los dos dormitorios sería mejor para ella porque sus padres estarían en una y ella en otra, además de que en su cuarto tendrían que estar todas sus cosas: posters, su patineta, libros, el desorden que usualmente causaba la escuela, su computadora portátil, y tendría que haber un ropero grande para tanta ropa que no usaba. Antes de poder ver qué había en la última habitación el sonido de un teléfono celular interrumpió la tranquilidad del lugar seguido de la voz distante de su madre.

—¿Bueno? —contestó, seguida de unos murmullos apenas audibles—. ¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó ligeramente frustrada y dejó pasar unos largos segundos y preguntar de nuevo—. ¿No pueden llegar antes? —Después de oír la respuesta se aclaró con ligero nerviosismo—. Está bien; ¿entonces estarían aquí como a las 7? —Al oír la respuesta de la persona al otro lado de la línea la preocupación la invadió, pues ella y su hija acababan de llegar a la nueva casa y no sabía cual sería su reacción y las consecuencias de dejarla sola—. Sí, estaré ahí lo más pronto posible.

Se oyó otro largo suspiro por parte de su madre para después llamarla—. ¡Emily! Ven un momento por favor —dijo alzando la voz. Curiosa por lo que había oído de la conversación, salió del dormitorio y bajó las escaleras rápidamente para encontrar a su madre enviando un mensaje al número acabado de llamar—. Emily, hubo un problema con el camión de mudanzas, un choque o algo así... —comenzó mirándola a los ojos afligida, y a esperando su reacción continuó— Y tengo que irme; sé que acabamos de llegar pero necesito ver qué pasó y solucionarlo —dijo preocupada su madre. Em no sabía qué debía hacer, de todas maneras estaría sola por 2 horas. Sin nada que hacer en un pueblo nuevo.

—Está bien —respondió su hija sin muchas opciones, la decepción era visible en sus ojos pero la indignación no se hizo esperar. Primero llegaban y después se iba su madre, parecía que quería sacar lo mejor de sus nervios. Rachel la miró por unos segundos más, la abrazó y dio un beso en la frente—. Te dejo veinte dólares para que andes por el pueblo y veas las tiendas que hay y las llaves —dijo con cariño y comprensión, a ella también le indignaba la situación—, no las olvides —mencionó antes de darle una mirada afectiva y desaparecer por la entrada de manera apresurada.

Ahora era sólo Emily y lo desconocido, lo que la alarmaba y hacía que el corazón le diera un vuelco. Su sentido común le decía que debía afrontarlo de una vez para que cuando entrara a la escuela no fuera tan difícil, pero sus nervios lo evitaban diciendo que lo haría muy mal y la persuadían para que lo retrasara hasta el último segundo. Ella sabía lo que era no conocer a nadie en la escuela y la incomodidad de no saber qué hacer o decir, era esa sensación de que no pertenecía a ése lugar, y lo odiaba rotundamente.

Si al fin y a cabo iba a pasar, ¿para qué retrasarlo?

Antes de irse quiso mirar la casa con más atención, así que esta vez abrió la puerta dirigida al patio trasero y observó que el pasto era de un verde aceitunado con algunas partes secas, probablemente porque no había sido regado en mucho tiempo, pero era casi del tamaño de la habitación más pequeña que había visto arriba. Pensó en lo que podrían plantar una vez que la tierra estuviera húmeda; recordaba que su madre había comprado en una ocasión semillas de lechuga, y que tenían un rosal en una maceta desde hace un tiempo. Recorrió el pastizal y observó que había una llave de agua saliendo del suelo cerca de la puerta, por lo que la abrió para ver si funcionaba y, al confirmarlo, hizo un pequeño recipiente con sus manos y esparció el agua tibia —o lo que quedaba— por el jardín para despejar su mente. Terminó con sus pantalones color vino y las mangas de su chaqueta de mezclilla mojados, pero se sintió satisfecha por haber hecho un poco de tiempo, por lo que esta vez salió de la casa agitada por la duda de donde pasaría las siguientes dos horas y, estando en la vereda frente a la casa, decidió que recorrería las calles y si encontraba un lugar donde pudiera matar el tiempo usaría los veinte dólares.

Continuó su camino por la derecha, y al observar que antes de la cancela había pasto de por medio pensó que sería buena idea plantar las flores ahí y hacer del jardín trasero el lugar especial de Nico y aprovechar todo el espacio. Miró las casas alrededor mientras pensaba en frases y cosas que podría preguntar en caso de que la situación se tornara incómoda —que siempre pasaba porque no sabía cómo responder por sus pensamientos negativos—, pero en lo que más pensaba era en cuándo se comunicaría con Playita y Seth, porque si quería llamarlos al menos dos o tres veces a la semana tendría que hacerlo en la escuela al menos alguna vez para que no fuera tan aburrida; y durante el trayecto donde sus pensamientos divagaban como abejas buscando miel caminó delante de una cancela elegante y cuidada donde un perro marrón grande la notó y al verla como un extraño ladró de manera hostil y peligrosa, lo que hizo que Emily saltara en su lugar y ahogara un grito al escucharlo tan cerca porque iba demasiado distraída como para prevenirlo. El perro siguió ladrando insistentemente y la chica todavía sentía el miedo intenso y momentáneo que eso había provocado, por lo que suspiró pesadamente al darse cuenta de que iba muy distraída y pensó en lo tonta que se habría visto por un perro.

Para su sorpresa, un chico salió apresurado de lo que parecía ser el jardín trasero para ver qué ocurría. Observó lo que pasaba y el tiempo fue lento en los instantes que se miraban el uno al otro: él tenía cabello oscuro y revuelto, ojos azules como el cielo y tez pálida; ella pelo desordenado castaño corto casi a los hombros, ojos detallados y rostro delicado. Emily no pudo evitar observar de más sus ojos, pues eran un azul cerúleo tan claro que podría perderse en ellos. Ambos se miraron por centésimas de segundo antes de que Em reaccionara ante la situación sonriendo un poco y siguiera caminando rápidamente con incomodidad.

No había podido dejar de pensar en la situación mientras caminaba, continuaba diciéndose que esos segundos donde nadie había dicho algo habían sido tensos, pero también admiraba internamente esos ojos azules —le parecían los ojos más claros que había visto— y el contraste que daban con su cabello negro. Cuando llegó al final de la cuadra arrepintió de no haber sido más sociable, pues tal vez habría podido presentarse y preguntar qué tipos de lugares había alrededor, pero ahora tendría que merodear por las calles y buscar alguna tienda o establecimiento donde pasar las dos horas más largas de su vida. Por casualidad vio el nombre de la calle en su esquina, 5th Street, y trató de recordarla para no perderse en futuros viajes. Continuó por la derecha y paseó por la calle, leyó el nombre de cada establecimientos que veía para darse una idea de lo que podían vender hasta que dio con una posibilidad, un café, más específicamente Tweek Bros Coffee.

La emoción la hizo sonreír, al fin podría descansar un poco de tanto desasosiego. Una banca verde junto a un bote de basura estaba frente a la pared principal, la cual era de vidrio al igual que la puerta, así como algo parecido a un buzón y un parquímetro. No se molestó en mirar a través del cristal para entrar, y hubiera esperado que una campana sonara al hacerlo, pero al parecer los comercios ahí no eran tan anticuados como creía; de hecho el interior era algo moderno, su techo era de un bordó oscuro parecido al marrón como el letrero que lo anunciaba, de éste colgaban lámparas en un círculo que sobresalía ligeramente de la parte donde estaban las mesas para los clientes y sobre el mostrador para servir las bebidas junto con lámparas empotradas en el techo para más iluminación con vidrio debajo de ellas.

Se aproximó al alto mostrador para pedir su café y leyó el menú en pantallas electrónicas sobre los instrumentos para preparar las bebidas mientras recargaba su brazo en la mesa. Había Capuccino, Espresso, Americano, Latte, Moka y muchos nombres extraños, todos divididos en "Calientes", "Fríos" y "Con licor". Decidió pedir uno de los que conocía y le gustaba, Capuccino, pero continuó leyendo los demás nombres: Caramelo Macchiato, Frappé, Café au Lait, Ristretto o Corto, Frapuccino, Espresso Doble, Carajillo, entre otros. Había demasiados con nombres extranjeros y no sabía la diferencia entre la mayoría de ellos, por lo que prefirió mirar alrededor en vez de aburrirse leyendo nombres incomprensibles. Decidió ver qué clientes había por lo que recargó sus codos en el mostrador color crema así como su cara en sus puños y paseó su mirada por los clientes actuales. Tres chicos estaban en una mesa hablando casualmente, uno tenía el pelo castaño, cara amigable y ojos océano profundo —los cuales podía ver gracias a la posición de su silla— usando una chaqueta roja y blanca, otro rubio pálido con una camisa verde pino y el último tenía cabello azabache con un gorro de lana con orejeras azul naval, y en un momento dado todos reían al menos un poco.

Se preguntó cuándo volvería a reír de esa forma, con alegría auténtica, porque en esos instantes parecía muy lejano. El castaño notó la presencia de Emily, quien pensó que parecería acosadora siguiendo haciéndolo, así que sonrió un poco intentando disculparse con la mirada y volteó a la mesa donde estaban los utensilios para preparar café. Pensó que ese lugar sería un buen lugar de reuniones, pues las paredes pintadas de verde claro y el aroma a café daban un aire apacible y acogedor, y al menos a esa hora no habían muchos clientes, pero por ahora no había amigos que invitar.

—¿Qué se le ofrece? —dijo una voz temblorosa a su lado, y de donde provenía caminó con incertidumbre para plantarse delante de ella. El chico rubio estaba tomando su orden, al parecer trabajaba ahí—. Uh, me gustaría un Capuccino... Por favor —respondió nerviosa mirándolo, parecía que él se había vestido a la carrera pues llevaba unos de los botones visibles de su camisa mal abrochados debajo del delantal marrón que usaba. Siguió los movimientos despistados que hacía para preparar el café pues quería saber qué estaba tomando y el proceso de la bebida, pero continuó observando al empleado también; su cabello estaba alborotado y lo hacía ver adorable de alguna manera y Tweek T. estaba grabado su placa de empleado rectangular y metálica.

Sin mucha atención observó cómo agregaba la leche y el café caliente a la mezcla y le daba sutiles ojeadas—. ¿Cargado? —preguntó el chico dirigiéndose a ella y dándole una mirada curiosa—. No, ligero —respondió velozmente ella. Pudo notar que la voz del chico era suave y baja, dada de una persona tranquila o insegura y que no era muy alto, pero lo era más que ella por unos centímetros.

—Aquí tienes —Le tendió el vaso y ella lo tomó tan pronto como pudo, rozando algunos de sus dedos con los de él. Tweek, quien parecía estar tomando su pedido, parecía más nervioso que antes y su mano temblaba, pero trataba de ocultarlo—. ¿Me puedes dar un agitador? —pidió Emily con amabilidad tratando de no sonar exigente. Tras decirlo Tweek permaneció inmóvil procesándolo por unos segundos hasta que reaccionó—. Ah, uh, c-claro —Buscó el recipiente donde guardaban los agitadores, parecidos a pajillas pero delgados y particularmente para café. Murmuró un pequeño 'gracias' antes de girarse y considerar las opciones: Ir a tomar el café a casa o arriesgarse y tomarlo en ese mismo lugar. Decidió hacerlo sin pensar, la situación más prometedora era tomarlo en la cafetería, así que caminó en dirección a la mesa donde estaba el trío.

Mordió su labio inferior por los nervios con necesidad hasta que tragó la piel arrancada al ver lo que iba a hacer, distraída por el ritmo acelerado de su corazón y pensamientos. Los nervios efervescían en ella, las burbujas de la inquietud y angustia estaban en su piel y podía sentirlas intensamente como incesantes hormigueos que la hacían querer salir corriendo. En vez de seguir torpemente lamentándose, intentó que el valor no vacilara y preguntó:

—¿Me puedo sentar?


Han pasado 84 años :'D Me merezco un premio, 4 mil palabras. Díganme que merece la pena esperar
Sorry si no entienden el lenguaje 'literario'
Intuito: ojeada, vistazo; testa: cabeza; occiso: muerto violentamente; cerúleo: azul

Importante: Es por rutas, por lo que el título de los capítulos será el nombre del personaje. (Olvidé mencionarlo)