DEUX
.
.
.
Decían que el hermano del traidor era un hombre despiadado, que había perdido el corazón al mismo tiempo que a su hermano. Decían que Aioria había extraviado su alma y que dentro de ese cuerpo no quedaba nada, sólo un vacío, como un cascarón.
Pero eso no era del todo cierto.
Unos pocos, los que lo conocían, sabían que esa apariencia suya, tan tosca, de semblante serio, no era más que la manera en la que Aioria había elegido esconderse y guardar las apariencias. Los reveses de su vida le habían convertido en un hombre duro aunque por dentro era amable, bondadoso y un guerrero leal.
Era probable que se escondiera de esa manera para protegerse a sí mismo, y para evitar que tocasen más allá… para que no le robasen las memorias amadas con su hermano, ya mucho era lo que aceptaba con el cargo de "hermano del traidor", aunque él no creía que fuese así, en el fondo tenía la sospecha de que algo muy siniestro se escondía tras la escapada de Aioros.
Camus y él se habían agradado, ambos tan amigos de sus ideas, celosos de sus secretos, pero capaces de compartir los silencios y soledades. No eran amigos comunes.
También Camus sabía que Aioria, a veces, era como un niño, sus bromas, sus comentarios, eran un desconcierto para esa imagen tan belicosa que mantenía para los demás, como pantalla.
La primera vez que le hizo una de sus bromas… estuvo por meterlo a un ataúd de hielo y dejarlo ahí por toda la eternidad. En primera el francés no era de los que estuviesen acostumbrados al tacto y a la invasión, y en segunda… tampoco era de bromas.
Sabía que Aioria fumaba de vez en cuando, no lo criticaba, peores cosas había visto entre los Arcontes de Santuario, algunas inconfesables y vergonzosas para la misma orden, así que el que fumase un cigarrillo, de vez en cuando no le asustaba.
Aquella primera vez le hizo rabiar…
No se había dado cuenta en qué condenado momento el maldito griego había metido su encendedor en la vasija de la armadura, la vasija que estaba colocada dignamente sobre su hombro… hasta que se agachó… y el encendedor fue a dar al suelo… para mofa de algunos cuantos, incluido Aioria. El galo no sobrellevaba bien los ridículos. Los detestaba.
Enrojeció, apretó el encendedor en el puño y lo congeló, haciendo de él una bonita pieza que parecía un encapsulado de Arte Moderno, mismo que le arrojó al griego en la cabeza, apenas estuvieron solos.
—Connard! —Ladró mientras escuchó el golpe del hielo en la cabeza del otro.
Por toda respuesta, Aioria soltó una carcajada, de tal magnitud, que Camus no pudo sentirse abstraído y al final acabo riendo de la estúpida situación.
—Donde vuelvas a meter algo ahí… no vivirás para contarlo, los ropajes no son para jugar, Aioria —le reprendió.
—Lo sé, pero… era tentador… me parece un buen lugar para guardar cosas.
—Guarda tus cosas en otro lado.
La segunda vez, fue algo similar, nuevamente, sin que se diera cuenta, había dejado una flor ahí… ¡Como si se tratase de un puto florero! Y lo peor fue que ¡Nadie le dijo nada! Él había estado de paso por el Santuario y le habían visto con una ridícula flor… sonreían con esas caras de mofa… y lo dejaban seguir cargando aquello.
Esa vez tuvo su revancha: se encontró con una adolorado Aioria que tenía la boca hinchada… de una manera grotesca. Tuvo la buena puntada de perforarse el labio inferior, y ciertamente, no lucía seductor… lucía como el premio a la boca más hinchada de toda Grecia.
Con el pretexto de enfriarle un poco la herida lo tocó. Y al principio si lo hizo, enfrió lo suficiente para que el otro dejara de sentir dolor… pero luego… jaló la pieza con los dedos, con todo y labio.
—¿Qué te pasa, idiota, quieres arrancarme la boca? —Gimoteó el Arconte de Leo.
—No que va, si te la quisiera arrancar jalaría más, por ejemplo así… —tiró de nuevo haciendo que el otro se agachara en la dirección de su mano para evitar el doloroso estiramiento de la piel— Vuelves a echarme cosas encima, y lo siguiente que verás será el quirófano para que reconstruyan esa bocota tuya.
Sólo una cosa iba a admitir: que tenía un sentido del humor muy peculiar, y que le hacía reír… más de lo que había reído en mucho tiempo esa bobería tarde o temprano lo iba a llevar a un lugar que no quería.
Suficiente tenía con una amante dentro del Santuario: con su compañera, no necesitaba otro ¿O sí?
A veces se decía a sí mismo que ¿Qué más daba? Si iba desaparecer un día, en la guerra, ¿qué más le daba vivir un poco… a prisa? Pronto tendría un discípulo a quién entrenar, y era evidente que la vacante de Acuario… cuando él ya no estuviese, tendría que ser cubierta por su discípulo… así que tenía razones para vivir el momento… sólo para no extrañar el mundo finito… y para sentirse más humano que guerrero, un poco…
