¡Wow! Este fic ha tenido muy buenas respuestas por parte de ustedes, ¡Muy bien!

Por eso, les traigo el capítulo dos. Es un poco corto, pero no puedo poner el resto porque no habría suspenso (?)

¿Les gusta cómo narra Castiel? Los comentarios me ayudan a mejorar o3o

Bueno, disfruten a nuestro pelirrojo siendo papi 3 [:I xD]


Tenía la puerta enfrente de mí. Solamente debía abrirla y ver qué había adentro. Tragué saliva, dirigí con demasiada lentitud mi mano a la perilla de aquella maldita puerta del infierno. ¿Cómo reaccionaría? Mi mente se había preparado para la llegada de un niño, un varón, alguien que no necesitaría de besos, abrazos, explicaciones sobre la sexualidad o permisos para tener pareja. Pero una bebé… Una mujer. Otra mujer. Apenas y soportaba a Twilight –y eso porque la amaba- para que me enviaran otra, con problemas de menstruación y riesgo a que le hagan daño.

¿¡Cómo podré con todo esto!?

Inconscientemente, abrí la puerta. Sentí mi corazón latir con fuerza y rapidez, pero poco a poco me fui quedando sin respiración al ver aquella escena tan inesperada: Mi chica, mi hermosa peli naranja sosteniendo a un bulto en sus brazos, un bulto rosa. Tragué saliva y caminé lentamente. Observé los rasgos de Twilight, se veía notablemente cansada y sudorosa, con ojeras y pálida. Quise llorar por verla así. Claro que, yo nunca lloro.

Terminé mi recorrido hasta su cama, y me acomodé al lado de ella, abrazándola con tanta suavidad como si fuera el papel más frágil del mundo, y que podría romperse con un simple toque. Besé su frente, no me imaginaba lo cansada que estaba, observé sus brazos tan débiles como masa temblar por el simple esfuerzo de cargar a una cosa de no más de 3 kilos. No podía ni hablar, habían sido 16 larguísimas horas de parto. Apenas y pudo extenderme a la bola rosa, y un tanto titubeante, la acepté. Con sus brazos liberados de esa carga, se acostó en la cama y cerró sus ojos, intentando recuperar el aliento.

Y entonces, me fijé en la bolita rosa. La cara de la pequeña cosa, era regordeta, su piel estaba del color de la sábana, parecía camuflaje. Pero sus mejillas, esos dos cachetes inflados, eran de un rojo fuerte. Sus ojitos estaban cerrados, y no lloraba. Su cabello… No pude evitar sonreír al ver ese par de mechones húmedos y pegados a su cabeza. Eran rojos. Una pelirroja tan intensa, como su papá. Una belleza, completamente.

Y me enamoré por segunda vez.

Sintiendo un miedo tremendo por lastimarla, pero no aguantando la curiosidad, acerqué mis dedos a sus mejillas carmesí, y toqué su carita, recorriendo sus facciones con suavidad. Su piel estaba caliente, conservaba la temperatura que tenía estando dentro de mamá. Se movió un poco ante mi roce, de seguro mis manos estaban frías, pero sudaba por los nervios. Sacó una de sus diminutas manos por entre los pliegues de la sábana, era apenas del tamaño de una tapa de refresco. Acerqué mi dedo a su mano para volver a acomodarla en la sábana, pero la muy traviesa sujetó mi dedo en su manita.

Y la apretó. Reí de nuevo, pero en voz alta, porque unas enfermeras que atendían a Twilight, voltearon curiosas a verme. Metiches.

Ignoré las miradas y seguí concentrado en mi bebé, quería observarla durante horas, y horas, y horas. Quería que, además del rostro de su madre, el suyo fuera lo último que viera antes de dormir y lo primero al despertar. Quería que sus flamantes ojos –cuyo color aun era un enigma- fuera mi recuerdo eterno antes de morir. La quería conmigo, para siempre.

Me ocupé en limpiar rápido las escurridizas y estúpidas lágrimas que se me habían escapado cuando una enfermera se acercó, dispuesta a interrumpir mi "para siempre".

-Disculpe señor, pero su esposa debe descansar y debemos bañar y limpiar a su hija.- Mi hija, qué bien se escuchaba eso.- Podrá venir a verlas en unas horas, le avisaremos. Pase a la sala de espera, si es tan amable.- Con coraje que oculté perfectamente, le entregué a la enfermera mi mayor tesoro. La mujer esa la tomó como si fuera cualquier otra cosa, y casi le grité que tuviera cuidado, pero me contuve. Se supone que es enfermera, y se supone que sabe lo que hace.

Pero si ese "se supone" fallaba, debería enfrentarse a la furia de Castiel. Y nadie quiere eso. Observé a la mujer alejarse con mi bebé, un tanto triste. Ahora nunca podría separarme de ella. Un jaloneo débil me sacó de mis pensamientos, y volteé. Mi peli naranja sonreía, con su debilidad aun latente. Me incliné hacía ella y besé sus labios con suavidad, con amor.

Esa bebita me había cambiado completamente. Ella correspondió al beso sin quitar su encantadora sonrisa, y me miró con sus enormes ojos rosados.

Dios, iría a la iglesia todos los días si mi hija sacaba aquellos impresionantes ojos.

-Hay que… Pensar un nombre. No… No teníamos uno planeado en caso de que… Fuera niña. No quiero que se llame "Castiela". – Rio débilmente. Sonreí chasqueando con la lengua.-

-Ya se nos ocurrirá uno.- Acaricié su cabello.- Descansa, amor.-

-De hecho señor, debe pensar uno ahora mismo. Debemos registrar a la niña en el hospital, para que la puedan dar de alta.- La voz de la enfermera me hizo suspirar.

¿Debía pensar en un nombre que fuera hermoso y adecuado para ella justo ahora?

Maldita anciana.

-Me gusta… El nombre que tenía tu madre. ¿Misaki?- Me preguntó curiosa. Parpadeé. ¿Quería llamarla como mi madre? Esa mujer apenas y sabía que yo era su hijo. No la odiaba, pero no había sido la madre más amorosa del mundo, y tener que recordarla cada vez que veía a mi niña, era algo que no estaba dispuesto a aceptar. Negué.

-No. No le pondremos el nombre de mi mamá. Ni siquiera estoy seguro si es realmente mi madre.-Lo estaba, desafortunadamente- Mejor como tu abuela, Angelique. Es un nombre precioso.- Sonreí, besando su frente. Negó. Ni cansada cedía.

-Misaki.-Bufé. No quería discutir por eso.

-No, Angelique.- Fulminé a la enfermera con la mirada.- Angelique, póngalo.-

-Misaki. Anótelo.-

-Angelique.-

-Misaki.-

-Angelique.-

-¡MISAKI!- Alzó la voz. Ja, ya se le pasaba el cansancio.

-¡ANGELIQUE!- La enfermera, desesperada, comenzó a anotar.-

-Misaki Angelique... ¿Leunam, cierto? Listo. Tiene el número de registro 18288, señor Leunam, cuando quiera pasar a verla. Con su permiso. Señora, descanse.- Y con ambos boquiabiertos, la vieja nombró a nuestra hija. Twi rio, no teníamos más que conformarnos. Besé sus labios por última vez antes de salir de la habitación… Para correr a ver a mi bebé.

Esa niña había sido un verdadero cambio para mi vida, en todos los sentidos.

Apenas regresamos a casa, nuestra bebé se había dado a la tarea de no dejarnos descansar o dormir más de dos horas.

Lunes primero de diciembre, 1:10 a.m., segunda noche de Misaki en casa.

Los lloriqueos comenzaron a eliminar el silencio que inundaba el lugar hasta ese entonces. Twi se movió y yo maldije. No hoy. No cuando tenía que levantarme temprano por una junta tan importante para mi carrera. No atendería. Coloqué la almohada encima de mi cabeza, tratando de nublar los ruidos de la niña, que se concentraba en molestarnos.

-Ni se te ocurra. Es tu turno Cas. Levántate y ve a verla.- La peli naranja me movió. Ella tampoco me dejaría dormir. Quité la almohada de mi cabeza refunfuñando, y me levanté.

-Maldito preservativo estúpido. ¿Por qué no funcionaste?- Rasqué mi cabeza mientras me levantaba. Escuché la risa de mi chica, aun somnolienta. No más que yo.

-Culpas lo que no usaste, genio. Por eso ella está aquí. Deja de maldecir y haz tu trabajo.- Regañó, acomodándose en la cama ahora que yo no ocupaba un espacio en ésta. Imité sus regaños con burla saliendo del cuarto.

-No puedo, ella no me dejará si se sigue despertando.- Bostecé. Fui a ver a la pequeña demonio, la cargué, y después de 10 minutos intentando arrullarla y dormirla con canciones –que sólo me dormían a mí- me di por vencido. Quería aventar a esa cosa por la ventana. Bajé a la cocina, y le preparé un biberón que la muy glotona se terminó en un par de minutos. La arrullé de nuevo, y finalmente durmió. Casi canto aleluya por lograr que se quedara callada. Regresé a la cama con Twi, y me acosté, con la esperanza de poder dormir las horas que me restaban.

2:15. Hoy tampoco dormiría. Volví a escuchar sus lloriqueos. ¡Qué plaga, Jesús! Maldije en voz alta, despertando también a Twilight. Sufre, mujer, que tú la trajiste a este mundo.

-Ve por favor…- Me susurró. Me levanté, por segunda vez en esa noche, y caminé a la habitación de la pequeña cabrona.

Tan cabrona como su padre, y eso que aun era una bebé.

Llegué a su cuarto, la cargué y la miré con ojos modorros, pues la luz que emitía una lamparita me bloqueaba verla entre toda la oscuridad.

Abrí los ojos como platos cuando miré su rostro.

Había abierto los ojos.

¡Pude ver el color de sus ojos!

….

Ahora debía ir a la iglesia todos los días. Sus ojos, grandes y redondos, tan abiertos ahora, eran de un bellísimo color rosa claro. ¡Rosa, rosa!

Sólo mis dos amores tenían los ojos de ese color. Sonreí y comencé a reír, y de seguro asusté a Twi, pues se levantó y entró al cuarto de la niña.

-¿Qué pasa? ¿Ya aventaste a la bebé del…? Oh por… Dios… ¡Cas! ¡Abrió los ojos! –Me miró sorprendida, corriendo a donde estaba y prendiendo la luz, para poder ver los ojitos de la nena con claridad.

Y sí, idénticos a los de su madre. Empezó a reír como yo, y abrazó a la niña sin dejar de mirarla. Yo tampoco podía hacerlo.

Era bella, hermosa. Un encanto, ya podía imaginármela cuando creciera.

… No, no quería imaginármela así.

Eso significaba que algún cabrón hijo de puta se acercaría a mi niña para intentar conquistarla, y quién sabe que tanto.

¡Que se jodan! Ella es mía.

Y lo sería por largo rato… Desafortunadamente.


Demasiado cortito. Hoy mismo les pongo el otro, si comentan mucho (?)

RR!

Agreguen al juego: WinryAndy00 y TwilyNiichan