Hola de nuevo, queridos lectores!
Ya he mencionado en la descripción que esta historia no me pertenece. No la he escrito yo. Su verdadera autora es Miranda Lee. Y esto es una adaptación a la pareja de Amber x Castiel, del juego Corazón de Melón.
Capítulo Dos
Castiel levantó el Sunrise Gazette de esa semana del suelo y luego cerró la puerta con el pie. Le quitó el envoltorio de plástico, tiró el periódico encima de su sillón preferido para leerlo luego; entonces, fue a la cocina y tiró la bola de plástico en la basura.
Su expresión ensombreció mientras alcanzaba la botella de Whisky, que estaba esperándole encima del mostrador de la cocina. Desenroscó el tapón de la botella y, en el vaso que había al lado, se sirvió una generosa cantidad.
¡Qué día! ¡Qué vida!
Se aflojó el nudo de la corbata de seda azul de un frustrado tirón y luego sacó una bandeja de cubitos de hielo del congelador. Echó varios en el vaso. Estaba gruñendo cuando levantó el vaso.
Extraño. Siempre había creído que ser un abogado de la gran ciudad le haría supremamente feliz. Dinero y renombre. Gente llena de admiración hacia él. Mujeres cayendo a sus pies.
Bueno, desde luego tenía dinero. Su trabajo pagaba muy bien. ¿Cómo si no podría haberse comprado aquel piso con vistas al puerto de Sydney? ¿O el Saab nueve mil CD Turbo de color negro que ocupaba una de sus dos plazas de garaje en el aparcamiento subterráneo, veinte pisos abajo?
Tragó un buen sorbo del líquido tranquilizante; entonces, frunció el ceño por la necesidad que tenía de él.
Un águila del derecho ganaba más que la mayoría de los médicos en la actualidad, y el salario de Castiel, de seis dígitos, satisfacía su ansia de logro económico. Pero últimamente no había gozado de gran admiración por parte de la comunidad.
El estatus de los abogados había bajado varios puntos durante los últimos diez años a escala mundial. Según una reciente encuesta de opinión, sólo los políticos y los vendedores de coches usados gozaban de peor reputación que ellos. En general, la gente consideraba a los abogados sinvergüenzas que cobraban exorbitantes cantidades de dinero por unos servicios que, con frecuencia, resultaban inútiles e ineficaces.
La compañía de abogacía en la que Castiel trabajaba era muy eficiente y útil, pero muy cara también. El precio de una hora de consulta era extraordinario. Una vez que un cliente les contrataba, los costes empezaban a amontonarse. Por supuesto, obtenían resultados, lo que quizá justificara los precios. Castiel estaba de acuerdo con que los buenos servicios debían pagarse, lo que le molestaba eran las mezquindades.
El día anterior, cuando vio que habían empezado a cobrar dos dólares a los clientes por cada fotocopia, se puso furioso. Pero cuando aquella tarde le hizo la observación a uno de sus superiores, éste le contestó fría y cortantemente que los abogados misioneros trabajaban para el estado, no para una de las empresas de abogados mayores y de más éxito de Sydney.
—Quizá no sea tan mala idea trabajar para el estado —le murmuró Castiel a su vaso de Whisky, sintiéndose bastante insatisfecho con su vida profesional en esos momentos.
En realidad, tampoco podía quejarse de su vida personal y de su éxito con el sexo opuesto. Había una increíble cantidad de mujeres hermosas a quienes no les importaba mucho cómo uno se ganaba la vida, siempre y cuando se condujera un buen coche, se vistiera bien y las llevara a los mejores restaurantes.
Durante los últimos años, Castiel había salido con muchas bellezas de la alta sociedad y con compañeras de profesión, al igual que con alguna que otra mujer ambiciosa en busca de dinero. En cierto modo, Castiel prefería a las de esta última clase porque comprendía lo que las llevaba a ser tan complacientes.
La pobreza.
O la aversión a ella.
Castiel sabía todo lo que había que saber sobre la pobreza, y no tenía pensado volver a ser pobre nunca más. Ni estar sin una mujer bonita colgada de su brazo. Era una pena que su profesión no le había hecho ganar la estima y el respeto de los demás.
—A pesar de ello, no está mal haber conseguido dos cosas de tres —murmuró mientras se llevaba el vaso de Whisky a la boca una vez más—. Vamos, Castiel, deja de quejarte. ¿Preferirías seguir viviendo con la abuela en Sunrise Point? Cada vez que estés a disgusto con tu vida, piensa en el pasado, en la vida con esa anciana en aquella desvencijada granja, en la forma como te trataban todos, como a un marginado. Y lo peor de todo, piensa en el desprecio con que te miraba la única chica a la que deseabas con desesperación.
Amber Hollingsworth…
Castiel arrugó los labios al pensar en ella, como le ocurría con frecuencia. ¡Qué insufrible niña mimada!
Pero tan insoportablemente hermosa. La clase de chica con la que los chicos como él sólo podían soñar.
Rubia, por supuesto. Con el cabello hasta la cintura, las piernas larguísimas y unos perfectos pechos respingones que se le movían al andar.
¡Y qué andares! Y esa nariz. Y los estrechos hombros derechos, su espalda recta, pero sus caderas balanceándose seductoramente con el movimiento de las piernas.
No había un sólo chico en el colegio, ni un solo hombre en la ciudad, que no se hubiera parado para contemplar los andares de Amber Hollingsworth.
«Excepto yo», recordó Castiel con una incipiente sonrisa.
Bueno, sí la había observado, pero disimuladamente. Sin que nadie lo viera.
Nunca le había dado a esa niña mimada e insufrible la satisfacción de sorprenderle contemplándola.
Y era una niña mimada e insufrible. Con él. Sólo con él.
Con los demás chicos del colegio, era sumamente dulce. Tenía por costumbre dedicarles su deslumbrante sonrisa y mirarlos con esos ojos verdes falsamente inocentes mientras parpadeaba con aquellas impresionantes largas pestañas.
Pero lo único que él recibió después de que su abuela le dejara delante de la puerta del colegio el día siguiente a su decimosexto cumpleaños fueron miradas de compasión a las que pronto siguieron burlones comentarios.
«Vamos, Castiel, ¿en serio que no tienes otra ropa?».
«Dios mío, Castiel. No sé qué haces en la gran ciudad, pero aquí utilizamos desodorante».
«Dios mío, Castiel, ¿es que tu madre no te enseñó que es de mala educación quedarse mirando a la gente?».
Castiel lanzó un gruñido al pensar en la única vez en la que ella le sorprendió haciendo justo eso, quedarse mirándola.
Ocurrió aproximadamente un año después de que el departamento de bienestar social le enviara a vivir con su abuela. En aquel día de verano, Amber estaba tumbada en el césped debajo de un árbol en el jardín del colegio durante la hora del almuerzo. Hacía mucho calor y ella se había desabrochado los dos botones superiores de la blusa blanca. Castiel, que estaba sentado en un banco cerca, pudo verle el escote y la mayor parte de uno de esos dos perfectos senos, inadecuadamente encerrados en las copas de encaje blanco.
Castiel estaba seguro de que ella era perfectamente consciente de que la estaba mirando, e incluso se había movido para que pudiera verla mejor. Por fin, cuando él estaba totalmente absorto con aquellas lascivas curvas, Amber volvió la cabeza y le sorprendió contemplándola. Castiel no desvió la mirada, la siguió observando.
Durante una décima de segundo, creyó verla sonrojarse; pero después, ella, con un movimiento de cabeza, se echó el pelo hacia atrás, alzó la nariz y le lanzó ese reproche sobre su madre y que era de mala educación mirar fijamente a la gente.
Castiel la odió desde ese momento. La odiaba y, al mismo tiempo, la deseaba. Juró vengarse de la todo poderosa señorita Amber Hollingsworth aunque fuera lo último que hiciera.
Vengarse era una necesidad; no obstante, no tan poderosa como la otra, más básica, que ella despertaba en él… como quedó demostrado la noche de la fiesta de graduación.
Fue a la fiesta sin acompañante. No porque no pudiera encontrar una chica, sino porque no quería ir con otra que no fuera Amber Hollingsworth. Así de obsesionado estaba con ella.
En realidad, había varias chicas de su clase a las que les habría encantado ser su acompañante, sin contar su última novia. Para entonces, a punto de cumplir los diecinueve años, el esbelto cuerpo de Castiel se había formado y algunas de sus compañeras de clase le encontraban muy atractivo.
Castiel tuvo sus primeras experiencias sexuales durante los dos últimos trimestres en el colegio, pero ninguna de las chicas consiguió mantener su interés. En primer lugar, porque Castiel no tenía dinero suficiente para tener novia y salir con ella regularmente; en segundo lugar, porque despreciaba lo fáciles que eran.
A pesar de su sensualidad y belleza, Amber Hollingsworth aún era virgen. El colegio entero lo sabía. De no serlo, su último novio habría gritado su éxito a los cuatro vientos.
Chris Johnson, con su cabello rubio a mechas y torso bronceado, se creía irresistible a las mujeres. El mejor surfista del colegio se había acostado con toda chica medio decente de entre sus compañeras, y había puesto los ojos en el premio de los premios, en la hermosa hija rubia del hombre más rico de la ciudad.
Hasta el momento, sin gran éxito.
Aquella noche, Castiel se esmeró en su aspecto. Era una cuestión de orgullo, no de esperanza.
Había ahorrado durante semanas todo lo que le fue posible mediante la venta ambulante de huevos de granja a la salida del colegio, y le fue posible alquilar un traje. Un elegante esmoquin negro, una camisa deslumbrantemente blanca y un lazo negro. Incluso se había comprado unos zapatos nuevos, negros. Hasta la abuela le dijo que estaba muy guapo cuando le llevó al salón de actos del colegio en la vieja furgoneta.
Amber también estaba más guapa que nunca aquella noche. Su vestido era de un blanco virginal, pero a la vez muy sexy. Justo por debajo de las rodillas, con la falda de vuelo y el corpiño ceñido sujeto con tirantes.
Castiel no pudo quitarle los ojos de encima. En aquella ocasión, ni siquiera se molestó en disimular su deseo.
Amber no malinterpretó su mirada, y se la devolvió. Largas y agitadas miradas con una intrigante y temerosa cualidad, como si ella no se atreviera a mirarlo, pero no pudiera evitarlo.
El interés de Amber despertó la confianza en sí mismo de Castiel. Cuando el novio de Amber se fue al servicio alrededor de medianoche, Castiel cruzó la pista de baile directamente hacia ella.
—Ven a dar un paseo conmigo —le dijo a Amber, no a modo de petición, sino de orden.
Con frecuencia adoptaba una actitud arrogante con las chicas, y solía darle resultado; sin embargo, jamás había imaginado que pudiera salirle bien con Amber Hollingsworth. Normalmente, sólo la presencia de ella le hacía dudar de sí mismo.
Los encantadores ojos de Amber se agrandaron.
—¿Con quién crees que estás hablando, Castiel Sinclair? —le contestó ella, aunque con voz temblorosa—. No soy una de esas chicas fáciles que te dejan hacerles lo que quieras detrás del gimnasio.
—Cállate y haz lo que se te dice —murmuró él y, tomándole la mano, entrelazó los dedos con los de ella—. Venga, vamos —insistió Castiel, y comenzó a tirar de Amber por entre las parejas que bailaban.
Varios de sus compañeros se les quedaron mirando.
Castiel sospechó que, al día siguiente, tendría que vérselas con Chris Johnson, pero no le importaba. Amber ya le seguía sin protestar, sorprendida por la docilidad de su propio comportamiento. Castiel estaba embriagado por el poder que sentía.
No la llevó detrás del gimnasio, sino al edificio de oficinas que estaba más allá. También era más oscuro. La llevó hasta una puerta y la apoyó contra ella. Casi no podía verle el rostro en la oscuridad, pero podía oler su perfume y sentir su tembloroso cuerpo.
Castiel no pronunció palabra. Empezó a besarla. Y a tocarla… todo el cuerpo.
Ella no le detuvo. En realidad, pronto entró en acción. Le devolvió los besos y las caricias. No parecía saciarse de él. La fiera excitación de Castiel pronto se transformó en apasionada resolución. Sería el primero que lo hiciera con ella. Le demostraría lo mucho que ella significaba para él, lo mucho que siempre la había deseado.
Diez minutos después, estaban haciendo el amor. Allí de pie, contra la puerta cerrada, con sorprendente facilidad. Ella, aferrada a sus hombros, susurró el nombre de Castiel cuando éste la penetró.
No hubo protesta ni grito de dolor proveniente de aquella supuesta víctima virginal, sólo un suave gemido de placer. Amber comenzó a moverse con él, apretándole y soltándole con una experiencia que ninguna otra chica le había mostrado.
Perplejo y estúpidamente preocupado, Castiel salió de ella y se quedó ahí de pie, sin hacer nada, sin que la sorpresa le dejara hablar. La única reacción de Amber fue un gruñido de frustración por verse privada de la satisfacción del momento.
Fue la mayor desilusión de Castiel y por fin encontró su voz, le lanzó palabras que después no pudo recordar. Sólo sabía que la había llamado todo tipo de cosas. Había sido un estúpido al ponerla en un pedestal.
Pero Amber tuvo la última palabra. Selló la ocasión no diciendo nada. Se limitó a levantar el rostro antes de darse media vuelta y volver a la pista de baile con Chris como si nada hubiera ocurrido. Cuando Castiel volvió, no reconoció su presencia. Él se la quedó mirando y ella rió mientras se apretaba contra Chris.
Castiel estaba sorprendido. Y destrozado. No sabía que una chica pudiera ser así de cruel y fría. Llevaba años oyendo esa risa en su cabeza, imaginando lo que le habría dado a Chris al final de aquella noche.
Castiel se estremeció y se obligó a volver al presente. Hacía mucho tiempo que no pensaba en Amber Hollingsworth, y no sabía por qué lo hacía aún. Esa mujer no era digna de sus pensamientos. Las mujeres como ella sólo eran buenas para una cosa.
Castiel volvió al cuarto de estar y allí, esperándole, estaba el periódico de su ciudad, el periódico que le mantenía en contacto no sólo con Sunrise sino también con la señorita Todopoderosa. Ese periódico le había hablado del matrimonio de ella con un playboy americano años atrás, y también le había informado de su divorcio hacía tres años.
Castiel había esperado que su regreso después del divorcio fuera algo temporal, pero cuando el padre de Amber sufrió un infarto el año anterior, Castiel se enteró de que Amber se había puesto al frente de la empresa Hollingsworths; algo sorprendente, debido a que Amber nunca había demostrado inclinación académica. En el colegio, siempre se había mostrado más interés por su cabello y sus uñas que por los libros.
Una semana antes de la última Navidad, Castiel leyó en el Gazette sobre los grandiosos planes para levantar un complejo comercial con cine.
La presencia de Amber en la pequeña ciudad era uno de los motivos por los que Castiel había evitado pasar allí la Navidad última. Su abuela siempre le obligaba a acompañarla a la iglesia, y la perspectiva de encontrarse con Amber allí había sido suficiente para hacerle aceptar la invitación de Brenda a pasar las vacaciones de Navidad con ella y su familia.
Una equivocación. Soportar otro desafortunado encuentro con Amber habría sido preferible a soportar a la increíblemente cursi familia de Brenda. En comparación, la familia Hollingsworth casi parecía normal. Ver a Brenda en su entorno le había quitado las ganas de acostarse con ella, y no había vuelto a llamarla.
¿Por qué entonces no había nada que pudiera apagar su ardor por Amber? Podía ser tan malvada como quisiera. Cursi. Ambiciosa. Arrogante. Cualquier cosa. Y aún la desearía.
Castiel miró el periódico. Reconoció que era su obsesión por Amber Hollingsworth lo que le hacía seguir subscrito a la publicación. ¿Por qué no podía deshacerse de esa fascinación masoquista por ella? ¿Por qué no rompía sus ataduras con Sunrise para siempre, sin siquiera volver a pasar allí una sola Navidad?
Semejante acción era imposible. En primer lugar, le haría un gran daño a su abuela si nunca volvía a la granja. Su abuela era un verdadero suplicio, pero había sido buena con él cuando Castiel necesitaba a alguien desesperadamente. De no haber sido por su abuela, habría acabado al otro lado de la ley.
Castiel aceptó que la Semana Santa, para la que faltaba menos de un mes, la pasaría en Sunrise Point y tendría que volver a acompañar a su abuela a la iglesia; sin embargo, temía ese eterno tormento.
Vació el vaso de Whisky, lo dejó encima de la mesa de centro, levantó el periódico del sillón y se sentó. Con enfadados movimientos, abrió el periódico.
El encabezamiento le saltó; luego, la foto de su abuela. El corazón empezó a latirle con fuerza mientras leía el artículo. Se puso furioso y también sintió frustración. ¿Por qué su abuela no le había dicho nada? ¿Por qué no le había llamado por teléfono?
Apretó los dientes, furibundo, al imaginar a Amber Hollingsworth intentando convencer con dulces palabras a una aparentemente indefensa anciana para que vendiera su propiedad; sin duda, por una miseria.
Bien, pero Amber no conocía a su abuela. Amber creía que podía obtener todo lo que quería, cuando lo quería, por el mero hecho de ser rica y hermosa. Ella pensaba: «Quiero esto. Y como quiero esto, lo consigo. Y cuando ya no lo quiera, lo tiraré».
Se compadecía del pobre desgraciado que se casó con ella. Sin duda, le había hecho bailar al son que ella tocaba. Lo hacía con todos los hombres.
Castiel volvió a apretar los dientes. En una ocasión, le había negado a Amber instantánea satisfacción. Bien, ahora volvería a hacerlo.
Castiel no estaba dispuesto a permitir que su abuela vendiera su propiedad a la empresa Hollingsworths. ¡De ser necesario, él mismo compraría la granja! Por fin había llegado el momento de vengarse de la princesa de Sunrise Point.
Saludos!
