Al día siguiente sobre el medio día se celebró una vista preliminar dentro de la misma Scotland Yard. Mycroft le había proporcionado un traje y le acompañó a la sala.
—No contestes nada que pueda usarse en tu contra o que puedas quedar peor —le recordó Mycroft —. Si quieres no respondas a nada, yo me encargo. Con un poco de suerte podremos salir hoy de aquí con una multa.
Greg le miró alzando una ceja.
—¿Tan bueno eres como abogado? —preguntó.
—Nunca he ejercido —le dijo.
—Oh bien, jamás saldré de la cárcel —dijo con tono de fingida preocupación.
—No seas idiota… —gruñó Mycroft, aunque cuando giró la cabeza Greg pudo verle una pequeña sonrisa.
El juez entró unos minutos más tarde, primero declaró el abogado de la acusación y luego el de la defensa. Mycroft intentó por todos los medios que Greg no declarara pero finalmente tuvo que contar exactamente lo que pasó.
Un rato más tarde, y por más que Mycroft insistiera que debido al historial de heroísmo de Greg no se merecía aquello, el juez lo mandó a la prisión hasta la celebración del juicio.
—No te preocupes —le decía Mycroft mientras salían del edificio —. Yo me aseguraré de que no te ocurra nada en prisión, tu tampoco vayas de chulito. Ni te presentes como inspector a saber que te puede pasar ahí dentro.
—Ya bueno… No tengo ni que presentarme, hay gente que he metido en la cárcel. Sabrán reconocerme ellos solitos —comentó.
—Bueno, tu espera que no. No te metas en líos por favor, lo único que faltaba ya era que te echaran más años… —dijo.
Greg suspiró y se subió al furgón que le esperaba. Donovan y Anderson también estaban allí aunque no se atrevieron a decirle nada. Greg miró a Mycroft y suspiró.
—¿Algo más? —preguntó.
Mycroft se inclinó un poco hacia delante y tragó saliva. Greg le miró, sabía que quería el político. Un beso. Un beso que lo arreglara todo y que los reconciliarse después de un mes sin hablarse.
—Adiós Mycroft —fue lo único que le dijo Greg antes de acomodarse al fondo del banco que había dentro del furgón.
El nombrado le miró algo decepcionado, pero cerró la puerta sin decir nada. Apoyó la cabeza en la furgoneta y cerró los ojos con fuerza, recordando el momento en el que su relación con Mycroft se acabó.
Esa noche iba a ser diferente. Era lo que Greg se había propuesto desde que se levantó ese fin de semana. Le habían dado el día libre en Scotland Yard y lo bueno es que había hecho una treta con Anthea para que la agenda de Mycroft acabara a las 7 de la tarde y que el móvil de trabajo quedara apagado.
La cena fue en casa de Mycroft, donde Greg vivía desde hace cuatro meses. Había una sopa de primero y un segundo plato de bistecs. De postre había hecho una mousse de chocolate.
Era su primer aniversario y últimamente Mycroft apenas había parado por casa. Ambos se lo merecían.
—Alguien está cocinando —comentó Mycroft al entrar a casa.
Greg sonrió orgulloso y sirvió la comida en los platos.
—Para variar un poco —dijo en voz alta mientras salía de la cocina.
Mycroft sonrió, se acercó a él y le besó.
—Feliz aniversario cariño.
Greg sonrió contra sus labios.
—Igualmente —le dijo —. Ven, está la cena lista. Incluso abrí el champan.
—Champán… Que bien me tratas —preguntó siguiéndole a la cocina.
—Por supuesto —le respondió Greg divertido antes de tomar asiento —. Espero que te guste, he seguido el libro a rajatabla pero ya sabes…
Mycroft le dedicó una sonrisa mientras se sentaba frente a él.
—Por como huele hay un cocinero dentro de ti que quiere salir.
—No me hagas tanto la pelota que vamos a follar igual —le dijo Greg.
Mycroft se sonrojó y miró de reojo al suelo.
—Cállate….
Greg se echó a reír y negó con la cabeza.
—Anda, vamos a empezar.
Comenzaron a cenar y a hablar de lo que habían hecho en el trabajo. Supuestamente Mycroft no podía contar nada pero Greg a veces le daba ideas buenas o tan absurdas que eran más lógicas que sus propios planes así que había decidido confiar en él.
Mientras, Greg aprovechaba para comentar los casos en los que estaba atascado para que Mycroft se los resolviera sin necesidad de leer el informe.
—Tengo un regalo —le dijo Mycroft cuando Greg estaba poniendo el postre.
—Y yo —dijo Greg orgulloso señalando a los dos paquetes envueltos que había en el centro de la mesa.
—Un reloj de acero y una camiseta que dice "No soy una princesa soy una Khalesi".
Greg bufó y puso los ojos en blanco.
—Voy a matar a ese John —dijo en voz alta.
Mycroft rió.
—Tranquilo cielo, estaba en Baker viendo a Sherlock cuando John leyó en voz alta ese mensaje. Creyó que la camiseta era para ti. Antes de que le enviaras el segundo y dijeras que era mi reloj.
—Ya… —dijo Greg —. Igualmente me lo cargo.
Mycroft le cogió la mano por encima de la mesa y le besó el dorso.
—Te prometo que me pondré la camiseta…
—Eso espero, está genial —le dijo sonriente.
Mycroft le dio otro beso en el dorso de la mano y se puso de pie. Fue al salón para coger su maletín y regresó con una carpeta marrón que contenía muchos folios.
—Es mi regalo —le anunció.
—¿Un caso? —preguntó confundido —. No soy como tu hermano, al que le falta correrse cada vez que tiene uno.
Mycroft chasqueó la lengua y negó con la cabeza.
—Dios que imagen tan horrible me ha venido a la mente —susurró —. No. Es algo para ti. Para nosotros en realidad —le dijo.
Greg alzó una ceja y cogió la carpeta que le entregaba Mycroft. Tras abrirla, vio en la primera página la ficha de una mujer. Pelirroja, ojos azules y muchas pecas por el rostro. Guapísima.
Además de venir su nombre, dirección y estudios, venían varias páginas de su historial médico. Greg cada vez estaba más confundido, sin saber que quería decir con aquello su pareja.
—¿Me estás proponiendo un trío? —aventuró esperando que fuera mentira.
Mycroft pareció asustado.
—¿Yo? ¿Con una chica? —exclamó —. ¿Estamos locos?
Greg se rió.
—¿Entonces qué es esto? —preguntó —. Porque pone hasta la enfermedad por la que murió su bisabuelo…
—Es un vientre de alquiler —le dijo —. He programado unas vacaciones a Estados Unidos, y mientras estamos allí podríamos ir a una clínica.
Greg cerró la carpeta y miró a Mycroft confundido.
—¿Cómo que un vientre de alquil…?
—Sé que es demasiado pronto para pensar en niños —le dijo Mycroft, el cual parecía muy ilusionado —. Pero estamos hechos el uno para el otro y sin duda tener un hijo tuyo es lo que más ilusión me hace en este mundo… Así que…
Greg se puso de pie y se apoyó la mesa. Tomaba aire con calma, intentando tranquilizarse.
—¿Has contratado un vientre de alquiler sin consultármelo? —le preguntó.
—Es lo que he dicho Greg —le dijo Mycroft que lo miraba sin entender.
—¿Has contratado un vientre de alquiler sin consultármelo? —repitió Greg muy despacio y respirando pesadamente.
—Greg, ¿estás s…?
—¡CÁLLATE! —gritó Greg con todas sus fuerzas —. ¿A ti que cojones te pasa? ¿Cómo demonios puedes tomar una decisión tan importante de pareja sin siquiera decírmelo?
Mycroft se quedó sentado mirándole. Greg estaba fuera de sí.
—Yo…
—¡Siempre haces lo mismo! —le dijo el policía — Tomas una decisión respecto a nosotros porque te sale del rabo. ¡Antes de hacer esto debiste preguntarme!
—Pero yo creía que tú querrías…
—¡NO QUIERO TENER HIJOS! —gritó —. JODER MYCROFT PARECES TONTO, ¡UN HIJO NO ES COMO TENER UN BONSÁI! TE ODIO. ODIO ESTA MANERA QUE TIENES DE PONER TODAS LAS PIEZAS PARA QUE SIEMPRA OCURRA LO QUE TU QUIERES…
—P-…
—¡PERO NADA! ¡TE ODIO! —gritó Greg, movió el brazo por la mesa y tiró todo lo que había al suelo —. ¡HACIENDO LO QUE HACES SE NOTA QUE NO TE IMPORTO!
Mycroft bajó la vista a su plato completamente avergonzado. Greg, sin embargo, subió al piso superior, metió todas las cosas que pudo en una maleta y bajó de nuevo. Tiró las llaves de la casa cerca de Mycroft y abrió la puerta.
El político al oírle se levantó enseguida y le siguió.
—Greg creo que estás exager…
—Vete a la mierda Mycroft. Hemos terminado —sentenció antes de cerrar tras de él con un fuerte portazo.
Greg abrió los ojos cuando la furgoneta se detuvo y se incorporó. Un policía abrió la puerta trasera y le hizo un gesto para que saliera. Le acompañaron hasta una sala donde le obligaron a desnudarse completamente.
—En cuclillas encanto —le dijo el policía mientras se colocaba los guantes.
Greg se puso en la posición que le dijeron y tosió. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no sentía ni vergüenza. Tras esa revisión donde se aseguraron que no llevaba objetos extraños o violentos, pudo vestirse con un pantalón y camiseta naranja de lona y pasar a la siguiente habitación.
Le hicieron una fotografía y la pegaron a un carnet que se colgó del bolsillo dela camiseta. Antes de salir, le entregaron una bolsa de rejilla donde había un par de sábanas, una manta fina, una muda de ropa interior y unas zapatillas de lona.
—Apagamos la calefacción de noche —le dijo el agente mientras se dirigían al autobús —. Espero que encuentres a alguien con quien calentarte.
Greg solo suspiró, entró en el autobús y se sentó en el sitio que le indicó el policía. Había seis presos ya sentados, todos en silencio y con la misma cara de miedo.
"Nuevos" pensó Greg.
