CAPÍTULO 2
El timbre distante sacó a Bella de su reparador y profundo sueño. Aún dormida, pensó que se trataba del teléfono que había junto a su cama, pero cuando lo cogió no oyó más que tono de señal. Se tumbó bocabajo y se puso la almohada sobre la cabeza, para ahogar el sonido.
Pero el tintineo incesante continuó hasta que Bella no pudo ignorarlo más. Se incorporó con brusquedad y se pasó las manos por la cabeza, tratando de despejarse del todo. El timbre de la puerta, ¡eso es lo que era! ¿Pero qué hora era? Por la pinta del cielo que se veía a través de la ventana que había junto a su cama, debía de ser demasiado pronto o demasiado tarde.
Saltó de la cama y bajó despacio las escaleras, mientras el molesto ruido seguía taladrándole los oídos.
—¡Ya voy, ya voy! —le gritó a quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta—. ¡Dame un minuto, joder, que ya voy!
Abrió la puerta de par en par y enseguida se arrepintió de haberlo hecho. Allí de pie estaba Edward, recién afeitado, perfectamente despierto y sonriendo como un estúpido.
—¿Aún no estás en pie?
—Ahora ya sí —respondió sin verle la gracia, sus ojos aún haciendo esfuerzos por enfocar correctamente—. ¿Qué haces aquí tan pronto? ¿Qué hora es? ¡Ni siquiera ha amanecido!
Edward se apoyó en el resquicio de la puerta; estaba claro que el hecho de que aún no hubiera despuntado el alba y acabara de sacarla de la cama no le afectaba en lo más mínimo.
—He venido porque me lo pediste y son las seis y media, hora más que de sobra para que la mayoría de la gente esté ya en pie y trabajando. Aparte, te dije que me pasaría temprano.
Bella bostezó.
—Las seis y media es demasiado temprano. Vuelve cuando sea de día. —Empezó a cerrarle la puerta en las narices, pero Edward se lo impidió con la mano.
—No lo creo. —Volvió a abrir la puerta con cuidado y entró en la casa—. En primer lugar, ya estoy aquí y pienso quedarme; y en segundo lugar, no necesitas más que un café bien cargado y un buen desayuno caliente para despertarte por completo. —Tomándola por los hombros, le obligó a darse la vuelta y le indicó la cocina—. Venga, ve a sentarte. Podemos hablar mientras preparo el café y el desayuno.
Puesto que tardó en moverse, Edward cerró la puerta principal y fue hacia la cocina, gritándole que conocía el camino.
Bella se quedó mirando como boba a Edward alejarse. ¿Qué estaba pasando allí? ¿Seguiría dormida y no había sido más que una pesadilla? Se paró a pensarlo unos segundos, antes de decidir que estaba perfectamente despierta. Una pesadilla despierta, eso es lo que era.
Recorrió el largo pasillo que llevaba a la enorme cocina. Al entrar, vio que su pesadilla ponía café en el filtro y echaba agua en la cafetera. Se detuvo y se volvió para mirarla.
—¿Te gusta fuerte? Te despierta antes, ¿sabes? —esperó a que contestara, pero se había quedado sin palabras. Se encogió de hombros y continuó—: Bueno, lo haré como a mí me gusta y ya veremos si es lo mismo que te gusta a ti. —Sonrió ligeramente y le dijo—: Apuesto a que nos gustan las mismas cosas. ¿Tú que crees?
No se lo podía creer. Bella estaba de pie en la puerta, con las manos en las caderas.
—Lo que creo es que te he pedido que te marcharas. Lo que creo es que es muy grosero y poco profesional por tu parte que entres así en mi casa y actúes como si vivieras aquí. Lo que creo es que sigue en pie la invitación de antes para que vuelvas más tarde. Y, si no te importa, ¡creo que deberías marcharte!
Ni siquiera se molestó en mirarla mientras cogía huevos y bacon de la nevera y los ponía en la encimera, cerca del fuego.
—No, no me importa. Siempre me preparo el desayuno, aunque esta mañana no me ha dado tiempo. Me muero de hambre, ¿tú no?
Bella alzó las manos en un gesto de desesperación. Edward era tan idiota que ni siquiera se había dado cuenta de que le había estado chillando. El enfado la dejó sin palabras. Le observó fijamente durante un buen rato, deseando que pillara la indirecta y se fuera; pero no parecía inmutarse.
Cuando los huevos y el bacon empezaron a chisporrotear, Edward se dio la vuelta y miró a Bella de arriba a abajo, arqueando las cejas en aprobación.
—Bueno, bueno Bella... te aseguro que estás comestible a primera hora de la mañana. Puede que venga temprano todos los días, a prepararte el desayuno.
La forma en que la miraba fue como un jarro de agua fría para Bella. Se dio cuenta de que la vieja camiseta blanca de algodón que llevaba apenas dejaba lugar a la imaginación. Puesto que suponía que Edward tendría muy buena imaginación, se sentó inmediatamente, tratando de retener la poca modestia que le quedaba.
—¡Quieres largarte, por favor! —dijo, señalando la puerta.
Edward se rió.
—Sólo estoy tomándote el pelo, Bella. Dios mío, con qué facilidad te cabreas, especialmente antes de haber tomado una taza de café, —Y mientras decía esto, puso una humeante taza delante de ella—. ¿Lo tomas con leche o azúcar?
Era imposible tratar de hacer que escuchara. A lo mejor no entendía palabras tan sencillas como "vete", "piérdete" o "largo". Al final se dio por vencida.
—Sé ponerme un café yo sólita. —Se incorporó para levantarse, pero al recordar lo que llevaba puesto, volvió a sentarse rápidamente. Se encontró arrinconada tras la mesa y supuso que la única forma de deshacerse de él sería haciéndolo a su manera—. Con leche, por favor —respondió secamente. Edward sonrió perversamente y puso la leche encima de la mesa, frente a ella.
—Debería haberte hecho ir a por ella —dijo sin poder evitar una amplia sonrisa—. Habría disfrutado de las vistas.
Bella suspiró; no había estado más de diez minutos seguidos con él y ya le estaba sacando de sus casillas. ¿Acaso los tipos como él no podían pensar en nada que no fuera el sexo? Qué típico... ¡y qué razón tenía en no liarse con nadie que se le pareciera! A los hombres encantadores como Edward sólo les interesaba una cosa, y en cuanto lo conseguían, pasaban a su siguiente presa. Y si no, mira qué había hecho un tipo como aquél con su madre. Bella jamás cometería el mismo error.
El olor del bacon hizo que su estómago rugiera. Observó cómo cocinaba Edward, al tiempo que se bebía su café a sorbos. Joder, era un espectáculo digno de contemplar. Estaba de espaldas a ella, de manera que podía ver perfectamente su espalda, ancha y fuerte, y sus musculosas y finas piernas. Llevaba un par de viejos Levis desgastados y una camiseta azul sin mangas que se ajustaba perfectamente a su espalda. Si esa clase de hombres fueran su tipo, se habría abalanzado sobre él de inmediato.
Menos mal que Bella estaba tan concienciada en otros aspectos de su vida que no necesitaba grandes romances ni sexo. Aunque también era cierto que no sabría distinguir un buen polvo ni aunque lo tuviera delante de sus narices. Así lo había elegido ella, pero no podía evitar arrepentirse de vez en cuando.
Perdida en sus pensamientos, se sobresaltó y miró a Edward con recelo al ver que éste se inclinaba para poner el plato de desayuno delante de ella. Se sentó en la silla que había junto a ella y comenzó a comer. De pronto se sintió hambrienta, cogió su tenedor y se metió un primer bocado en la boca. Sorprendentemente, estaba buenísimo.
—¿Cuándo has aprendido a cocinar? —le preguntó entre bocado y bocado.
—No es tan difícil. Hace mucho que aprendí a cuidar de mí mismo; la verdad es que aprendí a cocinar después de mi divorcio.
—No sabía que hubieras estado casado. ¿Cuándo os divorciasteis? —Por alguna extraña razón, le molestaba el hecho de que hubiera estado casado. ¿Pero por qué? Ni que hubieran tenido un tórrido romance durante el colegio, ni ningún tipo de romance. No habían sido novios, ni siquiera habían salido nunca juntos... ¡y no había sido más que un beso!
Sigue recordándotelo, Bella.
—Hace unos tres años. —Alzó la vista y sonrió—. Nos conocimos en la universidad. —Ante la cara de asombro que puso Bella, dijo—: Sí, fui a la universidad. Y me licencié, también.
Había tantas cosas que no sabía de él. Como dónde se había metido el último año de colegio; no volvió a verle después del baile.
—Era una chica de pueblo y pensé que nuestros caminos iban en la misma dirección. Pero me equivoqué. Nos casamos durante nuestro último curso de carrera y la traje aquí cuando creé C&H. Ni siquiera había pasado un año y ya estaba soñando con otro tipo de cosas, mayores y mejores.
—¿Qué tipo de cosas? —De acuerdo, quizá Bella tampoco hubiera querido quedarse en Forks, pero aquello no significaba que ninguna otra chica de pueblo pudiera ser feliz allí.
—Quería lo que no podía darle. Lo que no quería darle, mejor dicho. Una gran ciudad, centros comerciales de fantasía, prestigio y mucho dinero. Y supongo que pensó que la vida conmigo no le reportaría lo que creía necesitar. Así que se marchó. Tampoco es para tanto.
Edward había respondido a su pregunta de forma poco realista; como si no le importara en absoluto nada de lo que estuviera relacionado con la que un día fue su mujer.
—¿Así que dejaste que se fuera, así, sin más?
Sus ojos se encontraron con los de ella, no había emoción en sus rasgos.
—No iba a tratar de aferrarme a alguien que sería mucho mal feliz en cualquier otro lugar. De todas formas, tampoco nos amábamos de verdad así que, ¿para qué prolongar lo inevitable? Yo era feliz aquí, en Forks, y ella no. Soñaba con una gran ciudad y yo no pensaba trasladarme. Fin de la historia.
Bella empujó su plato hacia un lado y se reclinó en el asiento meditando las palabras de Eward. ¿Por qué era tan feliz allí? Parecía tan inquieto, cuando estaba en el colegio. De acuerdo, nunca había sido su mejor amiga, pero habían compartido varias clases, y siempre le pedía que le ayudara con los deberes.
El hecho de que le pidiera ayuda siempre le había sorprendido, pues era un chico muy inteligente. Siempre que le preguntaban en clase se sabía la respuesta. Las veces en que le ayudó, hablaron de qué les gustaría hacer una vez se hubieran graduado; decía que tenía grandes planes. Quería viajar, ver lugares exóticos, hacer cosas que jamás podría hacer allí. Por aquel entonces, su plan era salir de Forks y no volver nunca más. Y era cierto, se había ido... pero había vuelto. Bella se preguntaba qué le habría hecho cambiar de opinión.
—¿No decías que querías salir de aquí después del colegio? Pensé que querías viajar.
Edward asintió y bebió un sorbo de café.
—Sí, eso quería. Y lo hice; vi mundo, tal y como quería. Viaje mucho y luego volví a casa.
—¿Por qué volviste? —Siempre pensó que era como ella; que querría salir de Forks y no volver a mirar atrás. Ella no había mirado atrás; pero él no sólo había vuelto la vista atrás, sino que había vuelto.
Recogió los platos y vasos, los puso en el fregadero y se acercó a ella, deteniéndose a escasos centímetros. A Bella le daba miedo hasta respirar, pues sabía que olería a recién duchado y mucho más apetecible que el desayuno que acababa de prepararle.
Apoyó los brazos a cada lado de la silla, obligándola a alzar la vista y mirarle. La miraba fijamente, evaluándola, como si la conociera, como si pudiera leer sus pensamientos y sentir sus emociones. Ridículo, teniendo en cuenta que eran prácticamente unos extraños.
—A veces, lo que crees que quieres hacer con tu vida no se parece en nada a lo que de verdad quieres. Vístete, Bella. —Se dirigió por el pasillo hacia la puerta principal—. Voy a comprobar la fachada de la casa. Ven a buscarme cuando estés lista y veremos qué arreglos necesita esta casa.
Su declaración encerraba grandes reflexiones. Reflexiones que no quería tener en cuenta, al menos en lo que se refería a sus propias razones para hacer las cosas.
En cuanto cerró la puerta principal, Bella se levantó de la mesa y subió a cambiarse. ¿Dónde habría ido cuando dejó Forks, hace tantos años, y qué habría estado haciendo? ¿Qué podía hacer volver a alguien que había soñado con viajar y vivir aventuras, a alguien que había estado contando los meses que le quedaban para salir de allí?
De acuerdo, desapareció de Forks... Y de la faz de la tierra también. Si sus padres sabían dónde se había marchado no lo dijeron, o nadie supo adivinarlo. ¿Adonde se fue y por qué volvió?
¿Y por qué demonios le importaba tanto? Decididamente, no sacaría ninguna respuesta en claro hoy.
Se detuvo al llegar a su dormitorio, preguntándose una vez más por su curiosidad. ¿Qué más le daba qué hubiera estado haciendo Edward? No le interesaba desde un punto de vista sentimental; él no era más que alguien a quien conoció en el colegio y que ahora estaba haciendo un trabajo para ella. No le importaba qué hubiera estado haciendo, ni por qué su matrimonio no funcionó.
Además, él era todo lo que había estado esquivando toda su vida. Un hombre como su padre. Guapo, encantador, un rompecorazones. Y no iba a dejar que nadie le rompiera el corazón. Lo había mantenido a salvo durante casi treinta años y ni un solo hombre se había acercado lo más mínimo. El único que alguna vez pareció abrirse paso hacia su corazón estaba ahora esperando fuera, en su jardín, a que fuera.
Deja de suponer. Deja de hacer preguntas. Deja de preocuparte. Tenía que concentrarse en utilizar la experiencia y las habilidades de Edward para dejar la casa de la abuela —no, su casa— como nueva.
En cuanto lo hubiera hecho, podría marcharse de Forks.
Edward recogió su sujetapapeles de la camioneta y se giró para mirar la antigua casa. Se apoyó en la puerta de la camioneta, dispuesto esperar a Bella. Pensó en cómo había aparecido aquella mañana cuando le abrió la puerta; con el pelo echo un desastre y vestida únicamente con una camiseta blanca y fina que apenas cubría sus esbeltos muslos. Tenía esa mirada soñolienta, de recién salida de la cama tan sexy.
El corazón le había dado un vuelco cuando le abrió la puerta. Había sentido el impulso repentino de coger su adormilado cuerpo, subir las escaleras hasta la habitación y sentir el cálido cuerpo de ella abrazado a él. Se preguntó qué se sentiría al despertarse junto a ella, tras haberle hecho el amor durante toda la noche.
Maldijo entre dientes y se arregló los pantalones, que ahora le quedaban estrechos. Si no dejaba de empalmarse cada vez que pensaba en ella, las obras que hubiera que hacer iban a ser un infierno. Ni siquiera era su tipo; era igualita a Tanya, odiaba los pueblos. Y eran todo lo distinto que pueden ser dos personas: Bella representaba el glamour, la sofisticación y las fiestas; él los pantalones vaqueros, las camisetas y los bares de la vuelta de la esquina. Ya había pasado por aquello una vez, y no tenía intención de volver a hacerlo.
No iba a echarlo todo por la borda sólo porque fuera sexy, oliera a las mil maravillas y tuviera un cuerpo de infarto sobre el que estaba deseando poner las manos. Había mujeres más que de sobra deseando enrollarse con él, sólo que aún no había tenido tiempo de buscarlas.
Bueno, tendría que empezar a buscar tiempo; y pronto. En cuanto se hubiera tirado a tres o cuatro, se olvidaría de Bella por completo.
En aquel preciso instante, el objeto de los pensamientos de Edward abrió la puerta principal. Se había recogido el pelo en una cola de caballo, del que salían pelos castaños y largos que se movían con cada paso que daba. Llevaba unos pantalones cortos vaqueros, sandalias y una camiseta de l LOVE NF que apenas cubría su lisa y blanca tripa.
Edward tuvo que tragar saliva con fuerza al ver un piercing que llevaba en el ombligo.
Mierda, eso sí que era sexy. Cubrió su dolorosa erección con la tablilla sujetapapeles y trató de apartar de la mente la idea de lamer aquel ombligo perforado en su camino hacia el sur.
Bella sonrió, y casi acabó con él. A pesar de la dura vida que había estado llevando en Nueva York, su rostro seguía siendo el de una inocente y fresca chica de pueblo.
La ausencia de maquillaje no le restaba valor a su apariencia; más bien al contrario, le hacía parecer joven y fresca. E increíblemente atractiva.
Empezaba a sentir cómo el corazón le latía en los huevos.
Cálmate, compañero. No vas a conseguir nada ahora, y mucho menos de Bella Swan.
Aquello iba a ser muchísimo más difícil de lo que pensaba.
Belle Coeur había pertenecido a la familia de Bella desde antes de la Guerra Civil. Sus antecesores se remontaban a principios del siglo diecisiete. Cada vez que pensaba en venderla, el corazón se le llenaba de culpabilidad y remordimientos. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Aquella casa, aquel lugar habían sido el sueño de otra persona. ¿Acaso sus sueños no eran igual de importantes?
Para Bella, aquella casa grande y blanca siempre había sido su acogedor hogar. Allí de pie, al final del largo camino asfaltado que llevaba a la casa, Bella centró toda su atención en la imponente estructura. Las altas columnas dóricas que había a cada lado de las escaleras del porche parecían alargarse hacia el cielo, soportando el peso del tejado sin esfuerzo. Los geranios de la abuela, siempre perfectamente cuidados, sobresalían de las jardineras hechas a mano y encaladas que había en las ventanas, al igual que de las macetas verdes de plástico que se dispersaban por el porche.
—Vamos a tener que reemplazar estas maderas, que están podridas —dijo Edward, señalándolas a medida que se acercaban a la casa y subían las escaleras del porche delantero—. Habría que raspar y volver a pintar toda la fachada exterior.
Bella observó la pintura desconchada de los listones de madera que había en la parte delantera de la casa, testigo silencioso del paso del tiempo. A pesar del deterioro, la casa seguía siendo maravillosa.
Al menos eso le parecía a ella. Para el comprador en potencia, no era más que una casa vieja que habría que reparar. Para ella, era un hogar.
No, no era su hogar. Su hogar había sido su abuela, y ella ya no estaba allí.
Ahora, su hogar era Nueva York.
Bella le dio el visto bueno a la valoración del exterior que había hecho Edward. Sabía que necesitaba reparaciones. La abuela la había mantenido impecable, pero una mujer mayor, que vivía sola, poco podía hacer por mantener el exterior de la casa en condiciones.
Por suerte, sus amigos y vecinos le habían ayudado a mantener el césped y los jardines, pasándose con regularidad para cortar el césped, podar los árboles y los setos y quitar las malas hierbas. La exuberante belleza del paisaje seguía estando igual, con los altos cipreses inclinados sobre el largo camino que llevaba a la entrada principal,; como dando la bienvenida al visitante. Tanto el camino como la entrada de la casa estaban bordeados de azaleas y camelias, que mostraban sus brillantes colores cada primavera.
Edward le tendió a Bella su portapapeles y sacó una escalera extensible de su camioneta. Subió con rapidez hasta el tejado y ella quedó impresionada por la seguridad con que parecía pisar el terreno. Era como un gato, puro músculo, nervio y gracia. El mero hecho de ver cómo se movía, hizo que se le acelerara el corazón y que las hormonas se le rebelaran. De pronto, una oleada de deseo la sacudió e hizo que los pezones se le pusieran duros como piedras y se sintiera húmeda.
Nunca antes se había excitado sólo con mirar a un hombre. ¿Qué demonios le estaba pasando?
Deja de actuar como una adolescente, por Dios. Sólo está andando por el tejado, ¡ni que estuviera haciendo un striptease! Aunque la idea de ver cómo Edward se desnudaba desde el tejado de Belle Coeur le hizo gracia. Menos mal que desde donde estaba no podía verla.
—Habría que cambiar todo el tejado —dijo, mientras bajaba por la escalera.
No, no debía fijar la vista en su firme trasero mientras bajaba.
—Supongo que tendrás más de una gotera dentro, porque faltan varias tablillas. Ahora, cuando entremos, comprobaremos los techos y paredes.
En efecto, una vez dentro encontraron goteras. El salón principal, la habitación de mayor tamaño de la casa, era el que peor estaba. Bella siempre había imaginado que aquél era el cuarto en el que se organizaban los cotillones en los tiempos de antes de la guerra. Le recordaba a cuando era niña y se ponía a dar vueltas sin parar en mitad de la sala, imaginando que llevaba un vestido de época y que bailaba con algún pretendiente del sur.
A lo largo de los años, la sala se había ido llenando de muebles, hasta hacerla parecer un cuarto de estar. Justo enfrente de la chimenea había dos gigantescos sofás y unas sillas de respaldo alto, para leer y guardar el calor durante la época de frío. Los suelos de madera estaban cubiertos por unas alfombras enormes de lana; a ambos lados de la chimenea había unas estanterías altas y empotradas, llenas de ejemplares de clásicos de la literatura. Había libros de antes de la Guerra Civil, y varios más que probablemente valieran una pequeña fortuna.
Tendría que revisar todos los libros. Una cosa era vender la casa, pero aún no había pensado qué haría con los muebles y demás objetos, muchos de los cuales llevaban allí tanto como la propia casa. Había cosas con las que quería quedarse y el resto podría venderlos en una subasta o regalárselos a los amigos de su abuela.
Volvió a sentir un nudo en la boca del estómago al pensar en vender la casa. Era como vender parte de la historia de su familia; más bien, parte de la historia de su abuela; ¿pero qué otra cosa podía hacer con todas aquellas cosas si no venderlas? Su apartamento de Nueva York era como una caja de cerillas donde apenas cabían sus cosas, ni pensar siquiera en la extensa colección de libros y antiguallas que había esparcidas por aquella gigantesca casa.
—Esta habitación es la que más reparaciones necesita.
Sintiéndose completamente desdichada, Bella asintió ante la afirmación de Edward y le siguió por la casa, mientras él iba señalando los sitios en los que las goteras habían hecho más daño.
—Mira esto. —Edward se detuvo a medio camino de las escaleras—. La barandilla está suelta. Es posible que esté podrida, aunque tal vez sólo haya que arreglarla.
—Es cierto; no me había fijado antes. —Al inclinarse para examinarla mejor, oyó que Edward, tras ella, tomaba aire ruidosamente y se giró para verle. Sus ojos, oscuros y cálidos, la devoraban. De pronto, la escalera le pareció muy estrecha y bastante calurosa. Se ruborizó de tal forma que le ardían as mejillas.
Venga, hombre, ¿qué edad tenía? Ni que fuera la primera vez que un tío se la comía con los ojos.
Claro que diez años antes habría dado lo que fuera porque Edward la mirara de esa forma.
Se dio la vuelta con rapidez y subió corriendo al segundo piso; antes de que hiciera alguna estupidez, como tirarse encima de él allí mismo, sobre la escalera.
Le siguió por cada habitación, ignorando la incipiente humedad de su entrepierna y sin decir una palabra mientras Edward iba tomando notas.
—Los tres dormitorios pequeños están bien. No hay goteras, por lo que creo que bastaría con pintarlos —dijo Edward, sin para de escribir mientras se dirigían al dormitorio principal.
Entraron en el dormitorio de Bella, el antiguo cuarto de su abuela. Le encantaba aquella habitación, su chimenea cuidadosamente metida en la pared del fondo y el sofá de dos plazas tapizado que había justo en frente, donde la abuela solía leerle en las frías noches de invierno, cuando las dos se acurrucaban bajo el edredón junto al cálido fuego.
Junto a la pared contraria estaba la cama de cerezo con dosel. La colcha azul y blanca hecha a mano por la abuela adornaba la cama, junto con varios cojines de la misma tela. Edward miró a su alrededor, se sentó en el borde de la cama y siguió con sus anotaciones.
Salvo por aquella mirada en las escaleras, tras el desayuno Edward se había ensimismado por completo en su trabajo. Se preguntó por qué le fastidiaba aquello. No es que quisiera que la hiciera caso, ligoteara con ella o la pinchara, así que, ¿por qué se sentía así?
El hecho de verle allí, sentado en su cama, desató en ella pensamientos olvidados. Se vio junto a él, recorriendo la piel de Edward con la punta de los dedos. Se vio embargada de pronto por el deseo de tocar sus musculosos brazos y su torso. Apartó la idea de la cabeza, cerrando los ojos.
¿Se giraría y tomaría lo que quisiera de ella? ¿La empujaría violentamente contra él y se apoderaría de su boca, introduciéndole la lengua por la fuerza?
Sí, eso era lo que quería. Que la tomara, que se lo exigiera. Le arrancaría la ropa, sin importarle si la rompía o no. En el frenesí del deseo, le arrancaría las bragas y hundiría la cabeza entre sus piernas.
Sintió cómo se le hinchaba el coño y cómo le recorría la excitación de arriba a abajo. Resopló y se imaginó su cálida lengua en el clítoris, lamiéndola en círculos lentos, volviéndola loca de deseos de correrse.
Luego la doblaría contra la cama, obligándola a apoyar la cara sobre el colchón y abriéndole las piernas con la rodilla. Esperaría, temblando de la excitación, hasta que la penetrara con fuerza, haciéndola gritar.
Edward no sería del tipo que se corren en medio minuto. La follaría durante horas, le haría suplicar más, la llevaría al límite una y otra vez, hasta arrancarle un orgasmo ensordecedor, siguiéndola después con el suyo, estridente.
Luego, una vez hubieran terminado, volvería a tomarla. Esta vez por el culo; introduciendo su enorme polla por el ano y obligándola a masturbarse con los dedos hasta correrse una y otra vez, y otra y...
Dios mío, ¿de dónde había sacado todo eso? Abrió los ojos de par en par y se encontró con los de Edward, al tiempo que trataba de apartar aquellas imágenes de sexo salvaje y animal con él. Como si le hubiera leído la mente, entrecerró los ojos y sonrió de una forma que sólo podía describirse como irresistiblemente sexy. Sólo que esta vez no era una sonrisa de compromiso. La miraba fijamente, con audacia, calculando cuál sería su reacción. Bella le devolvió la mirada, incapaz de apartar la vista.
Estaba a cien, excitada, lista para follar. ¿Lo sabría él? ¿Podría sentir lo que su cuerpo pedía a gritos? ¿Qué haría si su fantasía se convirtiera en realidad?
La habitación pareció encoger mientras permanecía concentrados el uno en el otro. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se le aceleró el pulso y la respiración se volvió errática, obligándole a separar los labios. La mirada de Edward la inmovilizaba, era como si el tiempo se hubiera detenido en una dimensión aparte donde ellos dos eran los únicos que existían, los únicos que importaban.
Sus pezones se endurecieron, como si los hubiera expuesto de pronto a una ráfaga de frío. Una sucesión de las cosas que ella y Edward podrían hacer en esa cama seguían inundando su mente. La mirada caliente y prometedora de él no hacía sino alimentar el fuego de su mente.
Con una velocidad pasmosa, Edward salvó la distancia que había entre los dos. Bella sabía que debería apartarse, tratar de entablar algún tipo de conversación, hacer algo... lo que fuera menos quedarse allí parada. Pero no podía. Por alguna extraña razón, sus pies no querían moverse.
Sus ojos la escrutaron de arriba a abajo, paseándose por su cuerpo como una caricia. Sintió que la tocaba con cada mirada. Cuando alargó la mano para recoger un mechón castaño y rizado que se había soltado de la coleta, no pudo ahogar un jadeo. Sin perder el contacto visual, frotó el rizo entre los dedos; ella se estremeció en respuesta al suave tirón. Un gesto tan simple y a la vez tan erótico.
¡Dios mío, iba a besarla! Sus labios estaban a apenas unos metros de los de ella; Bella tenía que pararlo ya mismo, pues no estaba segura de poder hacerlo después, en cuento su boca estuviera sobré la de ella. Se armó de la poca fuerza interior que le quedaba y tartamudeó:
—¿Va...vamos al cuarto de baño?
Edward se detuvo. Su cálido aliento le acarició la cara al responder:
—¿Eh?
—El...el cuarto de baño. Pensé que quizá quisieras ver si necesita reparaciones.
Edward ladeó la cabeza, como si estuviera tratando de descifrar algún idioma extranjero, y el brillo de sus ojos se apagó. Respiró profundamente, retrocedió un paso y recogió el portapapeles, que había dejado sobre la cama.
—Claro, el cuarto de baño. Veámoslo.
Bella soltó el aire que había estado reteniendo y rogó por que su corazón volviera a latir con normalidad. Inhaló para despejarse la cabeza y siguió a Edward hacia el cuarto de baño.
Pero él ya estaba saliendo.
—Creo que ya tengo todo. Bajaré un segundo y te traeré algunos números sobre los que poder trabajar. —Se giró sin volverla a mirar y salió por la puerta.
Exhalando el aire que había estado reteniendo sin querer, se sentó en el borde de la bañera y se tomó unos minutos para recomponerse. Había subestimado por completo la atracción que sentía por Edward. Al principio lo había achacado al recuerdo de su primer gran amor; pero ahora había podido comprobar que lo que sintiera por él a los dieciséis años no era nada en comparación con lo que le hacía sentir ahora.
No podía estar pasando esto. No quería sentir nada por alguien como Edward Cullen. No entraba dentro de sus planes, para nada, y no pretendía enamorarse de alguien como él, alguien que rezumaba carisma y sexualidad.
En cuanto le diera su presupuesto y mandara a alguien para empezar con las reparaciones, no tendría que volver a verle. De hecho, podía comenzar ahora mismo. Bella no veía el momento de que se largara de su casa.
Dispuesta a acabar las cosas cuanto antes, se dirigió a la planta de abajo esperando que hubiera calculado ya qué le costaría arreglar la casa.
Le encontró en la cocina, con su portapapeles y su calculadora.
—Vale, creo que ya está. —No quedaba ni rastro de las sugerentes miradas que habían intercambiado hacía unos minutos; una mirada impersonal las había reemplazado—. Esto es lo que puedo ofrecerte. Incluye el material y la mano de obra; creo que es un precio justo para todo lo que hay que hacer —dijo, pasándole el portapapeles.
En efecto, parecía una cantidad justa. Bella no estaba segura de cómo conseguiría sacarle un beneficio a ese precio, pero supuso que sabría lo que estaba haciendo.
—Ahora mismo ando un poco mal de dinero, pero no debería tener dificultades para pagarte en cuanto haya vendido la casa. — Preguntándose cómo haría para pagarte un adelanto, le preguntó-—: ¿Tengo que pagarte algo al contado?
Recogió sus cosas y se levantó.
—No, no hace falta. Puedes pagarlo todo de golpe en cuanto hayamos acabado el trabajo y hayas vendido la casa. Mandaré hacer el contrato y te lo enviaré esta misma tarde para que lo firmes.
—De acuerdo. ¿Cuándo mandarás a tu equipo para que empiecen? —Bella no veía el momento de que desapareciera de su vida, de su casa y de su cabeza. Cuanto antes hicieran el trabajo, antes volvería a su vida en Nueva York.
Estás echando a correr.
No, no era cierto. Y esa vocecita interior estaba empezando a tocarle las narices.
—No hay equipo; están todos ocupados trabajando en la construcción del nuevo centro comercial de Forks. Sin embargo, ahora mismo tengo bastante tiempo libre y, en vista de lo mucho que siempre me ha gustado esta casa, voy a encargarme personalmente del proyecto.
—¿Cómo? —¿Acababa de decir lo que creía haber escuchado?
—Estaré aquí listo para empezar mañana, a primera hora de la mañana. No hace falta que me acompañes hasta la puerta —dijo, y se marchó por el pasillo. Bella oyó que la puerta se cerraba tras él.
Esto no podía estar sucediendo. No podía hacerle esto. Tendría que soportar el verle y tenerle por ahí todo el día; todos los días, hasta que terminara el trabajo. Teniendo en cuenta lo que acababa de pasar allí arriba, no estaba segura de que tener la suficiente fuerza de voluntad como para resistirse a la tentación de Edward Cullen.
¿Y ahora qué? No podía pasarse el día sentada alrededor suyo observándole. ¡Se volvería loca! El encuentro allí arriba le había dejado los nervios destrozados... ¡y no había sido más que una mirada! Si tuviera que enfrentarse a ello todos los días...
Tenía que encontrar algo que hacer, ¿pero el qué?
Tal vez mañana fuera al centro y buscara algún libro en la biblioteca, o algún proyecto en el que trabajar, o puede que incluso encontrara algún antiguo amigo con el que ponerse al día. Lo que fuera con tal de mantener las distancias entre Edward y ella.
Ufff a que les dio calor esa escena?...yo me le abalanzo..jajajajaja!
Gracias por leer! XD
