14 de febrero de 2011
Capítulo 1
"Mentiras Piadosas"
Era un día como todos en el Ministerio de Magia y hechicería. Ronald removía papeles sobre el escritorio, al igual que Harry. Hermione les miraba desaprobatoriamente, mientras esperaba los reportes de ambos para presentárselos al Ministro.
-¿No podrían ser un poco más civilizados y organizados? –entrecerró los ojos, viendo cómo su esposo y el moreno se movían frenéticos por toda la oficina, tratando de encontrar los reportes.
-Sí podemos, pero es complicado y quita tiempo –dijeron ambos al unísono, causando aún mayor enfado en la bruja.
-¡Miren, par de irresponsables, que si no veo esos reportes mañana en mi escritorio a primera hora –señaló a Ron-, tú te duermes con los gnomos en el jardín –en ésta ocasión señaló a Harry, quien saltó un poco por la impresión- y tú, yo me encargo de que te arrepientas, Potter.
Dicho eso, la castaña salió, azotando la puerta. Ambos se miraron en silencio por unos segundos, hasta que los dos suspiraron. Ese sería un día largo.
Harry dio un largo bostezo. Se fijó en el reloj de pared que marcaba los segundos con un ligero "tic, tac" y se percató de que ya pasaban de las dos de la mañana. Cuando su esperanza comenzaba a desquebrajarse, se percató del par de hojas que se encontraban en el cesto de la basura.
-¡No puede ser, Ron! –se incorporó de su asiento, elevando las hojas como si fueran algo sagrado, besándolas después- ¡Por fin podré largarme de aquí!
-Hermano, no me dejes solo –el pelirrojo fingió llorar- No me hagas sufrir mientras busco yo solo.
-Lo siento, Ron –sonrió condescendientemente-, pero debo llegar, quiero llevar la nueva Nimbus que le compré a James –ésta vez sonrió con autenticidad-. Ha heredado nuestro talento –dijo, guiñando un ojo al despedirse-, papá estaría también orgulloso.
-Okay, déjame aquí, solo... –fingió una gran aflicción, pero a los segundos comenzaron a carcajearse-. No te creas, la verdad que tenía más de cinco horas que encontré mis reportes, pero te estaba esperando.
-Gracias, Ron –sonrió nuevamente, antes de salir-, eres realmente como un hermano para mí.
-Me siento halagado –devolvió el gesto, estirándose en su asiento-. Ahora vete, que mi hermana se preocupará por ti.
-Sí, gracias...
El moreno salió por la puerta, mientras Ron sonreía.
-Bien, debo de llevar también mi reporte a su escritorio antes de que me quede una semana sin poner un pie en la cama.
Dejó de rasgar el pergamino sobre el que escribía con su pluma, enrollándolo después. Lo observó detenidamente, mientras miraba de soslayo el escritorio vacío que se encontraba frente al suyo. Harry había desaparecido varios años atrás, dejando a su esposa y sus hijos sin amparo alguno.
Su hermana Ginny, angustiada, se refugió en su familia, buscando un consuelo que nunca había llegado. Sus hijos crecieron sin un padre, esperando que algún día volviera a cruzar la puerta para anunciarles que había regresado del Ministerio de Magia y contarles las historias fantásticas que día a día pasaban en aquella oficina.
Diez años pasaron desde la última vez que lo había visto salir por esa puerta para dirigirse, después de un arduo día de trabajo, a su casa, sonriendo al imaginar la cara de James cuando viera la Nimbus último modelo que le llevaba.
Después no supo nada de él, hasta ese horrible incidente.
Aún recordaba el frío de aquella noche. Una fuerte tormenta invernal azotaba a todos los países del norte de Europa. La muerte rondaba en cualquier dirección, acechando a cualquiera que se le pusiera enfrente.
Hermione había entrado por la puerta ese día, llevando en su mano un pergamino arrugado, seguramente por el gran esfuerzo que hizo para llegar hasta ese lugar.
-¡Ron! ¡Ginny, La Madriguera!
-¿Qué es lo que pasa, Mione? –parpadeó un par de veces, tratando de asimilar aquellas palabras.
Su esposa le dijo que tenía que ir rápidamente a La Madriguera, así que se apareció en el amplio jardín, mirando todo con gran desconcierto. Las luces estaban apagadas y la puerta estaba completamente destrozada.
El desasosiego se hizo presente en su pecho, mientras caminaba con sigilo, esperando la llegada de los demás aurores que su esposa había prometido enviarle. Nadie se podía aparecer dentro de la Madriguera, ya que estaba protegida; sin embargo, a juzgar por la apariencia de la casa, dedujo que alguien había entrado a la fuerza.
¿Su hermana y sus sobrinos estarían bien? ¿Y sus padres?
Sus piernas temblaron, más por el miedo de lo que pudiera encontrar dentro que por ser torturado y asesinado. Su varita tembló levemente en sus manos, mientras caminaba por la oscuridad de la casa. La luz de la luna iluminaba levemente las habitaciones, entrando por las ventanas.
Sus pasos eran sigilosos, casi imperceptibles. Su aliento escapaba de sus labios como humo blanco, elevándose suavemente hacia arriba y desapareciendo. El sudor perlaba su frente a pesar del terrible frío que hacía fuera.
Escuchó un sollozo en la cocina. Su corazón dio un gran vuelco, mientras se preparaba mentalmente para lanzar un Avada de ser necesario.
Tragó saliva audiblemente; sin embargo, al enfrentarse a la cruda realidad que se le presentó en ese lugar estuvo a punto de flaquear.
-Ron, ¿te encuentras bien?
Hermione le sacó de sus ensoñaciones. La bruja le miraba, algo contrariada. A juzgar por su expresión, se veía realmente preocupada por él.
-¿Estás bien? –la castaña volvió a preguntar.
-Sí, lo estoy, perdón –masajeó sus sienes-, estaba recordando cosas innecesarias.
-No puedo ayudarte con el juicio, amor, pero...
-No te preocupes, Mione –sonrió, volviendo a colocar la mirada sobre el pergamino que traía en las manos.
-¿Pudiste hablar con él?
Su esposa se sentó frente a él, bastante interesada en lo que pudiera responder.
-Sí, pero no me dijo nada –suspiró, jugando distraídamente con la pluma que minutos antes había dejado sobre el escritorio-. Tan sólo se limitó a contestar que era culpable.
El rostro de la bruja palideció. Después negó con la cabeza.
-¿Por qué sigue insistiendo en que es culpable? –su respiración se descontroló- Siendo homicida confeso, ¿qué más se puede esperar que el beso del dementor?
Ronald bajó la cabeza, sabiendo que las palabras de la castaña eran ciertas.
-Él sería incapaz, Mione –se incorporó de su asiento, mirando después por la ventana-, él nunca haría algo tan atroz como eso.
-¿Y cómo se lo demostramos al Wizengamot si no quiere hablar con nosotros? Se desapareció diez años y así fue como lo encontramos...
Ron apretó los puños. Esa escena era parte de sus pesadillas, aquel momento en el que descubrió lo que había en la cocina de la Madriguera.
Eran las dos de la mañana. Vio a través de la ventana encantada de su oficina, que nevaba afuera. Podía utilizar la chimenea para llegar a su casa, pero no lo hizo. Tomó su escoba y la túnica de invierno que se encontraba en el perchero al lado de la puerta de su despacho.
Había llegado alto, al igual que su esposa. Después de que Harry desapareciera él había tomado su lugar como jefe de los aurores y Hermione había escalado puestos en el Ministerio de Magia hasta posicionarse como Ministro. No había sido fácil, pero ambos mostraron gran determinación en ello; sin embargo, no les servía a ninguno de los dos si no podían ayudar a su mejor amigo.
Subió al ascensor, sintiendo el peso de las pocas horas de sueño que tenía encima. Habían transcurrido tres meses desde aquel incidente, y a pesar de haber visto cosas de una índole aún más atroz durante la guerra, lo que ocurrió en su casa le quitaba el sueño. Hermione se preocupada por sus terribles hábitos de descanso, pero realmente no podía descansar por más de diez minutos. ¿Lograría encontrar la verdad? ¿Sus noches serían más tranquilas después de ello?
El viento helado golpeó su rostro cuando salió por la cabina telefónica. La escoba llevaba sobre sí una capa con un maleficio deslumbrador para hacerla invisible, pero de vez en cuando lograba verse una pequeña parte del mango, debido al fuerte viento. Un viento como el de aquella noche.
Ronald se estremeció, pero no por el frío. Se quedó quieto, mirando alrededor. Si Harry no había llegado a su casa, ¿quizá habría tomado el mismo camino que él?
Caminó un par de calles, buscando algún indicio de que así fuera, pero no encontraba nada, hasta que vio un pequeño establecimiento muggle abierto al público a esas horas. A juzgar por su apariencia podía deducir que se trataba de una cafetería.
Aunque la comida muggle y la del mundo mágico se parecieran, él no estaba tan versado en los nombres de sus bebidas y postres.
El lugar, aunque humilde, ofrecía una cálida bienvenida a aquel incauto que se hubiese quedado varado en la soledad y oscuridad de la noche. Tintineó una campana cuando entró, fijando la atención de los comensales, quienes se le quedaron viendo, incluso algunos se atrevieron a reír un poco al observarle.
Su cabello estaba lleno de nieve, al igual que sus ropas y la capa que cubría la escoba. Al percatarse de ello se quedó estático, no se había dado cuenta de que el hechizo deslumbrador perdería el efecto tan rápido.
-Buenas noches, caballero –una mujer de mediana edad, de cabellos castaños y ojos amielados, se le acercó.
-Buenas noches –sonrió, tratando de no llamar aún más la atención-, me gustaría una mesa.
-Puede tomar la que guste –señaló el interior del establecimiento-, a ésta hora no hay muchos clientes.
-Ah, claro, gracias –se sonrojó levemente, comenzando a caminar a una mesa cercana a la barra de atención.
Cuando hubo dejado sus cosas, aquella mujer volvió con la lista de alimentos. Ronald le agradeció, aliviado al ver los precios, dado que no llevaba consigo mucho dinero muggle en el bolsillo, tan sólo el que Hermione le había encargado hacía unos días.
Sonrió, al imaginarse la reprimenda de su esposa cuando se diera cuenta de que se gastó el dinero con el que ella compraba las cosas muggles que tanto extrañaba. Después la sonrisa se borró de su rostro, imaginando nuevamente la riña que quizá tendrían.
-Perdone que lo interrumpa –la camarera le sorprendió; no obstante, cuando pensó que le iba a preguntar qué querría, ella siguió hablando-, pero hace un tiempo un hombre entró igual que usted.
Lo que ella dijo lo descolocó. Su rostro de desconcierto sorprendió a la mujer, quien colocó el bolígrafo sobre la pequeña libretita de pedidos que llevaba en las manos, simulando no haber dicho nada y estar esperando su orden.
-¿Perdón? –el pelirrojo preguntó- ¿Un hombre igual que yo?
-Bueno, sí –sonrió, un poco más relajada-, él también llevaba una escoba como usted y una capa –señaló la túnica que el auror llevaba.
-¿Recuerda cómo era él?
-Era alto y muy apuesto –se sonrojó un poco al recordarlo-. Sus ojos eran verdes y el cabello negro y también tenía una cicatriz muy peculiar en la frente, como si fuese un rayo.
-¿Entonces entró aquí? ¿Hace cuánto? ¿Me puede decir? –quiso disimular su inquietud, pero no lo logró.
-Pues... –volteó hacia atrás, hablando con el cocinero que se encontraba detrás de la barra de atención a clientes-... ¡tío, recuerdas a ese muchacho con una escoba! ¡Sabes hace cuánto lo vimos!
-¡Uy, sí, como hace como nueve o diez años! –un hombre barbudo se asomó- ¿Por qué la pre...? –las palabras murieron en su boca al ver a Ron, quien saludó con la mano derecha, apenado por la visión que los demás tenían de él-... Oh, buenas noches, estimado caballero –hizo una reverencia con la cabeza.
-Buenas noches –contestó Weasley, un tanto azorado.
-Todavía recuerdo a ese sujeto, porque llamaba la atención, pero no tanto como el otro que venía con él.
-¿Otro? –entrecerró los ojos.
-Sí, otro tipo, igual de alto que él, pero rubio y de ojos azules, creo, o grises.
El estómago del pelirrojo se revolvió. ¿Acaso ese sujeto sería... Draco Malfoy?
Dejó escapar un suspiro cuando llegó a la mansión Malfoy. Aún a pesar de estar amaneciendo, esa vivienda se veía realmente tétrica. El cocinero del pequeño café le había dicho que ambos parecían discutir sobre algo muy importante, y que habían salido del establecimiento al mismo tiempo.
El aire escapó de sus pulmones cuando tocó el timbre; sin embargo, la voz de su yerno lo trajo a la realidad. No sabía que se encontrara ahí.
Cuando hubo entrado a los aposentos, se maravilló por la ostentosidad del lugar. Finos cuadros y muebles adornaban los amplios salones. Los candeleros eran de oro y las cortinas seguramente serían de seda, color negro.
-No sabía que estabas aquí, Scorpius –volteó a ver a todas partes, sabiendo que Draco Malfoy no estaría muy contento de verle.
-Ni yo sabía que vendría aquí, señor Weasley.
Ronald se movió, un poco inquieto.
-¿Está el... –hizo una pausa, había estado a punto de decirle "hurón" a Malfoy-... tu padre?
-Oh, ¿no le dijo Rose? –un dejo de preocupación se asomó en el rostro del menor de los Malfoy.
-¿Decirme qué? –parpadeó, confundido.
-Que mi padre fue encontrado en estado de coma y está en San Mungo?
El pelirrojo se sorprendió bastante.
-¿Qué fue lo que pasó, Scorpius? –preguntó.
-Nadie lo sabe –negó con la cabeza-, ni los medimagos ni nadie ha podido encontrar la razón de su estado –suspiró con fuerza, cerrando después los ojos-. Supongo que tantos viajes que realizó terminaron por hacerlo sucumbir al cansancio, digo... no es un jovencito.
Ron entrecerró los ojos, molesto por el comentario, dado que a pesar de no haber sido dirigido hacia él, las palabras le cayeron como un balde de agua helada.
-Oh... –Scorpius, al darse cuenta de su error, intentó corregir-... bueno, los años no pasan en balde, señor Weasley; sin embargo, mi padre ha sobrepasado su salud –hizo un mohín-. Ha viajado por toda Europa y Asia a causa de sus investigaciones. No digo que no sea grandioso todo lo que ha descubierto, pero algún día tenía que caer, presa de su propia humanidad.
-¿De su propia humanidad? –preguntó, un poco confundido por aquellas palabras.
-Sí –rió un poco, señalando después el jardín-... los seres humanos somos criaturas frágiles, como todos los seres vivos, incapaces de sobrepasar el tiempo, y por lo tanto, no somos capaces de vivir más allá de lo que el cuerpo soporte.
-¿Te refieres a la muerte?
-Así es... –dejó escapar un profundo suspiro-. Perdone mi intromisión, pero, ¿para qué buscaba a mi padre?
-Ah, es verdad –tosió, un poco nervioso por la situación-. Estoy investigando unas cosas y él fue una de las últimas personas que vio a...
-¿Es sobre el caso del némesis del mundo mágico? –dijo con ironía.
Weasley se reservó el derecho de alegar, tan sólo lo miró con cierto enfado. Después rodó los ojos.
-Algo así –intentó restarle importancia al asunto.
-Es una lástima que mi padre no esté, pero no creo que se enfade si lee sus anotaciones, quizá en alguna venga información sobre aquel sujeto, que yo lo dudo. Mi padre no le tiene resentimiento a Potter, pero no le guarda tampoco aprecio alguno.
-¿Me dejarás leer todos sus libros de investigación? –un leve tic nervioso en su ojo derecho le hizo ver al rubio que su suegro estaba reacio a leer tanto.
-Ja, ja, ja... –sonrió de lado, como su padre hacía-... si no le agrada la idea, entonces espere hasta que él despierte, pero según me dijeron, llevaba más de seis meses en ese estado cuando lo encontraron. Me pregunto cómo es que no murió.
Los hombros de Ron cayeron, en señal de total derrota.
-¿Me puedes decir en dónde están sus investigaciones? –dejó escapar un suspiro.
-Oh, bien, pero... ¿puede guardar el secreto sobre ellas? Seguro que cuando despierte me reñirá por haber dejado su más grande tesoro en manos de un Weasley traidor a la sangre, sin ofender.
-Sí, ya sé... –rodó los ojos-, ambos peleamos el día de la boda.
Scorpius tan sólo rió, contagiando con ese gesto a su suegro.
-Entonces sígame a su cuarto de investigaciones, por favor.
Ron siguió a su yerno, caminando por largo rato hacia las mazmorras de la mansión. No se podía imaginar cómo alguien podía trabajar en ese lugar, pero al recordar que las habitaciones de los Slytherins se encontraban en ese mismo lugar dentro del castillo de Hogwarts, entonces comprendió a la perfección el porqué Malfoy había recurrido a ellas.
Bajaron por varias escalinatas, llegando a las mazmorras. Hacía bastante frío y estaba oscuro.
-Lumos... susurró Scorpius, ocasionando que las lámparas del lugar se prendieran.
Ronald intentó no asustarse, pero era imposible. ¿Aquello era una sala de torturas?
-¿Qué clase de lunático es tu padre? –dijo, realmente ofendido.
-¿Y yo qué voy a saber? –levantó los hombros, en señal de que no le importaba- Mi padre y yo no hemos hablado desde que me casé. Incluso, mi madre tan sólo continuó casada con él para guardar las apariencias, pero a él siempre le ha motivado más éste tipo de vida. Creo que está loco o le afectó la guerra.
-No me digas –ironizó Ron, mientras bajaban por más escaleras.
El ambiente era realmente húmedo y perturbador. Ron casi podía jurar que escuchaba los gritos de las personas que fueron masacradas en esos calabozos. ¿Acaso el lord de su padre llevaba allí los actos de interrogatorio para los traidores y los que no querían obedecerle? Se abrazó a sí mismo cuando sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Scorpius se detuvo, ocasionando que él también lo hiciera.
-Aquí es... –señaló una puerta de hierro con la inscripción de una serpiente encantada.
-¿Quién es? –la serpiente preguntó, arrastrando las palabras, mientras serpenteaba por toda la puerta.
-Soy Scorpius, Thanatos.
La serpiente elevó su lengua, olfateando con ella el ambiente.
-Pase, joven amo...
Al decir eso, la puerta se abrió, revelando un amplísimo laboratorio, como aquellos que había llegado a vislumbrar sólo en las películas de ciencia ficción muggles, particularmente en la película de Frankenstein. Miró hacia arriba, viendo cómo tubos de cristal, con lo que parecía agua, albergaban órganos humanos y animales extraños, incluso un boggart.
-Tu padre tiene un extraño sentido del humor –tragó en seco, intentando no vomitar cuando encontraron sobre una mesa del laboratorio lo que parecían ser los restos de una asquerosa poción.
-No es sentido del humor, señor Weasley –rodó los ojos-. Sus investigaciones han llamado la atención de muchos en el mundo mágico, incluso su esposa financió algunas de ellas.
-¿Mi Mione? –se asombró por ello.
-Así es... –frunció el cejo-. Además, ha encontrado la cura de algunas enfermedades extrañas o el contrahechizo de muchos maleficios.
-Oh... –dijo con falsa admiración.
Scorpius volvió a rodar los ojos, adelantándose nuevamente para buscar entre los papeles que su padre tenía y los pergaminos, una extraña libretita de color negro con plateado que tenía en su pasta un círculo con una cruz de cinco picos invertida y dentro de ella una cruz igualmente invertida; también tenía un lazo de hilos de plata como espiral.
-¿Qué es eso? –preguntó el pelirrojo, señalando la libreta.
-El libro de las investigaciones de mi padre y su bitácora de eventos –suspiró después, abriéndola, para leer el contenido-. Le pido la mayor discreción posible por lo que podamos encontrar, señor Weasley. Recuerde que no importa lo que pase dentro de éstas páginas, mi padre estuvo autorizado en todo momento para ello.
-¿Por qué tanto misticismo? –volvió a tragar en seco, algo no le gustaba de las palabras del rubio.
-Ya lo verá...
Invocabomagnanumina lucis
Veniat ad me etostendeSummalibriShadows
sectioneHalloweensolstitium,
via tuadirigeet danoctisOsancto fineoculosostendemihi*
*(Invoco a los grandes espíritus de la oscuridad
venid a mí y mostradme el contenido del libro de las sombras
apartad el solsticio y la noche de brujas,
allanad vuestro camino y abriros paso en la noche
Oh, santa muerte, muestra tus ojos ante mí)
Justo al decir eso, el pentagrama del libro se fue haciendo más grande, hasta que el libro levitó en el aire, junto con él, colocándose frente a ellos. Dentro del pentagrama se fueron dibujando líneas y curvas, hasta formar un sol y una luna. Después, aquel dibujo brilló, abriéndose la libreta, en donde se fueron escribiendo muchas palabras.
SCRIPTIO
memorianihilamplius
repeti non*
*(Las palabras escritas
no son más que recuerdos
que no se recuperarán)
Cuando el libro terminó de escribirse, se cerró fuertemente, cayendo en las manos del menor de los Malfoy. Ron se sorprendió, pero cuando iba a preguntar, Scorpius le contestó.
-Son hechizos de protección.
-¿Cómo es que los sabes?
-Soy medimago, me interesan los escritos de papá.
-Ah... ¿y él te los dio?
Scorpius entrecerró los ojos, preguntándose cómo alguien como Ronald Weasley pudo convertirse en uno de los mejores aurores de todos los tiempos, siendo única y fácilmente desplazado por Harry Potter.
-Claro que sí... –bufó- Si no los supiera, en éste momento seguramente estaría muerto.
Ronald tragó saliva. ¿Muerto?
-¿Comenzamos a leer?
Habían pasado casi dos semanas desde que Scorpius y él habían comenzado a leer las investigaciones de Draco Malfoy. Pensó que el libro se terminaría al llegar a la última hoja, pero parecía que por cada vez que lo acababan, se escribía una continuación.
No creía los cambios de la letra. ¿Quizá el rubio había comenzado esos escritos desde que entró a Hogwarts o antes?
Estaban anotados hechizos que de mala gana habían aprendido desde el primer día de cursos, incluso pociones relatadas por Snape.
Lo que más le sorprendió eran los comentarios sobre las clases y sobre algunos absurdos que le parecieron divertidos, aunque un poco ofensivos hacia su persona y la de todos los Gryffindors, incluidos su esposa y Harry.
Pero por más que leía y releía, únicamente aparecía Harry para burlarse de él.
Dejó escapar un suspiro. A penas llevaba la mitad de la vida del rubio, ¿cuándo se suponía que se habían encontrado Harry y Malfoy?
Volteó a ver la hora en el reloj de pared, después se levantó, tomando el libro de Malfoy en sus manos, encaminándose a la chimenea para trasladarse a Azkaban. Seguramente Harry le contaría qué fue lo que pasó después de separarse de Malfoy, aunque le hubiera gustado que el rubio le contestase, dado que su mejor amigo se negaba a hablar.
Cuando hubo llegado encantó su túnica para no sentir el inmenso frío de aquel edificio. Se preguntó una vez más cómo es que llegaban a sobrevivir tanto tiempo los magos que eran encarcelados ahí. El frío era intenso y se calaba hasta en los huesos.
Se quedó esperando, como las veces anteriores a esa visita, a que Harry se sentara frente a él, quizá reacio a hablar. Sin embargo, después de una hora se desesperó, pero cuando se levantó para ir a buscar al guardia, la puerta se abrió de repente, mientras el celador llevaba al moreno casi a rastras.
-Es mejor que no se le acerque, señor –el guardia se veía muy asustado.
-¿Por qué? –Ron dijo con cierto desconcierto.
-Porque ésta víbora hizo algo atroz.
Ron se fijó en el rostro de su mejor amigo, abriendo los labios para exclamar un grito mudo.
-¿Por... por qué tiene los labios cosidos?
-Porque ésta sucia sabandija puede realizar conjuros sin varita –el celador se estremeció- y frente a nuestros ojos... –su rostro palideció-... uno de nuestros compañeros quedó hecho pedazos por... por la maldición más imperdonable de todas, pero no fue un rayo**, no sé qué pasó, no sé que...
El guardia soltó a Harry, el cual fue a caer de costado al suelo, mientras aún temblaba, demasiado asustado.
-¡Es un monstruo... le espera la condena máxima!
El pelirrojo no supo qué decir, una muerte más en su expediente no era algo bueno para su mejor amigo.
-Déjenos solos –ordenó Ron.
-Pero...
-¡Que se vaya, yo lo manejaré!
El celador salió rápidamente, cerrando la puerta de la habitación con un fuerte estrépito. Ron ayudó a Harry a incorporarse, sentándolo en la silla frente a él; no obstante, cuando lo sentó, el moreno abrió los ojos de par en par cuando vio aquel libro.
-Es la primera vez que te veo reaccionar así, Harry...
Ron se sentó frente al moreno, colocando sus manos debajo de su mentón. Después, miró detenidamente a su mejor amigo.
-Supongo que sabes otra vez a qué vengo, pero esto... –levantó el libro, haciendo que el moreno saltara de su asiento levemente-... esto es lo que no entiendo, Harry... ¿sabías que su dueño cayó en coma y que fue el último que te vio?
El rostro del moreno ensombreció, causando una gran inquietud en Ron.
-¿Me contarás lo que pasó antes de encontrarte nuevamente?
Harry negó con la cabeza, exasperando a Ronald, quien golpeó con fuerza la mesa, provocando que el libro cayera y se abriera, revelando unas hojas vacías. Potter pareció asustarse al verlo, pero después se tranquilizó al percatarse de que no tenía nada escrito.
-Harry, debes contarme, debes de confiar en mí.
El moreno volteó a ver a los ojos a su amigo, asintiendo después con la cabeza.
-Entonces quitaré tu mordaza, Cistem Aperio*** –susurró el pelirrojo, ocasionando que los hilos que habían negado el habla al moreno se quitaran con gran fuerza, ocasionando que los labios sangraran-. Lo siento, fue el primer hechizo que se me vino a la mente.
-Está bien, gracias... –dejó escapar un suspiro.
-¿Me lo contarás? –hizo un puchero, ocasionando que su amigo sonriera levemente.
-¿Después de eso... seguirás siendo mi amigo?
Ron se quedó sin habla, sin saber qué responder. Aún surcaban por su mente esas horribles escenas. Se quedó callado, sin saber qué contestar.
-Eso pensé... –Harry sonrió con tristeza-... el día en que desaparecí...
Continuará...
Gracias por haber leído hasta aquí.
* Traducción de las palabras.
** Notas de la autora: Como todos sabemos, el hechizo "Avada Kedavra" utilizado por Rowling, se representa por un rayo verde que surca los aires y se impacta contra el objetivo, causando la muerte instantánea.
*** Notas de la autora: Cistem Aperio es un hechizo al que Rowling le atribuyó el poder de hacer volar algo o abrir algo a la fuerza.
