Code Geass R3: VenganZe!
Juego Número Uno: La Real Orden de Caballería.
La lealtad era un sentimiento en decadencia.
Kanon se paseaba con arrogancia por una pasarela frente a los pocos hombres que le quedaban después de que la facción Schneizel-Cornelia fuera neutralizada por el ejército de Lelouch "el Emperador Demonio" Lamperouge.
Kanon Maldini, visiblemente más viejo aunque solo hubiese pasado un año desde la guerra, ya no era conde ni nada en el ejército. Al menos no lo era en el "oficial". Frente a él estaban veinticinco viejos caballeros de Britannia que codo con codo lucharon con él y Schneizel frente al tirano de Vi Britannia y que ahora luchaban contra Nunnally, que de otra manera continuaba en la línea de su hermano reduciendo a nada la expansión del país.
Lo último era firmar la Carta Sigma junto con la emperatriz china y la canciller de la Federación Unida de Naciones.
– La Carta Sigma... –dijo Kanon a sus hombres– ¡Qué gran error!
La Carta a la que tanto odio le tenía era un documento propuesto por Nunnally vi Britannia cuanto menos interesante. Obligaba a que la producción de knightmare frames bajara un 44%, que no se construyeran de nivel seis o superior, y que un veinte por ciento de los construidos estuvieran destinados a trabajos, no a engrosar la capacidad bélica del país. El documento también contaba con leyes sobre guerra, trato de prisioneros y tratados de paz que a los más conservadores de cualquier región les parecían una risa.
En ese momento Maldini se disponía, rodeado de un reducido grupo de frames y de sus hombres, a dar unas noticias muy halagüeñas.
– Hemos recibido un reporte que nos avisa de que Kaguya Sumeragi hará una visita a Nunnally con el fin de firmar la Carta Sigma. Estará alojada en Pendragón durante una semana, que aprovechará para visitar la ciudad y discutir con la usurpadora sobre varios temas.
– ¿Intervendremos? –Preguntó un gigantesco soldado castaño, de nombre Marvin Nash.
– Evidentemente sí. Acabar con Kaguya antes de que firme la Carta Sigma hará que la Real Orden de Caballería se establezca como el principal grupo rebelde al nuevo gobierno de Pendragón
Irónicamente, el que fuera uno de los generales principales del viejo ejército de Britannia ahora se había convertido en el líder del principal grupo de resistencia contra ella. La Real Orden de Caballería creada por él mismo era una de las tantas facciones rebeldes sin importancia que había por el continente. Sólo se diferenciaba de la mayoría en que poseía frames relativamente nuevos.
– Varios antiguos nobles han manifestado que de demostrar que somos de confianza nos avalarían sin problemas. Tendríamos recursos prácticamente ilimitados para acabar con esta nueva Britannia, que no es ni el reflejo de lo que podría haber conseguido Schneizel. Por esto y por la memoria del que realmente debió haber sido el 99º emperador, all hail Britannia!
– All hail Britannia –secundó Heinkel Lorenz, entre el gentío.
– All hail Britannia –repitieron todos varias veces–. All hail Britannia! All hail Britannia!
XXX
Nina se despertó aquél día como cualquier otro: maldiciendo la hora que era. Se zafó de las mantas que estaban sobre ella y de una palmada paró el reloj-despertador que tenía en una mesita auxiliar al lado del futón. Vivía en un pequeñísimo apartamento de unos treinta metros cuadrados al sur de la capital imperial.
Nina Einstein fue al cuarto de baño sin echar siquiera una mirada al resto de la casa. No cabía nada más de lo que había allí. La habitación, muy humilde, color verde pistacho. En los rincones tenía dos sillas, y repartidas por la estancia, una nevera, una pequeñísima televisión de plasma, un viejo ordenador, una mesa y sobre ella unas pocas cajas que contenían un tesoro magnífico: libros.
De todo lo que había en esa casa, de lo último de lo que se desprendería sería de los libros. Es más: si se estuviese incendiando el bloque de apartamentos y sólo pudiese llevarse una cosa con ella, se llevaría sin pensarlo los libros. Desde que fue liberada de la prisión en la que se encontraba tras la muerte de Lelouch –aunque ella sabía que no había muerto– había estado estudiando en profundidad su magnífico poder, conocido como geass. Esas cajas que tenía repartidas y echadas de cualquier manera por ahí contenían información muy valiosa sobre ese poder. No lo llamaban como ella ("geass") sino de otras maneras: "don", "gracia", "magia", "alquimia"...
Tenía cuarenta libros que versaban sobre el tema, la mayoría inútiles y sin mucha información y si la tenían, muy superficial. Otros, en cambio, tenían bastos conocimientos sobre el tema y se entendía que los autores estaban versados en su estudio. De entre los segundos, destacaban siete: El Árbol del Conocimiento, Poderes de la Antigüedad, Magia Druida, Poderes Demoníacos, Gracia Divina, La Herencia Flamel y por último pero no menos importante: El Complot.
El primero comentaba desde un punto de vista religioso que había gente en la Tierra con poderes espectaculares, que se mantenían en secreto desde tiempos inmemoriales. El segundo, parecido al primero, contaba que ese poder había sido la razón del nacimiento de los grandes imperios de la antigüedad y del presente (el de los egipcios, el de los árabes, el de los persas, el de los sumerios, el de los griegos, el de los romanos, el de los españoles, el de los chinos y el de los britannians en la actualidad). El tercero trataba sobre la relación entre las brujas que antiguamente eran quemadas en la hoguera y el nacimiento de Britannia, ya que en los textos antiguos se mencionaba a una mujer con poderes capaces de cambiar la voluntad de las personas. El cuarto, religioso, enumeraba razones por las que las personas con poderes inhumanos estaban malditos y debían ser repudiados. El quinto era un contraste perfecto con el cuarto: decía que quizás esas personas fueran obras maestras de Dios. El sexto hablaba de la gente con poderes como los alquimistas de todos los tiempos y apuntaba a que Nicolas Flamel, el famoso alquimista buscador de la Piedra Filosofal, era uno de ellos. El último de todos aseguraba que la gente con dones así eran el siguiente eslabón de la cadena evolutiva y que se preparaban para establecer en secreto un nuevo orden mundial; una nueva utopía.
Cuando Nina acabó de arreglarse cogió un brick pequeño de zumo de manzana de la nevera y se lo fue bebiendo de cambio al trabajo. Era un oficio que no le gustaba y además mal remunerado, pero de algo tenía que vivir, como todos los demás. Se dedicaba a la complicada y sufrida labor de repartidora de pizzas.
XXX
Kallen, Toudou y Ohgi llevaban veinte minutos esperando a Zero en su despacho. Estaban allí porque debían trazar juntos, como máximos exponentes de la Orden, el recorrido de Kaguya Sumeragi por Pendragón. No querían sorpresas inesperadas. Sabían que había un montón de grupos terroristas que intentarían acabar con ella o secuestrarla y no iban a arriesgarse. Iban a montar un dispositivo de seguridad como nunca antes se había visto.
– ¿Falta mucho para que llegue? –Preguntó Ohgi algo irritado.
Justo al decir eso la puerta se entreabrió y vieron la silueta de Zero. Tras cerrarla con llave y asegurarse de que realmente estaba bien cerrada se quitó el casco y dio una profunda bocanada de aire. La máscara era asfixiante y desde el comienzo de todo aquello no aguantaba mucho con ella puesta.
– Siento llegar tarde –se disculpó.
– No importa –le excusó Kallen sonriendo con picardía–. A Zero se le puede perdonar todo. ¿O no?
Kururugi no supo cómo interpretar aquello. ¿Se estaba metiendo con él? Notó cierto deje de resentimiento en aquella frase. Le cedió el casco a Ohgi, y éste a Toudou, que lo dejó sobre la mesa.
– Bueno. ¿Habéis hablado ya algo entre vosotros? –Consultó.
Toudou asintió y mientras el hijo del último Primer Ministro del país se sentaba en su silla de trabajo, le puso un mapa en la mesa con el recorrido marcado en rotulador rojo de punta gorda. El mismo con el que ahora Kallen estaba jugueteando.
– El recorrido de Japón a Britannia lo hará en un avión oficial japonés, con escolta japonesa hasta la mitad. Cuando llegue ahí la Orden de los Caballeros Negros Britannia nos darán soporte y la escoltarán hasta desembarcar en el aeropuerto. Allí tomará un G-1 que nos han cedido y estará protegida por varios coches de la Orden, algunos motoristas, Vincents y Gareths. Yo me ofrezco voluntario para hacer de guardaespaldas –se prestó Kyoshiro.
– Fantástico –manifestó el castaño–. ¿Ohgi, ya has hablado con el Ministro de Asuntos Exteriores sobre cuál sería el día más apropiado?
– Sí –aseguró–. El día siete podría comenzar la visita y el catorce volver. Se alojaría en un hotel de cinco estrellas, muy próximo al Palacio Imperial. Tendría muy buena vigilancia y el retorno sería igual que la ida. Eso sí: debemos guardar celosamente la ruta, el alojamiento y las fechas. Como sabéis hay un montón de gente a la que le encantaría hincarle el diente. Kallen, ¿crees que podrías dirigir tú la caravana? No hay nadie mejor que tú para la labor.
– Bien, por mi no hay problema –aceptó.
XXX
De nuevo sobre la pasarela, Maldini daba órdenes a sus hombres sobre cómo efectuar aquella misión que los encumbraría a la fama. El ex-conde de Rosenkreuz se había ofrecido para transportar el cargamento de frames y armas a Pendragón. Era el principal apoyo de la R.O.C. después de que Jeremiah le hiciera una visita en persona. El mundo no conocía a una persona que odiara más a la Federación que él.
En esos momentos se encontraban en un dirigible.
– Tenemos el mapa con el recorrido de la caravana y tenemos los medios para parar esa caravana. Si seguís todos el plan, podremos conseguir los dos objetivos: uno, parar la caravana y anunciarnos al mundo y dos, acabar con Kaguya Sumeragi.
Todos asintieron.
– No va a ser fácil y van a haber muchas bajas, pero de conseguir los objetivos, aunque sólo quede uno de nosotros con vida, lo habremos logrado. ¿Entendéis? –El ex-conde hizo una leve pausa teatral para dar más emoción a lo próximo que iba a decir.– Chicos, intentaré comandaros lo mejor posible. Espero que confiéis en mi. –Tragó saliva– A continuación Marvin Nash os comentará cómo he preparado los grupos de trabajo. Espero que estéis conformes con lo que os ha tocado.
XXX
Tras trabajar las ocho horas reglamentarias, Nina se disponía a salir de la pizzería cuando un escalofrío le recorrió la columna. Lo atribuyó al cansancio y tras estirarse y masajearse con ambas manos el cuello cogió su abrigo, el bolso, y salió a la calle.
– Hasta mañana –se despidió de sus compañeros.
– Adiós, Nina –correspondieron los que no estaban demasiado ocupados como para contestar.
Esa noche, siniestra, no le gustaba lo más mínimo. No tenía luna, no había estrellas y hacía tanto frío que suponía que en pocos días, de seguir así, empezaría a nevar. Apocalipsis Snow, pensó. Desde la pizzería hasta su casa había un largo camino por el que pasaba por varios de los lugares más importantes de la ciudad: Gainax Street, Westminster Street, Five Points Avenue... En estos lugares estaban los monumentos más importantes de toda la capital, y en particular Five Points Avenue era importante, ya que comunicaba con King's Street, donde estaban los edificios más emblemáticos: varias villas imperiales, embajadas de distintos países y las cinco Mankind Towers.
Desde donde estaba caminó una manzana hasta la parada más cercana del autobús y tomó el último de esa noche. No iba a dejarla delante del portal de su edificio, pero al menos le ahorraría tres cuartos de hora a pie. Eso ya era mucho para ella.
Se sentó en el banco, y en un par de minutos ya estaba allí. Compró un ticket por dos dólares para toda la semana y se sentó en el fondo junto a la ventana; en el asiento más limpio que pudo encontrar ya que todos estaban graffiteados y en su mayoría hechos un asco. Sacó del bolso el último libro sobre el geass que había comprado: La Espada de los Reyes, y se enfrascó en su lectura.
Era un interesante libro que hablaba, como todos los demás que leía, sobre un poder milenario a través de la historia, al que le había concedido la autora el nombre de Espada. Era uno de los más interesantes que había adquirido: en él se podía leer que ese poder que se transmitía a través de las generaciones gracias a unas personas que recibían el nombre de "contratista", que eran inmortales, y que a cambio de ese poder le pedían un deseo al "contratado" o "socio". Ese deseo era que al llegar a un manejo experto de ese poder, se le debía matar. Hasta ahí era donde había leído y ahora estaba ansiosa de leerse lo que le quedaba.
Pero por desgracia el recorrido le pasó rápido y cuando llegó a su destino a penas se había leído quince páginas. Bajó, le deseó buenas noches a la obesa conductora y se preparó para tomar el largo camino a casa. En muy poco tiempo notó como si la estuvieran vigilando desde alguna parte, como si siguieran atentamente cada uno de sus movimientos.
No era la primera vez que tenía esa sensación: de vez en cuando despachaba algún que otro periodista que preguntaba por la creadora del Freya. Con toda la cortesía que era capaz de brindar mentía al decirles que se habían equivocado y les aseguraba que se sentía ofendida de que la confundieran con esa arpía asesina.
De repente, una sombra le salió de una callejuela estrecha. Dio un par de pasos hacia atrás, pero los ojos morados y profundos de aquel extraño la tenían paralizada. No, no era ningún geass: era el miedo más absoluto.
Esa sombra, que cada vez veía más nítida y de la cual ya podía hasta intuir el sexo empezó a aplaudir.
– ¿Nina... Einstein? –Preguntó.
Ella, que aún no salía de su asombro y que no tenía ni idea de qué contestar titubeó algo ininteligible y dio un par de pasos más hacia atrás.
– Dime. ¿Eres Nina Einstein? –Ordenó.
– Yo... no... no –negó.
El hombre, de complexión atlética, muy alto y de pelo gris sonrió ante su respuesta. Los ojos le brillaban como a un lobo ansioso por comerse a su presa.
– ¿Seguro? –Inquirió sonriente–. No soy ningún periodista, tranquila. Sin embargo...
– ¡No! –Exclamó ella de repente, con una fuerza que no sabía ni de donde la había sacado– No soy Nina Einstein.
La joven se preparaba ya para echar a correr cuando su asaltante pronunció tres palabras clave. Sólo tres palabras, pero muy concretas:
– Geass. Lelouch. Euphemia.
El hombre las vocalizó con exageración, queriendo causar el máximo efecto. Por lo que estaba viendo ante sí, estaba seguro de que lo había conseguido. Estaba paralizada y las pupilas le empequeñecieron. Empezó a sudar y sintió en su interior una llama que crecía a cada segundo.
– Euphemia... –repitió, dando un paso más hacia atrás.
– Como te he dicho no soy ningún periodista. Simplemente quiero ayudarte. Hasta hace poco, yo tenía un geass como Lelouch y eso mismo ha hecho que me presente ante ti ésta noche. Para ayudarte a cambio de que me ayudes a mi.
Ella ya no estaba escuchando, se perdió en el momento en el que el hombre dijo el nombre de "Lelouch". Hijo de puta... maldijo en sus pensamientos.
– ¿Qué dices? Yo... –susurró– yo te doy un geass, a cambio, tú me cumples un deseo.
– ¿Eh? Yo... no... Euphemia. Geass.
– Podrás tener tu venganza. Sé que la deseas. Es en lo primero en lo que piensas cuando te levantas y en lo último antes de dormirte.
– ¿Cómo tú...? –Preguntó– Yo...
– Como he dicho –su voz tomó un tono relajado–, tenía un geass. Te leí la mente por casualidad y descubrí tus intenciones. No soy el único al que Lelouch ha hecho daño directamente. Veo que a ti te ha pasado algo muy parecido. Lelouch te arrambló a la persona que más querías –sonrió melancólicamente, estaba pensando en CC–. Acepta mi proposición, y yo te ayudaré a acabar con Lelouch.
Después de sopesar cada una de las palabras del hombre frente a ella y mirar varias veces a su alrededor y no ver a nadie, cayó en la cuenta de que la oportunidad que se le había presentado era única y que no volvería a repetirse jamás.
– Acepto.
El hombre dio unos pocos pasos hacia adelante y se puso frente a Nina. Respiraba aceleradamente y al empezar a sudar tanto por el shock sentía un frío creciente en su cuerpo, que contrastaba con la iracunda llama de su espíritu. Pestañeó un solo momento y al volver se encontró flotando en un lugar muy extraño.
Estaba como cayendo en un foso sin fondo. Levitaba en un lugar oscuro pero con muchas luces de colores, colores que nunca había visto. Una especie de cables azul eléctrico la tenían cogida de las extremidades. Volvió a parpadear y se encontró con ese misterioso hombre frente a ella. Le tendía una mano abierta.
– Nina Einstein... tú al igual que yo sabes que Lelouch vi Britannia está vivo en algún lugar del mundo. Acepta mi oferta y seré tu acompañante en la aventura que es la venganza.
La morena tomó la mano que le tendían. Había comprendido la magnitud de lo que le estaban dando a su alcance y no lo dudó un instante.
– ¿Aceptas? Di sí o no. Sólo sí o no.
– Sí.
El hombre hizo fuerza con la mano y la chica notó el fuerte calor que le transmitía. Una energía que nunca antes había sentido. En aproximadamente el medio segundo que duró aquello experimentó algo magnífico en todo el cuerpo, algo indescriptible pero extremadamente placentero, muy diferente al orgasmo. Mucho mejor que el orgasmo. ¿Éste es el poder mítico sobre el que tanto he leído? Se preguntó. ¿Éste es el poder con el que Vi Britannia mató a Euphy?
Despertó en medio dela calle, tapada por una fina capa de nieve. Se levantó y se quito el manto blanco que tenía sobre el cuerpo. Luego consultó su reloj: habían pasado tres horas desde aquello y se sentía extremadamente cansada.
¿Habría estado soñando?
Al día siguiente Nina se despertó como cualquier otra mañana. Pero por la tarde. Eran las tres del mediodía. Le dolía mucho la cabeza, casi como si tuviera resaca, algo sumamente extraño. Yo nunca bebo, pensó, y menos entre semana.
Se llevó la mano derecha a la cabeza y con la izquierda se acercó el despertador que marcaba la hora. Al verla los ojos se le abrieron como platos y de un respingo se puso en pie, casi resbalando con las sabanas que estaban echadas sobre el suelo. Tomó el teléfono móvil y marcó el número de la empresa para informar de que llegaría en breve. Quizás aún no estuviera todo perdido y no tuvieran que echarla.
– "Lo sentimos. No dispone de saldo para la llamada" –le dijo una voz artificial, muy lejos de sonar femenina.
No disponía de teléfono fijo, puesto que la instalación costaba un dinero del que ella no disponía. Se dirigió hacia la mesa y ojeó un folleto de la empresa de autobuses: no pasaría un autobús por la parada más cercana hasta dentro de una hora. Definitivamente era un caso perdido así que pensó que lo mejor sería quedarse en casa y presentarse al día siguiente con una mentira, y cuando alegaran el por qué no había llamado, ella respondería que no tenía saldo. Era una mentira a medias.
La joven buscó entre la mesa llena de papeles y demás el mando de la televisión y la encendió. Mientras hacía zapping buscando algo bueno repasó mentalmente lo ocurrido la noche anterior. Recordaba que había hablado con un hombre y haber tenido una especie de sueño muy extraño. Luego simplemente se despertó tapada por la nieve. ¿La habría drogado aquél extraño? Probablemente, ¿pero por qué? Para violarla seguro que no. Aparte de no ser muy agraciada toda su ropa estaba intacta, y dudaba de que alguien, por muy desesperado que estuviese, se atreviera a hacerle algo así en plena calle. Tampoco había sido un robo, porque en su bolso no faltaba nada.
De repente, algo la sacó de sus cavilaciones. La televisión se había vuelto a quedar enganchada en una cadena. La voz vivaracha de Milly Ashford anunciando que ese fin de semana sería mejor no coger el coche para salir a causa de la nieve la ponía nerviosa. Presionó varias veces la tecla para apagar la tele pero no había manera.
El televisor era muy viejo y en más de una ocasión había ido a preguntar a cuanto ascendería la reparación. Todo el mundo le había dicho que sería mejor y más barato comprarse una nueva. Pero no tenía dinero para una nueva.
Decidió, sin esperanza de que ocurriese nada, acercarse un poco. Le dio un par de golpes y se le cayó la carcasa. Suspiró. Ante ella ahora había un montón de conexiones de cables cada uno de ellos de un color distinto, y a pesar de que para cualquiera hacer una reparación de ese tipo resultaría muy difícil, ella sí supo como hacerla. Cogió dos cables –uno verde manzana y el otro negro– y los cambió de sitio con otros dos rojos. Luego volvió a poner la carcasa y cuando la televisión se apagó vio su cara reflejada en la pantalla oscura. La pupila de uno de sus ojos era de un color morado y un símbolo que enseguida llegó a reconocer como el de sus libros se desvanecieron.
Tropezando se dirigió a su ordenador. Ya recordaba todo lo ocurrido la noche anterior. Su conversación con ese hombre, el poder que le había sido conferido... sabía como se llamaba. Encendió el PC y tecleó la dirección web de su buscador de Internet favorito. Tecleó dos palabras y le dio a "Enter".
Salieron unos doscientos resultados en páginas britannianas y cuatrocientos veintitrés contando los de todo el mundo. Eligió el primer resultado y le dio toda la información que quería saber.
"La aptitud intuitiva es la capacidad sobrehumana de llegar a entender mecanismos biológicos o mecánicos sin haber estudiado previamente nada sobre el tema".
Si ese era su geass, no podría haber ninguno mejor. Enseguida pensó en el hombre que le dio aquel poder. ¿Dónde estaría ahora? No le dio mucha importancia y al repasar mentalmente todo recordó que había dicho que todo aquello era a cambio de un deseo. Si debía cumplirle un deseo supuso que
tarde o temprano volvería a verlo por alguna parte. Quizás volviera a salir de alguna callejuela, como los carteristas de aquella concurrida zona.
Ahora, buscar a Lelouch y acabar definitivamente con él ya no era algo imposible del todo. Podría hacerlo, y también pensó que, de paso, podría crear aquel mundo con en el que Euphie soñaba vivir algún día y que Zero destrozó.
XXX
Jeremiah Gottwald subió con paso lento pero seguro la escalera hacia el segundo piso cogido de la barandilla. Una vez allí, caminó por un pasillo hasta dar con la puerta que buscaba, la quinta. La abrió e intentando hacer el menor ruido posible para no despertar al muchacho dormido (todavía) se dirigió a la minicadena que había sobre un mueble, y la encendió. La puso al máximo volumen y sonrió al ver como el que dormía se despertaba de un bote y miraba hacia a los lados buscando el origen de aquel estruendo infernal. Nunca Lady Gaga le sentó tan mal a nadie.
– ¿Por qué has puesto la radio? –Preguntó Lelouch Lamperouge, consternado.
– Bueno, para que te despertases. Son las diez de la mañana. ¿No tienes que hacer tus tareas?
Jeremiah apagó la radio. Lelouch se estaba estirando, antes de volver a meterse en la cama y taparse de pies a cabeza.
– Por favor... –suplicó–, por un día... llevo levantándome todos los días, durante un año sin descanso, a las diez de la mañana para recoger naranjas. Un descanso. Un día para mí, para dormir, es todo lo que pido. Un día en el que no tenga que despertarme con Bad romance, I got a feeling o Tik tok.
– Ya sabías lo que te tocaría hacer al venir aquí –le reprochó sentándose al filo de la cama–. Te toca currar ¿sabes? No te gusta trabajar, no te gusta ir a comprar... desde luego Villetta no debió ponerte muy buenas notas en Educación Física, una vergüenza a todas luces para un príncipe y un emperador de Britannia.
– Sí, pero no para un exiliado político y un líder terrorista –retrucó tapándose aún más.
Jeremiah hizo una mueca y metió el brazo por el agujero que había dejado para respirar con el fin de destaparlo. El pelinegro no tardó nada en empezar a tiritar de frío.
– ¡Dios! –Exclamó.
– Hacemos una cosa: dentro de poco se va a acabar la temporada. Recoge las naranjas hoy y te prometo toda una semana de descanso antes que empecemos con la próxima recolección. ¿Te parece?
Lelouch vi Britannia suspiró y palpó el otro lado de la cama, notando la ausencia de alguien.
– ¿Y CC? –Preguntó– Ella es mucho más vaga que yo. ¿Dónde está?
Jeremiah sonrió burlón y negó con el dedo índice.
– CC es mucho más trabajadora de lo que tú te piensas. Hoy se ha levantado pronto y ha acompañado a Anya al pueblo a comprar. Todos arriman el hombro menos tú, en conclusión: haz algo ya. ¡Vístete y a recoger naranjas! ¡No me hagas volver a subir, Lamperouge! –Amenazó desde la puerta antes de cerrarla con un portazo. .
Ya sé por qué CC se ha levantado tan pronto: para comprarse un vestido; hoy es el último día de rebajas. Demonios...
XXX
Nina sonrió para sus adentros y nada más comprobar con varios electrodomésticos que con solo ver la placa base sabía como funcionaban se puso a imaginar cómo lo usaría. Estuvo pensándolo durante un rato y al no ponerse de acuerdo con ella misma cogió de dentro de un cajón de la mesita de noche un cuaderno de hojas A4 microperforadas y un bolígrafo negro e hizo una lista de lo que quería conseguir con él.
Escribió unos veintitrés puntos incluyendo entre ellos "Lograr la paz en el mundo" y "Erradicar el hambre" pero al poco se dio cuenta de que esos dos y muchos más podían formar parte de uno que escribió después: "Cumplir el sueño de Euphy". Los cuatro cinco primeros fueron: "Encontrar a Lelouch vivo", "Matar a Lelouch", "Vengarme de Kallen", "Vengarme de Milly A." y "Devolverle toda la amabilidad prestada a Rivalz Cardemonde".
Subrayó la de "Matar a Lelouch" y se levantó del sofá a por una chocolatina. Se la comió mientras pensaba en cómo llegaría a esos objetivos. Efectivamente podía saber como funcionaban las cosas con sólo verlas pero no era ningún Dios... todavía.
– Necesito un buen plan –musitó por lo bajo–, yo sola no puedo lograr todas esas cosas. Necesito que alguien me ayude.
Conectó el televisor y en pantalla apareció la telenovela de la tarde que ponían todos los días laborables a eso de las cuatro en Hi-TV. Se durmió enseguida. A las dos horas despegó los párpados, algo confundida, y se deshizo de las gafas para limpiarlas. Entonces, con un espejo delante comprobó lo bien que le sentaba no llevarlas y recordó un trocito de lo que leyó esa misma mañana. Al parecer la aptitud intuitiva servía tanto en una máquina como en un organismo vivo. Sonrió y lo utilizó pero no notó nada extraño, se sentía igual que siempre. Quizás, con un poco más de manejo lograría entender perfectamente el sistema nervioso central y la función de cada una de las células de su cuerpo. Pero para eso aún faltaba mucho.
Otra vez la voz enérgica de Milly Ashford la sacó de sus cavilaciones. En verdad odiaba el sonido de esa voz y a quien pertenecía. Una persona inteligente, rica, guapa y con suerte en la vida que siempre estaba compadeciéndola.
– ¡Soy Milly Ashford, la enérgica presentadora de las noticias de la noche! –Se presentó, dejando la modestia en un segundo plano.– A continuación los titulares de la noche.
La cabecera del telediario apareció y varias secuencias de videos comentados describían lo que había ocurrido en las últimas horas por el mundo. En particular, le llamó la atención el último. En la tele salían imágenes de la última vez que Nunnally viajó a Japón, haría poco más de un año.
– En otro orden, Kaguya Sumeragi, canciller de la Federación Unida de Naciones viajará a Britannia a visitar a la emperatriz Nunnally con el fin de comentar y firmar la Carta Sigma –anunció una voz masculina–. El recorrido aún no se ha hecho público.
Nina Einstein reflexionó sobre eso último. Aún no habiéndose filtrado el recorrido, sabía donde comenzaría (en el Phoenix Airport) y donde acabaría (en el Palacio Imperial). Así con un mapa de la ciudad en la mano dedujo también que por las amenazas, tomarían rutas secundarias que desembocaran en King's Street. Le vino a la mente que seguramente haría el recorrido en un G-1, por lo que lo más probable era que tomara la Lundagatan Street una calle ancha por la que no había nunca tráfico.
Definitivamente, sólo por el ambiente, iría a ver la caravana el día del desfile. Sólo por el ambiente.
XXX
Un soldado de asalto fue el encargado de dejar sobre la mesa de Maldini los informes sobre la seguridad del convoy. No parecía nada exagerado a simple vista, pero siempre solían haber unidades que no aparecían en los documentos oficiales por si se filtraban, como en ese caso.
– Señor Maldini, los documentos –dijo al dejárselos de golpe delante de las narices.
– Gracias Heinkel, luego les echaré un vistazo. Por cierto: ¿Ha llegado sano y salvo todo el material?
– Sí señor. Los veinticinco frames, las armas de fuego y los explosivos. Todo. No falta nada.
El castaño esbozó una sonrisa y cogió los papeles. Muy rápido, ojeó los títulos para asegurarse de que estaban todos y con la mano derecha hizo un ademán al soldado para que se fuera.
– Por favor, Heinkel, cierra la puerta al salir e informa a los hombres de que sincronicen el canal 2 para mañana. Los que tengan problemas que utilicen el 2.1.
– Yes, my Lord!
XXX
– Nunnally, ¿verdad que sabes que los grupos terroristas van a estar atentos a cualquier movimiento de Kaguya? –Se interesó Cornelia.
Estaban en uno de los salones del palacio, el favorito de la nueva emperatriz; construido intentando emular el arte barroco. Las paredes eran doradas y los ventanales, muy amplios, ofrecían unas magníficas vistas del jardín de abajo.
– Lo sé, pero para que todo esto se solucione todas las partes deben dar una imagen de seguridad.
Guilford sonrió ante la determinación con la que la emperatriz había formulado su discurso y se permitió sonreír.
– El propio Knight of One, Gino Weimberg se encargará de todo desde aquí. No hay nadie mejor que él para esta situación –apostilló Gilbert.
Cornelia consultó su reloj y comprobó que eran las seis. Como princesa y esposo debían acudir al Museo de Arte Contemporáneo en pleno centro de Forket, la segunda ciudad más importante del Imperio para la inauguración de una nueva sala dedicada a la naturaleza, más bien al cuerpo femenino. Estaba muy cerca de Pendragón, pero dando a la costa. Allí era donde estaban la inmensa mayoría de villas imperiales y donde antiguamente se erguía el Mausoleo Imperial, que Lelouch ordenó destruir.
– Lo siento Nunnally, debemos irnos –la mujer se levantó, dio un abrazo a su hermana, luego cogió la mano de Guilford y le ayudó a levantarse, a causa de la ceguera no podía valerse por sí mismo, aún no dominaba ni el lenguaje Braile ni los bastones.
El hombre se levantó y se inclinó en donde creía que estaba la emperatriz. Tuvo que acercarse ella para darle un abrazo.
– Divertíos en la inauguración –deseó vi Britannia.
– Bueno, no sé si podré divertirme mucho. Para mi todos los cuadros son iguales –replicó el caballero, sonriente.
– Mejor así –Cornelia se apuntó a la conversación–, no me hace gracia que mi esposo vea cuadros de mujeres desnudas, a no ser que esa mujer sea yo –le guiñó un ojo a la emperatriz, y ésta se sonrojó.
Ambos salieron por el gran portón que conducía al pasillo y por ella entró otra persona. Se inclinó ante ella y le dio dos besos en la mejilla y un rápido abrazo, luego se sentó en el lugar más oscuro de la sala, donde sólo eran visibles sus brillantes zapatos nuevos.
Los ojos del extraño visitante recorrieron la habitación y acabaron en la mesa de cristal frente a la joven postrada en una silla de ruedas.
– Es de buena educación saludar –espetó Nunnally de repente, alegre.
El visitante asintió y sonrió.
– El anuario 2017–2018 de la Academia Ashford –leyó–. Veo que tienes la versión sin censurar.
La chica bajó sus ojos azules al libro abierto por una página en la que salían Kallen, Lelouch, Suzaku y Nina. Solía hojearlo todos los días casi siempre en compañía de Guilford y Cornelia. Últimamente ambos pasaban mucho tiempo con ella, pues se había prestado para ayudar a Gilbert a aprender a leer en Braile.
– Lo leo siempre –respondió muy rápida–, hace que me acuerde de cómo era todo antes.
– Lo entiendo –suspiró el invitado–, yo también suelo ver los álbumes de fotos de tiempo atrás. Pero nunca me gusta como salgo. Ya has visto algunas fotos de cómo era yo antes.
– Sí, y tú también de cómo era yo hace un par de años –rió–. De todas formas, como dice Cornelia: "hay que mirar al pasado para saber avanzar hacia el futuro".
El invitado mostró una amplia sonrisa.
– Tú no has cambiado casi y no es comparable una cosa a la otra –arguyó.
– Bueno –bufó la castaña–, de todas maneras, todos debemos aceptarnos como somos. ¿No crees?
– Todos debemos aceptarnos a nosotros mismos tal como somos si ya no hay posibilidad de cambiar para mejor.
Nunnally rió. El invitado desvió la vista de nuevo al anuario de la Ashford y a su lado vio un montoncito de fotos esparcidas por el borde de la mesa. Todas ellas pertenecían a Suzaku Kururugi: estudiando, tirado en el césped, con Lelouch, vestido con el traje del Lancelot, con Euphy, con Kallen...
– ¿Te gusta Suzaku, verdad Nunna? –Preguntó sin venir a cuento.
– Bueno... Suzaku está...
Se produjo un silencio algo tenso antes de que el invitado volviera a hablar nuevamente.
– Me lo contaste hace un mes, Nunnally. Soy de confianza. No hay nadie escuchando.
– Aún así, no debe enterarse cualquiera de que Suzaku está...
– ¿Vivo? Ya, pero no hay nadie escuchando. Puedes hablar sobre ello libremente aquí. No hay micros ni nada por el estilo –sonrió–. Conviene hablar sobre ello con Cornelia, Guilford, Gino... ellos lo saben ¿Verdad?
– Claro... se lo comenté yo, igual que a ti –dijo.
El invitado se levantó de la silla y de un bote se sentó en la mesa, tomando una panorámica perfecta de la enorme sala.
– ¿Zero vendrá con Kaguya? –Preguntó.
– No –negó–. Lo hablamos hace poco Suzaku y yo. No conviene que los dos viajen a la vez a un país extranjero. Lo mismo pasa con Cornelia y yo o con Tianzi y Li-Xingke.
– Claro... debe haber alguien siempre en casa ¿No?
La ojiazul sonrió una vez más.
– ¡Pues claro! –Espetó– Un barco sin capitán está condenado a la deriva.
– Siento no pensar como tú, Nuna. La anarquía es la forma perfecta de gobierno.
– Y aún así tu perteneces a él.
Alguien dio un par de golpecitos a la puerta. Era la señal que tenía el visitante para salir. No podía estar mucho tiempo, tenía otros asuntos que atender.
– ¡Oh, ya han venido a recogerme! –Exclamó– Justo cuando la conversación se estaba poniendo interesante. Lo siento Nuna, debo dejarte.
– ¿Tan pronto? –Cruzó los brazos delante de su pecho y añadió–: Solo has estado cinco minutos.
– Los suficientes para ver lo guapa que está mi hermana mayor hoy –al ver que sus palabras no surtían el menor efecto agregó–. Créeme, lo siento. Pero tengo muchas cosas que hacer. Vendré más a menudo a verte. Tengo una cita.
– ¿Ah, sí? ¿Una cita?
El visitante sonrió.
– Natural.
– ¿Con una chica quizás? –Inquirió– ¿Con una chica que conozca? ¿O con un chico? –Fantaseó.
El invitado se rascó la cabeza e intentó inventarse una escusa convincente, pero no tenía caso. Nunnally siempre le pillaba las trolas.
– Quizás.
– Quizás ¿Eh? O es sí o es no. Dime, ¿la conozco?
– No –negó enérgicamente al tiempo que abría la puerta.
– Pues entonces quiero conocerla –pidió.
Al ver que seguía avanzando añadió:
– Te lo ordeno como Emperatriz.
Él volteó la cabeza y ahogó una carcajada.
– Si no me lo pides como hermana, nada.
Cerró la puerta y se marchó. Una bajó en ascensor y hubo recorrido el visitante el pasillo, llegó al florido jardín cubierto por una muy fina capa de nieve blanca. Un hombre fue a recogerlo a la fuente y le condujo a través de aquel bosque hasta la salida, donde le esperaba un Rolls-Royce Phantom de diseño exclusivo, valorado en cuatrocientos cincuenta mil dólares.
El coche, presentaba el aspecto exterior del Phantom de toda la vida, sin embargo, por dentro su propietario se sentía como en un búnquer. Tenía: ordenador, conexión a Internet vía wi-fi, teléfono, impresora, escáner, controlador de temperatura, botón del pánico... Los cristales tenían cinco centímetros de grosor, a prueba de balas, y la carcasa era de una aleación de titanio y hierro mejorada con pequeñas cantidades de cobre y otros metales. En el maletero guardaba botellas de oxígeno, mantas, armas, agua, comida y repuestos de todo lo que había en el interior. Sí, definitivamente aquello era una fortaleza móvil.
– ¿A dónde? –Preguntó el conductor desde delante. Vestía completamente de negro.
– ¿A dónde va a ser, Sebastian? A Alighieri –mandó.
Tras dar la orden subió un cristal separador para tener más intimidad y sacó un teléfono móvil de uno de los bolsillos del pantalón, marcó el número uno y a los tres pitidos, cuando se lo cogieron, habló.
– Al final Suzaku no vendrá a Britannia. Tenías razón, una vez más. Kaguya Sumeragi sí vendrá y tendremos el privilegio de estar en primera fila el día de la ceremonia de la firma. ¿Qué te parece?
XXX
Dos días después Kaguya se despertó algo mareada de su siesta en el avión que la tenía que llevar a Britannia. Los golpecitos amables de Kallen la hicieron salir del sueño.
– Mh... ¿Ya hemos llegado? –Susurró.
– Sí –asintió Kouzuki de un modo muy maternal– ¿Has dormido bien?
Ella movió la cabeza indicando que sí, y luego preguntó la hora.
– Las diez y media... no... las once menos veinte. Sí, las once menos veinte.
Toudou abrió la puerta del compartimento en el que estaban y les dijo que ya podían bajar, que estaba todo en orden.
– Nada más salir habrá un dispensador de frames G-1 esperándote. Llegaremos muy pronto al hotel, allí podrás descansar unas cuantas horas antes de la reunión –explicó el general de la Orden de los Caballeros Negros.
El hombre cogió el equipaje ayudado por dos asistentes que viajaban con ellos en otro compartimento y que habían entrado con Toudou mientras las dos chicas salían. Esperándoles en tierra firme estaba Cornelia. Todos se saludaron estrechándose la mano. Los que anteriormente habían compartido campo de batalla (tanto estando en lados opuestos como en el mismo) no tenían muchas ganas de formalismos innecesarios. Querían acabar cuanto antes con todo aquello.
Aún así Toudou había cogido estima a Guilford, el hombre contra el que tantas veces peleó. No mantenían ningún tipo de amistad, sólo mutuo respeto, que ya era mucho.
– ¿Dónde está tu marido?
– Tiene revisión médica. Le daré recuerdos de tu parte, Kyoshiro.
– Espero que le vaya bien la recuperación –deseó el japonés.
– Yo también. La vedad es que no es fácil pero bueno... tiempo al tiempo.
XXX
Kanon Maldini vislumbraba a través del sistema Factsphere los planos de las calles por las que iba a pasar el convoy. Después de comprobar que todo estaba como él sabía que iba a estar, cambió el plano por la televisión. Hi-TV. Todavía no se habían enterado de por donde iba a pasar todo. Sin embargo, por la calle ya había un montón de gente agolpada controlada por algunos policías.
La Real Orden de Caballería estaba en sus posiciones y atacarían después de detonar las dos bombas a mitad de camino.
– A ver... –Maldini se preparó para hablar– dentro de unos diez minutos, cuando la cabalgata ésta llegue a la mitad, detonaremos las dos bombas de delante, poco después las de atrás y el ataque comenzará. Cada equipo según se pautó con anterioridad. No –y repitió–, no quiero improvisaciones. No os arriesguéis a perder la vida, tampoco es el caso. Si veis que no podéis continuar haced estallar el frame para que haga el máximo daño posible y utilizad el sistema de eyección de cabina. ¿Comprendido?
– Yes, my Lord! –Exclamaron todos.
XXX
Nina salió de su casa a las cuatro y media y a las cinco en punto ya estaba allí. Había logrado colocarse en primera fila, justo tras la valla. Toda la gente se empujaba por ver pasar la caravana y los gritos y las descalificaciones eran abundantes. Hizo como si no oyera las que iban dirigidas a ella y se asomó para ver si veía a su antigua amiga.
XXX
Kouzuki Kallen, que había llegado un par de horas antes que Kaguya, dirigía el pelotón y tras ella a izquierda y derecha se encontraban los Akatsuki voladores de los demás miembros de la Orden, controlados por Toudou. Tras ellos unos Vincents y los demás partícipes de la seguridad de aquella tarde.
De repente un fuerte estruendo seguido de otro igual retumbó entre los edificios. En el suelo apareció un cráter y Nina notó como la acera bajo sus pies caía. Resbaló y se fue al suelo. Parpadeó un par de veces y se encontró con toda la gente corriendo de un lugar a otro, algunos incluso por encima de ella. Se levantó gracias a un Knight que le tendió una mano y vio que de todos los lados estaban disparando a la caravana. La joven también vio algunos pequeños incendios que por sus meses trabajando con Lloyd y Cecile identificó como frames que habían sido reventados. En un momento dado oyó un grito que venía del cielo, de una cabina eyectada:
– All hail Britannia!
Lo comprendió todo en ese momento: el asalto estaba siendo perpetrado por un grupo terrorista de la misma Britannia. En ese momento, como un flash, le vino a la mente que podía usar todo eso para su propio provecho y dando un golpe al mismo hombre que la había ayudado a levantarse saltó la valla camino al campo de batalla. Sorteó algún pequeño incendio y esquivó por suerte un par de proyectiles antes de llegar a su objetivo: una cabina de Akatsuki que había vacía y por las luces que veía, operativa.
Haciendo acopio de toda su valentía entró dentro de ella y estableció conexión con la única red que no estaba asociada a los Black Knights de Britannia. Para ello utilizó su geass. Conectó con el de las siglas GA. Sabía que en el ejército de Schneizel GA correspondía a Gareth, así que el robot de combate más poderoso lo asoció al líder. No sabía que decir y únicamente le salió una única palabra.
– Hola –saludó en inglés.
– ¿Knights? –Contestó una voz que le sonaba de algo.
– No soy un Knight –dijo.
– ¿Quién eres entonces? –Preguntó en el mismo idioma– ¿Cómo has accedido a la red?
Esa voz... tan familiar... enseguida recordó a quién pertenecía: Conde Kanon Maldini, general de primera y primer asistente de Su Alteza Schneizel.
– ¿Kanon? ¿Kanon Maldini? –Inquirió.
Éste abrió los ojos como platos dentro de su frame.
– ¿Cómo sabes quién soy? ¿Quién eres?
– Soy un aliado –contestó–. Puedo ayudaros a cambio de un favor.
– Yo... –musitó–. No necesitamos ayuda.
En ese preciso instante las dos bombas de la retaguardia estallaron y a esas explosiones les siguieron las de dos Vincent de la R.O.C.
– Por lo que puedo ver, sí. Kanon Maldini, te conozco y te aseguro que soy de fiar –esas palabras sonaron más frías de lo que en un principio pretendía–. Sigue mis órdenes al pie de la letra y ganarás esta batalla y todas las que quieras. A cambio... necesito un favor.
– ¿Cuál? Nosotros...
– Está al alcance de tu mano y no variará mucho de lo que tú pretendes. Sígueme. ¿Aceptas?
El castaño se restregó una mano por la cara. Estaba con el agua al cuello, sus unidades caían como moscas.
– De acuerdo –aceptó–. ¿Qué debemos hacer?
Nina conectó el sonar Factsphere y vio que efectivamente, las fuerzas asaltantes estaban muy mermadas gracias al Guren de Kallen.
– El objetivo será secuestrar a Kaguya Sumeragi –ordenó–. Quiero que los Sutherland con Air-Wing System cubran a los Glasgow hasta la puerta trasera del G-1. Que los demás mantengan sus puestos como hasta ahora. Yo en persona abriré la puerta.
Kanon se apresuró a retransmitir las órdenes a sus hombres. No parecían nada del otro mundo y aún seguía preguntándose por qué aceptaba la ayuda de aquél misterioso desconocido al que erróneamente señaló como hombre.
– Voy a parar de hablar un momento. Luego reanudaré la conexión desde otro puerto. Seguid las órdenes –se despidió.
Nina Einstein recordaba que la mayoría de los frames tenían bajo del panel un pequeño armario que utilizaban para guardar allí unas pocas provisiones y un uniforme de reserva. La joven se apresuró a vestirse con la chaqueta negra y se puso el casco reglamentario de los BK. Después hizo una llamada a otro Akatsuki.
– La capitana Kouzuki Kallen me ha dado la orden de que te informe Unidad 626 de que pares –mintió. Había obtenido el numero de serie gracias a que era el mismo que el de comunicación.
El piloto del frame obedeció ingenuo y desplegó la escalera de la cabina para que subiera. Una vez allí disparó al piloto con una pistola eléctrica que había encontrado en el mismo compartimento que el uniforme. Echó el cuerpo inconsciente de una patada, replegó la escalera y tomó vuelo. Luego volvió a comunicarse con Maldini.
– ¿Qué tal? –Dijo en forma de saludo.
– Todo cumplido. Date prisa, las unidades Glasgow no tardarán en ser eliminadas.
– De acuerdo. Quiero que te dirijas allí también.
– ¿Eh? –Gritó– Estoy cubriendo la parte de atrás, si paro llegarán los refuerzos en muy poco tiempo.
– Hazme caso, ve allí y ataca a los que se acerquen. Espera ordenes ¿De acuerdo?
Nina volvió a cerrar esa conversación e intentó una con la unidad 01. Suponía que era la de Kouzuki Kallen, piloto del Guren y dirigente de la caravana. Ensayó voz de hombre antes de hablar, ella podía reconocerla y no quería arriesgarse. Sería el final del principio.
– Capitana Kallen Kouzuki, aquí unidad 73. Informo de que he avistado un Gareth enemigo en la puerta trasera de la G-1.
– Entendido. Gracias por el aviso.
XXX
Kallen Kouzuki alzó el vuelo camino a la parte trasera del expendedor de frames para acabar con él. Nada estaba saliendo como esperaba, el defender el convoy era una misión que le venía grande.
Una vez allí redujo la potencia de la onda de radiación un diez por ciento pues si se pasaba podría dañar la arquitectura del lugar y el que cayeran los edificios aplastándolos a todos no era una solución loable.
Se dispuso a atacar, pero le sorprendió el que el frame negro alzara el vuelo de repente y disparara los Hadron contra los Glasgow. Había caído en una trampa. Aprovechando la explosión y su onda de energía querían hacer un agujero por el que pasar adentro del vehículo.
XXX
Maldini no se lo creía. ¿Sería ese el nacimiento de un nuevo Zero? Quizás sí. Había tenido que sacrificar unos pocos hombres pero... el fin justifica los medios. Siempre.
XXX
Todo el mundo dentro del módulo de transporte intentaba ocultar a Kaguya la precaria situación en la que se encontraban pero una vez ésta vio como el Gareth de Maldini atravesaba una pared y se paraba frente a ella todo se fue al traste.
– ¿Qué haces ahí Kallen? ¿Cómo te has...? –Toudou no paraba de avasallar a preguntas.
– No... ¡Toudou, ven a la parte de atrás, trae a alguien! –Exigió– No puedo ocuparme de todos.
– ¡Sólo son quince! –Gritó.
– ¡Ven! –Exigió de nuevo antes de cerrar la comunicación.
Tras el asaltante negro, aparecieron un Vincent volador, tres Sutherland igual y un Vincent sin alas. En muy poco tiempo acabaron con los Knights que estaban por allí. Luego, después de todos, entró el Akatsuki. Estaba de espaldas a ellos, intentado evitar que nadie entrara.
– Maldini, apresa a Sumeragi y llévatela lo antes posible. Acaba con cualquiera que se entrometa.
XXX
– ¡¿Qué? –Exclamó Gino cuando le informaron de lo que estaba pasando– ¿Pero qué diablos están haciendo los Knights? Quince frames contra cuarenta... y salen perdiendo. ¿Ésto qué es?
XXX
– ¡Quieto! –exclamó Kallen al piloto del Gareth.
El Guren S.E.I.T.E.N. estaba muy limitado en un lugar tan pequeño como era aquél y más con todos esos Knights a su alrededor intentando librar a Kaguya de los asaltantes. Aún así, Kouzuki no se dio por vencida y reajustado los parámetros de ataque logró echar al Gareth mientras dos Vincents tras ella se ocupaban de los demás.
– ¡Kallen Kouzuki! –Exclamó Maldini, con un deje de nostalgia en el habla– ¡Cuanto tiempo! ¿No?
A la japonesa le sorprendió oír esa voz al otro lado del aparato por dos cosas: una, la conocía, y dos, no se podía explicar como un externo había logrado invadir un servidor de comunicaciones creado por Rakshata Chawla en persona.
– ¡Así que tú eres el cabecilla, Maldini! –Dijo– Preparate para lo peor.
Kallen hizo que los landspinner del frame rojo tocaran suelo y muy rápidamente se dirigió a su objetivo con el brazo en posición de ataque. El Gareth estaba disparando los Hadron pero el escudo de radiación del frame la protegía a ella y a los demás. No podía olvidar que detrás de ella estaban una emperatriz y la canciller de la Federación.
– Maldini, retirada –ordenó Nina desde el Akatsuki. Estaba volando sobre todo el tumulto, a punto de escapar.
El propio ex-conde se sorprendió de lo poco en que tardó en obedecer las órdenes que le habían sido dadas. No estaba muy acostumbrado a obedecer desde la pérdida de Schneizel.
– Retirada –comunicó a sus hombres.
– Pero... señor, ya casi... –replicó alguno.
– Retirada, ahora. ¿O queréis morir?
Dos bombas más estallaron por obra y gracia del detonador que el fundador de la R.O.C. tenía en la mano y aprovechando la confusión causada por la polvareda salieron volando, literalmente.
– Maldini, escríbeme a nada más llegar a tu destino.
Se notaba que fuese quien fuese el que les brindaba ayuda era un tipo inteligente. Le había dado una dirección de correo electrónico alojada en un servidor público del que habían miles de millones de cuentas. Imposible de rastrear.
– ¿No nos acompañas? –Inquirió.
– Estaremos en contacto –se despidió tomando la dirección opuesta a ellos.
Todos los seguidores del ex-ayudante de Schneizel se sorprendieron al ver el rumbo que tomaba su salvador, en vez de acompañarles a su guarida. El antiguo conde tardó unos veinte minutos en explicarlo todo de forma detallada. Todos le soltaban lo mucho que dudaban y le explicaban su preocupación de que fuera un topo, a lo que él respondía que sabía tan poco como ellos y que "lo mejor es esperar y ponerse en contacto con él... o ella".
XXX
El piloto del Tristán se restregó las manos por la cabeza al comprobar el destrozo tan grande que habían conseguido provocar quince frames que ni de lejos podían competir con los suyos.
– Esto debe ser un sueño... –musitó en voz baja– ¿Kallen, estás bien? –Preguntó, al ver a la chica deprimida.
– Todo lo bien que se puede estar en una situación así –respondió cansada.
Gino suspiró y le brindó un abrazo. Y en el momento exacto en el que se humedecía los labios para seguir hablando salió proyectado en la fachada de un edificio el escudo de Britannia y tras un fundido en negro apareció alguien sentado de espaldas a la cámara que se giró tras un par de segundos de emoción intensa.
Kanon Maldini entrecruzó los dedos frente a su barbilla, parpadeó y sonrió. Por lo que se veía detrás, estaba dentro de un knightmare frame.
– Queridos miembros de la Orden de los Caballeros Negros: Hola –saludó.
Gino se echó atrás mientras la gran mayoría de los que estaban viendo la imagen se echaron hacia adelante, con expectación. Toudou abrió mucho los ojos y Kallen murmuró una palabrota.
Tras esa pausa teatral, el hombre joven que estaba dando el comunicado se presentó como lo que era: un opositor a la Federación Unida y a la "nueva" Britannia de Nunnally.
– Soy Kanon Maldini, ex-conde de Maldini, ex-general de las Fuerzas Armadas de Britannia, ex-primer ayudante de Su Alteza Imperial Schneizel, segundo príncipe de Britannia; y actual Gran Maestre de la Real Orden de Caballería: un grupo formado para combatir la "nueva" Britannia que fue impuesta por el Emperador Demonio Lelouch vi Britannia hijo de Marianne Lamperouge, diecisieteavo sucesor al trono del Sacro Imperio de Britannia, Emperador noventa y nueve a la fuerza del mismo, y una gran deshonra, cuyo legado de atrocidades contra la expansión perpetuó su hermana, Nunnally vi Britannia, sucesora número cien al trono del Imperio. Hoy, día siete de febrero, con sólo dieciséis hombres fieles y la ayuda Divina comienza una cruzada contra todo aquello que no va con los principales títulos de Britannia: valentía, justicia, honra y dignidad. Yo, Kanon Maldini, convoco las Cruzadas. Convoco las Cruzadas Modernas por restituir la nobleza, que era lo que el pueblo britannian quería y luchar contra todo lo que no es noble, bueno y puro.
La proyección se acabó, y de repente alguien advirtió que esa transmisión también se estaba dando las pantallas de los frames que intervenían en la operación, y en de todas las televisiones con sede en Pendragón. Alguien había logrado interrumpir la comunicación desde un servidor interno de cada compañía para reproducir esas imágenes a toda una ciudad. O todo el país quizás. Una hazaña solo lograda hasta el momento por Diethard Reid con los Caballeros.
XXX
El móvil de la misteriosa persona que muy poco tiempo atrás se había reunido con Nunnally empezó a vibrar, y de él salió un chillido perteneciente a la canción Chop Suey del grupo armenio System of a Down. Estaba sentado en un sillón de la biblioteca privada de Virgil Harpman, ex-conde y tutor legal suyo. Dejó el libro que se estaba leyendo –Crimen y Castigo de Dostoievski– y atendió lo que le enviaban. Era del propio ex-conde Virgil. El mensaje rezaba así:
"Tienes que ver ésto".
Tenía un archivo de video adjunto, con el nombre "ROC1mp4". Lo abrió y salió en pantalla la declaración de guerra del ex-conde Maldini.
Suspiró y se restregó los ojos, luego volvió a reproducirlo. Vaya, así que contraatacan los nobles.
El día anterior tenía que haberse reunido con una persona, con una chica, con la misma que le dijo a Nunnally; sin embargo, la visita se canceló en el último momento. Le dijeron que la cita se realizaría en el Castillo Alighieri, propiedad de Harpman; su casa.
XXX
El Consejo de la Orden era la agrupación de los oficiales de la Orden de los Caballeros Negros con más rango y experiencia. Eran los líderes de la facción militar de la Federación Unida de Naciones.
Los catorce que componían aquél selecto consejo estaban reunidos por videoconferencia cada uno desde un lugar del globo. Eran los siguientes: Zero, Kyoshiro Toudou, Gilbert G.P. Guilford, Conrelia li Britannia, Kallen Kouzuki, Hong-Gu, Li-Xingke, Nagisa Chiba, Gino Weimberg, Kaname Ohgi, el ex-conde Lloyd Asplund, Rakshata Chawla, Villetta Nu y Zhou Xianglin.
Villetta y Ohgi al vivir en la misma casa hablaban desde un único ordenador.
– Hoy nos han dejado en evidencia –comenzó Lloyd Asplund–. Normal con unos G-1 de primera generación. Mucho mejorar los frames pero nadie se fija en las bases de éstos.
– Sin embargo ese no es el problema –cortó Zero–, el fallo está en lo estratégico.
– No –negó Cornelia–, el fallo no está en el diseño del convoy sino en Maldini. Con quince o dieciséis frames, no me acuerdo cuántos eran, se cargó unos cuarenta y casi consiguió capturar a Kaguya Sumeragi y Nunnally.
– ¿Qué sabemos sobre Maldini? –Preguntó Hong-Gu.
– Gilbert, tú hiciste prácticas con él o algo ¿No? –Preguntó Villetta.
– Sí, pero no lo suficiente para conocerlo. Lo mejor sería hacer una investigación completa sobre él –sugirió el caballero ciego.
– Para dentro de un mes puedo tener su vida en doscientas páginas o menos –se ofreció Nagisa.
– Perfecto. Pero de todas formas creo que él no era el que dirigía la operación –sugirió Li-Xingke.
– ¿En qué te basas? –Preguntó Ohgi.
– Luché con él y su estilo es... de otra manera.
– Ha podido aprender de Schneizel durante todos estos años, o quizás es que ha cambiado... –barajó Villetta– Todo puede ser.
Estuvieron un rato en silencio, hasta que Zero preguntó a Kyoshiro y Nagisa qué tal estaban Kaguya y la emperatriz.
– Algo deprimidas, como podrás entender –respondió–. No están heridas ni nada. Nunnally está en Palacio y Kaguya ahora mismo estaba viendo el programa de ese humorista tan famoso... ese que tiene gafas...
– Hemos quintuplicado la protección –dijo de repente Gino–. Tenemos de todo ahí. Hay helicópteros y frames sobrevolando la zona. Por tierra hay frames, coches, gente a pie, motos, tanques incluso. También hay grupos de voluntarios patrullando por todo el distrito.
– Entendido –la respuesta agradó a Suzaku.
– También hay apalancados un par de G-1 cerca –añadió Lloyd–. Hablando de G-1, estoy haciendo los planos del prototipo de G-2.
– No nos interesa –cortó Rakshata.
– Tú te callas –le negó la palabra.
Ohgi suspiró y pasó a hacer la pregunta del millón. ¿Está Kaguya Sumeragi segura en Britannia?
– Sí, lo está –respondió muy rápido el Knight of One.
– Totalmente –añadieron Kallen y Toudou al unísono–. Antes hemos fallado pero... no se volverá a repetir. Ella está segura con nosotros, la estaremos vigilando a todas horas –prosiguió el japonés.
– Tampoco creo que sea necesario estar encima de ella a todas horas –soltó Zhou Xianglin.
– Por supuesto que no –apoyó Villetta–, y menos un hombre.
– Un hombre tan rudo como tú, además –añadió por lo bajo Hong-Gu.
Todos rieron sonoramente, excepto el aludido. No era momento para estar contentos, pero se reían por no llorar.
– No... en serio –habló Kallen–, yo compartiré habitación con ella. Nos lo pasaremos bien. Una noche de chicas.
– De chicas sexys –sonrió Lloyd.
– Sólo tiene dieciséis años, conde pervertido –le recriminó una indignada Rakshata antes de darle una calada a su pipa.
– Dieciséis años, ya es toda una mujer. Sin ofender, Suza.
– ¿Sexys, eh? –se burló Gino, con la clara intención de molestar a Kallen.
– Por favor... seriedad –suplicó el enmascarado–. Si todo está en orden se puede dar por concluida la reunión. ¿Alguien tiene algo más de interés que añadir?
Todos guardaron silencio. Nadie parecía tener nada que decir en esos momentos, pues ya se había hablado todo lo que era de menester hablar.
– De acuerdo –dijo Zero de repente–. Aquí se acaba la reunión. Kallen, Nagisa, Toudou, dormid bien.
Poco a poco la gente fue yéndose de la conversación. Los primeros Villetta y Ohgi. Luego, por éste orden: Lloyd, Chawla, Hong-Gu, Zhou, Kallen, Xingke y los demás.
XXX
Kallen cortó la transmisión y subió a su cuarto. La red en Britannia de la Orden de los Caballeros Negros había sido "violada" en términos informáticos así que hasta que los ingenieros informáticos lo reparan todo, debían comunicarse por redes alternas: móviles, walkie-talkies especiales, ordenadores personales desvinculados a la red... y en ese caso uno de los ordenadores públicos que tenía el hotel instalado en la planta baja a disposición de los clientes.
Subió a la quinta planta y en un pequeño panel numérico de al lado de la suite a la que iba a entrar pulsó el código para que se abriera: 174. Luego buscó en su bolsillo la llave y la metió en la cerradura. Un chasquido interior entreabrió la puerta y le dio vía libre para entrar.
Cerró la puerta tras su paso y se dispuso a admirar las vistas que ofrecía la suite, de sesenta metros cuadrados en el corazón de Pendragón. Tras ella habían dos camas muy grandes. Naturalmente una era para ella y otra para la joven canciller, que se disponía a salir del baño en esos mismos instantes.
– Ya puedes entrar, Kallen –dijo alegremente–. Deberías darte una ducha, sienta de pu...
– Muy bien, se dice "Muy bien" –concluyó la pelirroja.
Kallen sonrió y le hizo caso. Una vez en el baño, se desnudó y se metió bajo el agua caliente de la ducha y dejó que el cálido líquido resbalase lentamente por su cuerpo relajando sus músculos y obligándola a abandonar todos los pensamientos pesimistas que se entremezclaban en su mente y que la preocupaban.
XXX
Nina Eisntein no pudo dormir en toda la noche de la emoción. Había dejado el Akatsuki guardado en un viejo almacén abandonado donde esperaba que nadie lo encontrara. A las doce de la noche en punto del día del asalto recibió un e-mail.
"Soy yo, Maldini"
Presionó el botón de responder y le dio la dirección web de una cabina de chat diseñada por ella misma. Eso era mucho más seguro e irrastreable que una cuenta de correo fuese cual fuese. Además, la comunicación en tiempo real era necesaria a la hora de diseñar un buen plan de ataque.
"Necesito el nombre, antigua posición y foto de todos tus hombres. También necesito saber de qué recursos disponéis".
Cinco segundos después ya le había respondido.
"No puedo hacer eso, si llegas a ser un espía sería vendernos".
Le envió otro mensaje muy claro y muy conciso.
"Os he dirigido y os he salvado la vida. ¿Qué más queréis?"
Kanon Maldini se lo pensó unos instantes. Su experiencia le decía "Corta. Corta la comunicación ya" pero su intuición militar le alentaba. Le decía que lo hiciera, que efectivamente era de fiar...
"Permíteme dudar. No sabemos ni el nombre de la persona en la cual debemos confiar ciegamente".
Respondió muy pronto para sorpresa del castaño.
"Mi nombre es lo de menos en esta historia. Ponedme el nombre que queráis. No me importa cuál. Eso sí, si quieres que os continúe ayudando, necesito esos datos lo más pronto posible. O lo tomas o lo dejas, ex-conde Kanon Maldini".
Hizo caso a su corazón, a su intuición, a las señales. Cuando el asalto, sólo había hablado con él, no le había mostrado su aspecto, por lo que dedujo que se trataba de una persona cercana, una persona con la que había trabajado. Se rindió y acabó aceptando el trato. Además, había ayudado a matar a miembros de la Orden. Era tan asesino como él. No podía ser de los otros.
"Voy a confiar en ti y espero que pronto confíes tú también en mi. Espero no arrepentirme de lo que voy a darte".
Nina esbozó una sonrisa maquiavélica. No creía que conseguir gente que confiara ciegamente en algo fuera tan fácil en los tiempos que corrían. Le sorprendió gratamente el haber conseguido tanto en tan poco tiempo sin necesitar siquiera dar su nombre.
"Tranquilo. Nunca te arrepentirás de haber confiado en mi".
