—¿No deberíamos, no sé: salir a algún sitio?—, preguntó el señor Bakugou a su esposa, ambos sentados en el sofá de la sala de estar.
Mitsuki tamborileaba los dedos en el reposa brazos del mueble, tratando de poner atención al audio de la película que "veían"—. No: él dijo que no quería que nos fuéramos, sólo que no molestáramos.
El señor Bakugou volvió a enderezarse sobre los cojines, guiando su visión a la TV.
Hacía menos de tres horas, Katsuki había bajado por las escaleras, recién bañado, con su mejor atuendo casual y perfumado, anunciando "irá por Ochako". Sus padres, teniendo su comida de la tarde, sólo asintieron, y aunque no lo decía, el señor Bakugou estaba orgulloso de lo calmado que lucía Katsuki por la situación.
Tardó como dos horas.
Estando en la misma sala de estar, escucharon la puerta abrirse. Los dos padres se inclinaron, tratando de ver a la chica que tenía así a Katsuki, pero él mismo la guio dentro de la sala, presentándola a los señores Bakugou—: padre, madre, ella es Uraraka Ochako; es mi novia.
Le tendieron la mano, pero la muchacha apenas expresó palabra alguna: tenía la cara enrojecida y si Mitsuki entendía bien, estaba ocultando una marca de beso en su cuello.
Pero debía aceptarlo: ni ellos como padre ni la muchacha como novia estaban cómodos con la idea de tener que saludarse sabiendo que la pareja tendría sexo por primera vez esa noche.
Sólo Katsuki parecía tomarlo con cierto deje de normalidad.
Terminaron las presentaciones y ellos subieron a la habitación, dejando a sus padres a merced del silencio. Fue entonces que se encontraron dudando si debían salir o no.
El señor Bakugou giró de nuevo hacia su esposa—: ¿crees que les esté yendo bien?
Su señora parecía notar el nerviosismo de todo. En su cabeza repetía lo torpe que había sido la primera vez de los ahora esposos, y entendía que de cierta él como hombre estaba preocupado.
Más la pregunta le había hecho sentir incómoda: quiso cambiar de canal y en el corto intermedio sin audio de uno a otro, escuchó un gemido agudo.
Por inercia apagó la TV, dándole la mirada a su esposo, buscando si él también lo había escuchado, y en efecto: ambos lo habían oído.
Elevaron la mirada: sobre su cabeza esta la habitación de Bakugou.
—No te lo pongas—, escucharon un susurro e identificaron la voz de la chica—. Quiero sentirlo.
La piel se erizó en un instante. La chica le estaba pidiendo a su hijo que no usara condón.
—Debo prevenirlo—, sentenció la madre, pero su esposo le sostuvo del brazo, provocando que ambos forcejearan.
—No—, escucharon la voz más ronca de lo usual, jadeante de su hijo—. Te quiero demasiado como para arriesgarte así.
Y con ese comentario, soltó el brazo de su esposa.
Se hizo el silencio por un momento, con ellos alertas. Y en medio de esa ausencia de silencio, escucharon un quejido lastimero y agudo.
Masaru se cubrió los ojos con sentimiento: Katsuki ya era todo un hombre.
Su esposa entendió, llegando a consolar a su esposo.
—Te amo, Ochako—, escucharon con esfuerzo, y eso fue suficiente para tocar la fibra sensible en la madre: Katsuki ya era todo un hombre.
—Mi bebé—, lloriqueó Mitsuki.
—Creció tan rápido—, berreó Masuru.
Ese era el momento. Katsuki había dejado de ser niño para convertir a su novia en mujer por primera vez. Katsuki ya era lo suficiente maduro como para tener relaciones, así que era todo un adulto ya.
La pareja de padres estaban en la atmósfera de nostalgia, recordando lo maravilloso que había sido su hijo de pequeño y qué tan rápido se había hecho mayor, soltando palabras de ánimo para él y para sí mismos, pero todo cambió en un momento: el sonido de la cama golpeando la pared los despertó de su ensoñación paterna.
—¡Más, Katsuki!—, es escuchó amortiguado por las paredes.
Sin dudarlo, ambos padres corrieron fuera de la casa.
Aquello había dejado de ser tierno.
