1990
Diez años después
– Sabes que papá te va a dar la lata a base de bien, ¿verdad?–sonrió Irene.
– Ya lo sé–suspiró Minnie–. Vamos, es que lo estoy viendo: estará en el salón con mamá, fingiendo que está viendo la televisión tranquilamente...
– ...En cuanto entres por la puerta te preguntará que qué tal la fiesta, si has cenado, si te lo has pasado bien...
– ...Y luego que con quién he estado, quiénes son sus padres, y así hasta hacerse una ficha. ¿Por qué no puede dejarnos en paz?
– Ya...A ver si a Willy le hace lo mismo cuando tenga edad de salir con chicas.
– A Willy no le pasará eso. Es un chico.
– Y le interesan más los juguetes que las mujeres.
Las hermanas no pudieron evitar soltar una risita un poco cruel. Irene encendió los faros al notar que había oscurecido en poco tiempo. Se sabía ese camino tan bien que podría haber conducido con los ojos cerrados, no estaba tan oscuro, pero le había prometido a su padre que se tomaría las normas de tráfico muy en serio, incluso estando en el culo del mundo.
– ¿Qué? ¿Mitch ha movido ficha?
– Pffft. No me hables de ese imbécil. Un día de estos se va a buscar que le rompa la cabeza con una llave inglesa. Te lo juro, los chicos de este pueblo, en cuanto les cambia la voz y les salen unos pocos pelos, se vuelven unos salidos. Se ha puesto a hacer observaciones sobre lo mucho que me han crecido las tetas desde cuarto curso y me ha dicho que si no fuera por lo marimacha que soy, sería muy mona. Porque Julie me llevó a un rincón, que si no, le metía una buena hostia.
– Ya. Conozco a su hermano. Es igual de gilipollas.
Minnie se removió en el asiento del copiloto.
– Qué dolor de pies. En cuanto lleguemos, me voy a la cama.
– Ya casi estamos.
– ¿No puedes ir más rápido? Nos acaba de adelantar un erizo.
– No. Yo tampoco tengo ganas de oír a papá.
No tardaron en llegar a su casa, la única en casi un kilómetro a la redonda. Minnie siempre había admirado esa construcción por varios motivos. El principal era su actitud: se alzaba muy digna en su soledad, no necesitaba tener a nadie cerca para arreglárselas perfectamente. Igual que sus habitantes. Ese era el segundo motivo: sus padres la habían construido con sus propias manos; su madre estando embarazada de su primera hija. La gente de Bee Cave podía dárselas de muchas cosas, pero casi nadie podía presumir de haber construido su hogar desde cero. Y más un hogar seguro y bonito.
Ya veía las luces y casi podía sentir su calidez.
Pero había algo que no encajaba. Minnie se dio cuenta cuando bajaron del coche. La puerta de la verja estaba abierta y también la de la casa, pero no se oía absolutamente nada. Link no había acudido a recibirlas como siempre.
– Oh, no...Oh, cielos...
Irene se había detenido y señalaba a Minnie un bulto que había sobre la hierba. Allí, junto a la puerta de entrada, yacía el dingo con la boca abierta, enseñando los dientes, y el cuerpo tiroteado. A su alrededor la tierra estaba revuelta. Había muerto peleando.
¿Contra qué?
Las dos chicas, tras el momento de estupefacción que provocó inevitablemente el horrible hallazgo, entraron corriendo a su casa llamando a gritos a sus padres y a su hermano.
Resultó que Link no era el único que había peleado. En el salón, la televisión aún estaba encendida. Uno de los cuadros había caído y los cristales salpicaban el suelo. Alguien había caído sobre ellos, porque había salpicaduras de sangre a su alrededor y en dirección a la puerta. La mesa sobre la que comían estaba derribada.
– ¿Mamá?–chilló Irene sin poder apartar los ojos de aquella escena–. ¿Wilbur?
Se asomaron a la habitación de sus padres y las suyas, pero allí no parecía haber ninguna clase de cambio. En la de Wilbur encontraron su walkman encima de su cama y la luz de su lámpara encendida, pero no a él.
– ¿Wilbur?
Un sonido las asustó. La puerta del armario de su hermano se abría desde dentro. El chico se asomó temeroso.
– ¡Wilbur! ¡Oh, Dios santo, Wilbur!–Minnie se lanzó a su cuello y lo abrazó en un gesto provocado por la ansiedad–. ¿Qué ha pasado?
El muchacho estaba aterrorizado. Las chicas tuvieron que darle un momento para que se recompusiera. Incluso una vez calmado les fue difícil comprender sus balbuceos (la comunicación nunca había sido el fuerte de Wilbur), pero consiguieron comprender algo.
Él estaba tan tranquilo escuchando música cuando entró papá a su habitación, le arrancó los auriculares y le obligó a esconderse en el fondo del armario. Wilbur no tuvo oportunidad de preguntar nada de nada. Jamás había visto a su padre tan ansioso. Una vez en el armario, escuchó un revuelo. Oyó gritos y golpes. Cuando llegó el silencio, un silencio sepulcral y absolutamente horripilante, sintió la necesidad de salir y asomarse, pero obedeció las órdenes y se quedó ahí, paralizado. Alguien se había estado paseando por la casa, seguro que buscándolos a ellos. Alguien había llegado a entrar en su habitación y seguro que le habría dado por mirar en el armario de no haber sido porque alguien había metido prisa desde afuera. La casa se quedó completamente en silencio y tranquila, aunque él no quiso salir. Estaba paralizado.
– Entonces, papá y mamá...–susurró Minnie– . ¿Quién se los ha podido llevar? ¿Por qué?
– Puede que hayan entrado a robar...–dijo Irene.
– No creo. Los habrían despachado sin problemas. No es la primera vez que se nos cuelan, ¿recuerdas? Los centinelas...
Se les encendió la bombilla.
¡Los centinelas!
Había dos centinelas en cada acceso a la casa, uno grande en el cobertizo. Papá los llamaba "sistemas de seguridad". Los niños habían crecido suponiendo que cada casa tenía uno parecido. Eso sin contar con las escopetas que terminaban de asegurar que ningún hijo de mala madre entrara y se llevara lo que no era suyo.
– ¡La leche! ¿Habéis visto esto? ¡Están rotos! ¡Destrozados!
Wilbur sostuvo en sus manos los restos de la máquina que había asegurado a él y a sus hermanas una infancia tranquila. Se sintió triste por la pérdida, a la par que preocupado.
– Esto no han podido ser rateros cualquiera. Tienen que tener una tecnología de la leche–observó Minnie–. Papá los hace para que duren.
– Esto no me gusta nada de nada. Voy a llamar a la...
Wilbur alzó una mano, ordenando a Irene que se detuviese.
Pasos. En la entrada delantera. Los corazones de los tres jóvenes latieron desbocados. ¿Tendrían el valor aquellos tipos de volver para terminar el trabajo?
Irene se sobrepuso tan pronto como pudo. Era la mayor (aunque solo fuera por un año) y eso conllevaba la obligación de cuidar de sus hermanos pequeños. Corrió a buscar la escopeta que tenían colgando de una pared del salón, cargada por si las moscas. La encontró tirada en el suelo (supuso que sus padres habían tratado sin éxito de cogerla para defenderse) y ordenó a sus hermanos que se colocaran detrás de ella. Apuntó. Los pasos se oían cada vez más cercanos.
Un hombre apareció en el salón. Su cara estaba tapada por un pasamontañas, pero se entreveían unos pocos rasgos de su cara que evidenciaban que no bajaba de los sesenta años. Vestía un traje elegante, tanto que desentonaba en un ambiente rural como aquel. Entró con los brazos en alto.
– Vosotros sois los Conagher–dijo en cuanto entró, con un acento peculiar, extranjero.
Los chicos no respondieron, así que el recién llegado insistió.
– Irene, Minerva y Wilbur Conagher. Sois vosotros. ¿No es así?
Siguieron mudos, pero Wilbur hizo un gesto de asentimiento.
– Como podéis comprobar no llevo armas, así que estaría bien si dejárais de apuntarme con esa escopeta. No he venido a haceros daño. Vengo en vuestro auxilio. Soy Spy. No sé si os habrán hablado de mí.
