Rose Weasley era la hija perfecta que todo padre quisiera tener; era responsable, únicamente se podía comparar a Percy Weasley en responsabilidad; a ojos de la población masculina – porque nunca sería bajo sus propios ojos- era considerada una de las chicas más atrayentes de Hogwarts – lo que traía a los sobreprotectores hombres Weasley-Potter de cabeza- ; sacaba las mejores notas, superando a todo el mundo, incluido Scorpius Hyperion Malfoy aunque este – sin que nadie más lo supiera- había superado sobremanera su nivel de autocontrol, desestabilizando toda la tradición arraigada en el seno de la familia Weasley de odiar a la familia Malfoy.
Porque la manera en la que el chico caminaba por los pasillos, como si fuera el Rey de Hogwarts, mirando con superioridad al resto de alumnos, hacía que las rodillas de Rose temblaran ante la expectación de una mirada – a pesar de ser una asqueada como si estuviera oliendo mierda- del chico de ojos de plata.
Porque su pelo parecía estar hecho de la más fina seda bajo la luz de la Luna en las clases de Astronomía, en las que el telescopio de Rose estaba – aunque ella jamás lo reconocería- desviado más grados de los que corresponderían para poder deleitarse con las maravillas de la bóveda celeste.
Porque a pesar de que a Rose el Quidditch no le llamará tanto la atención como a sus primos, siempre que Gryffindor competía contra Slytherin, Rose era la hincha más entusiasta de toda la grada de su casa pero - ¡Que la perdonara su padre! – cada vez que Scorpius, cazador del equipo Slytherin, se inclinaba sobre su escoba, Rose deseaba ser dicho objeto con tal de sentir al chico sobre ella. Un rubor aparecía en sus mejillas en cualquier partido entre estas casas pero por supuesto, se debía a la emoción de que su casa ganara más puntos.
Porque el modo en que las cejas del chico se arqueaban ante un sencillísimo –al menos para ella- hechizo de transformaciones le resultaba tremendamente sexy aunque claro está que eso se debía únicamente a que su mente estaba un poco difusa después de tanto practicar – con su correspondiente gasto de energía.
Porque el calor que sentía en las noches en su bajo vientre hacía que tuviera que cruzar las piernas para que poco a poco se sofocase no tenía nada que ver con un rubio apellidado Malfoy.
