Eyes, lie.
Chapter II: Oscuridad y Luz
Todos estos años Malfoy me ha estado haciendo la vida imposible y, aunque nunca me he acostumbrado a ello, hasta el momento no me habían hecho tanto daño los comentarios cortantes que me dedica cada vez que nos cruzamos por el pasillo, o coincidimos en clase de Pociones, en dónde su querido Snape le deja pasar cualquier comentario.
Pero ayer fue demasiado. Y aunque quiero olvidar lo sucedido y dejar atrás las pesadillas que me persiguen día y noche y me consumen, encendiendo la llama de una vela de poca cera, no consigo sacarme sus palabras de la cabeza donde se repiten haciendo eco en mis pensamientos.
Y ahora los sueños ya me acechan en la realidad, como una pesadilla horrible, sin fin, de la que no puedo escapar, no veo el final, nunca termino de morirme aunque me voy rompiendo, en pedazos cada día más pequeños, cada día duele más y sus palabras se repiten... Que ni tu sombra se me acerque, asquerosa sangre sucia... . Y hago esfuerzos inhumanos para conseguir que mis lágrimas no se derramen, para guardarme el dolor para mí, sin que nadie lo vea, sin que nadie me compadezca. Su voz vuelve "Dónde están San Potter y la Comadreja ahora que su querida rata sucia está en apuros? Pero no te hagas ilusiones, ni esos cobardes pueden limpiar tu sangre. Eres despreciable, ¿te lo he dicho ya..?" Desde mi mente sus ojos me envían dagas envenenadas. Y aunque permanezco derecha y con una sonrisa que parece haber sido esculpida por el menos agraciado de los trolls; me derrumbo en medio del Gran Comedor.
Mis piernas no me escuchan cuando les pido a gritos que continúen, que se sienten con Harry, Ron y Ginny en la mesa de los leones y que simulen que nada va mal. No, ellas se creen más listas y, escuchando al corazón en vez de a la mente, echan a correr.
Casi sin notarlo corro por los pasillos, apenas puedo sentirlo cuando una piedra me rasguña la túnica y me hace sangre en el antebrazo, pero como en mis sueños, sigo corriendo. Corro. Sin pensar en mis amigos, a los que he dejado plantados en la mesa de Gryffindor justo antes de comer. Sin ser consciente de la sonrisa arrogante que ha dibujado el Rey de las Serpientes al verme salir corriendo, llevándome las manos a la cara. Corro sin detención. Mis piernas tiemblan. El corazón late tan rápido que en otra ocasión me daría por pensar que quiere escapar de mi pecho, pero ahora apenas lo noto. Ahora soy yo quien quiere escapar de este mundo. Tropiezo. Me encuentro a mi misma dando vueltas por la piedra fría del suelo y las rodillas ensangrentadas. Me arrastro como puedo hasta llegar detrás de una armadura, no sé quién es, no se, de echo, ni dónde estoy. Todo lo que quiero es desaparecer. Y me hago un ovillo, intentando ocupar como menos espacio mejor en este mundo. No quiero que nadie me encuentre, deseo que me dejen y nadie me moleste mientras me largo de este infame lugar que es ahora el mundo.
Mi cabeza se apoya en mis rodillas y las lágrimas que ahora sé que me mojan las mejillas se confunden con la sangre de mis de las heridas como si intentara curarme, como si algo pudiera hacerme sentir mejor. Como si mi alma se pudiera coser, pero yo se que los trocitos son ya, demasiado diminutos como para poder ser arreglados. Sigo sollozando entre las sombras en un corredor, por suerte, desierto. Mi curiosidad debe dormir porque no me pregunto ni donde estoy. Me quedo quieta, pequeña, sacudiéndome. Mis labios estan secos y me tiran. Gotas calientes de deslizan por mi rostro sin que pueda hacer nada para evitarlo, así que ni si quiera lo intento, no quiero perder otra batalla, por pequeña e insignificante que sea, pero soy incapaz de ver nada que no sea borroso.
Más tarde me doy cuenta de porque no hay nadie, debe ser la tarde y los alumnos estarán en clase. Me encuentro un poco mejor, exteriormente me he recuperado suficientemente pero no me veo capaz de seguir ninguna explicación sin volver a llorar y, descartando la posibilidad de ir a la Sala Común con miedo a que haya alguien que me haga hablar, cosa para lo que aún no estoy preparada, me voy hacia la biblioteca, descubriendo que me encuentro en uno de los pasillos del tercer piso y segura que de en mi santuario no habrá nadie, y menos a esas horas.
Entro en la biblioteca y soy consciente de que debo tener una cara deplorable en cuanto veo una sonrisa compasiva por parte de la Señora Prince, ella siempre ha sido muy atenta conmigo, supongo que porque compartimos una misma pasión. Esbozo media sonrisa amarga y me escondo en un pasillo entre las secciones de Historia de la Magia y Herbología, que son las que menos frecuentan el resto de estudiantes. Sin ni mirar los estantes cojo el primer libro que encuentro y me sumerjo en la lectura esperando que, como siempre, me absorba y me aleje de la realidad. Porque ya no me quedan más lágrimas que derramar cuando su voz retumba en mi cabeza: "Los seres como tú no deberías existir, no sé como te puedes mirar al espejo cada mañana, aunque por lo visto no lo haces, no? Pobretón y Cararajada deben haber perdido la vista y el olfato, de otro modo no sé como se te acercarían…"
De repente escucho pasos que se acercan por el pasillo, como pequeños y suaves saltos y me escondo, aún más si cabe, entre las viejas páginas, agarrándolas como si fueran mi escudo protector, como los de los cuentos muggles que me contaba mi madre antes de irme a la cama. De reojo veo un largo cabello rubio inconfundibele y siento que algo dentro de mí se relaja y bajo el libro, ya sin miedo.
-Hermione, que te ha pasado? – Y esa voz soñadora me tranquiliza.
-Luna, qué haces aquí a esas horas?
-Me han desaparecido los libros, seguro que alguien quería hacerme una broma, no lo hacen para molestar, pero ahora los necesito y no puedo ir a clase…
-Oh, Luna yo te ayudo a buscarlos – le digo, dispuesta a hacer algo que me enteretenga.
-No hace falta Hermione, no te preocupes, siempre acaban devolviéndomelo todo al final. No me gusta verte así Hermione, eres tan buena conmigo…
Y con esa frase consigue que me eche a llorar abrazándola como si fuese mi salvación mientras suelto frases inconexas entre sollozos.
Aunque tardo un rato, al fin consigo calmarme un poco y miro esos ojos azules, inocentes pero preocupados. Y le cuento todo.
Le cuento el desprecio de Malfoy desde primer año, le cuento el odio que veo siempre en sis ojos grises cada vez que me mira, pero sobretodo le cuento como me cogió desprevenida el otro día. Como, entre las sombras de una clase vacía me dijo todas esas cosas horrorosas, como yo supe que tenía razón, como sus labios se torcían en la mueca de alguien que nunca supo sonreír, como el asco le tiritaba en las pupilas. Y como yo me derrumbé, sabiendo que todo lo que me estaba diciendo era verdad, que lo único que estava haciendo era revelar en voz alta todos mis temores, todos esos que llebaba tanto tiempo guardándo que casi ya había aprendido a vivir con ellos.
La Ravenclaw me devuelve el abrazo con suavidad, como si temiese que me rompiera en cualquier momento, y yo también tengo la sencación de que me voy a desmoronar sobre ella, pero poder llorar en su hombro me ha dado fuerzas.
-No te preocupes, Hermione – me dice ella – Te eres fuerte. Desde cuándo te ha importado lo que pueda decir Malfoy?
Pero Luna no sabe que yo no puedo, ni quiero, responder a esa pregunta.
