I.

El despertador suena, pero esta vez ni me quejo ni refunfuño. Este va a ser mi último día en la oficina y también mi último día con el tirano del señor Wright. Esto último me pone particularmente de muy buen humor.

Me doy una ducha y me pongo un bonito vestido sin mangas negro que me compré ayer con Sarah. Necesito dar la imagen más profesional posible, sólo para que mi jefe vea que soy una mujer capaz de ir a ese congreso y dar lo mejor de mí. Me seco el pelo con el secador moldeando mis rizos castaños con las manos, y me pongo un pasador con una pequeña flor pateada. No es elegante, y ni siquiera es especialmente bonito, pero le tengo un cariño muy especial. Estoy segura de que va a traerme buena suerte.

Recuerdo que mi madre solía peinarme delante del espejo cuando era pequeña y, sí insistía mucho, me ponía este pasador. Pensar a mis padres todavía me duele… Siguen sin recuperar la memoria, al menos no del todo. Cuando recordaban que alguna vez habían tenido una hija, ese pensamiento se evaporaba tan rápido como había aparecido. Había tardado largos meses en convencerme de que les había borrado la memoria para salvarles, pero ahora no sabía si era lo mejor que había podido hacer por ellos. Me repito a mí misma cada día que lo que hice había sido por su bien, para que vivieran en un mundo mejor…

Pero mi mundo no era mejor sin ellos.

Intento evitar como puedo la tristeza que me invade, y sonrío a mi reflejo en el espejo. No es una sonrisa bonita, pero al menos consigo esbozar alguna.

No desayuno. Estoy demasiado nerviosa. Decido ir caminando hasta el trabajo para despejarme. El cielo está nublado, como casi todos los días, pero hace un calor sofocante. Cuando llego al Ministerio el aire está repleto de aviones de papel que vuelan en todas las direcciones. Muchas caras conocidas, y otras tantas que no, corretean por los enormes vestíbulos con un semblante serio y casi funerario.

Cuando llego al vestíbulo de mi departamento, Sarah me está esperando fuera de la enorme puerta con dos cafés para llevar en las manos. Freno casi en seco cuando observo lo que lleva en la cabeza. Es algo luminoso que parpadea con una luz azul chillona y tardo varios segundos en darme cuenta de que es una corona de la Estatua de la gente la mira como si estuviera loca, que en parte lo está, y otros la miran con curiosidad.

Me localiza entre la marea de gente y pone su mejor sonrisa mientras viene hacia mí corriendo. Sólo Sarah Müller puede correr sobre unos tacones italianos de quince centímetros, con una corona luminosa sobre su pelo rubio, y parecer una modelo de Victoria Secrets. Me pone uno de los cafés ardiendo en mi mano y empieza a canturrear New York, New York de Frank Sinatra a pleno pulmón.

Si antes la gente la miraba, ahora ya no pueden quitar la vista de nosotras y yo no puedo evitar ponerme roja como un tomate. No consigo contener más la risa cuando veo que tiene intenciones de ponerse a bailar. La cojo por el codo mientras la arrastro dentro del departamento evitando que forme un concierto en pleno vestíbulo. Cuando entramos por el entramado de cubículos, nuestros compañeros de trabajo nos miran, pero no parecen nada sorprendidos por ver a Sarah en este estado.

Es su comportamiento normal un lunes a las ocho de la mañana.

—¿Te han dicho alguna vez que estás loca? —siseo fingiendo enfado, pero con una sonrisa en los labios. —Estás armando un espectáculo.

Sarah chista y hace un gesto con la mano como quitándole importancia.

—Que les den. —dice en voz alta, lo que hace que las miradas curiosas se desvíen en gran parte. —Nadie va a prohibirme estar feliz por mi mejor amiga. No es ilegal.

No puedo evitar desviar la mirada hacia las paredes de cristal del despacho del señor Wright y respiro profundo al darme cuenta de que todavía no ha llegado. Tengo tiempo para reordenar mis ideas y empezar un día que ya tengo claro que será infernal. Cuando llego a mi mesa de trabajo, observo que alguien ha tenido la amabilidad de colocar al menos siete carpetas de un grosor considerable sobre la mesa.

Parece que el señor se ha tomado muy en serio que hoy fuera mi último día aquí. Le doy un sorbo a mi café solo, con doble de azúcar, y gimo disgustada cuando me siento en la silla giratoria.

Sarah silba cuando observa las carpetas.

—Parece que alguien va a echarte de menos…—murmura sentándose en el cubículo de al lado.

Yo gruño.

Todavía recuerdo las indirectas que el señor Wright me ha lanzado durante estos últimos días dándome a entender que, aunque me vaya a Nueva York, mi deber actualmente sigue aquí, en Londres. Por esa misma razón me ha cargado de trabajo hasta arriba, incluso me ha obligado en un par de ocasiones a quedarme hasta la noche para ayudarle. Aún nos quedan algunos cabos que atar y otros documentos que preparar para el congreso, pero conociéndole seguro que quería cerrar todo este asunto cuanto antes.

—Podrá vivir sin mí, créeme. —digo con una sonrisa mientras me dedico a ordenar el caos que hay sobre mi mesa. No estoy muy segura de ello.

Sarah se ríe con una de sus características carcajadas. Se gira en su silla hasta ponerse frente a mi mesa. Aún lleva la corona sobre la cabeza parpadeando intermitentemente, y algo me dice que va a llevarla puesta todo el día.

—El señorito no sabe ni atarse los cordones de los zapatos sin tu ayuda.

Yo me encojo de hombros ocultándole el hecho de que en realidad me gusta trabajar para él. Nunca me ha importado centrarme tanto en el trabajo, y aunque a veces el señor Wright sea el ser más odioso del universo, el hecho es que he aprendido mucho con él. Tiene la disciplina, el orden y la organización que me gustan.

—Qué pena…—bromeo divertida—. Tendrá que buscar a otra persona a la que esclavizar.

—Seguro que es tan cabrón que esperará a que regreses para volver a sacar el látigo. —Sarah hace un gesto con su mano, como si blandiera uno invisible.

—No le hace falta un látigo para esclavizarte. Te lo aseguro. —Sarah me mira con sus ojazos verdes abiertos y yo arrugo la frente al darme cuenta de lo mal que ha sonado eso. Intento borrar la imagen del señor Wright vestido de cuero negro. Es horrible.

—Y hablando del señor dominante…—dice Sarah, regresando a su cubículo con rapidez. Coge el primer pergamino al azar y finge estar trabajando en él.

Yo alzo la mirada sin poderlo evitar y observo como mi jefe camina recto entre las mesas desperdigadas. Va vestido con un traje negro, como siempre, y en una de sus manos lleva su maletín de cuero negro. Su mirada verde está fija en un papel que parece robarle toda la atención. No parece importarle nada de lo que le rodea.

Pasa por al lado de nuestras mesas, sin ni siquiera mirarnos, y a nuestras espaldas se escucha un fuerte portazo.

—Vaya, hoy tiene un humor estupendo… —murmura Sarah y yo no puedo evitar sonreír.

Al cabo de tres horas, tengo el escritorio completamente ordenado, todos los documentos corregidos, traducidos y catalogados en el archivo, así que puedo dedicarme completamente a los preparativos del congreso. Sorprendentemente el señor Wright no me ha llamado desde que ha llegado, así que puedo respirar aliviada. Ya he firmado el contrato para estos tres meses, que acabo de enviar a administración para que tramiten todo, y me siento extrañamente feliz.

Aún tengo mis dudas sobre todo este asunto de Nueva York, pero he descubierto que, cuanto menos piense en ello, más relajada me encuentro. Incluso estoy emocionada. Es lo que hubieran querido mis padres. Estoy a punto de ponerme a organizarlo todo cuando un grito justo detrás de mí me sobresalta.

—¡Granger, nos vamos! —grita el señor Wright, pasando como un vendaval por el pasillo.

Sarah lo mira y luego me mira a mí sin entender absolutamente nada. Pongo los ojos en blanco mientras me levanto con tranquilidad de mi cubículo. Normalmente siempre está de mal humor, pero nunca lo había visto tan enfadado. Prefiero no hacerle esperar más así que cojo la agenda de las reuniones, por si acaso, y camino detrás de él lo más rápido que mis tacones me lo permiten.

Cuando salgo del departamento, me parece oír a Sarah realizar el sonido de un látigo que corta el aire.

El tirano de mi jefe se mete en el ascensor del vestíbulo y yo, con la lengua fuera, me sitúo a su lado antes de que las puertas se cierren. Está casi vacío, a excepción de un par de personas situadas en un lateral hablando animadamente.

Ascendemos, y yo recupero el aire.

Me arreglo el vestido como puedo, y lo miro con el ceño fruncido. Tiene la vista clavada hacia el frente, con los ojos verdes casi entrecerrados detrás de los cristales de las gafas, y un par de arrugas aparecen en su frente.

—¿Puedo preguntar al menos dónde vamos? —pregunto sin ocultar mi enfado. No tiene derecho a sacarme de mi puesto de trabajo de esta manera.

Ni siquiera me mira. Parece realmente interesado en las puertas de acero que cierran el ascensor.

—Tenemos una reunión con el director del proyecto en Nueva York. —dice él como si nada. —Al parecer, va a pasar un par de días por aquí antes del proyecto y quiere ultimar algos detellaes.

Me quedo sin habla.

¿El director del proyecto está en Londres? Pensaba que estaba en Nueva York. Ahora entiendo porque está Thomas tan insoportable…. Debe de ser alguien importante para tenerlo tan tenso. ¿Debería eso preocuparme? Probablemente sí; hay pocas personas que consigan intimidar tanto a mi jefe. Ahora que lo pienso, no sé absolutamente nada sobre la persona con la que nos vamos a encontrar.

He oído a Thomas decir alguna vez a lo largo de estos días que fue uno de los encargados de que Inglaterra pudiera firma el año pasado el Pacto de Ayuda Mágica Internacional. De ser así, estoy bastante segura de que tiene que ser alguien realmente brillante para haber llegado tan lejos en su carrera, pero no había escuchado nada acerca de él o ella. Ni siquiera sabía cómo se llamaba.

Lo único que tenía claro que, fuera quien fuera, sería mi jefe durante mi estancia en Nueva York. Y quería conocerme personalmente.

Durante el trayecto en el ascensor, estamos en completo silencio. Quiero hacer millones de preguntas, pero sé que lo único que obtendría como respuesta sería el silencio. Yo abro mi agenda un par de veces, nerviosa, sin mirar absolutamente nada de lo que está escrito.

Cálmate, Hermione. Eres una mujer adulta y profesional. Ya has tenido reuniones de este tipo antes, con gente igual de importante. Intento tranquilizarme e incluso hago los ejercicios de respiración que aprendí en mis últimas clases de yoga.

Cuando se abren las puertas, en la planta veinticuatro, el señor Wright sale con paso seguro y yo le sigo mirándole fijamente la espalda. No salimos del Ministerio, como solemos hacer cuando tenemos reuniones importantes. Nos dirigimos hacia un pasillo vacío, de paredes de mármol blanco y negro, y reconozco esta área al instante. Es dónde suelen hacerse las ruedas de prensa importantes o las reuniones de algunos departamentos.

Thomas no vuelve a dirigirme la palabra, ni siquiera me mira, algo que no me sorprende, y veo que se para delante de unas puertas negras enormes. Yo respiro profundo cuando lo veo entrar sin llamar y sin preocuparse por si lo sigo o no. Vuelvo a acomodarme el vestido, me toco las flores del pasador que llevo en el pelo y, con una enorme sonrisa cordial, camino hacia el interior de la sala.

Cuando entro, cierro la puerta detrás de mí. La sala de reuniones es enorme; una de las paredes tiene ventanas que van del suelo al techo y ofrecen una vista maravillosa del paisaje urbano de Londres. En el centro de la sala hay una impresionante mesa de madera maciza con al menos veinte sillas a su alrededor. En el otro extremo de la sala hay una pared blanca dedicada a las proyecciones y el resto de mobiliario es igual de sobrio y austero.

Vuelo a recorrer la sala con los ojos y observo que el señor Wright está de espaldas hablando con alguien, por el tono grave de su voz llego a distinguir que la otra persona es un hombre. Yo respiro hondo por décima vez en lo que va de minuto y me acerco hasta ellos. A medida que avanzo distingo algunos retazos de su conversación. Como si hubiera notado mi presencia, el señor Wright se gira hacia mí y, con un gesto educado, se aparta para presentarme a mi futuro jefe.

—Señorita Granger, le presento al director del proyecto en Nueva York…—sé que continúa hablando, pero yo no escucho ni una palabra de lo que dice.

Oigo un sonido sordo justo al lado de mis pies y soy consciente de que la agenda se me ha caído al suelo. Y no es para menos.

Mi futuro jefe es Malfoy.

Draco Malfoy.