Il peccato più grande

Peccato 2: Falsità

Llevaba ya dos horas ahí encerrado, dos largas y tortuosas horas sin que nadie hiciera acto de presencia, e incluso el espacio parecía reducírsele aún mas a cada minuto que pasaba ahí. Cuando decía que quería tranquilidad no se refería a esa clase, la tranquilidad de un confesionario en el que apenas cabía una persona justa. ¿Lo mejor de todo? Es que del rato que llevaba ahí encerrado no había tenido la visita de nadie, ¿por qué hoy no le dejaban salir mientras no hubiera nadie? Ya luego lo descubriría, por mientras le tocaría apechugar y aguantar las enormes ganas de moverse o incluso de gritar. Un enorme sobreesfuerzo para su persona.

A unas cuantas calles lejos del lugar se encontraba un chico rubio tomando tranquilamente una copa de vino bajo la sombra de un árbol, acompañado de la mas pura tranquilidad solo rota por el revolotear de cierta ave… la cual empezaba a ser molesta. El joven alzó la mirada con cierta irritación, sabía a quien pertenecía y lo peor es que éste siempre se encargaba de molestar su única paz.

— Me pregunto porque seguimos aquí, Fran - espetó otro joven de ojos rubí y cabellera rubio ceniza.

— Porque él así lo quiere. Además, yo me pregunto que hace tu ave siempre revoloteando por encima de mi molestándome a todo momento. - Suspiró con pesadez al ver como el chico de ojos rubí tomaba asiento a su lado tras su repentina aparición. - Aunque la mejor pregunta sería por qué no haces mas que tocar las narices.

— ¡El gran YO nunca hace eso! Deberías estar agradecido de que puedes disfrutar de mi gran presencia. Kesesese~ - por un momento pareció ofendido por las palabras de su amigo, sin embargo, y pareciendo ya algo común en su persona, rápido recuperó su habitual sonrisa de superioridad.

— Si, claro, como digas.

A penas pasaron cinco minutos, en los cuales el alemán no hizo mas que hablar de cuan genial eran él y su ave, el rubio giró la mirada hacia uno de los árboles cercanos dándole el último sorbo a su copa. Hubo un largo silencio - ya que incluso el ave se había detenido para reposar sobre la cabeza de su dueño - hasta que finalmente una curiosa sombra asomó dejando a ver únicamente una sonrisa de satisfacción antes de esconderse en la copa del árbol de un salto.

— Oh, vamos. Después de tanto tiempo, ¿ahora te la vas a pasar escondido? - comentó el rubio fingiendo dramatismo.

— No seas llorón, Fran - espetó la voz del árbol, únicamente dejando asomar sus pies de entre las hojas. - No puedo dejar que me vean… al menos no por ahora.

— ¿Qué tiene de malo que te vean? - preguntó el de ojos rubí inclinándose hacia atrás, apoyando todo su peso sobre el respaldo del banco.

— Nada - respondió de forma seca el tercer invitado -, pero dudo de que la inteligencia del menor sea tan baja como dice tu hermano, Gilbo.

— ¿Eh? ¿West?

— ¡¿Por qué Ludwig? Es decir, ¿acaso no confías en el hermano Francis para la tarea de l'amour? Me decepcionas.

De nuevo un incómodo silencio.

— Yo no le ordené que le diera amour a ese italiano, lo hizo por si solo - canturreó risueña la tercera voz. - Debo irme, tengo un juicio en breve. Fran, no me falles. Gilbo… solo no metas demasiado la pata.

Ante aquel último comentario se pudo escuchar el fuerte mecer de las hojas, como si aquel individuo que había preferido mantenerse en lo oculto se hubiera ya marchado. El alemán pareció ofendido por aquellas últimas palabras, ¡él nunca metía la pata! Siempre eran los demás que envidiaban su gran persona y no podían ver lo genial que hacía sus faenas. Bufó molesto y se levantó soltando su tan característica risa al ver como el rubio le imitaba apretando aquella copa entre sus dedos hasta hacerla estallar en varios pedazos. Cristal, siempre tan frágil.

Dos horas después de aquel suceso, ambos jóvenes se encontraban parados a varios metros de la iglesia donde actualmente se encontraba el italiano el cual, estaría de mas decir, estaba que se subía por las paredes. Vieron al chico del rulo salir por la puerta trasera con un muy notorio mal humor, sobándose el trasero después de haber estado cuatro horas sentado en la misma posición, aunque obviamente había dejado claro que no iba a volver a entrar en ese pequeño cuarto en mucho tiempo, si es que volvía a hacerlo.

— ¡Disculpe, padre! - el francés corrió hacia el italiano, sonriendo lo mejor que pudo.

— ¿Eh? - Incrédulo, parpadeó al ver que este se acercaba a él y dejó de manosearse el trasero, ya que básicamente estaba haciendo eso.

— Verá, soy nuevo por estas andadas y aquí mi… - cuando quiso señalar al alemán, este había prácticamente desaparecido entre la multitud de personas. - Como decía, y aquí mi compañero y yo desearíamos saber donde queda la Galleria Piandisetta, si lo dije mal corríjame. Y ehm… quisiera preguntarle donde queda.

El italiano, que ya de por si era pésimo intentando comunicarse con las personas de forma amable, y además era aún peor intentando explicar o detallar algo, no supo bien como responder aquello. Si sabía la ubicación, pero quedaba bastante lejos de donde se encontraban y no tenía ningún mapa a mano así que optó por la salida mas fácil.

— Acompáñame, se de alguien que puede ayudarte.

El francés pareció ilusionado, en el fondo sabía donde estaba pero debía llevar a cabo el plan. Que por muy absurdo e idiota que era, eran ordenes directas del jefe, como le gustaba llamarle hablando de puestos de "trabajo". Pero algo estaba fallando, el alemán no aparecía para hacer su parte del plan y el italiano se estaba dirigiendo hacia el interior de la iglesia. ¡Maldito Gilbert! Si es que sabía él, que para hacer algo bien, había que hacerlo uno mismo. Siguió al menor creyendo que le haría esperar fuera, pero al ver como este directamente se adentraba haciéndole señas de que le siguiera se detuvo a escasos pasos de la puerta. Aquella fuerte presión en el pecho, la fuerza que parecía querer mandarlo lejos como osara dar un paso mas… no podía adentrarse en terreno enemigo, ya estaba haciendo demasiado jugando con uno de los peones del grande.

— ¿Qué pasa? - cuestionó el castaño al ver que el otro no le seguía.

— Ahm… - carraspeó algo nervioso. - No puedo entrar, ¡digo! Está aquí fuera mi amigo y si no me ve capaz y pasa de largo, ya sabe, no podemos separarnos…

El menor, algo confundido, no dijo nada. Tenía lógica aquella excusa así que simplemente entró a buscar a alguien que pudiera ayudar al francés y salió por la puerta principal. El plan había sido todo un fracaso, se les iba a caer el pelo, ¡y Francis amaba su hermosa cabellera como para perderlo por el incompetente de su amigo! Lovino, ajeno a todo lo que podía ocurrir debido a su falta de comunicación y por su gran idea de salir por la puerta delantera para no tener que lidiar con aquel rubio - no le había dado demasiada confianza, ¡parecía un pervertido! -, continuó su camino con la clara intención de ir hacia su casa. Algo debía admitir, cuando era uno cualquiera todos chocaban contra él como si no existiera, le insultaban o ignoraban, y ahora, que se hacía llamar hijo de Dios, todos se apartaban y si de casualidad alguien chocaba contra él le pedía perdón, todos le saludaban. Parecía sentirse bien en aquella nueva vida, pero a veces se preguntaba si aquel sentimiento solo era una farsa; una gran mentira.

Una vez en su casa, tras haberse desecho de aquellas incómodas ropas negras y tirarlas al rincón de la ropa sucia - curiosamente en el comedor -, pasó directo para ir a tomar un baño pero algo llamó su atención. Sobre el sofá había algo rojo y verde que no recordaba haber dejado esa mañana ahí, es mas, no recordaba ni siquiera tener algo así, por lo que se acercó curioso hallando un enorme peluche en forma de tomate, con una cara sonriente bordada y un par de brazos. Ese peluche era…

— ¡¿Pero qué…? - exclamó mirando de un lado a otro del comedor.

Acababa de entrar y la puerta estaba tal y como la había dejado en la mañana, cerrada con llave, las ventanas no parecían haber sido forzadas y dudaba de que un crío pudiera haber sido tan listo como para entrar sin tener que romper los cristales. Ese, sin duda, era el peluche que llevaba siempre aquel pequeño español consigo. Notó que un papel sobresalía de la base del peluche y algo asustado lo tomó para leer, algo dificultoso ya que la letra era claramente la de un niño o simplemente de un adulto con una ortografía horrible, algo que en parte le calmó, pero por otra confundió aún mas.

"Oy estube en casa de Lovi~ pero como no estaba le deje mi peluxe para que lo cuidara. Se llama Sr. Tomate! Cuidalo, si? Ire con venecito a recogerlo muy pronto. Con muxo cariño, Antonio!"

— Tomate… - susurró antes de dibujar una sonrisa ladina. - Demasiado obvio.

Por lo que había entendido había ido con su hermano menor, pero lo que no entendió es, si así había sido, porque no lo había llevado a la iglesia donde estaba en vez de a la casa. Aunque… puestos a pensar, sería mejor pedirle que dejara de usar esa llave de repuesto que había dejado en su casa para allanarle la morada o acabaría dándole un infarto a sustos. Tomó el peluche y abrazándolo se lo llevó a la habitación. Eso había sido un hermoso detalle por el pequeño, si es que además de lindo por fuera lo era por dentro… seguro que de mayor tendría muchas pretendientas.

— ¡¿Cuándo volvió a Italia el enano? - vociferó a los cuatro vientos, sorprendido por no haber caído antes en ese detalle.

Sin dejar el peluche llamó rápidamente a su hermano, quizá él supiera el cuando y el porque, que si bien eso último no le importaba en lo mas mínimo lo primero le carcomía el interior en curiosidad. Tras una pequeña conversa descubrió que el menor no tenía ni la mas remota idea de cuando, que acababa de enterarse al igual que el mayor. Estaba por gritarle que dejara de mentir, que se le daba fatal hacerlo, pero era cierto, tan mal se le daba que directamente no lo hacía… por ende, le estaba diciendo la verdad además de que una tercera voz al otro lado del teléfono lo calló de golpe.

— ¿Quién hay ahí? - preguntó finalmente el mayor curioso.

— Ve~ Es Ludwig, ¡hemos ido al cine al ver una película romántica! Me costó mucho llevarlo. Pero justo cuando llamaste Ludwig me estaba abrazando y-

— ¡VALE! ¡Ya entendí! No necesito mas detalles para entender que les corté el momento. - Bufó algo asqueado por la idea de imaginarse a su hermano y aquel fornido alemán haciendo a saber que cosas. ¡Pecaminosos! No sería él quien fuera y les diera su perdón.

Sin siquiera despedirse colgó y clavó la mirada en el peluche, soltando un nuevo bufido. Bien parecía que aquel niño había llegado a su vida como una flecha y que por mas que pasaran los días lo único que hacía era enterrarse mas en la herida. ¿Llegaría el día en el que tal flecha se hundiría tanto? Sacudió la cabeza yendo hacia su habitación. Si mal no recordaba aquella idea la había sacado de una película romántica que había sido obligado a ver para poder acostarse con alguna de sus amantes, así que no podía usarla para referirse a un hombre, concretamente a un niño, y menos para un intento de amigo. Dejó el peluche a los pies de la enorme cama y sin mas pausas tomó una rápida ducha, acostándose tras secarse lo justo sin ponerse el pijama que estaba tirado sobre la silla desde aquella tarde que se había sido prácticamente obligado a usarlo.

Y de nuevo, las marcas del cuello aparecieron, esta vez acompañadas por varias mas por todo el cuerpo.

¿Sarampión quizá? ¿Varicela? Esta última no podía ser porque ni había granos, ni había sido algo que había salido poco a poco ni fiebre, así que podía descartar lo primero también. Al poco de despertar y percatarse de aquellas repentinas marcas cayó en cuenta de algo. No eran marcas de alguna enfermedad, parecían mas bien las típicas marcas que quedan tras una noche de pasión, pero algo fallaba en esa deducción; acababa de pasar la noche a solas y por mas que hubiera intentado darse placer a si mismo durmiendo no habría podido dejarse tales marcas. ¡Estaba todo mal! Por suerte ese día podía pasárselo en casa, no tendría que ver a nadie si no habría la puerta a nadie. Eso haría.

Algo apartado de aquella zona se encontraba el menor de los hermanos durmiendo a pierna suelta, con las mismas marcas e igual de desnudo, la única diferencia es que a su lado yacía plácidamente el cuerpo de un alemán ligeramente ruborizado. No hacía mucho que había decidido dejar aflorar aquel mero sentimiento al que su hermano llamaba simplemente necesidad de amor carnal, ¿de verdad no podía él sentir verdadero amor por alguien? Aquel cosquilleo y nerviosismo al ver al otro llegar sonriendo, el placer de una simple caricia o sentir como tu corazón late desenfrenadamente al sentir el roce de sus labios contra los propios. Según el italiano eso era amor, entonces él lo sentía. Suspiró sintiendo como aquel pequeño y delicado cuerpo se removía bajo las sábanas hasta abrazarse a él apoyando la cabeza sobre su pecho, momento en el que aprovechó para pasar el brazo y acariciarle el cabello con las yemas. Ludwig no era precisamente el ser mas delicado del mundo, pero no por no querer serlo, sino por no saber. Sin embargo, eso no le impedía tener sus momentos. Cerró los ojos dejando escapar un nuevo suspiro, el cuerpo le reclamaba por moverse, demasiado rato tumbado en la cama sin hacer nada no era bueno para él, pero tampoco deseaba romper aquel simple contacto. ¿Cuánto sería capaz de dormir el italiano? No bien se hizo esa pregunta el cuerpo del castaño se tensó y pudo escuchar un sonoro bostezo.

Guten morgen.

Buon giorno…

Algo perezoso, Feliciano se incorporó hasta quedar sentado, tallándose los ojos en un intento por dejar de ver borroso. Justo en ese momento el rubio se percató de las marcas en sus muñecas y cintura. Parecía que había atado demasiado fuerte el cinturón en sus muñecas y golpeado con el fuete; debía dejar esa obsesión o alguien acabaría denunciándole por abuso o maltrato. Aquel leve sonrojo se acentuó y desvió la mirada cuando la del italiano se clavó en esta, pero al verse ignorado se dejó caer sobre el rubio.

— Ludwig se puso todo rojo… - Rió por lo bajo al notar como el nombrado se sacudía bajo él. - Me duele, mi cadera.

— A-ah. Lo siento - intentó disculparse pero el castaño pronto negó con la cabeza.

— Si así te gusta está bien, pero de vez en cuando. Duele mucho.

¿Era su imaginación o parecía que al italiano no le había desagradado del todo? Se supone que si se dejaba es que no estaba del todo en contra, además de que solo habían sido un par de golpes, no demasiados, y el castaño tampoco se había quedado atrás antes de que le atara de las muñecas. Sin duda las apariencias lograban engañar mas de una vez.

Escuchó el teléfono móvil sonar por lo que hizo que el castaño se levantara para poder cogerlo. Como siempre, el molesto de su hermano mayor. Bufó y a desgana contestó. De mientras, Feliciano decidió ir a preparar algo para desayunar, así que tomó unos interiores limpios y se fue hacia la cocina. El cuerpo le dolía horrores al andar, por lo que tardó mas de lo esperado, debería decirle a Ludwig que aquel tipo de acciones dejarlas solo para pocas ocasiones o temía acabar yendo en silla de ruedas - la típica exageración, ¡pero por si acaso! -.

Cogió lo necesario de la nevera, un par de salchichas para el rubio y la pasta que había sobrado de la noche anterior para él. Ya cuando hubo servido el poco almuerzo escuchó llegar al alemán, el cual mantuvo su mirada gacha hasta llegar donde el castaño.

— ¿Todo bien? - preguntó ladeando la cabeza.

— Ah. - Afirmó con la cabeza y tomó asiento. - Solo que de nuevo se metió en un problema y llamaba para contármelo. - Suspiró masajeándose la sien. - No aprende nunca.

El mayor de los italianos había vuelto a caer al mundo de los sueños, sin embargo esta vez no era un sueño tan profundo con lo que con el mas mínimo ruido parecía ponerse alerta.

Ya rozando el medio día el notar como parte de la cama se hundía mas que ponerlo alerta lo despertó lenta y pausadamente, como si no quisiera regresar al mundo real. Se dio la vuelta dándole la espalda a la zona que poco a poco se hundía, realmente, no le importaba quien fuera.

— Lovi~ - canturreó una voz familiar pero a la vez desconocida para el italiano de forma sensual. - Lovi~ - repitió al ver como este ni se percataba de su llamado.

El portador de aquella voz alargó la mano y deslizó con la yema de los dedos suavemente la sábana hacia abajo, exponiendo poco a poco aquel cuerpo desnudo. No sabía como tomarse la falta de cooperación del otro, tan solo rió por lo bajo terminando de deslizarla hasta la cintura. Seguía sin haber movimiento por parte del otro, o al menos hasta que el italiano se removió de forma obligada quedando con la mirada hacia arriba. Aquella silueta era… familiar, desconocida y terrorífica a la vez para su persona, aunque con la mirada entrecerrada no podía distinguir nada, ¿corazonadas quizá? Para él la otra persona no era mas que un par de manchas de colores castañas, un par de manchas que parecían mirarlo curioso. De nuevo el auto invitado rió por lo bajo y se acomodó a los pies de la cama, anhelando el espectáculo que estaba por empezar solo para él. La respiración del italiano poco a poco empezó a acelerarse, curvando la espalda ligeramente. El cuerpo del menor era recorrido por corrientes eléctricas que despertaban cada rincón de su ser, no permitiéndole salir de aquel mundo de ensueño, únicamente permitiendo que su subconsciente mandara sobre sus acciones. Su cuerpo se movía aún cuando él no ordenaba nada, dejando que aquel calor continuara inundándolo hasta que finalmente aquella rápida respiración se convirtieron en suaves jadeos. Se estaba excitando sin ser tocado, sin ver y sin querer.

— Lovi parece que despertó, Sr. Tomate~ - canturreó aquella voz llamando la atención del menor.

Había sido mas fuerte recuperando la noción, sin embargo su cuerpo seguía sacudiéndose ante espasmos, deseoso de mas. Sacudió la cabeza queriendo gritar que aquello se detuviera, que fuera lo que fuera le dejara en paz, pero lo único que logró fue girar la mirada hacia lo que antes habían sido un par de manchas para él, ahora viendo… su pesadilla en persona. No era mas que un hombre de piel bronceada, ojos verdes que podían hipnotizar a cualquiera y una larga y ondulada melena pasando los hombros. Una descripción común para… si omitíamos aquel par de cuernos que sobresalían de su cabeza, grandes y afilados cuernos blancos, largas uñas de color negro y afilados colmillos como los de cualquier vampiro. El joven mitad mitológico, o lo que fuera, al percatarse de que el italiano lo observaba entre jadeos y suspiros, sonrió ladino y chascó la lengua, momento en el que el menor sintió una mayor oleada de calor sintiéndose cerca del clímax.

— Eres un mentiroso, Lovino. Nunca deseaste ser lo que eres ahora, siempre fuiste un pecaminoso y ahora reclamo lo que es mío. Me perteneces, Lovino Vargas, no importa lo que te creas que eres.

Tras aquellas palabras que parecían dagas para el cuerpo del menor sintió las corrientes finales permitiéndole eyacular finalmente.

Su cuerpo se sacudió dando un grito mientras se sentaba en la cama, viendo todo a su alrededor con completo horror. ¿Había sido un sueño? Bajó la mirada a la vez que alzaba la sábana para comprobar si realmente había llegado a un orgasmo sin ser ni siquiera rozado. No había marcas húmedas, ni siquiera manchas que delataran que efectivamente aquello había ocurrido.

— ¡Pesadillas del mal! - exclamó mirando el peluche que seguía en el mismo lugar donde lo había dejado.

Suspiró en parte aliviado, en parte perturbado. Marcas que aparecen en su piel sin mas, sueños en los que reconoce siluetas que no había visto nunca, voces y semejanzas… Se estaba volviendo loco, pero eso seguía sin explicar las marcas. ¡Había sido poseído! Si, solo tenía esa posibilidad. O eso o era un sonámbulo que se golpeaba con todo y ahora confundía con besos. Miró por la ventana hacia el cielo despejado, todo marcaba para un día perfecto para toda persona que no fuera Lovino Vargas.

¿Qué demonios ocurría con él? Desde la fecha en que su hermano le dijo que iba a tener un romance con un hombre parecía que estuviera sufriendo él el castigo por su hermano. ¿A quién… le pertenecía?


Si en el anterior capítulo no se hicieron a la idea, aquí di una enorme pista ( pero no, esto no es lo que ocurrió antes ). Y si, se que si se imaginan a Antonio con la descripción dada pensarán "Oh, Dios... ¡que feo!"; yo también lo pensé. No me acaba de agradar como quedó este capítulo... no hay mucha "chicha", pero quise hacer algo en lo que aparecieran Fran y Gil~ ( si me van a decir que porque lo subí si no me acababa de agradar... simple, porque no tenía ni idea de como hacerle para no andar ya metiendo cosas del siguiente cap. ) Y el plan... ¿qué era? Bueno, si quieren saber, simplemente era que mientras uno distraía el otro le robaba y luego aparecía el *ejem* regresándole lo perdido. Si, suena MUY cutre, pero ya desde el principio tenía planeado que no se llevara a cabo así que... busqué algo así de "tonto". En un principio el capítulo iba a subirlo ayer, pero mi conexión se opuso por completo ( ¬¬ ), pero bueno... un día de diferencia solo (?).

¡Gracias por sus review! Y así respondiendo por encima; Akeifa, en un principio la idea no es que Lovi sea ukeado por un niño... ( eso me hizo gracia xD ) yo veo a Lovi mas como suke, por lo que dado el caso que pasara algo con Chibibun no sería ukeado por este, sino al revés. DarkAnnA-Phantom, tampoco me imaginé nunca a Lovino como Padre... todo sea dicho, pero cuando pensé en que fandom usar para la trama se me vino el Vaticano a la cabeza e inevitablemente vino acompañado por Romano. Naruko Ninja Z, K0ri-chan, ¡grazie!

P.D: ¡Si se! Hay una frase con faltas como catedrales...

P.D.2: La galería que nombré, existe~ la saqué de Sr. Google

Palabras en italiano:

Falsitá: Mentira