Capitulo 1.
Bella.
Corrí por los pasillos del hospital. Estaba desierto. Sólo unos doctores se paseaban de allá para acá, sin prestarme mucha atención. Me acerqué rápidamente a uno de ellos.
-Disculpe… ¿Charlie Swan? - pregunté. Iba a morirme de un momento a otro si no me decían que estaba bien.
-Lo están operando - me dijo el doctor, bastante serio. Cerré los ojos con fuerza.
-¿Está muy grave? - pregunté, antes de que se marchara.
-Si. Al parecer un coche lo aplastó.
-Dios mío - susurré, llevándome una mano a mi frente sudorosa. Charlie… mi padre… el no. -¿Qué debo hacer ahora? - pregunté al doctor, que me miraba con algo de compasión.
-Debes esperar. La operación será bastante larga.- me explicó el doctor. Las lágrimas afloraron en mis ojos. Me senté en la dura banqueta de la sala de espera y cerré los ojos.
Estaba amaneciendo. No había recibido ni una sola noticia de Charlie. Sólo había visto médicos impacientes que salían de los quirófanos de vez en cuando.
Me indignaba la idea de no poder recibir noticias hasta que la operación concluyera, pero, sinceramente, necesitaba saber algo.
Me pregunté que habría pasado con el otro conductor y porqué había chocado contra el coche de mi padre con tanta fuerza como para aplastarlo. Pero la preocupación hacia el otro conductor no era nada comparado con lo que estaba sintiendo por mi padre.
Era extraño, porque, durante toda la noche y en aquellos minutos no había pasado por allí ninguna persona ajena a los cirujanos y las enfermeras. Quizás el otro conductor no tenía familia.
Apreté los labios. De repente, sentía un odio extraño hacia el otro conductor. Cerré los puños con fuerza, quería golpear a alguien. Nunca me había sentido tan violenta.
De repente, salió un doctor de el quirófano 1, dónde operaban a mi padre. Lo miré fijamente, seguramente era un portavoz. Sólo deseaba que me dijera lo que yo quería oír: que mi padre había salido vivo de aquella y que esa misma noche podía volver a casa e incluso al taller en el que trabajaba conmigo. Pero la cara del doctor delataba otra cosa.
-¿Isabella Swan? - preguntó el portavoz, con seriedad. Asentí lentamente con la cabeza. No quería que hablara. - La operación ha concluido. -Me miró fijamente antes de continuar. No quería que lo hiciera. No antes de que pudiera irme lejos a cortarme las venas. Sabía que no iba a decir nada bueno. - El señor Swan ha fallecido.
Todo fue bastante rápido. Respiré, ahogándome, como si estuviera metida hasta el fondo en el mar. Las lágrimas me quemaban los ojos y caían por mis mejillas, haciéndome daño. Cada lágrima significaba que lo que me acababa de anunciar era cierto. Me arrodillé en el suelo mientras chillaba, sintiendo como me desgarraba por dentro.
Terminé de abotonarme la chaqueta negra. Decidí ponerme también unas gafas de sol. Lo mejor era ocultar mi aspecto demacrado.
-Bella… - era Ángela, mi mejor amiga. Se había asomado por un lado de la puerta con timidez, preocupada por mi. Se lo agradecí interiormente. -Tienes que salir ya, si no llegaremos tarde. - me explicó, con voz suave, acercándose hasta a mi y colocándome el pelo lacio. Cerré los ojos a través de las gafas. Las lágrimas volvieron a mis ojos, pero las contuve.
-Vale. -contesté simplemente. Recordé que en aquella última semana desde la muerte de mi padre lo único que había respondido era "Vale" "Si" y "No". Y en algunas ocasiones simplemente asentía con la cabeza para que no se notara mi voz débil.
El entierro fue bastante normal para el resto de los asistentes. En cambio para mí fue muy emotivo.
Creía que yo era fuerte. Pero me había equivocado de lleno. No pude evitar llorar del dolor. Yo amaba a mi padre, era un amor de hija. Y ahora estaba sola. Completamente sola.
2 semanas después…
Miraba la televisión, pero en realidad no prestaba mucha atención. Estaba absorta en mis propios pensamientos. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Tenía 23 años y toda una vida por delante, pero… siendo sincera no estaba muy segura de que pudiera salir sola adelante.
Llamaron a la puerta y desperté de mi letargo.
-¡Voy! - dije, para que la persona que estuviese al otro lado de la puerta se percatase de mi presencia. Me levanté rápidamente del sillón y corrí hacia la entrada. Abrí la puerta de un tirón.
Me encontré con un hombre de unos 50 años, de aspecto serio y vestido con un traje negro. Llevaba un maletín en las manos. Lo reconocí enseguida, era el notario de la familia, Fernando.
-Buenos días, Bella. - saludó Fernando, dándome un abrazo fuerte. - Siento mucho lo de tu padre. El no merecía morir así.
-Lo sé… - musité, bajando la vista. -¿Hay algún problema, tengo que firmar algo?-pregunté, señalando a su maletín con la cabeza.
-Bueno… tengo que comentarte una cosa. Pero me gustaría hacerlo dentro de tu casa, dado que algunas vecinas están espiando. - comentó. Dirigí una vista a la vecina de enfrente, que rápidamente se escondió. Ilusa. Me había dado cuenta de su presencia.
-Claro, adelante. - dije, haciéndome a un lado para dejarle pasar. Cerré la puerta con cuidado. Fernando se dirigió a la cocina y se sentó en la mesa de madera. -Bueno, y… ¿qué es eso que querías comentarme? - pregunté, sentándome frente a el.
-Bella… ¿tienes trabajo? -¿a qué venía eso ahora?
-Si, trabajo en el taller de mi padre. Gano poco dinero, pero voy tirando…-le comenté.
-Ya, eso lo sé. -¿entonces, por qué preguntaba? No entendía absolutamente nada.
-¿Cuál es el problema? - pregunté con voz débil.
-El local ya no es tuyo, Bella.
¿¡Qué!
-No es posible. -argumenté.
-Tu padre había vendido el local hacia unas semanas. Tenía previsto abandonar el local ayer mismo. -me explicó.
-No me comentó nada. - le dije, en un susurro. Agaché la cabeza, consternada. Mi padre me había ocultado cosas… - Pero, ¿qué quieres decir con eso, Fernando? - pregunté, preocupada.
-Bella… he estado analizando la herencia y tu padre no te ha dejado nada…
El color de mi piel se fue a otra parte, no sabía adonde, pero se había ido. Las lágrimas volvieron a mis ojos.
-¿Y cómo voy a vivir yo ahora? ¿Cómo voy a salir adelante? - sollocé.
Habían pasado unos días desde la noticia de la herencia. Al menos tenía mi casa en propiedad, dado que mi padre la había dejado a mi nombre el día en que la compramos.
Pero no podía venderla, dado que, con el dinero conseguido, tendría que comprarme otra.
Era todo un auténtico desastre. Un desastre que no tenía reparación alguna.
Había ido por todo el pueblo buscando un trabajo, pero casi todos los puestos vacantes estaban ocupados.
Me senté en la acera frente a mi casa. Todo estaba perdido. Si no encontraba un trabajo iba a morir de hambre.
Aunque aún me quedaba una esperanza. Edward, mi actual novio. Seguro que él me ayudaría, puesto que, como el decía, me amaba.
Cogí mi camioneta naranja y me dirigí con rapidez hasta la casa de Edward.
-¿Y bien? ¿Me ayudarás? - le pregunté a Edward, una vez le hube explicado todo desde el principio. El no sabía nada de lo de mi padre, dado que se había marchado por motivos laborales del suyo.
-Bella… yo… - la sonrisa que tenía en mis labios se fue esfumando poco a poco. - No puedo ayudarte. -entreabrí la boca. De entre todas las personas de las que esperaba un "no" como respuesta, el no figuraba en mi lista.
-¿Por qué no? - musité. Casi no tenía voz. Edward no podía estar haciéndome eso.
-Lo siento, Bella. Yo te quiero, pero…
-¡No! - dije, levantándome rápidamente del sofá. -Tu no puedes quererme. - lo acusé.
Recogí mi bolso y me marché precipitadamente de allí.
Me tumbé en la cama. Estaba totalmente agotada. No tenía ganas de hacer nada, simplemente de dormir, y , que al despertar, todo hubiera sido un horrible sueño del que tras unos días me reiría junto a mi padre.
Pero sabía que no era así. Aquello era la aplastante realidad.
Me levanté bastante temprano aquella mañana. Dormir estaba resultando malo para mí. Las pesadillas aparecían en mis sueños constantemente.
Me di una ducha rápida y desayuné. Salí a la calle, hoy también tocaba buscar trabajo.
Había escuchado que en el restaurante de la señora Holz estaban buscando una camarera. No me importaba trabajar de cualquier cosa, necesitaba el dinero.
Entré lentamente en el local para encontrarme frente a frente con Lauren, una chica del pueblo que me tenía manía. Nos dirigimos miradas asesinas.
Me acerqué hasta la barra, donde la señora Holz servía unas cervezas a unos clientes.
-Buenos días. - saludé con cordialidad. La mujer me miró, con una sonrisa dulce.
-Hola, cariño.
-Venía por el anuncio del puesto vacante. -le expliqué, al ver que no pedía nada.
-Ah… -la mujer torció el gesto en una mueca compasiva. - Lo siento, cielo, el puesto se lo acaba de quedar aquella chica que salió ahora.
¿Lauren? La maldije en mi fuero interno.
-De acuerdo. - musité, y salí del local.
Estaba claro que nada me salía bien. Seguramente si intentaba darme un golpe en la cabeza me lo daba en el codo.
Al llegar a casa, vi a lo lejos a Ángela, que esperaba sentada en las escaleras del porche. Me acerqué a ella corriendo. Necesitaba una verdadera amiga.
-¡Ángela! - la saludé en cuanto llegué. Nos dimos un beso en la mejilla y un abrazo fuerte.
-Bella… ¿Cómo estas, amiga? - dijo, separándose de mi.
-Fatal. -le respondí con total sinceridad. -No encuentro trabajo, Edward me ha dejado, mi padre se ha ido para siempre… -comencé a enumerar.
-Oye, con respecto a lo del trabajo… he visto un anuncio en el periódico de esta mañana que quizás te pueda interesar.
-¿Qué anuncio?
-Mejor que lo veas. - dijo, levantando el periódico que tenía entre sus manos y señalándome un recuadro en el que ponía:
"Hombre minusválido busca asistenta del hogar que lo ayude. La asistenta también deberá ayudar a la cocinera del hogar en otras tareas esenciales en la casa"
Miré a Ángela, boquiabierta.
-Aquí es, Bella. - dijo Ángela, aparcando el coche y señalando una casa enorme, de color blanco roto, que se encontraba en las afueras de la ciudad. -Pasaré a recogerte en cuanto me llames. - dijo, mientras me bajaba del coche.
-Vale. -contesté. -¿Estoy bien así? - pregunté.
-Por supuesto que si, Bella. - dijo ella, con una sonrisa de oreja a oreja. Intenté sonreírle yo también.
Llamé a la puerta, pero no escuché nada, ni unos pasos acercarse. Bajé la vista. ¿Y si no era allí? Bueno, tenía que ser allí, lo ponía el anuncio.
De repente, abrió la puerta una señora, de unos 50 años. Me sonrió, una sonrisa dulce, como la de una mamá.
-Hola, cielo. ¿Vienes por el puesto vacante?
-Si.
-Adelante, pasa. - entré. La casa por dentro era igual de impresionante que por fuera. El recibidor estaba bañado por la luz del sol de la mañana, lo que hacía que el color blanco de las paredes brillase como si de diamantes se tratase.
Miré todo a mi alrededor. A mi izquierda había una pequeña mesita de madera que sostenía un jarrón lleno de flores rosas, y encima un espejo con el borde de madera. Me miré en el. Estaba algo maquillada, el pelo planchado y el vestido de seda rosado aún permanecía liso. Suspiré lentamente. Frente a mi había una puerta, y a mi derecha, la puerta que llevaba al jardín, repleto de flores. Era como si acabase de entrar en un palacio.
-Gracias por aceptarme en el trabajo. - le dije a Juana, que así se llamaba la asistenta. Estaba a punto de llorar.
-De nada. Tu historia me ha conmovido realmente, Bella.-dijo ella, cogiendo mis manos. -Bueno. Es hora de que conozcas al señor de la casa.
Juana me condujo por el enorme vestíbulo, que tenía las paredes en un tono naranja agradable, hasta llegar a una habitación. Llamó a la puerta y luego me dirigió una mirada amable.
-Adelante. - dijo una voz grave pero joven a través de la puerta.
Entramos. La habitación era grandísima, y las paredes eran de color verde claro, también bastante bonito. El edredón de la cama iba a juego con el de los sillones, color verde pardo.
-Jacob, esta es Bella, tu nueva ayudante y la nueva asistenta. - dijo Juana. No me había percatado del joven que estaba sentado en silla de ruedas, frente a la ventana. De espaldas sólo podía decir que tenía el cabello negro y de punta, y la piel de los brazos y el cuello bastante morena.
Se giró lentamente sobre su silla de ruedas, haciendo un esfuerzo considerable. Era… hermoso, muy guapo. Pero había algo en el que me asustaba.
Sus ojos negros me miraron con un profundo odio.
Fin del Capitulo.
Bueno, espero que os haya gustado este capi. Besos!^^
